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miércoles, 18 de junio de 2025

YO NUNCA QUISE TENER UNA CASA; SÓLO QUERÍA UNA BIBLIOTECA

¿Es posible que la existencia sea nuestro exilio y la nada sea la casa? 
EMIL CIORAN 


Yo nunca quise tener una casa; sólo quería una biblioteca, pero desgraciadamente lo segundo implicaba lo primero. Probablemente tenga unos 6000 libros repartidos, que no significa que sean ni muchos ni pocos: es un simple guarismo. Estimo que resultaría más significativo afirmar que probablemente habré leído (y releído) el 80% de ellos, y aun así es, igualmente, otro número más.


En La Biblioteca de Babel Jorge Luis Borges fantasea con una biblioteca infinita que contiene todos los libros imaginables, generados por todas las combinaciones de letras, lo que lleva a los bibliotecarios a una búsqueda obsesiva de conocimiento y significado, enfrentándose a la desesperación ante la infinitud y la aparente inutilidad de su tarea. El cuento de Borges no es sino una hermosísima metáfora sobre el Universo, el conocimiento humano y por supuesto la búsqueda del sentido de la vida, ergo: un libro puede abrazar toda la Existencia.   


Abdul Kassem Ismael, el gran visir de Persia que vivió en el s. X, poseía una biblioteca de 117.000 libros. A pesar de sus continuos viajes jamás se separó de ellos, por lo que se las ingenió para que éstos fuesen transportados por una caravana de 400 camellos caminando en orden alfabético. Umberto Eco contó por encima los ejemplares de su biblioteca de Milán y le salieron unos 30.000 libros. Pero las bibliotecas no están exentas del desastre, y Plutarco, el magnífico historiador romano, relata que durante la Guerra de Alejandría en el 48 a.C., Julio César ordenó quemar los barcos en el puerto para evitar que cayeran en manos enemigas, pero el fuego se propagó accidentalmente hasta los almacenes cercanos, destruyendo parte de los depósitos de libros de la fastuosa Biblioteca de Alejandría. ¡Maldito seas, Julio César! 


Pero no todo son mastodónticas bibliotecas: el filósofo Emil Cioran (al que sólo puede leerse en momentos de depresión, pues su pesimismo siempre será superior al propio y por tanto sirve de inestimable ayuda) disponía en su diminuta buhardilla de París no más de 300; no le hacían falta más. Esto también es una cifra. Al final los libros se asemejan a una bella mancha de moho que va colonizando pasillos, dormitorios y todo lugar y rincón habido y por haber, quedando exentos, en mi caso, tan sólo los baños. Pero poseer libros también entraña sus riesgos, como el terror cósmico (similar al que nos mostró Lovecraft) a quedarse sin espacio y la imposibilidad de situar a un autor en su materia correspondiente y por exquisito orden alfabético. Pero también se produce esa hormigueante y obsesiva ansiedad por conseguir un libro único, y no poder hacerlo, o el remordimiento (eso sí, sólo en los primeros momentos) de haber adquirido un ejemplar por su desorbitado precio, aunque lo valiese (una primera edición numerada, un elzevier, un moretus, un raro ejemplar con erratas...). Esta bellísima enfermedad se puede acercar a la bibliofilia (como objeto de deseo, más que de lectura) con tendencia a la -itis (del griego inflamación) dando como diagnóstico la bibliotitis, un neologismo de cosecha propia. 


Qué duda cabe que los libros generan graves trastornos y enajenación profunda (que se lo digan a Alonso Quijano, más conocido como Don Quijote, pues «Sin una pizca de locura el lirismo es imposible», Cioran dixit), e incluso ocasionan incomprensión, más aún cuando nos hallamos inmersos en esta pestilente era digital, pero no es menos cierto que éstos son el mejor analgésico y el perfecto ansiolítico que nos acompañan en la más absoluta soledad (de un aeropuerto, en la obscura sala de espera del psiquiatra, en un pulcro tanatorio...) pero es preferible disfrutar los libros en la mejor compañía. El filósofo Ludwig Wittgenstein dejó escrito en su Tractatus Logico-Philosophicus que «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». 

Yo nunca quise tener una casa, sino una biblioteca; una casa es el radical sinónimo de la acotación de los límites.


domingo, 23 de febrero de 2014

EL DE MONTERROSO, EL MICRORRELATO MÁS RETWITTEADO DEL MUNDO

Hace años que vengo profesando una mayor dedicación a la lectura de microrrelatos y relato breve en general. Quizá porque la falta de tiempo me conduce a ello, o puede que sea porque la micronarrativa encarna y posee a la perfección todo lo necesario para disfrutar de una buena lectura y a la vez evocar uno por uno aquellos elementos –que ni mucho menos son exclusivos– de la literatura inconmensurable de interminables libros; aunque probablemente sea por ambas cosas. 

El relato hiperbreve El dinosaurio, de Monterroso junto al dibujo del mismo autor



Con el que más disfruto y mi predilecto por encima de todos es el guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003), narrativa breve que curiosamente me hace ser capaz de enumerar una interminable lista de alabanzas y beneficios para la salud lectora y física. Mucho mérito tuvo Monterroso siendo capaz de sobrevivir fuera de aquel monstruo que fue el boom latinoamericano, ya que el guatemalteco compartía muchas características con los autores más representativos del mismo, pero desde una posición exógena, desde la distancia. A la literatura de Monterroso la conocí en mi primer año universitario gracias a un librito que aún conservo: El eclipse y otros cuentos, editado por Alianza (Cien). Reconozco que masqué aquellas páginas un poco trastocado por la brevedad de sus relatos, en especial el renombrado y archifamoso El dinosaurio, sin creer realmente si aquello  –ese microrrelato– podía ni tan siquiera existir. Bien es cierto que la exquisita literatura de este sublime escritor está llena de referencias a autores clásicos y preñada de una crítica ácida, en ocasiones palpable, en otras latente, y todo recubierto de un fino sentido del humor, de un humor negro y macabro en muchos casos.

Hace ahora un año hablé sobre microliteratura y Monterroso en un artículo que titulé El tweet más perfecto de la (pre)historia, y reconzco que lo redacté harto de oír hablar de tweets y demás expresiones y estilos que las redes sociales han usurpado como si fuese ahora cuando se ha descubierto la brevedad en el texto o la expresión lacónica, reclamando y exigiendo con aquel artículo la paternidad del tweet para el genial guatemalteco. 

Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 21 de diciembre de 1921-Ciudad de México, 7 de febrero de 2003)
El dinosaurio, la citada obra, puesto que es una obra, es todo un fenómeno digno de estudio, y es que resulta extrañamente contradictorio que de tan diminuta composición haya nacido tanta literatura paralela y un número tan exagerado de opiniones, traducida a una decena de idiomas e incluida en otras tantas antologías. Un ejemplo: El dinosaurio anotado, de Lauro Zavala, un asombroso estudio del renombrado relato hiperbreve. Parece meridianamente claro que éste hace referencia al PRI mexicano encarnado en aquel dinosaurio perpetuo y omnipresente, pero si atendemos a su autor, "sus interpretaciones son tan infinitas como el universo mismo". A mí me resulta deliciosa esa relación simbólica tan contrapuesta entre un animal de proporciones gigantescas dentro de una composición tan breve, pero conseguida; pura y delicada paradoja de magistral ejecución. 

De Monterroso, como si hubiese sido inoculado por algún virus, pasé a leer las breves composiciones de Kafka, que también tiene mucho que decir dentro de la micronarrativa, y más tarde a Borges, Max Aub, Ribeyro y últimamente a Fernando Iwasaki. Y de aquellos primeros años universitarios, antes de saber nada de microliteratura, conservo una composición que yo mismo hice a la que curiosamente he recurrido en varias ocasiones, como en esta última, y que comprende su desarrollo, nudo y desenlace en apenas una docena de palabras, pero que entonces no tenía ni la menor idea que aquello podía considerarse un microrrelato.

Afirmó de Monterroso Carlos Fuentes: "lo que a unos nos tomaba cien páginas, a él le tomaba una frase". Sé con total certeza que con el paso de los años la micronarrativa seguirá creciendo y su presencia literaria seguirá ampliándose, teniendo a Augusto Monterroso como su máxima figura y augurando también que el guatemalteco se agigantará tanto como un dinosaurio, pero esta vez uno del Jurásico.