miércoles, 15 de julio de 2026

UNA TEORÍA DEL VIAJE

Y PARTE III

Los dos hemos padecido muchos trabajos: tú aquí, llorando por mi vuelta tan abundante en fatigas; y yo sufriendo los infortunios que me enviaron Zeus y los demás dioses [...].

La Odisea, HOMERO

Como me temía, me desperté a las 6 h, y ya no pude dormir más. Despuntaba tímidamente el sol, aunque el cielo estaba cubierto de nubes. En lo meteorológico el día ha sido similar al de ayer, salvo que no ha llovido.

A las 9 h ya estaba saliendo del hotel en dirección a Centraal. Me pasé por una librería que se encuentra en la estación y compré para mis hijas una edición ilustrada de El principito. A continuación tomé el tranvía 26 en dirección a Ijburg: todas mis cartas y notas de estos días seguían en el buzón; deposité otra junto al libro, y me marché. 


Como acostumbro, a la vuelta hice una parada técnica en la Biblioteca central (tengo mapeados todos los aseos públicos de la zona centro, y en algunos de ellos sería fácil contagiarse de alguna enfermedad; aunque no así en el de la biblioteca). Llevo unos años dándome cuenta de la casi imposibilidad de discernir el símbolo de hombres-mujeres en los baños; deduzco que tiene relación con esta pandemia woke de crear géneros indefinidos. De hecho ayer mismo había una mujer en el de caballeros, que me miró con cara de sorpresa; dudé si el que me había confundido era yo, aunque en esta ocasión no. 

Bajé hasta la estación de metro: sonaba música clásica; hoy Vivaldi; parece que no todo está perdido. Al llegar hasta la Amstel Station me subí en un autobús que me dejó en la misma entrada del cementerio de De Nieuwe Ooster, el cementerio más grande no sólo de Ámsterdam, también del país. Es un cementerio que nunca me ha gustado, precisamente por lo enorme que es y por lo concurrido que está siempre. Es el cementerio en el que suelen enterrarse, además de los nacionales, los coreanos, japoneses, chinos, surinameses, indonesios, latinoamericanos... Y hasta existe una parte para quienes profesan el islam. 


El motivo de ir a De Nieuwe Ooster no era otro que el de visitar la tumba de Cees Nooteboom, otro eterno candidato al Nobel de literatura que tocó todos los géneros y uno de mis escritores favoritos, de quien he leído gran parte de su obra: Rituales, La historia siguiente, El desvío a Santiago, En las montañas de HolandaEl día de todas las almas, La historia siguiente, Philip y los otros, Hotel nómada, 533 días... Durante unos años escribí a la Academia sueca de literatura fundamentando por qué debían concederle el premio Nobel, pero ni caso. Viajero empedernido, Nooteboom era también un amante de los cementerios, y junto con su mujer, la fotógrafa Simone Sassen, recorrieron el mundo entero visitando las tumbas de sus escritores y filósofos favoritos, libro que titularon Tumbas, en español, que compré en neerlandés nada más aparecer y años más tarde en una edición de bolsillo en español. 

También tengo que confesar la espinita que tengo clavada por no haber visto publicadas algunas traducciones que hice de varios de sus poemarios, como le hice saber en una carta que le remití, pero el culpable fue de un famoso editor de poesía de España de cuyo nombre no quiero acordarme. Hace años recibí asimismo una carta de dos páginas del propio Nooteboom que conservo como oro en paño. 

Decidí buscar el lugar por mi cuenta, pero a la media hora me di por vencido. Mientras me dirigía a las oficinas del cementerio, divisé lo que parecía una pareja retozando en la verde hierba frente a una tumba. Tonto de mí pensé que con una escena tan romántica ahí estaría, sin duda, la tumba de Nooteboom, o bien de algún otro insigne escritor o músico al que rendían homenaje. Llegué hasta donde se encontraban —iban vestidos con ropa gótica, ambos con largos pendientes, uñas y ojos pintados de negro, recordándome a los personajes de El pequeño vampiro, esa serie infantil y libros que tanto amo—, pusieron cara de sorpresa al verme y les pregunté sobre el asunto, pero ni hablaban neerlandés. Tras la cómica situación llegué a la administración del camposanto y le expuse la situación a la chica que me recibió, pero ésta no tenía ni idea de quién era el tal Nooteboom y menos dónde había sido enterrado. Me pidió que se lo escribiese en un papel, dudando si poner su nombre artístico o el real: Cornelis Johannes Jacobus Maria Nooteboom; opté por el que usaba para firmar sus libros. A los diez minutos apareció la muchacha con el número de referencia de la tumba y un mapa, y comencé la búsqueda, que me llevó unos veinte minutos. Nooteboom falleció en su residencia de Menorca y según había leído en palabras de su editor sus cenizas las trasladaron semanas más tarde al cementerio. La tumba me decepcionó, y también la ubicación. No había ni lápida, aunque albergo la esperanza de que en el futuro disponga de una a la altura del escritor. Elevaré una queja formal escribiendo a su editorial. Cees Nooteboom tendría que haber sido enterrado en el Zorgvlied, junto a su amigo Harry Mulsich. 


No tuve ganas de buscar las tumbas —es un trabajo arduo— de otros importantes escritores enterrados en De Nieuwe Ooster (Hella Haasse, Nescio, Theo Thijssen, Jacques Perk, Theun de Vries, Ed. Hoornik...) y enfilé la salida no sin antes hacer una nueva parada técnica en los aseos, lugar en el que me encontré con un amplio grupo de surinameses que fumando esperaban a que terminase el funeral de un amigo muerto. Los hombres iban vestidos con camisetas de cuadros negros y rojos, y las chicas con una cinta con la bandera de Surinam. Al salir me crucé con varias personas con tambores e instrumentos de viento. Tuve la tentación de quedarme a presenciar la fiesta-funeral, pero pensé: ¿y quién me ha dado a mí vela en este entierro? 

En muchas ocasiones me han preguntado «¿Y no te aburres?» (por ejemplo viniendo aquí con tanta frecuencia). Y no, no sé aburrirme. Lo he intentado, por probar qué se siente, y ha sido imposible. En mi caso padezco de insomnio y soy un hiperactivo no diagnosticado, y eso ayuda. Tampoco me gusta la gente que se aburre o duerme mucho; son un peligro social; en el código penal tendría que existir algún severo castigo contra ellos. Me faltan horas y detesto cuando llega el momento de acostarme. Desde que decido irme a la cama hasta que realmente lo hago, transcurre más de una hora. Plutarco recoge en uno de sus libros una anécdota de Dionisio el Viejo, cuando alguien le pregunta si tenía tiempo libre: «¡Ojalá nunca me suceda esto!», contestó. Sabia respuesta. 

La media de kilómetros recorridos a diario en mi estancia ha sido de veinte kilómetros, y mi vida gastronómica puede resumirse básicamente, con alguna excepción, en recetas locales: arenques, lekkerbekje (bacalao rebozado acompañado con salsa tártara), stamppot (puré de patatas y endivias con albóndigas), zuurkoolstamppot met rookworst (chucrut y patatas con salchicha ahumada), bami babi pangang (un plato de imposible fusión neerlandés-indonesio-chino cuyos ingredientes son los tallarines y el cerdo marinado), pepinillos, frambuesas, plátanos y moras; y mucho sushi.

Y es que cuando me encuentro en esta ciudad aparece en mi mente una bandeja de sushi que suelo comprar en Albert Heijn. Si me apetece comer algo más especial, me alejo del centro y busco en los callejones del barrio bohemio del Jordaan un pequeño restaurante con manteles ajedrezados en donde no encuentras a ningún turista. Si fuese Miquel Barceló pintaría un maki de salmón coronando el obelisco del Dam; de la base brotarían nigiris; por los canales no correría agua, sino salsa de soja y las bicicletas pasarían por encima. A Noa le encantaba que comprásemos sushi y comer en el parque, aunque fuese invierno. Se acercaban todo tipo de pájaros, y yo le iba enunciando los nombres en español y en neerlandés: mirlo, estornino pinto, carbonero, herrerillo, cuervo, urraca... miles de urracas. No creo que se acuerde ya... de nada. El sushi y el escritor Augusto Monterroso me recuerdan a ella (y tantas cosas, como un collar de piedras blancas que compramos para cada uno y aún conservo): leía las obras completas del escritor guatemalteco cuando vino al mundo, anotando en el margen del libro el momento exacto. Un día me preguntó sobre Dios. ¡La echo tanto de menos! Me gustaría saber qué música les gusta, qué libros leen, qué les gustaría ser de mayor... Alguien día espero tener estas conversaciones con ellas, y de cosas más importantes.

Cuando regresaba al hotel, ya en el tranvía, no sé por qué, pensé en Carpanta, y luego en un plato de lentejas. ¡Hubiese pagado cualquier cosa por comerme unas lentejas! Me gustaría hacer un libro sobre guisos de Europa, que me contratase una editorial y sufragase mi estancia de un par de días en cada ciudad y reseñar los guisos más representativos de los lugares durante un año, los que se comen con cuchara. Yo las lentejas también las ceno, e incluso sin hambre, y aunque la fabada, el cocido, el pote gallego o el trigo también me parecen sublimes, las lentejas ocupan el escalafón más alto. En Europa donde mejores guisos se degustan —sin contar España— es en Irlanda: Irish Stew, Beef and Guinness Stew, Seafood Chowder... También cabe destacar el goulash (Hungría), el Boeuf Bourguignon (Francia), la feijoada, la sopa da Pedra, guisos de la vecina Portugal, o la mescciüa, un potaje de la región italiana de Liguria a base de garbanzos, alubias y farro.

Aquí también existe un guiso muy interesante que se llama erwtensoep. Este plato se prepara con unos guisantes partidos que quedan hechos puré al cocinarlos. La receta contiene manitas de cerdo, panceta curada, salchicha ahumada, apionabo, puerro, cebolla, zanahoria (¡ajo no!; las tribus anglo-germánicas lo odian; yo no podría ser anglo, ni sajón, ni germano, pero me encanta, por cierto, releer Germania de Publio Cornelio Tácito y la descripción que hace de las tribus, una de ellas incluso se dedicaba al cultivo de la cebolla)... que da como resultado un delicioso guiso que se acompaña con pan de centeno y mostaza, y por supuesto con una cerveza de trigo. La clave de este plato de cuchara es ese guisante partido que sólo se encuentra por estas bajas tierras (he comprado un paquete para llevarme) y que me recuerda, por la textura final, a la lenteja roja. Me comería ahora mismo unas lentejas, repito; como el condenado a muerte, será lo que pida al llegar a España, pero sin condena. Por otro lado, las lentejas han formado parte del refranero y cultura española:

—«Quien siembra lentejas, recoge quejas». 
—En el Génesis Esaú, dominado por el hambre y la impulsividad, despreció el valor de su primogenitura y se la vendió a Jacob por un plato de lentejas. 
—«Quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos», escribió Cervantes en su Quijote.

Con una cuchara en la mochila: Europa y sus guisos; así titularé el libro, al estilo de los que escribía Néstor Luján.

Muy buen amigo Adolfo Soares (que a veces se confunde conmigo mismo), llegó el mismo día que yo a Ámsterdam desde Ciudad del Cabo haciendo escala en Lisboa; también se marchará cuando yo lo haga. Quedamos al atardecer para comer en la Brasserie van Baerle, en el distrito Oud Zuid, zona que conozco bien por mis largas estancias en La Casa del Traductor. Le entregué un par de ejemplares del último número de la revista Atonaal dedicado al Finnegans Wake de Joyce, en la que también ha participado con un poema. No hizo ningún comentario. Compartimos a modo de amuse-bouche una docena de ostras de Belon y un surtido de quesos con higos y nueces, y como plato principal Adolfo pidió caballa ligeramente cocida al vapor acompañada de una coliflor à la grecque; en lo que a mí respecta me decanté por un confit de pato sobre un cassoulet de verduras de verano. Para beber escogí un borgoña, y como postre un helado de vainilla con fresas marinadas en licor y almendras crujientes. No intercambiamos ni una sola palabra, salvo el saludo inicial y la despedida, en la que ambos dijimos al unísono: «Nos vemos en Lisboa», como es tradición entre nosotros.  

Pasado el mediodía recibí una llamada de un número desconocido, pero cuando descolgué el teléfono ya había cortado. Me hizo albergar cierta esperanza, y esperé algo, una señal, un milagro... pero las horas pasaron; esperar lo imposible no tiene sentido. A veces escucho sus voces susurrando por todas partes.

Los turistas proliferan como ortigas. No soy turista. Tampoco soy de aquí; ya no sé lo que soy. Tendría que recurrir otra vez a Pessoa para determinar mi condición:

Não sou nada.
Nunca serei nada.
Não posso querer ser nada.
À parte isso, tenho em mim 
todos os sonhos do mundo.

Pessoa me fascina; Lisboa es un sueño, una alucinación envuelta en su hermosa decadencia. Añoro Europa, la Europa que aparece en los libros y que ha dejado de existir. Desde muy niño he sentido el deseo de viajar lejos, y también de vivir fuera de España, por supuesto en Europa; quizá en EE.UU., en Nueva York o en alguna ciudad de Nueva Inglaterra. Si leía un libro en el que aparecía una ciudad la buscaba en el atlas y ahí quería estar: soñaba con vivir unos años allí, perderme y luego regresar y buscarme a mí mismo. Aún sigo soñando. 

Fui callejeando por los canales, evitando a la gente y despidiéndome de la ciudad. Volveré, claro que volveré, en una situación mejor, porque la esperanza nunca se pierde. Y volveré para poner, por fin, una pica en Flandes.


Dije adiós al hotel (me reafirmo en mi pasión por los hoteles) y al barrio, en donde me he sentido como en casa. No me arrepiento de haber venido, a pesar de no conseguir el único objetivo que me traía aquí. Lo volveré a hacer, hasta que consiga lo que mis hijas merecen. 


POSDATA:

Aunque me duela, esta es la ciudad que ha moldeado mi carácter, en lo positivo y también en lo negativo. La Casa del Traductor ha sido una verdadera universidad, desde el propio espacio físico hasta cuanto he aprendido y me ha ofrecido proyectándome contra la ciudad. He podido vivir aquí como lo haría un bohemio aunque sin las penurias económicas que sufrían los bohemios. Pero no por ello mi vida aquí ha sido menos bohemia: soledad, tabernas, cementerios (me gustaría ser el encargado de limpiar las tumbas del Zorgvlied), interminables recorridos en bicicleta y tranvía (me sé las rutas de cada recorrido), librerías de viejo, galerías de arte y museos, observar los pájaros, mojarme por la infinita lluvia. He pasado mucho frío en estas calles. Horas y horas a la intemperie. He caminado días enteros desde antes incluso de amanecer con los pies mojados por la lluvia y secado los calcetines en los aseos de las bibliotecas como lo haría un mendigo; me he alimentado a base de plátanos y comida sin calentar; me han cancelado reservas en hoteles y hostales de mala muerte y he dormido en las incómodas salas de los aeropuertos. He sido un trozo de arcilla moldeado al antojo de esta ciudad de bruma y lluvia. He encarnado con precisión el flâneur decimonónico; esa ha sido mi verdadera profesión en Ámsterdam; eso soy. 


Decidí llegar al aeropuerto a medianoche; de todas formas tampoco iba a dormir: tomé el tranvía cercano al hotel hasta Centraal y posteriormente un tren a Schiphol. La ciudad bullía de gente de un lado al otro, las terrazas atestadas, Leidseplein rebosante de alcohol, las luces de la ciudad iluminando las sombras. 


Me entretuve terminando de leer los libros que había traído conmigo: decepcionado con la poesía de Giovanni Pascoli, salvo los poemas que remiten al mundo griego. Por contra los poemarios A la misteriosa y Las tinieblas, de Robert Desnos, cargados de un romanticismo obscuro, casi macabro y muy del estilo de Baudelaire, deliciosos.

Noches perdidas y ganadas en las salas de los aeropuertos. Frío, ¡mucho frío! Yo embutido en ropa invernal y el personal en manga corta, playeras y gorras de beisbol. El colmo hubiese sido encontrarme a alguien conocido y que no fuese Adolfo Soares: el portugués hacía tiempo alternando un café solo y una copa de aguardiente antes de embarcar con destino a Lisboa. Nos saludamos con la mano y esbozó su típica sonrisa, que nunca he sabido si era de alegría o de tristeza; quizá saudade. Él también sufre el mismo dolor que yo. 

Y el mar. El mar. 

Ítaca.

¡PENÉLOPE! 

POSDATA: 

Al pisar suelo español la temperatura era de 39 °C; la verdad es que el calor me supo a poco con el frío que pasé en el avión y con la ropa de invierno que llevaba puesta.

NUEVO POSDATA:

Al primero que me he encontrado al encender la televisión ha sido a Prime Minister Pedro Sánchez. Casi me había olvidado de él. Se acabaron los sueños. ¡Viva el rey Felipe II y el Imperio español! Larga vida al rock & roll. 


PARTE II

He pasado otra pésima noche, y esta vez no ha sido a causa del cuello, cuyo dolor ha remitido considerablemente. Me desperté a las 4 h con una intensa sensación de asfixia, y ya apenas pude conciliar el sueño. Pensé en tomarme medio miligramo de lorazepam, pero no lo hice; en su lugar me di una ducha. 

La temperatura del día ha sido similar a la de ayer, aunque el cielo ha presentado mayor nubosidad. 

Cada viajero va elaborando —de manera consciente o inconsciente, con más o menos insistencia, con un enfoque filosófico, o sin éste— su particular teoría del viaje. Lo he repetido hasta la saciedad en estos diarios: lo único que importa y es vital en un viaje es la elección correcta de los libros que han de acompañarte. En los días previos barajé una docena de títulos, pero finalmente escogí un libro de poemas del poeta surrealista Robert Desnos, el Manual de estoicismo, del filósofo griego Epicteto (lectura que prácticamente terminé durante el vuelo de ida) y una antología poética del italiano Giovanni Pascoli. En la ciudad de destino se puede adquirir crema solar, un sombrero, ropa (con el riesgo de ir todos iguales y como hechos en serie), unos zapatos, un paraguas... Pero el libro adecuado es radicalmente complicado. Puedes encontrarlo (yo lo he hecho en varios países), pero lo ideal es traerlos desde casa: es como tener de antemano tus pastillas para dormir. 

He tenido asimismo la tentación de dejar que me acompañase La Odisea y leer las frases que ya tengo subrayadas, pero en el último momento lo he vuelto a colocar en su lugar. La Odisea es uno de mis libros favoritos: releerlo e interpretarlo es un modo de vida, más aún cuando uno abandona el lugar seguro que representa el hogar. El viaje de Ulises es mucho más que una travesía por un mar lleno de peligros: es el viaje interior de quien fuera héroe en la guerra de Troya. Hace unos días se estrenó una nueva versión cinematográfica de la obra de Homero dirigida por Christopher Nolan, pero he leído críticas que la tachan de un obsceno enfoque woke, y el movimiento woke y todo lo que éste significa es un mal que atenta contra la cultura occidental: Helena de Troya y Atenea están interpretadas por actrices negras, ¡y nada menos que Aquiles por una transexual! Si quiero sumergirme en una interpretación de La Odisea prefiero leer la que hizo Nikos Kazantzakis o la del citado Giovanni Pascoli. Me fastidian este tipo de modas, porque ahora las librerías venderán los libros de Homero como vulgar mercancía (sucedió con El señor de los anillos tras las versiones cinematográficas, novela que yo ya había leído a los doce años), y los comprarán, y la mayoría no los leerá. 


Aprovechando que venía a Ámsterdam, Erik Bindervoet, el escritor, dramaturgo y traductor de, entre otros, James Joyce, me invitó a pasarme por su casa. No me agradan las visitas, ni hacerlas ni que me las hagan (de hecho sé que en la Casa del Traductor están ahora mismo algunos amigos, y otros que viven aquí o en ciudades cercanas, pero no me apetecen los reencuentros). Quizá vaya a cenar con mi amigo lisboeta Adolfo Soares, que casualmente llegó el mismo día que yo, pero al fin y al cabo eso es como estar y encontrarme conmigo mismo. 

Las visitas se traducen en una violentación inaceptable del hábitat natural de la otra parte, pero Bindervoet ha insistido de manera vehemente en vernos. Traigo unos ejemplares del último número de Atonaal, dedicado al primer párrafo de Finnegans Wake de Joyce, en el que Bindervoet participó con una pieza muy bonita que traduje del neerlandés, y que se acerca mucho al tono de la última novela del escritor irlandés, salpicada de vivencias y recuerdos personales. Quedamos a las 13 h. Vive en una casa en el barrio de De Pijp, justo a las espaldas del hotel en el que el verano pasado estuve hospedado. Es una de las zonas más bonitas y bohemias de la ciudad. Su casa no era tal, sino una biblioteca: libros por todas partes, desde la entrada hasta cualquier sitio imaginable. Me gustó la forma en la que los libros se habían acomodado en la vivienda. Allá donde mirase, aparecía en el lomo de un libro el nombre de Joyce, retratos de Joyce, referencias a Joyce... Pero se asombró, nada más verme, por el tatuaje que llevo en el brazo: Ulysses, en la misma letra con la que fue publicada la novela en 1922.  


Llevaba conmigo su De intocht van Christus in Amsterdam [La entrada de Cristo en Ámsterdam], una obra satírica escrita conjuntamente por Bindervoet y Robbert-Jan Henkes, y que más de treinta años después sigue más fresca y vigente que nunca. La obra es un poema didáctico que auna inteligencia y erudición y funciona como una paráfrasis de los evangelios. A través de un humor ácido y sugerentes ilustraciones, el texto denuncia los abusos, la inacción política y los problemas socioculturales de la capital y de los Países Bajos en general. La primera edición es de 1991; la mía es una segunda edición ilustrada de 2006.

Erik Bindervoet y Robbert-Jan Henkes forman una de las parejas de creadores literarios y traductores más célebres, ingeniosos y respetados de los Países Bajos. Son ya verdaderas leyendas de la literatura en lengua neerlandesa. Comenzaron a colaborar juntos en 1986, especializándose en verter al neerlandés algunas de las obras más complejas, experimentales e intraducibles de la literatura universal, destacando por un enfoque lleno de humor, creatividad lingüística y cultura. Por citar algunas traducciones, han vertido al neerlandés la obra completa de Joyce, Shakespeare, Karl Kraus, Thomas De Quincey, Arthur Schopenhauer, Andréi Tarkovski o Anatoli Marienhof. Me parece curioso este tipo de colaboraciones literarias tan largas y fructíferas... y llegar a soportarse. Yo la mayoría de veces no me soporto ni a mí mismo. Tras algo más de media hora me excusé alegando que tenía que marcharme pues iba a visitar el Rijksmuseum, y me despedí de Erik y de su mujer, que según me confesó es especialista en el poeta irlandés W. B. Yeats. Antes de eso Erik me dedicó su particular visión de la entrada de Cristo en Ámsterdam, al que acompañó con un dibujo.


Cuando salí de la casa me dirigí a un puesto de arenques que recordaba haber visto y me comí un broodje haring con cebolla y pepinillos. De ahí tomé el tranvía hasta el Rijksmuseum, en donde permanecí cuatro horas disfrutando de todas y cada una de las sublimes pinturas de sus salas: ¡qué belleza! Lástima que La ronda de noche de Rembrandt estuviese siendo restaurada, si bien podía contemplarse parcialmente, tanto la pintura como la persona que se encontraba restaurándola sobre un andamio mecánico. Esta era la cuarta o quinta vez que visitaba el museo, pero siempre parece que es la primera, y el goce cada vez más intenso. Ocho siglos de pintura occidental, de verdadera cultura europea, desde el siglo XII hasta el XX, con el esplendor del Siglo de Oro neerlandés como eje fundamental del museo: Rembrandt van Rijn, Vermeer, Frans Hals, Jan Steen, Jacob van Ruisdael, Pieter de Hooch, Gerard ter Borch, Gabriel Metsu, Aelbert Cuyp, Paulus Potter, Willem Claesz. Heda, Rachel Ruysch, Judith Leyster, Jan Asselijn, Hendrick Avercamp, Gerard Dou, Ferdinand Bol, Govert Flinck, Jan van Goyen, Vincent van Gogh... 




Al abandonar el museo las nubes cubrían por completo el cielo. Crucé toda la Plaza de los Museos hasta llegar al Concertgebouw, y desde ahí fui callejeando con la intención de pasar por la Casa del Traductor, que ahí seguía, con su número 19 sobre la puerta. Tomé un tranvía y llegué al hotel. 




Esta noche pasada he dormido fantásticamente bien, sobre todo teniendo en cuenta mis problemas con el sueño, y aunque me despertaba casi cada hora, por fortuna volvía a dormirme. Si aplico mi propia teoría de la relativización, habrá personas que hayan dormido doce horas y otras que aún no se hayan acostado. También sé que esta noche las probabilidades de dormir poco y mal son altísimas. 

Me bajé a la terraza del hotel y me tomé un café. El cielo estaba totalmente encapotado y el suelo mojado por la lluvia, lluvia que me ha acompañado, como más o menos intensidad, durante todo el día, con una temperatura similar a la de ayer. En Los paraísos artificiales Baudelaire relata el placer narcótico que de niño sentía al revolcarse entre el cornezuelo del centeno, no en vano es un hongo parásito que contiene alcaloides y que sirvió como base química para sintetizar el LSD. Baudelaire ya apuntaba maneras desde pequeño, y de adulto, nada más despertarse, se preparaba como desayuno un tazón de café solo en el que diluía una gran bola de opio, y en ese estado se ponía a escribir. Por otro lado, Goethe guardaba en su escritorio manzanas que dejaba descomponerse, ya que el intenso olor de la fruta podrida estimulaba su creatividad e imaginación mientras escribía. Los caminos de la inspiración son inescrutables. 

Llegué en tranvía a Centraal y desde ahí tomé el metro hasta la estación Bijlmer Arena. A continuación me subí a un autobús en dirección al pueblecito de Ouderkerk aan de Amstel, que como su nombre indica se asienta a orillas del río. Nada más apearme del autobús comenzó a llover, mientras caminaba hasta el Portugees-Israëlitische begraafplaats Beth Haim, el Cementerio judeo-portugués de Beth Haim, fundado en 1614. Durante el tiempo que el cementerio estuvo en uso los cadáveres llegaban a éste en barca por el Bullewijk, afluente del Amstel. En la morgue, que aún se conserva junto al río, lavaban el cadáver y posteriormente le daban sepultura. El pintor Jacob van Ruisdael retrató en dos lienzos este lugar de reposo eterno de la comunidad sefardita que llegó tras la expulsión, a finales del siglo XV, desde la Península Ibérica. 


El Beth Haim (literalmente Casa de la vida) es uno de los cementerios judíos más antiguos del mundo, y se estima que hay más de treinta mil tumbas, pero la gran mayoría han quedado engullidas por las pantanosas tierras del lugar, así que pises donde pises, estás caminando sobre una tumba imperceptible para la vista. Desde la última vez de mi visita el cementerio se encuentra perfectamente cuidado, con la hierba cortada y con indicaciones en algunas tumbas. En aquella época yo también hice una pequeña aportación económica para apoyar su conservación, y por supuesto adquirí un precioso libro con la historia del cementerio que contenía dibujos y fotografías de las tumbas más relevantes. 


La lluvia se detuvo pocos minutos antes de llegar al Beth Haim, pero en cuanto entré comenzó a llover de nuevo, y así estuvo durante toda mi visita (y a lo largo de todo el día), que se prolongó durante casi tres horas. Desde los ventanales de las casas próximas al cementerio me observaban con curiosidad algunas personas, y también los cuervos, que volaban de lápida en lápida bebiendo el agua de la lluvia y sin importarle mucho mi presencia.


Bajo un enorme castaño, en el que por un momento me resguardé de la lluvia, encontré la tumba de Hanna Debora de Spinoza, la madre del insigne filósofo, y enfrente, a escasos metros de ésta, la de Michael de Spinoza, su padre. Disfrutaba del paseo, la soledad y el silencio bajo la llovizna, cuando di con la lápida del rabino Menasseh Ben Israel (amigo de Rembrandt) así como la de Eliezer, un esclavo negro enterrado con honores en 1629. No pude encontrar la tumba de Branca Dinis, la madre del filósofo Uriel da Costa. Spinoza contaba con ocho años de edad cuando Da Costa se quitó la vida. Sufrió varias excomuniones y una humillación pública degradante, que Spinoza a buen seguro presenció. Da Costa defendió la religión natural frente a la estricta tradición judía, hasta que en 1640 se suicidó. Muchos años después el propio Spinoza también padecería la expulsión (cherem) de la comunidad sefardita. Da Costa también está enterrado en algún lugar de este cementerio, pero a causa del suicidio en su lápida no se hizo inscripción alguna, siendo devorado por la tierra y por el cruel olvido. 

Tanto Spinoza, de quien he leído sus libros fundamentales así como su famoso volumen de cartas, como Uriel da Costa, son dos de mis filósofos predilectos (al igual que Emil Cioran), fascinándome su obra y también su vida. De hecho en este mismo blog he escrito sobre ellos en más de una ocasión, y en este año he leído varios libros sobre ambos, como la biografía que de Da Costa ha escrito Marcos Bazmandegan, doctor en Filosofía de la Religión en la Universidad de Braga y especialista en estudios hebreos, y con quien posteriormente he mantenido correspondencia virtual. Precisamente esta tarde le envié por correo electrónico algunas imágenes de mi visita. Steven Nadler, otro reconocido filósofo, historiador y académico estadounidense de la Universidad de Wisconsin, y el mayor experto en Spinoza, tiene escrita la mejor biografía del filósofo racionalista. Con Nadler también tuve hace muchísimos años contacto vía e-mail, enviándome una lista de los libros que Spinoza tenía en su biblioteca en el momento de su muerte. Una curiosidad: el hotel en el que me hospedo está en la calle Voorburg (Voorburgstraat), y Voorburg es un pueblo en el que Spinoza vivió justo antes de trasladarse a La Haya, en donde murió. 


Tras abandonar el cementerio fui hasta la iglesia católica de san Urbano, y permanecí en la capilla de la Virgen durante unos minutos. A continuación me senté en la orilla del río y me comí el bocadillo que me había preparado a primera hora de la mañana, y regresé en busca del autobús... Pero como al fondo, en plena campiña, divisaba en lontananza un molino, no pude contenerme y caminé media hora hasta el lugar en el que se encontraba, mientras las vacas que descansaban a ambos lados de un canal me ignoraban. 


Regresé de nuevo a Ámsterdam haciendo el recorrido inverso y entré en la Basílica de san Nicolás: entrar a ella es sentir a Noa. Las iglesias me dan paz, y todavía las visito con más interés cuando salgo de España: rezar, pensar, meditar. Dios tiene un propósito para cada uno de nosotros, y hasta que no eres consciente de ello, la vida no tiene ningún sentido. Yo ya sé el mío, pero la mayoría no llegan a saberlo jamás, y el problema es huir o negar el papel que Dios ha diseñado para cada uno, como en un principio hizo Jonás, cuyo libro es uno de los más enigmáticos de la Biblia y con una estructura narrativa única. El dolor, la desesperación, la incomprensión y todos los obstáculos del camino son parte del aprendizaje, porque Dios está siempre ahí aunque pensemos lo contrario, como se puede aprender leyendo el Libro de Job, y llega un momento en el que es necesario detener la vida y escuchar a Dios: interpretarlo como lo haría un traductor con un complejo texto y seguir el plan trazado por Él. Deus vult.


Al salir de la basílica caminé por el Barrio chino en busca de la parada de mi tranvía para regresar al hotel, mientras iba haciendo una ruta ex professo por algunas librerías: Athenaeum Boekhandel y Scheltema, y la librería de segunda mano Kok Antiquariaat. Me subí en el tranvía, pero a las pocas paradas decidí bajarme, en concreto en Museumplein (Plaza de los museos), e hice a pie los cinco kilómetros que me separaban de mi hotel al tiempo que desde el cielo, cada vez más negro, caía una ligerísima e incesante lluvia. 


Por la noche, mientras leía esperando a que llegase el sueño, hice que sonara música de Billie Holiday, Hailey Tuck y Melody Gardot. 


PARTE I

Ámsterdam, julio de 2026

Otra vez aquí. Calculo que en los últimos nueve años habré venido a esta ciudad alrededor de unas cuarenta ocasiones. 

Me prometí que no dejaría constancia de este viaje en mi cuaderno de bitácora (salvo algún apunte absurdo en las hojas de una libreta), pero ha caído la noche y he vaciado la maleta mientras humea una infusión que acabo de prepararme. Los libros que he traído reposan sobre la mesa y en la radio suena el aria «Che fiero momento», de la ópera Orfeo y Eurídice, de Ch. W. Gluck; antes una cantata de J. S. Bach, y renace esa pulsión desbocada de escribir lo que pienso y cuanto siento, en un intento de encauzar todo ello. ¡Miento!: no puedo decir lo que siento ni tampoco lo que pienso. «El poeta es un fingidor», dejó por escrito Fernando Pessoa en uno de sus más hermosos poemas. Escribir me ayuda a exorcizarme, como una sesión de psicoanálisis. Y vuelvo a pensar en Pessoa, ahora en relación a su Libro del desasosiego: «Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir». He vuelto al lugar de un crimen sin resolver que yo no he cometido, como ese aire que agita el asesinato que describió, a su manera, Juan Benet, pero en esta situación más que aire es hedor, y llego como quien acude a presenciar la final de un mundial de fútbol sin entrada. Benet también escribió libros como Volverás a Región y Una tumba. No sé por qué me acuerdo ahora de Benet, pero no hablaré mucho de lo que vine a hacer a esta ciudad y será imposible que suceda, otra vez. 


He plagiado mi propia travesía, cada una de las anteriores, como una sola: aterrizar, esperar el equipaje (hoy, por algún tipo de problema, ha tardado más de una hora en aparecer), coger un tren hasta Centraal, comprar la tarjeta para viajar en el transporte público, acto seguido tomar el tranvía 2, caminar, llegar al hotel y los absurdos trámites, colocar la ropa, volver a caminar, coger de nuevo el tranvía, a continuación el 26: he llegado al lugar en cuestión, he picado el telefonillo, pero nadie ha contestado al otro lado. He escrito una carta sobre una mesa de madera mientras soplaba un viento helado y espeluznante, y la he depositado en el buzón. Deduzco que la carta será interceptada por la STASI, o por algún otro órgano represor, y nunca llegará a las destinatarias. Y me he marchado; todavía hacía más frío que cuando llegué.


De entre todos los animales, la perversidad más genuina es la de los humanos, genuina en sentido peyorativo; por eso han dejado de ser animales, porque no lo merecen: el humano es la verdadera Bestia del Infierno. «Homo homini lupus», la célebre expresión acuñada por el comediógrafo romano Plauto, resume una visión profundamente pesimista de la condición humana: «El hombre es un lobo para el hombre». Con ella retrataba la inclinación del ser humano al egoísmo y a la confrontación. Siglos después, el filósofo inglés Thomas Hobbes recuperó esta idea para describir el estado natural del hombre como una situación de permanente conflicto, una «guerra de todos contra todos», en la que la ausencia de un poder común condena a los hombres a enfrentarse entre sí.

El hotel en el que me hospedo, el West Side Inn Hotel, de la cadena hotelera Best Western (he recordado que en Brescia también nos alojamos en uno de la misma cadena), se sitúa en el distrito Nieuw-West, en el barrio de Slotervaart y cerca de Delflandpleinbuurt. En las fotografías el hotel parecía una de esas lúgubres edificaciones soviéticas, pero sólo lo parecía: es de nueva construcción, perfectamente acondicionado, coqueto, la habitación espaciosa, sin olores extraños, pulcro, y servicio de limpieza y cambio de toallas a diario, algo que últimamente se ha convertido en una rareza; aquí los hoteles de tres estrellas, aunque suene a perogrullada, son de tres estrellas, pues me he alojado en hoteles terroríficos. Por suerte éste se ubica en un barrio tranquilo, y afirmo esto porque llegaba con ciertas reticencias y hasta sorpresa, tras leer días antes en un periódico local, que el ayuntamiento y la policía habían catalogado parte del distrito como un «lugar peligroso por el tráfico y consumo de drogas, la mendicidad, amenazas a los vecinos y violencia», sorpresa porque como digo es una buen barrio y no queda lejos de la Casa del Traductor y de la zona de los museos, un lugar elegante de familias de clase alta cuyas casas alcanzan precios desorbitados, pero deduzco que el artículo hacía referencia a la zona que queda más al oeste y sur, justo en donde se construyó hace una década una mastodóntica y horrorosa mezquita. Hasta hace no mucho, y a excepción de algunas zonas muy concretas, toda la ciudad presentaba un aspecto agradable y de absoluta seguridad. Pero todo ha cambiado y corre el riesgo de transformarse en algo aún peor; Europa es una escombrera encaminada a su destrucción total. 

Cada vez soy más cuidadoso a la hora de escoger el alojamiento, porque se corre el riesgo de acabar siendo engañado reservando un hostal que te venden como hotel y encontrarte con la sorpresa de que tienes que convivir una semana entera con algún pirata. Eso sólo me sucedió en una ocasión cuando tuve que cambiar las fechas del vuelo en el último momento y no pude alojarme en el hotel que ya tenía reservado para los siguientes días. Fue una sola noche, junto a la Amstel Station con tres chicas españolas: llegué antes que ellas y disimulé dormir hasta que se marcharon a la mañana siguiente. No sabían que yo también era español mientras se preguntaba en voz baja quién sería ese que inmóvil miraba hacia la pared, o si sencillamente estaría muerto. Esto me hace recordar la novela Moby Dick, cuando el protagonista, Ismael, se ve obligado a compartir cama en la taberna The Spouter-Inn en New Bedford con Queequed, un arponero polinesio que llevaba tatuajes hasta en la cara. Después de la experiencia del año pasado en Dublín, cuando reservé un siniestro hotel (o lo que fuese) sin ninguna indagación previa y que se encontraba a más de una hora del centro de la ciudad, soy mucho más precavido, aunque ese sí fue un viaje inolvidable. Me gustan las aventuras, pero en lo que respecta a los hoteles ya no me apetece ser protagonista de ninguna novela decimonónica. Salvo cuando he estado becado por la Casa del Traductor, nunca me he alojado aquí en el mismo hotel. Por otro lado, tengo que confesar que me encanta la vida en los hoteles, tenerlo todo ordenado, a mano; es como dominar un pequeño reino. 

Llegar aquí en estas condiciones no es fácil, y la sensación de haber venido, o no, hubiese sido exactamente la misma: la de una continua desazón. Pero a pesar del desgaste psicológico, he aprendido a vivir en una constante presión y ansiedad, como si estuviese en una campaña militar o esperando en una trinchera a que caiga una granada, que por otro lado me ha hecho mentalmente más fuerte. Me ayuda sentir que domino la ciudad y sus espacios, mi obstinación, el no dejarme vencer, más aún cuando la Justicia me ha abandonado. Si yo hubiese cometido la primera fechoría, no me hubiese dado tiempo a llegar a la segunda: estaría, desde hace tiempo, entre rejas. No puedo hacer mucho más. Aun así, la ciudad y la situación son incapaces de doblegarme.

El poder de la mente es infinito, pero puede fallar. El aislamiento mental y el recogimiento físico son fundamentales: distraer el cerebro y enterrar aquello que es doloroso. Tener el mínimo contacto social y que éste sea controlable es una forma de protegerse. Evito las situaciones absurdas y los problemas artificiales, y también rechazo a quienes me meten en ellos. Relativizar es mi verbo favorito y mi filosofía de cada día: puedes estar mal, pero otros aún están peor, y puede que en una situación irreversible. Todo es relativo, según la óptica con la que se mire. 


Si ayer la máxima fue de 19 °C, hoy ha subido un grado más, aunque el cielo ha permanecido ligeramente cubierto de nubes durante todo el día. Anoche, cuando ya nervioso y desesperado viendo la final de fútbol en la habitación, decidí salir y tomar el fresco justo al final de la primera parte de la prórroga, la temperatura era de 15 °C. Fue el momento en el que unos alemanes cantaron gol y el breve instante de confusión posterior resultó interminable hasta ser consciente de que quien había marcado era España. Fue una alegría, pero el problema en nuestro país no es deportivo, sino sociopolítico (y de corrupción), algo que no debe olvidarse por mucho mundial de fútbol que se haya ganado: la situación sigue siendo la misma. 

Aunque anoche tomé 1 mg de lorazepam, el sueño me llegó tarde, y antes de las 8 h ya estaba en pie, con un dolor de cuello intensísimo que ya venía arrastrando desde hacía días. He pedido que me cambien la almohada con la esperanza de que mañana me levante en mejores condiciones.


Necesitaba salir del hotel rápidamente y estar activo. Tomé un autobús en dirección al barrio Rivierenbuurt, me apeé media hora más tarde y tras caminar unos diez minutos, llegué a mi lugar favorito: el cementerio Zorgvlied, situado a orillas del río Amstel. Sin rastro de turistas, bajo la sombra de los frondosos árboles, caminando casi en la obscuridad y en el silencio más apacible, sin apenas personas y rodeado de muertos. Me propuse volver a buscar mis tumbas predilectas: la del escritor Frans Kellendonk, muerto a causa del SIDA, y autor de, entre otras, de la magnífica novela Mystiek lichaam [Cuerpo místico]; Henri Emile Enthoven, compositor que murió en Nueva York; el músico y pintor Herman Brood, que terminó suicidándose saltando desde la azotea del Hilton Hotel tras ser incapaz de superar su adicción a las drogas. A Brood le gustaba acudir a sus conciertos en un coche fúnebre, y también traduje una treintena de intraducibles poemas suyos al español; la escritora Doeschka Meijsing; el poeta Menno Wigman, a quien traduje en tres ocasiones y mantuve una buena amistad con él hasta su inesperada muerte. La lápida, ya descolorida, presenta los claros síntomas del paso del tiempo; la del mítico cantante de Boney M. Bobby Farrell; la escritora de literatura infantil Annie M.G. Schmidt, que me recuerda, tanto por su obra como por su vida, a Gloria Fuertes; la de Harry Mulisch, uno de los grandes novelistas de la literatura neerlandesa, eterno candidato al Premio Nobel, y con novelas sobre la Segunda Guerra Mundial que son verdaderas obras maestras; la del político liberal Hans van Mierlo; y por último, para la que he empleado más de una hora hasta dar con ella puesto que el nombre era inapreciable, la de Remco Campert, novelista y poeta a quien también vertí al español en aquella loca antología que hice de poesía neerlandesa experimental de los cincuenta. Cuando visito la tumba de Wigman, siempre leo uno de sus poemas, y también me viene a la cabeza que para su poemario póstumo pensé que podría ser una buena idea usar la propia lápida para la portada del libro, algo que no sentó muy bien a la hermana y tuve que pedirle disculpas y el asunto quedó solucionado. Fue una gran idea, sin duda. 


Ya al final de mi visita, mientras caminaba por una de las calles principales del cementerio me encontré con una comitiva fúnebre que seguía a uno de esos raros ataúdes que aquí fabrican: simples, de líneas rectas, la madera pura sin barnizar. Abandoné el cementerio por voluntad propia: me animaron a marcharme porque tras cinco horas danzando entre tumbas, llegó la hora del cierre sin percatarme de ello: «Si no sé quiere marchar puede quedarse: acabo de hacer un buen agujero para mañana», me dijo un trabajador del camposanto esbozando una media sonrisa. Y me marché caminando siguiendo la orilla del viejo Amstel. 


Anduve hasta Europaplein y tomé el metro 52 hasta Rokin. Desde allí caminé hasta la librería De Slegte, en donde permanecí una hora: compré una biografía de Spinoza y las canciones de amor de Gerbrand Bredero (1585-1618), de las que ya tenía un ejemplar, pero esta edición, por su tamaño, me pareció muy bonita. Hablando también de ejemplares que ya tengo, antes de llegar al cementerio me topé con una veintena de libros esperando que algún alma caritativa los salvase de acabar en el vertedero. No me interesaba ninguno, hasta que descubrí Karakter, la novela de Ferdinand Bordewijk (que ya la tenía y la leí en su día), que fue llevada al cine y obtuvo el Óscar por la mejor película de habla no inglesa en 1997. Lo eché a la mochila con sumo placer.  

Tras salir de la librería me dirigí tranquilamente en dirección al hotel, caminando primeramente, luego subido en el tranvía y de nuevo a pie. Al llegar a la habitación el reloj me indicaba que había hecho más de 21 kilómetros. 

Dejé que la tarde diera paso a la noche y que el día muriese sin nada importante que reseñar. 


miércoles, 17 de junio de 2026

TRATADO SENTIMENTAL SOBRE LA CALVICIE

Para mi amigo Adolfo Soares 
y su sacra calva,
a quien no conocí a tiempo 
para evitar su alopecia.

«Calvo era y millonario, 
maestro di color che sanno
Límite del diáfano en. 
¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. 
Si puedes meter 
tus cinco dedos a través suyo, 
es una verja; si no, una puerta. 
Cierra los ojos y ve.»

ULISES, James Joyce (Capítulo 3)

Tenía tan sólo diez años cuando empecé a ver a mi alrededor demasiados alopécicos. La imagen de aquel ingente ejército de calvos comenzó a perturbarme gravemente, como la pesadilla recurrente de una abrasadora noche de verano. Pedí a mis padres que concertaran, por vía de urgencia, una cita con una famosa dermatóloga de la capital que dictaminase mis probabilidades de una futura pelonía. Y et voilà, allí me presenté.

La doctora —me pareció mastodóntica— me invitó a sentarme en un sillón giratorio al que tuve serios problemas para encaramarme. Acercó una enorme lupa —dermatoscopio, supe muchos años después que se llamaba aquel artilugio— que iluminó mi frente y, muy especialmente, la coronilla. Tras medir a ojo de buen cubero el grosor de mi cabello, determinó que aquel pelo no parecía guardar relación alguna con países de larga tradición calvo-erótica.

—Un pelo visigodo, quizá cartaginés; con toda probabilidad fenicio, oriundo de Biblos—detalló en su informe—. Tu pelo seguirá intacto, como mínimo, en los próximos diez años —auguró como una moderna Tiresias con ojos. 

«Aquel hombre, cuya ropa quedaba oculta por la gente que le rodeaba, no tendría más allá de los treinta y cinco años; era calvo y apenas si algún mechón de pelo ralo y gris aparecía en sus sienes. Su frente se veía surcada de incipientes arrugas, pero los ojos hundidos denotaban una juventud extraordinaria, una vida ardorosa y una profunda pasión.»
NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, Victor Hugo 
(«III. Besos para golpes»)

No ayudaba que buena parte de mis directores de cine y escritores favoritos careciesen de pelo: Alfred Hitchcock, Baudelaire, Stanley Kubrick, Tolstói, Otto Preminger, Fiódor Dostoyevski, Roberto Rossellini, Camilo José Cela, Ingmar Bergman, Max Ophüls... Empecé a sentir envidia de trovadores, trapecistas y saltimbanquis de larga cabellera, aunque me interesasen mucho menos que los anteriores. Mientras tanto, la televisión parecía empeñada en emitir exclusivamente películas de Yul Brynner y Telly Savalas; Rafael Alberti, deshilachada melena contra el jorobante viento gaditano, y también Neruda abriendo la puerta al cartero en su casa de Isla Negra, y el cromo de Panini de Ramón María Calderé. 


Poco después de mi visita a la dermatóloga leí un enjundioso artículo que determinaba, con una base científica tan sólida como el acta de defunción rubricada en una servilleta de bar y sin el menor respaldo bibliográfico, que la caída del cabello comenzaba a ser preocupante si al despertar encontrábamos más de cien pelos sobre la almohada. La redondez gráfica de aquel número me hacía pensar en dos diabólicos calvos de testa apepinada observándome desde el más allá. Cada mañana cogía unas pinzas, contabilizaba pacientemente los pelos caídos en el combate nocturno como tocado por alguna filosofía oriental y anotaba el resultado en una libreta que, con el paso de los años, acabaría convirtiéndose en uno de los estudios longitudinales más exhaustivos jamás realizados sobre la caída del cabello:

Lunes: 67. 
Martes: 73. 
Miércoles: 78. 
Jueves: 72. 
Viernes: 80. 
Sábado: 81. 
Domingo: 76... 

Y así, religiosamente, durante varios años. Juro que jamás alcancé el fatídico número, pero aun así no dormía tranquilo, intentando no moverme demasiado. Caí en el insomnio, némesis de Morfeo. (Supongo que ahí radica el origen de mi actual problema para conciliar el sueño.)

El tiempo invertido en aquella titánica labor, más propia del insigne científico Silvestre Tornasol que de un escolar, me impedía peinarme como era debido si no quería llegar tarde a la escuela. Por ello, durante esa época, aparezco en las fotografías con el pelo como las patas retorcidas de un calamar pasado por la freidora. Merecía la pena, y de paso me daba un aire a lo Ezra Pound, que era el summum del pelazo indómito. 

«El calvo estaba ya en la barra cuando entraron. Sobre la madera encerada había dos sombreros y un doble puñado de monedas.» 
MERIDIANO DE SANGRE, Cormac McCarthy

Pero debía dar un paso más.

Acababa de cumplir trece años y di comienzo un auténtico trabajo de campo. Analizaba, en primer lugar, a todos los conocidos habidos y por haber. Sentado en una plaza o recorriendo las calles más recónditas, observaba a cualquier zutano y pensaba inmediatamente en su padre, en el padre de su padre y en el progenitor de éste. Añadía una P si conservaba buena parte del cabello y una C si había sido alcanzado por la calamidad de la calvicie. Cada C se subdividía de manera natural en diversas categorías: entradas laterales, frente despejada, coronilla clareada, desforestación total o modelo mixto. Elaboré incluso gráficos, porcentajes y teorías que hoy harían sonrojarse a cualquier genetista y rozar el Premio Nobel de Protociencias con las yemas de los dedos. 


Tras varios años de observación concluí que los nietos heredaban la carencia de pelo de abuelos paternos, bisabuelos y tatarabuelos, salvo raras excepciones. La línea materna, según mis investigaciones, apenas tenía competencias en materia capilar. Alopécicos casi de cuna y rancio abolengo. Una barba cerrada y poderosa implicaba un riesgo elevado de calvicie; las canas prematuras parecían ofrecer cierta protección frente a la alopecia; tener dos abuelos calvos por ambas líneas resultaba ruinoso y la inversión en peines inútil, y los individuos de pelo rizado gozaban de una especie de inmunidad parcial otorgada por los dioses de la Sagrada Pelambrera... hasta que di con varios especímenes que dieron al traste con esta última teoría.

«Hacia el final del tercer año, papá Goriot redujo aún sus gastos, subiendo al tercer piso y poniéndose a cuarenta y cinco francos de pensión al mes. Prescindió del tabaco, despidió a su peluquero y dejó de ponerse polvos en el pelo. [...] Ante todo, el hermoso pelo rubio y bien rizado de Máximo le hicieron darse cuenta de cuán horrible era el suyo
PAPÁ GORIOT, Honoré de Balzac 
(«I.Una pensión burguesa».)

Recuerdo que algunos conocidos de larga melena, lucida con garbo y chulería veraniega, mostraban, una vez superada la pubertad —aetas gallus pavoninus, la edad del pavo en cristiano—, los más alarmantes síntomas de lopigia. Sus padres y abuelos eran calvos con certificado AENOR, por mucho que se dejasen crecer el pelo. Aquello volvía a reforzar mis convicciones científicas. (Axl Rose también comenzó a perder su matojo de pelo, si bien éste mostró desde siempre una evidente debilidad.)


Posteriormente me dediqué a analizar lo que denominé «Casos Extraños»: individuos que contradecían todas mis teorías y se negaban obstinadamente en encajar en mis estudiados esquemas. Aquellos expedientes ocupaban páginas enteras de anotaciones y daban lugar a las deducciones más extravagantes y surrealistas, sin que ello significase que fueran necesariamente falsas; más bien al contrario. Esa libreta debe de seguir en algún rincón de la casa de mis padres. 

A veces hablaba con algún conocido y profetizaba su futuro capilar, aunque reservaba mis conclusiones para situaciones de extrema necesidad:

—Dentro de ocho años serás tan calvo como tu padre y tu tío, ¡y ni qué decir de tu abuelo! —sentenciaba. Era una amenaza de precisión quirúrgica y por otro lado devastadora en lo que atañe a la autoestima. Tampoco me regodeaba ni en mi virtud ni en su penar. 

He visto cabelleras que vosotros no creeríais, duras como el diamante, graníticas, y sucumbir como lágrimas en la lluvia con los años. Los árbitros de balompié que pitaban un penalti injusto en el minuto noventa, tendían a la calvicie. Los profesores de matemáticas, calvos (por eso detestaba la asignatura). Aquellos músicos que soplaban instrumentos de viento-metal eran más propicios al cruel desarrollo de la alopecia: helicón, tuba (incluyendo aquí la variante wagneriana), trombón (ya fuese de varas o de pistones), fliscorno y trompa. Sólo dos cercanos clarinetistas invirtieron mi teoría. Percutir un bombo, tan peligroso como tocar un cable de alta tensión. Huelga decir que yo tocaba el saxofón por lo que ustedes ya imaginan. 


Con quince años me había convertido, sin discusión posible, en el mayor experto mundial en la materia. Al menos, en mi propia opinión, que era la única que consideraba verdaderamente autorizada. El asunto de la calvicie me permitió realizar incursiones en otros campos del saber con resultados igualmente sorprendentes, aunque esa ya es otra historia. (Valga como ejemplo la fortuna que emergía al rodearse de calvos en asuntos amatorios y en el cortejo femenino, de la misma forma que Emilio Carrere apuntaba similar efecto en su novela La torre de los siete jorobados en lo que respecta a los juegos de azar con los gibosos y chepudos.)

«HARPAGÓN.- Muy mal hecho. Si sois afortunado en el juego, deberíais aprovecharlo y colocar el dinero que ganáis a un interés conveniente, para que un día lo tengáis... Me gustaría saber, por no hablar de los demás, de qué sirve tanto cintajo embutiéndoos de arriba abajo y si no bastan media docena de agujetas para ataros las calzas. ¡Pues ya se necesita emplear el dinero en pelucas, cuando uno puede llevar pelo de su propia cosecha, que no cuesta nada! Apuesto a que lleváis, entre pelucas y cintajos, por lo menos veinte doblones; colocados sólo a un interés de a doce, rentan al año dieciocho libras, seis sueldos y ocho dineros.»
EL AVARO, Molière. (Escena cuarta)

Ya en la universidad, en mi colosal lucha por un mundo sin calvos, y tras años de rigurosa investigación autodidacta, conocía prácticamente todos los complejos vitamínicos destinados al fortalecimiento del cabello: vitamina B, germen de trigo, levadura de cerveza y otros preparados cuyo nombre sonaban a laboratorio farmacéutico o a cervecería bávara. La levadura de cerveza me parecía especialmente prometedora; después de todo, pocos alemanes o checos padecen de lopigia, circunstancia que yo atribuía a la ingesta de levadura de cerveza en estado líquido. 

Por aquella época llegué también a una conclusión revolucionaria: el verdadero enemigo del cabello era el cloro y la cal. Determiné, en base a mis hallazgos con autoridad científica, que el agua corriente constituía una amenaza de primer orden para la supervivencia capilar. Si la cal era capaz de destruir grifos, lavadoras, calentadores y cualquier aparato doméstico que se cruzase en su camino, ¿qué no haría con unos humildes folículos pilosos? A partir de entonces me lavé el pelo exclusivamente con agua embotellada. Había que evitar a toda costa que las raíces quedasen obturadas por residuos calcáreos. Todavía recuerdo la satisfacción con la que vertía aquellas botellas sobre mi cabeza, convencido de estar salvando miles de cabellos de una muerte prematura. Aquel método funcionaba, y también puedo asegurar que mi pelo era el único de toda la facultad hidratado con agua mineral. Aquí otro dato a tener en cuenta que apuntaló, más aún, mi teoría: mi compañero de piso también se vio arrastrado, mientras yo permanecí a su lado, por mis consejos de matasanos del Viejo Oeste, pero pasado el tiempo me encontré casualmente con él y bajo su gorra intuí que una vez separados nuestros caminos había abandonado mi método: su cabeza se había transformado en un desierto lunar. Ni santa parola del asunto. 

CONCLUSIÓN.

Nadie debería quedarse calvo. Turquía, que llegó después con sus clínicas, injertos y paquetes turísticos de tres noches con desayuno completo incluido (y no pertenece a la Unión Europea) no es la solución. La verdadera solución habría consistido en que mis investigaciones hubiesen recibido la financiación adecuada I+D, amén de escribir un sesudo artículo en Science y una entrevista en la BBC que nunca me hicieron. Estoy convencido de que, con un presupuesto razonable y dos o tres becarios, habría resuelto definitivamente el problema a nivel mundial. Aún están a tiempo de evitar la pelonía. No se rindan. Desconfíen del cloro y de la cal. Estudien a sus abuelos. Vigilen la almohada. Y, sobre todo, no se dejen engañar por ciertos escritores que carecen de vello craneal pero no de talento. Hay quienes no tienen un pelo de tontos; yo pasé media vida intentando no tener tampoco un pelo de menos.

Post scriptum.

Reenviar esta pieza escrita a potenciales calvos puede salvar infinitas cabelleras. Los productores de gominas, lacas, peines y cepillos, no merecen la extinción. 

martes, 9 de junio de 2026

ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POEMARIO «PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS» (DIARIO DE ALMERÍA)



ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POEMARIO 
“PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS”.

La obra supone una defensa a ultranza de Europa y su tradición sociocultural desde la poesía.

8 de junio 2026

La librería El Cementerio de Libros Olvidados, situada en la céntrica calle almeriense Plácido Langle, junto a la plaza de San Pedro, ha apostado por los actos culturales, y buena muestra de ello tuvo lugar hace unos días con la presentación del poemario del escritor y traductor Antonio Cruz Porque hoy llegarán los bárbaros, publicado por la editorial madrileña Celesta. 

Antonio Cruz estuvo acompañado por el también poeta José Luis López Bretones, que apuntó que “el poemario tiene un título de evidentes resonancias kavafianas y podría leerse, hasta cierto punto, como una continuación del poemario anterior (Flores enfermas, 2023), en el sentido de que sigue siendo un libro de alguien que busca la redención a través del amor, en medio de un mundo como el actual, decadente, corrupto y que muestra claros signos de agotamiento”.


Añadió que “Antonio Cruz es un poeta eminentemente moral (que no moralista); es decir, bajo los signos y la frecuente aparición de una imaginería romántica y del malditismo, señalando por contraste la nostalgia de una moral fuerte sustentada en convicciones innegociables y en una tradición cultural extensa y fecunda”. 

López Bretones, que realizó un profundo y exhaustivo análisis del libro, explicó que “este es el marco conceptual desde el que creo que han de leerse los poemas de este libro: el de una civilización acosada por los bárbaros que a su vez es una alegoría de un amor acosado por el tiempo y por el pasado, pero que actúa sobre todo como el principio activo de una posible redención moral y existencial”.

En su intervención, Antonio Cruz confirmó que el título del libro está tomado, efectivamente, de un verso del poema "Esperando a los bárbaros", del poeta griego Konstantínos Kaváfis, y que “supone una crítica a la decadencia política y a la parálisis de una sociedad terminal, algo que, por desgracia, nos es demasiado familiar”, un poemario en el que aborda, de manera directa o bien velada, el ocaso de la cultura y la sociedad occidental “con el colapso de los valores éticos y espirituales de un mundo que literalmente se derrumba a nuestros pies, una Europa decrépita, moribunda, en donde asistimos a la caída de la Civilización Occidental y todo lo que ello supone, de la misma forma como antes cayeron otras civilizaciones, algo que no se produce de la noche a la mañana, sino en años y años de declive, negligencia e inacción”, afirmó Antonio Cruz. “Ya sólo esperamos”, continuó, “la destrucción final, y siento decirlo, pero ninguno de nosotros veremos ya lo que alguna vez fue Europa u Occidente”.


El escritor almeriense explicó que con Porque hoy llegarán los bárbaros ha tratado de adoptar el rol de poeta disidente e inconformista denunciando lo que para él supone una decadencia absoluta y “abogando por un regreso a las raíces fundacionales de Occidente, que no son otras que Atenas, Roma y la tradición judeocristiana”.

Antonio Cruz confesó que se siente atraído por el mal, lo perverso, lo macabro, pero el mal como noción creativa en cuanto al tratamiento que de éste hacen el arte, el cine, la filosofía y la teología y, por supuesto, la literatura, “por ello sigo recurriendo a Baudelaire, tanto en calidad de lector, como de poeta, con su concepto de ‘reversibilidad’, ese canal que une el bien y el mal, algo que el escritor francés recibe de E. A. Poe y que entronca con la visión dual y conflictiva de William Blake, pero que tiene su origen mucho siglos antes, en concreto en San Agustín de Hipona y con Santo Tomás de Aquino, que afirmaban que el mal no es una entidad real, sino la carencia o privación del bien”.

Con el fin de fundamentar el sentido filosófico-poético de su poemario por la defensa de la tradición cultural europea, el escritor almeriense mencionó asimismo a poetas e intelectuales como William Wordsworth, T. S. Eliot, Ezra Pound o José María Álvarez, un Antonio Cruz que concluyó su intervención, antes de dar paso a la lectura de alguno de sus poemas, haciendo referencia a la obra Se hace tarde y anochece, del cardenal Robert Sarah. Destacaron la lectura de poemas como "Europa ha muerto", "Zeus encuentra a Dánae", "Templo", "In cold blood" y aquellos que forman la segunda parte del libro (una suerte de postales poéticas de viajes por Italia) con títulos como "Un vacío de luz", "Estación Termini", "Cementerio de Verona" o "Cimitero acattolico", un homenaje, este último, al poeta José María Álvarez.