miércoles, 15 de julio de 2026

TEORÍA DEL VIAJE

PARTE I

Ámsterdam, julio de 2026

Aquí otra vez. Calculo que en los últimos nueve años habré venido a esta ciudad alrededor de unas cuarenta ocasiones. Me prometí que no dejaría constancia de este viaje en mi cuaderno de bitácora (salvo algún apunte absurdo en las hojas de una libreta), pero ha caído la noche y he vaciado la maleta mientras humea una infusión que acabo de prepararme. Los libros que he traído reposan sobre la mesa y en la radio suena el aria «Che fiero momento», de la ópera Orfeo y Eurídice, de Ch. W. Gluck; antes una cantata de J. S. Bach, y renace esa pulsión desbocada de escribir lo que pienso y cuanto siento, en un intento de encauzar todo ello. ¡Miento!: no puedo decir lo que siento ni tampoco lo que pienso. «El poeta es un fingidor», dejó por escrito Fernando Pessoa en uno de sus más hermosos poemas. Escribir me ayuda a exorcizarme, como una sesión de psicoanálisis. Y vuelvo a pensar en Pessoa, ahora en relación a su Libro del desasosiego: «Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir». He vuelto al lugar de un crimen sin resolver que yo no he cometido, como ese aire que agita el asesinato que describió, a su manera, Juan Benet, pero en esta situación más que aire es hedor, y llego como quien acude a presenciar la final de un mundial de fútbol sin entrada. Benet también tiene obras con títulos como Volverás a Región y Una tumba. No sé por qué me acuerdo ahora de Benet, pero no hablaré mucho de lo que vine a hacer a esta ciudad y será imposible, otra vez. 


He plagiado mi propia travesía, cada una de las anteriores, como una sola: aterrizar, esperar el equipaje (hoy, por algún problema, ha tardado más de una hora en aparecer), coger un tren hasta Centraal, comprar la tarjeta para viajar con el transporte público, acto seguido tomar el tranvía 2, caminar, llegar al hotel y los absurdos trámites, colocar la ropa, volver a caminar, coger de nuevo el tranvía, a continuación el 26: he llegado al lugar en cuestión, he picado el telefonillo, pero nadie ha contestado al otro lado. He escrito una carta sobre una mesa de madera mientras soplaba un viento helado y espeluznante, y la he depositado en el buzón. Deduzco que la carta será interceptada por la STASI, o por algún otro órgano represor, y nunca llegará a las destinatarias. Y me he marchado; todavía hacía más frío que cuando llegué.


De entre todos los animales, la perversidad más genuina es la de los humanos, genuina en sentido peyorativo; por eso han dejado de ser animales, porque no lo merecen: el humano es la verdadera Bestia del Infierno. «Homo homini lupus», la célebre expresión acuñada por el comediógrafo romano Plauto, resume una visión profundamente pesimista de la condición humana: «El hombre es un lobo para el hombre». Con ella retrataba la inclinación del ser humano al egoísmo y a la confrontación. Siglos después, el filósofo inglés Thomas Hobbes recuperó esta idea para describir el estado natural del hombre como una situación de permanente conflicto, una «guerra de todos contra todos», en la que la ausencia de un poder común condena a los hombres a enfrentarse entre sí.

El hotel en el que me alojo, West Side Inn Hotel, de la cadena hotelera Best Western, se sitúa en el distrito Nieuw-West, en el barrio de Slotervaart y cerca del de Delflandpleinbuurt. En las fotografías el hotel parecía una de esas lúgubres edificaciones soviéticas, pero sólo lo parecía: es de nueva construcción, perfectamente acondicionado, coqueto, la habitación espaciosa, sin olores extraños, pulcro, y servicio de limpieza y cambio de toallas a diario, algo que últimamente se ha convertido en una rareza; aquí los hoteles de tres estrellas, aunque suene a perogrullada, son de tres estrellas. Me he alojado en hoteles terroríficos. Por suerte éste se ubica en un barrio tranquilo, y afirmo esto porque llegaba con ciertas reticencias y hasta sorpresa, tras leer días antes en un periódico local, que el ayuntamiento y la policía habían catalogado parte del distrito como un «lugar peligroso por el tráfico y consumo de drogas, la mendicidad, amenazas a los vecinos y violencia», sorpresa porque como digo es una buen barrio y no queda lejos de la Casa del Traductor y de la zona de los museos, un lugar elegante de familias de clase alta cuyas casas alcanzan precios desorbitados, pero deduzco que el artículo hacía referencia a la zona que queda más al oeste y hacia al sur, justo en donde se construyó hace una década una enorme y horrorosa mezquita. Hasta hace no mucho, y a excepción de algunas zonas muy concretas, toda la ciudad presentaba un aspecto agradable y de absoluta seguridad. Pero todo ha cambiado y corre el riesgo de transformarse en algo aún peor; Europa es una escombrera encaminada a su destrucción total. 

Cada vez soy más cuidadoso a la hora de escoger el alojamiento, porque se corre el riesgo de acabar siendo engañado reservando un hostal que te venden como hotel y encontrarte con la sorpresa de que tienes que convivir una semana entera con algún pirata. Eso sólo me sucedió en una ocasión cuando tuve que cambiar las fechas del vuelo en el último momento y no pude alojarme en el hotel que ya tenía reservado para los siguientes dias. Fue una sola noche, con tres chicas españolas: llegué antes que ellas y disimulé dormir hasta que se marcharon a la mañana siguiente. No sabían que yo también era español mientras se preguntaba en voz baja quién sería ese que inmóvil miraba hacia la pared, o si sencillamente estaría muerto. Esto me hace recordar la novela Moby Dick, cuando el protagonista, Ismael, se ve obligado a compartir cama en la taberna The Spouter-Inn en New Bedford con Queequed, un arponero polinesio que llevaba tatuajes hasta en la cara. Después de la experiencia del año pasado en Dublín, cuando reservé un siniestro hotel (no llegaba ni a eso) sin ninguna indagación previa y que se encontraba a más de una hora del centro de la ciudad, soy mucho más precavido, aunque ese sí fue un viaje inolvidable. Me gustan las aventuras, pero en lo que respecta a los hoteles ya no me apetece ser protagonista de ninguna novela decimonónica. Salvo cuando he estado becado por la Casa del Traductor, nunca me he alojado en el mismo hotel. Por otro lado, tengo que confesar que me encanta la vida en los hoteles, tenerlo todo ordenado, a mano, es como dominar un pequeño mundo. 

Llegar aquí en estas condiciones no es fácil, y la sensación de haber venido, o no, hubiese sido exactamente la misma: la de una continua desazón. Pero a pesar del desgaste psicológico, he aprendido a vivir en una constante presión y ansiedad, como si estuviese en una campaña militar o esperando en una trinchera a que caiga una granada, que por otro lado me ha hecho mentalmente más fuerte. Me ayuda sentir que domino la ciudad y sus espacios, mi obstinación, el no dejarme vencer, más aún cuando la Justicia me ha abandonado. Si yo hubiese cometido la primera fechoría, no me hubiese dado tiempo a llegar a la segunda: estaría, desde hace tiempo, entre rejas. No puedo hacer mucho más. Aun así, la ciudad y la situación son incapaces de doblegarme.

El poder de la mente es infinito, pero puede fallar. El aislamiento mental y el recogimiento físico son fundamentales: distraer el cerebro y enterrar aquello que es doloroso. Evito las situaciones absurdas de la cotidianeidad de la vida y los problemas artificiales. Relativizar es mi verbo favorito y mi filosofía de cada día: puedes estar mal, pero otros están aún peor, y para colmo en situaciones irreversibles. Todo es relativo, según la óptica con la que se mire. 


Si ayer la máxima fue de 19 °C, hoy ha subido un grado más, aunque el cielo ha permanecido ligeramente cubierto de nubes durante todo el día. Anoche, cuando ya nervioso y desesperado viendo la final de fútbol en la habitación, decidí salir y tomar el fresco justo al final de la primera parte de la prórroga, la temperatura era de 15 °C. Fue el momento en el que unos alemanes cantaron gol y el breve instante de confusión posterior resultó interminable hasta ser consciente de que había marcado España. Fue una alegría, pero el problema en nuestro país no es deportivo, sino sociopolítico (y de corrupción), algo que no debe olvidarse por mucho mundial de fútbol que se haya ganado. La situación sigue siendo la misma. 

Aunque tomé 1 mg de lorazepam, el sueño me llegó tarde, y antes de las 8 h ya estaba en pie, con un dolor de cuello intensísimo que ya venía arrastrando desde hacía días. He pedido que me cambien la almohada con la esperanza de que mañana me levante en mejores condiciones.


Necesitaba salir del hotel rápido y estar activo. Tomé un autobús en dirección al barrio Rivierenbuurt, me apeé media hora más tarde y tras caminar unos diez minutos, llegué a mi lugar favorito: el cementerio Zorgvlied, situado a orillas del río Amstel. Sin rastro de turistas, bajo la sombra de los frondosos árboles, caminando casi en la obscuridad y en el silencio más apacible, sin apenas personas y rodeado de muertos. Me propuse volver a buscar mis tumbas predilectas: la del escritor Frans Kellendonk, muerto a causa del SIDA, y autor de, entre otras, de la magnífica novela Mystiek lichaam [Cuerpo místico]; Henri Emile Enthoven, compositor que murió en Nueva York; el músico y pintor Herman Brood, que terminó suicidándose saltando desde la azotea del Hilton Hotel tras ser incapaz de superar su adicción a las drogas; la escritora Doeschka Meijsing; el poeta Menno Wigman, a quien traduje en tres ocasiones y mantuve una buena amistad con él hasta su inesperada muerte; la del mítico cantante de Boney M. Bobby Farrell; la escritora de literatura infantil Annie M.G. Schmidt, que me recuerda, tanto por su obra como por su vida, a Gloria Fuertes; la de Harry Mulisch, uno de los grandes novelistas de la literatura neerlandesa, eterno candidato al Premio Nobel, y con novelas sobre la Segunda Guerra Mundial que son verdaderas obras maestras; la del político liberal Hans van Mierlo; y por último, para la que he empleado más de una hora hasta dar con ella puesto que el nombre era inapreciable, la de Remco Campert, novelista y poeta a quien también vertí al español en aquella loca antología que hice de poesía experimental de los cincuenta. Cuando visito la tumba de Wigman, siempre recuerdo que para su poemario póstumo pensé que podría ser una buena idea usar la propia lápida para la portada del libro, algo que no sentó muy bien a la hermana y tuve que pedirle disculpas y el asunto quedó solucionado.


No abandoné el cementerio por voluntad propia: me animaron a marcharme porque tras cinco horas danzando entre tumbas, llegó la hora del cierre sin percatarme de ello: «Si no se quiere marchar puede quedarse: acabo de hacer un buen agujero para mañana», me dijo un trabajador del camposanto esbozando una media sonrisa. Y me marché caminando junto a la orilla del viejo Amstel. 

Anduve hasta Europaplein y tomé el metro 52 hasta Rokin. Desde allí caminé hasta la librería De Slegte, en donde estuve una hora: compré una biografía de Spinoza y las canciones de amor de Gerbrand Bredero (1585-1618), de las que ya tengo un ejemplar, pero esta edición, por su tamaño, me pareció muy bonita. Hablando también de ejemplares que ya tengo, antes de llegar al cementerio me he topado con una veintena de libros esperando que algún alma caritativa los salvase de acabar en el vertedero. No me interesaba ninguno, hasta que descubrí Karakter, la novela de Ferdinand Bordewijk (que ya la tenía y la leí en su día), que fue llevada al cine y obtuvo el Óscar por la mejor película de habla no inglesa en 1997. Lo eché a la mochila. 

Tras salir de la librería fui tranquilamente en dirección al hotel, caminando primeramente, luego subido en el tranvía y de nuevo a pie. Al llegar a la habitación el reloj me indicaba que había hecho más de 21 kilómetros. Dejé que la tarde diera paso a la noche y que el día muriese sin nada importante que reseñar. 


miércoles, 17 de junio de 2026

TRATADO SENTIMENTAL SOBRE LA CALVICIE

Para mi amigo Adolfo Soares 
y su sacra calva,
a quien no conocí a tiempo 
para evitar su alopecia.

«Calvo era y millonario, 
maestro di color che sanno
Límite del diáfano en. 
¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. 
Si puedes meter 
tus cinco dedos a través suyo, 
es una verja; si no, una puerta. 
Cierra los ojos y ve.»

ULISES, James Joyce (Capítulo 3)

Tenía tan sólo diez años cuando empecé a ver a mi alrededor demasiados alopécicos. La imagen de aquel ingente ejército de calvos comenzó a perturbarme gravemente, como la pesadilla recurrente de una abrasadora noche de verano. Pedí a mis padres que concertaran, por vía de urgencia, una cita con una famosa dermatóloga de la capital que dictaminase mis probabilidades de una futura pelonía. Y et voilà, allí me presenté.

La doctora —me pareció mastodóntica— me invitó a sentarme en un sillón giratorio al que tuve serios problemas para encaramarme. Acercó una enorme lupa —dermatoscopio, supe muchos años después que se llamaba aquel artilugio— que iluminó mi frente y, muy especialmente, la coronilla. Tras medir a ojo de buen cubero el grosor de mi cabello, determinó que aquel pelo no parecía guardar relación alguna con países de larga tradición calvo-erótica.

—Un pelo visigodo, quizá cartaginés; con toda probabilidad fenicio, oriundo de Biblos—detalló en su informe—. Tu pelo seguirá intacto, como mínimo, en los próximos diez años —auguró como una moderna Tiresias con ojos. 

«Aquel hombre, cuya ropa quedaba oculta por la gente que le rodeaba, no tendría más allá de los treinta y cinco años; era calvo y apenas si algún mechón de pelo ralo y gris aparecía en sus sienes. Su frente se veía surcada de incipientes arrugas, pero los ojos hundidos denotaban una juventud extraordinaria, una vida ardorosa y una profunda pasión.»
NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, Victor Hugo 
(«III. Besos para golpes»)

No ayudaba que buena parte de mis directores de cine y escritores favoritos careciesen de pelo: Alfred Hitchcock, Baudelaire, Stanley Kubrick, Tolstói, Otto Preminger, Fiódor Dostoyevski, Roberto Rossellini, Camilo José Cela, Ingmar Bergman, Max Ophüls... Empecé a sentir envidia de trovadores, trapecistas y saltimbanquis de larga cabellera, aunque me interesasen mucho menos que los anteriores. Mientras tanto, la televisión parecía empeñada en emitir exclusivamente películas de Yul Brynner y Telly Savalas; Rafael Alberti, deshilachada melena contra el jorobante viento gaditano, y también Neruda abriendo la puerta al cartero en su casa de Isla Negra, y el cromo de Panini de Ramón María Calderé. 


Poco después de mi visita a la dermatóloga leí un enjundioso artículo que determinaba, con una base científica tan sólida como el acta de defunción rubricada en una servilleta de bar y sin el menor respaldo bibliográfico, que la caída del cabello comenzaba a ser preocupante si al despertar encontrábamos más de cien pelos sobre la almohada. La redondez gráfica de aquel número me hacía pensar en dos diabólicos calvos de testa apepinada observándome desde el más allá. Cada mañana cogía unas pinzas, contabilizaba pacientemente los pelos caídos en el combate nocturno como tocado por alguna filosofía oriental y anotaba el resultado en una libreta que, con el paso de los años, acabaría convirtiéndose en uno de los estudios longitudinales más exhaustivos jamás realizados sobre la caída del cabello:

Lunes: 67. 
Martes: 73. 
Miércoles: 78. 
Jueves: 72. 
Viernes: 80. 
Sábado: 81. 
Domingo: 76... 

Y así, religiosamente, durante varios años. Juro que jamás alcancé el fatídico número, pero aun así no dormía tranquilo, intentando no moverme demasiado. Caí en el insomnio, némesis de Morfeo. (Supongo que ahí radica el origen de mi actual problema para conciliar el sueño.)

El tiempo invertido en aquella titánica labor, más propia del insigne científico Silvestre Tornasol que de un escolar, me impedía peinarme como era debido si no quería llegar tarde a la escuela. Por ello, durante esa época, aparezco en las fotografías con el pelo como las patas retorcidas de un calamar pasado por la freidora. Merecía la pena, y de paso me daba un aire a lo Ezra Pound, que era el summum del pelazo indómito. 

«El calvo estaba ya en la barra cuando entraron. Sobre la madera encerada había dos sombreros y un doble puñado de monedas.» 
MERIDIANO DE SANGRE, Cormac McCarthy

Pero debía dar un paso más.

Acababa de cumplir trece años y di comienzo un auténtico trabajo de campo. Analizaba, en primer lugar, a todos los conocidos habidos y por haber. Sentado en una plaza o recorriendo las calles más recónditas, observaba a cualquier zutano y pensaba inmediatamente en su padre, en el padre de su padre y en el progenitor de éste. Añadía una P si conservaba buena parte del cabello y una C si había sido alcanzado por la calamidad de la calvicie. Cada C se subdividía de manera natural en diversas categorías: entradas laterales, frente despejada, coronilla clareada, desforestación total o modelo mixto. Elaboré incluso gráficos, porcentajes y teorías que hoy harían sonrojarse a cualquier genetista y rozar el Premio Nobel de Protociencias con las yemas de los dedos. 


Tras varios años de observación concluí que los nietos heredaban la carencia de pelo de abuelos paternos, bisabuelos y tatarabuelos, salvo raras excepciones. La línea materna, según mis investigaciones, apenas tenía competencias en materia capilar. Alopécicos casi de cuna y rancio abolengo. Una barba cerrada y poderosa implicaba un riesgo elevado de calvicie; las canas prematuras parecían ofrecer cierta protección frente a la alopecia; tener dos abuelos calvos por ambas líneas resultaba ruinoso y la inversión en peines inútil, y los individuos de pelo rizado gozaban de una especie de inmunidad parcial otorgada por los dioses de la Sagrada Pelambrera... hasta que di con varios especímenes que dieron al traste con esta última teoría.

«Hacia el final del tercer año, papá Goriot redujo aún sus gastos, subiendo al tercer piso y poniéndose a cuarenta y cinco francos de pensión al mes. Prescindió del tabaco, despidió a su peluquero y dejó de ponerse polvos en el pelo. [...] Ante todo, el hermoso pelo rubio y bien rizado de Máximo le hicieron darse cuenta de cuán horrible era el suyo
PAPÁ GORIOT, Honoré de Balzac 
(«I.Una pensión burguesa».)

Recuerdo que algunos conocidos de larga melena, lucida con garbo y chulería veraniega, mostraban, una vez superada la pubertad —aetas gallus pavoninus, la edad del pavo en cristiano—, los más alarmantes síntomas de lopigia. Sus padres y abuelos eran calvos con certificado AENOR, por mucho que se dejasen crecer el pelo. Aquello volvía a reforzar mis convicciones científicas. (Axl Rose también comenzó a perder su matojo de pelo, si bien éste mostró desde siempre una evidente debilidad.)


Posteriormente me dediqué a analizar lo que denominé «Casos Extraños»: individuos que contradecían todas mis teorías y se negaban obstinadamente en encajar en mis estudiados esquemas. Aquellos expedientes ocupaban páginas enteras de anotaciones y daban lugar a las deducciones más extravagantes y surrealistas, sin que ello significase que fueran necesariamente falsas; más bien al contrario. Esa libreta debe de seguir en algún rincón de la casa de mis padres. 

A veces hablaba con algún conocido y profetizaba su futuro capilar, aunque reservaba mis conclusiones para situaciones de extrema necesidad:

—Dentro de ocho años serás tan calvo como tu padre y tu tío, ¡y ni qué decir de tu abuelo! —sentenciaba. Era una amenaza de precisión quirúrgica y por otro lado devastadora en lo que atañe a la autoestima. Tampoco me regodeaba ni en mi virtud ni en su penar. 

He visto cabelleras que vosotros no creeríais, duras como el diamante, graníticas, y sucumbir como lágrimas en la lluvia con los años. Los árbitros de balompié que pitaban un penalti injusto en el minuto noventa, tendían a la calvicie. Los profesores de matemáticas, calvos (por eso detestaba la asignatura). Aquellos músicos que soplaban instrumentos de viento-metal eran más propicios al cruel desarrollo de la alopecia: helicón, tuba (incluyendo aquí la variante wagneriana), trombón (ya fuese de varas o de pistones), fliscorno y trompa. Sólo dos cercanos clarinetistas invirtieron mi teoría. Percutir un bombo, tan peligroso como tocar un cable de alta tensión. Huelga decir que yo tocaba el saxofón por lo que ustedes ya imaginan. 


Con quince años me había convertido, sin discusión posible, en el mayor experto mundial en la materia. Al menos, en mi propia opinión, que era la única que consideraba verdaderamente autorizada. El asunto de la calvicie me permitió realizar incursiones en otros campos del saber con resultados igualmente sorprendentes, aunque esa ya es otra historia. (Valga como ejemplo la fortuna que emergía al rodearse de calvos en asuntos amatorios y en el cortejo femenino, de la misma forma que Emilio Carrere apuntaba similar efecto en su novela La torre de los siete jorobados en lo que respecta a los juegos de azar con los gibosos y chepudos.)

«HARPAGÓN.- Muy mal hecho. Si sois afortunado en el juego, deberíais aprovecharlo y colocar el dinero que ganáis a un interés conveniente, para que un día lo tengáis... Me gustaría saber, por no hablar de los demás, de qué sirve tanto cintajo embutiéndoos de arriba abajo y si no bastan media docena de agujetas para ataros las calzas. ¡Pues ya se necesita emplear el dinero en pelucas, cuando uno puede llevar pelo de su propia cosecha, que no cuesta nada! Apuesto a que lleváis, entre pelucas y cintajos, por lo menos veinte doblones; colocados sólo a un interés de a doce, rentan al año dieciocho libras, seis sueldos y ocho dineros.»
EL AVARO, Molière. (Escena cuarta)

Ya en la universidad, en mi colosal lucha por un mundo sin calvos, y tras años de rigurosa investigación autodidacta, conocía prácticamente todos los complejos vitamínicos destinados al fortalecimiento del cabello: vitamina B, germen de trigo, levadura de cerveza y otros preparados cuyo nombre sonaban a laboratorio farmacéutico o a cervecería bávara. La levadura de cerveza me parecía especialmente prometedora; después de todo, pocos alemanes o checos padecen de lopigia, circunstancia que yo atribuía a la ingesta de levadura de cerveza en estado líquido. 

Por aquella época llegué también a una conclusión revolucionaria: el verdadero enemigo del cabello era el cloro y la cal. Determiné, en base a mis hallazgos con autoridad científica, que el agua corriente constituía una amenaza de primer orden para la supervivencia capilar. Si la cal era capaz de destruir grifos, lavadoras, calentadores y cualquier aparato doméstico que se cruzase en su camino, ¿qué no haría con unos humildes folículos pilosos? A partir de entonces me lavé el pelo exclusivamente con agua embotellada. Había que evitar a toda costa que las raíces quedasen obturadas por residuos calcáreos. Todavía recuerdo la satisfacción con la que vertía aquellas botellas sobre mi cabeza, convencido de estar salvando miles de cabellos de una muerte prematura. Aquel método funcionaba, y también puedo asegurar que mi pelo era el único de toda la facultad hidratado con agua mineral. Aquí otro dato a tener en cuenta que apuntaló, más aún, mi teoría: mi compañero de piso también se vio arrastrado, mientras yo permanecí a su lado, por mis consejos de matasanos del Viejo Oeste, pero pasado el tiempo me encontré casualmente con él y bajo su gorra intuí que una vez separados nuestros caminos había abandonado mi método: su cabeza se había transformado en un desierto lunar. Ni santa parola del asunto. 

CONCLUSIÓN.

Nadie debería quedarse calvo. Turquía, que llegó después con sus clínicas, injertos y paquetes turísticos de tres noches con desayuno completo incluido (y no pertenece a la Unión Europea) no es la solución. La verdadera solución habría consistido en que mis investigaciones hubiesen recibido la financiación adecuada I+D, amén de escribir un sesudo artículo en Science y una entrevista en la BBC que nunca me hicieron. Estoy convencido de que, con un presupuesto razonable y dos o tres becarios, habría resuelto definitivamente el problema a nivel mundial. Aún están a tiempo de evitar la pelonía. No se rindan. Desconfíen del cloro y de la cal. Estudien a sus abuelos. Vigilen la almohada. Y, sobre todo, no se dejen engañar por ciertos escritores que carecen de vello craneal pero no de talento. Hay quienes no tienen un pelo de tontos; yo pasé media vida intentando no tener tampoco un pelo de menos.

Post scriptum.

Reenviar esta pieza escrita a potenciales calvos puede salvar infinitas cabelleras. Los productores de gominas, lacas, peines y cepillos, no merecen la extinción. 

martes, 9 de junio de 2026

ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POEMARIO «PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS» (DIARIO DE ALMERÍA)



ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POEMARIO 
“PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS”.

La obra supone una defensa a ultranza de Europa y su tradición sociocultural desde la poesía.

8 de junio 2026

La librería El Cementerio de Libros Olvidados, situada en la céntrica calle almeriense Plácido Langle, junto a la plaza de San Pedro, ha apostado por los actos culturales, y buena muestra de ello tuvo lugar hace unos días con la presentación del poemario del escritor y traductor Antonio Cruz Porque hoy llegarán los bárbaros, publicado por la editorial madrileña Celesta. 

Antonio Cruz estuvo acompañado por el también poeta José Luis López Bretones, que apuntó que “el poemario tiene un título de evidentes resonancias kavafianas y podría leerse, hasta cierto punto, como una continuación del poemario anterior (Flores enfermas, 2023), en el sentido de que sigue siendo un libro de alguien que busca la redención a través del amor, en medio de un mundo como el actual, decadente, corrupto y que muestra claros signos de agotamiento”.


Añadió que “Antonio Cruz es un poeta eminentemente moral (que no moralista); es decir, bajo los signos y la frecuente aparición de una imaginería romántica y del malditismo, señalando por contraste la nostalgia de una moral fuerte sustentada en convicciones innegociables y en una tradición cultural extensa y fecunda”. 

López Bretones, que realizó un profundo y exhaustivo análisis del libro, explicó que “este es el marco conceptual desde el que creo que han de leerse los poemas de este libro: el de una civilización acosada por los bárbaros que a su vez es una alegoría de un amor acosado por el tiempo y por el pasado, pero que actúa sobre todo como el principio activo de una posible redención moral y existencial”.

En su intervención, Antonio Cruz confirmó que el título del libro está tomado, efectivamente, de un verso del poema "Esperando a los bárbaros", del poeta griego Konstantínos Kaváfis, y que “supone una crítica a la decadencia política y a la parálisis de una sociedad terminal, algo que, por desgracia, nos es demasiado familiar”, un poemario en el que aborda, de manera directa o bien velada, el ocaso de la cultura y la sociedad occidental “con el colapso de los valores éticos y espirituales de un mundo que literalmente se derrumba a nuestros pies, una Europa decrépita, moribunda, en donde asistimos a la caída de la Civilización Occidental y todo lo que ello supone, de la misma forma como antes cayeron otras civilizaciones, algo que no se produce de la noche a la mañana, sino en años y años de declive, negligencia e inacción”, afirmó Antonio Cruz. “Ya sólo esperamos”, continuó, “la destrucción final, y siento decirlo, pero ninguno de nosotros veremos ya lo que alguna vez fue Europa u Occidente”.


El escritor almeriense explicó que con Porque hoy llegarán los bárbaros ha tratado de adoptar el rol de poeta disidente e inconformista denunciando lo que para él supone una decadencia absoluta y “abogando por un regreso a las raíces fundacionales de Occidente, que no son otras que Atenas, Roma y la tradición judeocristiana”.

Antonio Cruz confesó que se siente atraído por el mal, lo perverso, lo macabro, pero el mal como noción creativa en cuanto al tratamiento que de éste hacen el arte, el cine, la filosofía y la teología y, por supuesto, la literatura, “por ello sigo recurriendo a Baudelaire, tanto en calidad de lector, como de poeta, con su concepto de ‘reversibilidad’, ese canal que une el bien y el mal, algo que el escritor francés recibe de E. A. Poe y que entronca con la visión dual y conflictiva de William Blake, pero que tiene su origen mucho siglos antes, en concreto en San Agustín de Hipona y con Santo Tomás de Aquino, que afirmaban que el mal no es una entidad real, sino la carencia o privación del bien”.

Con el fin de fundamentar el sentido filosófico-poético de su poemario por la defensa de la tradición cultural europea, el escritor almeriense mencionó asimismo a poetas e intelectuales como William Wordsworth, T. S. Eliot, Ezra Pound o José María Álvarez, un Antonio Cruz que concluyó su intervención, antes de dar paso a la lectura de alguno de sus poemas, haciendo referencia a la obra Se hace tarde y anochece, del cardenal Robert Sarah. Destacaron la lectura de poemas como "Europa ha muerto", "Zeus encuentra a Dánae", "Templo", "In cold blood" y aquellos que forman la segunda parte del libro (una suerte de postales poéticas de viajes por Italia) con títulos como "Un vacío de luz", "Estación Termini", "Cementerio de Verona" o "Cimitero acattolico", un homenaje, este último, al poeta José María Álvarez.



lunes, 2 de marzo de 2026

«OPIO & PERESTROIKA», UNA ANTOLOGÍA POÉTICA DE DELPHINE LECOMPTE

Delphine Lecompte es una poeta y novelista flamenca, nacida en Gante en 1978. Reside en Brujas y es una prolífica autora que ha publicado hasta la fecha ocho poemarios, varias novelas y libros de relatos, obras que le han valido importantes premios literarios en lengua neerlandesa.

La poesía de Delphine Lecompte se reviste de una naturaleza cruda, introspectiva y provocadora, que a menudo combina ternura y brutalidad a través de imágenes ingeniosas, juegos de palabras y elementos surrealistas y asociativos que mezclan lo mundano con lo fantástico. Su estilo es exuberante, salvaje y barroco, con un tono narrativo que evita cualquier tipo de técnica poética, desembocando en composiciones absurdas, excesivas, perversas.


Polémica y controvertida, su vida personal (la depresión, la difícil relación con sus padres, los internamientos psiquiátricos o sus problemas con el alcohol) le sirve para construir un impresionante cosmos poético tejido por los más bizarros personajes: apicultores incestuosos, atormentados fabricantes de jabón, jardineros pedófilos, balleneros gruñones, malhumorados criadores de galgos, místicos cultivadores de crisantemos, viejos ballesteros o madres inalcanzables, que se dan cita en una suerte de poéticos microrrelatos, protagonistas que forman un nuevo vínculo entre sí, habitando un mundo lleno de ira, locura y surrealismo, pero también de reflexión, enamoramiento y hasta consuelo, que hacen deambular al lector por poemas salvajes y oníricos. 

En palabras de Tom Lanoye, novelista, poeta, guionista y dramaturgo flamenco, Lecompte «debería recibir el Premio Nobel de Literatura dentro de diez años».

ANTONIO CRUZ ROMERO

Opio & Perestroika. Una antología poética, DELPHINE LECOMPTE 
Edición y traducción de Antonio Cruz Romero. 
Fotografía de cubierta: Eva M. Gómez

jueves, 26 de febrero de 2026

NERVAL, VERLAINE, CURIEL, Y LAS MIL MÁSCARAS DE PEDRO J. VIZOSO

Yo también soy palabra.
«La ciudad y la muerte», PEDRO J. VIZOSO


Todo en la vida nos remite a un porqué, y también todo tiene su inevitable génesis. Esta génesis y este porqué nos llevan directamente al París del siglo XIX, aunque sea de manera indirecta y, por supuesto —o quizá no—, virtual; y asimismo a un nombre: Gérard de Nerval, el poeta romántico francés aquejado de graves crisis de locura que terminó ahorcándose en un sucio callejón de París. 

Pero lo que hace realmente famoso a Nerval es su poesía y trasfondo, que por supuesto conocía y en la que tuve la suerte de volver a zambullirme en ella gracias a que casualmente encontré una edición con toda su obra poética completa. Ésta incluía, además de una perfecta y ágil traducción de sus poemas, un minucioso estudio biográfico en una reedición revisada por el propio traductor de aquella que vio la luz en 2019. Y es aquí en donde entran en juego todos esos «porqués» a los que aludía al comienzo de esta pieza y que desembocan en Pedro J. Vizoso.
 

[...] Volverán esos dioses por los que siempre lloras.
El tiempo vuelve al orden de las antiguas horas,
un profético soplo sacude al mundo entero... [...]

«Dafne», G. NERVAL

Pedro José Vizoso (Xinzo de Limia, Orense, 1959): pero ¿de cuál de los Vizoso tendría que hablar aquí? ¿Del Vizoso traductor y especialista en poesía francesa decimonónica (románticos, simbolistas, decadentistas, malditos...)? ¿De quien es profesor de lengua española en la Universidad Hastings College de Nebraska? ¿O acaso de quien escribe relatos de misterio que nos hacen recordar a E. A. Poe? No nos olvidemos, no, de sus estudios sobre el modernismo que recopila en títulos como Galería modernista, una suerte de bestiario de poetas modernistas hispanoamericanos y españoles, o ese libro que ya lo explica todo con su título: Madrid modernista: el espacio urbano madrileño en la literatura bohemia del modernismo español

En la Grecia antigua, la máscara (prósopon, «lo que está delante del rostro»), era un elemento imprescindible en el teatro. Servía para exagerar las emociones, amplificar la voz y representar personajes típicos de la tragedia o la comedia, y jugaba un papel clave en los rituales colectivos vinculados al dios Dioniso. Vizoso es, si se me permite la metáfora, una matrioska de la literatura en su más amplio sentido o, haciendo uso de esa costumbre en la antigua Grecia, una sucesión de máscaras literarias. «Pero también», me avisa una vocecita que se sitúa junto a mi oreja, «de ese poeta de composiciones intimistas y evocadoras que narran una pequeña historia influido por el modernismo»: colecciones de poemas con títulos como Lo real y su sombraCuaderno de bosque o La ventana, libros que ya quedan perdidos en las místicas librerías de lance o en misteriosas páginas de la inconmensurable red. 


Lo real y su sombra es un poemario compuesto por poemas escritos en Caracas entre mayo y noviembre de 1986, e impreso en la legendaria Imprenta Sur (llamada ya en 1993 Dardo), rotativa en la que aparecieron gran parte de los primeros libros de la mayoría de integrantes de la Generación del 27 o la revista Litoral que editaron desde 1926 a 1929 los poetas malagueños Manuel Altolaguirre y Emilio Prados. Entre las «preferencias literarias» que sustentan esta colección de poemas (que incluye caligramas y haikus) como el propio Vizoso admite, nos encontramos a Breton, Eluard, Char y Octavio Paz, así como algunos poetas modernistas hispanoamericanos, y es son estos últimos, junto a escritores menos conocidos (Jules Supervielle, Georges Schehadé, Benito Mieses...), serán quienes en el futuro supongan el cimiento literario tanto para la propia producción literaria de Vizoso como para sus estudios y trabajos críticos posteriores. 



Día a día
voy sacando mi muerte
del bloque de los años,
estatua informe de algún dios terrible
cuya figura ciega
labro con el cincel
del minuto y la hora... [...]

«El patio», P. J. VIZOSO

Ahora me detengo en Profundidad de los libros. El revés de la trama (un subtítulo que ya en sí es una declaración de intenciones), una recopilación de narraciones de muy diverso estilo y variada temática: hay relatos fantásticos, meros apuntes oníricos, piezas posmodernas (o casi psicodélicas), escenas de crudo realismo, fragmentos autobiográficos e incluso falsas reseñas. Es, en conjunto, un volumen extraño que del centenar de piezas que afirma haber escrito su autor, reúne veinticinco en este volumen, lo que sugiere que podrían publicarse otros tomos en el futuro.


Apuntaba anteriormente ese poso literario de unas narraciones que recuerdan a las de Poe y Joyce Carol Oates, pasando por Lovecraft, si bien ese toque de romanticismo visceral y macabro, sello personal del escritor nacido en Boston al albor del siglo XIX, se ve contagiado por el modernismo del que es especialista Vizoso. Nos encontramos todo el imaginario del romanticismo (cementerios, muertos y funerales), sueños, libros y viajes, e incluso con Nerval, elementos que aparecen en títulos como «El viajante», «El alquimista», «Profundidad de los libros» (relato que da título al libro), «El viaje de Clarence» (en donde aparecen los espíritus de todos esos poetas que tanto amamos), «Los muertos», «Un funeral» o «La muerta del motel White Sands», ambos fascinantes y que suponen a la vez un verdadero divertimento.

Quiero hacer a continuación una necesaria parada en Elías David Curiel (1871-1924), un poeta judío-venezolano del modernismo prácticamente desconocido en nuestro país a pesar de compartir idioma. Pero Pedro J. Vizoso nos ha regalado (porque esa es la palabra) dos ediciones muy personales de su obra: Obra poética (2022) y Textos desconocidos (2024). Elías David Curiel fue periodista, docente y poeta maldito, y no abandonó jamás —salvo por un corto viaje a Los Teques y Caracas— Santa Ana de Coro, su ciudad natal, a la que se sentía ligado, como me apunta Vizoso, «por una especie de vínculo cósmico, y en donde se entregó a los paraísos artificiales del éter y el cloral». En la poesía del escritor venezolano nos encontramos referencias al judaísmo, a la cábala y a su herencia sefardí. Curiel se suicidó en 1924 a los 53 años, pero eso sí, ya advierto a románticos e impenitentes buscadores de tesoros encuadernados: no pierdan su precioso tiempo explorando en las librerías de viejo (ni mucho menos de nuevo), porque no hallarán nada salvo estas ediciones de Pedro J. Vizoso.

El alcohol mi mente fosfórica inflama 
en el cadavérico azul de su llama: 
Nephente que infunde narcótico olvido 
o chispazo eléctrico en gas comprimido: 
actos que preside conciencia ilusoria 
y clausura ausencia total de memoria. 
Reacción depresiva de dientes roedores: 
Nerviosos altruismos y absurdos temores.

«Al través de mi vida», E. D. CURIEL



La obra de Pedro J. Vizoso es, como afirmaba anteriormente, una matrioska sin fin, tanto por su propia obra como por sus traducciones, y entre estas cuidadas ediciones nos presenta a poetas franceses casi desconocidos y sorprendentes, como Germain Nouveau (Saber amar: Poemas de amor, devoción y bohemia, 2015), Xavier Forneret (Vapores: ni verso, ni prosa, 2018) o el decadentista Maurice Rollinat (Neurosis, 2025), y por supuesto a escritores conocidos por cualquier amante de la poesía como Paul Verlaine (Celulariamente: Poemas y cartas de la cárcel, 2020) o el ya citado Gérard de Nerval. Hace apenas unos meses dio a conocer dos obras más de Verlaine en Entre Mathilde y Arthur (2025), que contiene los exquisitos poemarios La buena canción y Romanzas sin palabras, que el editor y traductor de estos poemas nos presenta en un solo tomo con acertado criterio, pues ambos trabajos marcaron dos momentos fundamentales y críticos en la vida de Verlaine: por un lado su matrimonio con la bella adolescente Mathilde Mauté, y por otro su escandalosa huida a Londres con un joven amante de la misma edad que su esposa: el poeta Arthur Rimbaud. Difícil escoger un solo poema del poemario Romanzas sin palabras, en donde destacan pasajes de bellísimas descripciones perfectamente trasladadas a nuestro idioma, como las composiciones de las secciones «Birds in the Night», «Acuarelas» o «Paisajes belgas». 

¡Ladrillos, tejas, 
oh los tranquilos
dulces asilos
de las parejas!

¡Lúpulos, vides, 
hojas y flores, 
célebres lides 
de bebedores!

¡Íntimas chozas,
vinos, clamores,
fáciles mozas
de fumadores!

Trenes tardíos, 
rutas distantes...
Vamos errantes
como judíos. 

«Walcourt» («Paisajes belgas»), P. VERLAINE


Este artículo se antoja obsceno en cuanto a la brevedad que ocupa, pues en la extensa obra de Pedro J. Vizoso se citan gran parte de aquellos escritores que han marcado la Historia Universal de la Literatura, tanto por sus influencias a la hora de escribir su propia prosa y sus poemas, como por sus estudios y traducciones, un hombre que no parece de este tiempo sino más bien nacido desde la luz del Renacimiento, aunque sus poetas predilectos deambulen en las más radicales tinieblas, un Vizoso que es un auténtico artesano publicando a poetas misteriosos en este mundo incomprendido y poco valorado que puede llegar a ser la edición literaria, y todo lo hace con una labor minuciosa y silenciosa henchida de luminosidad. 

[...] cada mañana el mundo
acaba de inventarse

«Día que vuelve», P. J. VIZOSO

domingo, 22 de febrero de 2026

«EL LUGAR DE UN EXTRAÑO», DE JOSÉ LUIS LÓPEZ BRETONES

No le pidamos a los labios más tarea que el silencio, o los besos.
«Fidelidad», J. L. LÓPEZ BRETONES


Parece un libro antiguo y lejano por haber sido escrito en otra época, incluso en un siglo ya pasado, pero para el lector sólo es una apariencia, una ilusión salvable; probablemente para el poeta, que hizo uso de un tiempo y ocupó las coordenadas de un lugar para su escritura, esa sensación de distorsión temporal y disociación de la persona sí resulte totalmente real. En mi caso puede que ese sortilegio haya sido anulado por haber leído estos poemas en las dos ciudades en las que fueron escritos: Almería y Granada, y por conocer bien a su autor y su obra.


El lugar de un extraño, del poeta José Luis López Bretones (Almería, 1966), accésit del Premio Adonais, apareció en el año 1999, un año que se nos antoja remoto, y aun así, las composiciones que integran el poemario resultan radicalmente intemporales, una colección de poemas que tomaban forma con el claro propósito de afianzar la poética de un escritor que ya había dado muestras de su singularidad en Una eterna olvidanza (1992) y Ensayo ante un paisaje; era, por tanto, el tercer poemario de López Bretones. El lugar de un extraño, como sucederá en sus posteriores poemarios, y como característica personal de su autor, queda estructurado en cuatro secciones en donde de manera tácita, o acaso involuntaria, el poeta desgrana el significado del título: SITUACIONES, HOMENAJES, LUGAR COMÚN y EXTRAÑEZA.   

Abre la primera sección y el poemario «En un principio», escrito en un tono genesíaco (como la primera palabra de la Biblia, Bereshit, que en hebreo significa literalmente «En el principio»), para que el poeta nos advierta, y hasta denuncie al estilo de un profeta del Antiguo Testamento, que el odio supone establecer cierto pacto u obligación: «Cualquier odio comporta un compromiso: sé cuidadoso con el objeto digno de la infamia, y ofrécele el homenaje justo de tu animadversión [...]».

El libro se reviste claramente de todos los elementos clásicos de la poesía, que en la práctica, como la vida misma, se podrían reducir en la muerte, el paso del tiempo y el amor, como se puede observar en el poema «El regreso es costumbre o terquedad»: «[...] El tiempo está pasando / sobre las oscuras losas del cuarto aquí contiguo»; y con estos cimientos comunes con otros poetas, López Bretones construye su propia historia poética y personal: «Vivimos en lo inevitable. Fundar un cuerpo, otorgarle una vida. [...] Sólo nuestros ojos han viajado: / ellos nos dirán, tal vez, de la experiencia. / Pero, ¿quién nos conmina a caminar?» («Sólo nuestros ojos han viajado»): un camino, el viaje en compañía y darle sentido a ello. 
 
La noche supone igualmente otro elemento esencial en El lugar de un extraño: «[...] He preferido siempre las noches, el persistente tropel de las sombras, que nos aíslan tanto como para desear y conseguir incluso la compañía de quien ya no existe. [...]» («El tiempo de las horas azules»), o «Levantamos la frente junto al mar aquella noche. [...] De noche todo vuelve a recogerse en la mirada. / De noche cobra el tiempo recodos infinitos. [...]» («Vemos el mar entre las noches cálidas»). Las horas nocturnas y también el mar, puesto que la costa mediterránea juega un papel de vital importancia en este libro: «[...] Las olas nos hacían resignarnos con dulzura. Y su rumor era como el silencio demorado con el que, sin saberlo, íbamos abandonando inútilmente nuestros años». («El último sol de las orillas»). 

Apreciarán quienes lean esta pieza, que gran parte de estas composiciones están escritas en prosa (alternándose con un puñado de poemas en verso), predominantes en esta primera parte e influidos por la poesía de Juan Ramón Jiménez, Álvaro Mutis o José Carlos Cataño, y como me confesó López Bretones: «fue como una especie de liberación de ciertas estrecheces del verso».

El poeta transmite en muchos momentos la debilidad, no sólo espiritual, también física: «[...] Pariente de otras lacras interiores / —el odio, la tibieza, el menoscabo—, / la debilidad tiene en el propio cuerpo / su más concreta referencia: / el arco solapado de la boca, / el delicado ardid de la cintura, / la ausencia de señales en la cara». («La debilidad»). Por el contrario también conoce el poder y la fuerza de las palabras: «[...] Vivimos de otra cosa que de palabras solas: debieron ellas, al menos, habernos hecho cumplir una verdad cualquiera, algo que nos hubiese permitido luego hablar con pesadumbre, pero también con la firmeza que la lengua pobremente nos otorga. [...]» («Vivir de las palabras»).

En LUGAR COMÚN, la tercera parte de este poemario que nos ocupa, aparecen elementos que encontraremos muchos años más tarde en Otra vez la poesía (2024): la luz, la lluvia, el paso del tiempo que marca un reloj, los recuerdos y, por supuesto, el lugar, como en «Una muchacha me acompaña»: «[...] Recuerdo su nombre sólo porque recuerdo su aroma: en él se mezclaban cierta cualidad ebria o marítima con una dulce y delgada calidez que permitían encarar a su lado el camino con más confianza, con una serena sensación de certeza que yo nunca había advertido hasta entonces. [...]». La evocación de un momento, de alguien, de un olor en la hora del crepúsculo, y también un deseo de aislarse, de evitar lo banal, lo innecesario, lo que no sirve, aquello que nada aporta, como en «Frecuentábamos fiestas indiferentes»: «[...] Entre el gentío ansioso de las salas buscábamos la repentina mirada del otro. [...] Frecuentábamos fiestas indiferentes. Y al mirarnos entre los resquicios fugaces de aquellos cuerpos asolados, de aquella multitud sombría y deseante, comprendimos al fin de qué árbol podrido se desgajaban las razones». Apartarse de lo trivial y superfluo, de aquello que resulta estéril, y aun así, en el poema subyace una afirmación vital que concede prioridad a las impresiones directas y primarias de la experiencia, antes de que la razón las someta a su engranaje ordenancista. 

Como ya se ha indicado anteriormente, el tiempo articula de manera asombrosa y fehaciente estos poemas, pero no como algo negativo (o al menos no siempre), sino como parte fundamental de una enseñanza y un descubrimiento necesarios para la vida, y así leemos en «Como antes»: «[...] y todos aprendemos, con el tiempo, a estar solos. / Salvo en el recuerdo o en la imaginación: / esos lugares sin tiempo y sin medida / donde es hermoso compartir lo que tenemos». Algo que volvemos a encontrar en «La esperanza de verte me abandona», en cuyas líneas hace alusión al instrumento para medir el tiempo, y que aun así no responde sino a una hermosa metáfora: «[...] mírame acodado en la ventana, oyendo la llegada silenciosa del tiempo a los relojes, [...] Es una noche de verano. Todos tenemos un único verano. [...] Cuántas noches abiertas, cuántas calmadas playas, cuánto olor a sal reciente y rumor apartado de eucaliptos hay en esas palabras de sentido oscuro, pero tan reconocibles como el sabor del agua entre los labios. [...]. // ¿Recuerdas la indecisa tarde en que tumbamos nuestros cuerpos en la arena?». Bajo mi criterio es este un poema redondo y fundamental en su totalidad que recoge toda la esencia de este poemario con la aparición de esas piezas que mueven su mecánica lírica: melancólico y evocador, de ritmo suave y un anunciado final que, haciendo un símil musical, se asemeja a una cadencia plagal hasta que queda resuelto como una sinfonía, resultando cadencialmente perfecto.


Tanto con este, como con cada poemario del poeta almeriense, nos sirve para reconocer todas aquellas influencias de un López Bretones que es un ávido lector y gran conocedor de poesía, y no sólo en lengua española, sino de otros idiomas, siendo coordinador del Aula de Poesía del Ayuntamiento de Almería (así como durante diez años Director del Centro de Arte Museo de Almería). En las páginas de El lugar de un extraño aparecen poetas tan dispares como Wallace Stevens, Eugenio Montale, San Juan de la Cruz, Edmond Jabès, Horacio, Pavese o el crítico y filósofo Jean Baudrillard. 

En «La lluvia y la madera» tenemos la sensación de encontrarnos frente a una fotografía repleta de sonidos e imágenes móviles, pero también de sensaciones e incluso de olores, y hasta del silencio: «La lluvia y la madera: he aquí un sonido coincidente, una respiración confusa y silenciosa, [...] // Cae la lluvia con nosotros. // No, ningún sonido es necesario. Ese era tu nombre. El del agua resbalando diminuta, detenidamente sobre aquellas vigas inclinadas.» La, en aparente, dureza y aspereza de la madera, y el agua, indomable, sutil pero asimismo perniciosa, penetrando por cualquier resquicio, por muy pequeño que éste sea. 

La sección que cierra el poemario, EXTRAÑEZA, está dedicada al poeta granadino Antonio Carvajal, de quien López Bretones editó en 2018 su poesía completa con el título Extravagante Jerarquía (1968-2017), manifestándose de nuevo todos los principios que vertebran su poesía, como en «Todos te hemos conocido»: «Los días y las noches van dejando un lento poso de nieve / sobre todo aquello que una vez llegamos a tocar, / sobre todo aquello que alguna vez / construyó para nosotros un motivo de contento. [...]». Asimismo hacen acto de presencia las estaciones del año y sus elementos, los elementos estacionales que son también quienes marcan la vida del poeta: «Ayer era el verano lento, cargado de calor y de tempranas playas; era también el otoño hospitalario, las fugaces alegrías de diciembre, el viento que anudaba la verde primavera a las ramas sacudidas de los sauces del paseo. [...]». Y en «Después que algo ha sucedido», dedicado a José Hierro, leemos en su cierre: «[...] Así caen las horas sobre una esfera confiada. / Así damos un paso indiferente / y vemos que el camino, de pronto, ha terminado».

Deambulamos por un inicio de verano: «Cielo de julio con tormenta ya inminente» («Oyes gritos»), y el mar sempiterno, el agua y su espuma, el rompeolas, en lo que parece un intento de cerrar heridas, de salvarse del fracaso: «¿De qué ha servido recorrer juntos todo este camino?» («El paseo de madrugada»). El aislamiento y la decisión de abandonarse, y la denuncia del egoísmo, una noche, entre el humo del tabaco y las copas de vino ya vacías: «[...] Quizá en una noche como esa nos dejemos arrastrar por el desbordamiento de una soledad enquistada largamente, por el ansia de apoyarse sobre el cálido sustento de otros labios, por la dulce y confundida floración del egoísmo mutuo. // Pero no hay engaño. Mañana volveréis a ser los mismos.» («No hay engaño»).

Y si El lugar de un extraño (poemas, como nos indica el propio poeta, escritos en Almería y Granada, entre los años 1993 y 1996), se abría con «En un principio», como la primera parada de un viaje iniciático en el que no se conoce el puerto en donde atracará el velero, éste concluye con otro de esos poemas que dan sentido y llenan de grandeza este poemario: «Te he visto llorar», hallando, nuevamente, una prosopopeya entre esa persona de la que habla el poeta, y el mar, que aparece en tantos versos, como una meta, como un lugar, a modo de salvación, o quizá no: «[...] Tan sólo sé esto: / el mar seguirá ocupando su espacio / y tú, confusa o satisfecha, el tuyo. [...] Ríe, ahora que la marea se retira. / Todos estamos perdidos: / muchos seres en pie, muchos atados a tierra».  

Aquí concluye la lectura de este poemario cargado de intimismo y recogimiento, y mi particular interpretación, que encontrará otra diferente en cada lector, y por supuesto podría discrepar con quien es dueño de estas composiciones, de este libro antiguo desde el punto de vista temporal que en ocasiones deja un poso de melancolía y hasta de tristeza, una aventura de hermosas sensaciones que rezuma poesía en cada una de las páginas que quedan dibujadas de versos. En un principio... ya era la poesía. 

domingo, 1 de febrero de 2026

«POEMAS BLASFEMOS», DE ALEISTER CROWLEY

Aleister Crowley: mago, ocultista, místico, alquimista, poeta, pintor y hasta alpinista en el más amplio sentido de la palabra. Ozzy Osbourne le dedicó un tema que es una obra maestra; su casa, la mansión Boleskine House, a orillas del Lago Ness (Escocia), fue adquirida por Jimmy Page, líder de Led Zeppelin.


Y ahora, gracias a Jesús Isaías Gómez, profesor y traductor (de Jack London, Scott Fitzgerald, Ray Bradbury, Aldous Huxley o George Orwell, entre otros, y especialista en James Joyce y literatura distópica) nos llega Poemas blasfemos (Visor Libros, 2026), una antología poética de acertadísimo título por cuanto Crowley quiso —y consiguió— romper con todo atisbo de tradición, como bien afirma en los versos del breve poema «El poeta» como una suerte de autoepitafio: 

Me mataron por denigrar
la Religión, la Ley y el Matrimonio.
Que mi tumba quede sin nombre 
para que la tierra se trague mis vergüenzas. 

Aleister Crowley (1875-1947) fue un prolífico poeta cuya obra combinaba formas tradicionales con elementos esotéricos poco convencionales, incorporando a su poesía temas místicos y ocultos, recurriendo al simbolismo de diversas tradiciones mitológicas y deudor de la poesía romántica y simbolista de poetas visionarios como P. B. Shelley, W. Blake, Baudelaire o Rimbaud que, asimismo, se siente influido por el decadentismo y por poetas como Algernon Charles Swinburne, en cuyos poemas incluyó temas execrables para su época: necrofilia, sadomasoquismo, homosexualidad, suicidio... 

Nacido como Edward Alexander Crowley el 12 de octubre de 1875 en Royal Leamington Spa, Inglaterra, y fallecido el 1 de diciembre de 1947, Crowley vivió una vida marcada por la excentricidad, la controversia y la búsqueda incesante del conocimiento esotérico. Criado en una familia cristiana fundamentalista, se rebeló ferozmente contra sus enseñanzas tras la prematura muerte de su padre cuando el pequeño Edward Alexander contaba sólo 11 años de edad, canalizando este trágico suceso en un antagonismo de por vida hacia la religión organizada. 

Adoptó el nombre de Aleister en su adolescencia y se autodenominó la «Gran Bestia 666», un apodo que alimentó su notoria reputación, siendo tachado como «el hombre más malvado del mundo». Experto montañero, Crowley participó en expediciones pioneras, incluyendo un intento de ascensión al K2 en 1902, enfrentándose con los miembros de la expedición por sus métodos poco ortodoxos, y años después lideró la conquista al Kanchenjunga que resultó desastrosa. Su viaje ocultista comenzó con la Orden Hermética de la Aurora Dorada en 1898, polemizando con el poeta W. B. Yeats, miembro también de la citada sociedad secreta. Expulsado de la orden, fundó en 1904 su propia religión, Thelema, tras afirmar haber recibido El Libro de la Ley de una entidad sobrenatural llamada Aiwass durante un viaje a Egipto junto a su esposa Rose Kelly. La nueva religión, circunscrita en un libro sagrado en imitación a las grandes religiones, tenía como mandamiento «Hacer tu voluntad será el todo de la Ley», enfatizando en ello la voluntad personal y la liberación. 

La vida de Crowley fue escandalosa, viajó a países lejanos como México, India, China y Estados Unidos, experimentando con drogas como la heroína, la cocaína y la mescalina con fines recreativos y rituales, dejando testimonio de ello en Diario de un drogadicto (1922) o en poemas como «Morfia»: «La morfina es sólo una / chispa de su fuego secular. / Ella es el único sol, / ¡el arquetipo de todo deseo!». En 1918 pasó 40 días en la isla Esopus, en el río Hudson de Nueva York, meditando, pintando y traduciendo el Tao Te Ching de Lao-Tse. De su viaje a Granada, en el verano de 1907, en donde queda fascinado por el flamenco y el cante jondo, recorriendo el Sacromonte y el Albayzín, queda constancia en dos hermosísimos poemas incluidos en la presente antología: «La gitana» y «Una vista de la catedral de Granada desde La Alhambra».

Estableció la Abadía de Thelema en Cefalú (Sicilia), una comuna para el estudio de la magia, pero se disolvió entre rumores de orgías, sacrificios de animales y la muerte de un seguidor, lo que llevó a su expulsión por Mussolini en 1923. Abiertamente bisexual en una época en la que la homosexualidad era ilegal, Crowley mantuvo numerosas relaciones e incorporó la magia sexual a sus rituales, a menudo tanto con hombres como mujeres. 

Hombre erudito, aficionado al ajedrez y crítico social, sus ideas influyeron en figuras como Jimmy Page, David Bowie, The Beatles y movimientos ocultistas modernos. A pesar de sus excesos hedonistas que lo llevaron a la adicción y la pobreza en años posteriores, el legado de Crowley perdura como símbolo de individualismo radical e innovación esotérica.

Aleister Crowley en su intento de coronar el K2 (1902)

Jesús Isaías Gómez nos trae en este año recién nacido la poesía más rebelde y transgresora de Aleister Crowley, poemas blasfemos porque éste «no escribía para adornar la realidad», como afirma su traductor, «sino para deshacerla y rehacerla», una antología de los poemas más representativos de su poesía que tienen algo del lenguaje obscuro de Góngora y también del misticismo de San Juan de la Cruz, «pero vuelto del revés, hacia adentro, hacia el abismo», en palabras de Gómez López. Hagamos la primera parada en «En Kiel», un poema sobrio e introspectivo que muestra a Aleister Crowley en su faceta más desencantada y moderna. Ambientado en un frío puerto del norte, el poema sustituye el éxtasis místico por el vacío. El puerto, los barcos y el mar se observan sin simbolismo, abriendo paso a la revelación pues nada responde al interlocutor. Esta deliberada monotonía señala un momento en el que la voluntad y la fe se suspenden, sin que puedan triunfar. La ausencia de clímax a lo largo de la composición, en la que parece dar fe de un agotamiento espiritual tras la intensidad, es como el silencio que sigue a un ritual, y que concluye de esta guisa:

¿Qué es la Eternidad, si consideramos esta hora 
como todas las lujurias y placeres de la vergüenza? 
Bien dado por perdido está el Cielo a cambio de esta ganancia sin par.

«Misa Negra», largo poema estructurado en 14 pasajes, imita el rito cristiano en comunión con los principios del Thelema pero mancillando sus símbolos en una suerte de profanación henchida de sexo y sadismo que trata de despojar su naturaleza sagrada y la autoridad divina, incuestionable para sus fieles, de la religión organizada. 

Si nos reafirmamos en la importancia de esta edición de Poemas blasfemos, es porque su traductor ha incluido en la antología todos los elementos escandalosos que vertebran la poesía de Crowley, como en «Necrofilia», en donde aparece uno de los temas prohibitivos más inquietantes, revestido de inimaginables dosis de sadismo (que nos hace recordar la literatura del Marqués de Sade y Guillaume Apollinaire), y como en toda su obra con un claro intento de provocación, puesto que confrontar lo prohibido disuelve su poder, y el verdadero objetivo no es el cadáver en sí y su profanación, sino denunciar la rigidez moral victoriana, si bien es cierto que en este caso llevada al extremo más subversivo: «Mis fosas nasales aspiran la lujuria / de la carne putrefacta, de las entrañas desgarradas / de gusanos festivos, como Venus, nacida / de entrañas espumosas como el mar». Nos encontramos, por tanto, con uno de los poemas más brutales y perturbadores de esta antología con un punto de conexión evidente, además de con los escritores ya citados, con la poesía de Charles Baudelaire, remitiéndonos vagamente al poema «La muerte de los amantes», y en especial «Danza macabra», «Una mártir» y «Una carroña», un Baudelaire con el que también comparte el gusto por el vampirismo no sólo en su vertiente mítica, sino también en la terrenal, con poemas como el extenso «La vampira» o «Le vampire», ambos incluidos en estos Poemas blasfemos

«La Rosa y la Cruz» condensa el misticismo del escritor inglés con dos símbolos antagónicos: la rosa, encarnando la belleza espiritual y el amor, y la cruz, como símbolo fundamental cristiano simbolizando el sufrimiento. En la fusión de ambos símbolos subyace la interpretación de que la verdadera realización espiritual requiere abrazar el placer y el dolor en un solo camino que recuerda a los «Proverbios del infierno» de William Blake: «La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría».

La exploración del erotismo extremo se aprecia en muchos versos y poemas de Crowley, incluyendo la magia espiritual enfocada a la parte carnal y la glorificación del amor homosexual, como leemos en «Himno a Pan», deleitándose en los placeres de la carne con imágenes vívidas y sensuales:

¡Ven, oh, ven!
Estoy aturdido 
por la solitaria lujuria del demonio. 
Clava la espada en el yugo irritante, 
devorador de todo, engendrador de todo;
dame la señal del Ojo Abierto, 
y la prenda erecta del espinoso muslo,
y la loca y misteriosa palabra,
¡Oh, Pan! ¡Io Pan!

Hace acto de presencia, nuevamente, la rosa en «Rosa Inferni», otra larga composición en la que la rosa no se nos presenta como pureza celestial, sino como deseo infernal, reivindicando los elementos de la poesía de Crowley: la pasión, la lujuria y la transgresión como fuerzas sagradas, rechazando la idea de que la espiritualidad debe representar la pureza y lo místico, sino la más absoluta obscuridad, y otra vez nos hace pensar en Blake: «Estás enferma, ¡oh rosa! / El gusano invisible, / que vuela, por la noche, / en el aullar del viento».

En los escritos de Crowley se refleja claramente una rebelión contra su estricta educación cristiana. Gustave Flaubert ya publicó en 1874 la obra (en prosa poética) La tentación de San Antonio, y siglos antes, hacia 1501, El Bosco pintó el Tríptico de las Tentaciones de San Antonio, sin olvidar la interpretación que hizo de ésta el pintor alemán Matthias Grünewald, o, sin ir más lejos, el óleo del pintor belga Félicien Rops (conocido por sus pinturas satánicas y eróticas) que ilustra la cubierta de estos Poemas blasfemos, un tema, por tanto, recurrente como inspiración cultural, pero en su poema «La Tentación de San Antonio» Crowley replantea la famosa tentación de manera totalmente diferente, como revelación en lugar de pecado, invirtiendo la narrativa cristiana al tratar las visiones del santo no como corrupción ni fracaso moral sino como forma de autoconocimiento, algo así como sucede en la película de Martin Scorsese La última tentación de Cristo, basada en la novela del escritor griego Nikos Kazantzakis. Crowley cierra así su poema:

[...] ¡Ay, necio, que, jadeando,
te pudres postrado ante el altar de la muerte!
¡Oh, místico éxtasis del crucifijo!
 

Sin embargo, a pesar de renunciar al cristianismo como religión, no rechaza por completo a Dios ni la figura de Cristo (o al menos no tan claramente en un principio), como leemos en «El arcoíris», un poema que apareció en 1898 en el poemario White Stains. La composición en cuestión rebosa de rico simbolismo, en cuyos versos el poeta describe el arcoíris no sólo como un hecho mágico y perfecto de la naturaleza, también como un puente espiritual y existencial entre el sufrimiento y la redención, un espectáculo de belleza y un símbolo de una aspiración mística más profunda en la que reflexiona sobre la limitación y el sufrimiento humano, poniendo el dedo en la llaga al criticar la labor de todo sacerdote al tiempo que invoca lo divino a través de la crucifixión y la resurrección de Cristo, como podemos leer en los versos finales: 

[...] ¡Oh, éxtasis! ¡Oh, gloria! ¡Oh, gozo!
Cuando Satanás huya de la tierra,
cuando Cristo limpie el pecado, y de la locura
borre su marca indeleble;
pues la vida brotará donde ellos han golpeado,
y el Amor se alzará sobre el yugo,
hasta que todos los hombres contemplen lo que está escrito:
¡el reino de Dios! 

El canibalismo, en «Los caníbales»: otro tema tabú. Las ofrendas a Baal, Saturno devorando a sus hijos, pero acaso el poema no pueda interpretarse de manera literal sino como metáfora, como símbolo de poder y dominación, la universalidad de la violencia maquillados por la cultura y, por supuesto, la Eucaristía cristiana, y, ¿por qué no?: una sociedad, ya entonces, canibalizada.

[…] Estoy crucificado, 
apartado en un solitario ardiente peñasco de acero. 
Torturado, desterrado; y, aun así, aguantaré. 

Así finaliza el poema «Perdurabo» (del latín «Yo perduraré»), y que Crowley, como buen conocer de la Biblia lo toma del Evangelio de San Marcos: «Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo». (Mc 13, 13). «Perdurabo» es un poema breve escrito en 1898 (o 1899) cuando contaba con 23 años y poco después de unirse a la Orden Hermética de la Aurora Dorada y adoptar «Frater Perdurabo» como su lema mágico. El poema supone un autorretrato de tormento interior en el que transforma la agonía personal en una postura espiritual voluntaria: el sufrimiento no es accidental, sino la forja donde se pone a prueba la voluntad, escrito con un lenguaje influido por la poesía decadentista en el que resuenan a su vez ecos de Baudelaire y Swinburne (valga como ejemplo «El jardín de Proserpina»). Aunque es un poema breve, se desenvuelve como una de sus más intensas composiciones y clave en su obra y filosofía personal, una actitud que reaparece a lo largo de su vida: expediciones frustradas al Himalaya, la experimentación extrema con drogas, la humillación pública, la pobreza, la enfermedad... deduciendo ese sufrimiento como prueba de autenticidad espiritual en lugar de dejarse languidecer y caer en la esperable derrota.

Lucifer es uno de los nombres con los que la Biblia nombra al Diablo. En «Himno a Lucifer», en cambio, Crowley presenta al Maligno como «alma del sol», rebelde pero portador de luz y no como la evidente encarnación del Mal. Lucifer es para el poeta símbolo del intelecto, y su caída supone un despertar, puesto que el conocimiento y la libertad surgen de la rebelión, y no de la sumisión.

Son, efectivamente, poemas blasfemos, de la misma forma como fue calificado Las flores del mal, de Charles Baudelaire, siendo condenados sus editores y el propio poeta francés en la sentencia de agosto de 1857 en un tribunal parisino por «un delito de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres», y por contener y difundir «pasajes o expresiones obscenas e inmorales». El aspecto blasfemo de los poemas de Aleister Crowley con el que su traductor ha titulado esta antología se centra, como en el caso de los poemas de Baudelaire, en su satanismo literario y negación religiosa. 

Si en todo autor la filosofía vital y la manera de afrontar la existencia impregnan de forma determinante su obra, en el caso de Crowley esta influencia no sólo alcanza sus cotas más elevadas, sino que adquiere una dimensión nueva y singular como así lo confirman estos Poemas blasfemos, que vienen a subsanar una prolongada carencia editorial y a reivindicar a un creador que fue mucho más que un simple poeta: fue todo cuanto uno ni siquiera pueda imaginar, una figura inabarcable, excesiva y polifacética, difícil de reducir a cualquier definición, y, sin embargo, entre todas sus máscaras y desmesuras, fue también —y de manera esencial— poeta.