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miércoles, 15 de julio de 2026

ÁMSTERDAM: UNA TEORÍA DEL VIAJE

Y PARTE III

Los dos hemos padecido muchos trabajos: tú aquí, llorando por mi vuelta tan abundante en fatigas; y yo sufriendo los infortunios que me enviaron Zeus y los demás dioses [...].

La Odisea, HOMERO

Como me temía, me desperté a las 6 h y ya no pude dormir más. Despuntaba tímidamente el sol, aunque el cielo estaba cubierto de nubes. En lo meteorológico el día ha sido similar al de ayer, salvo que no ha llovido.

A las 9 h ya estaba saliendo del hotel en dirección a Centraal. Me pasé por una librería que se encuentra en la estación y compré para mis hijas una edición ilustrada de El principito. A continuación tomé el tranvía 26 en dirección a Ijburg: todas mis cartas y notas de estos días seguían en el buzón; deposité otra junto al libro, y me marché. 


Como acostumbro, a la vuelta hice una parada técnica en la Biblioteca central (tengo mapeados todos los aseos públicos de la zona centro, y en algunos de ellos sería fácil contagiarse de alguna enfermedad; no así en el sagrado lugar en el que habitan los libros). Llevo unos años dándome cuenta de la casi imposibilidad de discernir el símbolo de hombres-mujeres en los baños; deduzco que tiene relación con esta pandemia woke de crear géneros indefinidos. De hecho ayer mismo había una mujer en el de caballeros, que me miró con cara de sorpresa; dudé si el que me había confundido era yo, aunque en esta ocasión no. 

Bajé hasta la estación de metro: sonaba música clásica; hoy Vivaldi; parece que no todo está perdido. Al llegar hasta la Amstel Station me subí en un autobús que me dejó en la misma entrada del cementerio de De Nieuwe Ooster, el cementerio más grande no sólo de Ámsterdam, también del país. Es un cementerio que nunca me ha gustado, precisamente por lo enorme que es y por lo concurrido que está siempre. Es el cementerio en el que suelen enterrarse, además de los nacionales, los coreanos, japoneses, chinos, surinameses, indonesios, latinoamericanos... Y hasta existe una parte destinada para quienes profesan el islam. 


El motivo de acudir a De Nieuwe Ooster no era otro que el de visitar la tumba de Cees Nooteboom, otro eterno candidato al Nobel de literatura que tocó todos los géneros y uno de mis escritores favoritos, de quien he leído gran parte de su obra: Rituales, La historia siguiente, El desvío a Santiago, En las montañas de HolandaEl día de todas las almas, La historia siguiente, Philip y los otros, Hotel nómada, 533 días... Durante unos años escribí a la Academia sueca de literatura fundamentando por qué debían concederle el premio Nobel, pero ni caso. Viajero empedernido, Nooteboom era también un amante de los cementerios, y junto con su mujer, la fotógrafa Simone Sassen, recorrieron el mundo entero visitando las tumbas de sus escritores y filósofos predilectos, libro que titularon Tumbas, en español, que compré en neerlandés nada más aparecer y años más tarde en una edición de bolsillo en español. 

También he de confesar la espinita que tengo clavada por no haber visto publicadas algunas traducciones que hice de varios de sus poemarios, como le hice saber en una carta que le remití, pero el culpable fue un famoso editor de poesía de España de cuyo nombre no quiero acordarme. Recibí asimismo una carta de dos páginas del propio Nooteboom que conservo como oro en paño. 

Decidí buscar el lugar por mi cuenta, pero a la media hora me di por vencido. Le pregunté a una simpática anciana, con la que estuve hablando unos minutos, aconsejándome que preguntase en administración. Mientras me dirigía a las oficinas del cementerio divisé lo que parecía una pareja retozando en la verde hierba frente a una tumba. Tonto de mí pensé que con una escena tan romántica ahí estaría, sin duda, la tumba de Nooteboom, o bien de algún otro insigne escritor o compositor al que rendían sentido homenaje. Llegué hasta donde se encontraban —iban vestidos con ropa gótica, ambos con largos pendientes, uñas y ojos pintados de negro, recordándome a los personajes de El pequeño vampiro, esa serie infantil y libros que tanto amo—, al verme pusieron cara de póker y les pregunté sobre el asunto, pero no siquiera hablaban neerlandés. Tras la cómica situación llegué a la administración del camposanto y le expuse la situación a la chica que me atendió, pero ésta no tenía ni idea de quién era el tal Nooteboom y mucho menos de dónde había sido enterrado. Me pidió que se lo escribiese en un papel, dudando si poner su nombre artístico o el real: Cornelis Johannes Jacobus Maria Nooteboom; opté por el que usaba para firmar sus libros. A los diez minutos apareció la muchacha con el número de referencia de la tumba y un mapa, y comencé la búsqueda, que me llevó unos veinte minutos. Nooteboom falleció en su residencia de Menorca y según había leído en palabras de su editor sus cenizas las trasladaron semanas más tarde a De Nieuwe Ooster. La tumba me decepcionó, y también la ubicación. No había ni lápida, aunque albergo la esperanza de que en el futuro disponga de una a la altura del escritor. Elevaré una queja formal escribiendo a su editorial. Cees Nooteboom tendría que haber sido enterrado en el Zorgvlied, junto a su amigo Harry Mulsich. ¿Por qué decidió hacerlo aquí? 


No tuve ganas de buscar las tumbas —es un trabajo arduo— de otros importantes escritores enterrados en De Nieuwe Ooster (Hella Haasse, Nescio, Theo Thijssen, Jacques Perk, Theun de Vries, Ed. Hoornik...) y enfilé la salida no sin antes hacer una nueva parada técnica en los aseos, lugar en el que me encontré con un amplio grupo de surinameses que fumando esperaban a que terminase el funeral de un amigo muerto. Los hombres iban vestidos con camisas de cuadros negros y rojos, y las chicas con una cinta con la bandera de Surinam. Al salir me crucé con varias personas con tambores e instrumentos de viento. Tuve la tentación de quedarme a presenciar la fiesta-funeral, pero pensé: ¿y quién me ha dado a mí vela en este entierro? 

En muchas ocasiones me han preguntado «¿Y no te aburres?» (por ejemplo viniendo aquí con tanta frecuencia). Y no, no sé aburrirme. Lo he intentado, por probar qué se siente, y ha sido imposible. En mi caso padezco de insomnio y soy un hiperactivo no diagnosticado, y eso ayuda. No me gusta la gente que se aburre o duerme mucho sin motivo; son un peligro social; en el código penal tendría que existir algún severo castigo contra ellos. Me faltan horas y detesto cuando llega el momento de acostarme. Desde que decido irme a la cama hasta que realmente lo hago, transcurre más de una hora. Plutarco recoge en uno de sus libros una anécdota de Dionisio el Viejo, cuando alguien le pregunta si tenía tiempo libre: «¡Ojalá nunca me suceda esto!», contestó. Sabia respuesta. 

La media de kilómetros recorridos a diario en mi estancia ha sido de veinte kilómetros, y mi vida gastronómica puede resumirse básicamente, con alguna excepción, en recetas locales: arenques, lekkerbekje (bacalao rebozado acompañado con salsa tártara), stamppot (puré de patatas y endivias con albóndigas), zuurkoolstamppot met rookworst (chucrut y patatas con salchicha ahumada), bami babi pangang (un plato de imposible fusión neerlandés-indonesio-chino cuyos ingredientes son los tallarines y el cerdo marinado), queso, pepinillos, frambuesas, plátanos y moras; y mucho sushi.

Y es que cuando me encuentro en esta ciudad aparece en mi mente una bandeja de sushi que suelo comprar en Albert Heijn. Si me apetece comer algo más especial, me alejo del centro y busco en los callejones del barrio bohemio del Jordaan un pequeño restaurante con manteles ajedrezados en donde no encuentras a ningún turista. Si fuese Miquel Barceló pintaría un maki de salmón coronando el obelisco del Dam; de la base brotarían nigiris; por los canales no correría agua, sino salsa de soja, y las bicicletas levitarían sobre ésta. A Noa le encantaba que comprásemos sushi y comer en el parque, aunque fuese invierno. Se acercaban todo tipo de pájaros, y yo le iba enunciando los nombres en español y en neerlandés: mirlo, estornino pinto, carbonero, herrerillo, cuervo, urraca... miles de urracas. No creo que se acuerde ya... de nada. El sushi y el escritor Augusto Monterroso me recuerdan a ella (y tantas cosas, como un collar de piedras blancas que compramos para cada uno y aún conservo): leía en la clínica las obras completas del escritor guatemalteco cuando vino al mundo, anotando en el margen del libro el momento exacto. Un día me preguntó sobre Dios. ¡La echo tanto de menos! A las dos. Me gustaría saber qué música les gusta, qué libros leen, qué les gustaría ser de mayores, hablar sobre la Teoría del alma de Platón, si creen que Europa terminará siendo destruida cultural y socialmente, si en el futuro las letras neerlandesas recibirán por fin el premio Nobel de literatura... Algún día espero tener estas conversaciones con ellas, y otras más importantes que nos atañen a los tres.

Cuando regresaba al hotel, ya en el tranvía, no sé por qué, pensé en Carpanta, y luego en un plato de lentejas. ¡Hubiese pagado cualquier cosa por comerme unas lentejas! Me gustaría hacer un libro sobre guisos de Europa, que me contratase una editorial y sufragase mi estancia de un par de días en cada ciudad y reseñar durante un año los guisos más representativos de cada lugar, los que se comen con cuchara. Yo las lentejas también las ceno, e incluso sin hambre, y aunque la fabada, el cocido, el pote gallego o el trigo también me parecen sublimes, las lentejas ocupan el escalafón más alto (ex aequo con unas alubias con chorizo). En Europa donde mejores guisos se degustan —sin contar España— es en Irlanda: Irish Stew, Beef and Guinness Stew, Seafood Chowder... También caben destacar el goulash (Hungría), el Boeuf Bourguignon (Francia), la feijoada y la sopa da Pedra, guisos de la vecina Portugal, en Inglaterra el Lentil Stew (estofado de lentejas) y el Lentil and Sausage Casserole (una cazuela de salchichas guisadas en una base de lentejas y caldo con cebolla y tomate), o la mescciüa, un potaje de la región italiana de Liguria a base de garbanzos, alubias y farro. Se me hace la boca agua. 

Aquí también existe un guiso muy interesante que se llama erwtensoep (similar a la Erbsensuppe de Alemania). Este plato se prepara con unos guisantes partidos que quedan hechos puré al cocinarlos. La receta contiene manitas de cerdo, panceta curada, salchicha ahumada, apionabo, puerro, cebolla, zanahoria (¡ajo no!; las tribus anglo-germánicas lo odian; yo no podría ser anglo, ni sajón, ni germano, pero me encanta, por cierto, releer Germania de Publio Cornelio Tácito y la descripción que hace de las tribus, una de ellas incluso era experta en el cultivo de la cebolla)... que da como resultado un delicioso guiso que se acompaña con pan de centeno y mostaza, y por supuesto con una cerveza de trigo. La clave de este plato de cuchara es ese guisante partido que sólo se encuentra por estas bajas tierras (he comprado un paquete para llevarme) y que recuerda, por la textura final, a la lenteja roja. Me comería ahora mismo unas lentejas, repito; como el condenado a muerte, será lo que pida al llegar a España, pero sin condena. Por otro lado, las lentejas han formado parte del refranero y cultura internacional:

—«Quien siembra lentejas, recoge quejas». 
—En el Génesis Esaú, dominado por el hambre y la impulsividad, despreció el valor de su primogenitura y se la vendió a Jacob por un plato de lentejas. 
—«Quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos», escribió Cervantes en su Quijote.

Con una cuchara en la mochila: Europa y sus guisos; así titularé el libro, al estilo de los que escribía Néstor Luján.

Mi buen amigo Adolfo Soares (que a veces se confunde conmigo mismo), llegó el mismo día que yo a Ámsterdam desde Bloemfontein haciendo escala en Lisboa; también se marchará cuando yo lo haga. Quedamos al atardecer para comer en la Brasserie van Baerle, en el distrito Oud Zuid, zona que conozco bien por mis largas estancias en La Casa del Traductor. Le entregué un par de ejemplares del último número de la revista Atonaal dedicado al Finnegans Wake de Joyce, en la que también ha participado con un poema. No hizo ningún comentario. Compartimos a modo de amuse-bouche una docena de ostras de Belon y un surtido de quesos con higos frescos y nueces, y como plato principal el señor Soares pidió caballa ligeramente cocida al vapor acompañada de una coliflor à la grecque; en lo que a mí respecta me decanté por un confit de pato sobre un cassoulet de verduras de verano. Para beber escogí un borgoña Closerie des Alisiers de uva chardonnay, de 2025, y como postre un helado de vainilla con fresas marinadas en licor y almendras crujientes. No intercambiamos ni una sola palabra, salvo el saludo inicial y en la despedida, en la que ambos dijimos al unísono: «Nos vemos en Lisboa», como es tradición entre nosotros.


Caminando de tercio: el precio de la cesta de la compra en los supermercados aquí es exactamente la misma que en España. Escuchaba ayer en el noticiario de la noche las quejas de los usuarios por la subida de la luz de un 5%; ¡en España un 28% sólo en los últimos tres meses! Si el salario medio anual en Países Bajos ronda los 48.000 €, y en España es de 29.000 €, que cada cuál saque sus propias conclusiones. Un trabajador no cualificado aquí gana al mes 2500 €, al menos 3000 € el conductor de un tranvía, un maestro 4200 €, lo mismo que un policía. ¿No hay suficientes motivos para rodear el Congreso y ocupar todas las instituciones y acto seguido destituir a sus políticos? Todo esto con una tasa de desempleo escandalosa, que se ceba especialmente con los jóvenes, y por no hablar de los obscenos escándalos de corrupción que hubiesen hecho caer a cualquier gobierno europeo en el primer minuto. Somos un país sin espíritu de crítica ni de lucha que sólo sale a las calles por ganar un mundial de fútbol; con eso nos conformamos, y así nos va. 
  
Pasado el mediodía recibí una llamada de un número desconocido, pero cuando descolgué el teléfono ya se había cortado. Me hizo albergar cierta esperanza, y esperé algo, una señal, un milagro... pero las horas pasaron; esperar lo imposible no tiene sentido. A veces escucho sus voces susurrando por todas partes.

Los turistas proliferan como ortigas. No soy turista. Tampoco soy de aquí; ya no sé lo que soy. Tendría que recurrir otra vez a Pessoa para determinar mi condición:

Não sou nada.
Nunca serei nada.
Não posso querer ser nada.
À parte isso, tenho em mim 
todos os sonhos do mundo.

Pessoa me fascina; Lisboa es un sueño, una alucinación envuelta en su hermosa decadencia. Añoro Europa, la Europa que aparece en los libros y que ha dejado de existir. Desde muy niño he sentido el deseo de viajar lejos, y también de vivir fuera de España, por supuesto en Europa; quizá en EE.UU., en Nueva York o en alguna ciudad de Nueva Inglaterra. Si leía un libro en el que aparecía una ciudad la buscaba en el atlas y ahí quería estar: soñaba con vivir unos años allí, perderme y luego regresar y buscarme a mí mismo. Aún sigo soñando. 

Fui callejeando por los canales, evitando a la gente y despidiéndome de la ciudad. Volveré, claro que volveré, en una situación mejor, porque la esperanza nunca se pierde. Y regresaré para poner, por fin, una pica en Flandes.


Dije adiós al hotel (me reafirmo en mi pasión por los hoteles) y al barrio, en donde me he sentido como en casa. No me arrepiento de haber venido, a pesar de no conseguir el único objetivo que me traía aquí. Lo volveré a hacer, hasta que consiga lo que mis hijas merecen. 


POSDATA:

Aunque me duela, esta es la ciudad que ha moldeado mi carácter, en lo positivo y también en lo negativo. La Casa del Traductor ha sido una verdadera universidad, desde el propio espacio físico hasta cuanto he aprendido y me ha ofrecido proyectándome contra la ciudad. He podido vivir aquí como lo haría un bohemio aunque sin las penurias económicas que sufrían los bohemios, abrazando la impagable soledad y evitando a toda costa la vulgaridad y el mal gusto que nos rodea. Pero no por ello mi vida aquí ha sido menos bohemia: soledad, tabernas, cementerios (me gustaría ser el encargado de limpiar las tumbas del Zorgvlied), interminables recorridos en bicicleta y tranvía (me sé las rutas de cada recorrido), librerías de viejo, galerías de arte y museos, observar los pájaros, mojarme por la infinita lluvia. He pasado mucho frío en estas calles. Horas y horas a la intemperie. He caminado días enteros desde antes incluso de amanecer con los pies mojados por la lluvia y secado los calcetines en los aseos de las bibliotecas como lo haría un mendigo; me he alimentado a base de plátanos y comida sin calentar; me han cancelado reservas en hoteles y hostales de mala muerte y he dormido en las incómodas salas de los aeropuertos. He sido un trozo de arcilla moldeado al antojo de esta ciudad de bruma y lluvia. He encarnado con precisión el flâneur decimonónico; esa ha sido mi verdadera profesión en Ámsterdam; eso soy aquí. 


Decidí llegar al aeropuerto a medianoche; de todas formas tampoco iba a dormir: tomé el tranvía cercano al hotel hasta Centraal y posteriormente un tren a Schiphol. La ciudad bullía de gente de un lado al otro, las terrazas atestadas, Leidseplein rebosante de alcohol, las luces de la ciudad iluminando las sombras. 


Me entretuve terminando de leer los libros que había traído conmigo: decepcionado con la poesía de Giovanni Pascoli, salvo los poemas que remiten al mundo griego. Por contra los poemarios A la misteriosa y Las tinieblas, de Robert Desnos, cargados de un romanticismo obscuro, casi macabro y muy del estilo de Baudelaire, deliciosos.

Noches perdidas y ganadas en las salas de los aeropuertos. Frío, ¡mucho frío! Yo embutido en ropa invernal y el personal en manga corta, playeras y gorras de beisbol. El colmo hubiese sido encontrarme a alguien conocido y que no fuese Adolfo Soares: el portugués también hacía tiempo alternando un café solo y una copa de aguardiente antes de embarcar con destino a Lisboa. Nos saludamos con la mano y esbozó su típica sonrisa, que nunca he sabido si era de alegría o de tristeza; quizá sea saudade. Él también sufre el mismo dolor que yo. 

Y el mar. ¡La mar! 

Ítaca naciendo desde el desierto. 

¡PENÉLOPE! ¡Me esperaba Penélope a la orilla del mar!

POSDATA: 

Moby: «Natural blues», «Porcelain», «In This World», «Why Does My Heart Feel So Bad?»... La última parte del vuelo la dediqué a seguir con la lectura de los poemas de Desnos mientras escuchaba a Moby, el pariente lejano de Herman Melville, autor de Moby Dick


Why Does My Heart Feel So Bad?
Why Does My Heart Feel So Bad?
Why Does My Heart Feel So Bad?
Why Does My Heart Feel So Bad?

Al pisar suelo español la temperatura era de 39 °C; la verdad es que el calor me supo a poco con el frío que pasé en el avión y a pesar de la ropa de invierno que llevaba puesta. Nada más aterrizar ya sentí ganas de volver a hacer la maleta y viajar a algún otro lugar. 

POSDATA II:

Al primero que me he encontrado al encender la televisión ha sido a Prime Minister Pedro Sánchez. ¡Casi me había olvidado de él! ¡Maldición! Se acabaron los sueños. ¡Viva el rey Felipe II y el Imperio español! Larga vida al rock & roll. 

Deus vult


*Encontré esta edición en inglés del Nuevo Testamento perdido en una calle, y lo recogí.

PARTE II

He pasado otra pésima noche, y esta vez no ha sido a causa del cuello, cuyo dolor ha remitido considerablemente. Me desperté a las 4 h con una intensa sensación de asfixia, y ya apenas pude conciliar el sueño. Pensé en tomarme medio miligramo de lorazepam, pero no lo hice; en su lugar me di una ducha. 

La temperatura del día ha sido similar a la de ayer, aunque el cielo ha presentado mayor nubosidad. 

Cada viajero va elaborando —de manera consciente o inconsciente, con más o menos insistencia, con un enfoque filosófico, o sin éste— su particular teoría del viaje. Lo he repetido hasta la saciedad en estos diarios: lo único que importa y es vital en un viaje es la elección correcta de los libros que han de acompañarte. En los días previos barajé una docena de títulos, pero finalmente escogí un libro de poemas del poeta superrealista Robert Desnos, el Manual de estoicismo, del filósofo griego Epicteto (lectura que prácticamente terminé durante el vuelo de ida) y una antología poética del italiano Giovanni Pascoli. En la ciudad de destino se puede adquirir crema solar, un sombrero, ropa (con el riesgo de ir todos iguales y como hechos en serie), unos zapatos, un paraguas... Pero el libro adecuado es radicalmente complicado. Puedes encontrarlo (yo lo he hecho en varios países), pero lo ideal es traerlos desde casa: es como tener de antemano tus pastillas para dormir. 

He tenido asimismo la tentación de dejar que me acompañase La Odisea y leer las frases que ya tengo subrayadas, pero en el último momento lo he vuelto a colocar en su lugar. La Odisea es uno de mis libros favoritos: releerlo e interpretarlo es un modo de vida, más aún cuando uno abandona el lugar seguro que representa el hogar. El viaje de Ulises es mucho más que una travesía por un mar lleno de peligros: es el viaje interior de quien fuera héroe en la guerra de Troya. Hace unos días se estrenó una nueva versión cinematográfica de la obra de Homero dirigida por Christopher Nolan, pero he leído críticas que la tachan de un obsceno enfoque woke, y el movimiento woke y todo lo que éste significa es un mal que atenta contra la cultura occidental: Helena de Troya y Atenea están interpretadas por actrices negras, ¡y nada menos que Aquiles por una transexual! Si quiero sumergirme en una interpretación de La Odisea prefiero leer la que hizo Nikos Kazantzakis o la del citado Giovanni Pascoli. Me fastidian este tipo de modas, porque ahora las librerías venderán los libros de Homero como vulgar mercancía (sucedió con El señor de los anillos tras las versiones cinematográficas, novela que yo ya había leído a los doce años), y los comprarán, y la mayoría no los leerá. 


Aprovechando que venía a Ámsterdam, Erik Bindervoet, el escritor, dramaturgo y traductor de, entre otros, James Joyce, me invitó a pasarme por su casa. No me agradan las visitas, ni hacerlas ni que me las hagan (de hecho sé que en la Casa del Traductor están ahora mismo algunos amigos, y otros que viven aquí o en ciudades cercanas, pero no me apetecen los reencuentros). Quizá vaya a cenar con mi amigo lisboeta Adolfo Soares, que casualmente llegó el mismo día que yo, pero al fin y al cabo eso es como estar y encontrarme conmigo mismo. 

Las visitas se traducen en una violentación inaceptable del hábitat natural de la otra parte, pero Bindervoet ha insistido de manera vehemente en vernos. Traigo unos ejemplares del último número de Atonaal, dedicado al primer párrafo de Finnegans Wake de Joyce, en el que Bindervoet participó con una pieza muy bonita que traduje del neerlandés, y que se acerca mucho al tono de la última novela del escritor irlandés, salpicada de vivencias y recuerdos personales. Quedamos a las 13 h. Vive en una casa en el barrio de De Pijp, justo a las espaldas del hotel en el que el verano pasado estuve hospedado. Es una de las zonas más bonitas y bohemias de la ciudad. Su casa no era tal, sino una biblioteca: libros por todas partes, desde la entrada hasta cualquier sitio imaginable. Me gustó la forma en la que los libros se habían acomodado en la vivienda. Allá donde mirase, aparecía en el lomo de un libro el nombre de Joyce, retratos de Joyce, referencias a Joyce... Pero se asombró, nada más verme, por el tatuaje que llevo en el brazo: Ulysses, en la misma letra con la que fue publicada la novela en 1922.  


Llevaba conmigo su De intocht van Christus in Amsterdam [La entrada de Cristo en Ámsterdam], una obra satírica escrita conjuntamente por Bindervoet y Robbert-Jan Henkes, y que más de treinta años después sigue más fresca y vigente que nunca. La obra es un poema didáctico que auna inteligencia y erudición y funciona como una paráfrasis de los evangelios. A través de un humor ácido y sugerentes ilustraciones, el texto denuncia los abusos, la inacción política y los problemas socioculturales de la capital y de los Países Bajos en general. La primera edición es de 1991; la mía es una segunda edición ilustrada de 2006.

Erik Bindervoet y Robbert-Jan Henkes forman una de las parejas de creadores literarios y traductores más célebres, ingeniosos y respetados de los Países Bajos. Son ya verdaderas leyendas de la literatura en lengua neerlandesa. Comenzaron a colaborar juntos en 1986, especializándose en verter al neerlandés algunas de las obras más complejas, experimentales e intraducibles de la literatura universal, destacando por un enfoque lleno de humor, creatividad lingüística y cultura. Por citar algunas traducciones, han vertido al neerlandés la obra completa de Joyce, Shakespeare, Karl Kraus, Thomas De Quincey, Arthur Schopenhauer, Andréi Tarkovski o Anatoli Marienhof. Me parece curioso este tipo de colaboraciones literarias tan largas y fructíferas... y llegar a soportarse. Yo la mayoría de veces no me soporto ni a mí mismo. Tras algo más de media hora me excusé alegando que tenía que marcharme pues iba a visitar el Rijksmuseum, y me despedí de Erik y de su mujer, que según me confesó es especialista en el poeta irlandés W. B. Yeats. Antes de eso Erik me dedicó su particular visión de la entrada de Cristo en Ámsterdam, al que acompañó con un dibujo.


Cuando salí de la casa me dirigí a un puesto de arenques que recordaba haber visto y me comí un broodje haring con cebolla y pepinillos. De ahí tomé el tranvía hasta el Rijksmuseum, en donde permanecí cuatro horas disfrutando de todas y cada una de las sublimes pinturas de sus salas: ¡qué belleza! Lástima que La ronda de noche de Rembrandt estuviese siendo restaurada, si bien podía contemplarse parcialmente, tanto la pintura como la persona que se encontraba restaurándola sobre un andamio mecánico. Esta era la cuarta o quinta vez que visitaba el museo, pero siempre parece que es la primera, y el goce cada vez más intenso. Ocho siglos de pintura occidental, de verdadera cultura europea, desde el siglo XII hasta el XX, con el esplendor del Siglo de Oro neerlandés como eje fundamental del museo: Rembrandt van Rijn, Vermeer, Frans Hals, Jan Steen, Jacob van Ruisdael, Pieter de Hooch, Gerard ter Borch, Gabriel Metsu, Aelbert Cuyp, Paulus Potter, Willem Claesz. Heda, Rachel Ruysch, Judith Leyster, Jan Asselijn, Hendrick Avercamp, Gerard Dou, Ferdinand Bol, Govert Flinck, Jan van Goyen, Vincent van Gogh... 




Al abandonar el museo las nubes cubrían por completo el cielo. Crucé toda la Plaza de los Museos hasta llegar al Concertgebouw, y desde ahí fui callejeando con la intención de pasar por la Casa del Traductor, que ahí seguía, con su número 19 sobre la puerta. Tomé un tranvía y llegué al hotel. 




Esta noche pasada he dormido fantásticamente bien, sobre todo teniendo en cuenta mis problemas con el sueño, y aunque me despertaba casi cada hora, por fortuna volvía a dormirme. Si aplico mi propia teoría de la relativización, habrá personas que hayan dormido doce horas y otras que aún no se hayan acostado. También sé que esta noche las probabilidades de dormir poco y mal son altísimas. 

Me bajé a la terraza del hotel y me tomé un café. El cielo estaba totalmente encapotado y el suelo mojado por la lluvia, lluvia que me ha acompañado, como más o menos intensidad, durante todo el día, con una temperatura similar a la de ayer. En Los paraísos artificiales Baudelaire relata el placer narcótico que de niño sentía al revolcarse entre el cornezuelo del centeno, no en vano es un hongo parásito que contiene alcaloides y que sirvió como base química para sintetizar el LSD. Baudelaire ya apuntaba maneras desde pequeño, y de adulto, nada más despertarse, se preparaba como desayuno un tazón de café solo en el que diluía una gran bola de opio, y en ese estado se ponía a escribir. Por otro lado, Goethe guardaba en su escritorio manzanas que dejaba descomponerse, ya que el intenso olor de la fruta podrida estimulaba su creatividad e imaginación mientras escribía. Los caminos de la inspiración son inescrutables. 

Llegué en tranvía a Centraal y desde ahí tomé el metro hasta la estación Bijlmer Arena. A continuación me subí a un autobús en dirección al pueblecito de Ouderkerk aan de Amstel, que como su nombre indica se asienta a orillas del río. Nada más apearme del autobús comenzó a llover, mientras caminaba hasta el Portugees-Israëlitische begraafplaats Beth Haim, el Cementerio judeo-portugués de Beth Haim, fundado en 1614. Durante el tiempo que el cementerio estuvo en uso los cadáveres llegaban a éste en barca por el Bullewijk, afluente del Amstel. En la morgue, que aún se conserva junto al río, lavaban el cadáver y posteriormente le daban sepultura. El pintor Jacob van Ruisdael retrató en dos lienzos este lugar de reposo eterno de la comunidad sefardita que llegó tras la expulsión, a finales del siglo XV, desde la Península Ibérica. 


El Beth Haim (literalmente Casa de la vida) es uno de los cementerios judíos más antiguos del mundo, y se estima que hay más de treinta mil tumbas, pero la gran mayoría han quedado engullidas por las pantanosas tierras del lugar, así que pises donde pises, estás caminando sobre una tumba imperceptible para la vista. Desde la última vez de mi visita el cementerio se encuentra perfectamente cuidado, con la hierba cortada y con indicaciones en algunas tumbas. En aquella época yo también hice una pequeña aportación económica para apoyar su conservación, y por supuesto adquirí un precioso libro con la historia del cementerio que contenía dibujos y fotografías de las tumbas más relevantes. 


La lluvia se detuvo pocos minutos antes de llegar al Beth Haim, pero en cuanto entré comenzó a llover de nuevo, y así estuvo durante toda mi visita (y a lo largo de todo el día), que se prolongó durante casi tres horas. Desde los ventanales de las casas próximas al cementerio me observaban con curiosidad algunas personas, y también los cuervos, que volaban de lápida en lápida bebiendo el agua de la lluvia y sin importarle mucho mi presencia.


Bajo un enorme castaño, en el que por un momento me resguardé de la lluvia, encontré la tumba de Hanna Debora de Spinoza, la madre del insigne filósofo, y enfrente, a escasos metros de ésta, la de Michael de Spinoza, su padre. Disfrutaba del paseo, la soledad y el silencio bajo la llovizna, cuando di con la lápida del rabino Menasseh Ben Israel (amigo de Rembrandt) así como la de Eliezer, un esclavo negro enterrado con honores en 1629. No pude encontrar la tumba de Branca Dinis, la madre del filósofo Uriel da Costa. Spinoza contaba con ocho años de edad cuando Da Costa se quitó la vida. Sufrió varias excomuniones y una humillación pública degradante, que Spinoza a buen seguro presenció. Da Costa defendió la religión natural frente a la estricta tradición judía, hasta que en 1640 se suicidó. Muchos años después el propio Spinoza también padecería la expulsión (cherem) de la comunidad sefardita. Da Costa también está enterrado en algún lugar de este cementerio, pero a causa del suicidio en su lápida no se hizo inscripción alguna, siendo devorado por la tierra y por el cruel olvido. 

Tanto Spinoza, de quien he leído sus libros fundamentales así como su famoso volumen de cartas, como Uriel da Costa, son dos de mis filósofos predilectos (al igual que Emil Cioran), fascinándome su obra y también su vida. De hecho en este mismo blog he escrito sobre ellos en más de una ocasión, y en este año he leído varios libros sobre ambos, como la biografía que de Da Costa ha escrito Marcos Bazmandegan, doctor en Filosofía de la Religión en la Universidad de Braga y especialista en estudios hebreos, y con quien posteriormente he mantenido correspondencia virtual. Precisamente esta tarde le envié por correo electrónico algunas imágenes de mi visita. Steven Nadler, otro reconocido filósofo, historiador y académico estadounidense de la Universidad de Wisconsin, y el mayor experto en Spinoza, tiene escrita la mejor biografía del filósofo racionalista. Con Nadler también tuve hace muchísimos años contacto vía e-mail, enviándome una lista de los libros que Spinoza tenía en su biblioteca en el momento de su muerte. Una curiosidad: el hotel en el que me hospedo está en la calle Voorburg (Voorburgstraat), y Voorburg es un pueblo en el que Spinoza vivió justo antes de trasladarse a La Haya, en donde murió. 


Tras abandonar el cementerio fui hasta la iglesia católica de san Urbano, y permanecí en la capilla de la Virgen durante unos minutos. A continuación me senté en la orilla del río y me comí el bocadillo que me había preparado a primera hora de la mañana, y regresé en busca del autobús... Pero como al fondo, en plena campiña, divisaba en lontananza un molino, no pude contenerme y caminé media hora hasta el lugar en el que se encontraba, mientras las vacas que descansaban a ambos lados de un canal me ignoraban. 


Regresé de nuevo a Ámsterdam haciendo el recorrido inverso y entré en la Basílica de san Nicolás: entrar a ella es sentir a Noa. Las iglesias me dan paz, y todavía las visito con más interés cuando salgo de España: rezar, pensar, meditar. Dios tiene un propósito para cada uno de nosotros, y hasta que no eres consciente de ello, la vida no tiene ningún sentido. Yo ya sé el mío, pero la mayoría no llegan a saberlo jamás, y el problema es huir o negar el papel que Dios ha diseñado para cada uno, como en un principio hizo Jonás, cuyo libro es uno de los más enigmáticos de la Biblia y con una estructura narrativa única. El dolor, la desesperación, la incomprensión y todos los obstáculos del camino son parte del aprendizaje, porque Dios está siempre ahí aunque pensemos lo contrario, como se puede aprender leyendo el Libro de Job, y llega un momento en el que es necesario detener la vida y escuchar a Dios: interpretarlo como lo haría un traductor con un complejo texto y seguir el plan trazado por Él. Deus vult.


Al salir de la basílica caminé por el Barrio chino en busca de la parada de mi tranvía para regresar al hotel, mientras iba haciendo una ruta ex professo por algunas librerías: Athenaeum Boekhandel y Scheltema, y la librería de segunda mano Kok Antiquariaat. Me subí en el tranvía, pero a las pocas paradas decidí bajarme, en concreto en Museumplein (Plaza de los museos), e hice a pie los cinco kilómetros que me separaban de mi hotel al tiempo que desde el cielo, cada vez más negro, caía una ligerísima e incesante lluvia. 


Por la noche, mientras leía esperando a que llegase el sueño, hice que sonara música de Billie Holiday, Hailey Tuck y Melody Gardot. 


PARTE I

Ámsterdam, julio de 2026

Otra vez aquí. Calculo que en los últimos nueve años habré venido a esta ciudad alrededor de unas cuarenta ocasiones. 

Me prometí que no dejaría constancia de este viaje en mi cuaderno de bitácora (salvo algún apunte absurdo en las hojas de una libreta), pero ha caído la noche y he vaciado la maleta mientras humea una infusión que acabo de prepararme. Los libros que he traído reposan sobre la mesa y en la radio suena el aria «Che fiero momento», de la ópera Orfeo y Eurídice, de Ch. W. Gluck; antes una cantata de J. S. Bach, y renace esa pulsión desbocada de escribir lo que pienso y cuanto siento, en un intento de encauzar todo ello. ¡Miento!: no puedo decir lo que siento ni tampoco lo que pienso. «El poeta es un fingidor», dejó por escrito Fernando Pessoa en uno de sus más hermosos poemas. Escribir me ayuda a exorcizarme, como una sesión de psicoanálisis. Y vuelvo a pensar en Pessoa, ahora en relación a su Libro del desasosiego: «Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir». He vuelto al lugar de un crimen sin resolver que yo no he cometido, como ese aire que agita el asesinato que describió, a su manera, Juan Benet, pero en esta situación más que aire es hedor, y llego como quien acude a presenciar la final de un mundial de fútbol sin entrada. Benet también escribió libros como Volverás a Región y Una tumba. No sé por qué me acuerdo ahora de Benet, pero no hablaré mucho de lo que vine a hacer a esta ciudad y será imposible que suceda, otra vez. 


He plagiado mi propia travesía, cada una de las anteriores, como una sola: aterrizar, esperar el equipaje (hoy, por algún tipo de problema, ha tardado más de una hora en aparecer), coger un tren hasta Centraal, comprar la tarjeta para viajar en el transporte público, acto seguido tomar el tranvía 2, caminar, llegar al hotel y los absurdos trámites, colocar la ropa, volver a caminar, coger de nuevo el tranvía, a continuación el 26: he llegado al lugar en cuestión, he picado el telefonillo, pero nadie ha contestado al otro lado. He escrito una carta sobre una mesa de madera mientras soplaba un viento helado y espeluznante, y la he depositado en el buzón. Deduzco que la carta será interceptada por la STASI, o por algún otro órgano represor, y nunca llegará a las destinatarias. Y me he marchado; todavía hacía más frío que cuando llegué.


De entre todos los animales, la perversidad más genuina es la de los humanos, genuina en sentido peyorativo; por eso han dejado de ser animales, porque no lo merecen: el humano es la verdadera Bestia del Infierno. «Homo homini lupus», la célebre expresión acuñada por el comediógrafo romano Plauto, resume una visión profundamente pesimista de la condición humana: «El hombre es un lobo para el hombre». Con ella retrataba la inclinación del ser humano al egoísmo y a la confrontación. Siglos después, el filósofo inglés Thomas Hobbes recuperó esta idea para describir el estado natural del hombre como una situación de permanente conflicto, una «guerra de todos contra todos», en la que la ausencia de un poder común condena a los hombres a enfrentarse entre sí.

El hotel en el que me hospedo, el West Side Inn Hotel, de la cadena hotelera Best Western (he recordado que en Brescia también nos alojamos en uno de la misma cadena), se sitúa en el distrito Nieuw-West, en el barrio de Slotervaart y cerca de Delflandpleinbuurt. En las fotografías el hotel parecía una de esas lúgubres edificaciones soviéticas, pero sólo lo parecía: es de nueva construcción, perfectamente acondicionado, coqueto, la habitación espaciosa, sin olores extraños, pulcro, y servicio de limpieza y cambio de toallas a diario, algo que últimamente se ha convertido en una rareza; aquí los hoteles de tres estrellas, aunque suene a perogrullada, son de tres estrellas, pues me he alojado en hoteles terroríficos. Por suerte éste se ubica en un barrio tranquilo, y afirmo esto porque llegaba con ciertas reticencias y hasta sorpresa, tras leer días antes en un periódico local, que el ayuntamiento y la policía habían catalogado parte del distrito como un «lugar peligroso por el tráfico y consumo de drogas, la mendicidad, amenazas a los vecinos y violencia», sorpresa porque como digo es una buen barrio y no queda lejos de la Casa del Traductor y de la zona de los museos, un lugar elegante de familias de clase alta cuyas casas alcanzan precios desorbitados, pero deduzco que el artículo hacía referencia a la zona que queda más al oeste y sur, justo en donde se construyó hace una década una mastodóntica y horrorosa mezquita. Hasta hace no mucho, y a excepción de algunas zonas muy concretas, toda la ciudad presentaba un aspecto agradable y de absoluta seguridad. Pero todo ha cambiado y corre el riesgo de transformarse en algo aún peor; Europa es una escombrera encaminada a su destrucción total. 

Cada vez soy más cuidadoso a la hora de escoger el alojamiento, porque se corre el riesgo de acabar siendo engañado reservando un hostal que te venden como hotel y encontrarte con la sorpresa de que tienes que convivir una semana entera con algún pirata. Eso sólo me sucedió en una ocasión cuando tuve que cambiar las fechas del vuelo en el último momento y no pude alojarme en el hotel que ya tenía reservado para los siguientes días. Fue una sola noche, junto a la Amstel Station con tres chicas españolas: llegué antes que ellas y disimulé dormir hasta que se marcharon a la mañana siguiente. No sabían que yo también era español mientras se preguntaba en voz baja quién sería ese que inmóvil miraba hacia la pared, o si sencillamente estaría muerto. Esto me hace recordar la novela Moby Dick, cuando el protagonista, Ismael, se ve obligado a compartir cama en la taberna The Spouter-Inn en New Bedford con Queequed, un arponero polinesio que llevaba tatuajes hasta en la cara. Después de la experiencia del año pasado en Dublín, cuando reservé un siniestro hotel (o lo que fuese) sin ninguna indagación previa y que se encontraba a más de una hora del centro de la ciudad, soy mucho más precavido, aunque ese sí fue un viaje inolvidable. Me gustan las aventuras, pero en lo que respecta a los hoteles ya no me apetece ser protagonista de ninguna novela decimonónica. Salvo cuando he estado becado por la Casa del Traductor, nunca me he alojado aquí en el mismo hotel. Por otro lado, tengo que confesar que me encanta la vida en los hoteles, tenerlo todo ordenado, a mano; es como dominar un pequeño reino. 

Llegar aquí en estas condiciones no es fácil, y la sensación de haber venido, o no, hubiese sido exactamente la misma: la de una continua desazón. Pero a pesar del desgaste psicológico, he aprendido a vivir en una constante presión y ansiedad, como si estuviese en una campaña militar o esperando en una trinchera a que caiga una granada, que por otro lado me ha hecho mentalmente más fuerte. Me ayuda sentir que domino la ciudad y sus espacios, mi obstinación, el no dejarme vencer, más aún cuando la Justicia me ha abandonado. Si yo hubiese cometido la primera fechoría, no me hubiese dado tiempo a llegar a la segunda: estaría, desde hace tiempo, entre rejas. No puedo hacer mucho más. Aun así, la ciudad y la situación son incapaces de doblegarme.

El poder de la mente es infinito, pero puede fallar. El aislamiento mental y el recogimiento físico son fundamentales: distraer el cerebro y enterrar aquello que es doloroso. Tener el mínimo contacto social y que éste sea controlable es una forma de protegerse. Evito las situaciones absurdas y los problemas artificiales, y también rechazo a quienes me meten en ellos. Relativizar es mi verbo favorito y mi filosofía de cada día: puedes estar mal, pero otros aún están peor, y puede que en una situación irreversible. Todo es relativo, según la óptica con la que se mire. 


Si ayer la máxima fue de 19 °C, hoy ha subido un grado más, aunque el cielo ha permanecido ligeramente cubierto de nubes durante todo el día. Anoche, cuando ya nervioso y desesperado viendo la final de fútbol en la habitación, decidí salir y tomar el fresco justo al final de la primera parte de la prórroga, la temperatura era de 15 °C. Fue el momento en el que unos alemanes cantaron gol y el breve instante de confusión posterior resultó interminable hasta ser consciente de que quien había marcado era España. Fue una alegría, pero el problema en nuestro país no es deportivo, sino sociopolítico (y de corrupción), algo que no debe olvidarse por mucho mundial de fútbol que se haya ganado: la situación sigue siendo la misma. 

Aunque anoche tomé 1 mg de lorazepam, el sueño me llegó tarde, y antes de las 8 h ya estaba en pie, con un dolor de cuello intensísimo que ya venía arrastrando desde hacía días. He pedido que me cambien la almohada con la esperanza de que mañana me levante en mejores condiciones.


Necesitaba salir del hotel rápidamente y estar activo. Tomé un autobús en dirección al barrio Rivierenbuurt, me apeé media hora más tarde y tras caminar unos diez minutos, llegué a mi lugar favorito: el cementerio Zorgvlied, situado a orillas del río Amstel. Sin rastro de turistas, bajo la sombra de los frondosos árboles, caminando casi en la obscuridad y en el silencio más apacible, sin apenas personas y rodeado de muertos. Me propuse volver a buscar mis tumbas predilectas: la del escritor Frans Kellendonk, muerto a causa del SIDA, y autor de, entre otras, de la magnífica novela Mystiek lichaam [Cuerpo místico]; Henri Emile Enthoven, compositor que murió en Nueva York; el músico y pintor Herman Brood, que terminó suicidándose saltando desde la azotea del Hilton Hotel tras ser incapaz de superar su adicción a las drogas. A Brood le gustaba acudir a sus conciertos en un coche fúnebre, y también traduje una treintena de intraducibles poemas suyos al español; la escritora Doeschka Meijsing; el poeta Menno Wigman, a quien traduje en tres ocasiones y mantuve una buena amistad con él hasta su inesperada muerte. La lápida, ya descolorida, presenta los claros síntomas del paso del tiempo; la del mítico cantante de Boney M. Bobby Farrell; la escritora de literatura infantil Annie M.G. Schmidt, que me recuerda, tanto por su obra como por su vida, a Gloria Fuertes; la de Harry Mulisch, uno de los grandes novelistas de la literatura neerlandesa, eterno candidato al Premio Nobel, y con novelas sobre la Segunda Guerra Mundial que son verdaderas obras maestras; la del político liberal Hans van Mierlo; y por último, para la que he empleado más de una hora hasta dar con ella puesto que el nombre era inapreciable, la de Remco Campert, novelista y poeta a quien también vertí al español en aquella loca antología que hice de poesía neerlandesa experimental de los cincuenta. Cuando visito la tumba de Wigman, siempre leo uno de sus poemas, y también me viene a la cabeza que para su poemario póstumo pensé que podría ser una buena idea usar la propia lápida para la portada del libro, algo que no sentó muy bien a la hermana y tuve que pedirle disculpas y el asunto quedó solucionado. Fue una gran idea, sin duda. 


Ya al final de mi visita, mientras caminaba por una de las calles principales del cementerio me encontré con una comitiva fúnebre que seguía a uno de esos raros ataúdes que aquí fabrican: simples, de líneas rectas, la madera pura sin barnizar. Abandoné el cementerio por voluntad propia: me animaron a marcharme porque tras cinco horas danzando entre tumbas, llegó la hora del cierre sin percatarme de ello: «Si no sé quiere marchar puede quedarse: acabo de hacer un buen agujero para mañana», me dijo un trabajador del camposanto esbozando una media sonrisa. Y me marché caminando siguiendo la orilla del viejo Amstel. 


Anduve hasta Europaplein y tomé el metro 52 hasta Rokin. Desde allí caminé hasta la librería De Slegte, en donde permanecí una hora: compré una biografía de Spinoza y las canciones de amor de Gerbrand Bredero (1585-1618), de las que ya tenía un ejemplar, pero esta edición, por su tamaño, me pareció muy bonita. Hablando también de ejemplares que ya tengo, antes de llegar al cementerio me topé con una veintena de libros esperando que algún alma caritativa los salvase de acabar en el vertedero. No me interesaba ninguno, hasta que descubrí Karakter, la novela de Ferdinand Bordewijk (que ya la tenía y la leí en su día), que fue llevada al cine y obtuvo el Óscar por la mejor película de habla no inglesa en 1997. Lo eché a la mochila con sumo placer.  

Tras salir de la librería me dirigí tranquilamente en dirección al hotel, caminando primeramente, luego subido en el tranvía y de nuevo a pie. Al llegar a la habitación el reloj me indicaba que había hecho más de 21 kilómetros. 

Dejé que la tarde diera paso a la noche y que el día muriese sin nada importante que reseñar. 


jueves, 7 de marzo de 2024

ASÍ SE FUNDÓ EL DAM SOBRE EL AMSTEL (2021)

ASÍ SE FUNDÓ EL DAM SOBRE EL AMSTEL (2021)

Así se fundó Carnaby Street
LEOPOLDO MARÍA PANERO


Entro ex professo en una taberna de viejos lobos de mar, junto a un canal en Chinatown (soy Jake Gittes, detective privado), Quartier Putain, ni un turista: el lugar preciso en el que explosionó la ciudad principal del Inferno. Abro sus puertas batwing con ambas manos: plano detalle de cada una de las miradas ciñéndose contra mi esqueleto: me he dejado crecer un espeso bigote, por lo que pueda acontecer, como el de Wyatt Earp en el tiroteo del O.K. Corral de Tombstone. Los presentes están sentados sobre el big bang amstelodamum y me miran con la curiosidad con la que se observa al extranjero, todos se conocen y les confunde que hable su idioma y mi aspecto sureño. Sus tatuajes arrugados por el sol ―los míos ocultos bajo la ropa―, su acento aguardentoso, del Mokum, sentenciarían los de «El Lugar», cuando me percato de mi inferioridad de canas. Mi entrada al tugurio es como un Cristo versus Arizona, frente a un vulgar coffee shop que en nada se asemeja a los mágicos fumaderos de opio que frecuentaba el sifilítico Baudelaire, el suicida Nerval o Slauerhoff el tísico. Tampoco guardan estos antros relación alguna con aquel escandaloso viaje-huida a Londres de Verlaine y Rimbaud, poseído por el hachís, una temporada en el infierno: poco después, a orillas del Támesis, se transforma en un opiófago vampirizado. Intuyen que también soy marinero, pero de alta montaña, me vengo arriba y hago el gesto de sacar la pipa, pero la tabernera, dos metros de altura bajo el nivel del mar, se acerca amenazante y la dejo quieta en el bolsillo: «Ni se te ocurra tocarla», leo en sus ojos. El local es un sosias dark version del Louis's, el restaurante en el que Michael Corleone mató a Sollozo y al capitán de la policía McClusky, por lo que probablemente también me hayan dejado en la cisterna del aseo una pistola. En un póster junto al water closet aparecen los últimos ganadores del campeonato de bebedores de cerveza, como una suerte de mitología griega abreviada, me tiro un farol: «Podría beber más cerveza que cualquiera de vosotros», cara de póker generalizada, y acto seguido se carcajean histriónicos, les miento a Michiel de Ruyter en Siracusa al servicio de la Corona española y sin pausa contraataco hablando del concepto de sustancia según Spinoza, «ebrio de Dios» cito a Novalis, me adentro en el área con la negación de la dualidad mente-cuerpo en un dedo, pero desde la barra un tipo con bigote blanco (un abrebotellas al cuello) afirma ex cathedra que Messi es Dios, “niet God maar wel een god” («no Dios sino un dios») puntualizo. “Je suis l'étranger”, medito recordando a Camus cuando il menssagero de Amazon entra al garito como Johann S. Bach lo haría por su casa. «En el Sur se muere mejor», proclamo a los cuatro vientos a modo de Profecía antes de pagar arrojando mis últimas monedas sobre la barra de madera encharcada: Bring Me the Head of Alfredo Garcia, y se ponen serios, touché, Van Broncas se me arrima como un Miura ensangrentado, me encomiendo a san Bonifacio en la batalla final al amanecer y acto seguido me acuerdo de Gallito empitonado mortalmente en Talavera de la Reina, ¡Robert Johnson que estás en los cielos, a esta ciudad le quedan cuatro días, lo sé, y la odio con locura enfermiza, eso también lo sé y también lo saben ellos! 

P.S.- Cuando me marcho dejando una estela de espuma a mi paso se abren las encarnadas cortinas de los escaparates de los lupanares, no hay agujas de pinos sino agujas de yonkis en el suelo hundido, y la esclusa del sol se desangra en el horizonte de lo inmortal. Álea iacta est. Amén, amén.

Ámsterdam, verano de 2021




lunes, 10 de agosto de 2020

LA NOCHE ES LARGA. DIARIO ÁMSTERDAM. Parte 1.1 (VERANO 2020. AÑO I DE LA PANDEMIA)

Sábado, 1 de agosto de 2020

La noche es larga, y hombres en la noche, / que nunca han combatido, inventan armas. Con estos dos versos con los que el poeta Julio Martínez Mesanza cierra «La eterna caballería», yo abro mi ansiada estancia en Ámsterdam, en este nuevo viaje que ha resultado incierto hasta el último momento. 

Ha sido una noche larga, la última sinóptica de los meses anteriores, pero hoy ya nada importa. Noches tan obscuras como la primera noche de los Tiempos, pero aquí estoy, en mi ciudad nórdica natal, la de un sureño de montaña fatal, en la ciudad que ahora es deslumbrada por esos ojos robados, por las calles que hacen resonar el eco de las más bellas risas escuchadas, y por cuyos canales vago como el espectro de un viejo marinero sin barco y extraordinariamente naufragado. La Noche, y las noches de estos últimos años, mijn nachten, en las que he leído libros rebosantes de vómito y escrito poemas insómnicos, he visto películas mudas con subtítulos desgarrados; nocturnidades en las que me he dedicado a cuidar los cactus con las púas más afiladas de mi abrupto universo, muchos ya secos de tanta sed; y penumbras en las que he avistado pájaros más hermosos que la propia vida y obscuridades en las que he subido a todas las sierras y montes de mi alrededor, con sus paredes mefistofélicas donde descansan los buitres esperando nuestros cuerpos henchidos de carroña y hendidas rocas dinosáuricas, haciendo rutas ignotas por barrancos y lenguas de piedras imposibles de pisar... pues al ascender montañas completamente solo percibes la vulnerabilidad humana, la soledad y la miserabilidad frente a la inmensidad de esas moles rocosas que rozan la eternidad, porque existir se ha convertido en eso... pero ahora estoy aquí, pandémico y restrictivo, en los pólderes y bajo agua, pero con Ellas, ya nada me importa.  

A las 6 h llegué al aeropuerto tras tomar un autobús de madrugada tal y como hice la pasada Navidad, tomando tierra en Schiphol a las 14 h, envuelto en una neblina húmeda y lastimosa. He pasado frío desde que me despedí de mis padres; al llegar a Ámsterdam más aún. Tras recoger las llaves de mi habitación en la Casa del traductor, y darme cuenta que era el primero sin saber quienes ni cuándo llegarán los otros dos traductores (no seremos cinco en esta ocasión), me fui en dirección a Amsterdam-Noord, una nueva ruta con sus metros, autobuses y tranvías que he memorizado en el trayecto de ida...

...Y allí por fin he vuelto a encontrarme con Ellas, cinco meses y un día después, gritándome desde el balcón con una emoción indescriptible e indicándome que saldrían por la puerta principal. Como había transcurrido tanto tiempo desde nuestro último encuentro, temía que la reacción de ambas fuese tibia, en el mejor de los casos. Pero no, N*** ha mostrado la efusión de siempre, mantenida a lo largo de toda la tarde, y la pequeña S***, que era la que más preocupaba, no paraba de cogerme la mano y llamar mi atención (aunque ya había tenido momentos similares a estos en el pasado), repitiéndome una y otra vez que no me fuera nunca más... y pocos serán conscientes de lo que significa escuchar esa súplica de un ser tan pequeño y puro como ella, que roza lo religioso, y saber que de nuevo volveré a marcharme.

Tras estar investigando los lugares de la zona, parques, árboles y tocones en donde crecen las setas, y hablando y jugando con Ellas, me he marchado prometiéndoles que nos veríamos durante todo el mes; yo que soy un experto en Tiempo y Abismo, sé que éste que estaré aquí será sólo un suspiro, y Ellas también lo intuyen. 
Hice algunas compras aún estando con N*** (pues S*** fue antes a darse un baño) y durante el viaje de regreso tomé mi cena: un batido de verduras (tras apenas haber comido en todo el día), llegando a la Casa al anochecer, con la cabeza embotada, cansado y dolorido, con sueño pero sin querer dormir. Me sentía un poco contrariado porque elegí la habitación 5 creyendo que era la 4, que es la que me asignaron el año pasado, pero al entrar y salir varias veces de ella con la intención de acomodarme en esa (pues también está vacante) decidí que lo mejor era permanecer en la 5 (que fue en la que pasé mi primera estancia en el verano de 2018), pues de lo contrario vería a N*** en ella tal y como estuvo la vez anterior y no podría soportarlo, ya que esta vez debido a las medidas adoptadas a causa del coronavirus no están permitidas las visitas.

Mi escritorio
Por la noche me encontré con Maja Weikert, la traductora bosnia (que reside en Alemania) y con la que ya coincidí hace dos años, y por lo que me cuenta falta otro traductor, que por el nombre presiento que será italiano.

Domingo, 2 de agosto de 2020 

A las 8 h fueron Ellas quienes me despertaron porque ya querían que fuésemos al parque, algo que hicimos poco más tarde y hasta las 18 h sin un segundo de descanso. Al despertarme aún me dolía la cabeza y en especial la espalda y los músculos del cuello, cortesía de mi pesada maleta en comunión con las escaleras de la Casa. Le temo a este tiempo estival de aquí, pues realmente nunca hay un verano como los que yo conozco y en raras veces el tiempo es cálido por completo (salvo que se esté inmerso en una ola de calor), ya que aunque llegues a creerlo, una racha de gélido aire te hace sentir lo contrario, y no sabes si has de llevar ropa de primavera o de verano, por lo que suelo sufrir fiebre en estos primeros días, lleno de alucinaciones e hipnotizado, pero este año no me gustaría que eso sucediese. El escritorio ya está sembrado con mis libros, objetos personales y pastillas para diversos fines.  

Salvo en el transporte público, en Ámsterdam la mascarilla no es obligatoria, pero yo la llevo también en tiendas y supermercados, y voy con mi gel hidroalcohólico a todas partes, con un surtido de mascarillas y las instrucciones de uso bien detalladas por mi santa madre. La ciudad parece triste, con menos movimiento y apenas turistas, con algún rara avis como yo, que ya no sé qué soy para esta ciudad tan celestial como infernal. Últimamente Ámsterdam me resulta un lugar atribulado, pero me cruzo con lugareños felices, así que puede que el apenado sea yo.

Tradicional foto de llegada
Estas últimas 48 horas han sido tan intensas (en especial el emocionante encuentro con Ellas) que lo que sucedió ayer, el día de mi llegada, tengo la sensación de que fue hace meses. Cuando entré en la Casa me encontré con una veintena de periódicos atrasados y dos paquetes para mí: los libros que me ha enviado el propio Max Temmerman, del que estoy preparando una antología y razón por la que regreso a este Templo, y la versión neerlandesa de Ordet (La palabra), el filme que llevó magistralmente al cine Carl Theodor Dreyer y que está basado en la obra de teatro homónima de Kaj Munk, una de las diez películas de mi vida. Sobre el poeta Temmerman, que me lo descubrió el año pasado mi buen amigo Stefan Wieczorek (al que echaré de menos en esta ocasión pues ya estuvo en la Casa el pasado mes de julio y completamente solo), posee una poética que desciende claramente de la estirpe de los Stefan Hertmans, Paul Snoek o Hugo Claus, con un estilo que se entronca en la hermosa cotidianeidad de cualquier vida así como con el paisaje flamenco o en la compleja dualidad del pueblo belga. 

Lo mejor del día ha sido reencontrarme con Ellas; lo peor las desesperadas lágrimas de N*** para que no me fuese y el rostro lleno de tristeza de S*** mientras agitaba sin descanso su mano para despedirse de mí. A mi corazón se le va formando una dura coraza, o eso creo, pero siempre queda una grieta imposible de taponar. 

Por la noche estuve escuchando a Herr Bach, tomé varias pastillas para diferentes propósitos y rematé la noche con un litro de té. En la cama escuché las campanadas de la Obrechtkerk. 

Lunes, 3 de agosto de 2020

Cuando me despierto, lo primero que hago es contar los días que me quedan por estar aquí, con Ellas, y al morir otra jornada y llegar la noche para mí es una pequeña batalla perdida... hasta la derrota final. Esta mañana también llovía, que no es ni más ni menos derrota, sino el estado natural de la vida en esta ciudad mía.

Escuchaba, aún adormilado sobre la cama, cómo desde el amanecer caía una ligerísima lluvia; a las 10 h, cuando el sol regresó de las tinieblas coincidiendo con el preciso instante en el que me encontraba con Ellas, cesó de llover. S*** se sentía apática tras el largo día de ayer, delicada como un reyezuelo, con sus delgadas y blancas piernas, con su cuerpecito asediado por los ataques de los salvajes mosquitos... por lo que no le insistí en que nos acompañase. N*** y yo estuvimos jugado en todos los parques que encontrábamos a nuestro paso (que han sido muchos), y a las 15 h una tormenta descargó abundante agua a lo largo de una hora. Nos refugiamos en un centro comercial y comido eso que aquí llaman belegde broodjes (bocadillos) y unas mandarinas, por cierto españolas. Luego la despedida, y S*** me envió un mensaje de audio diciéndome que me echaba de menos, y los dos segundos que registraron sus suaves palabras se me antojaron como un poema perfecto, una pequeña obra de arte que me ha insuflado una vida entera... mas tan efímera que nada más nacer ha expirado sin remedio.

Realizo mi vía crucis diario de tranvía, metro y autobús, sin sorprenderme en absoluto de que aquí la mascarilla no sea obligatoria salvo en el transporte público (aunque los ayuntamientos tienen competencias para modificar su aplicación), si bien en este asunto estoy en total desacuerdo, pues al no hacer uso de ella se puede contagiar a los demás, y ya no es simplemente una decisión personal. La filosofía de este país a lo largo de su historia (pienso —y me deleito— en cuánto significaron estas ciudades holandesas para Descartes, Spinoza, John Locke o Johan Rudolph Thorbecke) ha sido la de no cercenar bajo ningún concepto la libertad individual, un liberalismo que va más allá de la propia ideología, gobierne quien gobierne, y algo que le comentaba a Roger Wolfe esta misma tarde tras un mensaje suyo al respecto, y con el que comparto esa máxima del movimiento libertario norteamericano de «Dont tread on me» [sic]. Jamás en este país se les hubiese ocurrido un confinamiento tan salvaje como el que España sufrió, ni se hubiese prohibido practicar deporte de manera individual como tampoco hubiesen paralizado la economía por completo ni un sólo segundo, porque eso hubiese sido como detener los reactores de un Jumbo en plena maniobra de despegue. Aunque en la actualidad las ideologías se han difuminado hasta la más absoluta decadencia, probablemente porque los partidos y sus dirigentes ni poseen altura política ni mucho menos se les pueda calificar de estadistas, el potencial votante (menos preparado que antaño) se encuentra ciertamente confundido hasta el punto de mezclar el liberalismo y la democracia cristiana, ideologías que tienen profundas e innumerables diferencias, en especial en sus orígenes (el concepto Estado, colectivismo vs. individualidad...), si bien también comparten varios puntos de vista y en especial luchan contra un enemigo común, que no es difícil adivinar. 

A la vuelta demoré mi regreso, con un sol que quería reinar pero no podía, paseando por el Vondelpark y sus cercanas y elegantes calles, y por lo demás esta Casa, que sigue vacía, salvo Maja, con la que sólo me he encontrado una vez tras nuestro saludo inicial, y sin rastro del otro traductor.  

Martes, 4 de agosto de 2020

A pesar de mi agotamiento, a las 4 h aún seguía despierto, mientras escuchaba constantes ruidos (creo que) en la calle pero que parecían trasladarse a la Casa y subir las escaleras escalón a escalón hasta mi habitación, aunque en el insomnio de anoche también influyó el litro de té que me bebí antes de irme a la cama. 

Me levanté antes de las 8 h, y poco más tarde salí a la calle. Lucía el sol, aunque a la sombra corría un viento helador. Como aún tenía demasiado tiempo y nadie me esperaba (tal y como me sucede en los últimos años) anduve pausadamente sobre la hierba húmeda de Museumplein hasta llegar al Rijksmuseum, caminando por el hermoso barrio de galerías de arte y anticuarios del Nieuwe Spiegelstraat, vacío de gente, hasta girar por la Kerkstraat, aún más desierta y tranquila que la anterior, mientras buscaba el sol que pudiese calentar mis ateridos huesos. Llegué al Dam y tomé el metro hasta CS, estuve unos minutos en la Biblioteca central, volví a coger el metro hasta Amsterdam-Noord y me apeé del autobús junto a la Iglesia copta ortodoxa que había observado los días anteriores, pero estaba cerrada, y tras hacer algunas fotografías proseguí mi camino.

Poco después me encontré con Ellas. Recorrimos de nuevo cada uno de los parques de la zona, el centro comercial (que supone para mí todo un esfuerzo de dura negociación con mis chicas pues quieren comprarlo todo, y podría afirmar sin dudarlo que la última cumbre europea fue un juego de niños comparada con las artes diplomáticas que he de poner en práctica a diario) y un descanso para tomar un cremoso y gigantesco helado que se derretía por sus bordes. A continuación más parques, y más niños que iban y venían y con los que Ellas hablaban y yo también.      

Al regresar a la Casa lo de costumbre: comer, llamar a mis padres y traducir a Temmerman. Hoy estuve hablando con Maja, que me confirmó que el otro traductor, en caso de venir será en la segunda mitad del mes, pero que aún no hay certeza de que vaya a hacerlo dada la incertidumbre que infunde esta situación de pandemia. También me comentó que unos arquitectos vendrán a pasar el fin de semana, pues el Ministerio quiere reformar la Casa en enero, y que nos preguntarán qué es lo que encontramos mal. En el periódico Het Parool las autoridades locales aconsejaban no viajar a Rotterdam, la ciudad más afectada del país por el coronavirus. 

No he salido del laberíntico recorrido que a diario marca mi brújula interna, sin visitar aún ninguna librería de viejo ni cementerio alguno (tengo que investigar dónde enterraron a Ilse Starkenburg), como tampoco me he detenido en esos obscuros y perdidos bruine cafés en los que me gusta ahogarme, ni en el cercano Café Welling y ni tan siquiera en Het Bierfabriek a beberme una pinta de turbia cerveza. De vida social en los próximos días tengo pendiente cenar con A*** y  C***, y tomar un té en alguna estación de tren con mi buena amiga Alejandra Szir, con la que tengo un proyecto de traducción para final de año.

Miércoles, 5 de agosto de 2020
   
Dormí bastante más que el día anterior... casi seis horas. El parte meteorológico anunciaba cinco grados más que ayer hasta alcanzar los 27°C. Salí de la Casa antes de las 9 h e inicié la misma ruta que la trazada ayer, pero mientras pasaba junto al Stedelijk Museum recibí un tierno mensaje de audio de N*** en el que me preguntaba si ya podía ir a recogerla, así que inmediatamente me subí a un tranvía y me encaminé hasta Amsterdam-Noord. A S*** no le apetecía salir entonces; N*** me llevó por donde quiso: tiendas, parques y calles... y yo me dejé llevar, como marcan los cánones del amor. 

Una falsa sensación hace que aquí se piense menos en la pandemia, pero trato de no bajar la guardia. La mascarilla (que yo la llevo en cada lugar cubierto al que entro) es un auténtico engorro (cargado de bolsas, mochilas, patines y bicicletas, pelotas, muñecas...), y para colmo la limpieza de manos con el gel hidroalcohólico, al que mis hijas ya se han acostumbrado relativamente, aunque ayer, en plena tienda, una de ellas gritó: «¡Papá: yo ya no quiero más alcohol!», y muchos se me quedaron mirando, pues no todos llevan como yo su botecito difuminando como un loco todo cuanto encuentro a mi paso. En este sentido mi padre ha sido un adelantado, y desde que lo recuerdo lleva su bote de alcohol en el bolsillo, además de quejarse de lo poco que la gente se lava las manos.

La tarde llegó con un sol que quería ser como el que golpea los secarrales del sur, y por momentos pareció el mismo. S*** nos acompañó un par de horas, con sus graciosos movimientos, delgada, escurridiza y con un palique impropio para su edad... y de nuevo la despedida, cíclica, dura y estoica a partes iguales, hasta verme obligado a regresar por dos voces como un artista en el último concierto de su carrera y despedirme de Ellas tras hacer compras en el supermercado. Una vez alcanzado el metro, con el alma abandonada entre el musgo de los árboles que Ellas observan al despertarse, decidí detenerme en Het Bierfabriek y ahogarme como mandan los cánones del fracasado, sin placer, como corresponde al maldito, y bebiendo sin sed en ese local hoy desangelado, con la cerveza tibia, ausente del duende de antaño, y en el que he sentido que ya nada queda de entonces, será por la pandemia o acaso sea yo, pero si no existe aquello que antes me llenaba, ya no volveré más.  

Al acostarme pensaba en Ellas, y en el collar que N*** me arrebató del cuello para colocárselo en el suyo, más hermoso que el mío, y que ahora tocará su piel, mientras duerme, y yo me conformaría con ser ese collar por siempre. 

Jueves, 6 de agosto de 2020

He dormido peor que las anteriores noches, y a las 7 h ya me desperté y sin demora me puse en pie. Una de las cosas que más me agrada nada más salir de la Casa es la primera brisa golpeándome y acompañada del olor característico de esta zona... Reconocería la prístina sensación de esta ciudad entre un millón, aunque no sepa explicar a qué huele ni tan siquiera lo que me hace sentir.  

Hice el mismo recorrido a pie que el martes, callejeando incluso más. De mi bolsillo saqué un pequeño objeto: un anillo de N*** que lleva montado un cervatillo. Ella es mi alma gemela contrapuesta, pues en nada se parecen nuestros cuerpos y poco nuestros caracteres, y sin embargo nuestra compenetración es extrema, algo que me gustaría conseguir con S***, tan parecida a mí pero de la que se me separó cruelmente en un momento clave de su vida y de la mía. ¡Oh, S***, tan escurridiza como un rabo de lagartija! El resto de mi vida quedaría colmada con la presencia física de Ellas, no necesitaría más (aunque también a mis padres); con eso bastaría y no precisaría de más personas a mi lado... pero no las tengo, y me da miedo perder lo que aún permanece conmigo.

Cuando llegué a recogerlas ya me había hecho a pie más de ocho kilómetros. Estaban cansadas por el día anterior, y S*** se quedó en casa, aunque luego también nos acompañó (y me despidió afligida). N*** y yo recorrimos nuevamente las tiendas y parte del barrio en dirección norte, y como suele suceder aquí, en unos pocos pasos ya nos encontrábamos en plena campiña, con sus lugares henchidos de encanto, sus pequeños canales repletos de exuberante vegetación y en cuyas orillas N*** trató de acercarse en varias ocasiones a una garza. Y la despedida, otra, tan nauseabunda e insoportable.

Llevaba casi 48 horas en las que apenas había comido un par de plátanos, unas galletas, un belegde broodje de queso y el litro y medio de cerveza de anoche; hoy me preparé bacalao a la plancha y verdura cocida, y reconozco que lo necesitaba. 

Ya queda menos para el otoño, y aquí llegará primero y a mí me abordará allí, con sus tentáculos de abulia y cruda nostalgia, ya permanente en mí, pero a Ellas también, cuando llegue la obscuridad de esos días, en este nuevo lugar en el que ahora viven... no quiero pensarlo, ni eso ni el día que de nuevo me marche. 

El polvo se hacina en las esquinas del cajón de los cubiertos. 
Empieza lento, pero una semana más tarde cuelga 
una manta de rocío sobre el fregadero. 

Anda con ojo cuando se acerque el otoño. 
Saca los helechos de cobre que de las patas de la mesa 
brotan como art decó barato.
[...]

Max Temmerman, «Cartas credenciales» 

Viernes, 7 de agosto de 2020   

Ahora mismo son las 19:30, y resumo el día de hoy ya en mi habitación, mientras el termómetro marca 31°C, con un máxima a media mañana de dos grados más; parece que la ola de calor aún durará varios días. 

Mientras tomaba mi comida caliente (hamburguesa vegetal y puré de verduras) en esta Casa completamente vacía, me detuve en el titular de portada del NRC Handelsblad: «El liberal Rutte se siente incómodo con su severo papel en esta crisis», y un artículo en páginas interiores en donde se detallaba la inusual dureza de su tono reprendiendo a la población, aunque como convencido liberal que es seguirá dando «espacio» a los ciudadanos, y es que los contagios por coronavirus siguen creciendo preocupantemente en el país y en especial en Ámsterdam, así que ayer por la tarde el gobierno anunció nuevas medidas (para los lugares de ocio, pruebas a quienes procedan de lugares tipificadas con código naranja, y que se eviten los lugares concurridos de Ámsterdam). La rueda de prensa la ofrecieron conjuntamente el primer ministro Mark Rutte y el viceprimer ministro Hugo de Jonge, ambos de diferente signo político (VVD y CDA, respectivamente), excelentemente coordinados y por cierto sin tomarse aún vacaciones, algo que como leo en la prensa ha hecho ya o hará en breve el presidente de mi país (con cifras indecentes en cuanto a las reformas hechas en su lugar de veraneo y gastos obscenos en desplazamientos), y ello a pesar de la dramática situación sanitaria y económica que existe en España y tras una cumbre europea en la que calificó a los Países Bajos y a otros (algunos incluso gobernados por socialdemócratas) de «insolidarios» y varios calificativos más. ¿Dónde ha quedado ahora la solidaridad con los suyos? Esto va mucho más allá de cualquier ideología, más incluso que el de ser y aparentar ser honrado, pero por ahí se empieza y es la base de todo político y toda persona. Leer precisamente aquí esta noticia tras la renombrada cumbre europea de hace unas semanas me hace sonrojarme aún más y sentir un inenarrable bochorno. 

Antes de partir a Amsterdam-Noord estuve dando un paseo por el Amstel hasta llegar al Stopera (Ayuntamiento+Palacio de la ópera). Me detuve en la espectacular y bonita estatua de Spinoza que allí se erige y volví a leer la frase que hay inscrita bajo sus pies: «La meta del Estado es la libertad», una sentencia irrebatible. 

Me bajé en la parada final del metro 52, pues quería visitar el cementerio De Nieuwe Noorder, pero pronto me percaté que no había tomado la ruta correcta. Me di la vuelta y recogí primero a N***, que tal y como hizo ayer bajó con sus patines de ruedas para pasearse con ellos por el barrio. Quería que fuésemos a una piscina, que ella me afirmaba que sabía dónde había una: «Allí cerca de aquella iglesia que hay al fondo», y efectivamente dimos con ella (pero estaba completa para los próximos días y era obligatorio acudir con reserva previa). Cruzamos un pequeño canal en donde se asentaban unas casas preciosas, la mayoría de madera y todas diferentes, pintadas de verde, blanco, marrón... y hasta en una de ellas crecía una frondosa higuera. A la vuelta nos detuvimos en la iglesia De Buiksloterkerk (que nos había servido de guía para localizar la piscina), por desgracia cerrada, y que por las fotografías que he visto en internet presenta un interior sobrio pero a la vez coqueto, una construcción que data de 1609 (aunque su forma actual se remonta a un siglo después). Junto a la iglesia había un pequeño cementerio (en este caso un kerkhof, literalmente «jardín de la iglesia», y no un begraafplaats, conceptos que extrañamente nuestro rico idioma no discierne). Entramos por la desvencijada verja y le expliqué a N*** que bajo esas desgastadas y rotas lápidas había gente muerta, personas enterradas, pero ella no lo entendió bien y me pedía una y otra vez que yo cogiera de un lado de la lápida y ella del otro para levantarla y «ver lo que hay debajo».
    
Más tarde bajó S*** y seguimos jugando en el parque y en las fuentes, hasta que se hizo la hora de comer: N*** me suplicaba venirse a dormir conmigo al tiempo que me agarraba con desesperación mientras S*** movía su manecita diciendo adiós con esa forma tan graciosa que tiene de decir las pocas expresiones que usa en español, sin pronunciar la ese final de la palabra, en una mezcla de italiano y francés. Me gustaría desaparecer un segundo antes de cada separación, sin más preámbulos, y como en la máquina del tiempo de H. G. Wells aparecer en otro lugar, y a ser posible limpio de dolor.

Sábado, 8 de agosto de 2020

Cuando ayer me recluí tan temprano en la habitación, con el pegajoso calor y la cegadora luz que aún quedaba suspendida de los gabletes de las casas hasta que la noche se cernió por completo, me abordó un instante de tentación y salir a dar un paseo por esta ciudad que tantas cosas puede ofrecerme... pero esa seducción se convirtió de inmediato en desgana y absoluta apatía, porque sé que nada podría llenar mi vacío. 

Ya esta mañana seguí la rutina de costumbre y al llegar a Amsterdam-Noord traté de visitar el cementerio De Nieuwe Noorder. Anduve por un solitario y estrecho sendero de menos de un metro de ancho oculto por altos árboles y salvaje vegetación hasta que al salir de aquella obscuridad observé a orillas del Noordhollands Kanaal el molino Krijtmolen d'Admiraal (construido en 1792), pero cuando tras mucho caminar casi me hallaba a las puertas de mi destino, mis chicas me escribieron un mensaje para decirme que ya estaban listas para salir, así que en lugar de hacer el camino a pie, me apresuré en tomar el primer autobús que pasó por esa zona y acudir raudo a su encuentro. En los próximos días intentaré visitar el citado cementerio, pues me pica la curiosidad que en las fotografías que he visto en internet no aparezcan lápidas ni tumbas. 

Ambas se bajaron con el bañador en la mochila y como una especie de tradición no escrita estuvieron jugando en las fuentes como suelen hacer los niños en la ciudad cuando aprieta el calor, chapoteando en el agua y bañándose literalmente. 

No puedo creer que ya haya pasado una semana entera, con sus luces y sus crepúsculos. La intensidad de estas jornadas casi no me ha dejado percatarme de que llevo aquí siete días, en esta Ámsterdam que me parece distinta, y en los que no he hecho otra cosa que estar con Ellas, en maratonianas jornadas de diez horas, agotado pero feliz de verlas a diario... firmaría esta vida por siempre, antes que aquella que soporto cuando no las tengo.   

La portada del periódico Het Parool destacaba una noticia: la preocupación por la sequía que está padeciendo Ámsterdam, y al caer la noche informaron de la muerte de un muchacho de 24 años a causa de un tiroteo acaecido por la tarde en el sur de la ciudad, concretamente en Nieuwe Meer, junto al Het Amsterdamse Bos.