PARTE I
Ámsterdam, julio de 2026
Otra vez aquí. Calculo que en los últimos nueve años habré venido a esta ciudad alrededor de unas cuarenta ocasiones.
Me prometí que no dejaría constancia de este viaje en mi cuaderno de bitácora (salvo algún apunte absurdo en las hojas de una libreta), pero ha caído la noche y he vaciado la maleta mientras humea una infusión que acabo de prepararme. Los libros que he traído reposan sobre la mesa y en la radio suena el aria «Che fiero momento», de la ópera Orfeo y Eurídice, de Ch. W. Gluck; antes una cantata de J. S. Bach, y renace esa pulsión desbocada de escribir lo que pienso y cuanto siento, en un intento de encauzar todo ello. ¡Miento!: no puedo decir lo que siento ni tampoco lo que pienso. «El poeta es un fingidor», dejó por escrito Fernando Pessoa en uno de sus más hermosos poemas. Escribir me ayuda a exorcizarme, como una sesión de psicoanálisis. Y vuelvo a pensar en Pessoa, ahora en relación a su Libro del desasosiego: «Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir». He vuelto al lugar de un crimen sin resolver que yo no he cometido, como ese aire que agita el asesinato que describió, a su manera, Juan Benet, pero en esta situación más que aire es hedor, y llego como quien acude a presenciar la final de un mundial de fútbol sin entrada. Benet también escribió libros como Volverás a Región y Una tumba. No sé por qué me acuerdo ahora de Benet, pero no hablaré mucho de lo que vine a hacer a esta ciudad y será imposible que suceda, otra vez.
He plagiado mi propia travesía, cada una de las anteriores, como una sola: aterrizar, esperar el equipaje (hoy, por algún tipo de problema, ha tardado más de una hora en aparecer), coger un tren hasta Centraal, comprar la tarjeta para viajar en el transporte público, acto seguido tomar el tranvía 2, caminar, llegar al hotel y los absurdos trámites, colocar la ropa, volver a caminar, coger de nuevo el tranvía, a continuación el 26: he llegado al lugar en cuestión, he picado el telefonillo, pero nadie ha contestado al otro lado. He escrito una carta sobre una mesa de madera mientras soplaba un viento helado y espeluznante, y la he depositado en el buzón. Deduzco que la carta será interceptada por la STASI, o por algún otro órgano represor, y nunca llegará a las destinatarias. Y me he marchado; todavía hacía más frío que cuando llegué.
De entre todos los animales, la perversidad más genuina es la de los humanos, genuina en sentido peyorativo; por eso han dejado de ser animales, porque no lo merecen: el humano es la verdadera Bestia del Infierno. «Homo homini lupus», la célebre expresión acuñada por el comediógrafo romano Plauto, resume una visión profundamente pesimista de la condición humana: «El hombre es un lobo para el hombre». Con ella retrataba la inclinación del ser humano al egoísmo y a la confrontación. Siglos después, el filósofo inglés Thomas Hobbes recuperó esta idea para describir el estado natural del hombre como una situación de permanente conflicto, una «guerra de todos contra todos», en la que la ausencia de un poder común condena a los hombres a enfrentarse entre sí.
El hotel en el que me hospedo, el West Side Inn Hotel, de la cadena hotelera Best Western, se sitúa en el distrito Nieuw-West, en el barrio de Slotervaart y cerca de Delflandpleinbuurt. En las fotografías el hotel parecía una de esas lúgubres edificaciones soviéticas, pero sólo lo parecía: es de nueva construcción, perfectamente acondicionado, coqueto, la habitación espaciosa, sin olores extraños, pulcro, y servicio de limpieza y cambio de toallas a diario, algo que últimamente se ha convertido en una rareza; aquí los hoteles de tres estrellas, aunque suene a perogrullada, son de tres estrellas, pues me he alojado en hoteles terroríficos. Por suerte éste se ubica en un barrio tranquilo, y afirmo esto porque llegaba con ciertas reticencias y hasta sorpresa, tras leer días antes en un periódico local, que el ayuntamiento y la policía habían catalogado parte del distrito como un «lugar peligroso por el tráfico y consumo de drogas, la mendicidad, amenazas a los vecinos y violencia», sorpresa porque como digo es una buen barrio y no queda lejos de la Casa del Traductor y de la zona de los museos, un lugar elegante de familias de clase alta cuyas casas alcanzan precios desorbitados, pero deduzco que el artículo hacía referencia a la zona que queda más al oeste y sur, justo en donde se construyó hace una década una mastodóntica y horrorosa mezquita. Hasta hace no mucho, y a excepción de algunas zonas muy concretas, toda la ciudad presentaba un aspecto agradable y de absoluta seguridad. Pero todo ha cambiado y corre el riesgo de transformarse en algo aún peor; Europa es una escombrera encaminada a su destrucción total.
Cada vez soy más cuidadoso a la hora de escoger el alojamiento, porque se corre el riesgo de acabar siendo engañado reservando un hostal que te venden como hotel y encontrarte con la sorpresa de que tienes que convivir una semana entera con algún pirata. Eso sólo me sucedió en una ocasión cuando tuve que cambiar las fechas del vuelo en el último momento y no pude alojarme en el hotel que ya tenía reservado para los siguientes días. Fue una sola noche, con tres chicas españolas: llegué antes que ellas y disimulé dormir hasta que se marcharon a la mañana siguiente. No sabían que yo también era español mientras se preguntaba en voz baja quién sería ese que inmóvil miraba hacia la pared, o si sencillamente estaría muerto. Esto me hace recordar la novela Moby Dick, cuando el protagonista, Ismael, se ve obligado a compartir cama en la taberna The Spouter-Inn en New Bedford con Queequed, un arponero polinesio que llevaba tatuajes hasta en la cara. Después de la experiencia del año pasado en Dublín, cuando reservé un siniestro hotel (o lo que fuese) sin ninguna indagación previa y que se encontraba a más de una hora del centro de la ciudad, soy mucho más precavido, aunque ese sí fue un viaje inolvidable. Me gustan las aventuras, pero en lo que respecta a los hoteles ya no me apetece ser protagonista de ninguna novela decimonónica. Salvo cuando he estado becado por la Casa del Traductor, nunca me he alojado aquí en el mismo hotel. Por otro lado, tengo que confesar que me encanta la vida en los hoteles, tenerlo todo ordenado, a mano; es como dominar un pequeño reino.
Llegar aquí en estas condiciones no es fácil, y la sensación de haber venido, o no, hubiese sido exactamente la misma: la de una continua desazón. Pero a pesar del desgaste psicológico, he aprendido a vivir en una constante presión y ansiedad, como si estuviese en una campaña militar o esperando en una trinchera a que caiga una granada, que por otro lado me ha hecho mentalmente más fuerte. Me ayuda sentir que domino la ciudad y sus espacios, mi obstinación, el no dejarme vencer, más aún cuando la Justicia me ha abandonado. Si yo hubiese cometido la primera fechoría, no me hubiese dado tiempo a llegar a la segunda: estaría, desde hace tiempo, entre rejas. No puedo hacer mucho más. Aun así, la ciudad y la situación son incapaces de doblegarme.
El poder de la mente es infinito, pero puede fallar. El aislamiento mental y el recogimiento físico son fundamentales: distraer el cerebro y enterrar aquello que es doloroso. Tener el mínimo contacto social y que éste sea controlable es una forma de protegerse. Evito las situaciones absurdas y los problemas artificiales, y también rechazo a quienes me meten en ellos. Relativizar es mi verbo favorito y mi filosofía de cada día: puedes estar mal, pero otros aún están peor, y puede que en una situación irreversible. Todo es relativo, según la óptica con la que se mire.
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Si ayer la máxima fue de 19 °C, hoy ha subido un grado más, aunque el cielo ha permanecido ligeramente cubierto de nubes durante todo el día. Anoche, cuando ya nervioso y desesperado viendo la final de fútbol en la habitación, decidí salir y tomar el fresco justo al final de la primera parte de la prórroga, la temperatura era de 15 °C. Fue el momento en el que unos alemanes cantaron gol y el breve instante de confusión posterior resultó interminable hasta ser consciente de que quien había marcado era España. Fue una alegría, pero el problema en nuestro país no es deportivo, sino sociopolítico (y de corrupción), algo que no debe olvidarse por mucho mundial de fútbol que se haya ganado: la situación sigue siendo la misma.
Aunque anoche tomé 1 mg de lorazepam, el sueño me llegó tarde, y antes de las 8 h ya estaba en pie, con un dolor de cuello intensísimo que ya venía arrastrando desde hacía días. He pedido que me cambien la almohada con la esperanza de que mañana me levante en mejores condiciones.
Necesitaba salir del hotel rápidamente y estar activo. Tomé un autobús en dirección al barrio Rivierenbuurt, me apeé media hora más tarde y tras caminar unos diez minutos, llegué a mi lugar favorito: el cementerio Zorgvlied, situado a orillas del río Amstel. Sin rastro de turistas, bajo la sombra de los frondosos árboles, caminando casi en la obscuridad y en el silencio más apacible, sin apenas personas y rodeado de muertos. Me propuse volver a buscar mis tumbas predilectas: la del escritor Frans Kellendonk, muerto a causa del SIDA, y autor de, entre otras, de la magnífica novela Mystiek lichaam [Cuerpo místico]; Henri Emile Enthoven, compositor que murió en Nueva York; el músico y pintor Herman Brood, que terminó suicidándose saltando desde la azotea del Hilton Hotel tras ser incapaz de superar su adicción a las drogas. A Brood le gustaba acudir a sus conciertos en un coche fúnebre, y también traduje una treintena de intraducibles poemas suyos al español; la escritora Doeschka Meijsing; el poeta Menno Wigman, a quien traduje en tres ocasiones y mantuve una buena amistad con él hasta su inesperada muerte. La lápida, ya descolorida, presenta los claros síntomas del paso del tiempo; la del mítico cantante de Boney M. Bobby Farrell; la escritora de literatura infantil Annie M.G. Schmidt, que me recuerda, tanto por su obra como por su vida, a Gloria Fuertes; la de Harry Mulisch, uno de los grandes novelistas de la literatura neerlandesa, eterno candidato al Premio Nobel, y con novelas sobre la Segunda Guerra Mundial que son verdaderas obras maestras; la del político liberal Hans van Mierlo; y por último, para la que he empleado más de una hora hasta dar con ella puesto que el nombre era inapreciable, la de Remco Campert, novelista y poeta a quien también vertí al español en aquella loca antología que hice de poesía neerlandesa experimental de los cincuenta. Cuando visito la tumba de Wigman, siempre leo uno de sus poemas, y también me viene a la cabeza que para su poemario póstumo pensé que podría ser una buena idea usar la propia lápida para la portada del libro, algo que no sentó muy bien a la hermana y tuve que pedirle disculpas y el asunto quedó solucionado. Fue una gran idea, sin duda.
Ya al final de mi visita, mientras caminaba por una de las calles principales del cementerio me encontré con una comitiva fúnebre que seguía a uno de esos raros ataúdes que aquí fabrican: simples, de líneas rectas, la madera pura sin barnizar. Abandoné el cementerio por voluntad propia: me animaron a marcharme porque tras cinco horas danzando entre tumbas, llegó la hora del cierre sin percatarme de ello: «Si no sé quiere marchar puede quedarse: acabo de hacer un buen agujero para mañana», me dijo un trabajador del camposanto esbozando una media sonrisa. Y me marché caminando siguiendo la orilla del viejo Amstel.
Anduve hasta Europaplein y tomé el metro 52 hasta Rokin. Desde allí caminé hasta la librería De Slegte, en donde permanecí una hora: compré una biografía de Spinoza y las canciones de amor de Gerbrand Bredero (1585-1618), de las que ya tenía un ejemplar, pero esta edición, por su tamaño, me pareció muy bonita. Hablando también de ejemplares que ya tengo, antes de llegar al cementerio me topé con una veintena de libros esperando que algún alma caritativa los salvase de acabar en el vertedero. No me interesaba ninguno, hasta que descubrí Karakter, la novela de Ferdinand Bordewijk (que ya la tenía y la leí en su día), que fue llevada al cine y obtuvo el Óscar por la mejor película de habla no inglesa en 1997. Lo eché a la mochila con sumo placer.
Tras salir de la librería me dirigí tranquilamente en dirección al hotel, caminando primeramente, luego subido en el tranvía y de nuevo a pie. Al llegar a la habitación el reloj me indicaba que había hecho más de 21 kilómetros.
Dejé que la tarde diera paso a la noche y que el día muriese sin nada importante que reseñar.
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