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domingo, 1 de febrero de 2026

«POEMAS BLASFEMOS», DE ALEISTER CROWLEY

Aleister Crowley: mago, ocultista, místico, alquimista, poeta, pintor y hasta alpinista en el más amplio sentido de la palabra. Ozzy Osbourne le dedicó un tema que es una obra maestra; su casa, la mansión Boleskine House, a orillas del Lago Ness (Escocia), fue adquirida por Jimmy Page, líder de Led Zeppelin.


Y ahora, gracias a Jesús Isaías Gómez, profesor y traductor (de Jack London, Scott Fitzgerald, Ray Bradbury, Aldous Huxley o George Orwell, entre otros, y especialista en James Joyce y literatura distópica) nos llega Poemas blasfemos (Visor Libros, 2026), una antología poética de acertadísimo título por cuanto Crowley quiso —y consiguió— romper con todo atisbo de tradición, como bien afirma en los versos del breve poema «El poeta» como una suerte de autoepitafio: 

Me mataron por denigrar
la Religión, la Ley y el Matrimonio.
Que mi tumba quede sin nombre 
para que la tierra se trague mis vergüenzas. 

Aleister Crowley (1875-1947) fue un prolífico poeta cuya obra combinaba formas tradicionales con elementos esotéricos poco convencionales, incorporando a su poesía temas místicos y ocultos, recurriendo al simbolismo de diversas tradiciones mitológicas y deudor de la poesía romántica y simbolista de poetas visionarios como P. B. Shelley, W. Blake, Baudelaire o Rimbaud que, asimismo, se siente influido por el decadentismo y por poetas como Algernon Charles Swinburne, en cuyos poemas incluyó temas execrables para su época: necrofilia, sadomasoquismo, homosexualidad, suicidio... 

Nacido como Edward Alexander Crowley el 12 de octubre de 1875 en Royal Leamington Spa, Inglaterra, y fallecido el 1 de diciembre de 1947, Crowley vivió una vida marcada por la excentricidad, la controversia y la búsqueda incesante del conocimiento esotérico. Criado en una familia cristiana fundamentalista, se rebeló ferozmente contra sus enseñanzas tras la prematura muerte de su padre cuando el pequeño Edward Alexander contaba sólo 11 años de edad, canalizando este trágico suceso en un antagonismo de por vida hacia la religión organizada. 

Adoptó el nombre de Aleister en su adolescencia y se autodenominó la «Gran Bestia 666», un apodo que alimentó su notoria reputación, siendo tachado como «el hombre más malvado del mundo». Experto montañero, Crowley participó en expediciones pioneras, incluyendo un intento de ascensión al K2 en 1902, enfrentándose con los miembros de la expedición por sus métodos poco ortodoxos, y años después lideró la conquista al Kanchenjunga que resultó desastrosa. Su viaje ocultista comenzó con la Orden Hermética de la Aurora Dorada en 1898, polemizando con el poeta W. B. Yeats, miembro también de la citada sociedad secreta. Expulsado de la orden, fundó en 1904 su propia religión, Thelema, tras afirmar haber recibido El Libro de la Ley de una entidad sobrenatural llamada Aiwass durante un viaje a Egipto junto a su esposa Rose Kelly. La nueva religión, circunscrita en un libro sagrado en imitación a las grandes religiones, tenía como mandamiento «Hacer tu voluntad será el todo de la Ley», enfatizando en ello la voluntad personal y la liberación. 

La vida de Crowley fue escandalosa, viajó a países lejanos como México, India, China y Estados Unidos, experimentando con drogas como la heroína, la cocaína y la mescalina con fines recreativos y rituales, dejando testimonio de ello en Diario de un drogadicto (1922) o en poemas como «Morfia»: «La morfina es sólo una / chispa de su fuego secular. / Ella es el único sol, / ¡el arquetipo de todo deseo!». En 1918 pasó 40 días en la isla Esopus, en el río Hudson de Nueva York, meditando, pintando y traduciendo el Tao Te Ching de Lao-Tse. De su viaje a Granada, en el verano de 1907, en donde queda fascinado por el flamenco y el cante jondo, recorriendo el Sacromonte y el Albayzín, queda constancia en dos hermosísimos poemas incluidos en la presente antología: «La gitana» y «Una vista de la catedral de Granada desde La Alhambra».

Estableció la Abadía de Thelema en Cefalú (Sicilia), una comuna para el estudio de la magia, pero se disolvió entre rumores de orgías, sacrificios de animales y la muerte de un seguidor, lo que llevó a su expulsión por Mussolini en 1923. Abiertamente bisexual en una época en la que la homosexualidad era ilegal, Crowley mantuvo numerosas relaciones e incorporó la magia sexual a sus rituales, a menudo tanto con hombres como mujeres. 

Hombre erudito, aficionado al ajedrez y crítico social, sus ideas influyeron en figuras como Jimmy Page, David Bowie, The Beatles y movimientos ocultistas modernos. A pesar de sus excesos hedonistas que lo llevaron a la adicción y la pobreza en años posteriores, el legado de Crowley perdura como símbolo de individualismo radical e innovación esotérica.

Aleister Crowley en su intento de coronar el K2 (1902)

Jesús Isaías Gómez nos trae en este año recién nacido la poesía más rebelde y transgresora de Aleister Crowley, poemas blasfemos porque éste «no escribía para adornar la realidad», como afirma su traductor, «sino para deshacerla y rehacerla», una antología de los poemas más representativos de su poesía que tienen algo del lenguaje obscuro de Góngora y también del misticismo de San Juan de la Cruz, «pero vuelto del revés, hacia adentro, hacia el abismo», en palabras de Gómez López. Hagamos la primera parada en «En Kiel», un poema sobrio e introspectivo que muestra a Aleister Crowley en su faceta más desencantada y moderna. Ambientado en un frío puerto del norte, el poema sustituye el éxtasis místico por el vacío. El puerto, los barcos y el mar se observan sin simbolismo, abriendo paso a la revelación pues nada responde al interlocutor. Esta deliberada monotonía señala un momento en el que la voluntad y la fe se suspenden, sin que puedan triunfar. La ausencia de clímax a lo largo de la composición, en la que parece dar fe de un agotamiento espiritual tras la intensidad, es como el silencio que sigue a un ritual, y que concluye de esta guisa:

¿Qué es la Eternidad, si consideramos esta hora 
como todas las lujurias y placeres de la vergüenza? 
Bien dado por perdido está el Cielo a cambio de esta ganancia sin par.

«Misa Negra», largo poema estructurado en 14 pasajes, imita el rito cristiano en comunión con los principios del Thelema pero mancillando sus símbolos en una suerte de profanación henchida de sexo y sadismo que trata de despojar su naturaleza sagrada y la autoridad divina, incuestionable para sus fieles, de la religión organizada. 

Si nos reafirmamos en la importancia de esta edición de Poemas blasfemos, es porque su traductor ha incluido en la antología todos los elementos escandalosos que vertebran la poesía de Crowley, como en «Necrofilia», en donde aparece uno de los temas prohibitivos más inquietantes, revestido de inimaginables dosis de sadismo (que nos hace recordar la literatura del Marqués de Sade y Guillaume Apollinaire), y como en toda su obra con un claro intento de provocación, puesto que confrontar lo prohibido disuelve su poder, y el verdadero objetivo no es el cadáver en sí y su profanación, sino denunciar la rigidez moral victoriana, si bien es cierto que en este caso llevada al extremo más subversivo: «Mis fosas nasales aspiran la lujuria / de la carne putrefacta, de las entrañas desgarradas / de gusanos festivos, como Venus, nacida / de entrañas espumosas como el mar». Nos encontramos, por tanto, con uno de los poemas más brutales y perturbadores de esta antología con un punto de conexión evidente, además de con los escritores ya citados, con la poesía de Charles Baudelaire, remitiéndonos vagamente al poema «La muerte de los amantes», y en especial «Danza macabra», «Una mártir» y «Una carroña», un Baudelaire con el que también comparte el gusto por el vampirismo no sólo en su vertiente mítica, sino también en la terrenal, con poemas como el extenso «La vampira» o «Le vampire», ambos incluidos en estos Poemas blasfemos

«La Rosa y la Cruz» condensa el misticismo del escritor inglés con dos símbolos antagónicos: la rosa, encarnando la belleza espiritual y el amor, y la cruz, como símbolo fundamental cristiano simbolizando el sufrimiento. En la fusión de ambos símbolos subyace la interpretación de que la verdadera realización espiritual requiere abrazar el placer y el dolor en un solo camino que recuerda a los «Proverbios del infierno» de William Blake: «La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría».

La exploración del erotismo extremo se aprecia en muchos versos y poemas de Crowley, incluyendo la magia espiritual enfocada a la parte carnal y la glorificación del amor homosexual, como leemos en «Himno a Pan», deleitándose en los placeres de la carne con imágenes vívidas y sensuales:

¡Ven, oh, ven!
Estoy aturdido 
por la solitaria lujuria del demonio. 
Clava la espada en el yugo irritante, 
devorador de todo, engendrador de todo;
dame la señal del Ojo Abierto, 
y la prenda erecta del espinoso muslo,
y la loca y misteriosa palabra,
¡Oh, Pan! ¡Io Pan!

Hace acto de presencia, nuevamente, la rosa en «Rosa Inferni», otra larga composición en la que la rosa no se nos presenta como pureza celestial, sino como deseo infernal, reivindicando los elementos de la poesía de Crowley: la pasión, la lujuria y la transgresión como fuerzas sagradas, rechazando la idea de que la espiritualidad debe representar la pureza y lo místico, sino la más absoluta obscuridad, y otra vez nos hace pensar en Blake: «Estás enferma, ¡oh rosa! / El gusano invisible, / que vuela, por la noche, / en el aullar del viento».

En los escritos de Crowley se refleja claramente una rebelión contra su estricta educación cristiana. Gustave Flaubert ya publicó en 1874 la obra (en prosa poética) La tentación de San Antonio, y siglos antes, hacia 1501, El Bosco pintó el Tríptico de las Tentaciones de San Antonio, sin olvidar la interpretación que hizo de ésta el pintor alemán Matthias Grünewald, o, sin ir más lejos, el óleo del pintor belga Félicien Rops (conocido por sus pinturas satánicas y eróticas) que ilustra la cubierta de estos Poemas blasfemos, un tema, por tanto, recurrente como inspiración cultural, pero en su poema «La Tentación de San Antonio» Crowley replantea la famosa tentación de manera totalmente diferente, como revelación en lugar de pecado, invirtiendo la narrativa cristiana al tratar las visiones del santo no como corrupción ni fracaso moral sino como forma de autoconocimiento, algo así como sucede en la película de Martin Scorsese La última tentación de Cristo, basada en la novela del escritor griego Nikos Kazantzakis. Crowley cierra así su poema:

[...] ¡Ay, necio, que, jadeando,
te pudres postrado ante el altar de la muerte!
¡Oh, místico éxtasis del crucifijo!
 

Sin embargo, a pesar de renunciar al cristianismo como religión, no rechaza por completo a Dios ni la figura de Cristo (o al menos no tan claramente en un principio), como leemos en «El arcoíris», un poema que apareció en 1898 en el poemario White Stains. La composición en cuestión rebosa de rico simbolismo, en cuyos versos el poeta describe el arcoíris no sólo como un hecho mágico y perfecto de la naturaleza, también como un puente espiritual y existencial entre el sufrimiento y la redención, un espectáculo de belleza y un símbolo de una aspiración mística más profunda en la que reflexiona sobre la limitación y el sufrimiento humano, poniendo el dedo en la llaga al criticar la labor de todo sacerdote al tiempo que invoca lo divino a través de la crucifixión y la resurrección de Cristo, como podemos leer en los versos finales: 

[...] ¡Oh, éxtasis! ¡Oh, gloria! ¡Oh, gozo!
Cuando Satanás huya de la tierra,
cuando Cristo limpie el pecado, y de la locura
borre su marca indeleble;
pues la vida brotará donde ellos han golpeado,
y el Amor se alzará sobre el yugo,
hasta que todos los hombres contemplen lo que está escrito:
¡el reino de Dios! 

El canibalismo, en «Los caníbales»: otro tema tabú. Las ofrendas a Baal, Saturno devorando a sus hijos, pero acaso el poema no pueda interpretarse de manera literal sino como metáfora, como símbolo de poder y dominación, la universalidad de la violencia maquillados por la cultura y, por supuesto, la Eucaristía cristiana, y, ¿por qué no?: una sociedad, ya entonces, canibalizada.

[…] Estoy crucificado, 
apartado en un solitario ardiente peñasco de acero. 
Torturado, desterrado; y, aun así, aguantaré. 

Así finaliza el poema «Perdurabo» (del latín «Yo perduraré»), y que Crowley, como buen conocer de la Biblia lo toma del Evangelio de San Marcos: «Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo». (Mc 13, 13). «Perdurabo» es un poema breve escrito en 1898 (o 1899) cuando contaba con 23 años y poco después de unirse a la Orden Hermética de la Aurora Dorada y adoptar «Frater Perdurabo» como su lema mágico. El poema supone un autorretrato de tormento interior en el que transforma la agonía personal en una postura espiritual voluntaria: el sufrimiento no es accidental, sino la forja donde se pone a prueba la voluntad, escrito con un lenguaje influido por la poesía decadentista en el que resuenan a su vez ecos de Baudelaire y Swinburne (valga como ejemplo «El jardín de Proserpina»). Aunque es un poema breve, se desenvuelve como una de sus más intensas composiciones y clave en su obra y filosofía personal, una actitud que reaparece a lo largo de su vida: expediciones frustradas al Himalaya, la experimentación extrema con drogas, la humillación pública, la pobreza, la enfermedad... deduciendo ese sufrimiento como prueba de autenticidad espiritual en lugar de dejarse languidecer y caer en la esperable derrota.

Lucifer es uno de los nombres con los que la Biblia nombra al Diablo. En «Himno a Lucifer», en cambio, Crowley presenta al Maligno como «alma del sol», rebelde pero portador de luz y no como la evidente encarnación del Mal. Lucifer es para el poeta símbolo del intelecto, y su caída supone un despertar, puesto que el conocimiento y la libertad surgen de la rebelión, y no de la sumisión.

Son, efectivamente, poemas blasfemos, de la misma forma como fue calificado Las flores del mal, de Charles Baudelaire, siendo condenados sus editores y el propio poeta francés en la sentencia de agosto de 1857 en un tribunal parisino por «un delito de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres», y por contener y difundir «pasajes o expresiones obscenas e inmorales». El aspecto blasfemo de los poemas de Aleister Crowley con el que su traductor ha titulado esta antología se centra, como en el caso de los poemas de Baudelaire, en su satanismo literario y negación religiosa. 

Si en todo autor la filosofía vital y la manera de afrontar la existencia impregnan de forma determinante su obra, en el caso de Crowley esta influencia no sólo alcanza sus cotas más elevadas, sino que adquiere una dimensión nueva y singular como así lo confirman estos Poemas blasfemos, que vienen a subsanar una prolongada carencia editorial y a reivindicar a un creador que fue mucho más que un simple poeta: fue todo cuanto uno ni siquiera pueda imaginar, una figura inabarcable, excesiva y polifacética, difícil de reducir a cualquier definición, y, sin embargo, entre todas sus máscaras y desmesuras, fue también —y de manera esencial— poeta.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

LA ÚLTIMA PUERTA

El periodista y escritor Jeroen Brouwers, nacido en 1940 en Batavia (la India neerlandesa y actual Yakarta) publicó en 1983 un ensayo titulado De laatste deur. Over zelfmoord van schrijvers in het Nederlandstalige gebied (La última puerta. Sobre el suicidio de los escritores en lengua neerlandesa). En la exquisita obra –excelsa rareza sin parangón– Brouwers detalla los suicidios de escritores en lengua neerlandesa, desde Willem van Haren (1710–1768) que lo hizo envenenándose, hasta el flamenco Jan Emiel Daele (1942–1978) que le descerrajó cinco tiros a su mujer y la sexta bala la utilizó para quitarse él mismo la vida.

The Death of Chatterton (1856). Henry Wallis
En las más de quinientas páginas del ensayo, Brouwers traza, expone y desgrana todo cuanto puede decirse acerca del suicidio en la literatura en lengua neerlandesa, con diversos apartados en los que analiza el concepto, los términos (y eufemismos), la psiquiatría con respecto al escritor que se quita la vida, o la relación entre el suicidio y la Biblia, todo un tratado de enorme erudición salpicado de pequeñas biografías y detalles de literatos suicidas: Menno ter Braak (1902–1940), que se inyectó un sedante tras la invasión nazi de los Países Bajos; Frans Babylon (1924–1968), que se quitó la vida ahogándose diecisiete años después de que su hijo Leon también se ahogase fortuitamente; Jan Arends (1925–1974), que se arrojó desde una ventana de su casa, la quinta planta de un edificio; o el poeta y yonqui Jotie T'Hooft (1956–1977) que con veintiún años se quitó la vida con una sobredosis de cocaína (la temática de la poesía de éste último versa sin tapujos sobre la adicción a las drogas, la muerte y el suicidio) y escribió en uno de sus poemas:

El ser humano es una aguja,
buscando una vena. 

Qué duda cabe que el suicidio es la muerte más amarga y desagradable tanto para los familiares y allegados como para el propio suicida. Los factores que llevan a una persona a quitarse la vida son variados y según los especialistas evidentes: abuso de drogas o alcohol, deterioro del estatus social, trastornos de la personalidad, antecedentes familiares... En cierta ocasión leí un artículo en el que un grupo de psiquiatras exponían un estudio acerca de una población española en la que existía un altísimo número de suicidios que afectaba a familias enteras. El detalle que recuerdo bien es que aun siendo un lugar de cazadores y cada familia poseía una escopeta, todos se habían suicidado ahorcándose. Los psiquiatras establecen que todo suicida posee una serie de características como el ya citado abuso de drogas o alcohol, una conducta antisocial, un medio familiar conflictivo, alteración del sueño o una serie de enfermedades como la esquizofrenia, la depresión o el trastorno bipolar que pueden llevar a una persona a quitarse la vida... pero esto, aun siendo cierto y datos fiables, cada caso (en lo que respecta a los escritores) es todo un oscuro mundo. 

En el mundo de la música también ha habido casos de especial transcendencia, como el suicidio del líder de Nirvana Kurt Cobain (por disparo de escopeta) o Ian Curtis (Joy Division), epiléptico, adicto a diversos fármacos y con tendencias suicidas que terminó ahorcándose. Ambos músicos presentaban algunos de los factores suicidas. En Holanda, el músico, pintor y poeta Herman Brood (1946–2001) se arrojó desde la azotea del famoso Hilton Hotel de Ámsterdam (el de John Lennon y Yoko Ono). Brood reunía todos los requisitos habidos y por haber: consumidor de anfetaminas, abuso de alcohol, de speed (dos gramos por día), delirium tremens, depresión, epilepsia... pero fue un genio en todas las facetas que tocó.

Autorretrato. Herman Brood
La lista de escritores suicidas es inmensa, extensísima, y daría para varios tomos repletos de suculentos y a su vez tétricos detalles. Si el primer gran suicida de la historia de la literatura fue Séneca, el honor de ser el "primer moderno" racae en el joven poeta inglés Thomas Chatterton, que con diecisiete años se quitó la vida muy probablemente con una dosis de arsénico, si bien otras teorías apuntan a una sobredosis de opio. Al suicidio de Chatterton inmortalizado en la romántica pintura de Wallis, le siguieron eminentes y legendarios suicidas en una larga lista repleta de detalles escabrosos: Malcolm Lowry, el autor de la enigmática novela Bajo el volcán puso fin a su existencia mezclado alcohol (que siempre lo acompañó) y barbitúricos; Primo Levi nunca superó su estancia en Auschwitz, terminando con su vida al arrojarse por el hueco de las escaleras; Sylvia Plath, esposa del poeta inglés Ted Hughes, se quitó la vida asfixiándose con el gas de la estufa de su casa, si bien antes tuvo la precaución de aislar el dormitorio de sus hijos; el caso de Horacio Quiroga es uno de los más espeluznantes, ya que no sólo se suicidó él (bebiendo cianuro), también su padre se quitó la vida, su padrastro, su mujer y dos de sus hijos; Alejandra Pizarnik lo hizo tras ingerir cincuenta pastillas de seconal sódico (un barbitúrico); Georg Trakl, delicado poeta (y farmacéutico) se suicidó con una sobredosis de cocaína. Von Ficker, un amigo, afirmó de él sin reparo que era bebedor y drogadicto, si bien el hecho que pudo desencadenar su fatal fin pudo deberse al haber participado como médico en la I Guerra Mundial asistiendo sin medicinas a noventa heridos en estado grave; Virginia Woolf, diagnosticada con trastorno bipolar se arrojó al río Ouse tras ponerse el abrigo y llenar los bolsillos de piedras; David Foster Wallace, depresivo, abandonó la fenelzina (su antidepresivo) siguiendo los consejos de su médico, y en un nuevo brote de la depresión terminó ahorcándose... y la lista es interminable, y no cesará de engordarse. El que desee leer a poetas suicidas, todos bien recogiditos en un libro, puede deleitarse con uno antologado por José Luis Gallero que a mí me entusiasmo en su día: Antología de poetas suicidas (1770–1985).

Antología de poetas suicidas (1770–1985). Ed. José Luis Gallero
Existe una extraña atracción entre el escritor suicida y el lector –al menos en mi caso. Pensar en cómo alguien que es capaz de escribir páginas tan sublimes, un creador sin límites, llegado un momento ponen fin a su existencia; es una atracción similar a la que se desarrolla entre el escritor demente (pero lúcido en su arte compositivo), el maldito y aquel que recorre las páginas de una de sus obras. El ser humano es así de imprevisible y extraño... tanto, que es capaz de quitarse él mismo la vida. 

Agonizar es un arte, como todas las cosas importantes.
Sylvia Plath (1932–1963)   

No quiero ir nada más que hasta el fondo.
Alejandra Pizarnik (1936–1972)


sábado, 25 de enero de 2014

HABEMUS OPIUM: EL DEMONIO CELESTIAL

También es notable que durante todos los años que tomé opio no pillase (como suele decirse) un solo resfriado ni la más leve tos.

Es una de las muchas frases que tengo subrayadas en mi amarillento y desgastado ejemplar de Confesiones de un inglés comedor de opio, de Thomas de Quincey, ya que hacer referencia a las adicciones de los maestros de la literatura quedaría incompleta si no se hablase, aunque fuese de manera superficial, sobre el opio o alguno de sus derivados. Casi sería más sencillo enumerar qué escritores no consumieron opio o algún opiáceo en el siglo XIX que los que sí lo hicieron, relación literaria que queda bien inaugurada con el inglés De Quincey, que comenzó a tomarlo en forma de láudano en 1804 para aliviar ciertos dolores físicos (dolor de muelas) y de cuya sustancia jamás logró –o no quiso– prescindir por completo.


The Truth About Opium Smoking, obra publicada en Londres en 1882
No es casualidad que a la hora de establecer relaciones entre el abuso de sustancias esclavizantes aparezca nuevamente el sempiterno Poe, un consumidor habitual de opio, especialmente del ya citado láudano. Un apasionado del escritor norteamericano, el francés Baudelaire, no fue menos que éste en su habitual consumo, y es que el segundo, sifilítico, trataba de suavizar con el láudano los efectos secundarios del mercurio con el que trataba su regia enfermedad venérea. Y del francés a otros franceses, la pareja Verlaine-Rimbaud (Una temporada en el infierno es un ejemplo de la causa-efecto del opio) que tras hacerse amantes y arrastrados por su escandalosa relación huyeron a Londres con el fin de ahogar sus penas en los fumaderos de opio, a orillas del Támesis.
 
Willem Bilderdijk, abogado y poeta del romanticismo neerlandés, poseía tal grado de dependencia al opio que él mismo se recetaba sus propias recetas (era además hijo de un médico), aunque en lugar de tomar láudano encargaba píldoras revestidas de plata en cuyo interior sólo había opio en su más alta pureza. Pero la adicción del poeta neerlandés acabó en tragedia cuando uno de sus hijos falleció a causa de una sobredosis que él mismo le administró ante la imposibilidad de que el pequeño conciliase el sueño. 

Y sin salir de los Países Bajos, Eduard Douwes Dekker, conocido como Multatuli, comenzó tomando morfina para combatir la tos (de hecho, en la actualidad, es fácil encontrar en las farmacias un opiáceo como la codeína, excelente antitusígeno además de analgésico y sedante que crea similar dependencia que la morfina); a partir de ahí, Multatuli (magistral su obra Max Havelaar) pasó a tomar morfina como sedante y antidepresivo. Y terminando en los Países Bajos con “el más grande de todos los poetas en lengua neerlandesa” (según el escritor W.F. Hermans), Jan Jacob Slauerhoff, influido por Baudelaire y el resto de simbolistas franceses, también fumó opio durante una época, hasta tal punto que existe una enigmática fotografía en las que aparece con indumentaria oriental y tras él una gran pipa de opio. 

Dibujo de Cocteau en su Diario de una desintoxicación
La lista de consumidores puede ser infinita: Dickens, Wilde o Conan Doyle (además de cocaína, como su personaje Sherlock Holmes); pero de todos esos habituales del demonio celestial, uno de ellos resalta por encima del resto, el francés Jean Cocteau, en cuya obra Diario de una desintoxicación relata uno de sus muchos intentos de cura, si bien jamás fue capaz de ello. 

Como apunte, de la gran cantidad de libros, manuales, opúsculos y tratados, me parece acertado apuntar como libro ameno y sustancioso Opium: A Portrait of the Heavenly Demon, de Barbara Hodgson, que aporta gran cantidad de información amén de un interesante apartado en donde da detallada cuenta de otros escritores opiófagos.

Todo lo que se hace en la vida, mismo el amor, se hace en el tren expreso que se dirige hacia la muerte. Fumar opio es abandonar el tren en marcha; es ocuparse de otra cosa que de la vida, de la muerte.

J. Cocteau Diario de una desintoxicación

miércoles, 22 de enero de 2014

LA MUSA VERDE

Vidrio en forma de exigua y delicada botellita, que esconde dentro un genio, verde como el cristal que lo acoge... hada o diablillo a partes iguales. 

He continuado indagando sobre la extraña y atractiva relación entre literatura y alcohol, recordando una excelente antología de textos literarios que incluye poesía, teatro y prosa (diarios, novelas, artículos) de diferentes literatos en los que el común denominador es aquello que el mago y ocultista Aleister Crowley bautizó como la diosa verde; la absenta. El libro, escrito en neerlandés, se titula De gifgroene muze. Absint in de literatuur, (La musa de color verde fluorescente. La absenta en la literatura) editado en 2005 por Uitgeverij Bas & Lubberhuizen en Ámsterdam. Bastantes años antes, un caluroso verano también adquirí allí por vez primera unas botellitas de absenta, que si no recuerdo mal eran de un 68% de graduación alcohólica. El vidrio verdoso que contiene el embriagador líquido se construye formando bellísimas formas para retenerlo, por miedo a que su espíritu se rebele y desee salir.

De gifgroene muze. Absint in de literatuur
La absenta (o ajenjo), amarga bebida alcohólica que arrastra un ligero sabor anisado es junto al láudano –cuya base es el opio y está compuesto principalmente por vino blanco, clavo, azafrán y canela– un elemento mítico enormemente ligado a la literatura y los escritores del siglo XIX.

Alrededor de la absenta confluye todo un halo de misticismo y hasta romanticismo de la que carece cualquier vulgar sustancia actual, una bebida que ha llegado a estar prohibida en varios países, como en Francia. Aquí un artículo divulgativo de interés.

Publicidad de Lucid, actual empresa norteamericana dedicada a la producción de absenta
Resultaría infinita una lista de escritores que fueron consumidores de absenta y alardearon de ello: Wilde, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Strindberg, Artaud, Gide, Cocteau (un genio esclavizado por el opio) o Slauerhoff (el poeta maldito neerlandés). En la tumba de Cortázar, en el cementerio parisino del Montparnasse, sus visitantes suelen colocar una botella de absenta sobre la lápida.

La asociación entre la absenta y los gatos –el escritor argentino era dueño de uno– ha sido una constante desde que comenzó a producirse y publicitarse la bebida espirituosa, probablemente porque el olor a hierbas que desprende la absenta sea enormemente atractivo para estos animales. En alguna ocasión también tendré que escribir lo ligados que han estado estos animales a grandes escritores.   

La antología que cito al comienzo del post comienza con una significativa cita bíblica con la que concluyo:

El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos, y sobre las fuentes de las aguas. Y el nombre de la estrella es Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtieron en ajenjo; y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas.
Apocalipsis, 8, 10-11

sábado, 18 de enero de 2014

BORRACHERAS LITERARIAS Y RESACAS DE MUERTE

El académico Muñoz Molina ha publicado en El País un interesantísmo artículo sobre alcohol y literatura a raíz de la obra de The Trip to Echo Spring: On Writers and Drinking, de Olivia Laing, y que me he tomado la licencia de glosar en este post.

Afirma Molina con razón y rotundidad académica que a Laing le agrada revisar las tortuosas vidas de aquellos cuyos senderos se descarriaron hasta un fin fatal, si bien sus vidas y sus muertes se nos representan exquisitas y lo vigente resulta anodino, lo normal intranscendete, y el malditismo brota como un elemento atrayente y perturbador, como una hemorragia difícil de frenar.

Pocos encarnan tan excepcionalmente al escritor alcohólico como Edgar Allan Poe, el paradigma del sufridor y del delirium tremens que para desgracia suya no fue una pose ni una leyenda urbana sino una cruda realidad, si bien dentro de las sustancias adictivas al escritor norteamericano se le asocia a más de una, mas el alcohol se considera "su sustancia", la que le llevó a una muerte trágica, aunque a dicho ocaso se le considere tremendamente romántico, poético y literario, o todos aquellos adjetivos que se les ocurran... y no lo fuese tanto ni mucho menos.

Tan bien ha representado Poe la figura de escritor esclavizado por el alcohol, que hace unos años llegó a salir en EE.UU. una bellísima edición filatélica (de la que soy poseedor), sello, sobre e ilustración incluida en la que se le asociaba sin tapujos a su dependencia.


No resulta muy difícil citar una docena de escritores esclavizados al menos por el alcohol:
Dylan Thomas («He bebido 18 vasos de whisky, creo que es todo un record», dijo antes de morir), Malcon Lowry (soberbia y enigmática su novela Bajo el volcán, enjalbegada con sus excelsas descripciones y el mezcal), Hemingway (al hispanista Brenan le abrumaba su aplastante y etílica personalidad), Thomas de Quincey (adicto al opio con un precioso tratado sobre éste), Bukowski y Kerouac (ambos de la Generación Beat y consumidores de varias sustancias), Alejandro Dumas (excelente gourmet y bebedor nato que acompañaba su delicado paladar de exquisitos manjares), los malditos politoxicómanos Verlaine, Corbière o Rimbaud, y otros como Baudelaire, Li Po, Capote e incluso Catulo, o nuestros compatriotas Quevedo y Lope de Vega, muy amigos de las tabernas y oscuros tugurios de vino peleón. Dicen algunos estudiosos de la literatura que tanto el interbellum como tras el fin de la II Guerra Mundial fue el periodo en el que proliferaron el mayor número de literatos alcohólicos... y es probable, aunque han existido siempre.

Remata Muñoz Molina al final de su artículo a modo de rotunda moraleja: A nadie se le ocurre hacer romanticismo del cáncer y de la literatura, pero todavía queda por ahí quien asocia la bebida con el talento literario o artístico. Pero al único sitio a donde lleva el viaje del alcohol es al sufrimiento, el deterioro y la ruina.

En 1875, los restos de Poe fueron trasladados a Baltimore, donde descansan junto a los de su esposa Virginia 
Y al final, dijo Poe:  «¡Que Dios ayude a mi pobre alma!». 





lunes, 6 de enero de 2014

A PESAR DE ESTO, NUNCA SEREMOS COMO SHERLOCK HOLMES

Sherlock Holmes, el genial detective inglés creado por Sir Arthur Conan Doyle ha pasado a ser de dominio público en Estados Unidos, lo que viene a significar que ya podrá ser utilizado por cualquiera sin tener que pagar derechos de autor; ya veremos en lo que realmente se traduce esto. Y todo a raíz de un caso que ha derivado en tal desenlace cuando el editor Leslie Klinger, que deseaba publicar una serie de historias inspiradas en el detective inglés, fue amenazado por los herederos de Conan Doyle con prohibir dicha publicación si no pagaba, con lo que el citado editor llevó el caso a los tribunales.



Es hablar de Sherlock, del Holmes cocainómano, (ciertamente una apreciación ligeramente exagerada), ocasional opiómano y consumidor de morfina, fumador en pipa calabash, de nulos conocimientos* en literatura, filosofía y astronomía, ligeros en política, en botánica desiguales (al corriente en opio, belladona y venenos), con conocimientos prácticos en geología y siendo capaz de distinguir las clases de tierra con un simple golpe de vista, con conocimientos exactos pero no sistemáticos en química, profundo conocedor de anatomía e inmensos en literatura sensacionalista, que posee a su vez conocimientos prácticos de las leyes de Inglaterra, amén de ser un experto boxeador y esgrimista de palo y espada... sin olvidar que sabía tocar el violín. 


Este es el sucinto currículum de uno de los personajes literarios más fascinantes jamás creados, (tan encantador como Hannibal Lecter, el caníbal de Thomas Harris nacido de su pluma en 1981) y llevado al cine en infinidad de ocasiones, desde las versiones más antiguas hasta las más recientes y pasando por la última de las series televisivas, pero a pesar de todo mi referencia icónica del personaje no se fundamenta en sus novelas, ni tan siquiera en sus películas, ni en la magistral interpretación de Peter Cushing ni en la encasilladora figura de Basil Rathbone, tampoco en la del encantador e imberbe Nicholas Rowe y mucho menos en la de Robert Downey Jr.; no, mi referencia es aquella versión animada en la que los protagonistas de Doyle eran unos perros, una serie que fue dirigida por Hayao Miyazaki y Kyosuke Mikuriya. Puede resultar curioso con tanto material literario y visual, mas esa es mi referencia.  

Y por mucho que ahora Sherlock Holmes pase a ser público nunca podrán vulgarizarlo, aunque a buen seguro que lo intentarán, pero jamás seremos como él, no ya en lo positivo, ni tan siquiera en lo malo, tampoco en los defectos, ni en los vicios... y eso duele. Larga vida a Holmes y Watson.

*Estudio en escarlata.