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martes, 13 de enero de 2026

«PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS»

Porque hoy llegarán los bárbaros toma su título de un verso del poema «Esperando a los bárbaros», del poeta griego K. Kaváfis, y con esta declaración de intenciones el poemario aborda de manera general la confrontación con lo desconocido, la inquietud, la duda y la tensa espera de algo, que no se sabe bien qué es, o que será. 

El poemario fluctúa entre el clasicismo, el culturalismo y la cultura pop, presentando un estilo marcado por la influencia de poetas románticos ingleses como S. T. Coleridge, William Wordsworth, Lord Byron o John Keats, cuya pasión por la belleza y lo trascendente resuena en sus versos, así como por lo metafórico e irracional de los simbolistas y malditos franceses Charles Baudelaire, Gérard de Nerval y Arthur Rimbaud, que impregnan los poemas de una atmósfera de misterio y ambigüedad; en muchos pasajes se refleja, al mismo tiempo, la visión dual y conflictiva del mundo formulada por William Blake.

Se aprecia asimismo una evidente fijación por la muerte y el vampirismo, elementos recurrentes en la poesía de Antonio Cruz —acaso como expresión del deseo de trascender los límites de la existencia—, y de una revisión constante de escritores góticos y decadentistas, con un claro énfasis en lo macabro. En este contexto aparecen referencias líricas a Joy Division, Nick Cave, The Doors o Ilegales, y al cine, junto a evocaciones de poetas como Martínez Mesanza, Luis Alberto de Cuenca o Roger Wolfe, sin olvidar a los autores de lengua neerlandesa, cuya literatura Antonio Cruz conoce en profundidad gracias a su labor como traductor.

A través de sus poemas el autor expresa un profundo temor ante la decadencia de la cultura occidental, percibida como un colapso de valores espirituales y éticos, con un tono nostálgico y a la vez profético en el que no falta el recuerdo de las ausencias y la exaltación del amor, incluso desde un punto de vista teológico. 

El poemario, por tanto, aboga por un regreso moral a las raíces fundacionales de Roma, Atenas y la tradición judeocristiana, invocando sus legados de orden, sabiduría y trascendencia como faros de una humanidad al borde del abismo. 

Entre lamentos por un mundo que se desvanece y destellos de esperanza por su redención, Porque hoy llegarán los bárbaros es un canto crudo a la resistencia del espíritu humano frente a la fragilidad social y la caída inminente —o así se desprende de sus poemas— de la civilización occidental en la que cada uno de nosotros es testigo y nada puede hacer por salvarla, ¿o puede que sí?

EDITORIAL CELESTA


Editorial: Editorial Celesta
Páginas: 82 
Fecha de edición: Enero 2026


viernes, 25 de septiembre de 2015

RIMBAUD, EL POETA QUE CAMBIÓ LA POESÍA

A Arthur Rimbaud, a sus cuatro hermanos y a su madre los abandonó su padre, capitán de infantería, cuando el ya poeta contaba con seis años, y afirmo “ya poeta” pues con esa edad  compuso sus primeros versos. Su vida fue una huida constante, una frenética fuga repleta de romántico salvajismo.

 Arthur Rimbaud (1854-1891)

Su trayectoria poética fue casi tan corta como su vida, si bien sus escritos y su leyenda se agigantan hasta tal punto de ser una referencia sublime y un mito entre los poetas. Rimbaud encarna a la perfección el poète maudit más rotundo: pendenciero, consumidor de todo tipo de drogas y sustancias entre las que destaca el opio y el hachís, adorador y borracho de absenta, rebelde, crápula, faltón y macarra, precursor del absentismo escolar, y como no, recordar su escandalosa relación homosexual con otro maldito: Paul Verlaine, que abandonó a su mujer e hijo pequeño para en septiembre de 1872 huir a Londres con el imberbe poeta, que no contaba entonces ni con dieciocho años. El envío de El barco ebrio tuvo la culpa (o no) de que se conociesen. 
 
(...) Iba, sin preocuparme de carga y de equipaje, 
con mi trigo de Flandes y mi algodón inglés.
Cuando al morir mis guías, se acabó el alboroto: 
los Ríos me han llevado, libre, adonde quería.  

En el vaivén ruidoso de la marea airada, 
el invierno pasado, sordo, como los niños, 
corrí. Y las Penínsulas, al largar sus amarras, 
no conocieron nunca zafarrancho mayor. (...)

EL BARCO EBRIO


Entre las muchas anécdotas que sufrieron, se dice que la pareja malvivió en la capital inglesa sobreviviendo gracias al dinero de la madre de Verlaine, puesto que las clases particulares de francés que impartían no daba para mucho, y en esa vida miserable, Rimbaud se las ingenió para pasar los días en las cálidas y acogedoras salas del Museo Británico alejado del frío y humedad del Támesis. La relación acabó, y Verlaine regresó a Bruselas con la esperanza de que su mujer lo perdonase. Rimbaud apareció y aquello acabó como el Rosario de la Aurora: Verlaine borracho disparó en la mano de su antiguo amante. Debemos agradecer a aquella relación que Rimbaud compusiese Una temporada en el infierno, una obra maestra del Simbolismo. El amor ente ambos parece que no se terminó ahí, y años después volvieron a verse en Alemania recordando los buenos tiempos de Londres.

De mis antepasados galos, tengo los ojos azul pálido, el cerebro pobre y la torpeza en la lucha. Me parece que mi vestimenta es tan bárbara como la de ellos. Pero yo no me unto de grasa la cabellera. 
Los galos fueron los desolladores de animales, los quemadores de hierbas más ineptos de su época. Les debo: la idolatría y la afición al sacrilegio; ¡oh! todos los vicios, cólera, lujuria, la lujuria, magnífica; sobre todo, mentira y pereza.

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO


Abandonada la poesía, su huida le llevó a nuevos países: Java, Chipre, Yemen... y diversas profesiones: profesor, soldado, agente de una compañía, contrabandista... De una supuesta artritis en su rodilla derecha pasó a una sinovitis y más tarde a un carcinoma que terminó con la pierna amputada. El 10 de noviembre de 1891, murió en Marsella (Francia) a los 37 años.

(...) ¡Hueste extraña de gritos justicieros 
el cierzo se ha metido en vuestros nidos! 
A orilla de los ríos amarillos, 
por la senda de los viejos calvarios, 
y en el fondo del hoyo y de la fosa, 
dispersaos, uníos. (...)

LOS CUERVOS


Vidas al límite (1995), dirigida por Agnieszka Holland

No es un milagro lo que marca la trayectoria literaria de Arthur Rimbaud, que ya a los seis o siete años escribía prosa y a los diez auténticos poemas, abandonand antes de los diecinueve años su vida literaria. No, no es un milagro que hoy se le recuerde, porque en literatura no existen lo antinatural: Rimbaud poseía un talento fuera de lo común, que no necesitó de más tiempo para demostrar su valía. Era maldito: así nació, así vivó, y murió así. Merci maudit! 

sábado, 25 de enero de 2014

HABEMUS OPIUM: EL DEMONIO CELESTIAL

También es notable que durante todos los años que tomé opio no pillase (como suele decirse) un solo resfriado ni la más leve tos.

Es una de las muchas frases que tengo subrayadas en mi amarillento y desgastado ejemplar de Confesiones de un inglés comedor de opio, de Thomas de Quincey, ya que hacer referencia a las adicciones de los maestros de la literatura quedaría incompleta si no se hablase, aunque fuese de manera superficial, sobre el opio o alguno de sus derivados. Casi sería más sencillo enumerar qué escritores no consumieron opio o algún opiáceo en el siglo XIX que los que sí lo hicieron, relación literaria que queda bien inaugurada con el inglés De Quincey, que comenzó a tomarlo en forma de láudano en 1804 para aliviar ciertos dolores físicos (dolor de muelas) y de cuya sustancia jamás logró –o no quiso– prescindir por completo.


The Truth About Opium Smoking, obra publicada en Londres en 1882
No es casualidad que a la hora de establecer relaciones entre el abuso de sustancias esclavizantes aparezca nuevamente el sempiterno Poe, un consumidor habitual de opio, especialmente del ya citado láudano. Un apasionado del escritor norteamericano, el francés Baudelaire, no fue menos que éste en su habitual consumo, y es que el segundo, sifilítico, trataba de suavizar con el láudano los efectos secundarios del mercurio con el que trataba su regia enfermedad venérea. Y del francés a otros franceses, la pareja Verlaine-Rimbaud (Una temporada en el infierno es un ejemplo de la causa-efecto del opio) que tras hacerse amantes y arrastrados por su escandalosa relación huyeron a Londres con el fin de ahogar sus penas en los fumaderos de opio, a orillas del Támesis.
 
Willem Bilderdijk, abogado y poeta del romanticismo neerlandés, poseía tal grado de dependencia al opio que él mismo se recetaba sus propias recetas (era además hijo de un médico), aunque en lugar de tomar láudano encargaba píldoras revestidas de plata en cuyo interior sólo había opio en su más alta pureza. Pero la adicción del poeta neerlandés acabó en tragedia cuando uno de sus hijos falleció a causa de una sobredosis que él mismo le administró ante la imposibilidad de que el pequeño conciliase el sueño. 

Y sin salir de los Países Bajos, Eduard Douwes Dekker, conocido como Multatuli, comenzó tomando morfina para combatir la tos (de hecho, en la actualidad, es fácil encontrar en las farmacias un opiáceo como la codeína, excelente antitusígeno además de analgésico y sedante que crea similar dependencia que la morfina); a partir de ahí, Multatuli (magistral su obra Max Havelaar) pasó a tomar morfina como sedante y antidepresivo. Y terminando en los Países Bajos con “el más grande de todos los poetas en lengua neerlandesa” (según el escritor W.F. Hermans), Jan Jacob Slauerhoff, influido por Baudelaire y el resto de simbolistas franceses, también fumó opio durante una época, hasta tal punto que existe una enigmática fotografía en las que aparece con indumentaria oriental y tras él una gran pipa de opio. 

Dibujo de Cocteau en su Diario de una desintoxicación
La lista de consumidores puede ser infinita: Dickens, Wilde o Conan Doyle (además de cocaína, como su personaje Sherlock Holmes); pero de todos esos habituales del demonio celestial, uno de ellos resalta por encima del resto, el francés Jean Cocteau, en cuya obra Diario de una desintoxicación relata uno de sus muchos intentos de cura, si bien jamás fue capaz de ello. 

Como apunte, de la gran cantidad de libros, manuales, opúsculos y tratados, me parece acertado apuntar como libro ameno y sustancioso Opium: A Portrait of the Heavenly Demon, de Barbara Hodgson, que aporta gran cantidad de información amén de un interesante apartado en donde da detallada cuenta de otros escritores opiófagos.

Todo lo que se hace en la vida, mismo el amor, se hace en el tren expreso que se dirige hacia la muerte. Fumar opio es abandonar el tren en marcha; es ocuparse de otra cosa que de la vida, de la muerte.

J. Cocteau Diario de una desintoxicación

miércoles, 22 de enero de 2014

LA MUSA VERDE

Vidrio en forma de exigua y delicada botellita, que esconde dentro un genio, verde como el cristal que lo acoge... hada o diablillo a partes iguales. 

He continuado indagando sobre la extraña y atractiva relación entre literatura y alcohol, recordando una excelente antología de textos literarios que incluye poesía, teatro y prosa (diarios, novelas, artículos) de diferentes literatos en los que el común denominador es aquello que el mago y ocultista Aleister Crowley bautizó como la diosa verde; la absenta. El libro, escrito en neerlandés, se titula De gifgroene muze. Absint in de literatuur, (La musa de color verde fluorescente. La absenta en la literatura) editado en 2005 por Uitgeverij Bas & Lubberhuizen en Ámsterdam. Bastantes años antes, un caluroso verano también adquirí allí por vez primera unas botellitas de absenta, que si no recuerdo mal eran de un 68% de graduación alcohólica. El vidrio verdoso que contiene el embriagador líquido se construye formando bellísimas formas para retenerlo, por miedo a que su espíritu se rebele y desee salir.

De gifgroene muze. Absint in de literatuur
La absenta (o ajenjo), amarga bebida alcohólica que arrastra un ligero sabor anisado es junto al láudano –cuya base es el opio y está compuesto principalmente por vino blanco, clavo, azafrán y canela– un elemento mítico enormemente ligado a la literatura y los escritores del siglo XIX.

Alrededor de la absenta confluye todo un halo de misticismo y hasta romanticismo de la que carece cualquier vulgar sustancia actual, una bebida que ha llegado a estar prohibida en varios países, como en Francia. Aquí un artículo divulgativo de interés.

Publicidad de Lucid, actual empresa norteamericana dedicada a la producción de absenta
Resultaría infinita una lista de escritores que fueron consumidores de absenta y alardearon de ello: Wilde, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Strindberg, Artaud, Gide, Cocteau (un genio esclavizado por el opio) o Slauerhoff (el poeta maldito neerlandés). En la tumba de Cortázar, en el cementerio parisino del Montparnasse, sus visitantes suelen colocar una botella de absenta sobre la lápida.

La asociación entre la absenta y los gatos –el escritor argentino era dueño de uno– ha sido una constante desde que comenzó a producirse y publicitarse la bebida espirituosa, probablemente porque el olor a hierbas que desprende la absenta sea enormemente atractivo para estos animales. En alguna ocasión también tendré que escribir lo ligados que han estado estos animales a grandes escritores.   

La antología que cito al comienzo del post comienza con una significativa cita bíblica con la que concluyo:

El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos, y sobre las fuentes de las aguas. Y el nombre de la estrella es Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtieron en ajenjo; y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas.
Apocalipsis, 8, 10-11

sábado, 18 de enero de 2014

BORRACHERAS LITERARIAS Y RESACAS DE MUERTE

El académico Muñoz Molina ha publicado en El País un interesantísmo artículo sobre alcohol y literatura a raíz de la obra de The Trip to Echo Spring: On Writers and Drinking, de Olivia Laing, y que me he tomado la licencia de glosar en este post.

Afirma Molina con razón y rotundidad académica que a Laing le agrada revisar las tortuosas vidas de aquellos cuyos senderos se descarriaron hasta un fin fatal, si bien sus vidas y sus muertes se nos representan exquisitas y lo vigente resulta anodino, lo normal intranscendete, y el malditismo brota como un elemento atrayente y perturbador, como una hemorragia difícil de frenar.

Pocos encarnan tan excepcionalmente al escritor alcohólico como Edgar Allan Poe, el paradigma del sufridor y del delirium tremens que para desgracia suya no fue una pose ni una leyenda urbana sino una cruda realidad, si bien dentro de las sustancias adictivas al escritor norteamericano se le asocia a más de una, mas el alcohol se considera "su sustancia", la que le llevó a una muerte trágica, aunque a dicho ocaso se le considere tremendamente romántico, poético y literario, o todos aquellos adjetivos que se les ocurran... y no lo fuese tanto ni mucho menos.

Tan bien ha representado Poe la figura de escritor esclavizado por el alcohol, que hace unos años llegó a salir en EE.UU. una bellísima edición filatélica (de la que soy poseedor), sello, sobre e ilustración incluida en la que se le asociaba sin tapujos a su dependencia.


No resulta muy difícil citar una docena de escritores esclavizados al menos por el alcohol:
Dylan Thomas («He bebido 18 vasos de whisky, creo que es todo un record», dijo antes de morir), Malcon Lowry (soberbia y enigmática su novela Bajo el volcán, enjalbegada con sus excelsas descripciones y el mezcal), Hemingway (al hispanista Brenan le abrumaba su aplastante y etílica personalidad), Thomas de Quincey (adicto al opio con un precioso tratado sobre éste), Bukowski y Kerouac (ambos de la Generación Beat y consumidores de varias sustancias), Alejandro Dumas (excelente gourmet y bebedor nato que acompañaba su delicado paladar de exquisitos manjares), los malditos politoxicómanos Verlaine, Corbière o Rimbaud, y otros como Baudelaire, Li Po, Capote e incluso Catulo, o nuestros compatriotas Quevedo y Lope de Vega, muy amigos de las tabernas y oscuros tugurios de vino peleón. Dicen algunos estudiosos de la literatura que tanto el interbellum como tras el fin de la II Guerra Mundial fue el periodo en el que proliferaron el mayor número de literatos alcohólicos... y es probable, aunque han existido siempre.

Remata Muñoz Molina al final de su artículo a modo de rotunda moraleja: A nadie se le ocurre hacer romanticismo del cáncer y de la literatura, pero todavía queda por ahí quien asocia la bebida con el talento literario o artístico. Pero al único sitio a donde lleva el viaje del alcohol es al sufrimiento, el deterioro y la ruina.

En 1875, los restos de Poe fueron trasladados a Baltimore, donde descansan junto a los de su esposa Virginia 
Y al final, dijo Poe:  «¡Que Dios ayude a mi pobre alma!».