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lunes, 27 de marzo de 2017

ROBINSON JEFFERS Y LA BELLEZA DE LA BATALLA PERDIDA

 
ROBINSON JEFFERS  
(1887-1962)


DISTANT RAINFALL



Like mourning women veiled to the feet
Tall slender rainstorms walk slowly against gray cloud along the far verge.
The ocean is green where the river empties,
Dull gray between the points of the headlands, purple where the women walk.
What do they want? Whom are they mourning?
What hero's dust in the urn between the two hands hidden in the veil?
Titaness after Titaness proudly
Bearing her tender magnificent sorrow at her heart, the lost battle's beauty.




PRECIPITACIÓN LEJANA



Como plañideras enlutadas hasta los pies
Altas tormentas esbeltas caminando lentamente contra la gris nube por el borde lejano.
El océano es verde donde el río se vacía,
Gris mate entre los puntos de los promontorios, morados por donde caminan las mujeres.
¿Qué quieren? ¿A quién le rinden luto?
¿Qué polvo de héroe en la urna entre las dos manos ocultas en el velo?
Un Titán tras otro soportando
Con orgullo en su corazón su tierna y magnífica tristeza, la belleza de la batalla perdida.


El último cantor de Walt Whitman. Poesía esencial de Robinson Jeffers. (Edición bilingüe). Huerga & Fierro editores, Madrid. 2016.

sábado, 2 de mayo de 2015

CHARLES SIMIC O EL TRIUNFO DE LA COTIDIANEIDAD POÉTICA

Entre las infinitas características y bondades que nos regala la poesía, una de ellas es la de conseguir que algo cotidiano, ordinario y hasta vulgar, se transforme gracias a la concatenación de unos versos bien trenzados en algo completamente sugerente y evocador.

Simic picando poemas (www.nyu.edu)
Sólo así se entiende la poesía del norteamericano Charles Simic (1938) —de origen serbio y testigo de la Yugoslavia atroz de la II Guerra Mundial—, como una herramienta capaz de hablar de un vaso de leche, de una carnicería, de una simple casa u hostal, de una mosca o de un paisaje intrascendente y mantener la atención del lector y de paso crear una insólita expectación. He leído en algún lugar que éste es "el poeta del pueblo", un título desacertado y vulgar para la realidad de este creador y aguzado crítico literario, pues que su temática no ahonde en los temas clásicos (pedantes, tediosos, manidos) de la poesía y sus versos aparenten poder ser escritos por cualquiera, su poética destila más intelectualidad que aquélla que muchos tratan de exteriorizar con forzado ahínco. 


Cínico e irónico pero no cómico, pues no hay atisbo de humor en sus composiciones, Simic deja en el cajón los adornos y se centra en construir una poesía en apariencia siniestra y ominosa, y sus temas se centran en situaciones u objetos insignificantes, en la figura de la mujer (pues las mujeres, tanto familiares como en el plano afectivo han sido sus sempiternas acompañantes), el jazz, la nieve, un padre peculiar... y Simic se introduce furtivamente en los hogares de una familia media norteamericana para retratar una escena aburrida y ordinaria, o sus poemas se transforman en un lienzo de Grant Wood o Edward Hopper; parece que estoy observando al poeta flirteando y diciéndole a la chica de al lado lo caliente que está la cerveza esa noche... La poesía es un artefacto que puede cambiar el mundo; la de Simic el concepto (erróneo) de lo cotidiano.

Edward Hopper. Aves nocturnas (1942)
Esto es lo que vi: nieve vieja en el suelo, 
tres mirlos acicalándose, 
y mi vecina que salió en camisa de dormir 
a tender en la cuerda las camisas de su marido.  

El viento matutino hacía difícil engancharlas, 
levantó el vestido tan por encima de sus rodillas 
que tuvo que dejar de hacer lo que estaba haciendo 
y dio una buena carcajada mientras se cubría. 

PRIMAVERA - Charles Simic (Hotel Insomnia, 1992)

lunes, 22 de diciembre de 2014

EL SPAGHETTI WESTERN DE GEORGE R. R. MARTIN

Casi 5000 malditas páginas; cinco gruesos tomos y tres meses; 12 semanas leyendo en los lugares más insospechados, en solitarias salas de espera y fríos tanatorios; en autobuses y frente al fuego de una chimenea; mientras caminaba y trasnochando para descansar en fines de semanas y fiestas de guardar y no volverme loco, o para no cortarle el cuello a nadie. Yo mismo estoy asombrado de haber sido capaz de leer nuevamente una novela fantástica (desde que con 14 años leyese a Tolkien y me prometiese entonces no leer a nadie más en su género, pues éste era insuperable). Sorprendido al mismo tiempo por leer una novela tan enrevesada y folletinesca (que en ocasiones me recordaba a Dumas), y porque a mí que siempre me ha gustado ir a contracorriente, al final he leído lo que parece que todo el mundo dice y aparenta haber leído, dejándome llevar por esa corriente, que todo lo arrastra, pero que en esta ocasión y sin que sirva de precedente ha merecido la pena. 

Me estoy refiriendo a la saga literaria de Canción de hielo y fuego, conocida en su versión cinematográfica como Juego de Tronos y escrita por George R. R. Martin, un escritor que posee ciertas similitudes con Tolkien y no sólo en el nombre (las R. R. del apellido), también en ciertos aspectos literarios. Puede que Tolkien haya encontrado por fin un digno sucesor... pero entre ambos existen muy notables diferencias.

George R. R. Martin
La valoración final tras la lectura de los libros escritos hasta ahora por Martin y el visionado de la versión para la pequeña pantalla, me ha llevado a imaginar la historia como un western, más en concreto como un spaghetti western. Y es que temprano su línea argumental rompe con el molde clásico de literatura fantástica (y no fantástica) cuando Martin decide que a Ned Stark, el hombre más decente de la historia hasta ese momento, hay que cortarle la cabeza. Como si Tolkien hubiese prescindido en sus primeros capítulos de Aragorn, Frodo o Gandalf, algo que por cierto sí hizo con Boromir. Y esa característica es propia de los spaghetti.

A partir de ahí se da a entender que cualquier acontecimiento puede suceder y que todo ser viviente es susceptible de ser asesinado de manera salvaje, cambiando el sino de la épica en la que los buenos siempre ganan y derrotan a los malvados, y con ahínco traza la lógica perfecta de un spaghetti western: sucio, bizarro, repleto de violencia y saña desmesurada (el que no conozca el subgénero que se siente a ver la incalificable Oro maldito), ausencia de ética ni moral alguna en donde los malos acaban venciendo y sólo al final se atisba que acaso algún «bueno» o «medianamente bueno» pueda ser el vencedor en esta enmarañada historia.

Tolkien es como John Ford: pulcro, decente, siempre señalando al valiente y ensalzando al héroe, pero al mismo tiempo encumbrando al antihéroe bondadoso y puro de espíritu (como Stoddard en El hombre que mató a Liberty Valance, o como Frodo, Bilbo, Sam... o por poner otro ejemplo, pureza necesaria que en la saga de Dragon Ball sólo se hallaba en Goku y era el único que podía navegar sobre la nube Kinto), empequeñeciendo al ruin, como también hacía Raoul Walsh (tuerto como Ford) o Howard Hawks. Mientras, Martin, sería al cambio un Corbucci, un Leone o bien un Castellari en donde la falta de escrúpulos es una seña de identidad del personaje principal. La obra del norteamericano, con su estilo folletinesco y enumerando linajes y casas, sus alianzas, traiciones, engaños y ambiciones, se asemeja a una suerte de House of Cards medieval.

El Muro
El final de este sin fin de crónicas (y secretos), vertebrado por un apasionante elenco de personajes e intrahistorias perfectamente trenzadas, parece incierto, aunque adivino que en ese empeño de abolir el género clásico de evidentes y bien diferenciados dualismos antagónicos de buenos-malos y héroes-antihéroes, el bastardo, el tullido y un enano (menos ducho en el manejo de las armas pero más perspicaz, agudo e inteligente que el Gimli de Tolkien, brillante y también ejemplo maquiavélico) tendrán la última palabra, sin olvidar la figura femenina que en esta novela río se adivina fundamental y pisoteará el género en el que a Tolkien se le ha criticado por su casi ausencia de personajes importantes femeninos, pues el papel de una mujer se aparenta determinante en el devenir y final de la saga de Martin.

Y volviendo al western, a buen seguro que la realidad del viejo oeste se asemejaría más a los sucios y violentos spaghetti de Corbucci o Leone que a aquellos idealizados filmes dirigidos por los Ford, Walsh o Mann... así como la Edad Media sería más parecida a la de Martin que a la del bueno de Tolkien.

Recuerden: un tullido, un bastardo o una mujer gobernarán los Siete Reinos, y me inclino por estos dos últimos... Bienaventurados los puros de espíritu, porque serán ellos quienes se sienten en el Trono de hierro, digo yo.  Una mujer... Una niña.

sábado, 28 de junio de 2014

Y DIOS LE DIO LA PALABRA A WALT WHITMAN


Lo leí por vez primera con quince años y espoleado tras visionar aquella película que llevaba por título El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), filme en donde el clímax y momento más emocionante tiene lugar al final, cuando los alumnos se encaraman sobre sus pupitres y uno a uno comienzan a recitar los famosos versos de «¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!» (dedicados a Abraham Lincoln tras su asesinato) como muestra de apoyo al profesor despedido. Lo leí en una especie de antología, de poemas seleccionados de su magna Hojas de hierba, escrita en 1855 y reelaborada y ampliada una y otra vez hasta su muerte, pero tengo que reconocer que me disgustó enormemente, antojándoseme los poemas excesivamente artificiales y forzados, así que decepcionado no reparé más en él.

Walt Whitman ©George Collins Cox
Hasta que hace unas semanas terminé de leerlo completo y sin mutilación alguna, íntegro, en la excelente edición de Francisco Alexander para Visor, y nada ha tenido que ver aquella prístina y decepcionante lectura de hace ya muchos años con esta última. Como bien afirman los especialistas en su obra, Walt Whitman (1819–1892) es el primer poeta genuinamente americano, ya que los Poe o Longfellow no son sino poesía en esencia británica compuesta en suelo americano. Whitman era descendiente de labradores ingleses por parte paterna y de duros marineros holandeses por la materna, y a pesar de ese poderoso e idílico poso europeo, ya es un escritor eminentemente americano.

Pero el último guiño a Whitman aparece en la serie Breaking Bad, en un capítulo de la quinta y última temporada titulado «Deslizándose por todo», que no es sino el título de un poema del poeta: «Gliding Over All». El personaje principal de la serie, Walter White (que curiosamente comparten iniciales: W.W.), está a punto de ser descubierto por su cuñado, el agente de la DEA Hank Schrader, cuando estando en el aseo abre Hojas de hierba y casualmente observa que tiene una dedicatoria: «Para mi otro favorito W.W.», momento en el que descubre a su cuñado.

Breaking Bad
Hojas de hierba es una obra épica que ensalza la imparable construcción de una nación en ciernes, la exaltación de una nueva tierra mediante unos versos que rezuman un misticismo de tanta simpleza como profunda e inabarcable belleza. Poseen sus poemas un marcado carácter elegíaco y religiosidad natural, como si el poeta tratase de explicar esta creación imperfecta y cruel pero indudablemente hermosa. Para el que ha vivido su infancia y adolescencia (y los mejores años de la vida) en un ambiente rural, leer a Whitman es rememorar ese pasado y sus momentos, recordar las inolvidables imágenes, los sonidos y los indescriptibles colores, los olores característicos de cada una de las estaciones y todo lo que la naturaleza encarna. Leer al poeta es un retorno al pasado, volver a la infancia y sus fragancias, el regreso a la «patria" en el sentido al que Rilke se refería: «La verdadera patria del hombre es la infancia». Y puede que en Hojas de hierba Whitman retornase a la infancia de sus antepasados, la de esos labradores ingleses y marineros holandeses que surcaban el áspero Mar del Norte en un viaje poético tamizado por el imponente y bucólico paisaje de esa nueva tierra que acogió a todos y en donde él se erigió en el prócer de los poetas norteamericanos.