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martes, 13 de enero de 2026

«PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS»

Porque hoy llegarán los bárbaros toma su título de un verso del poema «Esperando a los bárbaros», del poeta griego K. Kaváfis, y con esta declaración de intenciones el poemario aborda de manera general la confrontación con lo desconocido, la inquietud, la duda y la tensa espera de algo, que no se sabe bien qué es, o que será. 

El poemario fluctúa entre el clasicismo, el culturalismo y la cultura pop, presentando un estilo marcado por la influencia de poetas románticos ingleses como S. T. Coleridge, William Wordsworth, Lord Byron o John Keats, cuya pasión por la belleza y lo trascendente resuena en sus versos, así como por lo metafórico e irracional de los simbolistas y malditos franceses Charles Baudelaire, Gérard de Nerval y Arthur Rimbaud, que impregnan los poemas de una atmósfera de misterio y ambigüedad; en muchos pasajes se refleja, al mismo tiempo, la visión dual y conflictiva del mundo formulada por William Blake.

Se aprecia asimismo una evidente fijación por la muerte y el vampirismo, elementos recurrentes en la poesía de Antonio Cruz —acaso como expresión del deseo de trascender los límites de la existencia—, y de una revisión constante de escritores góticos y decadentistas, con un claro énfasis en lo macabro. En este contexto aparecen referencias líricas a Joy Division, Nick Cave, The Doors o Ilegales, y al cine, junto a evocaciones de poetas como Martínez Mesanza, Luis Alberto de Cuenca o Roger Wolfe, sin olvidar a los autores de lengua neerlandesa, cuya literatura Antonio Cruz conoce en profundidad gracias a su labor como traductor.

A través de sus poemas el autor expresa un profundo temor ante la decadencia de la cultura occidental, percibida como un colapso de valores espirituales y éticos, con un tono nostálgico y a la vez profético en el que no falta el recuerdo de las ausencias y la exaltación del amor, incluso desde un punto de vista teológico. 

El poemario, por tanto, aboga por un regreso moral a las raíces fundacionales de Roma, Atenas y la tradición judeocristiana, invocando sus legados de orden, sabiduría y trascendencia como faros de una humanidad al borde del abismo. 

Entre lamentos por un mundo que se desvanece y destellos de esperanza por su redención, Porque hoy llegarán los bárbaros es un canto crudo a la resistencia del espíritu humano frente a la fragilidad social y la caída inminente —o así se desprende de sus poemas— de la civilización occidental en la que cada uno de nosotros es testigo y nada puede hacer por salvarla, ¿o puede que sí?

EDITORIAL CELESTA


Editorial: Editorial Celesta
Páginas: 82 
Fecha de edición: Enero 2026


jueves, 7 de marzo de 2024

VIAJE AL FIN DE LA NOCHE (2021)

 VIAJE AL FIN DE LA NOCHE (2021)

(Louis-Ferdinand Céline)

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente.
LUDWING WITTGENSTEIN 

Día de lluvia cargada de rabia. Me levanté a las 6 h siguiendo mis propias instrucciones para un amanecer: un tranvía, el metro y al fin el autobús. Llevé al colegio a mis hijas, un encuentro de apenas un minuto, dos, a lo sumo. Me despidieron con un húmedo beso que dejó mojada mi mejilla pero pronto la saliva se fundió con el agua de la lluvia: ya sólo somos sombras en un charco.  


Me subo al primer tranvía que encuentro. Llueve como siempre, con extática virulencia, como una suerte de ataque ad hominem, pero no me importa. Llevo los pies chorreando desde que a las 6:30 h salí del hotel y juré en arameo al pisar el primer charco: el resto es Historia. Nunca como aquí he sentido la decadencia humana, me viene a la mente Thomas Kempis: "Contemptus mundi" («menosprecio del mundo»), y retuerzo el título de su mayor obra: "De Imitatione Baudelaire" hasta recordar el verso de Roger Wolfe «El mundo es tan gris como mi asco». Tampoco como en estas calles he sentido tanta ira. En esta ciudad sencillamente malvivo: catorce horas al día fuera del hotel, un flâneur en grado sumo; llevo mucho tiempo siendo un bohemio al filo de la navaja. De día me alimento a base de plátanos, zumo de cebada recién ordeñado y alguna hamburguesa grasienta que saco de los dispensadores automáticos que encuentro por los callejones: dead end; por las noches paladeo con tanto placer la comida (principalmente sushi) como lo haría el ajusticiado horas antes de colocar su cabeza bajo la guillotina. Si no estoy en la Casa del traductor o la habitación del hotel no dispone de microondas y me apetece comer algo diferente, compro pasta ya cocinada y caliento el blíster bajo la ducha caliente, pero siempre queda tibia («Porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca»: APOCALIPSIS); he aprendido las técnicas más superlativas de la supervivencia; he mapeado todos los hediondos urinarios públicos adornados de grafitis junto a los canales donde se drogan los yonkis; me sé de memoria las paradas de cada línea de metro y tranvía como las mismas líneas de la palma de mi mano. He sobrevivido gracias al calor de las librerías, que conozco una a una y también a sus libreros, que me tienen reservado algún libro desde meses antes. Voy a la librería Scheltema en busca de techo y siempre sigo la misma rutina: dejo la mochila sobre la mesa de la 3ª planta, doy los buenos días con acento de Flandes a los empleados, saco mi libro y el cuaderno de notas; me acomodo sin quitarme las gafas de sol (Ray-Ban tendría que haberme hecho un contrato de imagen hace ya 30 años). El personal me saluda, me conoce; me río imaginando quién pensarán que soy, quizá creen que un jefe indio, por mi estricta rutina, por mi movimiento errante, acaso el chamán de una tribu de un solo miembro, no, no, es imposible, todo es imposible, yo soy imposible, pero aun así ayudo a los clientes a buscar el libro que no encuentran, eso sí es factible. 


En esta ciudad es donde más he sentido la locura, donde jamás he pasado tanto frío como bajo este cielo plomizo: he dormido en los aeropuertos, me he desesperado en las paradas sin marquesinas con el rostro cubierto de hielo y he perdido trenes y aviones; la ira es mi pecado capital favorito, pero por supuesto no me pido perdón, porque es combustible, es napalm en vena. Aquí me ha salvado el olor del papel de las librerías de segunda mano y los epitafios labrados en las lápidas de los camposantos; las obscuras tabernas de Chinatown, leer a los poetas malditos, la última voluntad de los suicidas y escribir esquelas de personajes imaginarios; acudir a las iglesias ha sido mi mayor auxilio: sería obligatoria su apertura 24 horas al día, o al menos que siempre existiese de guardia una; no necesito confesor. Ayer fui a escuchar misa a la basílica de san Nicolás bajo una nube de gaviotas, y atravesar su portón me hace sentir paz, no sólo conmigo mismo, sino con la condición humana, de la que por desgracia también soy parte: la insoportable levedad del ser. Cuanto más amenazado me siento, más crece mi fe. 


En un bolsillo del abrigo llevo el Evangelio de San Juan («Verbum caro factum est») y en el otro un librito en miniatura de las Flores del mal de Baudelaire en inglés completamente subrayado: «No busquéis más mi corazón, las bestias lo han devorado» (si no fuese tan voluminoso portaría igualmente el Museo de Cera de J. M. Álvarez, y a Poe, y los sonetos de Shakespeare, los sermones de John Donne, los poemas más hirientes de Roger Wolfe, a Keats, Tumbas de Nooteboom, el Eclesiastés... una biblioteca andante). El filósofo pesimista E. Cioran (hijo de un pope rumano) y asiduo en mis lecturas («Sin una pizca de locura el lirismo es imposible») vivió en condiciones precarias en una diminuta buhardilla de París casi toda su vida, como Samuel Becket, me encomiendo a ellos y me recreo imaginando en qué estado estarán ahora todos esos cuerpos bajo tierra, sólo despojos envueltos en coágulos de barro, raíces y gusanos, el de Menno Wigman (lo visitaré mañana) enterrado junto al Amstel ya podrido, las cenizas de Slauerhoff, el corazón de Shelley, la pierna cojeante de Byron, Keats y el mechón de su amada con el que fue inhumado o el cuerpo decapitado de Paul Snoek tras chocar con su vehículo. 

Desde siempre me ha gustado la noche, pero no así dormir: lo considero una pérdida de tiempo y, para colmo, sufro constantes pesadillas; Raúl Zurita afirma en un poema que «la noche es el manicomio de las plantas», no le falta razón, pero a mí me produce placer deambular en plena obscuridad y mientras tanto recitar unos versos, que me sé de memoria, del poeta expresionista austríaco Georg Trakl (que terminó suicidándose con una sobredosis de cocaína): «Sobre negra nube/ cruzas ebrio de opio/ el estanque nocturno». Soy un vampiro, y la noche me revela, soy el tormento y el éxtasis, según me dicte mi cabeza. Me apasiona regresar lentamente al hotel por los callejones más turbios, salvajes y siniestros, sentir el gusanillo del peligro en este Pandæmonium (sinopsis de Las Vegas) mientras alterno en mi dispositivo las cantatas de Bach ("Ich habe genug./ Mein Trost ist nur allein,/ Dass Jesus mein und ich sein eigen möchte sein"), los saxos sublimes de Charlie Parker y Ben Webster, la música dark romantic de Depeche Mode, algunas partes del Officium Defunctorum de Tomás Luis de Victoria y las guitarras estridentes de Guns N' Roses, repito una y otra vez "One of These Days" de Pink Floyd y desintegro el "Sympathy For The Devil" de Sus Satánicas Majestades; mi eclecticismo es una tabla de salvación. Me acompaña una bandada de petirrojos, varias urracas y un mirlo; un cuervo se posa en mi hombro, me habla ("Nameless here for evermore"), echo de comer a los gatos que salen a mi paso (algún día vivirá conmigo uno y lo llamaré Pluto, y estará tuerto, y me casaré con una mujer que lleve el nombre más antiguo), me envuelvo en el olor del hachís que emana de los fumaderos, contemplo los escaparates de carne enmarcados en luces de neón, los vendedores de paraísos artificiales (los mercaderes ofrecen sustancias adictivas bajo el nombre del filósofo Karl Popper), el olor a comida basura; es maravilloso degustar la violencia humana, la venta de almas como hizo Fausto con la suya; "It's a Sin City", me digo. Me escribe Roger Wolfe; le cuento mi deambular por esta ciudad: podríamos escribir alguna pieza à quatre mains


Desde que abandoné el hotel tenía los pies congelados por la lluvia y ya no los sentía, por lo que a mi regreso pasé por la Biblioteca Central, y como un vagabundo me despojé en el aseo de los calcetines y los sequé bajo un secador de manos. No me vio nadie, pero no hubiese sentido vergüenza si alguien lo hubiese hecho: lo que me produce bochorno es ser miembro numerario de un mundo podrido y pertenecer a esta sociedad prostituida. A los pocos minutos volví a padecer el helor de las botas mojadas, así que decidí pisar todos los charcos que encontraba a mi paso para que los pies quedasen definitivamente anestesiados. Retrospectiva en el Eye Film Museum del cineasta y disidente ruso Andrei Tarkovski (1932-1986), que en una entrada de su diario del 9 de abril de 1982 escribe: «¿Cómo puede vivir el hombre sin Dios? Sólo si se convierte en Dios; pero no puede convertirse en Él...». He visionado toda su filmografía en varias ocasiones: cada fotograma es un verso y sus películas hermosísimos poemas.



Odiar esta ciudad es una labor fácil que para colmo trabajo a diario con ahínco; hablo el idioma de los autóctonos para que no se crean más que yo: los españoles somos un pueblo orgulloso, y eso es una seña de identidad que jamás debe perderse, como aquí hicieron noblemente los Tercios en las peores condiciones, y llegan a mi mente la vida de esos soldados, algunos de ellos mercenarios, sus densos bigotes congelados, escondidos junto a los ríos para entrar en acción, entumecidos por el frío... pensar en sus escaramuzas enaltece la moral; sé que piso las cenizas de aquellos que cayeron noblemente en combate, pero yo aún sigo en pie. Desde entonces a los niños de estas hundidas tierras, para asustarlos, les advierten que si salen solos los raptará el Duque de Alba, el hombre del saco de los herejes. Cuando el rey Felipe II envío al general a estos húmedos páramos y sus habitantes se quejaban, les respondía sin titubear: «Si os disgusta mi religión marcharos a otra tierra»: Deo patrum nostrorum.

Sólo pienso en regresar a la Luz del Sur, pero cuando me marcho siento remordimiento por la ansiosa necesidad de dicho deseo, por ellas y su incomprensión, pero me encomiendo a la redención ajena porque no existe nada por lo que yo tenga que pedir perdón y nadie me podrá imputar nunca nada: si mis hijas sabrán entender y valorar en el futuro este esfuerzo lo desconozco. Rendirme no aparece en mi diccionario bilingüe body & soul.

Y así cierro otro día, observando por la ventana la lluvia centelleante contra el lienzo de obscuridad de la noche y el sonido del tic tac de mi reloj de bolsillo... hasta que dejo caer la cabeza sobre una montaña de libros. En esta ciudad mi insomnio no diagnosticado se acentúa, pero soy mitad monje y mitad soldado. Escucho tronar los reactores de un avión horadando las nubes ensangrentadas del cercano aeropuerto: creo que puede tratarse de un Boeing 737-800; es el mismo que me trae y me lleva sobre sus alas de eléctrica luz.

hay una luz en algún lugar
puede que no sea mucha luz pero
vence a la obscuridad
CH. BUKOWSKI 

Día de los Muertos. Ámsterdam, 2021.


lunes, 10 de abril de 2023

CON ROGER WOLFE EN VALLECAS

Con el escritor Roger Wolfe contacté por vez primera en el año 2015 cuando coordinaba un monográfico en homenaje a T. S. Eliot para la revista Ravenswood Magazine, y desde entonces surgió una amistad verdadera y constante que resulta harto difícil de mantener con vida en esta jungla que supone la literatura y los espurios vericuetos de la edición. Posteriormente le edité la pequeña colección de ensayos Oras en la vida y Pasos en el corredor, poemario que bautizamos con el sobrenombre de The White Album. Quedaba pendiente encontrarnos in the flesh, ya fuera en la capital o bien en algún punto en el que se da cita la trascendental Luz del Sur, sustantivos ambos que suponen dos novelas del señor Lobo: El Sur es un sitio grande y la autobiografía Luz en la arena, dos exquisitos libros editados por ZUT ediciones. 

Por fin acordamos lugar y día: en Madrid, coincidiendo con el Jueves Santo; fecha inmejorable. Roger escogió el barrio: Vallecas-Entrevías, y también el restaurante: Cruz Blanca, en donde probamos un delicioso cocido elaborado y servido como mandan los cánones castizos y que dio pie a que yo mismo esbozase un poema que veremos a ver en qué queda. Nos acompañó Eva, mi mujer (fotógrafa de Entre diques y esclusas. Antología de poesía neerlandesa actual), y su hija mayor. Los momentos quedaron inmortalizados por Eva con la Nikon de Roger (fotografías que me envió al día siguiente viradas a diferentes tonalidades sepias) y la conversación versó sobre poesía, Eliot y Pound, enfermedades y política (que en este país son sinónimo), acerca de Bukowski y el realismo (sucio y no sucio), música, ediciones y rendiciones (el corrector lo prefiere a reediciones) de libros, editoriales y malvados editores que compiten con el mismísimo Barbarroja, y hasta recordamos el magnífico programa literario que dirigía Sánchez Dragó (¡y qué perra es la vida!, pues justo cuando redacto estas líneas leo con enorme tristeza de su repentino fallecimiento). Roger nos dedicó un par de libros que trajimos de casa (tenemos casi toda su obra ya dedicada): una antología poética de Renacimiento y su celebérrimo ¡Que te follen, Nostradamus!. El día era como de primavera andaluza, rozando lo veraniego. Tras la comida anduvimos unos metros hasta llegar a una terraza cercana con el fin de tomar un café (yo una copa de orujo con hielo, aunque lo que me apetecía realmente eran unos torreznos), y así estuvimos charlando bajo la sombra hasta bien entrada la tarde y con el humo del cigarrillo de Roger mezclándose con el olor de nuestros cigarros electrónicos. 


El encuentro resultó enormemente agradable pero excesivamente corto para todos, pues el tiempo pasó de una forma totalmente bukowskiana: como caballos salvajes sobre las colinas. Nos despedimos con el deseo de volver a encontrarnos en el Sur, quizá organizando ad hoc una lectura poética de nuestro The White Album en plan estrellas del punk. Por fin nos habíamos conocido en carne y hueso; por fin nos pusimos altura: el buen puñado de años y de centímetros que nos separan nunca han resultado un obstáculo; de Madrid, al cielo, sin duda. 

FOTOGRAFÍAS: © Eva M. Gómez Gómez

lunes, 10 de agosto de 2020

LA NOCHE ES LARGA. DIARIO ÁMSTERDAM. Parte 1.1 (VERANO 2020. AÑO I DE LA PANDEMIA)

Sábado, 1 de agosto de 2020

La noche es larga, y hombres en la noche, / que nunca han combatido, inventan armas. Con estos dos versos con los que el poeta Julio Martínez Mesanza cierra «La eterna caballería», yo abro mi ansiada estancia en Ámsterdam, en este nuevo viaje que ha resultado incierto hasta el último momento. 

Ha sido una noche larga, la última sinóptica de los meses anteriores, pero hoy ya nada importa. Noches tan obscuras como la primera noche de los Tiempos, pero aquí estoy, en mi ciudad nórdica natal, la de un sureño de montaña fatal, en la ciudad que ahora es deslumbrada por esos ojos robados, por las calles que hacen resonar el eco de las más bellas risas escuchadas, y por cuyos canales vago como el espectro de un viejo marinero sin barco y extraordinariamente naufragado. La Noche, y las noches de estos últimos años, mijn nachten, en las que he leído libros rebosantes de vómito y escrito poemas insómnicos, he visto películas mudas con subtítulos desgarrados; nocturnidades en las que me he dedicado a cuidar los cactus con las púas más afiladas de mi abrupto universo, muchos ya secos de tanta sed; y penumbras en las que he avistado pájaros más hermosos que la propia vida y obscuridades en las que he subido a todas las sierras y montes de mi alrededor, con sus paredes mefistofélicas donde descansan los buitres esperando nuestros cuerpos henchidos de carroña y hendidas rocas dinosáuricas, haciendo rutas ignotas por barrancos y lenguas de piedras imposibles de pisar... pues al ascender montañas completamente solo percibes la vulnerabilidad humana, la soledad y la miserabilidad frente a la inmensidad de esas moles rocosas que rozan la eternidad, porque existir se ha convertido en eso... pero ahora estoy aquí, pandémico y restrictivo, en los pólderes y bajo agua, pero con Ellas, ya nada me importa.  

A las 6 h llegué al aeropuerto tras tomar un autobús de madrugada tal y como hice la pasada Navidad, tomando tierra en Schiphol a las 14 h, envuelto en una neblina húmeda y lastimosa. He pasado frío desde que me despedí de mis padres; al llegar a Ámsterdam más aún. Tras recoger las llaves de mi habitación en la Casa del traductor, y darme cuenta que era el primero sin saber quienes ni cuándo llegarán los otros dos traductores (no seremos cinco en esta ocasión), me fui en dirección a Amsterdam-Noord, una nueva ruta con sus metros, autobuses y tranvías que he memorizado en el trayecto de ida...

...Y allí por fin he vuelto a encontrarme con Ellas, cinco meses y un día después, gritándome desde el balcón con una emoción indescriptible e indicándome que saldrían por la puerta principal. Como había transcurrido tanto tiempo desde nuestro último encuentro, temía que la reacción de ambas fuese tibia, en el mejor de los casos. Pero no, N*** ha mostrado la efusión de siempre, mantenida a lo largo de toda la tarde, y la pequeña S***, que era la que más preocupaba, no paraba de cogerme la mano y llamar mi atención (aunque ya había tenido momentos similares a estos en el pasado), repitiéndome una y otra vez que no me fuera nunca más... y pocos serán conscientes de lo que significa escuchar esa súplica de un ser tan pequeño y puro como ella, que roza lo religioso, y saber que de nuevo volveré a marcharme.

Tras estar investigando los lugares de la zona, parques, árboles y tocones en donde crecen las setas, y hablando y jugando con Ellas, me he marchado prometiéndoles que nos veríamos durante todo el mes; yo que soy un experto en Tiempo y Abismo, sé que éste que estaré aquí será sólo un suspiro, y Ellas también lo intuyen. 
Hice algunas compras aún estando con N*** (pues S*** fue antes a darse un baño) y durante el viaje de regreso tomé mi cena: un batido de verduras (tras apenas haber comido en todo el día), llegando a la Casa al anochecer, con la cabeza embotada, cansado y dolorido, con sueño pero sin querer dormir. Me sentía un poco contrariado porque elegí la habitación 5 creyendo que era la 4, que es la que me asignaron el año pasado, pero al entrar y salir varias veces de ella con la intención de acomodarme en esa (pues también está vacante) decidí que lo mejor era permanecer en la 5 (que fue en la que pasé mi primera estancia en el verano de 2018), pues de lo contrario vería a N*** en ella tal y como estuvo la vez anterior y no podría soportarlo, ya que esta vez debido a las medidas adoptadas a causa del coronavirus no están permitidas las visitas.

Mi escritorio
Por la noche me encontré con Maja Weikert, la traductora bosnia (que reside en Alemania) y con la que ya coincidí hace dos años, y por lo que me cuenta falta otro traductor, que por el nombre presiento que será italiano.

Domingo, 2 de agosto de 2020 

A las 8 h fueron Ellas quienes me despertaron porque ya querían que fuésemos al parque, algo que hicimos poco más tarde y hasta las 18 h sin un segundo de descanso. Al despertarme aún me dolía la cabeza y en especial la espalda y los músculos del cuello, cortesía de mi pesada maleta en comunión con las escaleras de la Casa. Le temo a este tiempo estival de aquí, pues realmente nunca hay un verano como los que yo conozco y en raras veces el tiempo es cálido por completo (salvo que se esté inmerso en una ola de calor), ya que aunque llegues a creerlo, una racha de gélido aire te hace sentir lo contrario, y no sabes si has de llevar ropa de primavera o de verano, por lo que suelo sufrir fiebre en estos primeros días, lleno de alucinaciones e hipnotizado, pero este año no me gustaría que eso sucediese. El escritorio ya está sembrado con mis libros, objetos personales y pastillas para diversos fines.  

Salvo en el transporte público, en Ámsterdam la mascarilla no es obligatoria, pero yo la llevo también en tiendas y supermercados, y voy con mi gel hidroalcohólico a todas partes, con un surtido de mascarillas y las instrucciones de uso bien detalladas por mi santa madre. La ciudad parece triste, con menos movimiento y apenas turistas, con algún rara avis como yo, que ya no sé qué soy para esta ciudad tan celestial como infernal. Últimamente Ámsterdam me resulta un lugar atribulado, pero me cruzo con lugareños felices, así que puede que el apenado sea yo.

Tradicional foto de llegada
Estas últimas 48 horas han sido tan intensas (en especial el emocionante encuentro con Ellas) que lo que sucedió ayer, el día de mi llegada, tengo la sensación de que fue hace meses. Cuando entré en la Casa me encontré con una veintena de periódicos atrasados y dos paquetes para mí: los libros que me ha enviado el propio Max Temmerman, del que estoy preparando una antología y razón por la que regreso a este Templo, y la versión neerlandesa de Ordet (La palabra), el filme que llevó magistralmente al cine Carl Theodor Dreyer y que está basado en la obra de teatro homónima de Kaj Munk, una de las diez películas de mi vida. Sobre el poeta Temmerman, que me lo descubrió el año pasado mi buen amigo Stefan Wieczorek (al que echaré de menos en esta ocasión pues ya estuvo en la Casa el pasado mes de julio y completamente solo), posee una poética que desciende claramente de la estirpe de los Stefan Hertmans, Paul Snoek o Hugo Claus, con un estilo que se entronca en la hermosa cotidianeidad de cualquier vida así como con el paisaje flamenco o en la compleja dualidad del pueblo belga. 

Lo mejor del día ha sido reencontrarme con Ellas; lo peor las desesperadas lágrimas de N*** para que no me fuese y el rostro lleno de tristeza de S*** mientras agitaba sin descanso su mano para despedirse de mí. A mi corazón se le va formando una dura coraza, o eso creo, pero siempre queda una grieta imposible de taponar. 

Por la noche estuve escuchando a Herr Bach, tomé varias pastillas para diferentes propósitos y rematé la noche con un litro de té. En la cama escuché las campanadas de la Obrechtkerk. 

Lunes, 3 de agosto de 2020

Cuando me despierto, lo primero que hago es contar los días que me quedan por estar aquí, con Ellas, y al morir otra jornada y llegar la noche para mí es una pequeña batalla perdida... hasta la derrota final. Esta mañana también llovía, que no es ni más ni menos derrota, sino el estado natural de la vida en esta ciudad mía.

Escuchaba, aún adormilado sobre la cama, cómo desde el amanecer caía una ligerísima lluvia; a las 10 h, cuando el sol regresó de las tinieblas coincidiendo con el preciso instante en el que me encontraba con Ellas, cesó de llover. S*** se sentía apática tras el largo día de ayer, delicada como un reyezuelo, con sus delgadas y blancas piernas, con su cuerpecito asediado por los ataques de los salvajes mosquitos... por lo que no le insistí en que nos acompañase. N*** y yo estuvimos jugado en todos los parques que encontrábamos a nuestro paso (que han sido muchos), y a las 15 h una tormenta descargó abundante agua a lo largo de una hora. Nos refugiamos en un centro comercial y comido eso que aquí llaman belegde broodjes (bocadillos) y unas mandarinas, por cierto españolas. Luego la despedida, y S*** me envió un mensaje de audio diciéndome que me echaba de menos, y los dos segundos que registraron sus suaves palabras se me antojaron como un poema perfecto, una pequeña obra de arte que me ha insuflado una vida entera... mas tan efímera que nada más nacer ha expirado sin remedio.

Realizo mi vía crucis diario de tranvía, metro y autobús, sin sorprenderme en absoluto de que aquí la mascarilla no sea obligatoria salvo en el transporte público (aunque los ayuntamientos tienen competencias para modificar su aplicación), si bien en este asunto estoy en total desacuerdo, pues al no hacer uso de ella se puede contagiar a los demás, y ya no es simplemente una decisión personal. La filosofía de este país a lo largo de su historia (pienso —y me deleito— en cuánto significaron estas ciudades holandesas para Descartes, Spinoza, John Locke o Johan Rudolph Thorbecke) ha sido la de no cercenar bajo ningún concepto la libertad individual, un liberalismo que va más allá de la propia ideología, gobierne quien gobierne, y algo que le comentaba a Roger Wolfe esta misma tarde tras un mensaje suyo al respecto, y con el que comparto esa máxima del movimiento libertario norteamericano de «Dont tread on me» [sic]. Jamás en este país se les hubiese ocurrido un confinamiento tan salvaje como el que España sufrió, ni se hubiese prohibido practicar deporte de manera individual como tampoco hubiesen paralizado la economía por completo ni un sólo segundo, porque eso hubiese sido como detener los reactores de un Jumbo en plena maniobra de despegue. Aunque en la actualidad las ideologías se han difuminado hasta la más absoluta decadencia, probablemente porque los partidos y sus dirigentes ni poseen altura política ni mucho menos se les pueda calificar de estadistas, el potencial votante (menos preparado que antaño) se encuentra ciertamente confundido hasta el punto de mezclar el liberalismo y la democracia cristiana, ideologías que tienen profundas e innumerables diferencias, en especial en sus orígenes (el concepto Estado, colectivismo vs. individualidad...), si bien también comparten varios puntos de vista y en especial luchan contra un enemigo común, que no es difícil adivinar. 

A la vuelta demoré mi regreso, con un sol que quería reinar pero no podía, paseando por el Vondelpark y sus cercanas y elegantes calles, y por lo demás esta Casa, que sigue vacía, salvo Maja, con la que sólo me he encontrado una vez tras nuestro saludo inicial, y sin rastro del otro traductor.  

Martes, 4 de agosto de 2020

A pesar de mi agotamiento, a las 4 h aún seguía despierto, mientras escuchaba constantes ruidos (creo que) en la calle pero que parecían trasladarse a la Casa y subir las escaleras escalón a escalón hasta mi habitación, aunque en el insomnio de anoche también influyó el litro de té que me bebí antes de irme a la cama. 

Me levanté antes de las 8 h, y poco más tarde salí a la calle. Lucía el sol, aunque a la sombra corría un viento helador. Como aún tenía demasiado tiempo y nadie me esperaba (tal y como me sucede en los últimos años) anduve pausadamente sobre la hierba húmeda de Museumplein hasta llegar al Rijksmuseum, caminando por el hermoso barrio de galerías de arte y anticuarios del Nieuwe Spiegelstraat, vacío de gente, hasta girar por la Kerkstraat, aún más desierta y tranquila que la anterior, mientras buscaba el sol que pudiese calentar mis ateridos huesos. Llegué al Dam y tomé el metro hasta CS, estuve unos minutos en la Biblioteca central, volví a coger el metro hasta Amsterdam-Noord y me apeé del autobús junto a la Iglesia copta ortodoxa que había observado los días anteriores, pero estaba cerrada, y tras hacer algunas fotografías proseguí mi camino.

Poco después me encontré con Ellas. Recorrimos de nuevo cada uno de los parques de la zona, el centro comercial (que supone para mí todo un esfuerzo de dura negociación con mis chicas pues quieren comprarlo todo, y podría afirmar sin dudarlo que la última cumbre europea fue un juego de niños comparada con las artes diplomáticas que he de poner en práctica a diario) y un descanso para tomar un cremoso y gigantesco helado que se derretía por sus bordes. A continuación más parques, y más niños que iban y venían y con los que Ellas hablaban y yo también.      

Al regresar a la Casa lo de costumbre: comer, llamar a mis padres y traducir a Temmerman. Hoy estuve hablando con Maja, que me confirmó que el otro traductor, en caso de venir será en la segunda mitad del mes, pero que aún no hay certeza de que vaya a hacerlo dada la incertidumbre que infunde esta situación de pandemia. También me comentó que unos arquitectos vendrán a pasar el fin de semana, pues el Ministerio quiere reformar la Casa en enero, y que nos preguntarán qué es lo que encontramos mal. En el periódico Het Parool las autoridades locales aconsejaban no viajar a Rotterdam, la ciudad más afectada del país por el coronavirus. 

No he salido del laberíntico recorrido que a diario marca mi brújula interna, sin visitar aún ninguna librería de viejo ni cementerio alguno (tengo que investigar dónde enterraron a Ilse Starkenburg), como tampoco me he detenido en esos obscuros y perdidos bruine cafés en los que me gusta ahogarme, ni en el cercano Café Welling y ni tan siquiera en Het Bierfabriek a beberme una pinta de turbia cerveza. De vida social en los próximos días tengo pendiente cenar con A*** y  C***, y tomar un té en alguna estación de tren con mi buena amiga Alejandra Szir, con la que tengo un proyecto de traducción para final de año.

Miércoles, 5 de agosto de 2020
   
Dormí bastante más que el día anterior... casi seis horas. El parte meteorológico anunciaba cinco grados más que ayer hasta alcanzar los 27°C. Salí de la Casa antes de las 9 h e inicié la misma ruta que la trazada ayer, pero mientras pasaba junto al Stedelijk Museum recibí un tierno mensaje de audio de N*** en el que me preguntaba si ya podía ir a recogerla, así que inmediatamente me subí a un tranvía y me encaminé hasta Amsterdam-Noord. A S*** no le apetecía salir entonces; N*** me llevó por donde quiso: tiendas, parques y calles... y yo me dejé llevar, como marcan los cánones del amor. 

Una falsa sensación hace que aquí se piense menos en la pandemia, pero trato de no bajar la guardia. La mascarilla (que yo la llevo en cada lugar cubierto al que entro) es un auténtico engorro (cargado de bolsas, mochilas, patines y bicicletas, pelotas, muñecas...), y para colmo la limpieza de manos con el gel hidroalcohólico, al que mis hijas ya se han acostumbrado relativamente, aunque ayer, en plena tienda, una de ellas gritó: «¡Papá: yo ya no quiero más alcohol!», y muchos se me quedaron mirando, pues no todos llevan como yo su botecito difuminando como un loco todo cuanto encuentro a mi paso. En este sentido mi padre ha sido un adelantado, y desde que lo recuerdo lleva su bote de alcohol en el bolsillo, además de quejarse de lo poco que la gente se lava las manos.

La tarde llegó con un sol que quería ser como el que golpea los secarrales del sur, y por momentos pareció el mismo. S*** nos acompañó un par de horas, con sus graciosos movimientos, delgada, escurridiza y con un palique impropio para su edad... y de nuevo la despedida, cíclica, dura y estoica a partes iguales, hasta verme obligado a regresar por dos voces como un artista en el último concierto de su carrera y despedirme de Ellas tras hacer compras en el supermercado. Una vez alcanzado el metro, con el alma abandonada entre el musgo de los árboles que Ellas observan al despertarse, decidí detenerme en Het Bierfabriek y ahogarme como mandan los cánones del fracasado, sin placer, como corresponde al maldito, y bebiendo sin sed en ese local hoy desangelado, con la cerveza tibia, ausente del duende de antaño, y en el que he sentido que ya nada queda de entonces, será por la pandemia o acaso sea yo, pero si no existe aquello que antes me llenaba, ya no volveré más.  

Al acostarme pensaba en Ellas, y en el collar que N*** me arrebató del cuello para colocárselo en el suyo, más hermoso que el mío, y que ahora tocará su piel, mientras duerme, y yo me conformaría con ser ese collar por siempre. 

Jueves, 6 de agosto de 2020

He dormido peor que las anteriores noches, y a las 7 h ya me desperté y sin demora me puse en pie. Una de las cosas que más me agrada nada más salir de la Casa es la primera brisa golpeándome y acompañada del olor característico de esta zona... Reconocería la prístina sensación de esta ciudad entre un millón, aunque no sepa explicar a qué huele ni tan siquiera lo que me hace sentir.  

Hice el mismo recorrido a pie que el martes, callejeando incluso más. De mi bolsillo saqué un pequeño objeto: un anillo de N*** que lleva montado un cervatillo. Ella es mi alma gemela contrapuesta, pues en nada se parecen nuestros cuerpos y poco nuestros caracteres, y sin embargo nuestra compenetración es extrema, algo que me gustaría conseguir con S***, tan parecida a mí pero de la que se me separó cruelmente en un momento clave de su vida y de la mía. ¡Oh, S***, tan escurridiza como un rabo de lagartija! El resto de mi vida quedaría colmada con la presencia física de Ellas, no necesitaría más (aunque también a mis padres); con eso bastaría y no precisaría de más personas a mi lado... pero no las tengo, y me da miedo perder lo que aún permanece conmigo.

Cuando llegué a recogerlas ya me había hecho a pie más de ocho kilómetros. Estaban cansadas por el día anterior, y S*** se quedó en casa, aunque luego también nos acompañó (y me despidió afligida). N*** y yo recorrimos nuevamente las tiendas y parte del barrio en dirección norte, y como suele suceder aquí, en unos pocos pasos ya nos encontrábamos en plena campiña, con sus lugares henchidos de encanto, sus pequeños canales repletos de exuberante vegetación y en cuyas orillas N*** trató de acercarse en varias ocasiones a una garza. Y la despedida, otra, tan nauseabunda e insoportable.

Llevaba casi 48 horas en las que apenas había comido un par de plátanos, unas galletas, un belegde broodje de queso y el litro y medio de cerveza de anoche; hoy me preparé bacalao a la plancha y verdura cocida, y reconozco que lo necesitaba. 

Ya queda menos para el otoño, y aquí llegará primero y a mí me abordará allí, con sus tentáculos de abulia y cruda nostalgia, ya permanente en mí, pero a Ellas también, cuando llegue la obscuridad de esos días, en este nuevo lugar en el que ahora viven... no quiero pensarlo, ni eso ni el día que de nuevo me marche. 

El polvo se hacina en las esquinas del cajón de los cubiertos. 
Empieza lento, pero una semana más tarde cuelga 
una manta de rocío sobre el fregadero. 

Anda con ojo cuando se acerque el otoño. 
Saca los helechos de cobre que de las patas de la mesa 
brotan como art decó barato.
[...]

Max Temmerman, «Cartas credenciales» 

Viernes, 7 de agosto de 2020   

Ahora mismo son las 19:30, y resumo el día de hoy ya en mi habitación, mientras el termómetro marca 31°C, con un máxima a media mañana de dos grados más; parece que la ola de calor aún durará varios días. 

Mientras tomaba mi comida caliente (hamburguesa vegetal y puré de verduras) en esta Casa completamente vacía, me detuve en el titular de portada del NRC Handelsblad: «El liberal Rutte se siente incómodo con su severo papel en esta crisis», y un artículo en páginas interiores en donde se detallaba la inusual dureza de su tono reprendiendo a la población, aunque como convencido liberal que es seguirá dando «espacio» a los ciudadanos, y es que los contagios por coronavirus siguen creciendo preocupantemente en el país y en especial en Ámsterdam, así que ayer por la tarde el gobierno anunció nuevas medidas (para los lugares de ocio, pruebas a quienes procedan de lugares tipificadas con código naranja, y que se eviten los lugares concurridos de Ámsterdam). La rueda de prensa la ofrecieron conjuntamente el primer ministro Mark Rutte y el viceprimer ministro Hugo de Jonge, ambos de diferente signo político (VVD y CDA, respectivamente), excelentemente coordinados y por cierto sin tomarse aún vacaciones, algo que como leo en la prensa ha hecho ya o hará en breve el presidente de mi país (con cifras indecentes en cuanto a las reformas hechas en su lugar de veraneo y gastos obscenos en desplazamientos), y ello a pesar de la dramática situación sanitaria y económica que existe en España y tras una cumbre europea en la que calificó a los Países Bajos y a otros (algunos incluso gobernados por socialdemócratas) de «insolidarios» y varios calificativos más. ¿Dónde ha quedado ahora la solidaridad con los suyos? Esto va mucho más allá de cualquier ideología, más incluso que el de ser y aparentar ser honrado, pero por ahí se empieza y es la base de todo político y toda persona. Leer precisamente aquí esta noticia tras la renombrada cumbre europea de hace unas semanas me hace sonrojarme aún más y sentir un inenarrable bochorno. 

Antes de partir a Amsterdam-Noord estuve dando un paseo por el Amstel hasta llegar al Stopera (Ayuntamiento+Palacio de la ópera). Me detuve en la espectacular y bonita estatua de Spinoza que allí se erige y volví a leer la frase que hay inscrita bajo sus pies: «La meta del Estado es la libertad», una sentencia irrebatible. 

Me bajé en la parada final del metro 52, pues quería visitar el cementerio De Nieuwe Noorder, pero pronto me percaté que no había tomado la ruta correcta. Me di la vuelta y recogí primero a N***, que tal y como hizo ayer bajó con sus patines de ruedas para pasearse con ellos por el barrio. Quería que fuésemos a una piscina, que ella me afirmaba que sabía dónde había una: «Allí cerca de aquella iglesia que hay al fondo», y efectivamente dimos con ella (pero estaba completa para los próximos días y era obligatorio acudir con reserva previa). Cruzamos un pequeño canal en donde se asentaban unas casas preciosas, la mayoría de madera y todas diferentes, pintadas de verde, blanco, marrón... y hasta en una de ellas crecía una frondosa higuera. A la vuelta nos detuvimos en la iglesia De Buiksloterkerk (que nos había servido de guía para localizar la piscina), por desgracia cerrada, y que por las fotografías que he visto en internet presenta un interior sobrio pero a la vez coqueto, una construcción que data de 1609 (aunque su forma actual se remonta a un siglo después). Junto a la iglesia había un pequeño cementerio (en este caso un kerkhof, literalmente «jardín de la iglesia», y no un begraafplaats, conceptos que extrañamente nuestro rico idioma no discierne). Entramos por la desvencijada verja y le expliqué a N*** que bajo esas desgastadas y rotas lápidas había gente muerta, personas enterradas, pero ella no lo entendió bien y me pedía una y otra vez que yo cogiera de un lado de la lápida y ella del otro para levantarla y «ver lo que hay debajo».
    
Más tarde bajó S*** y seguimos jugando en el parque y en las fuentes, hasta que se hizo la hora de comer: N*** me suplicaba venirse a dormir conmigo al tiempo que me agarraba con desesperación mientras S*** movía su manecita diciendo adiós con esa forma tan graciosa que tiene de decir las pocas expresiones que usa en español, sin pronunciar la ese final de la palabra, en una mezcla de italiano y francés. Me gustaría desaparecer un segundo antes de cada separación, sin más preámbulos, y como en la máquina del tiempo de H. G. Wells aparecer en otro lugar, y a ser posible limpio de dolor.

Sábado, 8 de agosto de 2020

Cuando ayer me recluí tan temprano en la habitación, con el pegajoso calor y la cegadora luz que aún quedaba suspendida de los gabletes de las casas hasta que la noche se cernió por completo, me abordó un instante de tentación y salir a dar un paseo por esta ciudad que tantas cosas puede ofrecerme... pero esa seducción se convirtió de inmediato en desgana y absoluta apatía, porque sé que nada podría llenar mi vacío. 

Ya esta mañana seguí la rutina de costumbre y al llegar a Amsterdam-Noord traté de visitar el cementerio De Nieuwe Noorder. Anduve por un solitario y estrecho sendero de menos de un metro de ancho oculto por altos árboles y salvaje vegetación hasta que al salir de aquella obscuridad observé a orillas del Noordhollands Kanaal el molino Krijtmolen d'Admiraal (construido en 1792), pero cuando tras mucho caminar casi me hallaba a las puertas de mi destino, mis chicas me escribieron un mensaje para decirme que ya estaban listas para salir, así que en lugar de hacer el camino a pie, me apresuré en tomar el primer autobús que pasó por esa zona y acudir raudo a su encuentro. En los próximos días intentaré visitar el citado cementerio, pues me pica la curiosidad que en las fotografías que he visto en internet no aparezcan lápidas ni tumbas. 

Ambas se bajaron con el bañador en la mochila y como una especie de tradición no escrita estuvieron jugando en las fuentes como suelen hacer los niños en la ciudad cuando aprieta el calor, chapoteando en el agua y bañándose literalmente. 

No puedo creer que ya haya pasado una semana entera, con sus luces y sus crepúsculos. La intensidad de estas jornadas casi no me ha dejado percatarme de que llevo aquí siete días, en esta Ámsterdam que me parece distinta, y en los que no he hecho otra cosa que estar con Ellas, en maratonianas jornadas de diez horas, agotado pero feliz de verlas a diario... firmaría esta vida por siempre, antes que aquella que soporto cuando no las tengo.   

La portada del periódico Het Parool destacaba una noticia: la preocupación por la sequía que está padeciendo Ámsterdam, y al caer la noche informaron de la muerte de un muchacho de 24 años a causa de un tiroteo acaecido por la tarde en el sur de la ciudad, concretamente en Nieuwe Meer, junto al Het Amsterdamse Bos.  

martes, 5 de abril de 2016

ROGER WOLFE: ENTRE LA ESTEPA Y LO POLÍTICAMENTE INCORRECTO

He leído todos los géneros que ha cultivado Roger Wolfe a lo largo de sus treinta años de carrera literaria; he leído casi toda su obra, pero no es este hecho nada extraordinario, pues otros ya lo han hecho antes que yo. Ahora he terminado de leer el primer volumen de su autobiografía, titulado Luz en la arena y publicado en 2013 por la editorial ZUT. Para el que sólo conozca su afán poético, sus libros de ensayos, los innumerables relatos y demás escritos, o la brutal novela El sur es un sitio grande, le sorprenderá el tono y el intimismo del que hace uso en este primer tomo autobiográfico, hasta tal punto de creer que es un escritor diferente al de sus anteriores obras; o acaso esa dualidad que el angloespañol tan bien representa: en ocasiones es Dr. Jekyll, y en otras Mr. Hyde.

Luz en la arena es un libro delicioso en todos sus aspectos, rebosante de  anécdotas y nostalgias, de momentos evocadores hasta tal punto de llegar a ser dolorosos por el hecho de haber pasado ya sin la esperanza de que regresen, y las páginas se construyen con detalles y hermosas descripciones estructurándose de manera amena en breves capítulos independientes... es, en definitiva, un hermosísimo y delicioso testimonio.

Luz en la arena sigue la estela de otras obras del género que recuerda al primer tomo autobiográfico de Coetzee o a La lengua absuelta de Canetti, cuya finalidad es hurgar en el recuerdo y en los sentimientos de una época que ya no volverán para su autor, para describir una infancia que en la de Wolfe transcurrió entre dos culturas y lenguas (curiosamente como Canetti), desarrollándose de forma bella y entrañable con un tono nostálgico e intimista; y a su vez encuentro en Wolfe gran paralelismo en aquello que afirmaba Eliot con respecto a cuánto le debía al hecho de haber nacido americano pero haberse desarrollado en la Inglaterra que lo adoptó, puesto que nada –ni su vida ni su obra– serían igual sin esta determinante circunstancia, algo que también parece suceder con Roger Wolfe


Existen pocos escritores que cultiven un abanico tan amplio de géneros y lo hagan tan delicadamente bien (aunque la sutileza no sea en ocasiones la palabra precisa), con un sello propio, personal e inconfundible como el que esgrime Roger Wolfe en sus escritos. Es muy difícil, por no decir casi imposible, encontrar un autor no sólo en lengua española sino en ninguna otra, que ahonde con tanta maestría en las múltiples facetas de la literatura como el angloespañol: poesía, relato, traducción, ensayo (que él denomina «ensayo-ficción»), diario, novela... y hasta letrista para el músico Diego Vasallo o su colaboración con Rafa Berrio; es muy difícil; apostaría a que es casi imposible. Es por ello que ha sido calificado como «escritor total».


Roger Wolfe, considerado el impulsor del nuevo realismo poético español, es el más vigoroso y original creador de su generación y una de las voces más singulares y radicales del panorama nacional, heredero directo de T. S. Eliot, Raymond Chandler, Bukowski, Baudelaire, Céline, Rubén Darío o César Vallejo. Con un estilo rotundo y sin fisuras, Wolfe es un autor único e incomparable que se reinventa con cada una de sus obras, y allí en donde aparenta ser un lenguaje coloquial y sencillo, subaycen ríos de literatura, clásica y moderna, de nuestro idioma y de otros, catalizador y exponente de la tradición anglosajona como nadie lo ha hecho en nuestra lengua. Un lobo estepario que transita entre lo políticamente correcto y lo incorrecto; un lobo; un lobo solitario; un lobo, feroz.