Mostrando entradas con la etiqueta Huerga & Fierro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Huerga & Fierro. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de marzo de 2017

ROBINSON JEFFERS Y LA BELLEZA DE LA BATALLA PERDIDA

 
ROBINSON JEFFERS  
(1887-1962)


DISTANT RAINFALL



Like mourning women veiled to the feet
Tall slender rainstorms walk slowly against gray cloud along the far verge.
The ocean is green where the river empties,
Dull gray between the points of the headlands, purple where the women walk.
What do they want? Whom are they mourning?
What hero's dust in the urn between the two hands hidden in the veil?
Titaness after Titaness proudly
Bearing her tender magnificent sorrow at her heart, the lost battle's beauty.




PRECIPITACIÓN LEJANA



Como plañideras enlutadas hasta los pies
Altas tormentas esbeltas caminando lentamente contra la gris nube por el borde lejano.
El océano es verde donde el río se vacía,
Gris mate entre los puntos de los promontorios, morados por donde caminan las mujeres.
¿Qué quieren? ¿A quién le rinden luto?
¿Qué polvo de héroe en la urna entre las dos manos ocultas en el velo?
Un Titán tras otro soportando
Con orgullo en su corazón su tierna y magnífica tristeza, la belleza de la batalla perdida.


El último cantor de Walt Whitman. Poesía esencial de Robinson Jeffers. (Edición bilingüe). Huerga & Fierro editores, Madrid. 2016.

martes, 28 de junio de 2016

«CONSERVA EL DESEO»: LA POESÍA ANECDÓTICA DE HUGO CLAUS

Cada uno tiene sus manías, y sus escritores y poetas fetiche —en mi caso una docena; o quizá incluso dos o tres más—, y algunos que resultan una verdadera obsesión —cuatro, o quizá cinco—, turbadora y enfermiza. Hugo Claus está entre estos últimos.

La editorial Huerga & Fierro ha editado la primera antología poética de Hugo Claus (1929-2008) en nuestro país, el escritor más importante y trascendental de la literatura en lengua neerlandesa (Flandes y Países Bajos) de los últimos tiempos; un creador que fue capaz de canalizar su inusual genialidad y transformar en alta literatura la virtud de ser dueño de una escritura y un estilo singular.

Destacó como poeta, un poeta posmodernista influido por T. S. Eliot y principalmente por Ezra Pound, aunque también por los clásicos griegos y latinos y por los poetas españoles del Siglo de Oro; pero también destacó como novelista bajo el influjo de escritores como los flamencos Cyriel Buysse y Louis Paul Boon, el irlandés Joyce y los  norteamericanos William Faulkner y Erskine Caldwell, si bien, la realidad es que Claus destacó en todas y cada una de las facetas artísticas que tocó: cineasta y guionista de cine, traductor, ensayista, autor de libretos de ópera, dramaturgo, adaptador de textos clásicos, pintor abstracto y miembro del Grupo CoBrA, escritor de relatos... en resumidas cuentas: un creador total sin límites.

Considerado uno de los tres grandes de las letras neerlandesas modernas, junto a Cees Nooteboom y Harry Mulisch (grupo a los que creo que habría que añadir a Gerard Reve y a Jan Wolkers), estuvo presente durante muchos años en las quinielas para hacerse con el Premio Nobel de literatura, en ocasiones hasta casi se dio por hecho que recibiría un galardón que ya merecieron mucho antes Simon Vestdijk y W. F. Hermans, o los ya citados Mulisch y Nooteboom (el único de ellos aún con vida).

Es el neerlandés la única lengua que con un número considerable de hablantes ninguno de sus escritores ha sido galardonado aún con la renombrada distinción, aunque como he repetido hasta la saciedad y con enfado, quizá sea el Nobel quien no merece tener a la lengua neerlandesa ni a sus escritores entre los galardonados. Bien es cierto que Louis Paul Boon habría recibido el premio, de no haber muerto de un infarto pocos días antes. Como anécdota personal, durante muchos años estuve enviando correos electrónicos a la organización del Nobel, justificando por qué debían de premiar a algún escritor en lengua neerlandesa, e insistiendo en los nombres anteriormente citados. El mismo día que Claus falleció, volví a escribirles por última vez, y enfadado, vistiéndome de cierta irreverencia de la que en ocasiones hacía gala el propio Claus, los mandé a freír espárragos.    

La poesía del poeta flamenco es imposible de disociar de su obra general tal y como muestra la bellísima antología recién publicada por la editorial Huerga & Fierro (especialistas en editar a literatos en lengua neerlandesa) y titulada con gran acierto Conserva el deseo, un Hugo Claus que fue uno de los máximos exponentes del controvertido movimiento poético-artísitico de De Vijftigers (Los Cincuentistas), el grupo poético experimentalista en lengua neerlandesa.

Los poemas de Claus son microhistorias que nacen de un simple detalle, de la anécdota (pues para Claus la vida no era más que una anécdota, un chascarrillo) y la evocación de la mediocridad humana como forma de vida, salpicando los versos de localismos —casi intraducibles— y duros vocablos dialectales. Su lenguaje era único, y en ocasiones atractivamente violento, al tiempo que nos tropezamos con deliciosos elementos autobiográficos.     

Una característica tangible en la obra de Claus fue la intertextualidad, algo que también se produce en sus poemas. La religión, la Biblia, el sexo, la muerte, o la pintura, fueron temas sempiternos y de gran calado en sus composiciones, aludiendo a otras obras.



El mundo de Claus, y no me harto de decirlo, fue singular, difícil de comparar con el de ningún otro escritor —guste más o menos—, en el que convivieron interpretaciones contrapuestas que lo acompañaron toda su vida. Su relación con las religiones fue siempre muy compleja, algo que arrastró hasta el final de su vida, principalmente con la religión católica, pero curiosamente el elemento religioso aparece una y otra vez en sus poemas, revestido de diferentes ropajes.

Aunque Claus jamás se sintió un separatista (flamenco) —sino todo lo contrario: luchó con ahínco contra la sinrazón secesionista que aún sigue amenazando Bélgica—, y sin hacer distinción alguna entre flamencos y valones en un sentido político, sí ha cantado en sus versos la atracción que ha supuesto para él y su obra el sentimiento flamenco y Flandes, tal y como se puede leer en el bellísimo poema «Flandes Occidental»:   

País primaveral de granjas y leche      
Y niños de madera de sauce      
País estival y febril cuando el sol     
concibe sus crías entre el trigo      

Los poetas españoles, y más concretamente los del Siglo de Oro, como Góngora o Quevedo (de los que a buen seguro extrajo el lenguaje pícaro tan característico de la época), fueron una clara influencia en su poesía.

A partir del año 1999, Claus comienza a sufrir problemas de memoria, confirmándose más tarde que sufría la enfermedad de Alzheimer. El escritor, sintiendo cómo la enfermedad afectaba a su día a día y la degeneración que estaba experimentando, decidió muchos años antes poner fin a su vida mediante la eutanasia, hecho que tendría lugar en el año 2008 y envuelto en una gran polémica. En el poema «Repaso», de 2004, existe una parte en la que detalla las sustancias que se utilizan en la eutanasia para poner fin a la vida, y que a la postre así ocurriría con Claus.

Destacar el extenso y acertado prólogo de Mercedes Monmany, y la excelente traducción de Ronald Brower, importante dramaturgo neerlandés que ha traducido entre otros a G. A. Bredero y Gerard Reve, y forma parte del equipo artístico del Teatro de La Abadía (Madrid). En Conserva el deseo el lector hallará una visión amplia y variada de los estilos y épocas de Claus que queda perfectamente representada, entendiendo con esta selección la dificultad a la hora de extraer unos poemas y descartar otros de la vastísima e inabarcable producción del poeta flamenco. En esta antología este hecho queda perfectamente resuelto, y cuyo resultado es una edición exquisita con la que el hispanohablante podrá disfrutar por fin de un autor tan especial y de una poesía de singularidad extrema.   

Hugo Claus ha sido y sigue siendo para mí un asunto personal; una auténtica obsesión: cada uno tiene las suyas y debe convivir con ellas, formando parte de mí desde hace casi veinte años, primeramente como lector de su impactante poesía. Su muerte me pilló en Ámsterdam, una de las ciudades en las que residió y vivió, en todos los sentidos; también lo he traducido, tanto su poesía como su prosa, y a menudo pasé por el café al que acudía su ex mujer, Sylvia Kristel (actriz del filme Emmanuelle y con la que tuvo su segundo hijo), junto a la facultad de literatura de la Universidad de Ámsterdam. Cuando tuve consciencia de que yo también escribía, la obra de Claus comenzó a ser una fuente a la que he acudido de manera natural.    

Probablemente Hugo Claus fuese uno de los últimos escritores de una estirpe de creadores que ya no se volverá a repetir, que escribió de la misma forma como vivió: ¿y quién no hubiese deseado vivir así para escribir como él?

Conserva el deseo. Poesía esencial (Edición bilingüe). CLAUS, Hugo. Huerga & Fierro editores, Madrid. 2016. Traducción y selección: Ronald Brouwer. Prólogo: Mercedes Monmany.

viernes, 16 de enero de 2015

¿DÓNDE ESTARÍAMOS SIN LA MUERTE?* (SEGÚN LA POESÍA DE VALENTÍ PUIG)

Bienaventuradas las naciones que tienen misiles y hormonas, 
archivos bien catalogados, teólogos y una gastronomía
nada pesada.

V.P.

Mi relación con los libros –como ya he afirmado en más de una ocasión– va más allá de la que se establece entre un lector de carne y hueso y el material compuesto por simple papel encuadernado; trasciende ese vínculo meramente físico.

Hace años me costó una eternidad dar con la antología poética de Valentí Puig; harto de la espera opté por leerla en una biblioteca y rechazar el ejemplar cuando éste llegó (muchos meses después), a la librería, como lo hace un barco extraviado a un puerto ignoto. El pasado otoño recordé la anécdota y mi pesar aumentó –como me sucedió con el de Spinoza– por no haberme quedado con el demorado libro (por enfado, o por despecho hacia la tienda de libros, que no satisfizo mi ansia bibliófila de manera inmediata ni mucho menos diligente). Y comencé a buscarlo, de nuevo a mitificarlo cuanto más se resistía mi persecución; no lo encontraba en mis librerías físicas, ni en la maldita red, hasta que finalmente di con el ejemplar el último día antes de dar comienzo el invierno: Capital del Otoño. Premonitorio.

http://www.valentipuig.com/
Y en esta pasada Navidad, con el frío invernal recorriendo carnes y huesos, releí la poesía de Valentí Puig. Las relecturas suelen captar nuevos matices que en la primera (temerosa ante lo nuevo y nada meticulosa) no se aprecian, también mayúsculas decepciones, e incluso exclamaciones y manos a la cabeza. Mas la sensación fue agradable, la de un reencuentro, la del sabor del buen vino que pasados los años embriaga más y mejor (y sólo ocurre con lo exquisito que da la vida). Allí hallé nuevamente ese choque de poemas entre modernidad y añoranza del pasado, recuerdos de la infancia y la vida rural, una suerte de devocionario en el que es sencillo encontrar aspectos prosaicos e insulsos del mundanal ruido y acto seguido profundas elucubraciones teológicas, versos serios de gran calado intelectual y otros cargados de sorna filosófica, frases que hablan del sinsentido y del más puro sentido de la vida; Bernanos, el recuerdo de los padres fallecidos, Freud y Jacob, urbes lejanas, Churchill e incluso diálogos encubiertos con el mismísimo Dios... y una colección de poemas sobre "el amigo de Queequeg" (sic) y el intramundo (a lo Gran Hermano, el de Orwell, claro) de Moby Dick y Melville –un rara avis de poemario que bien podría editarse en edición limitadísima (y numerado) con un mapa de las rutas del Pequod amalgamadas con los viajes y periplos del poeta mallorquín.


Valentí Puig. Capital del Otoño. Huerga & Fierro 2010

Y acabó la Navidad, como todo, y la antología, entre versos y excesos, vinos, achampanados y hasta  espumosos, comidas e indigestiones, y reparé de nuevo en Puig ante una doble realidad completamente irrefutable en aquellos días:

(...) Agosto, 
agosto ya tan lejos de la infancia y tan cerca del colesterol. 

¡Cuánta razón, señor Puig, en esto y en todo cuanto afirma en verso! ¿La muerte? La muerte sería no poder leer sus poemas. Moltes gràcies por esta Navidad.


--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
*«¿Dónde estaríamos sin la muerte?» es un verso del propio V. Puig.

 

domingo, 2 de noviembre de 2014

LA LEYENDA DEL INDOMABLE

En la figura de Dylan Thomas (Swansea, 27 de octubre de 1914 - NY, 6 de noviembre de 1953) confluyen todos los elementos necesarios para hablar de un poeta mítico: lírica sublime, dueño de una voz envolvente, y esta última no menos incisiva, ser acusado de arrastrar excesos (alcohólicos y borracheras legendarias) que bien pudo ser el motivo de su prematura muerte; todo ello sin ni tan siquiera haber alcanzado los cuarenta años de vida.

Para la nieta del poeta, Hannah Ellis, todo cuanto se ha hablado de su abuelo acerca de sus jaranas y la explotación del lado bohemio (puede que quisiera decir juerguista, tabernero, canalla nocturno) y sus fabulosas melopeas eran en muchos casos falsas o al menos exageradas; para ella, esto ha hecho que la enorme calidad literaria del poeta galés quede ensombrecida y ciertamente apocada, (yo disiento).


Nada de él ha quedado sepultado por el paso de los años, y ni mucho menos por la muerte: su herencia simbolista, el carácter elegíaco que encierra toda su obra, la oscuridad de sus versos, la perfección estilística y la innegable conexión con Eliot. Sus poemas tienen la particularidad de alcanzar mayor dimensión cuando son leídos en voz alta; acaso mejor escuchados. Se le acusa, los que no pueden imputarle nada, de ser excesivamente barroco y rimbombante. Para ellos, envidiosos, este ostentoso poema: 

Y la muerte no tendrá señorío.  
Desnudos los muertos, ellos serán uno 
con el hombre del viento y la luna del oeste;
cuando sus huesos descarnados limpios se dispersen,
astros tendrán por codo y pie;
aunque enloquezcan serán cuerdos, 
resucitarán aunque se hundan en el mar;  
aunque los amantes se pierdan quedará el amor;  
y la muerte no tendrá señorío.
(...)
 
Dylan Thomas llegó el 20 de octubre de 1953 a Nueva York, y lo hizo para morir, aunque la excusa fuese para tomar parte de un interminable tour de lecturas poéticas. Y de costa a costa, aún retumba su frase lapidaria —imposible más precisa— brotando de aquellos labios agonizantes, sus últimas palabras: "He bebido dieciocho vasos de whisky, creo que es todo un record".

Lo afirmado al comienzo en cuanto a los elementos necesarios para encasillar a un poeta en el marco de lo mítico, no significa que aquellos que carecen de alguna de ellas (en especial de las dos últimas), no puedan llegar al olimpo de los poetas excelsos. En España, la semilla Thomas germinó en los Valente y Gil de Biedma, curiosamente en los mismos que quedó plantada la raíz de T. S. Eliot.

Hace justamente una semana comenzó a celebrarse el centenario del nacimiento de Thomas, pero a los poetas, como a los santos (mucho tienen de sobrehumanos y celestiales) hay que celebrarlos en su muerte —salvo que estén vivos o como Nicanor Parra se llegue a los cien años—; es ese momento cuando cierran, como el galés, el círculo perfecto de la poesía encarcelada en toda una vida.

(...)
y leo, en una concha,
la muerte clara como campana de boya.
(...)

*Muertes y entradas. Dylan Thomas. Traducción Niall Binns y Vanesa Pérez-Sauquillo. Huerga y Fierro. Madrid, 2003.