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domingo, 22 de febrero de 2026

«EL LUGAR DE UN EXTRAÑO», DE JOSÉ LUIS LÓPEZ BRETONES

No le pidamos a los labios más tarea que el silencio, o los besos.
«Fidelidad», J. L. LÓPEZ BRETONES


Parece un libro antiguo y lejano por haber sido escrito en otra época, incluso en un siglo ya pasado, pero para el lector sólo es una apariencia, una ilusión salvable; probablemente para el poeta, que hizo uso de un tiempo y ocupó las coordenadas de un lugar para su escritura, esa sensación de distorsión temporal y disociación de la persona sí resulte totalmente real. En mi caso puede que ese sortilegio haya sido anulado por haber leído estos poemas en las dos ciudades en las que fueron escritos: Almería y Granada, y por conocer bien a su autor y su obra.


El lugar de un extraño, del poeta José Luis López Bretones (Almería, 1966), accésit del Premio Adonais, apareció en el año 1999, un año que se nos antoja remoto, y aun así, las composiciones que integran el poemario resultan radicalmente intemporales, una colección de poemas que tomaban forma con el claro propósito de afianzar la poética de un escritor que ya había dado muestras de su singularidad en Una eterna olvidanza (1992) y Ensayo ante un paisaje; era, por tanto, el tercer poemario de López Bretones. El lugar de un extraño, como sucederá en sus posteriores poemarios, y como característica personal de su autor, queda estructurado en cuatro secciones en donde de manera tácita, o acaso involuntaria, el poeta desgrana el significado del título: SITUACIONES, HOMENAJES, LUGAR COMÚN y EXTRAÑEZA.   

Abre la primera sección y el poemario «En un principio», escrito en un tono genesíaco (como la primera palabra de la Biblia, Bereshit, que en hebreo significa literalmente «En el principio»), para que el poeta nos advierta, y hasta denuncie al estilo de un profeta del Antiguo Testamento, que el odio supone establecer cierto pacto u obligación: «Cualquier odio comporta un compromiso: sé cuidadoso con el objeto digno de la infamia, y ofrécele el homenaje justo de tu animadversión [...]».

El libro se reviste claramente de todos los elementos clásicos de la poesía, que en la práctica, como la vida misma, se podrían reducir en la muerte, el paso del tiempo y el amor, como se puede observar en el poema «El regreso es costumbre o terquedad»: «[...] El tiempo está pasando / sobre las oscuras losas del cuarto aquí contiguo»; y con estos cimientos comunes con otros poetas, López Bretones construye su propia historia poética y personal: «Vivimos en lo inevitable. Fundar un cuerpo, otorgarle una vida. [...] Sólo nuestros ojos han viajado: / ellos nos dirán, tal vez, de la experiencia. / Pero, ¿quién nos conmina a caminar?» («Sólo nuestros ojos han viajado»): un camino, el viaje en compañía y darle sentido a ello. 
 
La noche supone igualmente otro elemento esencial en El lugar de un extraño: «[...] He preferido siempre las noches, el persistente tropel de las sombras, que nos aíslan tanto como para desear y conseguir incluso la compañía de quien ya no existe. [...]» («El tiempo de las horas azules»), o «Levantamos la frente junto al mar aquella noche. [...] De noche todo vuelve a recogerse en la mirada. / De noche cobra el tiempo recodos infinitos. [...]» («Vemos el mar entre las noches cálidas»). Las horas nocturnas y también el mar, puesto que la costa mediterránea juega un papel de vital importancia en este libro: «[...] Las olas nos hacían resignarnos con dulzura. Y su rumor era como el silencio demorado con el que, sin saberlo, íbamos abandonando inútilmente nuestros años». («El último sol de las orillas»). 

Apreciarán quienes lean esta pieza, que gran parte de estas composiciones están escritas en prosa (alternándose con un puñado de poemas en verso), predominantes en esta primera parte e influidos por la poesía de Juan Ramón Jiménez, Álvaro Mutis o José Carlos Cataño, y como me confesó López Bretones: «fue como una especie de liberación de ciertas estrecheces del verso».

El poeta transmite en muchos momentos la debilidad, no sólo espiritual, también física: «[...] Pariente de otras lacras interiores / —el odio, la tibieza, el menoscabo—, / la debilidad tiene en el propio cuerpo / su más concreta referencia: / el arco solapado de la boca, / el delicado ardid de la cintura, / la ausencia de señales en la cara». («La debilidad»). Por el contrario también conoce el poder y la fuerza de las palabras: «[...] Vivimos de otra cosa que de palabras solas: debieron ellas, al menos, habernos hecho cumplir una verdad cualquiera, algo que nos hubiese permitido luego hablar con pesadumbre, pero también con la firmeza que la lengua pobremente nos otorga. [...]» («Vivir de las palabras»).

En LUGAR COMÚN, la tercera parte de este poemario que nos ocupa, aparecen elementos que encontraremos muchos años más tarde en Otra vez la poesía (2024): la luz, la lluvia, el paso del tiempo que marca un reloj, los recuerdos y, por supuesto, el lugar, como en «Una muchacha me acompaña»: «[...] Recuerdo su nombre sólo porque recuerdo su aroma: en él se mezclaban cierta cualidad ebria o marítima con una dulce y delgada calidez que permitían encarar a su lado el camino con más confianza, con una serena sensación de certeza que yo nunca había advertido hasta entonces. [...]». La evocación de un momento, de alguien, de un olor en la hora del crepúsculo, y también un deseo de aislarse, de evitar lo banal, lo innecesario, lo que no sirve, aquello que nada aporta, como en «Frecuentábamos fiestas indiferentes»: «[...] Entre el gentío ansioso de las salas buscábamos la repentina mirada del otro. [...] Frecuentábamos fiestas indiferentes. Y al mirarnos entre los resquicios fugaces de aquellos cuerpos asolados, de aquella multitud sombría y deseante, comprendimos al fin de qué árbol podrido se desgajaban las razones». Apartarse de lo trivial y superfluo, de aquello que resulta estéril, y aun así, en el poema subyace una afirmación vital que concede prioridad a las impresiones directas y primarias de la experiencia, antes de que la razón las someta a su engranaje ordenancista. 

Como ya se ha indicado anteriormente, el tiempo articula de manera asombrosa y fehaciente estos poemas, pero no como algo negativo (o al menos no siempre), sino como parte fundamental de una enseñanza y un descubrimiento necesarios para la vida, y así leemos en «Como antes»: «[...] y todos aprendemos, con el tiempo, a estar solos. / Salvo en el recuerdo o en la imaginación: / esos lugares sin tiempo y sin medida / donde es hermoso compartir lo que tenemos». Algo que volvemos a encontrar en «La esperanza de verte me abandona», en cuyas líneas hace alusión al instrumento para medir el tiempo, y que aun así no responde sino a una hermosa metáfora: «[...] mírame acodado en la ventana, oyendo la llegada silenciosa del tiempo a los relojes, [...] Es una noche de verano. Todos tenemos un único verano. [...] Cuántas noches abiertas, cuántas calmadas playas, cuánto olor a sal reciente y rumor apartado de eucaliptos hay en esas palabras de sentido oscuro, pero tan reconocibles como el sabor del agua entre los labios. [...]. // ¿Recuerdas la indecisa tarde en que tumbamos nuestros cuerpos en la arena?». Bajo mi criterio es este un poema redondo y fundamental en su totalidad que recoge toda la esencia de este poemario con la aparición de esas piezas que mueven su mecánica lírica: melancólico y evocador, de ritmo suave y un anunciado final que, haciendo un símil musical, se asemeja a una cadencia plagal hasta que queda resuelto como una sinfonía, resultando cadencialmente perfecto.


Tanto con este, como con cada poemario del poeta almeriense, nos sirve para reconocer todas aquellas influencias de un López Bretones que es un ávido lector y gran conocedor de poesía, y no sólo en lengua española, sino de otros idiomas, siendo coordinador del Aula de Poesía del Ayuntamiento de Almería (así como durante diez años Director del Centro de Arte Museo de Almería). En las páginas de El lugar de un extraño aparecen poetas tan dispares como Wallace Stevens, Eugenio Montale, San Juan de la Cruz, Edmond Jabès, Horacio, Pavese o el crítico y filósofo Jean Baudrillard. 

En «La lluvia y la madera» tenemos la sensación de encontrarnos frente a una fotografía repleta de sonidos e imágenes móviles, pero también de sensaciones e incluso de olores, y hasta del silencio: «La lluvia y la madera: he aquí un sonido coincidente, una respiración confusa y silenciosa, [...] // Cae la lluvia con nosotros. // No, ningún sonido es necesario. Ese era tu nombre. El del agua resbalando diminuta, detenidamente sobre aquellas vigas inclinadas.» La, en aparente, dureza y aspereza de la madera, y el agua, indomable, sutil pero asimismo perniciosa, penetrando por cualquier resquicio, por muy pequeño que éste sea. 

La sección que cierra el poemario, EXTRAÑEZA, está dedicada al poeta granadino Antonio Carvajal, de quien López Bretones editó en 2018 su poesía completa con el título Extravagante Jerarquía (1968-2017), manifestándose de nuevo todos los principios que vertebran su poesía, como en «Todos te hemos conocido»: «Los días y las noches van dejando un lento poso de nieve / sobre todo aquello que una vez llegamos a tocar, / sobre todo aquello que alguna vez / construyó para nosotros un motivo de contento. [...]». Asimismo hacen acto de presencia las estaciones del año y sus elementos, los elementos estacionales que son también quienes marcan la vida del poeta: «Ayer era el verano lento, cargado de calor y de tempranas playas; era también el otoño hospitalario, las fugaces alegrías de diciembre, el viento que anudaba la verde primavera a las ramas sacudidas de los sauces del paseo. [...]». Y en «Después que algo ha sucedido», dedicado a José Hierro, leemos en su cierre: «[...] Así caen las horas sobre una esfera confiada. / Así damos un paso indiferente / y vemos que el camino, de pronto, ha terminado».

Deambulamos por un inicio de verano: «Cielo de julio con tormenta ya inminente» («Oyes gritos»), y el mar sempiterno, el agua y su espuma, el rompeolas, en lo que parece un intento de cerrar heridas, de salvarse del fracaso: «¿De qué ha servido recorrer juntos todo este camino?» («El paseo de madrugada»). El aislamiento y la decisión de abandonarse, y la denuncia del egoísmo, una noche, entre el humo del tabaco y las copas de vino ya vacías: «[...] Quizá en una noche como esa nos dejemos arrastrar por el desbordamiento de una soledad enquistada largamente, por el ansia de apoyarse sobre el cálido sustento de otros labios, por la dulce y confundida floración del egoísmo mutuo. // Pero no hay engaño. Mañana volveréis a ser los mismos.» («No hay engaño»).

Y si El lugar de un extraño (poemas, como nos indica el propio poeta, escritos en Almería y Granada, entre los años 1993 y 1996), se abría con «En un principio», como la primera parada de un viaje iniciático en el que no se conoce el puerto en donde atracará el velero, éste concluye con otro de esos poemas que dan sentido y llenan de grandeza este poemario: «Te he visto llorar», hallando, nuevamente, una prosopopeya entre esa persona de la que habla el poeta, y el mar, que aparece en tantos versos, como una meta, como un lugar, a modo de salvación, o quizá no: «[...] Tan sólo sé esto: / el mar seguirá ocupando su espacio / y tú, confusa o satisfecha, el tuyo. [...] Ríe, ahora que la marea se retira. / Todos estamos perdidos: / muchos seres en pie, muchos atados a tierra».  

Aquí concluye la lectura de este poemario cargado de intimismo y recogimiento, y mi particular interpretación, que encontrará otra diferente en cada lector, y por supuesto podría discrepar con quien es dueño de estas composiciones, de este libro antiguo desde el punto de vista temporal que en ocasiones deja un poso de melancolía y hasta de tristeza, una aventura de hermosas sensaciones que rezuma poesía en cada una de las páginas que quedan dibujadas de versos. En un principio... ya era la poesía. 

sábado, 26 de octubre de 2024

«OTRA VEZ LA POESÍA», DE JOSÉ LUIS LÓPEZ BRETONES

La poesía siempre es un acontecimiento; siempre la poesía es un milagro, un prodigio, es, en síntesis, la misma Vida, y Otra vez la poesía (Sonámbulos Ediciones, 2024), el último poemario de José Luis López Bretones (Almería, 1966), lo atestigua con vehemencia, un libro que nos emplaza a ser leído con un verso de Luis Cernuda del poema «Lázaro» y que supone toda una declaración de intenciones: «Era otra vez la vida».

(Fotografía: J. L. López Bretones)

Once años permaneció el poeta Julio Martínez Mesanza sin publicar un poemario hasta que en 2016 apareció Gloria; y hasta la fecha pasan ya ocho primaveras desde aquel con el que le fue concedido el Premio Nacional de Poesía un año después; The Cure, la banda británica de rock gótico, ha publicado en estas fechas nuevo trabajo tras dieciséis años de vacío discográfico, porque la creatividad es un ejercicio que no debe ni puede ser sometido a los parámetros acotados y dictatoriales del envilecido tiempo, aunque paradójicamente Otra vez la poesía trate de éste con el propósito de dar con su mismísimo núcleo. En el caso de López Bretones han transcurrido dos décadas desde Ayer & mañana, veinte años («no es nada», cantaba Carlos Gardel) transitando en el Silencio más radical hasta haber visto la Luz su última colección de poemas, porque en palabras del propio poeta no ha existido una urgencia por expresarse, sí, en cambio «la necesidad de averiguarse, de conocerse, de dar respuesta a las preguntas de la vida»: «qué turbulencia, en medio del mar de nuestra vida,/ pretende ahora sumergirnos/ en el extenuado hondón de las palabras?», se lee en la composición que da título al poemario.

Otra vez la poesía queda estructurado en cinco partes que guardan entre sí una perfecta coherencia y unidad en una sucesión de poemas que ensalzan por un lado el paso del tiempo (no tanto otros elementos clásicos en la poesía como la muerte o el amor más o menos visceral), que conecta a modo de díptico lírico con el anterior poemario de López Bretones y su fascinación por el Libro del Eclesiastés, y por otro lado el poder de la palabra a modo de liturgia que parece remitirnos al primer versículo del Evangelio de San Juan: «Verbum caro factum est»: «El verbo se hizo carne», ya que el ímpetu irrefrenable de la palabra queda de manifiesto en cada uno de los poemas, como en el que lleva por título «La lectura»: «De nada sirvió. Sólo eran palabras/ leídas en silencio por alguien que se preguntaba/ en qué gastó, y por qué, su vida». O en este titulado «La mirada y las palabras»: «Antes que las palabras, tan próximas/ al tráfico falaz de los ensueños,/ está extendida la mirada».

La locución latina Tempus fugit se articula como una constante sin fin en Otra vez la poesía, y el paso del tiempo una pieza perseverante casi en cada página del libro, tal y como queda reflejado en «Nada importante»: «Dejar pasar los días y los días/ sin haber realizado otro ejercicio/ de mayor eficacia que el de malvivirlos», y el poeta redunda en un tiempo presente que le hace recordar el pasado: «en todo saboreamos un licor ya consumido» («Lo que nunca he sabido») o al leer el poema «El telar», cuyos versos nos hacen recordar el mito homérico de Penélope o los evidentes ecos del poema de Jaime Gil de Biedma «No volveré a ser joven» que llegan a ser escuchados nítidamente en «Nuestra vida jamás regresará». Pero si hay un poema que condensa el sentido del poemario es el que lleva por título «No nos deteriora el tiempo», pues López Bretones entiende que no es el paso de la vida lo que menoscaba al individuo: «No nos deteriora el tiempo,/ sino el contacto con los otros:/ [...] Ellos, los otros, que están cerca/ o pasan a tu lado/ […] y dejan tras de sí, aunque regresen,/ el frágil aroma de las oportunidades./ [...] la fatigada flor de la experiencia».

La palabra y el lenguaje no sólo son el mecanismo preciso de esta colección de poemas: el lenguaje es el método que López Bretones utiliza para hacerse preguntas sobre el sentido de la existencia, como bien revela en «Recuerda»: «Incluso el escoger unas palabras/ que logren dar sentido/ a alguna voluntad ajena o aplazada/ no alzamos otra cosa que un recuerdo», o poemas que giran en torno al lenguaje: «El solitario mar de música inaudita,/ al final del lenguaje, y al comienzo/ de lo que no consigue ser nombrado». («Nocturno en Tamariu»).

En los poemas que edifican Otra vez la poesía se dan cita de manera manifiesta Dante, San Agustín, Lucrecio, Malaparte o Edmond Jabès, al que José Ángel Valente tradujo, pero también quedan ocultos otros poetas, como Martínez Mesanza con el poema «Der Kessel», de tintes épicos y cuyo significado en alemán es caldero (o caldera) y en cuyos versos López Bretones relata la batalla de Stalingrado en lo que supuso una dura derrota para las tropas alemanas y punto de inflexión en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y de paso la contienda interna de quien lo escribe.

Se aprecia asimismo en el libro la frustración, un deseo no alcanzado o la imposibilidad de ejecutarlo, como describe en «Tuve un sueño»: «Tuve un sueño y fue verdad un día./ […] buscando recobrar aquel sueño que tuve/ y sólo hallo ceniza, temor, aire vacío». Porque la realidad para el poeta es un engaño: «Hay más verdad en los sueños/ que en cualquier otro tramo de la vida,» («Mecánica del sueño») para preguntarse cuál es el sentido de la existencia y qué lugar ocupa en ésta el ser humano y el propio poeta: «¿Qué hemos venido a hacer aquí?» («Señales»).

La cuarta sección del poemario es, a mi juicio, la más sugerente de las cinco, más aún para quienes identificamos los paisajes que en ésta aparecen: LAS MORADAS, subdividida a su vez en LA CASA y CIUDAD DEL SOL. En esta parte emergen con total transparencia una serie de elementos que remiten a escenarios y lugares cercanos al poeta: una casa, la luz y el sol o la ciudad, entremezclándose, en según qué situaciones, el locus amoenus y el locus eremus. Si T. S. Eliot habla en La tierra baldía de una «Ciudad irreal,/ Bajo la parda niebla de un mediodía de invierno», y en «Los siete viejos» Ch. Baudelaire de «¡Hormigueante ciudad, ciudad llena de sueños,/ Donde el espectro en pleno día atrapa al caminante!», el poeta almeriense experimenta lo contrario en «Vuelve otra vez la lluvia»: «Llueve de pronto en la ciudad vacía/ […] Afuera, con el peso exacto del recuerdo,/ cae la lluvia. Un agua estéril de septiembre/ para la que no hay cobijo alguno». Y este poema hace recordar «Pájaro del olvido» de J. A. Valente, un poeta de trascendental importancia para Almería: «ciudad no mía, pero al fin tan próxima,/ donde el sol de noviembre tiene/ la última dureza/ de lo que ya/ debiera/ morir». La ciudad de la que nos habla López Bretones es «La ciudad» de K. Kavafis, una urbe luminiscente que lo persigue en sus versos y al mismo tiempo se muestra indiferente: «La luz desesperada y repetida/ la luz que se difunde sin estorbos/ […] La luz no los conoce, ni a ellos ni a ningún otro paseante: no sabe nada de nosotros», leemos en «Ciudad del sol».

LAS MORADAS constituye en sí casi la idea teresiana que aparece en El castillo interior de la mística cristiana, porque los poemas de la sección van más allá de una construcción física y tangible hasta alcanzar lo espiritual: «La casa consistía en nuestra alma» («Nuestra casa») o bien en el que lleva por título «La casa vino a mí»: «La casa vino a mí, no entré yo en ella./ […] La casa vino a mí, llegó a mi lado./ Y siempre supe quién vendría a recibirme». El hogar siempre ha sido fuente de inspiración en la cultura, trascendiendo la propia construcción de techo y paredes hasta límites insospechados; «Mi casa», la canción de Los Suaves, también con su sobredosis de malditismo lírico, reza así: «Mi casa es la carretera, es el camino del sol/ Es un hotel de tercera, mi casa es el rock n' roll. [...] Mi casa, un catre en el suelo, es una estación de tren/ Mi casa es un cementerio, a veces es un burdel/ Mi casa es donde regreso casi siempre perdedor/ Pero nunca fracasado, mi casa es el rock n' roll», y por poner un ejemplo más formal, el poeta irlandés W. B. Yeats, en su poema «Mi casa», escribe: «un hogar de piedra gris/ abierto,/ una vela, una hoja manuscrita». El paso del tiempo, la tierra, la luz de la tarde, de nuevo una casa que es el hogar del alma en «El lujo»: «Es un lujo sin nombre/ saberse acogido en una casa/ plantada sobre piedras hace tanto/ que ya nadie recuerda». Pero en esa dualidad hogar-alma el poeta también siente la vulnerabilidad y el miedo tan inherente en el ser humano: «Hace frío en la casa donde vivo,/ tiene paredes delgadas y el techo/ no es de material seguro». («No quise»).


Motril, 5/X/2024: Javier Bozalongo, J. L. López Bretones y Antonio Carvajal.
(Fotografía: Eva M. Gómez)

López Bretones recorre su particular camino en Otra vez la poesía, una senda ya transitada que se torna casi en una suerte de maldición de la que no puede escapar, de los paisajes repetidos, del lugar que vuelve a hacer acto de presencia: «y al que llegamos una vez y otra/ por caminos que creíamos/ que nos iban desviando de él», nos revela «En el camino», como el título de la novela autobiográfica del escritor beat Jack Kerouac; no desea el poeta imitar a nadie, no quiere una imitatio (que sí hizo y escribió Kempis) de hombres de este tiempo como nos confiesa en «Estrellas errantes»: «No he venido a vivir vidas ajenas:/ mi suerte es sólo mía, y no le incumbe/ el rastro de una estrella diferente». Y este poema  que me hace recordar al poeta neerlandés Menno Wigman cuando escribe en «Jeunesse dorée»: «He visto las mejores mentes de mi generación/ desangrarse por una sublevación que no ha llegado», unos versos que imitan los de Allen Ginsberg, otro beat, en «Howl»: «He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, muriendo de hambre, histéricas y desnudas», y que en «Estrellas errantes» López Bretones arroja su propia devotio: «Otros más jóvenes que yo hace tiempo/ que abandonaron de una forma absurda/ esta escenografía banal de luces falsas».

Otra vez la poesía es la resurrección de la lírica y de su poeta que, como el «Lázaro» del poema de Luis Cernuda y más aún el del Nuevo Testamento al que Cristo revivió, ha vuelto a escribir y a caminar con paso firme y como si nunca le hubiese acariciado la Muerte del silencio poético: Otra vez la poesía.

jueves, 25 de enero de 2024

PRESENTADO EL POEMARIO «FLORES ENFERMAS» (DIARIO DE ALMERÍA)

 PRESENTACIÓN DE FLORES ENFERMAS 

(18/I/2024)


DIEGO MARTÍNEZ. 22 Enero, 2024 - 21:11h

El pasado jueves se presentó en la Librería Picasso de Almería el nuevo poemario de Antonio Cruz Romero titulado Flores Enfermas, publicado por la editorial cántabra Libros del Aire, dirigida por el poeta Carlos Alcorta, en un acto que estuvo presentado por el también poeta José Luis López Bretones y que contó con la presencia de un numeroso público.

Flores enfermas es el quinto poemario de Cruz Romero (María, 1978), que es a su vez narrador, neerlandista y traductor, terreno en el que ha vertido a nuestro idioma a medio centenar de poetas flamencos y neerlandeses y está considerado el traductor más activo e importante de poesía neerlandesa contemporánea en lengua española, no en vano Antonio Cruz es miembro de la sección de poesía de la Dutch Foundation for Literature y ha sido becado en varias ocasiones como "Translator in residence" en la Casa del traductor de Ámsterdam.

Cruz Romero es, en palabras de López Bretones y en relación a su poemario “un mitómano, un adorador de mitos cinematográficos, musicales, literarios y fantásticos, y en el libro aparecen el vampiro, el licántropo, la misantropía romántica, las escenografías góticas o los amores eternos que viajan por los océanos del tiempo hasta encontrarse”, un poemario articulado por elementos redundantes como el amor, la muerte, las derrotas y la victoria, las leyendas, las aves, los vampiros y los cementerios, que como bien apunta López Bretones, “son mitos culturales asentados a lo largo de los siglos por una tradición extensa y fecunda, mitos de la tradición occidental que surge de tres ejes nucleares: Atenas, Roma y Jerusalén; y a su vez hablamos de dos mitos fundacionales: la culpa y la redención, y todo ello forman parte de este libro”.

López Bretones señaló que “Antonio Cruz se muestra más partidario del mythos frente al logos, es decir: más partidario de lo simbólico, de lo irracional, de lo dionisíaco que de la razón positiva que sistematiza y que da luz a las sombras. Antonio Cruz es un poeta del Romanticismo mucho más que de la Ilustración, y a pesar de sus querencias tomistas se inclina más por Tertuliano, a quien cita en el libro, y que afirmaba “Creo porque es absurdo”, pues el carácter del personaje poético de Antonio Cruz es un personaje apasionado, un personaje arrebatado, un personaje atormentado, como lo eran los románticos ingleses, como lo era Menno Wigman y como lo es también dentro de la poesía contemporánea española Roger Wolfe, que es uno de sus referentes literarios y además amigo personal de un Antonio Cruz que no es partidario de arrojar luz sobre las sombras sino de las sombras y de toda la iconografía que acompaña a las sombras: las brumas, los cementerios, las lápidas, los cuervos, con Edgar Allan Poe al fondo y, en general, todo lo que indique decadencia e incluso putrefacción, y con toda esta iconografía sin duda está haciendo referencia a esta nuestra sociedad que se deshace ante nosotros a pasos agigantados y que muestra por todas partes signos de acabamiento y de fermentación cadavérica”, dijo López Bretones.

La estética y poética del poemario se mueve entre el culturalismo y el romanticismo inglés con su amor por la naturaleza y los pájaros, y por otro lado claramente influido por la cultura pop, el cine y en especial por el malditismo de los poetas del siglo XIX en donde se perciben ecos de Poe, Wordsworth, Keats o Baudelaire, pues no en vano Flores enfermas es una suerte de homenaje a éste último, en el que el poeta de este poemario, un ser radicalmente misántropo, destapa la decadencia y miseria del mundo y sólo se refugia en aquello que le es fiel, auténtico y le ofrece protección.

A modo de conclusión, López Bretones terminó su intervención afirmando que Flores enfermas es “un libro casi blasfemo (como fue considerado en su día Las flores del mal de Baudelaire), un libro salvaje, un libro duro, cortante como un filo, un libro aquejado de la enfermedad de la poesía y cuyas flores contienen un sigiloso veneno que hay que tomar a pequeñas dosis o morir; o morir de romanticismo”.

Diario de Almería (23/I/2024)

FOTOGRAFÍAS: Eva M. Gómez Gómez