Mostrando entradas con la etiqueta Pessoa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pessoa. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de agosto de 2025

EL DÍA QUE CONOCIMOS A STEVE AOKI Y PROBÓ UNOS CALLOS PICANTES

Hace unos días estábamos en la terraza de un bar desayunando media tostada de tortilla patria frente a una playa paradisíaca, completamente vacía, cuando observo que no nos quita el ojo de encima un tipo larguirucho, rasgos orientales y de larguísimo pelo lacio. Al poco de estar sentados se dirige a nosotros:

—Pero ¿es que no me conocéis? No me lo puedo creer. ¿De verdad que no? —preguntó sonriendo.  

Y yo, que tengo fama de buen fisonomista, pensé en todas las tiendas de chinos a las que acudo a comprar incienso, en el japonés donde el sushi y en el disidente norcoreano enemigo de Kim Jong-un que vende piezas de segunda mano de KIA (marca de automóviles de Corea del Sur), pero nada. 

—¡Sí, claro! —disimulé, pero el otro, curtido en mil noches y resacas ibicencas, se dio cuenta al instante de mi engañifa y que no tenía ni la más mínima idea de quién era y se puso a hacer eléctricos gestos con ambas manos sobre los platos que había sobre su mesa. 
—Steve Aoki, coño, ¡soy el mismísimo DJ Steve Aoki! —dijo con entusiasmo abriendo los brazos y sin mostrar ningún atisbo de decepción por nuestro grave desconocimiento. Raudo busqué su nombre en internet, por si en realidad fuese algún personaje del programa Humor Amarillo, pero efectivamente era quien nos aseguraba ser. 

Y a pesar de ser asimismo un acreditado melómano, no conocía nada de su música, pero tampoco quise confesarle abiertamente que no me gustaban los pinchadiscos, por lo que seguí haciendo mi papel al tiempo que silbaba lo primero que se me vino a la cabeza cargando la melodía de ritmo discotequero chunga-chunga y ayudándome de los cubiertos y el plato para generar aún más ruido y confusión. El diyey se puso entonces a hablar con el camarero, señaló nuestra mesa, y a los diez minutos éste le trajo una enorme tortilla de patatas hecha con al menos una docena de huevos de gallinas camperas. 


—Pues para desayunar son aún mejor los callos muy muy picantes; no te marches sin probarlos, Steve —ya lleno de confianza me hice el interesante pensando de paso en el poema de Fernando Pessoa—, «tripes», «corns» —le aconsejé recordando las palabras correctas en inglés mientras Aoki abría los ojos como platos occidentales.
Oh, thank you very much, thanks, my friend; it will be the next thing I order to eat —contestó agradecido por la recomendación—. Me habéis caído bien incluso sin que me conozcáis, que os he pillado, 'joputas —dijo guiñando un ojo al tiempo que esbozaba una sonrisa y aparecían unos perfectos dientes de virginal blancor—. Esta noche pincho en el Dreambeach Festival; aquí os lo apunto—, y nos escribe su número de teléfono en una servilleta de típico bar español, de esas que absorber y limpiar poco, pero que tampoco esperes encontrártelas fuera de la península—. ¡Llamadme y entráis conmigo al recinto y así me escucháis darle estopa a los artilugios! —exclamó con un buen trozo de tortilla en la boca y repitiendo los mismos gestos que hizo con las manos cuando se nos presentó. 

Esa misma tarde, antes de la cena, comencé a padecer una fiebre muy alta que durante la noche me sumergió en esa surrealista colección de delirios y pesadillas que suelo sufrir en estos casos, presenciando una legión de guerreros chinos de terracota a mi alrededor saltando enloquecidos sobre la cama, arrancando mi almohada y llevándome en volandas por toda la casa como si estuviese muerto y corpore insepulto mientras escuchaba nítidamente el retumbar diabólico de la música de Steve Aoki a 20 km de distancia. 

Al día siguiente de la actuación de Aoki las crónicas periodísticas explicaban que durante el concierto el disyóquey no paraba de repetir los callos: «los callos, los callos», decía entre canción y canción. 


(8/VIII/2025. Sueño delirante de una noche de verano bajo de los efectos de la fiebre.)

viernes, 10 de enero de 2014

LETRAS DESDE EL MÁS ALLÁ 2/2



Pero a mi parecer aún existe otro cuarto apartado en el que estarían incluidos aquellos escritores cuyas obras resultaron inéditas en vida pero que no se les encuadra en ninguno de los tres grupos anteriormente expuestos del Olimpo Literario del Más Allá (A: escaso éxito en vida; B: rechazo por parte de las editoriales; C: escritores que han obtenido un éxito póstumo), ya en este caso hablamos de escritores consagrados que no fueron rechazados por las editoriales sino que por contra éstas quisieron subsanar su error inicial publicando su obra posteriormente, o bien los escritores no quisieron que se publicase en vida, o bien tras morir éstos la familia ha querido hacer dinero fácil gracias al renombre del autor. En esta lista encontramos a Ernest Hemingway, Tolkien, Julio Cortázar, Bolaño o al genial Pessoa, si bien a este último se le podría buscar hueco en cualquiera de los anteriores apartados o incluso crear uno exclusivo para él. Curiosamente el genio portugués apenas publicó en vida unas trescientas páginas de poemas, que no está mal, pero si se las compara con aquello que tras su muerte se ha publicado, la cantidad es ridícula, y ello no abarca sólo a obras propias, sino toda la literatura que sus trabajos han generado: un hombre de variadas vidas y personalidades.


Dentro de este cuarto apartado –un subapartado à la Groucho Marx: "La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte"– aparecen otros como Mark Twain, que dejaron instrucciones para que alguna de sus obras, en este caso una autobiografía, no se publicase hasta 100 años después de su muerte, siendo editado el primer volumen en noviembre de 2010 tal y como era su deseo. A otro como Canetti también se le puede enmarcar dentro de este subapartado del presente apartado, ya que por sus propias disposiciones testamentarias el resto de su obra no podrá ser conocida ni editada hasta el año 2024.
Otro caso dentro de este subapartado del presente apartado con el que estamos terminando es el de José Saramago, escritor tardío que pocos años antes de su muerte recibió una llamada de la editorial que había rechazado el manuscrito que el escritor portugués había escrito en 1952 –era su segunda novela– cuando contaba con 31 años. Saramago se sintió tan sorprendido como dolido por la falta de respeto con la que fue tratado en su día, pidiendo a sus herederos que Claraboya no se publicase hasta que él muriese, y así sucedió en 2011.

Qué duda cabe que el ser humano siente morbo y excitación por la muerte –evidentemente la ajena y lejana–, que irresistiblemente se siente atraído por la sangre y las vísceras, por las moscas y moscones que pululan sobre los cadáveres. Muy especialmente en occidente se idolatra y venera de manera casi enfermiza a los muertos, y no hay duda que la muerte y por ende sus muertos, venden mucho más que los vivos. Si muchos de estos escritores no hubiesen desaparecido nunca –fantasía improbable–, apenas serían conocidos, y por tanto casi no habrían podido vender sus ejemplares, aunque este no sea el caso de Saramago, que vendió en vida muchísimo, siendo reconocido por el público y por importantes premios, pero tras su óbito, en España las ventas de sus libros aumentaron un 70%, ¡y es que la muerte nos sienta tan bien!, y si no que se lo pregunten a Poe, Kafka, John Kennedy Toole y últimamente a Stieg Larsson, también en el plano económico, ya que su familia (padre y hermano) se han hecho de oro gracias a la trilogía del escritor, valorada en 15 millones de dólares, pero no así su compañera sentimental, que al no tener formalizada su relación le han impedido acceder a los multimillonarios beneficios, pero esto es otra historia, aunque curiosamente también tiene que ver con la muerte; todo tiene que ver con la muerte.


Nerón observa la disección de Agripina. Georges Chastellain, Miroir de Mort, France 1470 (Carpentras, Bibliothèque municipale, ms. 410, fol. 8v.

Las ventas de los trabajos de los muertos se disparan, son líderes de ventas por encima de las de los vivos, como ya sucedió con Michael Jackson. Y en homenaje a Lou Reed que no hace mucho que se fue y al otoño que ya acabó, y al invierno en el que ya nos hallamos, acabo con el eterno Poe: 

Es un visitante –me dije–, que está llamando al portal;
Sólo eso, nada más.