Mostrando entradas con la etiqueta Diarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diarios. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de octubre de 2020

«ÁMSTERDAM ES UNA CIUDAD MALDITA. DIARIOS AMSTERDAMESES [2014-2019]»

 


Ámsterdam es una ciudad maldita. Diarios amsterdameses [2014-2019], ANTONIO CRUZ ROMERO.                 Ravenswood Books editorial, 2020. Prólogo de Hilario Barrero.

Un diario notariza el tiempo ilegal, el que duele, el que deja al diarista sumido en las tinieblas y que en el futuro servirá, por un lado, de validación de datos, hechos y justificación de la conducta del «narrador», y por otro para que algunos lectores se reconozcan y lleguen a apreciar la luz que parecía faltar en algunos textos de honda oscuridad. También en este documento elegíaco, un réquiem de lluvia ácida, Antonio Cruz es testigo, padre, poeta, traductor, prófugo del amor y desterrado: «Sólo escribo cuando hay muerte y dolor a mi alrededor, y cuanto mayor es, más y mejor escribo». 

En estos diarios, que comienzan en 2014 y acaban en los primeros días de 2020, Ámsterdam, que es una de los protagonistas, aparece con un pasado luminoso, donde la felicidad tenía su jardín, y con un presente y futuro oscuros y tenebrosos donde la muerte y el olvido tienen su huerto. Nos encontramos con Bach, Rembrandt, Descartes, Liszt, Spinoza, Billie Holiday y una nómina de poetas holandeses que enriquecen este diario y lo hacen imprescindible para conocer un periodo crucial de la literatura neerlandesa. 

Posiblemente las mejores páginas del texto, donde afloran el dolor, la ternura y la alegría del diarista, sean las que hablan de sus hijas, cuando el autor se embelesa reflejado en la mirada de Noa, en la sonrisa de Sophie, es ahí donde nos hacemos participes de la angustia de un padre. 

Ámsterdam es una ciudad maldita es una dolorosa confesión, un viacrucis en una ciudad donde la lluvia es la cruz a cuestas en la soledad del diarista, una amarga reflexión de convivencia y el derrumbe de un hogar, pero es también un diario poético, crudo, real, amargo, nostálgico, alegre y triste. En él resuena el dolor de Antonio Cruz, de un hombre desamparado, cuya «existencia es una forma de elegía». 

HILARIO BARRERO



Diario de Almería. Reseña de José Francisco Díaz Alonso (29/09/2020)


Alerta. Diario de Cantabria. Reseña de Juan Francisco Quevedo (02/06/2020)

miércoles, 16 de septiembre de 2020

HOMO SAPIENS NON URINAT IN VENTUM. DIARIO ÁMSTERDAM. Parte 2 (VERANO 2020. AÑO I DE LA PANDEMIA)

Domingo, 16 de agosto de 2020

Amaneció soleado y con una temperatura por encima de los 20°C que en el clímax del día alcanzó los 30°C. Anoche, a las 22:30 h, comenzó a llover muy suavemente y sin apenas hacer ruido, como un rumor crepitante, y de la misma forma, media hora más tarde, cesó en un último e imperceptible susurro. 

Julio César
Calígula

Salí tarde de la Casa, cuando ya pasaban las 10 h. Llegué al Rijksmuseum y me adentré en sus hermosos jardines, pulcramente cuidados y en donde crees que la perfección podría incluso existir, deteniéndome en cada uno de los enormes bustos de los emperadores romanos que hay expuestos, obra del escultor Bartholomeus Eggers (siglo XVII). Impresionaba contemplarlos de cerca, con su mirada altiva, retorcidos y moldeados en viejo plomo. Me gustó Julio César, que ya intuía la traición, y Calígula, con el rostro inflamado por la locura. Al primero lo asesinaron en un complot en el que participaron más de medio centenar de senadores y en el que alguno ni siquiera se atrevió a asestarle la puñalada traicionera que le correspondía dar: «¡Tú también, Bruto!», exclamó sorprendido el hijo de Aurelia. Hubiese deseado que Eggers esculpiese a Nerón, el emperador que tocaba la lira mientras Roma ardía... como hoy Ámsterdam se quema sin necesidad de fuego y yo ardo en ella esperando un final parecido al de Julio César. ¿O esto ya me ha sucedido?

Me senté a la sombra en un banco de madera situado bajo la cara norte del museo, tratando de no pensar y dejándome acicalar por una anestesiante brisa, saqué un libro y me puse a leer. Los efectos de la pastilla que anoche ingerí en el último momento aún estaban presentes en mi organismo: los ojos querían cerrarse en contra de mi voluntad y los brazos flácidos descansar. ¡He cometido tantos errores, que hasta a mí me cuesta perdonarme! Confié ciegamente...

(La segunda parte de mi estancia en Ámsterdam así como la primera al completo, 
aparecerán en su momento en papel.)

miércoles, 13 de diciembre de 2017

UN DIÁLOGO CON MERTON

El pasado mes de noviembre ha sido de recogimiento interior por un lado, y a la vez de especial y compleja intensidad por otro, también en lo que respecta a mis lecturas: he terminado varias novelas de Auster y Philip Roth (dos asignaturas pendientes); he leído las conferencias que de Borges se recogen en Siete noches, las poesías completas de Juan Luis Panero y gran parte de la poesía de Raúl Zurita; tengo pendientes un par de libros de C. S. Lewis que me han dejado dos buenos amigos y he releído el Libro de Job, por el que tengo, junto al profeta Jonás, una especial predilección. Y para terminar de enumerar mis últimas actividades, he hecho varias traducciones y he llenado mi casa de cactus (algunos con muchas pinchas) que he pasado de una a otra maceta.


Frente al fuego de una chimenea y con el frío propio de estos días he concluido la fascinante lectura de El signo de Jonás, uno de los diarios de Thomas Merton (1915-1968), monje trapense que ingresó en 1941 en la abadía de Nuestra Señora de Getsemaní (Kentucky) y permaneció entre sus muros veintisiete largos años. Fue casualmente la luz la que al dejar el libro sobre el suelo me regaló esta significativa imagen:


Las páginas del libro son un cúmulo de deliciosas impresiones de la vida austera y bucólica de un monje y su relación e íntima conversación con todo cuanto le rodeaba, y no sólo con el aspecto religioso, también con la poesía y muy especialmente con los poetas místicos (San Juan de la Cruz, Jan van Ruysbroeck...), Rilke, Blake, Eliot... así que me ha sido imposible parar de subrayar los comentarios y hermosas descripciones que realiza sobre la naturaleza y las luces del día y de la noche que este monje trapense tan bien vivó. Merton también me ha evocado al poeta romántico Guido Gezelle (1830–1899), profesor, sacerdote y uno de los padres del flamenco (como diferenciación del neerlandés) que le cantó a la muerte, a Dios y a la naturaleza. 

Pasados los momentos iniciales me embargó por completo la sensación de que no era la primera vez que leía a Merton, pero sí: era la primera vez. Transcurrido medio centenar de páginas ya me percaté del origen de esa sensación primigenia: leía a Merton pero al tiempo leía al poeta y traductor Hilario Barrero (que ganó el premio de Poesía Gastón Baquero con el curioso seudónimo de Arcipreste de Bruklin).

 

Conforme avanzaba mi lectura de Merton, más encontraba a Barrero. Las descripciones de la luz, uno en la campiña y el otro en la gran ciudad; el intimismo en ambos y una asombrosa similitud en estilo y estética desde dos mundos tan apartados entre sí pero que esconden tanto en común; la descripción de los insectos en uno y el comportamiento del ser humano en el otro, hasta que Merton cita a Dickinson y detalla las sensaciones que ésta le suscita, una poeta que es referente en Barrero y atraviesa parte de su obra: «La hermana Jacoba, de Malden, me ha enviado su libro sobre Emily Dickinson. Me siento feliz sumergiéndome en él y hallando una persona –Emily– con mis aspiraciones, aunque en diferente sentido. ¡Ah, si el buen criterio de Emily me acompañara!», dice Merton, que más tarde habla de las abejas de esta guisa: «Estoy aquí rodeado de abejas y escribiendo en este libro. Las abejas son felices y, por ello, silenciosas»; y no puedo sino recordar un poema de Dickinson que el propio Barrero tradujo así:

Para hacer una pradera 
se necesita un trébol y una abeja, 
un trébol y una abeja 
y ensueño. 
Bastará con el ensueño
si las abejas son pocas.



Ahora rescato la fabulosa serie de diarios de Barrero (que tienen lugar principalmente en Nueva York) y los comparo con el de Merton, y comienza a producirse este hermoso diálogo que halla una intensa conexión en la religiosidad de la vida:

–H. B.: Al salir de su casa la luz se ha nublado y parece que va a llover. Dicen que es tiempo de huracanes.
–T. M.: Las nubes negras comenzaron a amontonarse sobre la quebrada.
–H. B.: He vuelto a ver el cuervo sobre el edificio de enfrente. Así, reposando, parecía un bulto negro y deshuesado, sólo unas plumas que brillaban mojadas con la lluvia de la mañana.
–T. M.: Y ahora estamos en plena primavera, y aquí todo es verdor, la luz lo satura todo, los pájaros cantan, y perfuma el aire el aroma de la leña del bosquecillo de cedros que hemos quemado frente a la abadía.
–H. B.: Cae tan a plomo que la nieve es un campo de Castilla con una profundidad blanca y brillante.
–T. M.: Todo era dorado, carmesí, azafranado, y al fondo lucía un limpio azul con tonalidades de aguamarina. 
–H. B.: Por la tarde comienza a nevar. Está la casa cálida, con luz de nieve entrando por la ventana. Huele a pan cocido y a manzanilla.
–T. M.: Contemplo, sentado, los grandes copos de nieve que ya comienzan a caer alrededor de las ventanas como blancas plumas.  
–H. B.: Miro la ventana y es casi de noche y sólo son las seis y media. Una lluvia persistente cae sobre los árboles llenos de vida y la gente que vuelve del trabajo cruza deprisa la calle.
–T. M.: La escarcha ponía en los campos una blancura de acero y cada brizna de hierba parecía rígida como un alambre.

Campos de Getsemaní
¿Quién no ha soñado con sentir y estremecerse con las descripciones de Merton y Barrero? ¡Qué forma tan envidiable de sentir la vida! 

Me espera ahora el libro La montaña de los siete círculos, que mi padre está terminando de leer y me anuncia de su belleza.