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martes, 9 de junio de 2026

ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POEMARIO «PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS» (DIARIO DE ALMERÍA)



ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POEMARIO 
“PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS”.

La obra supone una defensa a ultranza de Europa y su tradición sociocultural desde la poesía.

8 de junio 2026

La librería El Cementerio de Libros Olvidados, situada en la céntrica calle almeriense Plácido Langle, junto a la plaza de San Pedro, ha apostado por los actos culturales, y buena muestra de ello tuvo lugar hace unos días con la presentación del poemario del escritor y traductor Antonio Cruz Porque hoy llegarán los bárbaros, publicado por la editorial madrileña Celesta. 

Antonio Cruz estuvo acompañado por el también poeta José Luis López Bretones, que apuntó que “el poemario tiene un título de evidentes resonancias kavafianas y podría leerse, hasta cierto punto, como una continuación del poemario anterior (Flores enfermas, 2023), en el sentido de que sigue siendo un libro de alguien que busca la redención a través del amor, en medio de un mundo como el actual, decadente, corrupto y que muestra claros signos de agotamiento”.


Añadió que “Antonio Cruz es un poeta eminentemente moral (que no moralista); es decir, bajo los signos y la frecuente aparición de una imaginería romántica y del malditismo, señalando por contraste la nostalgia de una moral fuerte sustentada en convicciones innegociables y en una tradición cultural extensa y fecunda”. 

López Bretones, que realizó un profundo y exhaustivo análisis del libro, explicó que “este es el marco conceptual desde el que creo que han de leerse los poemas de este libro: el de una civilización acosada por los bárbaros que a su vez es una alegoría de un amor acosado por el tiempo y por el pasado, pero que actúa sobre todo como el principio activo de una posible redención moral y existencial”.

En su intervención, Antonio Cruz confirmó que el título del libro está tomado, efectivamente, de un verso del poema "Esperando a los bárbaros", del poeta griego Konstantínos Kaváfis, y que “supone una crítica a la decadencia política y a la parálisis de una sociedad terminal, algo que, por desgracia, nos es demasiado familiar”, un poemario en el que aborda, de manera directa o bien velada, el ocaso de la cultura y la sociedad occidental “con el colapso de los valores éticos y espirituales de un mundo que literalmente se derrumba a nuestros pies, una Europa decrépita, moribunda, en donde asistimos a la caída de la Civilización Occidental y todo lo que ello supone, de la misma forma como antes cayeron otras civilizaciones, algo que no se produce de la noche a la mañana, sino en años y años de declive, negligencia e inacción”, afirmó Antonio Cruz. “Ya sólo esperamos”, continuó, “la destrucción final, y siento decirlo, pero ninguno de nosotros veremos ya lo que alguna vez fue Europa u Occidente”.


El escritor almeriense explicó que con Porque hoy llegarán los bárbaros ha tratado de adoptar el rol de poeta disidente e inconformista denunciando lo que para él supone una decadencia absoluta y “abogando por un regreso a las raíces fundacionales de Occidente, que no son otras que Atenas, Roma y la tradición judeocristiana”.

Antonio Cruz confesó que se siente atraído por el mal, lo perverso, lo macabro, pero el mal como noción creativa en cuanto al tratamiento que de éste hacen el arte, el cine, la filosofía y la teología y, por supuesto, la literatura, “por ello sigo recurriendo a Baudelaire, tanto en calidad de lector, como de poeta, con su concepto de ‘reversibilidad’, ese canal que une el bien y el mal, algo que el escritor francés recibe de E. A. Poe y que entronca con la visión dual y conflictiva de William Blake, pero que tiene su origen mucho siglos antes, en concreto en San Agustín de Hipona y con Santo Tomás de Aquino, que afirmaban que el mal no es una entidad real, sino la carencia o privación del bien”.

Con el fin de fundamentar el sentido filosófico-poético de su poemario por la defensa de la tradición cultural europea, el escritor almeriense mencionó asimismo a poetas e intelectuales como William Wordsworth, T. S. Eliot, Ezra Pound o José María Álvarez, un Antonio Cruz que concluyó su intervención, antes de dar paso a la lectura de alguno de sus poemas, haciendo referencia a la obra Se hace tarde y anochece, del cardenal Robert Sarah. Destacaron la lectura de poemas como "Europa ha muerto", "Zeus encuentra a Dánae", "Templo", "In cold blood" y aquellos que forman la segunda parte del libro (una suerte de postales poéticas de viajes por Italia) con títulos como "Un vacío de luz", "Estación Termini", "Cementerio de Verona" o "Cimitero acattolico", un homenaje, este último, al poeta José María Álvarez.



domingo, 1 de febrero de 2026

«POEMAS BLASFEMOS», DE ALEISTER CROWLEY

Aleister Crowley: mago, ocultista, místico, alquimista, poeta, pintor y hasta alpinista en el más amplio sentido de la palabra. Ozzy Osbourne le dedicó un tema que es una obra maestra; su casa, la mansión Boleskine House, a orillas del Lago Ness (Escocia), fue adquirida por Jimmy Page, líder de Led Zeppelin.


Y ahora, gracias a Jesús Isaías Gómez, profesor y traductor (de Jack London, Scott Fitzgerald, Ray Bradbury, Aldous Huxley o George Orwell, entre otros, y especialista en James Joyce y literatura distópica) nos llega Poemas blasfemos (Visor Libros, 2026), una antología poética de acertadísimo título por cuanto Crowley quiso —y consiguió— romper con todo atisbo de tradición, como bien afirma en los versos del breve poema «El poeta» como una suerte de autoepitafio: 

Me mataron por denigrar
la Religión, la Ley y el Matrimonio.
Que mi tumba quede sin nombre 
para que la tierra se trague mis vergüenzas. 

Aleister Crowley (1875-1947) fue un prolífico poeta cuya obra combinaba formas tradicionales con elementos esotéricos poco convencionales, incorporando a su poesía temas místicos y ocultos, recurriendo al simbolismo de diversas tradiciones mitológicas y deudor de la poesía romántica y simbolista de poetas visionarios como P. B. Shelley, W. Blake, Baudelaire o Rimbaud que, asimismo, se siente influido por el decadentismo y por poetas como Algernon Charles Swinburne, en cuyos poemas incluyó temas execrables para su época: necrofilia, sadomasoquismo, homosexualidad, suicidio... 

Nacido como Edward Alexander Crowley el 12 de octubre de 1875 en Royal Leamington Spa, Inglaterra, y fallecido el 1 de diciembre de 1947, Crowley vivió una vida marcada por la excentricidad, la controversia y la búsqueda incesante del conocimiento esotérico. Criado en una familia cristiana fundamentalista, se rebeló ferozmente contra sus enseñanzas tras la prematura muerte de su padre cuando el pequeño Edward Alexander contaba sólo 11 años de edad, canalizando este trágico suceso en un antagonismo de por vida hacia la religión organizada. 

Adoptó el nombre de Aleister en su adolescencia y se autodenominó la «Gran Bestia 666», un apodo que alimentó su notoria reputación, siendo tachado como «el hombre más malvado del mundo». Experto montañero, Crowley participó en expediciones pioneras, incluyendo un intento de ascensión al K2 en 1902, enfrentándose con los miembros de la expedición por sus métodos poco ortodoxos, y años después lideró la conquista al Kanchenjunga que resultó desastrosa. Su viaje ocultista comenzó con la Orden Hermética de la Aurora Dorada en 1898, polemizando con el poeta W. B. Yeats, miembro también de la citada sociedad secreta. Expulsado de la orden, fundó en 1904 su propia religión, Thelema, tras afirmar haber recibido El Libro de la Ley de una entidad sobrenatural llamada Aiwass durante un viaje a Egipto junto a su esposa Rose Kelly. La nueva religión, circunscrita en un libro sagrado en imitación a las grandes religiones, tenía como mandamiento «Hacer tu voluntad será el todo de la Ley», enfatizando en ello la voluntad personal y la liberación. 

La vida de Crowley fue escandalosa, viajó a países lejanos como México, India, China y Estados Unidos, experimentando con drogas como la heroína, la cocaína y la mescalina con fines recreativos y rituales, dejando testimonio de ello en Diario de un drogadicto (1922) o en poemas como «Morfia»: «La morfina es sólo una / chispa de su fuego secular. / Ella es el único sol, / ¡el arquetipo de todo deseo!». En 1918 pasó 40 días en la isla Esopus, en el río Hudson de Nueva York, meditando, pintando y traduciendo el Tao Te Ching de Lao-Tse. De su viaje a Granada, en el verano de 1907, en donde queda fascinado por el flamenco y el cante jondo, recorriendo el Sacromonte y el Albayzín, queda constancia en dos hermosísimos poemas incluidos en la presente antología: «La gitana» y «Una vista de la catedral de Granada desde La Alhambra».

Estableció la Abadía de Thelema en Cefalú (Sicilia), una comuna para el estudio de la magia, pero se disolvió entre rumores de orgías, sacrificios de animales y la muerte de un seguidor, lo que llevó a su expulsión por Mussolini en 1923. Abiertamente bisexual en una época en la que la homosexualidad era ilegal, Crowley mantuvo numerosas relaciones e incorporó la magia sexual a sus rituales, a menudo tanto con hombres como mujeres. 

Hombre erudito, aficionado al ajedrez y crítico social, sus ideas influyeron en figuras como Jimmy Page, David Bowie, The Beatles y movimientos ocultistas modernos. A pesar de sus excesos hedonistas que lo llevaron a la adicción y la pobreza en años posteriores, el legado de Crowley perdura como símbolo de individualismo radical e innovación esotérica.

Aleister Crowley en su intento de coronar el K2 (1902)

Jesús Isaías Gómez nos trae en este año recién nacido la poesía más rebelde y transgresora de Aleister Crowley, poemas blasfemos porque éste «no escribía para adornar la realidad», como afirma su traductor, «sino para deshacerla y rehacerla», una antología de los poemas más representativos de su poesía que tienen algo del lenguaje obscuro de Góngora y también del misticismo de San Juan de la Cruz, «pero vuelto del revés, hacia adentro, hacia el abismo», en palabras de Gómez López. Hagamos la primera parada en «En Kiel», un poema sobrio e introspectivo que muestra a Aleister Crowley en su faceta más desencantada y moderna. Ambientado en un frío puerto del norte, el poema sustituye el éxtasis místico por el vacío. El puerto, los barcos y el mar se observan sin simbolismo, abriendo paso a la revelación pues nada responde al interlocutor. Esta deliberada monotonía señala un momento en el que la voluntad y la fe se suspenden, sin que puedan triunfar. La ausencia de clímax a lo largo de la composición, en la que parece dar fe de un agotamiento espiritual tras la intensidad, es como el silencio que sigue a un ritual, y que concluye de esta guisa:

¿Qué es la Eternidad, si consideramos esta hora 
como todas las lujurias y placeres de la vergüenza? 
Bien dado por perdido está el Cielo a cambio de esta ganancia sin par.

«Misa Negra», largo poema estructurado en 14 pasajes, imita el rito cristiano en comunión con los principios del Thelema pero mancillando sus símbolos en una suerte de profanación henchida de sexo y sadismo que trata de despojar su naturaleza sagrada y la autoridad divina, incuestionable para sus fieles, de la religión organizada. 

Si nos reafirmamos en la importancia de esta edición de Poemas blasfemos, es porque su traductor ha incluido en la antología todos los elementos escandalosos que vertebran la poesía de Crowley, como en «Necrofilia», en donde aparece uno de los temas prohibitivos más inquietantes, revestido de inimaginables dosis de sadismo (que nos hace recordar la literatura del Marqués de Sade y Guillaume Apollinaire), y como en toda su obra con un claro intento de provocación, puesto que confrontar lo prohibido disuelve su poder, y el verdadero objetivo no es el cadáver en sí y su profanación, sino denunciar la rigidez moral victoriana, si bien es cierto que en este caso llevada al extremo más subversivo: «Mis fosas nasales aspiran la lujuria / de la carne putrefacta, de las entrañas desgarradas / de gusanos festivos, como Venus, nacida / de entrañas espumosas como el mar». Nos encontramos, por tanto, con uno de los poemas más brutales y perturbadores de esta antología con un punto de conexión evidente, además de con los escritores ya citados, con la poesía de Charles Baudelaire, remitiéndonos vagamente al poema «La muerte de los amantes», y en especial «Danza macabra», «Una mártir» y «Una carroña», un Baudelaire con el que también comparte el gusto por el vampirismo no sólo en su vertiente mítica, sino también en la terrenal, con poemas como el extenso «La vampira» o «Le vampire», ambos incluidos en estos Poemas blasfemos

«La Rosa y la Cruz» condensa el misticismo del escritor inglés con dos símbolos antagónicos: la rosa, encarnando la belleza espiritual y el amor, y la cruz, como símbolo fundamental cristiano simbolizando el sufrimiento. En la fusión de ambos símbolos subyace la interpretación de que la verdadera realización espiritual requiere abrazar el placer y el dolor en un solo camino que recuerda a los «Proverbios del infierno» de William Blake: «La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría».

La exploración del erotismo extremo se aprecia en muchos versos y poemas de Crowley, incluyendo la magia espiritual enfocada a la parte carnal y la glorificación del amor homosexual, como leemos en «Himno a Pan», deleitándose en los placeres de la carne con imágenes vívidas y sensuales:

¡Ven, oh, ven!
Estoy aturdido 
por la solitaria lujuria del demonio. 
Clava la espada en el yugo irritante, 
devorador de todo, engendrador de todo;
dame la señal del Ojo Abierto, 
y la prenda erecta del espinoso muslo,
y la loca y misteriosa palabra,
¡Oh, Pan! ¡Io Pan!

Hace acto de presencia, nuevamente, la rosa en «Rosa Inferni», otra larga composición en la que la rosa no se nos presenta como pureza celestial, sino como deseo infernal, reivindicando los elementos de la poesía de Crowley: la pasión, la lujuria y la transgresión como fuerzas sagradas, rechazando la idea de que la espiritualidad debe representar la pureza y lo místico, sino la más absoluta obscuridad, y otra vez nos hace pensar en Blake: «Estás enferma, ¡oh rosa! / El gusano invisible, / que vuela, por la noche, / en el aullar del viento».

En los escritos de Crowley se refleja claramente una rebelión contra su estricta educación cristiana. Gustave Flaubert ya publicó en 1874 la obra (en prosa poética) La tentación de San Antonio, y siglos antes, hacia 1501, El Bosco pintó el Tríptico de las Tentaciones de San Antonio, sin olvidar la interpretación que hizo de ésta el pintor alemán Matthias Grünewald, o, sin ir más lejos, el óleo del pintor belga Félicien Rops (conocido por sus pinturas satánicas y eróticas) que ilustra la cubierta de estos Poemas blasfemos, un tema, por tanto, recurrente como inspiración cultural, pero en su poema «La Tentación de San Antonio» Crowley replantea la famosa tentación de manera totalmente diferente, como revelación en lugar de pecado, invirtiendo la narrativa cristiana al tratar las visiones del santo no como corrupción ni fracaso moral sino como forma de autoconocimiento, algo así como sucede en la película de Martin Scorsese La última tentación de Cristo, basada en la novela del escritor griego Nikos Kazantzakis. Crowley cierra así su poema:

[...] ¡Ay, necio, que, jadeando,
te pudres postrado ante el altar de la muerte!
¡Oh, místico éxtasis del crucifijo!
 

Sin embargo, a pesar de renunciar al cristianismo como religión, no rechaza por completo a Dios ni la figura de Cristo (o al menos no tan claramente en un principio), como leemos en «El arcoíris», un poema que apareció en 1898 en el poemario White Stains. La composición en cuestión rebosa de rico simbolismo, en cuyos versos el poeta describe el arcoíris no sólo como un hecho mágico y perfecto de la naturaleza, también como un puente espiritual y existencial entre el sufrimiento y la redención, un espectáculo de belleza y un símbolo de una aspiración mística más profunda en la que reflexiona sobre la limitación y el sufrimiento humano, poniendo el dedo en la llaga al criticar la labor de todo sacerdote al tiempo que invoca lo divino a través de la crucifixión y la resurrección de Cristo, como podemos leer en los versos finales: 

[...] ¡Oh, éxtasis! ¡Oh, gloria! ¡Oh, gozo!
Cuando Satanás huya de la tierra,
cuando Cristo limpie el pecado, y de la locura
borre su marca indeleble;
pues la vida brotará donde ellos han golpeado,
y el Amor se alzará sobre el yugo,
hasta que todos los hombres contemplen lo que está escrito:
¡el reino de Dios! 

El canibalismo, en «Los caníbales»: otro tema tabú. Las ofrendas a Baal, Saturno devorando a sus hijos, pero acaso el poema no pueda interpretarse de manera literal sino como metáfora, como símbolo de poder y dominación, la universalidad de la violencia maquillados por la cultura y, por supuesto, la Eucaristía cristiana, y, ¿por qué no?: una sociedad, ya entonces, canibalizada.

[…] Estoy crucificado, 
apartado en un solitario ardiente peñasco de acero. 
Torturado, desterrado; y, aun así, aguantaré. 

Así finaliza el poema «Perdurabo» (del latín «Yo perduraré»), y que Crowley, como buen conocer de la Biblia lo toma del Evangelio de San Marcos: «Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo». (Mc 13, 13). «Perdurabo» es un poema breve escrito en 1898 (o 1899) cuando contaba con 23 años y poco después de unirse a la Orden Hermética de la Aurora Dorada y adoptar «Frater Perdurabo» como su lema mágico. El poema supone un autorretrato de tormento interior en el que transforma la agonía personal en una postura espiritual voluntaria: el sufrimiento no es accidental, sino la forja donde se pone a prueba la voluntad, escrito con un lenguaje influido por la poesía decadentista en el que resuenan a su vez ecos de Baudelaire y Swinburne (valga como ejemplo «El jardín de Proserpina»). Aunque es un poema breve, se desenvuelve como una de sus más intensas composiciones y clave en su obra y filosofía personal, una actitud que reaparece a lo largo de su vida: expediciones frustradas al Himalaya, la experimentación extrema con drogas, la humillación pública, la pobreza, la enfermedad... deduciendo ese sufrimiento como prueba de autenticidad espiritual en lugar de dejarse languidecer y caer en la esperable derrota.

Lucifer es uno de los nombres con los que la Biblia nombra al Diablo. En «Himno a Lucifer», en cambio, Crowley presenta al Maligno como «alma del sol», rebelde pero portador de luz y no como la evidente encarnación del Mal. Lucifer es para el poeta símbolo del intelecto, y su caída supone un despertar, puesto que el conocimiento y la libertad surgen de la rebelión, y no de la sumisión.

Son, efectivamente, poemas blasfemos, de la misma forma como fue calificado Las flores del mal, de Charles Baudelaire, siendo condenados sus editores y el propio poeta francés en la sentencia de agosto de 1857 en un tribunal parisino por «un delito de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres», y por contener y difundir «pasajes o expresiones obscenas e inmorales». El aspecto blasfemo de los poemas de Aleister Crowley con el que su traductor ha titulado esta antología se centra, como en el caso de los poemas de Baudelaire, en su satanismo literario y negación religiosa. 

Si en todo autor la filosofía vital y la manera de afrontar la existencia impregnan de forma determinante su obra, en el caso de Crowley esta influencia no sólo alcanza sus cotas más elevadas, sino que adquiere una dimensión nueva y singular como así lo confirman estos Poemas blasfemos, que vienen a subsanar una prolongada carencia editorial y a reivindicar a un creador que fue mucho más que un simple poeta: fue todo cuanto uno ni siquiera pueda imaginar, una figura inabarcable, excesiva y polifacética, difícil de reducir a cualquier definición, y, sin embargo, entre todas sus máscaras y desmesuras, fue también —y de manera esencial— poeta.

sábado, 15 de marzo de 2014

BIBLIOFILIA Y CANIBALISMO

Mientras algunos se empeñan en acabar con el libro impreso, profetizando el fin del papel y el dominio –o totalitarismo– de lo que osan llamar "libro" digital, en las últimas semanas he recibido algunos ejemplares para saciar mi enfermedad bibliófila y de paso hacer la puñeta a los primeros.

Algunos creen que el coleccionismo de libros tiene que ser por fuerza una exclusividad de los que poseen grandes cantidades de dinero, y aunque resulta evidente y directamente proporcional que cuanto más dinero mayor exquisitez en los ejemplares, con mucho menos poder adquisitivo se puede cultivar el amor por el libro antiguo en un fascinante microcosmos en el que conviven multimillonarios y modestos bibliófilos, en cuyo último grupo me encuentro.



La oveja negra y demás fábulas (1969) de A. Monterroso, primera edición firmada por su autor.
Yo aprendí –algo, y casi todo lo que sé– de bilbiofilia leyendo los artículos que el escritor Juan Bonilla ha diseminado sobre el tema en diversas revistas, y reconozco que ha sido uno de los que más me ha influido –causante también de que gaste el dinero en ello. En esto del coleccionismo se dice que cada bibliófilo tiene su temática en cuanto a preferencias (literatura infantil, incunables, americana, manuscritos medievales, rarezas...), adquisiciones o filias en general; yo, en cambio –puede que por hacer la contra– no sigo criterio alguno en mi búsqueda, aunque quizá tenga inclinación por el libro raro, y mi modus operandi pueda definirse como la de un bilbliófilo ácrata con inclinación al canibalismo y poseedor de una colección en la que conviven ejemplares tan dispares como la primera edición del poemario de Bolaño (Los perros románticos) con El cementerio marino de Paul Valéry en traducción de Jorge Guillén (edición numerada y nominativa de 300 ejemplares), en regocijo con la primera edición del Larousse Gastronomique o un resumen de los escritos de gourmet del escritor de Los tres mosqueteros: Dumas on food; y todo ello con el Quijote impreso por la viuda de Ibarra en 1787 y el original de La máscara de la muerte roja de Poe aparecido en la famosa revista Graham´s Magazine en 1842, de tan sólo tres páginas amarillentas y desgastadas. Eso sí, debo reconocer que tengo predilección por los elzevieres y plantinos-moretus, lo que en la época eran ejemplares asequibles, ediciones populares cuyas características resultaban claras: precio bajo, pequeño tamaño –el bolsillo de hoy en día– y ausencia de los amplios márgenes tan codiciados por todo bibliófilo; toda una paradoja.


British Ballads (1881) recopiladas por George Barnett Smith
Aparte de la citada predilección por los citados elzevieres y plantinos-moretus, sin una línea clara de coleccionismo porque me fascina (casi) todo, y sin agradarme los facsímiles, me inclino también por las ediciones autografiadas y dedicatorias (Delibes, Cela, Monterroso, L.M. Panero...), así como por aquellas que llevan preciosos grabados o por las primeras ediciones en lengua neerlandesa (Nooteboom, Claus, Slauerhoff, Mulisch, W.F. Hermans, Bordewijk...) y muy especialmente por las rarezas: Diccionario infernal de M. Collin de Plancy; Description De la Ville D'Amsterdam En vers Burlesque de Pierre Le Jolle; un moretus de 1657 sobre el Concilio de Trento; La grande danse macabre des hommes et des femmes edición de 1862 y autor desconocido; una Historia biográfica de los Presidentes de los EE.UU. de Enrique Leopoldo de Verneuill; o el último de ellos, una traducción al neerlandés vertida desde el latín del famoso tratado médico del eminente cirujano holandés (y alcalde de Ámsterdam retratado por Rembrandt en su Lección de anatomía) Geneeskundige Waarnemingen [Observaciones médicas] de Nicolaes Tulp. 


Geneeskundige Waarnemingen (1740) de Nicolaes Tulp
Existen novelas que hablan sobre coleccionismo de libros, como El club Dumas (con más de un fake suelto) de Pérez Reverte o Todas las almas de Javier Marías, y otros como el relato de Sólo para fumadores de Ribeyro en donde su autor –hecho verídico– se ve obligado a vender parte de su deliciosa biblioteca para costearse su adicción al tabaco. En esto de la compra de libros hay muchos aspectos curiosos, como que los americanos son especialistas –a veces con motivo; otras no– en inflar la burbuja bibliófila; o que existen libros recientes en esto del coleccionismo que extrañamente cuestan –que no valen–  más que los de hace cien años, algo incomprensible; que no todo libro antiguo tiene valor bibliófilo; o que a pesar de la crisis mundial, el mercado de la bibliofilia no ha retrocedido ni un ápice, ni entre los grandes depredadores multimillonarios ni entre los pequeños bibliófilos.

Me reconozco como lector bibliófilo, mas en otras ocasiones me sucede justo lo contrario: sólo me interesa el libro como algo material, el papel sobre el que está impreso, su olor, si está en octavo mayor o menor (o en dieciseisavo o quizá en folio), acariciar los nervios del lomo o degustar si está encuadernado en holandesa con puntas o en pasta española... y entonces me siento como un caníbal, deseoso de devorar sus páginas para sentir aún más placer, tal y como sucede en la película de El dragón rojo, en donde el asesino engulle un grabado de William Blake, un impulso descontrolado y enfermizo de poseer un libro, aunque no lo lea jamás, y sueño entonces con el Birds of America de Audubon, con The Bay Psalm Book, con la Biblia de Gutenberg o con el Hypnerotomachia Poliphili de Colonna... y aún me siento más enfermo, un caníbal sangriento y desbocado, asesino en serie que sabe no podrá tenerlos jamás... pero ese estado pasa, por suerte; aunque no siempre resulta sencillo.