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martes, 7 de enero de 2025

«EL DOBLE ENFRENTAMIENTO DE LA DOBLE K», DE MIGUEL VEGA

Existen dos elementos fundamentales, o más bien habría que afirmar casi fundacionales, que determinan el carácter de un linarense: por un lado (incluso siendo un neófito en el arte de la tauromaquia, o más aún un vituperador) la muerte del torero Manolete en 1947 tras ser cogido mortalmente en el inconfundible albero de la plaza de toros de la ciudad jienense por un toro que respondía al nombre de Islero, y por otro lado el Torneo Internacional de Ajedrez Ciudad de Linares, el más célebre e importante del mundo de los 64 escaques que dio comienzo en 1978 y se prolongó hasta el año 2010, y con el ajedrez como elemento generador de la trama el escritor Miguel Vega nos invita a leer El último enfrentamiento de la doble K, una historia con tintes de novela negra que rezuma altas dosis de suspense para adentrarse a su vez en la novela histórica, quedando acompasada por el affaire que Bernal, el protagonista y sin duda alter ego de Vega, mantiene con Anna, una enigmática pintora oriunda de San Petersburgo que ha llegado a Linares en calidad de analista del jugador de ajedrez Gari Kaspárov y cuya relación se alarga en el tiempo lo que dura el torneo a lo largo del espacio que ocupa una ciudad que se erige como un lugar legendario y hasta casi místico.


Miguel Vega (Linares, 1967), profesor de Lengua y Literatura, ha publicado narrativa, poesía, dos libros sobre tauromaquia, y en 2022 La huida del ingeniero Spinell, una ambiciosa novela histórica de degustación lenta que tiene como protagonista al ingeniero de minas austríaco Ernst Spinell y en cuyas páginas ya encontramos elementos comunes con su último libro: Cástulo, Himilce y Aníbal, tauromaquia, música clásica...

Nos encontramos en marzo del año 2001. Bernal es un joven profesor de instituto que al mismo tiempo cubre el celebérrimo torneo de ajedrez de Linares para un periódico local, cuya mayor atracción se centra en dicha edición en dilucidar si será Anatoly Kárpov o bien el joven aspirante Gari Kaspárov quien habrá de alzarse con la gloria, y con este argumento, en apariencia tan sencillo pero de indudable atracción, Miguel Vega urde una historia en la que se van sucediendo desde famosos ajedrecistas que participan en el torneo y con quienes comparte cafés y conversaciones, hasta el famoso dramaturgo Fernando Arrabal, cronista del torneo, pues probablemente muchos lo desconozcan, pero Arrabal es no sólo un gran entendido en la materia, también un excelente jugador, que cabe recordar publicó en 1983 La torre herida por el rayo, una inteligente novela que se centra en un campeonato mundial de ajedrez (y en la que parece reflejarse esta que nos concierne), así como una obra publicada un año después que recomiendo encarecidamente, Crónicas de ajedrez, compuesta por artículos publicados en el semanario francés L’Express, en donde el escritor español muestra su enorme conocimiento en todo cuanto rodea al mundo ajedrecístico con el particular e ingenioso estilo del que siempre hace gala. Aprovecho, si se me permite, para comentar una anécdota: hace años le envié a Arrabal un ensayo y antología de poetas experimentales en lengua neerlandesa que había traducido en donde en otros aparecía el flamenco Hugo Claus, con quien el escritor español había coincidido en Nueva York gracias a la concesión de una beca, incluyendo junto al libro una partida de ajedrez de un periódico con el fin de que Arrabal la resolviese, pero éste, en lugar de solucionar la partida, me envió una preciosa postal con dibujos hechos a mano por él mismo acompañada de unos folletos de un conocido supermercado francés, por lo que con esta peculiar y ya conocida personalidad, hacer partícipe a Arrabal en una obra sobre ajedrez por parte de Vega es uno de los grandes atractivos de la misma.

La novela de Vega, con una sugerente mezcla de realidad y ficción, nos traslada a aquellos míticos años de Linares en los que se celebraba el Torneo Internacional de Ajedrez, una ciudad metafórica que tiene lugar en un doble campo de batalla: el del tablero propiamente dicho que, con sus jugadores de ajedrez queda contrapuesto (o acaso completado) al episodio bélico que aconteció en Cástulo dentro de la Segunda guerra púnica, interpretadas por una suerte de parejas especulares como las que forman Cástulo-Linares, Kárpov-Kaspárov, Himilce-Aníbal y Anna-Bernal, proyectadas entre ellas en un acto imitativo e intercambio de papeles, con la constante alusión a la historia de Linares, el recuerdo del vino de Oretania, la figura omnipresente de Manolete y el mundo del toreo, en un recorrido eterno por la ciudad, sus calles, plazas y lugares emblemáticos, los clubes de jazz en donde beber buen alcohol mientras se escucha música y por supuesto por bares y tabernas que hablan de su suculenta gastronomía, como una suerte de guía enmarcada en un deambular cultural por museos que van explicando su historia pasada, y estos excelentes ingredientes de El último enfrentamiento de la doble K son la carta de presentación de una novela que hará las delicias de los amantes del ajedrez, recorriendo un lugar que por momentos recuerda a la Viena del filme El tercer hombre hasta creer escuchar la cítara de Anton Karas fundiéndose con la primitiva Cástulo, todo ello barnizado de una ligera pátina crepuscular y melancólica. Eso sí: jamás Manolete hubiese podido morir en Viena; siempre quedará Linares.

(Esta reseña fue publicada originalmente el 19/5/2024 en la revista literaria El coloquio de los perros). 




(Fotografías de la presentación en Librerías Picasso (Almería) el 28/11/2024)



(Diario de Almería. 5/1/2025)

sábado, 4 de septiembre de 2021

COMBATES Y TRINCHERAS EN LA POESÍA ÉPICA DE JULIO MARTÍNEZ MESANZA

La poesía de Julio Martínez Mesanza (Madrid, 1955) me hace evocar el concepto de viaje en su acepción más fundamental y auténtica, remitiéndome a su vez al poema de K. Kavafis «La ciudad». Pocas cosas me entusiasman más de los viajes que su preparación, en ocasiones más que el viaje en sí mismo, pues carecería de sentido sin una serie de extraños prolegómenos y ritos casi sagrados con los que da comienzo, y cuanto más especial es la travesía, más me esmero en ello. 

Julio Martínez Mesanza (fotografía El Cultural)
Julio Martínez Mesanza (fotografía: El Cultural)

Una parte esencial del preámbulo a ese viaje que me ha llevado a mi ciudad de destino, para mimetizarme en sus calles y rincones, se ha centrado en la elección de un libro, y en esta última estancia en la Casa del traductor de Ámsterdam fue la poesía de Martínez Mesanza la que me acompañó en el regreso a la que desde hace tiempo se ha transformado en una ciudad-infierno, un viaje que dio comienzo el primer día de agosto tras casi seis meses sin poder ver a mis hijas; el casus belli de mi larga ausencia fue una peste tan virulenta como la que Tucídides describe en su Historia de la guerra del Peloponeso. En aquella primera parte de mi estadía en la capital neerlandesa se tornó fundamental el poema de Martínez Mesanza «La eterna caballería», y en mi odisea, que comenzó de madrugada, me adueñé de la citada composición hasta erigirme en su protagonista; los versos con los que culmina los repetía en aquel entonces a modo de letanía: La noche es larga, y hombres en la noche, / que nunca han combatido, inventan armas.

Nada nuevo aporto al afirmar que Martínez Mesanza es uno de los poetas más importantes del panorama poético en nuestro idioma, con una dilatada carrera, si bien su obra lírica resulta breve pero certera, además de coherente con su forma de pensar. Martínez Mesanza pertenece a la llamada Generación de los ochenta, según el crítico y poeta José Luis García Martín, o si atendemos a Luis Antonio de Villena a los Postnovísimos (Vicente Gallego, Esperanza López Parada, Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal, Blanca Andreu, Luis García Montero...), un Martínez Mesanza que, bajo mi punto de vista, no sólo es el más sobresaliente y singular de toda esa generación, sino uno de los más excelsos poetas en lengua española. 

La editorial Ars Poética publicó hace unos meses Jinetes de luz en la hora oscura, antología poética de Martínez Mesanza editada bajo el cuidado del escritor Alfredo Rodríguez, que hace un exhaustivo recorrido por toda su obra y en donde encontramos sus poemas más emblemáticos y la temática que cohesiona y da sentido a un estilo y una poética de gran singularidad, un escritor que se siente deudor de la historia de España y sus personajes y a quien le «gustaría haber participado en la carga de Cajamarca junto a aquellos jinetes que firmaban con una cruz», toda una declaración de intenciones que tiene su fiel reflejo en todos y cada uno de sus poemas.

Para Martínez Mesanza Europa es el indiscutible epicentro de una cultura que insufla vida a su poesía y cuyo origen se remonta a Grecia y Roma, sin olvidar la esencia judía que posteriormente desembocaría en el cristianismo, presente en sus poemas de manera constante, y no sólo como hecho religioso, sino como cimiento cultural y formativo que a su vez se halla circunscrito en un inherente arraigo católico. Y con esta base de tan rocosa solidez el poeta madrileño ha construido una poética que tiene como base la Historia y las batallas, con especial hincapié en la Primera Guerra Mundial, al tiempo que sus poemas, a los que imprime una especial importancia en el aspecto formal mediante endecasílabos (aunque ausentes de rima), se ven limpios y pulidos de la parte más cruel del militarismo para dar paso a la épica, o bien habría que decir que gracias a ésta queda atenuado el belicismo pero siempre sin caer en la demagogia, dejando claro que en las guerras hay vencedores, vencidos e innumerables víctimas.

En sus poemas hallamos una serie de elementos recurrentes que determinan sus composiciones, como por ejemplo las torres («Una torre que guarda los despojos / de solares y eternas dinastías.» [p. 41], «Han caído las torres, y el desierto / es ahora tan grande como el alma: / esas torres que alcé y ese desierto / que quise mantener lejos del alma» [p. 114]), innumerables ruinas («No deja de llover sobre las ruinas / que rodea mi casa, vieja y pobre» [p. 84]), las trincheras («Sólo quiero volver a las trincheras, / a las trincheras donde nunca estuve», [p. 131], «La nieve que sepulta las trincheras / en el centro de Europa y en el centro / de un siglo despiadado y reflexivo / es el que cae en mi alma y la deprime» [p. 137]), el combate («Tus ojos, los que veo en el combate, / los que miran cuando me ensangriento» [p. 63], «Iré al combate sólo si tú vienes; / sólo si me acompañas al combate» [p. 151]), los páramos («Vagando por el páramo sombrío, / vagando por el páramo de cien años» [p. 128], «Sobre el páramo inmenso en el que vives, / un cielo lento y negro, un cielo bajo / que roza los fangales y se ensucia» [p. 129]), o las noches («Entre el muro y el foso, largas noches. / Negras noches de guardia junto a nadie» [p. 122], «Los cortos días y las largas noches / me llevarán despacio hacia tu nunca» [p. 132]).

Por su importancia rescato esta entrevista que Martínez Mesanza concedió a El Cultural el 23 de febrero de 2018 poco después de que se le concediese el Premio Nacional de Poesía por su poemario Gloria, en la que contestaba a una pregunta del entrevistador de esta guisa: «[....] yo nunca me he planteado ser rebelde. Soy demasiado conservador para eso. Otra cosa es que, en los tiempos que corren, el conservadurismo sea considerado una forma de disidencia», respuesta que queda perfectamente engarzada con un estilo de construir poemas que bebe de la esencia filosófica y cultural de los Chesterton, C.S. Lewis, Tolkien o Eliot, dando forma a un concepto que va más allá de lo literario y fija un mandamiento no escrito del conservadurismo intelectual, en peligro desde su nacimiento con Burke, y más aún en el tiempo convulso que nos está tocando vivir.

Si tienen pensado viajar, y la travesía es especialmente tortuosa y plagada de peligros, les recomiendo que les acompañen los poemas de Julio Martínez Mesanza; a mí me sirvieron de ayuda. Y si acuden a una batalla, en la que está en peligro nuestra esencia cultural, al menos encontrarán esperanza en sus poemas y compañía en la soledad de la trinchera.

«Me han arrancado el alma: ya no es mía. / Y, desde que no es mía, mi alma vive». («ME HAN ARRANCADO EL ALMA»)  


Jinetes de luz en la hora oscura [Antología], de JULIO MARTÍNEZ MESANZA. Edición de Alfredo Rodríguez. (Editorial Ars Poética)

sábado, 27 de marzo de 2021

«CIUDAD MORI» Y EL AUTOEXILIO DE SERGIO MAYOR

He postergado una y otra vez la redacción de esta reseña (o más bien insignificante apunte) acerca del libro de Sergio Mayor Ciudad Mori (Karima Editora, con magnífica fotografía de cubierta de J. L. López Bretones). Primero demorada, y más tarde abandonada, y no por desidia, no por falta de interés, sino derrotado de impotencia. Isaac Luria, el místico y cabalista judío del siglo XVI, explicaba cómo Dios creó el Universo y, puesto que éste ocupaba todo el Espacio, se contrajo y se exilió de sí mismo, se autoexilió, para ser precisos, con el fin de poder crear, y a aquella «contracción» la denominó Tsimtsum. 

Nunca he leído nada similar a lo que escribe Sergio Mayor, ni probablemente haya nadie con quien compararlo. No sé qué es lo que escribe, no podría definirlo: ¿meditaciones?, ¿profecías?, ¿microrrelatos?, ¿ensayo? o ¿sermones como los de John Donne?; ¿una imposible summa theologiae?; dejémoslo «simplemente» en composiciones literarias. Me he referido a Luria porque mientras leía su libro daba la sensación de que Mayor se encontraba en un sublime acto de contracción para una vez autoexiliado dejar que el torrente de palabras crease el texto por sí solo; y por eso yo me encontraba ante el vacío del folio, incapaz de escribir nada, contra el blanco cegador, como el segundo antes de la muerte de un alpinista en la soledad de la infinita montaña. 

© Ideal

Tres meses después de terminar el libro de Ciudad Mori aún no soy capaz de hablar de él ni expresar lo que he sentido con su lectura, porque me ha dejado seco de palabras. No me ha sorprendido, porque aún sigo estupefacto; no me he sentido sobrecogido al llegar a su última página, porque todavía me hallaba paralizado cuando hace años comencé a leer sus textos en las redes sociales. Poco después le sugerí que sus escritos podían ser perfectos para inaugurar la revista Atonaal; Sergio Mayor encontró extraña mi petición, casi insultante, se negó, se resistió, pero accedió, como un favor, y así fue la génesis de ese primer número monográfico que bauticé como «Escritos sacros en la era de la peste digital {AñO <0}». Edité con ansiedad y asombro la revista y sus textos, e incluí en portada un enigmático grabado que aparece en el libro del poeta romántico neerlandés Willem Bilderdijk De ondergang de eerste wareld [La decadencia del primer mundo], mientras su lectura era el hermoso viaje hacia ninguna parte. Como en Ciudad Mori también el epicentro de esas visiones remitían a Granada a lomos de sugerentes alucinaciones y él su personaje principal de la mano de un reconocible doppelgänger; disecciona la urbe y deambula por sus calles, le practica una necropsia para luego hacerla revivir, si bien la resucita en el pasado, aunque hable del presente, elucubrada en sueños y revelaciones. 

Pero tampoco sé quién es realmente Sergio Mayor: un anacoreta, un místico o un profeta; un hombre que vive en el Sur en una cueva, un personaje salido de los relatos de Poe o Lovecraft, el amigo de los perros y las sierras, un señor que espía a las estrellas o el que se deja acariciar por el viento; no lo sé, pero sí sé que es un escritor inconmensurable, y que faltan adjetivos pues éstos no han sido inventados. No puedo decir nada más sobre su libro, pues una palabra más, o más alta una que otra tratando de justificar este texto bastaría para corromper su creación y romper el delicado equilibro que haría precipitarse todo al vacío... y yo entonces sería un farsante; pero podría escribir, para seguir dejando inconcluso este insignificante apunte, que nunca nadie ha leído nada igual a Ciudad Mori, ergo: Ciudad Mori y Sergio Mayor no existen; tampoco quienes lo han leído; sólo permanecen los que no lo leerán jamás; mi consejo es que no lo lean.



viernes, 23 de octubre de 2020

«PUERTAS DE ORO»: LA ANTOLOGÍA POÉTICA DEFINITVA DE JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

 «Hay personas que tienen la memoria muy llena, pero el juicio muy vacío y hueco». 

MICHEL DE MONTAIGNE 

A ojos de un profano podría deducirse que resulta sencillo componer una antología poética: se escogen unos poemas, otros se dejan, aquellos de este apartado se ponen en cuarentena, este otro gusta pero los de las últimas páginas no tanto... pero no, no es así: en la labor del antologador debe conjugarse su propia visión personal y preferencias, con aquellas que se presuponen tendrán sus potenciales lectores, los que ya conozcan la obra pero también quienes habrían de conocerla, escogiendo con cuidado unos poemas y dejando otros, e incluso en detrimento del gusto personal de quien la lleva a buen puerto. Y si preparar una antología no es empresa fácil aunque lo aparente, escarbar y extraer los poemas más significativos de la obra de José María Álvarez (Cartagena, 1942) todavía resulta una labor de mayor complejidad, dada la excelencia y vastedad de sus composiciones. 

De José María Álvarez han aparecido diversas antologías poéticas en los últimos años, firmadas curiosamente por los mismos antologadores: Noelia Illán Conesa y Aldredo Rodríguez, dos consumados especialistas en su obra y amigos personales del escritor cartagenero. Haciendo un escueto repaso como simple enumeración, se ha publicado una antología basándose en sus ciudades predilectas, otra más teniendo como temática el amor más carnal y sensual, sello inconfundible en la poética de Álvarez (ambas en edición de Illán Conesa), y una antología más sobre su particular Venecia a cargo de Alfredo Rodríguez, que es quien se encarga de la más reciente, editada en Ars Poética bajo el título Puertas de oro

La importancia de la antología que ha preparado el poeta Alfredo Rodríguez radica en primer término en aquello expuesto al comienzo de esta reseña, y en segundo lugar en ser capaz de hacer una selección de su magno Museo de cera y resto de poemarios que forman el corpus poético de Álvarez y hacerlo con éxito. Como ya hace años que escribí sobre Museo de cera en este mismo espacio, no quiero ni caer en los mismos argumentos ni siquiera repasar lo que escribí antaño, aunque muy probablemente coincidan ambos textos. Hogaño, leyendo de nuevo los poemas que conforman esta antología, uno tiene la sensación de estar ante algo nuevo y electrizante, pero a la vez viviendo y respirando en un mundo antiguo, esplendoroso y por desgracia irrecuperable. El propio poeta considera que es autor de un sólo poemario que alcanzará en el futuro las dos mil páginas, pues los libros de poemas que van apareciendo están abocados, como un río a morir en el mar, a terminar formando parte de esa obra que simula ser su única composición y se articula de manera casi bíblica: una obra inconmensurable edificada de infinitos libros, como el engranaje que forma parte de la perfección innata de un reloj.


Puertas de oro es fiel reflejo de una obra que se mira en los Cantos de Pound cuando en su poesía aparece de improviso el fantasma del poeta de Idaho, aunque en otras ocasiones sus versos se travistan en los de La tierra baldía de Eliot, ambos poetas tan bien conocidos por Álvarez; pero su Museo de cera actual y el venidero es como Hojas de hierba de Walt Whitman, al que se le van adosando más y más libros como un leviatán desbocado e imantado. Álvarez es autor de un solo libro y de un solo poema dentro de otros, lubricado de borboteantes referencias; uno podría detenerse a leer sólo sus citas y dedicatorias a ilustres personajes y estar leyendo poesía. Los poemas que componen esta antología, perfectamente seleccionados por Rodríguez, en donde se mezclan odas a otros poetas, músicos y artistas, al amado Burke, por ejemplo, a la carne y el placer, a la Belleza, a la noche, el opio, el jazz... están perfectamente delimitados en un índice como ayuda para el neófito, que como amuse-gueule a esta antología acompaña un soberbio estudio preliminar de cuarentas páginas en el que Rodríguez analiza la obra poética de José María Álvarez  teniendo como epicentro sísmico su Museo de cera, en una edición impecable, total y definitiva en cuanto a antologías se refiere, y un mapa con claras instrucciones para adentrarse en otro universo. 

martes, 28 de junio de 2016

«CONSERVA EL DESEO»: LA POESÍA ANECDÓTICA DE HUGO CLAUS

Cada uno tiene sus manías, y sus escritores y poetas fetiche —en mi caso una docena; o quizá incluso dos o tres más—, y algunos que resultan una verdadera obsesión —cuatro, o quizá cinco—, turbadora y enfermiza. Hugo Claus está entre estos últimos.

La editorial Huerga & Fierro ha editado la primera antología poética de Hugo Claus (1929-2008) en nuestro país, el escritor más importante y trascendental de la literatura en lengua neerlandesa (Flandes y Países Bajos) de los últimos tiempos; un creador que fue capaz de canalizar su inusual genialidad y transformar en alta literatura la virtud de ser dueño de una escritura y un estilo singular.

Destacó como poeta, un poeta posmodernista influido por T. S. Eliot y principalmente por Ezra Pound, aunque también por los clásicos griegos y latinos y por los poetas españoles del Siglo de Oro; pero también destacó como novelista bajo el influjo de escritores como los flamencos Cyriel Buysse y Louis Paul Boon, el irlandés Joyce y los  norteamericanos William Faulkner y Erskine Caldwell, si bien, la realidad es que Claus destacó en todas y cada una de las facetas artísticas que tocó: cineasta y guionista de cine, traductor, ensayista, autor de libretos de ópera, dramaturgo, adaptador de textos clásicos, pintor abstracto y miembro del Grupo CoBrA, escritor de relatos... en resumidas cuentas: un creador total sin límites.

Considerado uno de los tres grandes de las letras neerlandesas modernas, junto a Cees Nooteboom y Harry Mulisch (grupo a los que creo que habría que añadir a Gerard Reve y a Jan Wolkers), estuvo presente durante muchos años en las quinielas para hacerse con el Premio Nobel de literatura, en ocasiones hasta casi se dio por hecho que recibiría un galardón que ya merecieron mucho antes Simon Vestdijk y W. F. Hermans, o los ya citados Mulisch y Nooteboom (el único de ellos aún con vida).

Es el neerlandés la única lengua que con un número considerable de hablantes ninguno de sus escritores ha sido galardonado aún con la renombrada distinción, aunque como he repetido hasta la saciedad y con enfado, quizá sea el Nobel quien no merece tener a la lengua neerlandesa ni a sus escritores entre los galardonados. Bien es cierto que Louis Paul Boon habría recibido el premio, de no haber muerto de un infarto pocos días antes. Como anécdota personal, durante muchos años estuve enviando correos electrónicos a la organización del Nobel, justificando por qué debían de premiar a algún escritor en lengua neerlandesa, e insistiendo en los nombres anteriormente citados. El mismo día que Claus falleció, volví a escribirles por última vez, y enfadado, vistiéndome de cierta irreverencia de la que en ocasiones hacía gala el propio Claus, los mandé a freír espárragos.    

La poesía del poeta flamenco es imposible de disociar de su obra general tal y como muestra la bellísima antología recién publicada por la editorial Huerga & Fierro (especialistas en editar a literatos en lengua neerlandesa) y titulada con gran acierto Conserva el deseo, un Hugo Claus que fue uno de los máximos exponentes del controvertido movimiento poético-artísitico de De Vijftigers (Los Cincuentistas), el grupo poético experimentalista en lengua neerlandesa.

Los poemas de Claus son microhistorias que nacen de un simple detalle, de la anécdota (pues para Claus la vida no era más que una anécdota, un chascarrillo) y la evocación de la mediocridad humana como forma de vida, salpicando los versos de localismos —casi intraducibles— y duros vocablos dialectales. Su lenguaje era único, y en ocasiones atractivamente violento, al tiempo que nos tropezamos con deliciosos elementos autobiográficos.     

Una característica tangible en la obra de Claus fue la intertextualidad, algo que también se produce en sus poemas. La religión, la Biblia, el sexo, la muerte, o la pintura, fueron temas sempiternos y de gran calado en sus composiciones, aludiendo a otras obras.



El mundo de Claus, y no me harto de decirlo, fue singular, difícil de comparar con el de ningún otro escritor —guste más o menos—, en el que convivieron interpretaciones contrapuestas que lo acompañaron toda su vida. Su relación con las religiones fue siempre muy compleja, algo que arrastró hasta el final de su vida, principalmente con la religión católica, pero curiosamente el elemento religioso aparece una y otra vez en sus poemas, revestido de diferentes ropajes.

Aunque Claus jamás se sintió un separatista (flamenco) —sino todo lo contrario: luchó con ahínco contra la sinrazón secesionista que aún sigue amenazando Bélgica—, y sin hacer distinción alguna entre flamencos y valones en un sentido político, sí ha cantado en sus versos la atracción que ha supuesto para él y su obra el sentimiento flamenco y Flandes, tal y como se puede leer en el bellísimo poema «Flandes Occidental»:   

País primaveral de granjas y leche      
Y niños de madera de sauce      
País estival y febril cuando el sol     
concibe sus crías entre el trigo      

Los poetas españoles, y más concretamente los del Siglo de Oro, como Góngora o Quevedo (de los que a buen seguro extrajo el lenguaje pícaro tan característico de la época), fueron una clara influencia en su poesía.

A partir del año 1999, Claus comienza a sufrir problemas de memoria, confirmándose más tarde que sufría la enfermedad de Alzheimer. El escritor, sintiendo cómo la enfermedad afectaba a su día a día y la degeneración que estaba experimentando, decidió muchos años antes poner fin a su vida mediante la eutanasia, hecho que tendría lugar en el año 2008 y envuelto en una gran polémica. En el poema «Repaso», de 2004, existe una parte en la que detalla las sustancias que se utilizan en la eutanasia para poner fin a la vida, y que a la postre así ocurriría con Claus.

Destacar el extenso y acertado prólogo de Mercedes Monmany, y la excelente traducción de Ronald Brower, importante dramaturgo neerlandés que ha traducido entre otros a G. A. Bredero y Gerard Reve, y forma parte del equipo artístico del Teatro de La Abadía (Madrid). En Conserva el deseo el lector hallará una visión amplia y variada de los estilos y épocas de Claus que queda perfectamente representada, entendiendo con esta selección la dificultad a la hora de extraer unos poemas y descartar otros de la vastísima e inabarcable producción del poeta flamenco. En esta antología este hecho queda perfectamente resuelto, y cuyo resultado es una edición exquisita con la que el hispanohablante podrá disfrutar por fin de un autor tan especial y de una poesía de singularidad extrema.   

Hugo Claus ha sido y sigue siendo para mí un asunto personal; una auténtica obsesión: cada uno tiene las suyas y debe convivir con ellas, formando parte de mí desde hace casi veinte años, primeramente como lector de su impactante poesía. Su muerte me pilló en Ámsterdam, una de las ciudades en las que residió y vivió, en todos los sentidos; también lo he traducido, tanto su poesía como su prosa, y a menudo pasé por el café al que acudía su ex mujer, Sylvia Kristel (actriz del filme Emmanuelle y con la que tuvo su segundo hijo), junto a la facultad de literatura de la Universidad de Ámsterdam. Cuando tuve consciencia de que yo también escribía, la obra de Claus comenzó a ser una fuente a la que he acudido de manera natural.    

Probablemente Hugo Claus fuese uno de los últimos escritores de una estirpe de creadores que ya no se volverá a repetir, que escribió de la misma forma como vivió: ¿y quién no hubiese deseado vivir así para escribir como él?

Conserva el deseo. Poesía esencial (Edición bilingüe). CLAUS, Hugo. Huerga & Fierro editores, Madrid. 2016. Traducción y selección: Ronald Brouwer. Prólogo: Mercedes Monmany.