miércoles, 15 de julio de 2026

UNA TEORÍA DEL VIAJE

PARTE II

He pasado otra pésima noche, y esta vez no ha sido a causa del cuello, cuyo dolor ha remitido ligeramente. Me desperté a las 4 h y ya apenas pude conciliar el sueño. Ha hecho la misma temperatura que ayer, aunque el cielo hoy presentaba mayor nubosidad. 

Lo he repetido hasta la saciedad en estos diarios: lo único que importa y es vital en un viaje es la elección correcta de los libros que han de acompañarte. En los días previos barajé una docena de títulos, pero finalmente he escogido un libro de poemas del poeta surrealista Robert Desnos, el Manual de estoicismo, del filósofo griego Epicteto (lectura que prácticamente terminé durante el vuelo) y una antología poética del italiano Giovanni Pascoli. En la ciudad de destino se puede adquirir crema solar, un sombrero, ropa (con el riesgo de ir todos iguales y como hechos en serie), unos zapatos, un paraguas... Pero el libro adecuado es radicalmente complicado. Puedes encontrarlo (yo lo he hecho en varios países), pero lo ideal es traerlos desde casa: es como tener de antemano tus pastillas para dormir. Al fin y al cabo, cada viajero va elaborando —de manera consciente o inconsciente, con más o menos insistencia, con un enfoque filosófico, o sin éste— su particular teoría del viaje.  

He tenido asimismo la tentación de dejar que me acompañase La Odisea y leer las frases que ya tengo subrayadas, pero en el último momento lo he vuelto a colocar en su lugar. La Odisea es uno de mis libros favoritos: releerlo e interpretarlo es un modo de vida, más aún cuando uno abandona el lugar seguro que representa el hogar. El viaje de Ulises es mucho más que una travesía por un mar lleno de peligros: es el viaje interior de quien fuera héroe en la guerra de Troya. Hace unos días se estrenó una nueva versión cinematográfica de la obra de Homero dirigida por Christopher Nolan, pero he leído críticas que la tachan de un obsceno enfoque woke, y el movimiento woke y todo lo que éste significa es un mal que atenta contra la cultura occidental: Helena de Troya y Atenea están interpretadas por actrices negras, ¡y nada menos que Aquiles por un actor transexual! Si quiero sumergirme en una interpretación de La Odisea prefiero leer la que hizo Nikos Kazantzakis o la del citado Giovanni Pascoli. Me fastidian este tipo de modas, porque ahora las librerías venderán los libros de Homero como vulgar mercancía (sucedió con El señor de los anillos tras las versiones cinematográficas, novela que yo ya había leído a los doce años), y los comprarán, y la mayoría no los leerá. 


Aprovechando que venía a Ámsterdam, Erik Bindervoet, el escritor, dramaturgo y traductor de, entre otros, James Joyce, me invitó a pasarme por su casa. No me agradan las visitas, ni hacerlas ni que me las hagan (de hecho sé que en la Casa del Traductor están ahora mismo algunos amigos, y otros que viven aquí o en ciudades cercanas, pero no me apetecen los reencuentros). Quizá vaya a cenar con mi amigo lisboeta Adolfo Soares, que casualmente llegó el mismo día que yo, pero al fin y al cabo eso es como estar y encontrarme conmigo mismo. 

Las visitas se traducen en una violentación inaceptable del hábitat natural de la otra parte, pero Bindervoet ha insistido de manera vehemente en vernos. Traigo unos ejemplares del último número de Atonaal, dedicado al primer párrafo de Finnegans Wake de Joyce, en el que Bindervoet participó con una pieza muy bonita que traduje del neerlandés, y que se acerca mucho al tono de la citada novela del escritor irlandés, salpicada de vivencias y recuerdos personales. Quedamos a las 13 h. Vive en una casa en el barrio de De Pijp, justo a las espaldas del hotel en el que el verano pasado me alojé. Es una de las zonas más bonitas y bohemias de la ciudad. Su casa no era tal, sino una biblioteca: libros por todas partes, desde la entrada hasta cualquier sitio imaginable. Me gustó la forma como los libros se habían acomodado en la vivienda. Allá donde mirase, aparecía en el lomo de un libro el nombre de Joyce, retratos de Joyce, referencias a Joyce... Pero se asombró, nada más verme, del tatuaje que llevo en el brazo: Ulysses, en la misma letra que fue publicada la novela en 1922.  


Llevaba conmigo su De intocht van Christus in Amsterdam [La entrada de Cristo en Ámsterdam], una obra satírica escrita conjuntamente por Bindervoet y Robbert-Jan Henkes y que más de treinta años después sigue más fresca y vigente que nunca. La obra es un poema didáctico que auna inteligencia y erudición y funciona como una paráfrasis de los evangelios. A través de un humor ácido y sugerentes ilustraciones, el texto denuncia los abusos, la inacción política y los problemas socioculturales de la capital y de los Países Bajos en general. La primera edición es de 1991; la mía es una segunda edición ilustrada de 2006.

Erik Bindervoet y Robbert-Jan Henkes forman una de las parejas de creadores literarios y traductores más célebres, ingeniosos y respetados de los Países Bajos. Son ya verdaderas leyendas de la literatura en lengua neerlandesa. Comenzaron a colaborar juntos en 1986, especializándose en verter al neerlandés algunas de las obras más complejas, experimentales e intraducibles de la literatura universal, destacando por un enfoque lleno de humor, creatividad lingüística y cultura. Por citar algunas traducciones, han vertido al neerlandés la obra completa del ya citado Joyce, Shakespeare, Karl Kraus, Thomas De Quincey, Arthur Schopenhauer, Andréi Tarkovski o Anatoli Marienhof. Me parece curioso este tipo de colaboradores tan largas y fructíferas... y llegar a soportarse. Yo la mayoría de veces no me soporto ni a mí mismo. Me excusé que tenía que marcharme pues iba a visitar el Rijksmuseum, y me despedí de Erik y de su mujer, que según me confesó es especialista en el poeta irlandés W. B. Yeats. Antes de eso Erik me dedicó su particular visión de la entrada de Cristo en Ámsterdam, al que acompañó con un dibujo.


Cuando salí de la casa me dirigí a un puesto de arenques que había visto antes y me comí un broodje haring con cebolla y pepinillos. De ahí tomé el tranvía hasta el Rijksmuseum, en donde permanecí cuatro horas disfrutando de todas y cada una de las sublimes pinturas de sus salas: ¡qué belleza! Lástima que La ronda de noche de Rembrandt estuviese siendo restaurada, si bien podía contemplarse parcialmente, tanto la pintura como la persona que estaba restaurándola. Esta era la cuarta o quinta vez que visitaba el museo, pero siempre parece que es la primera, y el goce cada vez más intenso. Ocho siglos de pintura occidental, de verdadera cultura europea, desde el siglo XII hasta el XX, con el esplendor del Siglo de Oro neerlandés como eje fundamental del museo: Rembrandt van Rijn, Vermeer, Frans Hals, Jan Steen, Jacob van Ruisdael, Pieter de Hooch, Gerard ter Borch, Gabriel Metsu, Aelbert Cuyp, Paulus Potter, Willem Claesz. Heda, Rachel Ruysch, Judith Leyster, Jan Asselijn, Hendrick Avercamp, Gerard Dou, Ferdinand Bol, Govert Flinck, Jan van Goyen, Vincent van Gogh... 




Al abandonar el museo las nubes cubrían por completo el cielo. Crucé toda la Plaza de los Museos hasta llegar al Concertgebouw, y desde ahí fui callejeando con la intención de pasar por la Casa del Traductor, que ahí seguía, con su número 19 sobre la puerta. Tomé un tranvía y llegué al hotel. 




Hoy he dormido fantásticamente bien, sobre todo teniendo en cuenta mis problemas con el sueño, y aunque me despertaba casi cada hora, por fortuna volvía a dormirme. Si aplico mi propia teoría de la relativización, habrá personas que hayan dormido doce horas y otras que aún no se hayan acostado. 

Me bajé a la terraza del hotel y me tomé un café. El cielo estaba totalmente encapotado y el suelo mojado por la lluvia, lluvia que me ha acompañado, como más o menos intensidad, durante todo el día, con una temperatura similar a la de ayer. En Los paraísos artificiales Baudelaire relata el placer narcótico que de niño sentía al revolcarse entre el cornezuelo del centeno, no en vano es un hongo parásito que contiene alcaloides y que sirvió como base química para sintetizar el LSD. Baudelaire ya apuntaba maneras desde pequeño, y de adulto, nada más despertarse, se preparaba como desayuno un tazón de café solo en el que diluía una gran bola de opio, y en ese estado se ponía a escribir. Por otro lado Goethe guardaba en su escritorio manzanas que dejaba descomponerse, ya que el intenso olor de la fruta podrida estimulaba su creatividad e imaginación mientras escribía.

Llegué en tranvía a Centraal y desde ahí tomé el metro hasta la estación Bijlmer Arena. A continuación me subí a un autobús en dirección al pueblecito de Ouderkerk aan de Amstel, que como su nombre indica se asienta a orillas del río. Nada más apearme del autobús comenzó a llover, mientras caminaba hasta el Portugees-Israëlitische begraafplaats Beth Haim, el Cementerio judeo-portugués de Beth Haim, fundado en 1614. Mientras estuvo en uso el cementerio los cadáveres llegaban a éste en barca por el Bullewijk, afluente del Amstel. En la morgue, que aún se conserva junto al río, lavaban el cadáver y posteriormente le daban sepultura. El pintor Jacob van Ruisdael retrató en dos lienzos este lugar de reposo eterno de la comunidad sefardita que llegó tras la expulsión, a finales del siglo XV, desde la Península Ibérica. 


El Beth Haim (literalmente Casa de la vida) es uno de los cementerios judíos más antiguos del mundo, y se estima que hay más de treinta mil tumbas, pero la gran mayoría han quedado engullidas por las pantanosas tierras del lugar, así que pises donde pises, estás caminando sobre una tumba imperceptible para la vista. Desde la última vez de mi visita el cementerio se encuentra perfectamente cuidado, con la hierba cortada y con indicaciones en algunas tumbas. En aquella época yo también hice una pequeña aportación económica para apoyar su conservación, y por supuesto adquirí un precioso libro con la historia del cementerio que contenía dibujos y fotografías de las tumbas más relevantes. 


La lluvia se detuvo pocos minutos antes de llegar al Beth Haim, pero en cuanto entré comenzó a llover de nuevo, y así estuvo durante toda mi visita (y durante todo el día), que se prolongó durante casi tres horas. Desde los ventanales de las casas próximas al cementerio me observaban con curiosidad algunas personas, y también los cuervos, que volaban de lápida en lápida sin importarle mucho mi presencia.


Bajo un enorme castaño, en el que me resguardé de la lluvia, encontré la tumba de Hanna Debora de Spinoza, la madre del insigne filósofo, y enfrente, a escasos metros de ésta, la de Michael de Spinoza, su padre. Disfrutaba del paseo, la soledad y el silencio bajo la llovizna, cuando di con la lápida del rabino Menasseh Ben Israel (amigo de Rembrandt) y la de Eliezer, un esclavo enterrado con honores en 1629. No pude encontrar la tumba de Branca Dinis, la madre del filósofo Uriel da Costa. Spinoza contaba con ocho años de edad cuando Da Costa se quitó la vida. Sufrió varias excomuniones y una humillación pública degradante, que Spinoza a buen seguro presenció. Da Costa defendió la religión natural frente a la estricta tradición judía, hasta que en 1640 se suicidó. Muchos años después el propio Spinoza también sufrió la expulsión (cherem) de la comunidad sefardita. Da Costa también está enterrado en algún de este cementerio, pero a causa del suicidio en su lápida no se hizo inscripción alguna, siendo devorado por la tierra y por el olvido. 

Tanto Spinoza, de quien he leído sus libros fundamentales así como su famoso volumen de cartas, como Uriel da Costa, son dos de mis filósofos predilectos (al igual que Emil Cioran), fascinándome su obra y también su vida. De hecho en este mismo blog he escrito sobre ellos en más de una ocasión. Este mismo año leí varios libros sobre ambos, como la biografía que de Da Costa ha escrito Marcos Bazmandegan, doctor en Filosofía de la Religión en la Universidad de Braga y especialista en estudios hebreos, y con quien posteriormente he mantenido correspondencia virtual. Esta tarde le envié por correo electrónico algunas imágenes de mi visita. Steven Nadler otro reconocido filósofo, historiador y académico estadounidense de la Universidad de Wisconsin, y el mayor experto en Spinoza, escribió la mejor biografía del filósofo racionalista. Con Nadler también tuve hace muchísimos años contacto vía e-mail, enviándome una lista de los libros que Spinoza tenía en su biblioteca en el momento de su muerte. Una curiosidad: el hotel en el que me hospedo está en la calle Voorburg (Voorburgstraat), y Voorburg es un pueblo en el que Spinoza vivió justo antes de trasladarse a La Haya, en donde murió. 


Tras abandonar el cementerio fui hasta la iglesia católica de san Urbano, y permanecí en la capilla de la Virgen durante unos minutos. A continuación me senté en la orilla del río y me comí el bocadillo que me había preparado a primera hora de la mañana, y regresé en busca del autobús... Pero como al fondo, en plena campiña, divisaba en lontananza un molino, no pude contenerme y caminé media hora hasta el lugar en el que se encontraba, mientras las vacas que descansaban a ambos lados de un canal me ignoraban. 


Regresé de nuevo a Ámsterdam haciendo el recorrido inverso y entré en la Basílica de san Nicolás. Las iglesias me dan paz, y las visito con más interés cuando salgo de España: rezar, pensar, meditar. Dios tiene un propósito para cada uno de nosotros, y hasta que no eres consciente de ello, la vida no tiene ningún sentido. Yo ya sé el mío, pero la mayoría no llegan a saberlo jamás, y el problema es huir o negar el papel que Dios ha diseñado para uno, como en un principio hizo Jonás, cuyo libro es uno de los más enigmáticos de la Biblia y con una estructura narrativa única. El dolor, la desesperación, la incomprensión y todos los obstáculos del camino son parte del aprendizaje, porque Dios está siempre ahí. Lo aprendemos en el Libro de Job o con Epicteto: llega un momento en el que debes detener la vida y escuchar a Dios: interpretarlo como lo haría un traductor con un complejo texto y seguir el plan trazado por Él. Deus vult.


Al salir de la basílica caminé por el Barrio chino en busca de la parada de mi tranvía para regresar al hotel, mientras iba haciendo una ruta por algunas librerías: Athenaeum Boekhandel y Scheltema, y la librería de segunda mano Kok Antiquariaat. Me subí en el tranvía, pero a las pocas paradas decidí bajarme, en concreto en Museumplein (Plaza de los museos), e hice a pie los cinco kilómetros que me separaban de mi hotel al tiempo que del cielo, cada vez más negro, caía una ligerísima e incesante lluvia. 


Por la noche, mientras leía esperando a que llegase el sueño, hice que sonara música de Billie Holiday, Hailey Tuck y Melody Gardot. 


PARTE I

Ámsterdam, julio de 2026

Otra vez aquí. Calculo que en los últimos nueve años habré venido a esta ciudad alrededor de unas cuarenta ocasiones. 

Me prometí que no dejaría constancia de este viaje en mi cuaderno de bitácora (salvo algún apunte absurdo en las hojas de una libreta), pero ha caído la noche y he vaciado la maleta mientras humea una infusión que acabo de prepararme. Los libros que he traído reposan sobre la mesa y en la radio suena el aria «Che fiero momento», de la ópera Orfeo y Eurídice, de Ch. W. Gluck; antes una cantata de J. S. Bach, y renace esa pulsión desbocada de escribir lo que pienso y cuanto siento, en un intento de encauzar todo ello. ¡Miento!: no puedo decir lo que siento ni tampoco lo que pienso. «El poeta es un fingidor», dejó por escrito Fernando Pessoa en uno de sus más hermosos poemas. Escribir me ayuda a exorcizarme, como una sesión de psicoanálisis. Y vuelvo a pensar en Pessoa, ahora en relación a su Libro del desasosiego: «Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir». He vuelto al lugar de un crimen sin resolver que yo no he cometido, como ese aire que agita el asesinato que describió, a su manera, Juan Benet, pero en esta situación más que aire es hedor, y llego como quien acude a presenciar la final de un mundial de fútbol sin entrada. Benet también escribió libros como Volverás a Región y Una tumba. No sé por qué me acuerdo ahora de Benet, pero no hablaré mucho de lo que vine a hacer a esta ciudad y será imposible que suceda, otra vez. 


He plagiado mi propia travesía, cada una de las anteriores, como una sola: aterrizar, esperar el equipaje (hoy, por algún tipo de problema, ha tardado más de una hora en aparecer), coger un tren hasta Centraal, comprar la tarjeta para viajar en el transporte público, acto seguido tomar el tranvía 2, caminar, llegar al hotel y los absurdos trámites, colocar la ropa, volver a caminar, coger de nuevo el tranvía, a continuación el 26: he llegado al lugar en cuestión, he picado el telefonillo, pero nadie ha contestado al otro lado. He escrito una carta sobre una mesa de madera mientras soplaba un viento helado y espeluznante, y la he depositado en el buzón. Deduzco que la carta será interceptada por la STASI, o por algún otro órgano represor, y nunca llegará a las destinatarias. Y me he marchado; todavía hacía más frío que cuando llegué.


De entre todos los animales, la perversidad más genuina es la de los humanos, genuina en sentido peyorativo; por eso han dejado de ser animales, porque no lo merecen: el humano es la verdadera Bestia del Infierno. «Homo homini lupus», la célebre expresión acuñada por el comediógrafo romano Plauto, resume una visión profundamente pesimista de la condición humana: «El hombre es un lobo para el hombre». Con ella retrataba la inclinación del ser humano al egoísmo y a la confrontación. Siglos después, el filósofo inglés Thomas Hobbes recuperó esta idea para describir el estado natural del hombre como una situación de permanente conflicto, una «guerra de todos contra todos», en la que la ausencia de un poder común condena a los hombres a enfrentarse entre sí.

El hotel en el que me hospedo, el West Side Inn Hotel, de la cadena hotelera Best Western, se sitúa en el distrito Nieuw-West, en el barrio de Slotervaart y cerca de Delflandpleinbuurt. En las fotografías el hotel parecía una de esas lúgubres edificaciones soviéticas, pero sólo lo parecía: es de nueva construcción, perfectamente acondicionado, coqueto, la habitación espaciosa, sin olores extraños, pulcro, y servicio de limpieza y cambio de toallas a diario, algo que últimamente se ha convertido en una rareza; aquí los hoteles de tres estrellas, aunque suene a perogrullada, son de tres estrellas, pues me he alojado en hoteles terroríficos. Por suerte éste se ubica en un barrio tranquilo, y afirmo esto porque llegaba con ciertas reticencias y hasta sorpresa, tras leer días antes en un periódico local, que el ayuntamiento y la policía habían catalogado parte del distrito como un «lugar peligroso por el tráfico y consumo de drogas, la mendicidad, amenazas a los vecinos y violencia», sorpresa porque como digo es una buen barrio y no queda lejos de la Casa del Traductor y de la zona de los museos, un lugar elegante de familias de clase alta cuyas casas alcanzan precios desorbitados, pero deduzco que el artículo hacía referencia a la zona que queda más al oeste y sur, justo en donde se construyó hace una década una mastodóntica y horrorosa mezquita. Hasta hace no mucho, y a excepción de algunas zonas muy concretas, toda la ciudad presentaba un aspecto agradable y de absoluta seguridad. Pero todo ha cambiado y corre el riesgo de transformarse en algo aún peor; Europa es una escombrera encaminada a su destrucción total. 

Cada vez soy más cuidadoso a la hora de escoger el alojamiento, porque se corre el riesgo de acabar siendo engañado reservando un hostal que te venden como hotel y encontrarte con la sorpresa de que tienes que convivir una semana entera con algún pirata. Eso sólo me sucedió en una ocasión cuando tuve que cambiar las fechas del vuelo en el último momento y no pude alojarme en el hotel que ya tenía reservado para los siguientes días. Fue una sola noche, con tres chicas españolas: llegué antes que ellas y disimulé dormir hasta que se marcharon a la mañana siguiente. No sabían que yo también era español mientras se preguntaba en voz baja quién sería ese que inmóvil miraba hacia la pared, o si sencillamente estaría muerto. Esto me hace recordar la novela Moby Dick, cuando el protagonista, Ismael, se ve obligado a compartir cama en la taberna The Spouter-Inn en New Bedford con Queequed, un arponero polinesio que llevaba tatuajes hasta en la cara. Después de la experiencia del año pasado en Dublín, cuando reservé un siniestro hotel (o lo que fuese) sin ninguna indagación previa y que se encontraba a más de una hora del centro de la ciudad, soy mucho más precavido, aunque ese sí fue un viaje inolvidable. Me gustan las aventuras, pero en lo que respecta a los hoteles ya no me apetece ser protagonista de ninguna novela decimonónica. Salvo cuando he estado becado por la Casa del Traductor, nunca me he alojado aquí en el mismo hotel. Por otro lado, tengo que confesar que me encanta la vida en los hoteles, tenerlo todo ordenado, a mano; es como dominar un pequeño reino. 

Llegar aquí en estas condiciones no es fácil, y la sensación de haber venido, o no, hubiese sido exactamente la misma: la de una continua desazón. Pero a pesar del desgaste psicológico, he aprendido a vivir en una constante presión y ansiedad, como si estuviese en una campaña militar o esperando en una trinchera a que caiga una granada, que por otro lado me ha hecho mentalmente más fuerte. Me ayuda sentir que domino la ciudad y sus espacios, mi obstinación, el no dejarme vencer, más aún cuando la Justicia me ha abandonado. Si yo hubiese cometido la primera fechoría, no me hubiese dado tiempo a llegar a la segunda: estaría, desde hace tiempo, entre rejas. No puedo hacer mucho más. Aun así, la ciudad y la situación son incapaces de doblegarme.

El poder de la mente es infinito, pero puede fallar. El aislamiento mental y el recogimiento físico son fundamentales: distraer el cerebro y enterrar aquello que es doloroso. Tener el mínimo contacto social y que éste sea controlable es una forma de protegerse. Evito las situaciones absurdas y los problemas artificiales, y también rechazo a quienes me meten en ellos. Relativizar es mi verbo favorito y mi filosofía de cada día: puedes estar mal, pero otros aún están peor, y puede que en una situación irreversible. Todo es relativo, según la óptica con la que se mire. 


Si ayer la máxima fue de 19 °C, hoy ha subido un grado más, aunque el cielo ha permanecido ligeramente cubierto de nubes durante todo el día. Anoche, cuando ya nervioso y desesperado viendo la final de fútbol en la habitación, decidí salir y tomar el fresco justo al final de la primera parte de la prórroga, la temperatura era de 15 °C. Fue el momento en el que unos alemanes cantaron gol y el breve instante de confusión posterior resultó interminable hasta ser consciente de que quien había marcado era España. Fue una alegría, pero el problema en nuestro país no es deportivo, sino sociopolítico (y de corrupción), algo que no debe olvidarse por mucho mundial de fútbol que se haya ganado: la situación sigue siendo la misma. 

Aunque anoche tomé 1 mg de lorazepam, el sueño me llegó tarde, y antes de las 8 h ya estaba en pie, con un dolor de cuello intensísimo que ya venía arrastrando desde hacía días. He pedido que me cambien la almohada con la esperanza de que mañana me levante en mejores condiciones.


Necesitaba salir del hotel rápidamente y estar activo. Tomé un autobús en dirección al barrio Rivierenbuurt, me apeé media hora más tarde y tras caminar unos diez minutos, llegué a mi lugar favorito: el cementerio Zorgvlied, situado a orillas del río Amstel. Sin rastro de turistas, bajo la sombra de los frondosos árboles, caminando casi en la obscuridad y en el silencio más apacible, sin apenas personas y rodeado de muertos. Me propuse volver a buscar mis tumbas predilectas: la del escritor Frans Kellendonk, muerto a causa del SIDA, y autor de, entre otras, de la magnífica novela Mystiek lichaam [Cuerpo místico]; Henri Emile Enthoven, compositor que murió en Nueva York; el músico y pintor Herman Brood, que terminó suicidándose saltando desde la azotea del Hilton Hotel tras ser incapaz de superar su adicción a las drogas. A Brood le gustaba acudir a sus conciertos en un coche fúnebre, y también traduje una treintena de intraducibles poemas suyos al español; la escritora Doeschka Meijsing; el poeta Menno Wigman, a quien traduje en tres ocasiones y mantuve una buena amistad con él hasta su inesperada muerte. La lápida, ya descolorida, presenta los claros síntomas del paso del tiempo; la del mítico cantante de Boney M. Bobby Farrell; la escritora de literatura infantil Annie M.G. Schmidt, que me recuerda, tanto por su obra como por su vida, a Gloria Fuertes; la de Harry Mulisch, uno de los grandes novelistas de la literatura neerlandesa, eterno candidato al Premio Nobel, y con novelas sobre la Segunda Guerra Mundial que son verdaderas obras maestras; la del político liberal Hans van Mierlo; y por último, para la que he empleado más de una hora hasta dar con ella puesto que el nombre era inapreciable, la de Remco Campert, novelista y poeta a quien también vertí al español en aquella loca antología que hice de poesía neerlandesa experimental de los cincuenta. Cuando visito la tumba de Wigman, siempre leo uno de sus poemas, y también me viene a la cabeza que para su poemario póstumo pensé que podría ser una buena idea usar la propia lápida para la portada del libro, algo que no sentó muy bien a la hermana y tuve que pedirle disculpas y el asunto quedó solucionado. Fue una gran idea, sin duda. 


Ya al final de mi visita, mientras caminaba por una de las calles principales del cementerio me encontré con una comitiva fúnebre que seguía a uno de esos raros ataúdes que aquí fabrican: simples, de líneas rectas, la madera pura sin barnizar. Abandoné el cementerio por voluntad propia: me animaron a marcharme porque tras cinco horas danzando entre tumbas, llegó la hora del cierre sin percatarme de ello: «Si no sé quiere marchar puede quedarse: acabo de hacer un buen agujero para mañana», me dijo un trabajador del camposanto esbozando una media sonrisa. Y me marché caminando siguiendo la orilla del viejo Amstel. 


Anduve hasta Europaplein y tomé el metro 52 hasta Rokin. Desde allí caminé hasta la librería De Slegte, en donde permanecí una hora: compré una biografía de Spinoza y las canciones de amor de Gerbrand Bredero (1585-1618), de las que ya tenía un ejemplar, pero esta edición, por su tamaño, me pareció muy bonita. Hablando también de ejemplares que ya tengo, antes de llegar al cementerio me topé con una veintena de libros esperando que algún alma caritativa los salvase de acabar en el vertedero. No me interesaba ninguno, hasta que descubrí Karakter, la novela de Ferdinand Bordewijk (que ya la tenía y la leí en su día), que fue llevada al cine y obtuvo el Óscar por la mejor película de habla no inglesa en 1997. Lo eché a la mochila con sumo placer.  

Tras salir de la librería me dirigí tranquilamente en dirección al hotel, caminando primeramente, luego subido en el tranvía y de nuevo a pie. Al llegar a la habitación el reloj me indicaba que había hecho más de 21 kilómetros. 

Dejé que la tarde diera paso a la noche y que el día muriese sin nada importante que reseñar. 


miércoles, 17 de junio de 2026

TRATADO SENTIMENTAL SOBRE LA CALVICIE

Para mi amigo Adolfo Soares 
y su sacra calva,
a quien no conocí a tiempo 
para evitar su alopecia.

«Calvo era y millonario, 
maestro di color che sanno
Límite del diáfano en. 
¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. 
Si puedes meter 
tus cinco dedos a través suyo, 
es una verja; si no, una puerta. 
Cierra los ojos y ve.»

ULISES, James Joyce (Capítulo 3)

Tenía tan sólo diez años cuando empecé a ver a mi alrededor demasiados alopécicos. La imagen de aquel ingente ejército de calvos comenzó a perturbarme gravemente, como la pesadilla recurrente de una abrasadora noche de verano. Pedí a mis padres que concertaran, por vía de urgencia, una cita con una famosa dermatóloga de la capital que dictaminase mis probabilidades de una futura pelonía. Y et voilà, allí me presenté.

La doctora —me pareció mastodóntica— me invitó a sentarme en un sillón giratorio al que tuve serios problemas para encaramarme. Acercó una enorme lupa —dermatoscopio, supe muchos años después que se llamaba aquel artilugio— que iluminó mi frente y, muy especialmente, la coronilla. Tras medir a ojo de buen cubero el grosor de mi cabello, determinó que aquel pelo no parecía guardar relación alguna con países de larga tradición calvo-erótica.

—Un pelo visigodo, quizá cartaginés; con toda probabilidad fenicio, oriundo de Biblos—detalló en su informe—. Tu pelo seguirá intacto, como mínimo, en los próximos diez años —auguró como una moderna Tiresias con ojos. 

«Aquel hombre, cuya ropa quedaba oculta por la gente que le rodeaba, no tendría más allá de los treinta y cinco años; era calvo y apenas si algún mechón de pelo ralo y gris aparecía en sus sienes. Su frente se veía surcada de incipientes arrugas, pero los ojos hundidos denotaban una juventud extraordinaria, una vida ardorosa y una profunda pasión.»
NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, Victor Hugo 
(«III. Besos para golpes»)

No ayudaba que buena parte de mis directores de cine y escritores favoritos careciesen de pelo: Alfred Hitchcock, Baudelaire, Stanley Kubrick, Tolstói, Otto Preminger, Fiódor Dostoyevski, Roberto Rossellini, Camilo José Cela, Ingmar Bergman, Max Ophüls... Empecé a sentir envidia de trovadores, trapecistas y saltimbanquis de larga cabellera, aunque me interesasen mucho menos que los anteriores. Mientras tanto, la televisión parecía empeñada en emitir exclusivamente películas de Yul Brynner y Telly Savalas; Rafael Alberti, deshilachada melena contra el jorobante viento gaditano, y también Neruda abriendo la puerta al cartero en su casa de Isla Negra, y el cromo de Panini de Ramón María Calderé. 


Poco después de mi visita a la dermatóloga leí un enjundioso artículo que determinaba, con una base científica tan sólida como el acta de defunción rubricada en una servilleta de bar y sin el menor respaldo bibliográfico, que la caída del cabello comenzaba a ser preocupante si al despertar encontrábamos más de cien pelos sobre la almohada. La redondez gráfica de aquel número me hacía pensar en dos diabólicos calvos de testa apepinada observándome desde el más allá. Cada mañana cogía unas pinzas, contabilizaba pacientemente los pelos caídos en el combate nocturno como tocado por alguna filosofía oriental y anotaba el resultado en una libreta que, con el paso de los años, acabaría convirtiéndose en uno de los estudios longitudinales más exhaustivos jamás realizados sobre la caída del cabello:

Lunes: 67. 
Martes: 73. 
Miércoles: 78. 
Jueves: 72. 
Viernes: 80. 
Sábado: 81. 
Domingo: 76... 

Y así, religiosamente, durante varios años. Juro que jamás alcancé el fatídico número, pero aun así no dormía tranquilo, intentando no moverme demasiado. Caí en el insomnio, némesis de Morfeo. (Supongo que ahí radica el origen de mi actual problema para conciliar el sueño.)

El tiempo invertido en aquella titánica labor, más propia del insigne científico Silvestre Tornasol que de un escolar, me impedía peinarme como era debido si no quería llegar tarde a la escuela. Por ello, durante esa época, aparezco en las fotografías con el pelo como las patas retorcidas de un calamar pasado por la freidora. Merecía la pena, y de paso me daba un aire a lo Ezra Pound, que era el summum del pelazo indómito. 

«El calvo estaba ya en la barra cuando entraron. Sobre la madera encerada había dos sombreros y un doble puñado de monedas.» 
MERIDIANO DE SANGRE, Cormac McCarthy

Pero debía dar un paso más.

Acababa de cumplir trece años y di comienzo un auténtico trabajo de campo. Analizaba, en primer lugar, a todos los conocidos habidos y por haber. Sentado en una plaza o recorriendo las calles más recónditas, observaba a cualquier zutano y pensaba inmediatamente en su padre, en el padre de su padre y en el progenitor de éste. Añadía una P si conservaba buena parte del cabello y una C si había sido alcanzado por la calamidad de la calvicie. Cada C se subdividía de manera natural en diversas categorías: entradas laterales, frente despejada, coronilla clareada, desforestación total o modelo mixto. Elaboré incluso gráficos, porcentajes y teorías que hoy harían sonrojarse a cualquier genetista y rozar el Premio Nobel de Protociencias con las yemas de los dedos. 


Tras varios años de observación concluí que los nietos heredaban la carencia de pelo de abuelos paternos, bisabuelos y tatarabuelos, salvo raras excepciones. La línea materna, según mis investigaciones, apenas tenía competencias en materia capilar. Alopécicos casi de cuna y rancio abolengo. Una barba cerrada y poderosa implicaba un riesgo elevado de calvicie; las canas prematuras parecían ofrecer cierta protección frente a la alopecia; tener dos abuelos calvos por ambas líneas resultaba ruinoso y la inversión en peines inútil, y los individuos de pelo rizado gozaban de una especie de inmunidad parcial otorgada por los dioses de la Sagrada Pelambrera... hasta que di con varios especímenes que dieron al traste con esta última teoría.

«Hacia el final del tercer año, papá Goriot redujo aún sus gastos, subiendo al tercer piso y poniéndose a cuarenta y cinco francos de pensión al mes. Prescindió del tabaco, despidió a su peluquero y dejó de ponerse polvos en el pelo. [...] Ante todo, el hermoso pelo rubio y bien rizado de Máximo le hicieron darse cuenta de cuán horrible era el suyo
PAPÁ GORIOT, Honoré de Balzac 
(«I.Una pensión burguesa».)

Recuerdo que algunos conocidos de larga melena, lucida con garbo y chulería veraniega, mostraban, una vez superada la pubertad —aetas gallus pavoninus, la edad del pavo en cristiano—, los más alarmantes síntomas de lopigia. Sus padres y abuelos eran calvos con certificado AENOR, por mucho que se dejasen crecer el pelo. Aquello volvía a reforzar mis convicciones científicas. (Axl Rose también comenzó a perder su matojo de pelo, si bien éste mostró desde siempre una evidente debilidad.)


Posteriormente me dediqué a analizar lo que denominé «Casos Extraños»: individuos que contradecían todas mis teorías y se negaban obstinadamente en encajar en mis estudiados esquemas. Aquellos expedientes ocupaban páginas enteras de anotaciones y daban lugar a las deducciones más extravagantes y surrealistas, sin que ello significase que fueran necesariamente falsas; más bien al contrario. Esa libreta debe de seguir en algún rincón de la casa de mis padres. 

A veces hablaba con algún conocido y profetizaba su futuro capilar, aunque reservaba mis conclusiones para situaciones de extrema necesidad:

—Dentro de ocho años serás tan calvo como tu padre y tu tío, ¡y ni qué decir de tu abuelo! —sentenciaba. Era una amenaza de precisión quirúrgica y por otro lado devastadora en lo que atañe a la autoestima. Tampoco me regodeaba ni en mi virtud ni en su penar. 

He visto cabelleras que vosotros no creeríais, duras como el diamante, graníticas, y sucumbir como lágrimas en la lluvia con los años. Los árbitros de balompié que pitaban un penalti injusto en el minuto noventa, tendían a la calvicie. Los profesores de matemáticas, calvos (por eso detestaba la asignatura). Aquellos músicos que soplaban instrumentos de viento-metal eran más propicios al cruel desarrollo de la alopecia: helicón, tuba (incluyendo aquí la variante wagneriana), trombón (ya fuese de varas o de pistones), fliscorno y trompa. Sólo dos cercanos clarinetistas invirtieron mi teoría. Percutir un bombo, tan peligroso como tocar un cable de alta tensión. Huelga decir que yo tocaba el saxofón por lo que ustedes ya imaginan. 


Con quince años me había convertido, sin discusión posible, en el mayor experto mundial en la materia. Al menos, en mi propia opinión, que era la única que consideraba verdaderamente autorizada. El asunto de la calvicie me permitió realizar incursiones en otros campos del saber con resultados igualmente sorprendentes, aunque esa ya es otra historia. (Valga como ejemplo la fortuna que emergía al rodearse de calvos en asuntos amatorios y en el cortejo femenino, de la misma forma que Emilio Carrere apuntaba similar efecto en su novela La torre de los siete jorobados en lo que respecta a los juegos de azar con los gibosos y chepudos.)

«HARPAGÓN.- Muy mal hecho. Si sois afortunado en el juego, deberíais aprovecharlo y colocar el dinero que ganáis a un interés conveniente, para que un día lo tengáis... Me gustaría saber, por no hablar de los demás, de qué sirve tanto cintajo embutiéndoos de arriba abajo y si no bastan media docena de agujetas para ataros las calzas. ¡Pues ya se necesita emplear el dinero en pelucas, cuando uno puede llevar pelo de su propia cosecha, que no cuesta nada! Apuesto a que lleváis, entre pelucas y cintajos, por lo menos veinte doblones; colocados sólo a un interés de a doce, rentan al año dieciocho libras, seis sueldos y ocho dineros.»
EL AVARO, Molière. (Escena cuarta)

Ya en la universidad, en mi colosal lucha por un mundo sin calvos, y tras años de rigurosa investigación autodidacta, conocía prácticamente todos los complejos vitamínicos destinados al fortalecimiento del cabello: vitamina B, germen de trigo, levadura de cerveza y otros preparados cuyo nombre sonaban a laboratorio farmacéutico o a cervecería bávara. La levadura de cerveza me parecía especialmente prometedora; después de todo, pocos alemanes o checos padecen de lopigia, circunstancia que yo atribuía a la ingesta de levadura de cerveza en estado líquido. 

Por aquella época llegué también a una conclusión revolucionaria: el verdadero enemigo del cabello era el cloro y la cal. Determiné, en base a mis hallazgos con autoridad científica, que el agua corriente constituía una amenaza de primer orden para la supervivencia capilar. Si la cal era capaz de destruir grifos, lavadoras, calentadores y cualquier aparato doméstico que se cruzase en su camino, ¿qué no haría con unos humildes folículos pilosos? A partir de entonces me lavé el pelo exclusivamente con agua embotellada. Había que evitar a toda costa que las raíces quedasen obturadas por residuos calcáreos. Todavía recuerdo la satisfacción con la que vertía aquellas botellas sobre mi cabeza, convencido de estar salvando miles de cabellos de una muerte prematura. Aquel método funcionaba, y también puedo asegurar que mi pelo era el único de toda la facultad hidratado con agua mineral. Aquí otro dato a tener en cuenta que apuntaló, más aún, mi teoría: mi compañero de piso también se vio arrastrado, mientras yo permanecí a su lado, por mis consejos de matasanos del Viejo Oeste, pero pasado el tiempo me encontré casualmente con él y bajo su gorra intuí que una vez separados nuestros caminos había abandonado mi método: su cabeza se había transformado en un desierto lunar. Ni santa parola del asunto. 

CONCLUSIÓN.

Nadie debería quedarse calvo. Turquía, que llegó después con sus clínicas, injertos y paquetes turísticos de tres noches con desayuno completo incluido (y no pertenece a la Unión Europea) no es la solución. La verdadera solución habría consistido en que mis investigaciones hubiesen recibido la financiación adecuada I+D, amén de escribir un sesudo artículo en Science y una entrevista en la BBC que nunca me hicieron. Estoy convencido de que, con un presupuesto razonable y dos o tres becarios, habría resuelto definitivamente el problema a nivel mundial. Aún están a tiempo de evitar la pelonía. No se rindan. Desconfíen del cloro y de la cal. Estudien a sus abuelos. Vigilen la almohada. Y, sobre todo, no se dejen engañar por ciertos escritores que carecen de vello craneal pero no de talento. Hay quienes no tienen un pelo de tontos; yo pasé media vida intentando no tener tampoco un pelo de menos.

Post scriptum.

Reenviar esta pieza escrita a potenciales calvos puede salvar infinitas cabelleras. Los productores de gominas, lacas, peines y cepillos, no merecen la extinción. 

martes, 9 de junio de 2026

ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POEMARIO «PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS» (DIARIO DE ALMERÍA)



ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POEMARIO 
“PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS”.

La obra supone una defensa a ultranza de Europa y su tradición sociocultural desde la poesía.

8 de junio 2026

La librería El Cementerio de Libros Olvidados, situada en la céntrica calle almeriense Plácido Langle, junto a la plaza de San Pedro, ha apostado por los actos culturales, y buena muestra de ello tuvo lugar hace unos días con la presentación del poemario del escritor y traductor Antonio Cruz Porque hoy llegarán los bárbaros, publicado por la editorial madrileña Celesta. 

Antonio Cruz estuvo acompañado por el también poeta José Luis López Bretones, que apuntó que “el poemario tiene un título de evidentes resonancias kavafianas y podría leerse, hasta cierto punto, como una continuación del poemario anterior (Flores enfermas, 2023), en el sentido de que sigue siendo un libro de alguien que busca la redención a través del amor, en medio de un mundo como el actual, decadente, corrupto y que muestra claros signos de agotamiento”.


Añadió que “Antonio Cruz es un poeta eminentemente moral (que no moralista); es decir, bajo los signos y la frecuente aparición de una imaginería romántica y del malditismo, señalando por contraste la nostalgia de una moral fuerte sustentada en convicciones innegociables y en una tradición cultural extensa y fecunda”. 

López Bretones, que realizó un profundo y exhaustivo análisis del libro, explicó que “este es el marco conceptual desde el que creo que han de leerse los poemas de este libro: el de una civilización acosada por los bárbaros que a su vez es una alegoría de un amor acosado por el tiempo y por el pasado, pero que actúa sobre todo como el principio activo de una posible redención moral y existencial”.

En su intervención, Antonio Cruz confirmó que el título del libro está tomado, efectivamente, de un verso del poema "Esperando a los bárbaros", del poeta griego Konstantínos Kaváfis, y que “supone una crítica a la decadencia política y a la parálisis de una sociedad terminal, algo que, por desgracia, nos es demasiado familiar”, un poemario en el que aborda, de manera directa o bien velada, el ocaso de la cultura y la sociedad occidental “con el colapso de los valores éticos y espirituales de un mundo que literalmente se derrumba a nuestros pies, una Europa decrépita, moribunda, en donde asistimos a la caída de la Civilización Occidental y todo lo que ello supone, de la misma forma como antes cayeron otras civilizaciones, algo que no se produce de la noche a la mañana, sino en años y años de declive, negligencia e inacción”, afirmó Antonio Cruz. “Ya sólo esperamos”, continuó, “la destrucción final, y siento decirlo, pero ninguno de nosotros veremos ya lo que alguna vez fue Europa u Occidente”.


El escritor almeriense explicó que con Porque hoy llegarán los bárbaros ha tratado de adoptar el rol de poeta disidente e inconformista denunciando lo que para él supone una decadencia absoluta y “abogando por un regreso a las raíces fundacionales de Occidente, que no son otras que Atenas, Roma y la tradición judeocristiana”.

Antonio Cruz confesó que se siente atraído por el mal, lo perverso, lo macabro, pero el mal como noción creativa en cuanto al tratamiento que de éste hacen el arte, el cine, la filosofía y la teología y, por supuesto, la literatura, “por ello sigo recurriendo a Baudelaire, tanto en calidad de lector, como de poeta, con su concepto de ‘reversibilidad’, ese canal que une el bien y el mal, algo que el escritor francés recibe de E. A. Poe y que entronca con la visión dual y conflictiva de William Blake, pero que tiene su origen mucho siglos antes, en concreto en San Agustín de Hipona y con Santo Tomás de Aquino, que afirmaban que el mal no es una entidad real, sino la carencia o privación del bien”.

Con el fin de fundamentar el sentido filosófico-poético de su poemario por la defensa de la tradición cultural europea, el escritor almeriense mencionó asimismo a poetas e intelectuales como William Wordsworth, T. S. Eliot, Ezra Pound o José María Álvarez, un Antonio Cruz que concluyó su intervención, antes de dar paso a la lectura de alguno de sus poemas, haciendo referencia a la obra Se hace tarde y anochece, del cardenal Robert Sarah. Destacaron la lectura de poemas como "Europa ha muerto", "Zeus encuentra a Dánae", "Templo", "In cold blood" y aquellos que forman la segunda parte del libro (una suerte de postales poéticas de viajes por Italia) con títulos como "Un vacío de luz", "Estación Termini", "Cementerio de Verona" o "Cimitero acattolico", un homenaje, este último, al poeta José María Álvarez.



lunes, 2 de marzo de 2026

«OPIO & PERESTROIKA», UNA ANTOLOGÍA POÉTICA DE DELPHINE LECOMPTE

Delphine Lecompte es una poeta y novelista flamenca, nacida en Gante en 1978. Reside en Brujas y es una prolífica autora que ha publicado hasta la fecha ocho poemarios, varias novelas y libros de relatos, obras que le han valido importantes premios literarios en lengua neerlandesa.

La poesía de Delphine Lecompte se reviste de una naturaleza cruda, introspectiva y provocadora, que a menudo combina ternura y brutalidad a través de imágenes ingeniosas, juegos de palabras y elementos surrealistas y asociativos que mezclan lo mundano con lo fantástico. Su estilo es exuberante, salvaje y barroco, con un tono narrativo que evita cualquier tipo de técnica poética, desembocando en composiciones absurdas, excesivas, perversas.


Polémica y controvertida, su vida personal (la depresión, la difícil relación con sus padres, los internamientos psiquiátricos o sus problemas con el alcohol) le sirve para construir un impresionante cosmos poético tejido por los más bizarros personajes: apicultores incestuosos, atormentados fabricantes de jabón, jardineros pedófilos, balleneros gruñones, malhumorados criadores de galgos, místicos cultivadores de crisantemos, viejos ballesteros o madres inalcanzables, que se dan cita en una suerte de poéticos microrrelatos, protagonistas que forman un nuevo vínculo entre sí, habitando un mundo lleno de ira, locura y surrealismo, pero también de reflexión, enamoramiento y hasta consuelo, que hacen deambular al lector por poemas salvajes y oníricos. 

En palabras de Tom Lanoye, novelista, poeta, guionista y dramaturgo flamenco, Lecompte «debería recibir el Premio Nobel de Literatura dentro de diez años».

ANTONIO CRUZ ROMERO

Opio & Perestroika. Una antología poética, DELPHINE LECOMPTE 
Edición y traducción de Antonio Cruz Romero. 
Fotografía de cubierta: Eva M. Gómez

jueves, 26 de febrero de 2026

NERVAL, VERLAINE, CURIEL, Y LAS MIL MÁSCARAS DE PEDRO J. VIZOSO

Yo también soy palabra.
«La ciudad y la muerte», PEDRO J. VIZOSO


Todo en la vida nos remite a un porqué, y también todo tiene su inevitable génesis. Esta génesis y este porqué nos llevan directamente al París del siglo XIX, aunque sea de manera indirecta y, por supuesto —o quizá no—, virtual; y asimismo a un nombre: Gérard de Nerval, el poeta romántico francés aquejado de graves crisis de locura que terminó ahorcándose en un sucio callejón de París. 

Pero lo que hace realmente famoso a Nerval es su poesía y trasfondo, que por supuesto conocía y en la que tuve la suerte de volver a zambullirme en ella gracias a que casualmente encontré una edición con toda su obra poética completa. Ésta incluía, además de una perfecta y ágil traducción de sus poemas, un minucioso estudio biográfico en una reedición revisada por el propio traductor de aquella que vio la luz en 2019. Y es aquí en donde entran en juego todos esos «porqués» a los que aludía al comienzo de esta pieza y que desembocan en Pedro J. Vizoso.
 

[...] Volverán esos dioses por los que siempre lloras.
El tiempo vuelve al orden de las antiguas horas,
un profético soplo sacude al mundo entero... [...]

«Dafne», G. NERVAL

Pedro José Vizoso (Xinzo de Limia, Orense, 1959): pero ¿de cuál de los Vizoso tendría que hablar aquí? ¿Del Vizoso traductor y especialista en poesía francesa decimonónica (románticos, simbolistas, decadentistas, malditos...)? ¿De quien es profesor de lengua española en la Universidad Hastings College de Nebraska? ¿O acaso de quien escribe relatos de misterio que nos hacen recordar a E. A. Poe? No nos olvidemos, no, de sus estudios sobre el modernismo que recopila en títulos como Galería modernista, una suerte de bestiario de poetas modernistas hispanoamericanos y españoles, o ese libro que ya lo explica todo con su título: Madrid modernista: el espacio urbano madrileño en la literatura bohemia del modernismo español

En la Grecia antigua, la máscara (prósopon, «lo que está delante del rostro»), era un elemento imprescindible en el teatro. Servía para exagerar las emociones, amplificar la voz y representar personajes típicos de la tragedia o la comedia, y jugaba un papel clave en los rituales colectivos vinculados al dios Dioniso. Vizoso es, si se me permite la metáfora, una matrioska de la literatura en su más amplio sentido o, haciendo uso de esa costumbre en la antigua Grecia, una sucesión de máscaras literarias. «Pero también», me avisa una vocecita que se sitúa junto a mi oreja, «de ese poeta de composiciones intimistas y evocadoras que narran una pequeña historia influido por el modernismo»: colecciones de poemas con títulos como Lo real y su sombraCuaderno de bosque o La ventana, libros que ya quedan perdidos en las místicas librerías de lance o en misteriosas páginas de la inconmensurable red. 


Lo real y su sombra es un poemario compuesto por poemas escritos en Caracas entre mayo y noviembre de 1986, e impreso en la legendaria Imprenta Sur (llamada ya en 1993 Dardo), rotativa en la que aparecieron gran parte de los primeros libros de la mayoría de integrantes de la Generación del 27 o la revista Litoral que editaron desde 1926 a 1929 los poetas malagueños Manuel Altolaguirre y Emilio Prados. Entre las «preferencias literarias» que sustentan esta colección de poemas (que incluye caligramas y haikus) como el propio Vizoso admite, nos encontramos a Breton, Eluard, Char y Octavio Paz, así como algunos poetas modernistas hispanoamericanos, y es son estos últimos, junto a escritores menos conocidos (Jules Supervielle, Georges Schehadé, Benito Mieses...), serán quienes en el futuro supongan el cimiento literario tanto para la propia producción literaria de Vizoso como para sus estudios y trabajos críticos posteriores. 



Día a día
voy sacando mi muerte
del bloque de los años,
estatua informe de algún dios terrible
cuya figura ciega
labro con el cincel
del minuto y la hora... [...]

«El patio», P. J. VIZOSO

Ahora me detengo en Profundidad de los libros. El revés de la trama (un subtítulo que ya en sí es una declaración de intenciones), una recopilación de narraciones de muy diverso estilo y variada temática: hay relatos fantásticos, meros apuntes oníricos, piezas posmodernas (o casi psicodélicas), escenas de crudo realismo, fragmentos autobiográficos e incluso falsas reseñas. Es, en conjunto, un volumen extraño que del centenar de piezas que afirma haber escrito su autor, reúne veinticinco en este volumen, lo que sugiere que podrían publicarse otros tomos en el futuro.


Apuntaba anteriormente ese poso literario de unas narraciones que recuerdan a las de Poe y Joyce Carol Oates, pasando por Lovecraft, si bien ese toque de romanticismo visceral y macabro, sello personal del escritor nacido en Boston al albor del siglo XIX, se ve contagiado por el modernismo del que es especialista Vizoso. Nos encontramos todo el imaginario del romanticismo (cementerios, muertos y funerales), sueños, libros y viajes, e incluso con Nerval, elementos que aparecen en títulos como «El viajante», «El alquimista», «Profundidad de los libros» (relato que da título al libro), «El viaje de Clarence» (en donde aparecen los espíritus de todos esos poetas que tanto amamos), «Los muertos», «Un funeral» o «La muerta del motel White Sands», ambos fascinantes y que suponen a la vez un verdadero divertimento.

Quiero hacer a continuación una necesaria parada en Elías David Curiel (1871-1924), un poeta judío-venezolano del modernismo prácticamente desconocido en nuestro país a pesar de compartir idioma. Pero Pedro J. Vizoso nos ha regalado (porque esa es la palabra) dos ediciones muy personales de su obra: Obra poética (2022) y Textos desconocidos (2024). Elías David Curiel fue periodista, docente y poeta maldito, y no abandonó jamás —salvo por un corto viaje a Los Teques y Caracas— Santa Ana de Coro, su ciudad natal, a la que se sentía ligado, como me apunta Vizoso, «por una especie de vínculo cósmico, y en donde se entregó a los paraísos artificiales del éter y el cloral». En la poesía del escritor venezolano nos encontramos referencias al judaísmo, a la cábala y a su herencia sefardí. Curiel se suicidó en 1924 a los 53 años, pero eso sí, ya advierto a románticos e impenitentes buscadores de tesoros encuadernados: no pierdan su precioso tiempo explorando en las librerías de viejo (ni mucho menos de nuevo), porque no hallarán nada salvo estas ediciones de Pedro J. Vizoso.

El alcohol mi mente fosfórica inflama 
en el cadavérico azul de su llama: 
Nephente que infunde narcótico olvido 
o chispazo eléctrico en gas comprimido: 
actos que preside conciencia ilusoria 
y clausura ausencia total de memoria. 
Reacción depresiva de dientes roedores: 
Nerviosos altruismos y absurdos temores.

«Al través de mi vida», E. D. CURIEL



La obra de Pedro J. Vizoso es, como afirmaba anteriormente, una matrioska sin fin, tanto por su propia obra como por sus traducciones, y entre estas cuidadas ediciones nos presenta a poetas franceses casi desconocidos y sorprendentes, como Germain Nouveau (Saber amar: Poemas de amor, devoción y bohemia, 2015), Xavier Forneret (Vapores: ni verso, ni prosa, 2018) o el decadentista Maurice Rollinat (Neurosis, 2025), y por supuesto a escritores conocidos por cualquier amante de la poesía como Paul Verlaine (Celulariamente: Poemas y cartas de la cárcel, 2020) o el ya citado Gérard de Nerval. Hace apenas unos meses dio a conocer dos obras más de Verlaine en Entre Mathilde y Arthur (2025), que contiene los exquisitos poemarios La buena canción y Romanzas sin palabras, que el editor y traductor de estos poemas nos presenta en un solo tomo con acertado criterio, pues ambos trabajos marcaron dos momentos fundamentales y críticos en la vida de Verlaine: por un lado su matrimonio con la bella adolescente Mathilde Mauté, y por otro su escandalosa huida a Londres con un joven amante de la misma edad que su esposa: el poeta Arthur Rimbaud. Difícil escoger un solo poema del poemario Romanzas sin palabras, en donde destacan pasajes de bellísimas descripciones perfectamente trasladadas a nuestro idioma, como las composiciones de las secciones «Birds in the Night», «Acuarelas» o «Paisajes belgas». 

¡Ladrillos, tejas, 
oh los tranquilos
dulces asilos
de las parejas!

¡Lúpulos, vides, 
hojas y flores, 
célebres lides 
de bebedores!

¡Íntimas chozas,
vinos, clamores,
fáciles mozas
de fumadores!

Trenes tardíos, 
rutas distantes...
Vamos errantes
como judíos. 

«Walcourt» («Paisajes belgas»), P. VERLAINE


Este artículo se antoja obsceno en cuanto a la brevedad que ocupa, pues en la extensa obra de Pedro J. Vizoso se citan gran parte de aquellos escritores que han marcado la Historia Universal de la Literatura, tanto por sus influencias a la hora de escribir su propia prosa y sus poemas, como por sus estudios y traducciones, un hombre que no parece de este tiempo sino más bien nacido desde la luz del Renacimiento, aunque sus poetas predilectos deambulen en las más radicales tinieblas, un Vizoso que es un auténtico artesano publicando a poetas misteriosos en este mundo incomprendido y poco valorado que puede llegar a ser la edición literaria, y todo lo hace con una labor minuciosa y silenciosa henchida de luminosidad. 

[...] cada mañana el mundo
acaba de inventarse

«Día que vuelve», P. J. VIZOSO

domingo, 22 de febrero de 2026

«EL LUGAR DE UN EXTRAÑO», DE JOSÉ LUIS LÓPEZ BRETONES

No le pidamos a los labios más tarea que el silencio, o los besos.
«Fidelidad», J. L. LÓPEZ BRETONES


Parece un libro antiguo y lejano por haber sido escrito en otra época, incluso en un siglo ya pasado, pero para el lector sólo es una apariencia, una ilusión salvable; probablemente para el poeta, que hizo uso de un tiempo y ocupó las coordenadas de un lugar para su escritura, esa sensación de distorsión temporal y disociación de la persona sí resulte totalmente real. En mi caso puede que ese sortilegio haya sido anulado por haber leído estos poemas en las dos ciudades en las que fueron escritos: Almería y Granada, y por conocer bien a su autor y su obra.


El lugar de un extraño, del poeta José Luis López Bretones (Almería, 1966), accésit del Premio Adonais, apareció en el año 1999, un año que se nos antoja remoto, y aun así, las composiciones que integran el poemario resultan radicalmente intemporales, una colección de poemas que tomaban forma con el claro propósito de afianzar la poética de un escritor que ya había dado muestras de su singularidad en Una eterna olvidanza (1992) y Ensayo ante un paisaje; era, por tanto, el tercer poemario de López Bretones. El lugar de un extraño, como sucederá en sus posteriores poemarios, y como característica personal de su autor, queda estructurado en cuatro secciones en donde de manera tácita, o acaso involuntaria, el poeta desgrana el significado del título: SITUACIONES, HOMENAJES, LUGAR COMÚN y EXTRAÑEZA.   

Abre la primera sección y el poemario «En un principio», escrito en un tono genesíaco (como la primera palabra de la Biblia, Bereshit, que en hebreo significa literalmente «En el principio»), para que el poeta nos advierta, y hasta denuncie al estilo de un profeta del Antiguo Testamento, que el odio supone establecer cierto pacto u obligación: «Cualquier odio comporta un compromiso: sé cuidadoso con el objeto digno de la infamia, y ofrécele el homenaje justo de tu animadversión [...]».

El libro se reviste claramente de todos los elementos clásicos de la poesía, que en la práctica, como la vida misma, se podrían reducir en la muerte, el paso del tiempo y el amor, como se puede observar en el poema «El regreso es costumbre o terquedad»: «[...] El tiempo está pasando / sobre las oscuras losas del cuarto aquí contiguo»; y con estos cimientos comunes con otros poetas, López Bretones construye su propia historia poética y personal: «Vivimos en lo inevitable. Fundar un cuerpo, otorgarle una vida. [...] Sólo nuestros ojos han viajado: / ellos nos dirán, tal vez, de la experiencia. / Pero, ¿quién nos conmina a caminar?» («Sólo nuestros ojos han viajado»): un camino, el viaje en compañía y darle sentido a ello. 
 
La noche supone igualmente otro elemento esencial en El lugar de un extraño: «[...] He preferido siempre las noches, el persistente tropel de las sombras, que nos aíslan tanto como para desear y conseguir incluso la compañía de quien ya no existe. [...]» («El tiempo de las horas azules»), o «Levantamos la frente junto al mar aquella noche. [...] De noche todo vuelve a recogerse en la mirada. / De noche cobra el tiempo recodos infinitos. [...]» («Vemos el mar entre las noches cálidas»). Las horas nocturnas y también el mar, puesto que la costa mediterránea juega un papel de vital importancia en este libro: «[...] Las olas nos hacían resignarnos con dulzura. Y su rumor era como el silencio demorado con el que, sin saberlo, íbamos abandonando inútilmente nuestros años». («El último sol de las orillas»). 

Apreciarán quienes lean esta pieza, que gran parte de estas composiciones están escritas en prosa (alternándose con un puñado de poemas en verso), predominantes en esta primera parte e influidos por la poesía de Juan Ramón Jiménez, Álvaro Mutis o José Carlos Cataño, y como me confesó López Bretones: «fue como una especie de liberación de ciertas estrecheces del verso».

El poeta transmite en muchos momentos la debilidad, no sólo espiritual, también física: «[...] Pariente de otras lacras interiores / —el odio, la tibieza, el menoscabo—, / la debilidad tiene en el propio cuerpo / su más concreta referencia: / el arco solapado de la boca, / el delicado ardid de la cintura, / la ausencia de señales en la cara». («La debilidad»). Por el contrario también conoce el poder y la fuerza de las palabras: «[...] Vivimos de otra cosa que de palabras solas: debieron ellas, al menos, habernos hecho cumplir una verdad cualquiera, algo que nos hubiese permitido luego hablar con pesadumbre, pero también con la firmeza que la lengua pobremente nos otorga. [...]» («Vivir de las palabras»).

En LUGAR COMÚN, la tercera parte de este poemario que nos ocupa, aparecen elementos que encontraremos muchos años más tarde en Otra vez la poesía (2024): la luz, la lluvia, el paso del tiempo que marca un reloj, los recuerdos y, por supuesto, el lugar, como en «Una muchacha me acompaña»: «[...] Recuerdo su nombre sólo porque recuerdo su aroma: en él se mezclaban cierta cualidad ebria o marítima con una dulce y delgada calidez que permitían encarar a su lado el camino con más confianza, con una serena sensación de certeza que yo nunca había advertido hasta entonces. [...]». La evocación de un momento, de alguien, de un olor en la hora del crepúsculo, y también un deseo de aislarse, de evitar lo banal, lo innecesario, lo que no sirve, aquello que nada aporta, como en «Frecuentábamos fiestas indiferentes»: «[...] Entre el gentío ansioso de las salas buscábamos la repentina mirada del otro. [...] Frecuentábamos fiestas indiferentes. Y al mirarnos entre los resquicios fugaces de aquellos cuerpos asolados, de aquella multitud sombría y deseante, comprendimos al fin de qué árbol podrido se desgajaban las razones». Apartarse de lo trivial y superfluo, de aquello que resulta estéril, y aun así, en el poema subyace una afirmación vital que concede prioridad a las impresiones directas y primarias de la experiencia, antes de que la razón las someta a su engranaje ordenancista. 

Como ya se ha indicado anteriormente, el tiempo articula de manera asombrosa y fehaciente estos poemas, pero no como algo negativo (o al menos no siempre), sino como parte fundamental de una enseñanza y un descubrimiento necesarios para la vida, y así leemos en «Como antes»: «[...] y todos aprendemos, con el tiempo, a estar solos. / Salvo en el recuerdo o en la imaginación: / esos lugares sin tiempo y sin medida / donde es hermoso compartir lo que tenemos». Algo que volvemos a encontrar en «La esperanza de verte me abandona», en cuyas líneas hace alusión al instrumento para medir el tiempo, y que aun así no responde sino a una hermosa metáfora: «[...] mírame acodado en la ventana, oyendo la llegada silenciosa del tiempo a los relojes, [...] Es una noche de verano. Todos tenemos un único verano. [...] Cuántas noches abiertas, cuántas calmadas playas, cuánto olor a sal reciente y rumor apartado de eucaliptos hay en esas palabras de sentido oscuro, pero tan reconocibles como el sabor del agua entre los labios. [...]. // ¿Recuerdas la indecisa tarde en que tumbamos nuestros cuerpos en la arena?». Bajo mi criterio es este un poema redondo y fundamental en su totalidad que recoge toda la esencia de este poemario con la aparición de esas piezas que mueven su mecánica lírica: melancólico y evocador, de ritmo suave y un anunciado final que, haciendo un símil musical, se asemeja a una cadencia plagal hasta que queda resuelto como una sinfonía, resultando cadencialmente perfecto.


Tanto con este, como con cada poemario del poeta almeriense, nos sirve para reconocer todas aquellas influencias de un López Bretones que es un ávido lector y gran conocedor de poesía, y no sólo en lengua española, sino de otros idiomas, siendo coordinador del Aula de Poesía del Ayuntamiento de Almería (así como durante diez años Director del Centro de Arte Museo de Almería). En las páginas de El lugar de un extraño aparecen poetas tan dispares como Wallace Stevens, Eugenio Montale, San Juan de la Cruz, Edmond Jabès, Horacio, Pavese o el crítico y filósofo Jean Baudrillard. 

En «La lluvia y la madera» tenemos la sensación de encontrarnos frente a una fotografía repleta de sonidos e imágenes móviles, pero también de sensaciones e incluso de olores, y hasta del silencio: «La lluvia y la madera: he aquí un sonido coincidente, una respiración confusa y silenciosa, [...] // Cae la lluvia con nosotros. // No, ningún sonido es necesario. Ese era tu nombre. El del agua resbalando diminuta, detenidamente sobre aquellas vigas inclinadas.» La, en aparente, dureza y aspereza de la madera, y el agua, indomable, sutil pero asimismo perniciosa, penetrando por cualquier resquicio, por muy pequeño que éste sea. 

La sección que cierra el poemario, EXTRAÑEZA, está dedicada al poeta granadino Antonio Carvajal, de quien López Bretones editó en 2018 su poesía completa con el título Extravagante Jerarquía (1968-2017), manifestándose de nuevo todos los principios que vertebran su poesía, como en «Todos te hemos conocido»: «Los días y las noches van dejando un lento poso de nieve / sobre todo aquello que una vez llegamos a tocar, / sobre todo aquello que alguna vez / construyó para nosotros un motivo de contento. [...]». Asimismo hacen acto de presencia las estaciones del año y sus elementos, los elementos estacionales que son también quienes marcan la vida del poeta: «Ayer era el verano lento, cargado de calor y de tempranas playas; era también el otoño hospitalario, las fugaces alegrías de diciembre, el viento que anudaba la verde primavera a las ramas sacudidas de los sauces del paseo. [...]». Y en «Después que algo ha sucedido», dedicado a José Hierro, leemos en su cierre: «[...] Así caen las horas sobre una esfera confiada. / Así damos un paso indiferente / y vemos que el camino, de pronto, ha terminado».

Deambulamos por un inicio de verano: «Cielo de julio con tormenta ya inminente» («Oyes gritos»), y el mar sempiterno, el agua y su espuma, el rompeolas, en lo que parece un intento de cerrar heridas, de salvarse del fracaso: «¿De qué ha servido recorrer juntos todo este camino?» («El paseo de madrugada»). El aislamiento y la decisión de abandonarse, y la denuncia del egoísmo, una noche, entre el humo del tabaco y las copas de vino ya vacías: «[...] Quizá en una noche como esa nos dejemos arrastrar por el desbordamiento de una soledad enquistada largamente, por el ansia de apoyarse sobre el cálido sustento de otros labios, por la dulce y confundida floración del egoísmo mutuo. // Pero no hay engaño. Mañana volveréis a ser los mismos.» («No hay engaño»).

Y si El lugar de un extraño (poemas, como nos indica el propio poeta, escritos en Almería y Granada, entre los años 1993 y 1996), se abría con «En un principio», como la primera parada de un viaje iniciático en el que no se conoce el puerto en donde atracará el velero, éste concluye con otro de esos poemas que dan sentido y llenan de grandeza este poemario: «Te he visto llorar», hallando, nuevamente, una prosopopeya entre esa persona de la que habla el poeta, y el mar, que aparece en tantos versos, como una meta, como un lugar, a modo de salvación, o quizá no: «[...] Tan sólo sé esto: / el mar seguirá ocupando su espacio / y tú, confusa o satisfecha, el tuyo. [...] Ríe, ahora que la marea se retira. / Todos estamos perdidos: / muchos seres en pie, muchos atados a tierra».  

Aquí concluye la lectura de este poemario cargado de intimismo y recogimiento, y mi particular interpretación, que encontrará otra diferente en cada lector, y por supuesto podría discrepar con quien es dueño de estas composiciones, de este libro antiguo desde el punto de vista temporal que en ocasiones deja un poso de melancolía y hasta de tristeza, una aventura de hermosas sensaciones que rezuma poesía en cada una de las páginas que quedan dibujadas de versos. En un principio... ya era la poesía.