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jueves, 26 de febrero de 2026

NERVAL, VERLAINE, CURIEL, Y LAS MIL MÁSCARAS DE PEDRO J. VIZOSO

Yo también soy palabra.
«La ciudad y la muerte», PEDRO J. VIZOSO


Todo en la vida nos remite a un porqué, y también todo tiene su inevitable génesis. Esta génesis y este porqué nos llevan directamente al París del siglo XIX, aunque sea de manera indirecta y, por supuesto —o quizá no—, virtual; y asimismo a un nombre: Gérard de Nerval, el poeta romántico francés aquejado de graves crisis de locura que terminó ahorcándose en un sucio callejón de París. 

Pero lo que hace realmente famoso a Nerval es su poesía y trasfondo, que por supuesto conocía y en la que tuve la suerte de volver a zambullirme en ella gracias a que casualmente encontré una edición con toda su obra poética completa. Ésta incluía, además de una perfecta y ágil traducción de sus poemas, un minucioso estudio biográfico en una reedición revisada por el propio traductor de aquella que vio la luz en 2019. Y es aquí en donde entran en juego todos esos «porqués» a los que aludía al comienzo de esta pieza y que desembocan en Pedro J. Vizoso.
 

[...] Volverán esos dioses por los que siempre lloras.
El tiempo vuelve al orden de las antiguas horas,
un profético soplo sacude al mundo entero... [...]

«Dafne», G. NERVAL

Pedro José Vizoso (Xinzo de Limia, Orense, 1959): pero ¿de cuál de los Vizoso tendría que hablar aquí? ¿Del Vizoso traductor y especialista en poesía francesa decimonónica (románticos, simbolistas, decadentistas, malditos...)? ¿De quien es profesor de lengua española en la Universidad Hastings College de Nebraska? ¿O acaso de quien escribe relatos de misterio que nos hacen recordar a E. A. Poe? No nos olvidemos, no, de sus estudios sobre el modernismo que recopila en títulos como Galería modernista, una suerte de bestiario de poetas modernistas hispanoamericanos y españoles, o ese libro que ya lo explica todo con su título: Madrid modernista: el espacio urbano madrileño en la literatura bohemia del modernismo español

En la Grecia antigua, la máscara (prósopon, «lo que está delante del rostro»), era un elemento imprescindible en el teatro. Servía para exagerar las emociones, amplificar la voz y representar personajes típicos de la tragedia o la comedia, y jugaba un papel clave en los rituales colectivos vinculados al dios Dioniso. Vizoso es, si se me permite la metáfora, una matrioska de la literatura en su más amplio sentido o, haciendo uso de esa costumbre en la antigua Grecia, una sucesión de máscaras literarias. «Pero también», me avisa una vocecita que se sitúa junto a mi oreja, «de ese poeta de composiciones intimistas y evocadoras que narran una pequeña historia influido por el modernismo»: colecciones de poemas con títulos como Lo real y su sombraCuaderno de bosque o La ventana, libros que ya quedan perdidos en las místicas librerías de lance o en misteriosas páginas de la inconmensurable red. 


Lo real y su sombra es un poemario compuesto por poemas escritos en Caracas entre mayo y noviembre de 1986, e impreso en la legendaria Imprenta Sur (llamada ya en 1993 Dardo), rotativa en la que aparecieron gran parte de los primeros libros de la mayoría de integrantes de la Generación del 27 o la revista Litoral que editaron desde 1926 a 1929 los poetas malagueños Manuel Altolaguirre y Emilio Prados. Entre las «preferencias literarias» que sustentan esta colección de poemas (que incluye caligramas y haikus) como el propio Vizoso admite, nos encontramos a Breton, Eluard, Char y Octavio Paz, así como algunos poetas modernistas hispanoamericanos, y es son estos últimos, junto a escritores menos conocidos (Jules Supervielle, Georges Schehadé, Benito Mieses...), serán quienes en el futuro supongan el cimiento literario tanto para la propia producción literaria de Vizoso como para sus estudios y trabajos críticos posteriores. 



Día a día
voy sacando mi muerte
del bloque de los años,
estatua informe de algún dios terrible
cuya figura ciega
labro con el cincel
del minuto y la hora... [...]

«El patio», P. J. VIZOSO

Ahora me detengo en Profundidad de los libros. El revés de la trama (un subtítulo que ya en sí es una declaración de intenciones), una recopilación de narraciones de muy diverso estilo y variada temática: hay relatos fantásticos, meros apuntes oníricos, piezas posmodernas (o casi psicodélicas), escenas de crudo realismo, fragmentos autobiográficos e incluso falsas reseñas. Es, en conjunto, un volumen extraño que del centenar de piezas que afirma haber escrito su autor, reúne veinticinco en este volumen, lo que sugiere que podrían publicarse otros tomos en el futuro.


Apuntaba anteriormente ese poso literario de unas narraciones que recuerdan a las de Poe y Joyce Carol Oates, pasando por Lovecraft, si bien ese toque de romanticismo visceral y macabro, sello personal del escritor nacido en Boston al albor del siglo XIX, se ve contagiado por el modernismo del que es especialista Vizoso. Nos encontramos todo el imaginario del romanticismo (cementerios, muertos y funerales), sueños, libros y viajes, e incluso con Nerval, elementos que aparecen en títulos como «El viajante», «El alquimista», «Profundidad de los libros» (relato que da título al libro), «El viaje de Clarence» (en donde aparecen los espíritus de todos esos poetas que tanto amamos), «Los muertos», «Un funeral» o «La muerta del motel White Sands», ambos fascinantes y que suponen a la vez un verdadero divertimento.

Quiero hacer a continuación una necesaria parada en Elías David Curiel (1871-1924), un poeta judío-venezolano del modernismo prácticamente desconocido en nuestro país a pesar de compartir idioma. Pero Pedro J. Vizoso nos ha regalado (porque esa es la palabra) dos ediciones muy personales de su obra: Obra poética (2022) y Textos desconocidos (2024). Elías David Curiel fue periodista, docente y poeta maldito, y no abandonó jamás —salvo por un corto viaje a Los Teques y Caracas— Santa Ana de Coro, su ciudad natal, a la que se sentía ligado, como me apunta Vizoso, «por una especie de vínculo cósmico, y en donde se entregó a los paraísos artificiales del éter y el cloral». En la poesía del escritor venezolano nos encontramos referencias al judaísmo, a la cábala y a su herencia sefardí. Curiel se suicidó en 1924 a los 53 años, pero eso sí, ya advierto a románticos e impenitentes buscadores de tesoros encuadernados: no pierdan su precioso tiempo explorando en las librerías de viejo (ni mucho menos de nuevo), porque no hallarán nada salvo estas ediciones de Pedro J. Vizoso.

El alcohol mi mente fosfórica inflama 
en el cadavérico azul de su llama: 
Nephente que infunde narcótico olvido 
o chispazo eléctrico en gas comprimido: 
actos que preside conciencia ilusoria 
y clausura ausencia total de memoria. 
Reacción depresiva de dientes roedores: 
Nerviosos altruismos y absurdos temores.

«Al través de mi vida», E. D. CURIEL



La obra de Pedro J. Vizoso es, como afirmaba anteriormente, una matrioska sin fin, tanto por su propia obra como por sus traducciones, y entre estas cuidadas ediciones nos presenta a poetas franceses casi desconocidos y sorprendentes, como Germain Nouveau (Saber amar: Poemas de amor, devoción y bohemia, 2015), Xavier Forneret (Vapores: ni verso, ni prosa, 2018) o el decadentista Maurice Rollinat (Neurosis, 2025), y por supuesto a escritores conocidos por cualquier amante de la poesía como Paul Verlaine (Celulariamente: Poemas y cartas de la cárcel, 2020) o el ya citado Gérard de Nerval. Hace apenas unos meses dio a conocer dos obras más de Verlaine en Entre Mathilde y Arthur (2025), que contiene los exquisitos poemarios La buena canción y Romanzas sin palabras, que el editor y traductor de estos poemas nos presenta en un solo tomo con acertado criterio, pues ambos trabajos marcaron dos momentos fundamentales y críticos en la vida de Verlaine: por un lado su matrimonio con la bella adolescente Mathilde Mauté, y por otro su escandalosa huida a Londres con un joven amante de la misma edad que su esposa: el poeta Arthur Rimbaud. Difícil escoger un solo poema del poemario Romanzas sin palabras, en donde destacan pasajes de bellísimas descripciones perfectamente trasladadas a nuestro idioma, como las composiciones de las secciones «Birds in the Night», «Acuarelas» o «Paisajes belgas». 

¡Ladrillos, tejas, 
oh los tranquilos
dulces asilos
de las parejas!

¡Lúpulos, vides, 
hojas y flores, 
célebres lides 
de bebedores!

¡Íntimas chozas,
vinos, clamores,
fáciles mozas
de fumadores!

Trenes tardíos, 
rutas distantes...
Vamos errantes
como judíos. 

«Walcourt» («Paisajes belgas»), P. VERLAINE


Este artículo se antoja obsceno en cuanto a la brevedad que ocupa, pues en la extensa obra de Pedro J. Vizoso se citan gran parte de aquellos escritores que han marcado la Historia Universal de la Literatura, tanto por sus influencias a la hora de escribir su propia prosa y sus poemas, como por sus estudios y traducciones, un hombre que no parece de este tiempo sino más bien nacido desde la luz del Renacimiento, aunque sus poetas predilectos deambulen en las más radicales tinieblas, un Vizoso que es un auténtico artesano publicando a poetas misteriosos en este mundo incomprendido y poco valorado que puede llegar a ser la edición literaria, y todo lo hace con una labor minuciosa y silenciosa henchida de luminosidad. 

[...] cada mañana el mundo
acaba de inventarse

«Día que vuelve», P. J. VIZOSO

viernes, 25 de septiembre de 2015

RIMBAUD, EL POETA QUE CAMBIÓ LA POESÍA

A Arthur Rimbaud, a sus cuatro hermanos y a su madre los abandonó su padre, capitán de infantería, cuando el ya poeta contaba con seis años, y afirmo “ya poeta” pues con esa edad  compuso sus primeros versos. Su vida fue una huida constante, una frenética fuga repleta de romántico salvajismo.

 Arthur Rimbaud (1854-1891)

Su trayectoria poética fue casi tan corta como su vida, si bien sus escritos y su leyenda se agigantan hasta tal punto de ser una referencia sublime y un mito entre los poetas. Rimbaud encarna a la perfección el poète maudit más rotundo: pendenciero, consumidor de todo tipo de drogas y sustancias entre las que destaca el opio y el hachís, adorador y borracho de absenta, rebelde, crápula, faltón y macarra, precursor del absentismo escolar, y como no, recordar su escandalosa relación homosexual con otro maldito: Paul Verlaine, que abandonó a su mujer e hijo pequeño para en septiembre de 1872 huir a Londres con el imberbe poeta, que no contaba entonces ni con dieciocho años. El envío de El barco ebrio tuvo la culpa (o no) de que se conociesen. 
 
(...) Iba, sin preocuparme de carga y de equipaje, 
con mi trigo de Flandes y mi algodón inglés.
Cuando al morir mis guías, se acabó el alboroto: 
los Ríos me han llevado, libre, adonde quería.  

En el vaivén ruidoso de la marea airada, 
el invierno pasado, sordo, como los niños, 
corrí. Y las Penínsulas, al largar sus amarras, 
no conocieron nunca zafarrancho mayor. (...)

EL BARCO EBRIO


Entre las muchas anécdotas que sufrieron, se dice que la pareja malvivió en la capital inglesa sobreviviendo gracias al dinero de la madre de Verlaine, puesto que las clases particulares de francés que impartían no daba para mucho, y en esa vida miserable, Rimbaud se las ingenió para pasar los días en las cálidas y acogedoras salas del Museo Británico alejado del frío y humedad del Támesis. La relación acabó, y Verlaine regresó a Bruselas con la esperanza de que su mujer lo perdonase. Rimbaud apareció y aquello acabó como el Rosario de la Aurora: Verlaine borracho disparó en la mano de su antiguo amante. Debemos agradecer a aquella relación que Rimbaud compusiese Una temporada en el infierno, una obra maestra del Simbolismo. El amor ente ambos parece que no se terminó ahí, y años después volvieron a verse en Alemania recordando los buenos tiempos de Londres.

De mis antepasados galos, tengo los ojos azul pálido, el cerebro pobre y la torpeza en la lucha. Me parece que mi vestimenta es tan bárbara como la de ellos. Pero yo no me unto de grasa la cabellera. 
Los galos fueron los desolladores de animales, los quemadores de hierbas más ineptos de su época. Les debo: la idolatría y la afición al sacrilegio; ¡oh! todos los vicios, cólera, lujuria, la lujuria, magnífica; sobre todo, mentira y pereza.

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO


Abandonada la poesía, su huida le llevó a nuevos países: Java, Chipre, Yemen... y diversas profesiones: profesor, soldado, agente de una compañía, contrabandista... De una supuesta artritis en su rodilla derecha pasó a una sinovitis y más tarde a un carcinoma que terminó con la pierna amputada. El 10 de noviembre de 1891, murió en Marsella (Francia) a los 37 años.

(...) ¡Hueste extraña de gritos justicieros 
el cierzo se ha metido en vuestros nidos! 
A orilla de los ríos amarillos, 
por la senda de los viejos calvarios, 
y en el fondo del hoyo y de la fosa, 
dispersaos, uníos. (...)

LOS CUERVOS


Vidas al límite (1995), dirigida por Agnieszka Holland

No es un milagro lo que marca la trayectoria literaria de Arthur Rimbaud, que ya a los seis o siete años escribía prosa y a los diez auténticos poemas, abandonand antes de los diecinueve años su vida literaria. No, no es un milagro que hoy se le recuerde, porque en literatura no existen lo antinatural: Rimbaud poseía un talento fuera de lo común, que no necesitó de más tiempo para demostrar su valía. Era maldito: así nació, así vivó, y murió así. Merci maudit!