martes, 5 de enero de 2016

NAVIDAD EN ÁMSTERDAM (PARTE II)

Martes, 29 de diciembre de 2015

Acabo de recibir la noticia de que la A.C. Letras Cascabeleras (Cáceres) me ha otorgado el segundo premio de poesía por el poemario Grecia: Guía de viaje para antipoetas y soñadores, que será publicado en septiembre. Se presentaron un total de 78 poemarios, así que me voy satisfecho a la cama por el reconocimiento a un trabajo en el que ya intuía que algo tiene de especial. (Tampoco sé por qué me presenté a un concurso, si sólo lo he hecho en dos ocasiones más).
   

Miércoles, 30 de diciembre de 2015

Sol y cielo despejado durante todo el día, aunque la temperatura ha descendido de los 15º de las primeras jornadas a casi la mitad. Me paso por el lugar de trabajo de C*** y tomamos juntos el almuerzo, en donde siempre.

Acudo a la librería del Stadsschouwburg (teatro) en donde venden DVD y libros de esos directores que tanto me gustan, y tras ello camino hasta Waterlooplein para pasear por el rastro que diariamente tiene lugar allí; mañana creo que volveré y compraré algo que me ha gustado.

A la vuelta me paso por el Beurs van Berlage (el edificio que alberga la bolsa) para ver una exposición sobre Hendrik Petrus Berlage, el arquitecto que influyó notablemente en el Amsterdamse School, ese movimiento arquitectónico del interbellum emparentado con el expresionismo que me resulta fascinante, con sus edificios imposibles, sus detalles en puentes y plazas y los curiosos elementos del mobiliario callejero; hace ya muchos años adquirí un par de libros en donde se daba detallada cuenta de este estilo modernista que aflora por toda Ámsterdam y en muchas otras ciudades del país.


 www.100jaaramsterdamseschool.nl

Los fuegos artificiales y petardos se incrementan conforme nos acercamos al día más estúpido del año, con el único aspecto positivo que se puede beber más vino de la cuenta sin llamar en exceso la atención... pero sé que luego vendrán los besos y abrazos, y las estúpidas felicitaciones.


Jueves, 31 de diciembre de 2015

Decir sol ya está dejando de ser algo anormal aquí. Hoy he decidido ir al centro en bicicleta, pasando por Vondelpark y dejándome llevar por la refrescante brisa y el agradable ambiente del parque que tan buenos recuerdos me trae. He aparcado mi agradecido vehículo en Koningsplein, y menos mal que no ha llovido, pues la bicicleta carece de guardabarros delantero ni trasero, tampoco de buenos frenos ni de la carcasa de plástico que protege la cadena (por lo que los pantalones se me ensucian de grasa en cada descuido); ni tan siquiera tiene timbre ni luz... pero no puedo quejarme, es fiel compañera.

Regreso al rastro de Waterlooplein para comprar algo que vi ayer, pero como suele pasarme en estos casos el vendedor no ha acudido hoy al mercadillo (aunque también podía darse que hubiese vendido lo que venía a comprar, corroborando la famosa ley de Murphy). Recorro contrariado los puestos durante media hora y visito la nueva ubicación de la librería Scheltema en el Rokin tal y como me informó S***.

Me subo en la bicicleta (siempre pensando en aquel lejano verano en el que me robaron una) y en esta ocasión regreso a casa por el Jordaan, el Rozengracht y Kinkerstraat.

Hago una parada en un supermercado y compro un par de botellas de vino (portugués) y otra de vino espumoso (sudafricano); por la noche lo esperable y los famosos fuegos artificiales.


Viernes, 1 de enero de 2016

Y de una noche esperable a un día previsible. Día soleado y fresco en las zonas de sombra y junto a los estanques del parque. Paseo con E*** y N***. Por la tarde y noche repaso, reviso y corrijo (no sé en qué orden) un par de textos que me están llevando demasiado tiempo, a la vez que trato de cerrar un poemario que se resiste a quedar concluido pero que quedará listo aquí en Ámsterdam, incluyendo de paso unos poemas nacidos aquí.

La luz desaparece engullida por el tiempo, llega la noche y paso la hoja de otro día, uno que merece acabar con los primeros versos del poema «El doliente», del poeta chileno Óscar Hahn, escritos tal cual: 

Pasarán estos días como pasan 
todos los días malos de la vida 
Amainarán los vientos que te arrasan 
Se estancará la sangre de tu herida


Sábado, 2 de enero de 2016

Parece que aquí ya ha comenzado el invierno. Llueve, aunque a mediodía cesa. Visito de nuevo Waterloomarkt, y cuando ya creía que era imposible, allí estaba el vendedor y el objeto deseado que venía a adquirir, aunque por segundos no lo ha comprado un italiano que ha llegado poco después. He visto diversos menorás y hannukiás de bronce, pero la maleta ya supera en kilos el peligroso número de 20.

Waterloomarkt (W Hekking jr./ GW Tielkemeijer, 1861)

Me encamino hasta Museumplein para visitar el Van Gogh Museum pero las colas para acceder a éste son larguísimas, así que desanimado decido pasear sin rumbo, primero por la P.C. Hoofstraat (que como siempre me aburre) y a continuación por el Spiegel, con sus anticuarios y galerías de arte exponiendo en sus aglutinados escaparates deseables y a la vez imposibles bellezas.

Llego hasta Leidseplein y visito de nuevo la librería del Stadsschouwburg (teatro) para comprar unos DVD. Camino todo la avenida de la Overtoom (en donde vivieron los escritores W.F. Hermans y F. Bordewijk), y al final, casi en Surinameplein, me subo al tranvía.  

Bien pasada la medianoche aún sigue lloviendo; desearía guardar para siempre el olor de estas últimas noches en Ámsterdam, en una caja de cristal, por ejemplo, y abrirla cuando no esté aquí, para que cada anochecer brote su relente hasta el alba.


Domingo, 3 de enero de 2016

Toda la noche ha estado lloviendo. Antes del mediodía me encamino en bicicleta hasta el centro, en donde he quedado con A*** y C***. Antes doy un largo paseo  sin prisa alguna sobre la destartalada bici, disfrutando del aire fresco, contemplando a los autóctonos –no a los turistas– como actores de una obra de teatro costumbrista.

Paso por Kinkerstraat y de nuevo por el Lauriergracht, en donde contemplo una escena maravillosa: en la segunda planta de dos casas frente al canal, una chica toca el violín, y justo al lado, en otra vivienda distinta un hombre se enjabona la cara para afeitarse, un cuadro precioso que me ha recordado a Holmes y Watson y que por pudor no he fotografiado.  Hoy me he detenido de nuevo frente a la casa con la bella estantería de libros y el frutero con manzanas, y he averiguado que el dueño es Anton W. Amir, famoso constructor de fortepianos y clavicémbalos.

Desde allí he transitado por la casa de Anne Frank hasta llegar al Brouwersgracht, y de ahí al Haarlemmerdijk, esa calle maravillosa con tiendas curiosísimas en la que no me importaría vivir.

Aparco la bicicleta en Leidseplein y me encuentro con A*** y C***. Paseamos por las calles y vamos a tomar el (tardío) almuerzo en un lugar muy curioso con una comida exquisita: pollo ecológico a la brasa previamente macerado en diversas hierbas y especias durante unos días, probando de paso todas las deliciosas cervezas caseras que hacen mientras observaba sus enormes alambiques instalados en pleno local. De allí hemos regresado a Leidseplein, hemos tomado lo último y nos hemos despedido, y que como todas las despedidas siempre se resuelven con tristeza.

En plena noche, sin ningún tipo de luz en mi bicicleta, he surcado los caminos despidiéndome de la ciudad, embriagándome del aliento de la oscuridad y dejándome empapar por la humedad y el olor de las calles, a árboles y a hierba  mojada.

Al poco de llegar se levanta viento y comienza a llover con fuerza, sin parar en toda la noche. Parece que el invierno ha llegado para quedarse por un largo tiempo, y me duermo escuchando la lluvia golpeando con suma delicadeza contra la ventana.


Lunes, 4 de enero de 2016

Llueve, y lo hace sin descanso. Siempre resultan extraños los últimos días aquí; como si la inminente marcha no permitiese pensar ni hacer nada más que una maleta que al fin y al cabo parece erigirse como el resumen de estos días y lucho contra ella para que no sea así. Los últimos preparativos, y las secuencias se repiten cada vez, como desde hace ya casi veinte años.

De manera prematura la oscuridad va cayendo con lentitud aunque de forma implacable, sabiendo cuál es su tiempo y que éste llegará. La luz se extingue, aplastándose en la parte más baja por un telón horizontal de negritud que sigue descendiendo hasta que la noche es plena. 


Martes, 5 de enero de 2016

Temprano, cuando ni casi acostumbro a estar en la cama, tomamos un taxi hasta el aeropuerto, a esas horas sin delimitar que serían difíciles de describir porque puede que no existan, en esos momentos de la noche que hieden a vómito y no se ve un alma por la calle. Lo siento sobre todo por N***, que es demasiado pequeña para vivir la inclemente madrugada en la que a mí me gusta deambular.

El avión despega, flotando sobre un esponjoso manto de nubes... y el resto es intranscendente, quizá tanto como todo lo anterior, como todo cuanto ha sucedido estos días.


P.D.: Llevo más de veinticuatro horas sin dormir, pero no me siento cansado ni creo intuir ningún atisbo de sueño, aunque los ojos me escuecen. No tengo ganas de dormir, ni parece que pueda... como en ese libro de W.F. Hermans: Nooit meer slapen.

Lo malo de los presagios es cuando acaban cumpliéndose; lo peor es despertarse, y que la pesadilla eche raíces para quedarse. Así están siendo las últimas horas de este día.

(Parte I)   


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