domingo, 1 de febrero de 2026

«POEMAS BLASFEMOS», DE ALEISTER CROWLEY

Aleister Crowley: mago, ocultista, místico, alquimista, poeta, pintor y hasta alpinista en el más amplio sentido de la palabra. Ozzy Osbourne le dedicó un tema que es una obra maestra; su casa, la mansión Boleskine House, a orillas del Lago Ness (Escocia), fue adquirida por Jimmy Page, líder de Led Zeppelin.


Y ahora, gracias a Jesús Isaías Gómez, profesor y traductor (de Jack London, Scott Fitzgerald, Ray Bradbury, Aldous Huxley o George Orwell, entre otros, y especialista en James Joyce y literatura distópica) nos llega Poemas blasfemos (Visor Libros, 2026), una antología poética de acertadísimo título por cuanto Crowley quiso —y consiguió— romper con todo atisbo de tradición, como bien afirma en los versos del breve poema «El poeta» como una suerte de autoepitafio: 

Me mataron por denigrar
la Religión, la Ley y el Matrimonio.
Que mi tumba quede sin nombre 
para que la tierra se trague mis vergüenzas. 

Aleister Crowley (1875-1947) fue un prolífico poeta cuya obra combinaba formas tradicionales con elementos esotéricos poco convencionales, incorporando a su poesía temas místicos y ocultos, recurriendo al simbolismo de diversas tradiciones mitológicas y deudor de la poesía romántica y simbolista de poetas visionarios como P. B. Shelley, W. Blake, Baudelaire o Rimbaud que, asimismo, se siente influido por el decadentismo y por poetas como Algernon Charles Swinburne, en cuyos poemas incluyó temas execrables para su época: necrofilia, sadomasoquismo, homosexualidad, suicidio... 

Nacido como Edward Alexander Crowley el 12 de octubre de 1875 en Royal Leamington Spa, Inglaterra, y fallecido el 1 de diciembre de 1947, Crowley vivió una vida marcada por la excentricidad, la controversia y la búsqueda incesante del conocimiento esotérico. Criado en una familia cristiana fundamentalista, se rebeló ferozmente contra sus enseñanzas tras la prematura muerte de su padre cuando el pequeño Edward Alexander contaba sólo 11 años de edad, canalizando este trágico suceso en un antagonismo de por vida hacia la religión organizada. 

Adoptó el nombre de Aleister en su adolescencia y se autodenominó la «Gran Bestia 666», un apodo que alimentó su notoria reputación, siendo tachado como «el hombre más malvado del mundo». Experto montañero, Crowley participó en expediciones pioneras, incluyendo un intento de ascensión al K2 en 1902, enfrentándose con los miembros de la expedición por sus métodos poco ortodoxos, y años después lideró la conquista al Kanchenjunga que resultó desastrosa. Su viaje ocultista comenzó con la Orden Hermética de la Aurora Dorada en 1898, polemizando con el poeta W. B. Yeats, miembro también de la citada sociedad secreta. Expulsado de la orden, fundó en 1904 su propia religión, Thelema, tras afirmar haber recibido El Libro de la Ley de una entidad sobrenatural llamada Aiwass durante un viaje a Egipto junto a su esposa Rose Kelly. La nueva religión, circunscrita en un libro sagrado en imitación a las grandes religiones, tenía como mandamiento «Hacer tu voluntad será el todo de la Ley», enfatizando en ello la voluntad personal y la liberación. 

La vida de Crowley fue escandalosa, viajó a países lejanos como México, India, China y Estados Unidos, experimentando con drogas como la heroína, la cocaína y la mescalina con fines recreativos y rituales, dejando testimonio de ello en Diario de un drogadicto (1922) o en poemas como «Morfia»: «La morfina es sólo una / chispa de su fuego secular. / Ella es el único sol, / ¡el arquetipo de todo deseo!». En 1918 pasó 40 días en la isla Esopus, en el río Hudson de Nueva York, meditando, pintando y traduciendo el Tao Te Ching de Lao-Tse. De su viaje a Granada, en el verano de 1907, en donde queda fascinado por el flamenco y el cante jondo, recorriendo el Sacromonte y el Albayzín, queda constancia en dos hermosísimos poemas incluidos en la presente antología: «La gitana» y «Una vista de la catedral de Granada desde La Alhambra».

Estableció la Abadía de Thelema en Cefalú (Sicilia), una comuna para el estudio de la magia, pero se disolvió entre rumores de orgías, sacrificios de animales y la muerte de un seguidor, lo que llevó a su expulsión por Mussolini en 1923. Abiertamente bisexual en una época en la que la homosexualidad era ilegal, Crowley mantuvo numerosas relaciones e incorporó la magia sexual a sus rituales, a menudo tanto con hombres como mujeres. 

Hombre erudito, aficionado al ajedrez y crítico social, sus ideas influyeron en figuras como Jimmy Page, David Bowie, The Beatles y movimientos ocultistas modernos. A pesar de sus excesos hedonistas que lo llevaron a la adicción y la pobreza en años posteriores, el legado de Crowley perdura como símbolo de individualismo radical e innovación esotérica.

Aleister Crowley en su intento de coronar el K2 (1902)

Jesús Isaías Gómez nos trae en este año recién nacido la poesía más rebelde y transgresora de Aleister Crowley, poemas blasfemos porque éste «no escribía para adornar la realidad», como afirma su traductor, «sino para deshacerla y rehacerla», una antología de los poemas más representativos de su poesía que tienen algo del lenguaje obscuro de Góngora y también del misticismo de San Juan de la Cruz, «pero vuelto del revés, hacia adentro, hacia el abismo», en palabras de Gómez López. Hagamos la primera parada en «En Kiel», un poema sobrio e introspectivo que muestra a Aleister Crowley en su faceta más desencantada y moderna. Ambientado en un frío puerto del norte, el poema sustituye el éxtasis místico por el vacío. El puerto, los barcos y el mar se observan sin simbolismo, abriendo paso a la revelación pues nada responde al interlocutor. Esta deliberada monotonía señala un momento en el que la voluntad y la fe se suspenden, sin que puedan triunfar. La ausencia de clímax a lo largo de la composición, en la que parece dar fe de un agotamiento espiritual tras la intensidad, es como el silencio que sigue a un ritual, y que concluye de esta guisa:

¿Qué es la Eternidad, si consideramos esta hora 
como todas las lujurias y placeres de la vergüenza? 
Bien dado por perdido está el Cielo a cambio de esta ganancia sin par.

«Misa Negra», largo poema estructurado en 14 pasajes, imita el rito cristiano en comunión con los principios del Thelema pero mancillando sus símbolos en una suerte de profanación henchida de sexo y sadismo que trata de despojar su naturaleza sagrada y la autoridad divina, incuestionable para sus fieles, de la religión organizada. 

Si nos reafirmamos en la importancia de esta edición de Poemas blasfemos, es porque su traductor ha incluido en la antología todos los elementos escandalosos que vertebran la poesía de Crowley, como en «Necrofilia», en donde aparece uno de los temas prohibitivos más inquietantes, revestido de inimaginables dosis de sadismo (que nos hace recordar la literatura del Marqués de Sade y Guillaume Apollinaire), y como en toda su obra con un claro intento de provocación, puesto que confrontar lo prohibido disuelve su poder, y el verdadero objetivo no es el cadáver en sí y su profanación, sino denunciar la rigidez moral victoriana, si bien es cierto que en este caso llevada al extremo más subversivo: «Mis fosas nasales aspiran la lujuria / de la carne putrefacta, de las entrañas desgarradas / de gusanos festivos, como Venus, nacida / de entrañas espumosas como el mar». Nos encontramos, por tanto, con uno de los poemas más brutales y perturbadores de esta antología con un punto de conexión evidente, además de con los escritores ya citados, con la poesía de Charles Baudelaire, remitiéndonos vagamente al poema «La muerte de los amantes», y en especial «Danza macabra», «Una mártir» y «Una carroña», un Baudelaire con el que también comparte el gusto por el vampirismo no sólo en su vertiente mítica, sino también en la terrenal, con poemas como el extenso «La vampira» o «Le vampire», ambos incluidos en estos Poemas blasfemos

«La Rosa y la Cruz» condensa el misticismo del escritor inglés con dos símbolos antagónicos: la rosa, encarnando la belleza espiritual y el amor, y la cruz, como símbolo fundamental cristiano simbolizando el sufrimiento. En la fusión de ambos símbolos subyace la interpretación de que la verdadera realización espiritual requiere abrazar el placer y el dolor en un solo camino que recuerda a los «Proverbios del infierno» de William Blake: «La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría».

La exploración del erotismo extremo se aprecia en muchos versos y poemas de Crowley, incluyendo la magia espiritual enfocada a la parte carnal y la glorificación del amor homosexual, como leemos en «Himno a Pan», deleitándose en los placeres de la carne con imágenes vívidas y sensuales:

¡Ven, oh, ven!
Estoy aturdido 
por la solitaria lujuria del demonio. 
Clava la espada en el yugo irritante, 
devorador de todo, engendrador de todo;
dame la señal del Ojo Abierto, 
y la prenda erecta del espinoso muslo,
y la loca y misteriosa palabra,
¡Oh, Pan! ¡Io Pan!

Hace acto de presencia, nuevamente, la rosa en «Rosa Inferni», otra larga composición en la que la rosa no se nos presenta como pureza celestial, sino como deseo infernal, reivindicando los elementos de la poesía de Crowley: la pasión, la lujuria y la transgresión como fuerzas sagradas, rechazando la idea de que la espiritualidad debe representar la pureza y lo místico, sino la más absoluta obscuridad, y otra vez nos hace pensar en Blake: «Estás enferma, ¡oh rosa! / El gusano invisible, / que vuela, por la noche, / en el aullar del viento».

En los escritos de Crowley se refleja claramente una rebelión contra su estricta educación cristiana. Gustave Flaubert ya publicó en 1874 la obra (en prosa poética) La tentación de San Antonio, y siglos antes, hacia 1501, El Bosco pintó el Tríptico de las Tentaciones de San Antonio, sin olvidar la interpretación que hizo de ésta el pintor alemán Matthias Grünewald, o, sin ir más lejos, el óleo del pintor belga Félicien Rops (conocido por sus pinturas satánicas y eróticas) que ilustra la cubierta de estos Poemas blasfemos, un tema, por tanto, recurrente como inspiración cultural, pero en su poema «La Tentación de San Antonio» Crowley replantea la famosa tentación de manera totalmente diferente, como revelación en lugar de pecado, invirtiendo la narrativa cristiana al tratar las visiones del santo no como corrupción ni fracaso moral sino como forma de autoconocimiento, algo así como sucede en la película de Martin Scorsese La última tentación de Cristo, basada en la novela del escritor griego Nikos Kazantzakis. Crowley cierra así su poema:

[...] ¡Ay, necio, que, jadeando,
te pudres postrado ante el altar de la muerte!
¡Oh, místico éxtasis del crucifijo!
 

Sin embargo, a pesar de renunciar al cristianismo como religión, no rechaza por completo a Dios ni la figura de Cristo (o al menos no tan claramente en un principio), como leemos en «El arcoíris», un poema que apareció en 1898 en el poemario White Stains. La composición en cuestión rebosa de rico simbolismo, en cuyos versos el poeta describe el arcoíris no sólo como un hecho mágico y perfecto de la naturaleza, también como un puente espiritual y existencial entre el sufrimiento y la redención, un espectáculo de belleza y un símbolo de una aspiración mística más profunda en la que reflexiona sobre la limitación y el sufrimiento humano, poniendo el dedo en la llaga al criticar la labor de todo sacerdote al tiempo que invoca lo divino a través de la crucifixión y la resurrección de Cristo, como podemos leer en los versos finales: 

[...] ¡Oh, éxtasis! ¡Oh, gloria! ¡Oh, gozo!
Cuando Satanás huya de la tierra,
cuando Cristo limpie el pecado, y de la locura
borre su marca indeleble;
pues la vida brotará donde ellos han golpeado,
y el Amor se alzará sobre el yugo,
hasta que todos los hombres contemplen lo que está escrito:
¡el reino de Dios! 

El canibalismo, en «Los caníbales»: otro tema tabú. Las ofrendas a Baal, Saturno devorando a sus hijos, pero acaso el poema no pueda interpretarse de manera literal sino como metáfora, como símbolo de poder y dominación, la universalidad de la violencia maquillados por la cultura y, por supuesto, la Eucaristía cristiana, y, ¿por qué no?: una sociedad, ya entonces, canibalizada.

[…] Estoy crucificado, 
apartado en un solitario ardiente peñasco de acero. 
Torturado, desterrado; y, aun así, aguantaré. 

Así finaliza el poema «Perdurabo» (del latín «Yo perduraré»), y que Crowley, como buen conocer de la Biblia lo toma del Evangelio de San Marcos: «Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo». (Mc 13, 13). «Perdurabo» es un poema breve escrito en 1898 (o 1899) cuando contaba con 23 años y poco después de unirse a la Orden Hermética de la Aurora Dorada y adoptar «Frater Perdurabo» como su lema mágico. El poema supone un autorretrato de tormento interior en el que transforma la agonía personal en una postura espiritual voluntaria: el sufrimiento no es accidental, sino la forja donde se pone a prueba la voluntad, escrito con un lenguaje influido por la poesía decadentista en el que resuenan a su vez ecos de Baudelaire y Swinburne (valga como ejemplo «El jardín de Proserpina»). Aunque es un poema breve, se desenvuelve como una de sus más intensas composiciones y clave en su obra y filosofía personal, una actitud que reaparece a lo largo de su vida: expediciones frustradas al Himalaya, la experimentación extrema con drogas, la humillación pública, la pobreza, la enfermedad... deduciendo ese sufrimiento como prueba de autenticidad espiritual en lugar de dejarse languidecer y caer en la esperable derrota.

Lucifer es uno de los nombres con los que la Biblia nombra al Diablo. En «Himno a Lucifer», en cambio, Crowley presenta al Maligno como «alma del sol», rebelde pero portador de luz y no como la evidente encarnación del Mal. Lucifer es para el poeta símbolo del intelecto, y su caída supone un despertar, puesto que el conocimiento y la libertad surgen de la rebelión, y no de la sumisión.

Son, efectivamente, poemas blasfemos, de la misma forma como fue calificado Las flores del mal, de Charles Baudelaire, siendo condenados sus editores y el propio poeta francés en la sentencia de agosto de 1857 en un tribunal parisino por «un delito de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres», y por contener y difundir «pasajes o expresiones obscenas e inmorales». El aspecto blasfemo de los poemas de Aleister Crowley con el que su traductor ha titulado esta antología se centra, como en el caso de los poemas de Baudelaire, en su satanismo literario y negación religiosa. 

Si en todo autor la filosofía vital y la manera de afrontar la existencia impregnan de forma determinante su obra, en el caso de Crowley esta influencia no sólo alcanza sus cotas más elevadas, sino que adquiere una dimensión nueva y singular como así lo confirman estos Poemas blasfemos, que vienen a subsanar una prolongada carencia editorial y a reivindicar a un creador que fue mucho más que un simple poeta: fue todo cuanto uno ni siquiera pueda imaginar, una figura inabarcable, excesiva y polifacética, difícil de reducir a cualquier definición, y, sin embargo, entre todas sus máscaras y desmesuras, fue también —y de manera esencial— poeta.

martes, 13 de enero de 2026

ANA CURRA: SACERDOTISA DE UNA MISA GÓTICA

Noche fría post-Natividad: 10 p.m. Garaje Beat Club, Murcia. Un templo de la música, ergo: un santuario de religiosidad en grado sumo. Fieles y creyentes, practicantes de antiguos dogmas aún vigentes, discípulos, apóstoles de tiempos pretéritos e iniciáticos, chupas victorianas de cuero, chapas desgastadas y botas de afilada punta con tachuelas. Como darle brillo a una bola de cristal; como presenciar el momento preciso del suicidio de Ian Curtis, hundido en las tinieblas de Mánchester y acorralado por sus demonios mientras giraba en su tocadiscos The Idiot, de Iggy Pop. Como vagar junto a David Bowie por alguna de las calles de Berlín Occidental en su múltiple exilio interior, hasta el epitafio premonitorio de «Lazarus». Los ojos de Eduardo Benavente contra un crepúsculo interminable soñando «La abadía en el robledal», de Caspar David Friedrich, los monjes encapuchados portando un ataúd y adentrándose en las ruinas. Como acariciar las fúnebres plumas del cuervo de Lou Reed, Siouxsie and the Banshees en el altar mayor de una catedral en el funeral de Annabel Lee, y un baile de vampiros con Bauhaus; Andy Warhol serigrafiando desde el más allá una obra en su estudio neoyorquino de The Factory, la hipnótica y perturbadora viola eléctrica de John Cale. Penetrar en una cripta, danzar en una morgue de muertos vivientes. Réquiem de réquiems y Credo quia absurdum: creo porque todo es imposible, y a la vez existe. Ana Curra, la reina del punk, numen de un Tristan Corbière con cámara de fotos, musa de lo gótico invocando en todo momento a los muertos, «a los muertitos», repetía, los suyos, los de todos, y también a los vivos y ausentes, los ecos, en el vacío sónico (Rafa Balmaseda, Nacho Canut...).


Introitus con la voz en off de Ana Curra, y el cuarteto aparece en escena abriendo un telón invisible como por entre el humo de un incensario, murmullos y obscuridad, y el silencio previo a una explosión: se ilumina una linternita, últimos ajustes del teclado y estalla «En esta tarde gris», de Volviendo a las andadas (1987), disco con el que la artista madrileña resurgió definitivamente tras la trágica y cruel desintegración de Parálisis Permanente, uno de los grupos más importantes e influyentes de la historia de la música en España. Y durante las casi dos horas de concierto la banda trazó una perfecta retrospectiva de todos aquellos grupos que han pasado por la vida de Ana Curra, bien de manera implícita, o bien evidenciando el pasado en el presente (y hasta de un futuro) mediante la interpretación de canciones icónicas, convertidas en himnos transgeneracionales que teletransportaban al público a los años de la Movida: Alaska y los Pegamoides, Los Seres Vacíos, Ana Curra y por supuesto Parálisis Permanente. Recordé las líneas de un poema de T. S. Eliot:

Tiempo presente y tiempo pasado 
se hallan quizá presentes en el tiempo futuro 
y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado.


Algunos de los temas que sonaron, además del ya citado con el que se abrió la actuación, fueron «Unidos», «Autosuficiencia», «Pájaros de mal agüero», «Sangre», «Quiero ser tu perro», magnífica versión de «I Wanna Be Your Dog» de The Stooges y otra versión más, en este caso de David Bowie, «Héroes» (en la que se produce algo insólito: que la versión supere a su original), «Envuelta en ron» y Ana Curra domesticando su mastodóntico Kurzweil en «Ghost Rider», «Quiero ser santa» o las Variaciones Goldberg en «Visitando a Bach».


No podemos dejar pasar por alto al batería Iván Santana y el guitarrista, dos jóvenes con un enorme futuro que tenían completamente programados los fundamentos de la escena punk y todos y cada uno de sus caminos y resortes. Y por supuesto merece una mención especial la bajista Pilar Román, contrapeso de Ana Curra, acaso némesis de ésta (o no tanto), y magistral con las cuatro cuerdas soportando el ritmo de la banda, y con la que tuvimos la suerte de charlar al final del concierto sobre músicos y música en general. Su larga trayectoria la sitúa en Vivoras (sic), banda de garage punk rock; Klub, formada en los años 90 junto al guitarra y bajista de Radio Futura Enrique Sierra y Luis Auserón, en donde Pilar era la vocalista principal y grupo que al final de la década evolucionó hacia un rock experimental y a un sonido más electrónico; 127, también con Enrique Sierra (alarde de música experimental y electrónica mezclada con rock) o Los Ventiladores.    


Llevo treinta días sin luz / Encerrado en este ataúd / Tumbado soñando en mi celda / Que es mentira, que es una pesadilla. Letra y música en una imposible alquimia, temáticas sombrías y transgresoras que exploran la muerte, la decadencia, el aislamiento y la lujuria, el amor-desamor en su más alto grado de destrucción. Súcubos y flores del mal, espectros de la literatura gótica. Ana Curra y Pilar Román como las muertas enamoradas de Théophile Gautier. Tono obscuro y existencial que mezclan la desesperación, el nihilismo y la melancolía. Frases secas y cortantes, imágenes eróticas y violentas inyectadas de poesía underground. Nadie mejor que Ana Curra podía prologar Temporada de brujas. El libro del rock gótico, de la escritora inglesa Cathi Unsworth, un prólogo que se abre con una cita de Carl Gustav Jung, psiquiatra y figura esencial del psicoanálisis: «No me ilumino fantaseando con la luz, sino haciendo consciente mi obscuridad», un preámbulo en el que Ana Curra escribe que «El sitio de donde una viene es como el lugar del crimen, siempre se vuelve a él». Todo ha quedado por escrito. 


Para que alguien se sienta atraído o identificado plenamente con un artista, no sólo es necesaria la conexión en el apartado esencial y dominante de éste, también en otras disciplinas culturales. Ana Curra siempre ha citado entre sus referentes a los compositores clásicos J. S. Bach y Erik Satie, o al cineasta Jim Jarmusch, amor compartido también por quien firma esta pieza escrita. Se evidencia en las letras la pasión de Ana Curra por los poetas místicos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, y tras el concierto, cuando la sala ya se había vaciado de quienes conformábamos una legión de almas en pena y los integrantes de la banda descendieron al Hades, pudimos charlar durante unos enriquecedores minutos (como ya hicimos previamente con Pilar Román), con Ana, a quien pregunté que cuánto habían influido Rimbaud, Baudelaire o E. A. Poe en su música, a lo que ella contestó que recurría de manera constante a la obra del escritor norteamericano, tanto a sus poemas como a sus relatos, y recordé más tarde, a bordo de un taxi en dirección al centro de la ciudad (como ese que hace acto de presencia en la película de Jarmusch Noche en la Tierra), esos versos de Poe que decían: 

Todo aquello que vemos o nos parece ver 
no es más que un sueño dentro de otro sueño.

Y aquella noche, ya plena y cortantemente fría como una cuchilla, había sido eso: no más que un sueño, que acaso en algún momento llegó a ser completamente real, o al menos así lo percibimos nosotros, pero que con el amanecer, lejos de las hermosas tinieblas, desapareció como por arte de magia, o por un fascinante hechizo invernal imborrable. 


«PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS»

Porque hoy llegarán los bárbaros toma su título de un verso del poema «Esperando a los bárbaros», del poeta griego K. Kaváfis, y con esta declaración de intenciones el poemario aborda de manera general la confrontación con lo desconocido, la inquietud, la duda y la tensa espera de algo, que no se sabe bien qué es, o que será. 

El poemario fluctúa entre el clasicismo, el culturalismo y la cultura pop, presentando un estilo marcado por la influencia de poetas románticos ingleses como John Keats y Lord Byron, cuya pasión por la belleza y lo trascendente resuena en sus versos, así como por lo metafórico e irracional de los simbolistas franceses Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, que impregnan los poemas de una atmósfera de misterio y ambigüedad; en muchos pasajes se refleja, al mismo tiempo, la visión dual y conflictiva del mundo formulada por William Blake.

Se aprecia asimismo una evidente fijación por la muerte y el vampirismo (sin llegar a la necrofilia), elementos recurrentes en la poesía de Antonio Cruz —acaso como expresión del deseo de trascender los límites de la existencia—, así como una revisión constante de escritores góticos y decadentistas, con un claro énfasis en lo macabro. En este contexto aparecen referencias líricas a Joy Division, Nick Cave, The Doors o Ilegales y al cine, junto a evocaciones de poetas como Martínez Mesanza, Luis Alberto de Cuenca o Roger Wolfe, sin olvidar a los autores de lengua neerlandesa, cuya literatura Antonio Cruz conoce en profundidad gracias a su labor como traductor.

A través de sus poemas el autor expresa un profundo temor ante la decadencia de la cultura occidental, percibida como un colapso de valores espirituales y éticos, con un tono nostálgico y a la vez profético en el que no falta el recuerdo de las ausencias y la exaltación del amor, incluso desde un punto de vista teológico. 

El poemario, por tanto, aboga por un regreso moral a las raíces fundacionales de Roma, Atenas y la tradición judeocristiana, invocando sus legados de orden, sabiduría y trascendencia como faros de una humanidad al borde del abismo. 

Entre lamentos por un mundo que se desvanece y destellos de esperanza por su redención, Porque hoy llegarán los bárbaros es un canto crudo a la resistencia del espíritu humano frente a la fragilidad social y la caída inminente —o así se desprende de sus poemas— de la civilización occidental en la que cada uno de nosotros es testigo y nada puede hacer por salvarla, ¿o puede que sí?

EDITORIAL CELESTA


Editorial: Editorial Celesta
Páginas: 82 
Fecha de edición: Enero 2026


viernes, 26 de diciembre de 2025

EL SÍNDROME SCROOGE

Lo confieso: sufro del síndrome de Scrooge (que creo que no existe, o al menos no desde el punto de vista médico), y no siento ni un atisbo de remordimiento. Probablemente en la literatura no haya una obra que represente mejor esta época que Cuento de Navidad, la preciosa novela escrita por Charles Dickens en 1843 y, que a buen seguro, todos han leído y no es necesario que hable aquí mucho más de ella.


El protagonista principal de la citada novela es Ebenezer Scrooge, un viejo cascarrabias de corazón duro que detesta a los niños y también la Navidad, y es en este último apartado en el que me veo reflejado, y no porque yo odie la Navidad, pero sí por aquello en lo que se ha convertido y todo cuanto se ha quedado en el camino. 


El único sentido de la Navidad es el de celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, y el resto no son sino meros gestos vacíos y superficiales, y es que todo da comienzo con las comidas de trabajo, las de compromiso, la imbecilidad de eso que llaman «el amigo invisible», enfundarse el jersey hortera con motivos navideños, las compras compulsivas y un consumismo irrefrenable, la casi obligación de unos alimentos o comidas preestablecidas y su obsceno desperdicio, la patética sobrecarga de los adornos de las casas, recibir el copia y pega del mismo mensaje de felicitación, el intercambio de besos con el cambio de año («¡pero si llevamos juntos toda la cena!»), familias manifiestamente ateas que celebran por todo lo alto el día de Reyes, los regalos de Papá Noel que ya reciben los niños incluso dentro del vientre de sus madres, cuando ese patético gordinflón barbudo es pura mercadotecnia y no es otro que un vulgar trasunto de Sinterklaas (San Nicolás de Bari), tradición que los holandeses importaron a Norteamérica y realmente se celebra el 6 de diciembre. Para colmo, leo con estupor que en aquello que alguna vez fue Europa se debate eliminar el día de Reyes del calendario escolar y el presidente de nuestro gobierno no está haciendo nada por impedirlo, e incluso parece promoverlo; suerte que países como Irlanda, Portugal o Italia a buen seguro darán la batalla para que no se consume otro nuevo ataque contra los países católicos. La Unión Europea se creó originalmente para cerrar las heridas de dos devastadoras guerras y posteriormente para la fluidez del comercio y el libre tránsito de sus ciudadanos. Ahora la UE no es sino un enorme burdel de cínicos burócratas que desde sus poltronas pretenden controlarnos con sadismo al estilo de la pesadilla que Orwell describió en su novela 1984.

La Navidad se resume en regidores que compiten por convertir a su ciudad en aquella con el encendido navideño más prematuro y con un mayor derroche de bombillitas (y otros lo contrario, para «no herir sensibilidades»); un presidente del gobierno que omite la palabra Navidad (y sí felicita con cariño las festividades musulmanas); quienes hablan de fiestas de invierno, las saturnales o el Sol Invictus, o jerarcas eclesiásticos que comenten la torpeza —cargada de enormes dosis de complejo— de comparar la grave crisis migratoria con el nacimiento de Cristo. «Et tu, Brute?». Ni Jesús ni su familia fueron refugiados ni inmigrantes ni nada que se le pareciese: Jesús nació en Belén porque José y María viajaron de Nazaret a Belén con el fin de inscribirse en dicha ciudad, ya que el emperador Augusto decretó que cada ciudadano lo hiciese en su ciudad ancestral, y José era descendiente directo de la Casa de David, radicada en Belén. Jesús pertenecía a una familia de clase media en la que José era carpintero, un artesano cualificado que conocía bien la Torah, algo no tan común en aquellos tiempos. Y Jesús nació en un pesebre porque no había lugar para ellos en ninguna posada.

Aprovechando el periodo navideño y tras la resolución judicial en la que se instaba al desalojo de un edificio ocupado por 400 inmigrantes en situación irregular, muchos de ellos con graves antecedentes penales —gracias a una diabólica política migratoria lesiva contra los propios inmigrantes—, representantes de la izquierda han tirado de los Evangelios haciendo uso de su típica manipulación torticera para justificar y alentar una inmigración sin control, ideologizando y banalizando a su antojo los pasajes y pervirtiendo su verdadera esencia teológica, una izquierda que en nuestro país ha perseguido históricamente al creyente cristiano y se encarga, literalmente, de derribar cruces a diestro y muy siniestro. 


Robert Sarah, el teólogo y cardenal guineano, y una de las voces más desacomplejadas y firmes contra el socialismo y el progresismo en general, afirma en su libro Se hace tarde y anochece que «en la raíz de la quiebra de Occidente hay una crisis cultural e identitaria. Occidente ya no sabe quién es, porque ya no sabe ni quiere saber qué lo ha configurado, qué lo ha constituido tal y como ha sido y tal y como es. Hoy muchos países ignoran su historia. Esta autoasfixia conduce de forma natural a una decadencia que abre el camino a nuevas civilizaciones bárbaras».

Sería sencillo, para defender el sentido real de la Navidad, recurrir a intelectuales como los filósofos Julián Marías o Roger Scruton, a los poetas Julio Martínez Mesanza, Luis Alberto de Cuenca o Valentí Puig, o a escritores como C. S. Lewis, Enrique García-Máiquez o Tolkien. Para el gran escritor y periodista británico G. K. Chesterton «cuando se deja de creer en Dios, pronto se cree en cualquier cosa», y eso es lo que exactamente le ha ocurrido a la Navidad, mientras sentimos el aliento amenazante del islam radicalizado y campando a sus anchas en la vieja Europa.


Pero se puede ser ateo y defender la importancia del cristianismo. Valga como ejemplo la periodista italiana Oriana Fallaci, que se definía como una «atea cristiana» y valoraba las raíces culturales y los fundamentos judeocristianos de Occidente, en contraste con la agresividad del islam. Fallaci contemplaba en la cultura cristiana el alma esencial de Europa, puesta en peligro por una guerra silenciosa promovida por el islam que intenta socavar y atacar nuestra identidad. Extraigo de su libro La fuerza de la razón esta reflexión: 

«La izquierda y la derecha son los culpables de la situación, ya que permiten la inmigración ilegal y las regulaciones masivas, facilitando la llegada de personas que no sólo no quieren integrarse, sino que tienen como objetivo la instauración de su cultura en nuestro continente. Una cultura que suponen superior a la nuestra y que debe acabar prevaleciendo. Intimidados como están por el miedo de ir a contracorriente o parecer racistas (palabra inapropiada porque como resultará claro el discurso no es sobre una raza, es sobre una religión), no entienden o no quieren entender que aquí está ocurriendo una Cruzada al revés. Acostumbrados como están al doble juego, cegados como están por la miopía, no entienden o no quieren entender que nos han declarado una guerra de religión.»

Y de aquellos barros, estos lodos. Que cada cuál crea en lo que le apetezca, incluso considerarse agnóstico o ateo, pero el simple —en apariencia— nacimiento de un niño supuso la transformación de un mundo que va más allá del hecho religioso y que revolucionó todo desde cualquier punto de vista: filosófico, social, histórico, cultural y evidentemente teológico, le duela a quien le duela, porque el cristianismo sirvió para domesticar el mundo y nuestro continente es cristiano. Ahora toca luchar por una refundación plena de Europa, por entrar de lleno en la batalla cultural para revertir la grave situación, volver a los clásicos, a Atenas, Roma y Jerusalén, y regresar a los valores que fundaron Occidente, y ello nos remite al cristianismo. Europa, y lo que significó, me preocupa; Europa arde y me duele; Europa se muere. 


En resumidas cuentas: no llego a ser como Bill Murray en Los fantasmas atacan al jefe, pero mientras tanto, en estos días, me protejo convirtiéndome en Scrooge, y toda la Navidad la paso diciendo, a modo de mantra: «¡Paparruchas, paparruchas!». Y también, faltaría más: ¡Feliz Navidad!

viernes, 7 de noviembre de 2025

LOS PLANETAS (A PROPÓSITO DEL HIPER H; A PROPÓSITO DE LOS PLANETAS)

Y que quiero que sepas
Que ha sido un infierno
Estando contigo,
El infierno es lo más parecido,
Te pareces un poco a Satán

«Pesadilla en el parque de atracciones»

Había ganas, muchas ganas de escuchar de nuevo a Los Planetas en directo, y lo digo tanto como opinión personal como por la multitud de público llegado de otro puntos de España que confirmaban estas mismas sensaciones: León, Bilbao, Madrid, La Coruña y, muy especialmente, Barcelona; quedó corroborado desde el primer acorde de la tarde que también la gran mayoría acudimos con el fin de escuchar a Los Planetas. Pude disfrutarlos en 2024 en la gira que conmemoraban los 30 años de Super 8, la ópera prima (¡y qué ópera!) con la que se dieron a conocer y abrió una nueva época en la música de nuestro país. También tengo un recuerdo de todas esas ocasiones, algunas incluso acaecidas en el siglo pasado, en las que por una u otra razón no pude verlos actuar; y esas también cuentan.


Una apuesta arriesgada la de reunir en pleno fin de semana de la festividad de Todos los Santos, en Granada, y con el riesgo climático que ello entrañaba, a siete grupos con el objetivo de homenajear a Los Planetas con motivo de su ya citado primer disco. Como decía anteriormente mi principal motivación se centraba en Los Planetas, y en segundo lugar Alcalá Norte (que necesitan urgentemente sacar un nuevo trabajo para seguir ilusionando, pues sus actuaciones ya se empiezan a quedar cortas) así como testar el directo que forman el dúo de Cala Vento. Ahí estuvieron también Los Punsetes y Triángulo de Amor Bizarro; Edu Requejo, Las Dianas y Santiago Motorizado. 


Y llegó el turno del grupo granadino a eso de las 10 de una noche ya fría y húmeda con un ambiente cargado de todo tipo de efluvios, bajando el telón del festival que tuvo lugar en Armilla, y que resolvieron en casi hora y media en la que bien es cierto que se echaron de menos clásicos como «De viaje», «Pesadilla en el parque de atracciones» y especialmente «La caja del diablo» (que sí interpretaron Triángulo de Amor Bizarro con una versión reprise), tema obscuro e hipnótico que se sigue revelando como una verdadera obra maestra en la que se narra un viaje interior o descenso a los infiernos envuelto en tramas de ruido crudo y fatalismo. Por lo demás una grandísima actuación que no bajó el ritmo y tampoco decepcionó en ningún momento, haciendo gala de un sonido lleno y envolvente creando una magia especial conforme iba avanzando la noche. 

Rompieron el hielo con «Segundo premio», un verdadero himno transgeneracional, alegato de perdedores orgullosos, que dio paso a otro de los clásicos del grupo: «Qué puedo hacer». Tras una breve primera parte se sucedieron temas más densos y shoegazes, en una secuencia atmosférica con capas bien trenzadas de ruido y guitarras: «Señora de las alturas», «Hierro y níquel» (encadenado con «Romance de Juan de Osuna»), alcanzando el clímax con «Islamabad», el segundo sencillo del disco Zona temporalmente autónoma: guitarras distorsionadas, toques flamencos y atmósferas crecientes que remiten a Thom Yorke, y a Enrique Morente, y a Pink Floyd, en esta ocasión con la colaboración del cantante Álvaro Rivas, de Alcalá Norte, y su pose de loco mesías.

Siguieron temas como «Seguiriya de los 107 Faunos» y otros palos flamencos hasta llegar a «Santos que yo te pinte», esa canción-oración de amor desesperado donde el amante se ofrece como mártir, un rezo para santas que no escuchan, noise como redención y el amor como herida abierta. Otro de los momentos álgidos del concierto, que ya anunciaba su final, fue el tema «Dos cruces», el famoso bolero compuesto por Carmelo Larrea, lleno de frescura, con cierto aire aflamencado y pasado por el inconfundible sonido de la banda granadina. Como punto final a la noche todos los artistas del festival se subieron al escenario para interpretar «Cumpleaños Total» en un hermoso cierre caótico. 

 
ALCALÁ NORTE

LOS PLANETAS Y ÁLVARO RIVAS EN «ISLAMABAD»

Qué duda cabe que si Los Planetas fueron decisivos en la música de este país, lo seguirán siendo hasta que ellos quieran serlo, escritores de una crónica generacional que amenaza con taladrar las venideras, un BOE cultural cuyos conciertos se transforman en un ritual colectivo y sus actuaciones en catarsis: ruido, emoción e himnos coreados por varias generaciones. Y si antes hablábamos del cantante de Alcalá Norte y su actitud mesiánica, Jota es una epifanía de carne y hueso (y barba de sabio) que nace sinuosa por entre el denso humo de sus cigarros, un chamán, un profeta que declama cuando los bares y garitos ya han cerrado sus puertas y las calles huelen a cerveza y a orina: amor, drogas, fracaso y noches eternas. Si por un lado se sitúa Jota, en esas dos fuerzas, quizá no opuestas sino más bien complementarias que acaban formando un todo, aparece la sempiterna y obscura figura hierática del guitarrista Florent Muñoz, un seguro de vida para el grupo, motor de muros eléctricos y creador de paisajes lisérgicos, pero Los Planetas, en esa danza de constelaciones celestes, no serían los mismos sin Eric Jiménez, el chico que nació con unas baquetas entre las manos, con su versatilidad pasmosa para adaptarse a los diferentes géneros del rock: visceral, creativo y agresivo. El bajista Miguel López sigue demostrando que ha dado estabilidad a la parte rítmica de la banda y su compenetración con Eric en este apartado es total, aportando un ritmo hipnótico con singulares toques sureños. La más reciente incorporación es el teclista Alonso Díaz Carmona, aportando texturas que apuntan al dramatismo cinematográfico y una vertiente radicalmente ecléctica. 

El Hiper H, homenaje a Los Planetas como evangelistas y a su primer trabajo, dio comienzo el Día de todos los Santos y terminó cuando comenzaba el de los Muertos. Los Planetas en plena madurez, con un sonido lleno y rabiosamente equilibrados rítmica y melódicamente. Los Radiohead del Sacromonte, los Joy Division del Darro, Sonic Youth en la calle Tablas: la banda sonora de una España que creció entre crisis y sueños rotos, entre los cascotes reventados de botellones interminables y cuando nadie esperaba la llegada de la pandemia del reggaeton. Los Planetas aún pueden salvar la escena musical, y por qué no: también algún alma, porque Los Planetas no son una banda. 

lunes, 20 de octubre de 2025

ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POLÉMICA NOVELA "LA CONJURA DE LAS TABERNAS" (DIARIO DE ALMERÍA)

Diario de Almería

https://www.diariodealmeria.es/ocio/antonio-cruz-presenta-polemica-novela_0_2005034734.html

ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POLÉMICA NOVELA LA CONJURA DE LAS TABERNAS

La obra publicada por el IEA se dio a conocer en el Centro de Cultura de la Fundación Unicaja

Diego Martínez 
19 de octubre 2025

Tras el nuevo gobierno que nace en España al término de la Guerra Civil, un nuevo golpe de estado, una década después, da lugar a la III República, que se convierte en un régimen feroz, dictatorial y represivo, y con este argumento se abre La conjura de las tabernas esta obra de historia-ficción que posee tintes de novela negra y experimental, un relato repleto de sarcasmo, ironía y humor negro impulsado al ritmo de apuntes de literatura, política y jazz. Hace unos días tuvo lugar en el Centro Cultural de Unicaja, en Almería, la presentación de La conjura de las tabernas, novela del poeta y traductor Antonio Cruz Romero, acto al que asistió Mario Pulido, director del Instituto de Estudios Almerienses y editorial que ha publicado la obra. 

Fue presentada por el escritor linarense Miguel Vega, destacando que La conjura de las tabernas supone «un extraordinario ejercicio de creatividad lingüística que pone en pie un universo ficticio tan original como fascinante, empleando para ello detalles rigurosos, al margen de tópicos, y desmarcándose del mero tratado histórico».



Miguel Vega llegó a comparar la novela de Cruz Romero, «por su vertiente fantástica y experimental», con La saga/fuga de J. B., de Torrente Ballester, y con Sur, de Antonio Soler, por «la indudable maestría que precisa para manejar a los numerosísimos personajes que comparecen en las páginas de este texto narrativo», indicando que «la experimentación se aprecia en el uso del lenguaje, principalmente en la creación de neologismos y el gusto por un rico manejo del idioma, acudiendo a los registros cultos y populares (a veces incluyendo también el registro manifiestamente vulgar), siendo uno de los alicientes de esta obra, ya que el autor ha huido en todo momento del estilo plano o neutro en el lenguaje empleado».

Vega concluyó su intervención afirmando que «Antonio Cruz es, como todos sabemos, un cultivador constante del género poético, por lo tanto, en un ejercicio de coherencia literaria nos deja buenas muestras de ello en esta novela, con un final que queda construido en base a una carga sentimental que cierra la historia de manera ejemplar y que no tengo reparos en considerarlo como uno de los más valiosos aciertos de este texto tan complejo, tal vez porque en la actualidad no se prodigan en las obras narrativas esos finales que resulten satisfactorios para el lector».

Por su parte, Antonio Cruz quiso destacar lo complejo que había resultado que su novela viese la luz en otras editoriales, motivos que según razona se deben a que «realizo una enmienda a la totalidad de la II República, con declaraciones de los principales actores políticos, pero también de intelectuales que en un principio la apoyaron y poco después la rechazaron, como fueron los casos de Unamuno, Ortega y Gasset o Clara Campoamor, y por otro describo la llegada de una III República basándome en todo aquello que rodeó a la anterior», una novela que, según su autor, está perfectamente documentada, haciendo alusión a Stanley G. Payne, Antonio Escohotado, Manuel Álvarez Tardío, Roberto Villa García o la propia Clara Campoamor.


LA GRAN INFLUENCIA DE JAMES JOYCE

Antonio Cruz mostró un enorme conocimiento y fascinación por la obra de James Joyce, reconociéndolo como una influencia fundamental, al igual que Camilo José Cela (en especial sus novelas más experimentales) a la hora de construir la suya propia, una novela que según explicó fue concebida como si se tratase de tres ruedas dentadas de un reloj: «una de esas ruedas del engranaje describe unos hechos históricos enmarcados en la primera parte del siglo XX en nuestro país, mientras que la otra supone un absoluto ejercicio de historia-ficción, y a su vez esas dos ruedas, de menor dimensión, se encuentran engarzadas a otra de mayor tamaño, la trama principal de la novela, un relato movido por todo lo anterior que sirve de verdadero motor para engrasar su desarrollo».

El autor detalló que su novela, en la que aparecen un centenar de personajes e incluso una pequeña obra de teatro, está escrita mediante «la técnica clásica narrativa, si bien en muchos momentos acudo al experimentalismo usando el monólogo interior o flujo de conciencia, y es en esos pasajes cuando infrinjo todas las normas, entre ellas las gramaticales y de puntuación», en esta interesantísima y singular novela, no exenta —a buen seguro— de polémica, que detalla el advenimiento de una nueva república en nuestro país.

viernes, 19 de septiembre de 2025

SI EL INTENTO DE LOCURA (POEMA)

SI


Si el intento de locura fuese una ciudad, una sola ciudad;
si sus canales desbordados de agua y algas,
si estos nubarrones, si la lluvia de minutos después,
si su cielo entonase un kadish por mi alma,
una teofanía de calles en una procesión de sochantres,
si el perfume de la hierba, si la locura fuese cuerda;
esta ciudad, una locura, una tumba fermentada
en cada esquina, esta ciudad, de stad es la locura,
si este ataúd de hierro sobre raíles en viacrucis,
si el cherem de spinoza, una ciudad, si un versículo
del apocalipsis en cada semáforo de madrugada,
si sus ojos sellados, si sus sonrisas cosidas,
si la llaga en el dedo de ninfas sin escamas
y vómito de ígneas tinieblas y días sin luminiscencia,
si el delirium fuese escrito en el tremens espacial 
de un paso de peatones, y una taberna en un tanatorio.
Si la locura fuese una ciudad, serían mis cenizas, en esta ciudad.

                                                                        ÁMSTERDAM, julio de 2025



lunes, 25 de agosto de 2025

ALCALÁ NORTE: ¿LA MEJOR BANDA DE EUROPA?

Asylums with doors open wide 
Where people had paid to see inside 
For entertainment they watch his body twist 
Behind his eyes he says, "I still exist"

«Atrocity Exhibition», IAN CURTIS/JOY DIVISION

ALCALÁ NORTE será (o quizá ya lo sea) el mejor grupo de post-punk/hard rock/underground... (añadan aquí lo que les plazca) de Europa (¿o creen que exagero?), y todo esto sacudiéndose esa etiqueta empalagosa y para algunos grupos lastrante que responde al auto-ungido sacronombre de indie que parece que todo lo abarca (o tendría que hacerlo por algún dogma cuasi religioso —Los Planetas, por citar la génesis, juegan en una liga diferente y ya sin duda han alcanzado el estatus de leyendas), pero al mismo tiempo habría que afirmar que probablemente ALCALÁ NORTE sea la banda mas alejada del indie que participa en festivales de dicha índole. 

Escribo esta crónica inesperada a merced de la falta de sueño, de la espuma de cerveza y la calima de este lunes radical, porque tuvimos que esperar hasta el último momento: tres largas noches (en jornadas con alguna luz y otras tantas sombras, como en todo evento musical de este tipo), para poder disfrutar en directo de ALCALÁ NORTE, y lo hicimos bajo una ráfaga de lluvia sin apenas agua y con tintes apocalípticos, entre el rojo polvo desértico que arrastraba el viento y con el telón a punto de caer. ALCALÁ NORTE ha sido, con una diferencia tan insultante que roza el uppercut y posterior KO, el mejor grupo que ha pasado por esta edición del Cooltural Fest de Almería; pero también es el mejor grupo que pasará por cualquier festival de música, piensen en el que piensen, por ello resulta incomprensible que la organización los relegase al último día y al tramo final de conciertos.  


No es fácil, no; no es nada sencillo anclarse en este universo polisaturado de todo (y a la vez henchido de pura mediocridad y de nada) como banda de rock, y más hacerlo en letras versales y en negrita. Los ingredientes nos los sabemos de memoria, desde el melómano y el más sublime crítico hasta el aficionado con un mínimo de discoteca en su sala de estar o en el teléfono móvil (pero no por saber sus ingredientes y la receta a cualquiera le sale perfecta, ¿no es así?). 

Cómo será la dimensión de ALCALÁ NORTE, que su tema más conocido hasta hace unos meses, el pegadizo «La vida cañón», se traduce en algo ligeramente comercial si se compara con el universo creador del grupo, una composición que sirvió como buen reclamo para apuntalar su imparable proyección y que personalmente ya es el que menos me sublima de todos los cortes del disco que vio la luz el año pasado, hasta el punto de que alguno podría pensar que es prescindible, pero aquí nace la verdadera paradoja: sólo con una canción como «La vida cañón» podrían sobrevivir la inmensa mayoría de grupos durante toda su existencia musical. 

Efectivamente: la clave radica en la letra y en la música («me gusta la música, pero no la letra», escuchamos en las barras de los bares, en la sala de espera del médico, en la puerta del tanatorio), y ambos elementos deben articularse como el mecanismo de un preciso reloj, pues de ese equilibrio depende no caer al vacío de la intrascendencia y de la Nada, el horror vacui, la insoportable levedad de no ser, subordinados a ese contrapeso y armonía, pero también a algo más, a mucho más, acaso de eso que los flamencos llaman «duende» o mejor de la urgente necesidad de las musas del sifilítico Baudelaire, y ALCALÁ NORTE ha destapado la lámpara del Genio y nos topamos con letras que no caen jamás en el vórtice de la rima facilona ni en los vomitivos ripios, perpetradas (a voz armada) con una sorprendente profundidad cultural, histórica y filosófica (aunque no esté completamente de acuerdo con la semántica discursiva), y por supuesto con una música que se construye con un sonido salvaje y visceral que se amplifica en sus directos, ritmos marcadísimos que rozan lo marcial y obscuras atmósferas que se empapan de todo lo antiguo que ha dado la buena música en este último medio siglo, en trincheras sin fondo de técnica y estética musical en las que se palpan ecos de Parálisis Permanente, Joy Division (escuchen con deleite su disco póstumo Closer para saber de lo que hablo), el humor, la acidez y crítica social de Siniestro Total o Ilegales, se nos aparece por momentos el prístino tono de Robert Smith en The Cure, el industrial metal de Rammstein y su puesta en escena, la parte dura de Barón Rojo, The Smiths (pero a través de la voz y presencia de Germán Coppini), Los Planetas (y su disco Super 8) y hasta unas dosis (pequeñas) de britpop.


Hay momentos en la vida, muy escasos, en los que toca creérselo, o como dijo Sam Spade en El halcón maltés: «Somos de la materia de la que están hechos los sueños, y nuestra pequeña vida está rodeada de un sueño». No es por el exceso de cerveza de estos días ni por mi insomnio crónico acentuado; tampoco por esta insufrible humedad, ni por estas partículas de tierra en suspensión que dificultan la visión; no: ALCALÁ NORTE, con mayúsculas (y en negrita), es la mejor banda de (lo que ellos quieran ser) de Europa... (sobre todo cuando manufacturen su siguiente y esperado trabajo que supere el actual).