PARTE II
He pasado otra pésima noche, y esta vez no ha sido a causa del cuello, cuyo dolor ha remitido ligeramente. Me desperté a las 4 h y ya apenas pude conciliar el sueño. Ha hecho la misma temperatura que ayer, aunque el cielo hoy presentaba mayor nubosidad.
Lo he repetido hasta la saciedad en estos diarios: lo único que importa y es vital en un viaje es la elección correcta de los libros que han de acompañarte. En los días previos barajé una docena de títulos, pero finalmente he escogido un libro de poemas del poeta surrealista Robert Desnos, el Manual de estoicismo, del filósofo griego Epicteto (lectura que prácticamente terminé durante el vuelo) y una antología poética del italiano Giovanni Pascoli. En la ciudad de destino se puede adquirir crema solar, un sombrero, ropa (con el riesgo de ir todos iguales y como hechos en serie), unos zapatos, un paraguas... Pero el libro adecuado es radicalmente complicado. Puedes encontrarlo (yo lo he hecho en varios países), pero lo ideal es traerlos desde casa: es como tener de antemano tus pastillas para dormir. Al fin y al cabo, cada viajero va elaborando —de manera consciente o inconsciente, con más o menos insistencia, con un enfoque filosófico, o sin éste— su particular teoría del viaje.
He tenido asimismo la tentación de dejar que me acompañase La Odisea y leer las frases que ya tengo subrayadas, pero en el último momento lo he vuelto a colocar en su lugar. La Odisea es uno de mis libros favoritos: releerlo e interpretarlo es un modo de vida, más aún cuando uno abandona el lugar seguro que representa el hogar. El viaje de Ulises es mucho más que una travesía por un mar lleno de peligros: es el viaje interior de quien fuera héroe en la guerra de Troya. Hace unos días se estrenó una nueva versión cinematográfica de la obra de Homero dirigida por Christopher Nolan, pero he leído críticas que la tachan de un obsceno enfoque woke, y el movimiento woke y todo lo que éste significa es un mal que atenta contra la cultura occidental: Helena de Troya y Atenea están interpretadas por actrices negras, ¡y nada menos que Aquiles por un actor transexual! Si quiero sumergirme en una interpretación de La Odisea prefiero leer la que hizo Nikos Kazantzakis o la del citado Giovanni Pascoli. Me fastidian este tipo de modas, porque ahora las librerías venderán los libros de Homero como vulgar mercancía (sucedió con El señor de los anillos tras las versiones cinematográficas, novela que yo ya había leído a los doce años), y los comprarán, y la mayoría no los leerá.
Aprovechando que venía a Ámsterdam, Erik Bindervoet, el escritor, dramaturgo y traductor de, entre otros, James Joyce, me invitó a pasarme por su casa. No me agradan las visitas, ni hacerlas ni que me las hagan (de hecho sé que en la Casa del Traductor están ahora mismo algunos amigos, y otros que viven aquí o en ciudades cercanas, pero no me apetecen los reencuentros). Quizá vaya a cenar con mi amigo lisboeta Adolfo Soares, que casualmente llegó el mismo día que yo, pero al fin y al cabo eso es como estar y encontrarme conmigo mismo.
Las visitas se traducen en una violentación inaceptable del hábitat natural de la otra parte, pero Bindervoet ha insistido de manera vehemente en vernos. Traigo unos ejemplares del último número de Atonaal, dedicado al primer párrafo de Finnegans Wake de Joyce, en el que Bindervoet participó con una pieza muy bonita que traduje del neerlandés, y que se acerca mucho al tono de la citada novela del escritor irlandés, salpicada de vivencias y recuerdos personales. Quedamos a las 13 h. Vive en una casa en el barrio de De Pijp, justo a las espaldas del hotel en el que el verano pasado me alojé. Es una de las zonas más bonitas y bohemias de la ciudad. Su casa no era tal, sino una biblioteca: libros por todas partes, desde la entrada hasta cualquier sitio imaginable. Me gustó la forma como los libros se habían acomodado en la vivienda. Allá donde mirase, aparecía en el lomo de un libro el nombre de Joyce, retratos de Joyce, referencias a Joyce... Pero se asombró, nada más verme, del tatuaje que llevo en el brazo: Ulysses, en la misma letra que fue publicada la novela en 1922.
Llevaba conmigo su De intocht van Christus in Amsterdam [La entrada de Cristo en Ámsterdam], una obra satírica escrita conjuntamente por Bindervoet y Robbert-Jan Henkes y que más de treinta años después sigue más fresca y vigente que nunca. La obra es un poema didáctico que auna inteligencia y erudición y funciona como una paráfrasis de los evangelios. A través de un humor ácido y sugerentes ilustraciones, el texto denuncia los abusos, la inacción política y los problemas socioculturales de la capital y de los Países Bajos en general. La primera edición es de 1991; la mía es una segunda edición ilustrada de 2006.
Erik Bindervoet y Robbert-Jan Henkes forman una de las parejas de creadores literarios y traductores más célebres, ingeniosos y respetados de los Países Bajos. Son ya verdaderas leyendas de la literatura en lengua neerlandesa. Comenzaron a colaborar juntos en 1986, especializándose en verter al neerlandés algunas de las obras más complejas, experimentales e intraducibles de la literatura universal, destacando por un enfoque lleno de humor, creatividad lingüística y cultura. Por citar algunas traducciones, han vertido al neerlandés la obra completa del ya citado Joyce, Shakespeare, Karl Kraus, Thomas De Quincey, Arthur Schopenhauer, Andréi Tarkovski o Anatoli Marienhof. Me parece curioso este tipo de colaboradores tan largas y fructíferas... y llegar a soportarse. Yo la mayoría de veces no me soporto ni a mí mismo. Me excusé que tenía que marcharme pues iba a visitar el Rijksmuseum, y me despedí de Erik y de su mujer, que según me confesó es especialista en el poeta irlandés W. B. Yeats. Antes de eso Erik me dedicó su particular visión de la entrada de Cristo en Ámsterdam, al que acompañó con un dibujo.
Cuando salí de la casa me dirigí a un puesto de arenques que había visto antes y me comí un broodje haring con cebolla y pepinillos. De ahí tomé el tranvía hasta el Rijksmuseum, en donde permanecí cuatro horas disfrutando de todas y cada una de las sublimes pinturas de sus salas: ¡qué belleza! Lástima que La ronda de noche de Rembrandt estuviese siendo restaurada, si bien podía contemplarse parcialmente, tanto la pintura como la persona que estaba restaurándola. Esta era la cuarta o quinta vez que visitaba el museo, pero siempre parece que es la primera, y el goce cada vez más intenso. Ocho siglos de pintura occidental, de verdadera cultura europea, desde el siglo XII hasta el XX, con el esplendor del Siglo de Oro neerlandés como eje fundamental del museo: Rembrandt van Rijn, Vermeer, Frans Hals, Jan Steen, Jacob van Ruisdael, Pieter de Hooch, Gerard ter Borch, Gabriel Metsu, Aelbert Cuyp, Paulus Potter, Willem Claesz. Heda, Rachel Ruysch, Judith Leyster, Jan Asselijn, Hendrick Avercamp, Gerard Dou, Ferdinand Bol, Govert Flinck, Jan van Goyen, Vincent van Gogh...
Al abandonar el museo las nubes cubrían por completo el cielo. Crucé toda la Plaza de los Museos hasta llegar al Concertgebouw, y desde ahí fui callejeando con la intención de pasar por la Casa del Traductor, que ahí seguía, con su número 19 sobre la puerta. Tomé un tranvía y llegué al hotel.
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Hoy he dormido fantásticamente bien, sobre todo teniendo en cuenta mis problemas con el sueño, y aunque me despertaba casi cada hora, por fortuna volvía a dormirme. Si aplico mi propia teoría de la relativización, habrá personas que hayan dormido doce horas y otras que aún no se hayan acostado.
Me bajé a la terraza del hotel y me tomé un café. El cielo estaba totalmente encapotado y el suelo mojado por la lluvia, lluvia que me ha acompañado, como más o menos intensidad, durante todo el día, con una temperatura similar a la de ayer. En Los paraísos artificiales Baudelaire relata el placer narcótico que de niño sentía al revolcarse entre el cornezuelo del centeno, no en vano es un hongo parásito que contiene alcaloides y que sirvió como base química para sintetizar el LSD. Baudelaire ya apuntaba maneras desde pequeño, y de adulto, nada más despertarse, se preparaba como desayuno un tazón de café solo en el que diluía una gran bola de opio, y en ese estado se ponía a escribir. Por otro lado Goethe guardaba en su escritorio manzanas que dejaba descomponerse, ya que el intenso olor de la fruta podrida estimulaba su creatividad e imaginación mientras escribía.
Llegué en tranvía a Centraal y desde ahí tomé el metro hasta la estación Bijlmer Arena. A continuación me subí a un autobús en dirección al pueblecito de Ouderkerk aan de Amstel, que como su nombre indica se asienta a orillas del río. Nada más apearme del autobús comenzó a llover, mientras caminaba hasta el Portugees-Israëlitische begraafplaats Beth Haim, el Cementerio judeo-portugués de Beth Haim, fundado en 1614. Mientras estuvo en uso el cementerio los cadáveres llegaban a éste en barca por el Bullewijk, afluente del Amstel. En la morgue, que aún se conserva junto al río, lavaban el cadáver y posteriormente le daban sepultura. El pintor Jacob van Ruisdael retrató en dos lienzos este lugar de reposo eterno de la comunidad sefardita que llegó tras la expulsión, a finales del siglo XV, desde la Península Ibérica.
El Beth Haim (literalmente Casa de la vida) es uno de los cementerios judíos más antiguos del mundo, y se estima que hay más de treinta mil tumbas, pero la gran mayoría han quedado engullidas por las pantanosas tierras del lugar, así que pises donde pises, estás caminando sobre una tumba imperceptible para la vista. Desde la última vez de mi visita el cementerio se encuentra perfectamente cuidado, con la hierba cortada y con indicaciones en algunas tumbas. En aquella época yo también hice una pequeña aportación económica para apoyar su conservación, y por supuesto adquirí un precioso libro con la historia del cementerio que contenía dibujos y fotografías de las tumbas más relevantes.
La lluvia se detuvo pocos minutos antes de llegar al Beth Haim, pero en cuanto entré comenzó a llover de nuevo, y así estuvo durante toda mi visita (y durante todo el día), que se prolongó durante casi tres horas. Desde los ventanales de las casas próximas al cementerio me observaban con curiosidad algunas personas, y también los cuervos, que volaban de lápida en lápida sin importarle mucho mi presencia.
Bajo un enorme castaño, en el que me resguardé de la lluvia, encontré la tumba de Hanna Debora de Spinoza, la madre del insigne filósofo, y enfrente, a escasos metros de ésta, la de Michael de Spinoza, su padre. Disfrutaba del paseo, la soledad y el silencio bajo la llovizna, cuando di con la lápida del rabino Menasseh Ben Israel (amigo de Rembrandt) y la de Eliezer, un esclavo enterrado con honores en 1629. No pude encontrar la tumba de Branca Dinis, la madre del filósofo Uriel da Costa. Spinoza contaba con ocho años de edad cuando Da Costa se quitó la vida. Sufrió varias excomuniones y una humillación pública degradante, que Spinoza a buen seguro presenció. Da Costa defendió la religión natural frente a la estricta tradición judía, hasta que en 1640 se suicidó. Muchos años después el propio Spinoza también sufrió la expulsión (cherem) de la comunidad sefardita. Da Costa también está enterrado en algún de este cementerio, pero a causa del suicidio en su lápida no se hizo inscripción alguna, siendo devorado por la tierra y por el olvido.
Tanto Spinoza, de quien he leído sus libros fundamentales así como su famoso volumen de cartas, como Uriel da Costa, son dos de mis filósofos predilectos (al igual que Emil Cioran), fascinándome su obra y también su vida. De hecho en este mismo blog he escrito sobre ellos en más de una ocasión. Este mismo año leí varios libros sobre ambos, como la biografía que de Da Costa ha escrito Marcos Bazmandegan, doctor en Filosofía de la Religión en la Universidad de Braga y especialista en estudios hebreos, y con quien posteriormente he mantenido correspondencia virtual. Esta tarde le envié por correo electrónico algunas imágenes de mi visita. Steven Nadler otro reconocido filósofo, historiador y académico estadounidense de la Universidad de Wisconsin, y el mayor experto en Spinoza, escribió la mejor biografía del filósofo racionalista. Con Nadler también tuve hace muchísimos años contacto vía e-mail, enviándome una lista de los libros que Spinoza tenía en su biblioteca en el momento de su muerte. Una curiosidad: el hotel en el que me hospedo está en la calle Voorburg (Voorburgstraat), y Voorburg es un pueblo en el que Spinoza vivió justo antes de trasladarse a La Haya, en donde murió.
Tras abandonar el cementerio fui hasta la iglesia católica de san Urbano, y permanecí en la capilla de la Virgen durante unos minutos. A continuación me senté en la orilla del río y me comí el bocadillo que me había preparado a primera hora de la mañana, y regresé en busca del autobús... Pero como al fondo, en plena campiña, divisaba en lontananza un molino, no pude contenerme y caminé media hora hasta el lugar en el que se encontraba, mientras las vacas que descansaban a ambos lados de un canal me ignoraban.
Regresé de nuevo a Ámsterdam haciendo el recorrido inverso y entré en la Basílica de san Nicolás. Las iglesias me dan paz, y las visito con más interés cuando salgo de España: rezar, pensar, meditar. Dios tiene un propósito para cada uno de nosotros, y hasta que no eres consciente de ello, la vida no tiene ningún sentido. Yo ya sé el mío, pero la mayoría no llegan a saberlo jamás, y el problema es huir o negar el papel que Dios ha diseñado para uno, como en un principio hizo Jonás, cuyo libro es uno de los más enigmáticos de la Biblia y con una estructura narrativa única. El dolor, la desesperación, la incomprensión y todos los obstáculos del camino son parte del aprendizaje, porque Dios está siempre ahí. Lo aprendemos en el Libro de Job o con Epicteto: llega un momento en el que debes detener la vida y escuchar a Dios: interpretarlo como lo haría un traductor con un complejo texto y seguir el plan trazado por Él. Deus vult.
Al salir de la basílica caminé por el Barrio chino en busca de la parada de mi tranvía para regresar al hotel, mientras iba haciendo una ruta por algunas librerías: Athenaeum Boekhandel y Scheltema, y la librería de segunda mano Kok Antiquariaat. Me subí en el tranvía, pero a las pocas paradas decidí bajarme, en concreto en Museumplein (Plaza de los museos), e hice a pie los cinco kilómetros que me separaban de mi hotel al tiempo que del cielo, cada vez más negro, caía una ligerísima e incesante lluvia.
Por la noche, mientras leía esperando a que llegase el sueño, hice que sonara música de Billie Holiday, Hailey Tuck y Melody Gardot.
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PARTE I
Ámsterdam, julio de 2026
Otra vez aquí. Calculo que en los últimos nueve años habré venido a esta ciudad alrededor de unas cuarenta ocasiones.
Me prometí que no dejaría constancia de este viaje en mi cuaderno de bitácora (salvo algún apunte absurdo en las hojas de una libreta), pero ha caído la noche y he vaciado la maleta mientras humea una infusión que acabo de prepararme. Los libros que he traído reposan sobre la mesa y en la radio suena el aria «Che fiero momento», de la ópera Orfeo y Eurídice, de Ch. W. Gluck; antes una cantata de J. S. Bach, y renace esa pulsión desbocada de escribir lo que pienso y cuanto siento, en un intento de encauzar todo ello. ¡Miento!: no puedo decir lo que siento ni tampoco lo que pienso. «El poeta es un fingidor», dejó por escrito Fernando Pessoa en uno de sus más hermosos poemas. Escribir me ayuda a exorcizarme, como una sesión de psicoanálisis. Y vuelvo a pensar en Pessoa, ahora en relación a su Libro del desasosiego: «Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir». He vuelto al lugar de un crimen sin resolver que yo no he cometido, como ese aire que agita el asesinato que describió, a su manera, Juan Benet, pero en esta situación más que aire es hedor, y llego como quien acude a presenciar la final de un mundial de fútbol sin entrada. Benet también escribió libros como Volverás a Región y Una tumba. No sé por qué me acuerdo ahora de Benet, pero no hablaré mucho de lo que vine a hacer a esta ciudad y será imposible que suceda, otra vez.
He plagiado mi propia travesía, cada una de las anteriores, como una sola: aterrizar, esperar el equipaje (hoy, por algún tipo de problema, ha tardado más de una hora en aparecer), coger un tren hasta Centraal, comprar la tarjeta para viajar en el transporte público, acto seguido tomar el tranvía 2, caminar, llegar al hotel y los absurdos trámites, colocar la ropa, volver a caminar, coger de nuevo el tranvía, a continuación el 26: he llegado al lugar en cuestión, he picado el telefonillo, pero nadie ha contestado al otro lado. He escrito una carta sobre una mesa de madera mientras soplaba un viento helado y espeluznante, y la he depositado en el buzón. Deduzco que la carta será interceptada por la STASI, o por algún otro órgano represor, y nunca llegará a las destinatarias. Y me he marchado; todavía hacía más frío que cuando llegué.
De entre todos los animales, la perversidad más genuina es la de los humanos, genuina en sentido peyorativo; por eso han dejado de ser animales, porque no lo merecen: el humano es la verdadera Bestia del Infierno. «Homo homini lupus», la célebre expresión acuñada por el comediógrafo romano Plauto, resume una visión profundamente pesimista de la condición humana: «El hombre es un lobo para el hombre». Con ella retrataba la inclinación del ser humano al egoísmo y a la confrontación. Siglos después, el filósofo inglés Thomas Hobbes recuperó esta idea para describir el estado natural del hombre como una situación de permanente conflicto, una «guerra de todos contra todos», en la que la ausencia de un poder común condena a los hombres a enfrentarse entre sí.
El hotel en el que me hospedo, el West Side Inn Hotel, de la cadena hotelera Best Western, se sitúa en el distrito Nieuw-West, en el barrio de Slotervaart y cerca de Delflandpleinbuurt. En las fotografías el hotel parecía una de esas lúgubres edificaciones soviéticas, pero sólo lo parecía: es de nueva construcción, perfectamente acondicionado, coqueto, la habitación espaciosa, sin olores extraños, pulcro, y servicio de limpieza y cambio de toallas a diario, algo que últimamente se ha convertido en una rareza; aquí los hoteles de tres estrellas, aunque suene a perogrullada, son de tres estrellas, pues me he alojado en hoteles terroríficos. Por suerte éste se ubica en un barrio tranquilo, y afirmo esto porque llegaba con ciertas reticencias y hasta sorpresa, tras leer días antes en un periódico local, que el ayuntamiento y la policía habían catalogado parte del distrito como un «lugar peligroso por el tráfico y consumo de drogas, la mendicidad, amenazas a los vecinos y violencia», sorpresa porque como digo es una buen barrio y no queda lejos de la Casa del Traductor y de la zona de los museos, un lugar elegante de familias de clase alta cuyas casas alcanzan precios desorbitados, pero deduzco que el artículo hacía referencia a la zona que queda más al oeste y sur, justo en donde se construyó hace una década una mastodóntica y horrorosa mezquita. Hasta hace no mucho, y a excepción de algunas zonas muy concretas, toda la ciudad presentaba un aspecto agradable y de absoluta seguridad. Pero todo ha cambiado y corre el riesgo de transformarse en algo aún peor; Europa es una escombrera encaminada a su destrucción total.
Cada vez soy más cuidadoso a la hora de escoger el alojamiento, porque se corre el riesgo de acabar siendo engañado reservando un hostal que te venden como hotel y encontrarte con la sorpresa de que tienes que convivir una semana entera con algún pirata. Eso sólo me sucedió en una ocasión cuando tuve que cambiar las fechas del vuelo en el último momento y no pude alojarme en el hotel que ya tenía reservado para los siguientes días. Fue una sola noche, con tres chicas españolas: llegué antes que ellas y disimulé dormir hasta que se marcharon a la mañana siguiente. No sabían que yo también era español mientras se preguntaba en voz baja quién sería ese que inmóvil miraba hacia la pared, o si sencillamente estaría muerto. Esto me hace recordar la novela Moby Dick, cuando el protagonista, Ismael, se ve obligado a compartir cama en la taberna The Spouter-Inn en New Bedford con Queequed, un arponero polinesio que llevaba tatuajes hasta en la cara. Después de la experiencia del año pasado en Dublín, cuando reservé un siniestro hotel (o lo que fuese) sin ninguna indagación previa y que se encontraba a más de una hora del centro de la ciudad, soy mucho más precavido, aunque ese sí fue un viaje inolvidable. Me gustan las aventuras, pero en lo que respecta a los hoteles ya no me apetece ser protagonista de ninguna novela decimonónica. Salvo cuando he estado becado por la Casa del Traductor, nunca me he alojado aquí en el mismo hotel. Por otro lado, tengo que confesar que me encanta la vida en los hoteles, tenerlo todo ordenado, a mano; es como dominar un pequeño reino.
Llegar aquí en estas condiciones no es fácil, y la sensación de haber venido, o no, hubiese sido exactamente la misma: la de una continua desazón. Pero a pesar del desgaste psicológico, he aprendido a vivir en una constante presión y ansiedad, como si estuviese en una campaña militar o esperando en una trinchera a que caiga una granada, que por otro lado me ha hecho mentalmente más fuerte. Me ayuda sentir que domino la ciudad y sus espacios, mi obstinación, el no dejarme vencer, más aún cuando la Justicia me ha abandonado. Si yo hubiese cometido la primera fechoría, no me hubiese dado tiempo a llegar a la segunda: estaría, desde hace tiempo, entre rejas. No puedo hacer mucho más. Aun así, la ciudad y la situación son incapaces de doblegarme.
El poder de la mente es infinito, pero puede fallar. El aislamiento mental y el recogimiento físico son fundamentales: distraer el cerebro y enterrar aquello que es doloroso. Tener el mínimo contacto social y que éste sea controlable es una forma de protegerse. Evito las situaciones absurdas y los problemas artificiales, y también rechazo a quienes me meten en ellos. Relativizar es mi verbo favorito y mi filosofía de cada día: puedes estar mal, pero otros aún están peor, y puede que en una situación irreversible. Todo es relativo, según la óptica con la que se mire.
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Si ayer la máxima fue de 19 °C, hoy ha subido un grado más, aunque el cielo ha permanecido ligeramente cubierto de nubes durante todo el día. Anoche, cuando ya nervioso y desesperado viendo la final de fútbol en la habitación, decidí salir y tomar el fresco justo al final de la primera parte de la prórroga, la temperatura era de 15 °C. Fue el momento en el que unos alemanes cantaron gol y el breve instante de confusión posterior resultó interminable hasta ser consciente de que quien había marcado era España. Fue una alegría, pero el problema en nuestro país no es deportivo, sino sociopolítico (y de corrupción), algo que no debe olvidarse por mucho mundial de fútbol que se haya ganado: la situación sigue siendo la misma.
Aunque anoche tomé 1 mg de lorazepam, el sueño me llegó tarde, y antes de las 8 h ya estaba en pie, con un dolor de cuello intensísimo que ya venía arrastrando desde hacía días. He pedido que me cambien la almohada con la esperanza de que mañana me levante en mejores condiciones.
Necesitaba salir del hotel rápidamente y estar activo. Tomé un autobús en dirección al barrio Rivierenbuurt, me apeé media hora más tarde y tras caminar unos diez minutos, llegué a mi lugar favorito: el cementerio Zorgvlied, situado a orillas del río Amstel. Sin rastro de turistas, bajo la sombra de los frondosos árboles, caminando casi en la obscuridad y en el silencio más apacible, sin apenas personas y rodeado de muertos. Me propuse volver a buscar mis tumbas predilectas: la del escritor Frans Kellendonk, muerto a causa del SIDA, y autor de, entre otras, de la magnífica novela Mystiek lichaam [Cuerpo místico]; Henri Emile Enthoven, compositor que murió en Nueva York; el músico y pintor Herman Brood, que terminó suicidándose saltando desde la azotea del Hilton Hotel tras ser incapaz de superar su adicción a las drogas. A Brood le gustaba acudir a sus conciertos en un coche fúnebre, y también traduje una treintena de intraducibles poemas suyos al español; la escritora Doeschka Meijsing; el poeta Menno Wigman, a quien traduje en tres ocasiones y mantuve una buena amistad con él hasta su inesperada muerte. La lápida, ya descolorida, presenta los claros síntomas del paso del tiempo; la del mítico cantante de Boney M. Bobby Farrell; la escritora de literatura infantil Annie M.G. Schmidt, que me recuerda, tanto por su obra como por su vida, a Gloria Fuertes; la de Harry Mulisch, uno de los grandes novelistas de la literatura neerlandesa, eterno candidato al Premio Nobel, y con novelas sobre la Segunda Guerra Mundial que son verdaderas obras maestras; la del político liberal Hans van Mierlo; y por último, para la que he empleado más de una hora hasta dar con ella puesto que el nombre era inapreciable, la de Remco Campert, novelista y poeta a quien también vertí al español en aquella loca antología que hice de poesía neerlandesa experimental de los cincuenta. Cuando visito la tumba de Wigman, siempre leo uno de sus poemas, y también me viene a la cabeza que para su poemario póstumo pensé que podría ser una buena idea usar la propia lápida para la portada del libro, algo que no sentó muy bien a la hermana y tuve que pedirle disculpas y el asunto quedó solucionado. Fue una gran idea, sin duda.
Ya al final de mi visita, mientras caminaba por una de las calles principales del cementerio me encontré con una comitiva fúnebre que seguía a uno de esos raros ataúdes que aquí fabrican: simples, de líneas rectas, la madera pura sin barnizar. Abandoné el cementerio por voluntad propia: me animaron a marcharme porque tras cinco horas danzando entre tumbas, llegó la hora del cierre sin percatarme de ello: «Si no sé quiere marchar puede quedarse: acabo de hacer un buen agujero para mañana», me dijo un trabajador del camposanto esbozando una media sonrisa. Y me marché caminando siguiendo la orilla del viejo Amstel.
Anduve hasta Europaplein y tomé el metro 52 hasta Rokin. Desde allí caminé hasta la librería De Slegte, en donde permanecí una hora: compré una biografía de Spinoza y las canciones de amor de Gerbrand Bredero (1585-1618), de las que ya tenía un ejemplar, pero esta edición, por su tamaño, me pareció muy bonita. Hablando también de ejemplares que ya tengo, antes de llegar al cementerio me topé con una veintena de libros esperando que algún alma caritativa los salvase de acabar en el vertedero. No me interesaba ninguno, hasta que descubrí Karakter, la novela de Ferdinand Bordewijk (que ya la tenía y la leí en su día), que fue llevada al cine y obtuvo el Óscar por la mejor película de habla no inglesa en 1997. Lo eché a la mochila con sumo placer.
Tras salir de la librería me dirigí tranquilamente en dirección al hotel, caminando primeramente, luego subido en el tranvía y de nuevo a pie. Al llegar a la habitación el reloj me indicaba que había hecho más de 21 kilómetros.
Dejé que la tarde diera paso a la noche y que el día muriese sin nada importante que reseñar.
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