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domingo, 29 de diciembre de 2024

NECESITO CONTAR LA VERDAD: UNA CONVERSACIÓN CON EL BOXEADOR ZARAGATA

Qué pena que se sienta mal —dijo la mujer—. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?
—Sí, ya sabía. 


Este es un extracto de Los asesinos, el breve relato de apenas ocho páginas que en 1927 escribió Ernest Hemingway para la revista Scribner's Magazine y que en 1946 adaptó para la gran pantalla Robert Siodmak con el título Forajidos, una obra de arte del cine negro que protagonizaron Burt Lancaster, Ava Gardner y Edmond O'Brien en una historia que nos presenta a dos sicarios, Max y Al, que llegan a un pueblo de Nueva Jersey para matar a Pete Lund, un boxeador retirado que responde al sobrenombre de «El Sueco»; pero Lund no intenta huir y es asesinado a tiros en su habitación, y tras esta soberbia introducción el filme nos narra la historia del exboxeador haciendo uso de un largo flashback. En 1964 Don Siegel revisitaría el relato de Hemingway en Código del hampa, más violenta que la de Siodmak, que construiría como el preciso mecanismo de un reloj y que tenía como protagonistas principales a Lee Marvin, Angie Dickinson, John Cassavetes y Ronald Reagan. 

El cine nos ha regalado un buen puñado de películas memorables que han tratado desde diferentes puntos de vista el apasionante mundo del boxeo: Lirios rotos (1917), de D.W. Griffith; The Ring (1927), de Alfred Hitchcock; Cuerpo y alma (1947), de Robert Rossen; El hombre tranquilo (1952), de John Ford; Más dura será la caída (1956), de Mark Robson; El tigre de Chamberí (1957), de Pedro Luis Ramírez; Rocco y sus hermanos (1960), de Luchino Visconti; Rocky (1976), de John G. Avildsen; Toro salvaje (1980), de Martin Scorsese; Million Dollar Baby (2004), de Clint Eastwood, y así un largo e interminable etcétera.

Saco a colación esta obra de Hemingway y las posteriores adaptaciones (y entre las anteriormente citadas el cineasta ruso Andrei Tarkovski hizo en 1956 lo propio con un cortometraje cuando era estudiante) porque me he citado con el boxeador Paco Zaragata. Me cuenta que el excelente cronista de boxeo, Fernando Vadillo, escribió para el periódico deportivo Marca sobre él y que le molestó que escribiese que su alias era Zaragata: «Yo no soy un forajido para decir que Zaragata es mi alias, y así se lo dije cuando tras aquella crónica volví a encontrarme con él; ¡soy Zaragata!». El director de cine José Luis Garci, gran entendido de boxeo, rindió homenaje al periodista en su magnífica película El crack (1981) cuando Alfredo Landa, que interpreta al investigador privado Germán Areta, le espeta al barbero que le está afeitando: «Déjate de literatura, que para eso ya tenemos a Vadillo en el As».



Paco García Cazorla, Zaragata, nació en 1951 en el popular barrio almeriense de Pescadería y aún recuerda de memoria el nombre de los vecinos de ambos lados de la calle, que me va recitando con minuciosidad y a gran velocidad. Afirma que no tiene ganas de conceder entrevistas a los periódicos, quizá porque tiene mucho que contar, y que aun así necesita expresar lo que siente: «Necesito contar la verdad, Antonio». Quedamos en el bar Fany. Entramos y todos sabien quién es, lo saludan por su nombre de guerra y él los conoce a todos y me da detalles de la vida de aquellos que entran y salen de la taberna. Nos atiende Antonio. Zaragata es una enciclopedia: del boxeo, de la vida, del día a día de Almería, habla como si boxeara, un torrente de palabras, de anécdotas, de datos, una memoria de elefante. «¿Por qué te has hecho boxeador?,» le preguntaron al púgil irlandés Barry McGuigan, campeón del peso pluma, a lo que éste respondió: «No puedo ser poeta; no sé contar historias», y el excéntrico escritor Arthur Cravan (1887-1918), dos metros de altura y cien kilos de peso, sobrino de Oscar Wilde y amante de la poeta Mina Loy, y asimismo boxeador, afirmaba: «Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear»; pero Zaragata sí es capaz de boxear y de contar historias, como aquellas de cuando trabajaba en la Central térmica de Carboneras.


El boxeador almeriense fue peso mosca (hasta 51 kg); se sabe todas las categorías de peso al dedillo; ahora es un galimatías de números con tantas asociaciones de boxeo y sus diferentes pesos. Al principio parezco un débil contrincante ante su verborrea, un sparring a punto de ser noqueado: me devoran los detalles que me aporta, su enciclopedia mental, a pesar de yo ser un peso supergallo me está ganando a los puntos. Le nombro a Manny Pacquiao; él asiente con la cabeza; le gustaba. Afirmo que Saúl «Canelo» Álvarez es el mejor boxeador del mundo libra por libra, pero él me rebate: «El mejor es el japonés Naoya Inoue; tienes que verlo, Antonio: ¡es dinamita pura!». Le recuerdo la pelea entre Mike Tyson y Evander Holyfield cuando en 1997 el primero le arrancó al otro varios centímetros de oreja de un mordisco; mi primer recuerdo nítido y consciente de boxeo. Le sigo preguntando sobre boxeadores de finales del siglo pasado y algunos más recientes, de manera anárquica: Julio César Chávez: «Muy bueno, no así su hijo», me replica. Óscar de la Hoya, Floyd Mayweather Jr., Guennadi Golovkin. Tengo la tentación de hablarle de la llamada «pelea del siglo» (parece que ésta fue la segunda) que en 1923 enfrentó al estadounidense Jack Dempsey y al argentino Luis Ángel Firpo: pocos combates han hecho correr tantos ríos de tinta y literatura periodística de la buena como aquella. La siguiente «pelea del siglo» se produjo en 1964, el día de los enamorados, el combate que cambió para siempre el boxeo, o eso dicen: Cassius Clay le arrebató el cinturón de los pesos pesados a Sonny Liston, el favorito; al día siguiente el nuevo campeón se convirtió al islam y cambió su nombre por el de Muhammad Ali: «Flota como una mariposa, pica como una abeja», y ya me dejo de literatura. 

Nos acomodamos en la silla y pedimos una palomita: anís dulce con una piedra de hielo y un chorrito de limón. Le pregunto si puedo usar mi dispositivo para grabar la conversación: «Sin problema, lo que quieras», y aprieta los puños suavemente: aún le queda esa energía de boxeador, porque el boxeador lo es toda la vida. Desconozco qué puedo sacar de este encuentro. Él no baja la defensa; me explica algún golpe y lanza el puño a cámara lenta y al instante se cubre. «Defenderse en el boxeo, cubrir el golpe del adversario es tan importante como atacar; de lo contrario estás perdido»; y en la vida también, me digo a mí mismo. Pienso en el periodista Budd Schulberg y en la calva de Abbott Joseph Liebling, pero el que me gusta es Vadillo y Manuel Alcántara, del que recomiendo el libro La edad de oro del boxeo: 15 asaltos de leyenda. En las memorias de John Watson, doctor en Medicina, éste apunta sobre Sherlock Holmes: «Experto boxeador y esgrimista de palo y espada». Vuelvo a abandonar mis pensamientos literarios y con mi primera pregunta sale toda la energía que Zaragata lleva dentro, brotando impetuosas sus ganas de hablar: una verborrea infinita y eléctrica, como si estuviese sobre un ring.

ANTONIO CRUZ: ¿Cuénteme cómo fueron sus inicios en el mundo del boxeo? 

ZARAGATA: Mi inicio en el mundo del boxeo se produjo porque mis hermanos, Diego y Juan, montaron el bar Bahía de Palma, en Almería, en concreto el 23 de diciembre de 1963. Posteriormente a esta circunstancia mi hermano Juan se fue a trabajar a un camping y Diego se quedó con el bar. En el camping trabajaba un señor de Madrid, Luis Alcázar, boxeador profesional que había sido campeón de Castilla, y cuando terminó la temporada, a su regreso, mi hermano Juan nos trajo dos pares de guantes de boxeo que le había regalado Alcázar para mí y para mi hermano gemelo: Jesús, que falleció ya hace tiempo. Teníamos sólo 13 años. 

A.C.: ¿Tanta tradición de boxeo había en la ciudad de Almería? 

Z.: En aquel momento entrenaba los hermanos Bisbal: Pepe, Dionisio y Juan. Por aquel entonces lo hacían en donde guardaban los carros de la basura, lo que era la perrera municipal, detrás del Ayuntamiento. Entonces mi hermano y yo nos íbamos por las tardes a entrenar con los hermanos Bisbal, y a partir de ahí sentí en mi interior el gusanillo del boxeo. Posteriormente me fui a entrenar a un gimnasio que montó el padre de Juanito Rodríguez en el barrio de Los Ángeles. Mi debut se produjo en el año 1966 en el Cine Moderno, peleando contra Nieto Aguilera, a quien le gané en el tercer asalto por abandono. 

A.C.: Hablemos de 1972, año en el que se celebraron los Juegos Olímpicos de Múnich. 

Z.: Tengo recuerdos muy bonitos de esa época. Para la preparación de aquellos Juegos seleccionaron a ocho boxeadores, de los que cinco éramos de Almería, junto a dos asturianos, Alfonso Fernández y Rodríguez Cal, y Antonio Rubio, un catalán que había nacido en Bullas (Murcia). Después de que Rodríguez Cal ganase la medalla de bronce en Múnich, peleé en Avilés contra él y lo tiré seis veces contra la lona, pero como era su homenaje le dieron vencedor a los puntos; para él el triunfo y también los palos. En aquella concentración estábamos cinco almerienses, como he dicho anteriormente, y yo que era peso mosca no fui, y no fui porque el minimosca nuestro, García I, también de Almería, peleó en Tenerife un combate contra el venezolano «Morochito» Rodríguez, que había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1968 en México, y García I tuvo la suerte de meterle dos manos y tirar a «Morochito» Rodríguez, por lo que me quitaron a mí y García I fue a las Olimpiadas y yo me quedé en casa. Después perdió contra el mongol Batsüren Nyamdashiin en segunda ronda y él y yo nos quedamos sin medalla y sin nada. Fue una época bonita, donde fui internacional y peleé en Suecia, Escocia, Francia y gané casi todas las peleas internacionales. 



A.C.: ¿Supone entonces una espina el no haber acudido a aquellas Olimpiadas? 

Z.: ¿Espina? Es algo que siempre está ahí, pero el seleccionador decidió llevar a García I porque pensaba que pegaba más fuerte, y yo creo que se lo merecía; no hay mayor problema ni pienso en ello mucho más. 

A.C.: ¿Cuántas peleas hizo Zaragata? 

Z.: He hecho unos 120 o 130 combates, siendo uno de los boxeadores de Almería que más combates ha boxeado. Tengo la suerte de haber caído ocho veces pero nunca por KO, ni por abandono ni inferioridad, siempre a los puntos, y tres nulos, entre amateur e internacional. Estoy contento con mi carrera deportiva. 


Hacemos una pausa. El bullicio del bar es cada vez mayor: conversaciones que fluyen, se mezclan y van in crescendo; el tintineo de los vasos chocando entre sí, la voz de los dueños del bar, Fany y Antonio, que se acercan y también charlan con Zaragata. La primera «pelea del siglo» del boxeo la cubrió el escritor Jack London con el enfrentamiento en 1910 entre James Jeffries y Jack Johnson; el primero, de raza blanca, era el favorito del público, y Johnson, negro, y con mala fama, era el boxeador odiado de aquella época, pero sin embargo fue el que resultó ganador de la pelea por KO. London, el escritor de Colmillo blanco y La llamada de lo salvaje, fue un amante del boxeo y escribió varios relatos sobre el mundo del ring de una belleza exquisita, como Por un bistec, probablemente la mejor de las historias de boxeo jamás escritas y recogida en el volumen Knock Out

Suena una horrible música de reguetón, pero a Zaragata no le importa, a mí sí, demasiado, pero intento concentrarme en apuntar fechas y nombres. Pedimos unos botellines de cerveza y en el intermezzo de nuestra entrevista el boxeador me habla de Pedro Carrasco, de Mando Ramos y de los hermanos Bisbal, de la reciente muerte de algunos amigos del mundo del boxeo, y me explica cómo conoció a José Legrá y su posteriores encuentros. Me muestra una fotografía y me dice: «De aquí ya sólo quedo vivo yo». Jack London hubiese disfrutado de esta charla.    



A.C.: Si antes hablábamos de ese pesar por no haber acudido a las Olimpiadas de Múnich, ¿qué otra espina tiene Zaragata, o qué logro no pudo conseguir Zaragata? 

Z.: Tengo una espina clavada, que no sé si debería decirla. (Se detiene unos segundos, y continúa). Pero la voy a decir. Hay muchos señores del mundo del boxeo de Almería que me dicen: «Tú nunca fuiste Campeón de España». Esto es algo que yo quisiera explicar, para que la gente lo sepa, así que me alegro que me hayas hecho esta pregunta, ¡porque quiero que la gente sepa de una puñetera vez la verdad! Yo no fui nunca campeón de España porque a mí Almería nunca me mandó al Campeonato Nacional; mandaron a los hijos de Rodríguez, que eran los favoritos del entrenador, porque era su padre. Entonces resulta que la única vez que me mandaron, en el año 1972, fui subcampeón, y no gané porque me robaron la pelea en la final contra Vicente Rodríguez, a quien luego le gané en la revancha. Rodríguez  era en ese momento subcampeón de Europa, y es curioso que sin haber ido al Campeonato de España le he ganado a todos los campeones: al santanderino Esteban Eguia, a Eduardo Tabares, de Las Palmas, a Manuel Massó, a Ángel  Moreno, a Vicente Rodríguez... les he ganado a todos los campeones y he seguido en la selección, lo que quiere decir que el mejor era yo. En aquel tiempo, los que estábamos en en el equipo nacional, los internacionales no íbamos al Campeonato de España, pero a continuación, los once campeones de los once pesos que existían, tenían que pelear contra los integrantes de la selección española para saber quién era el mejor, y quien ganaba se quedaba en la selección, y en esos combates es donde yo le he ganado a todos los campeones, pero el que quiera entenderlo que lo entienda, y el que no, que no lo entienda; me da igual: soy feliz con lo que hice, estoy orgulloso con lo que conseguí y no voy a cambiar; soy el mismo de siempre: Paco Zaragata. Pero mira, también fui campeón de España en la primera Liga nacional de boxeo, en la que quedé imbatido, y con el trofeo que lo acredita; por lo que sí fui campeón. 



A.C.: ¿Y qué supuso haber llevado el nombre de Almería por todo el mundo? 

Z.: Hace unos días me dijo un señor: «Pero Zaragata: es que tú no sabes lo que es sentir el himno de España en una competición». Y entonces le enseñé una fotografía en la que estoy en París y yo era el abanderado del equipo español: allí estaba en lo alto del ring con la bandera de mi país, ¡en Francia! Si eso no es saber lo que se siente ser español en una competición, que ese señor vaya y se lo pregunte a quien quiera.


Nos despedimos. Me dice que me enviará algunas fotografías de todo cuanto me ha relatado y me aprieta la mano con fuerza. Zaragata es un campeón de España sin título, por esas extrañas circunstancias que se dan en el deporte y más aún en el noble arte de las doce cuerdas, un reflejo, al fin y al cabo, de la misma vida. Según reza el diccionario de la RAE, «zaragata» significa gresca, alboroto, tumulto, pero no encuentro en el Zaragata persona ni en el Zaragata boxeador nada de cuanto afirma la RAE, sino todo lo contrario: es cordial y afable, noble y leal, pero no me gustaría haber combatido nunca contra él. Es entonces cuando recuerdo una cita del libro Del boxeo, de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates: «Si no se puede golpear, por lo menos se puede ser golpeado, y saber que todavía se está vivo». Y quedamos en llamarnos, y desaparece difuminado por una extraña luz que irradia desde un boquete del cielo invernal pero soleado.  

martes, 3 de marzo de 2020

COMO SOMBRAS SOBRE UN CHARCO

Martes, 25 de febrero de 2020 

Han pasado casi dos meses desde que estuve en Ámsterdam; es demasiado tiempo: es un infinito desértico. Cuando mañana me reencuentre con mis hijas, habrán transcurrido cincuenta y cinco largos días sin verlas, un número cinematográfico que se me ha antojado no una sino dos eternidades, y entre esa fecha y la presente, el 23 de enero, mi pequeña y dulce S*** cumplió años y no pude celebrarlo a su lado. 

Con estos viajes, dolorosos y mortíferos, ataviados de una alta dosis de destrucción, trato como único objetivo estar con Ellas, sentirlas y hacerles ver cuánto las quiero y cuánto las echo de menos, para que sepan que las necesito, que las siento cada minuto del día y que forman parte de cada sueño; estoy haciendo todo lo posible para que el barco no se hunda por completo. 

Se repite de manera soporífera el patrón de mis viajes: comprar los regalos, preparar mi maleta y el viaje en autobús hasta el aeropuerto, y por supuesto la elección previa del libro. Cuando falleció el filosofo Roger Scruton me encontraba releyendo el fabuloso ensayo de Levin Yuval El gran debate. Edmund Burke, Thomas Paine y el nacimiento de la derecha y de la izquierda, que había leído un año antes. Tras éste me sumergí en las Reflexiones sobre la revolución en Francia, de Burke, así como con Edmund Burke: redescubriendo a un genio, del filósofo y teórico del pensamiento conservador estadounidense Russell Kirk, y todo ello al tiempo que (con mi costumbre de disponer de un libro en la mesita de noche, varios en la sala de estar y uno más en la mochila) hacía lo propio con dos obras fundamentales de Scruton: Cómo ser conservador y Conservadurismo. Poco antes terminé de leer Los pájaros, el arte y la vida, de Kyo Maclear, regalo de Reyes de mi hermana y en el que había depositado una expectativas excesivamente altas, que me gustó, pero menos de lo que esperaba, si bien su estilo y muchas de sus reflexiones hicieron de éste una lectura amena y agradable. Hace unos días releí (estoy llegando a una edad en la que la relectura llega a ser una actividad habitual y hasta necesaria) el Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein, una obra tan breve como gigantesca, sorprendente y enigmática, poliédrica y multidimensional, en donde cada dos palabras se requiere de un especial detenimiento para proceder a un minucioso análisis y a la deglución de sus sublimes ideas, que en ocasiones culmina sin un resultado diáfano para el lector. 

Para este viaje ya tenía preparado Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn, pero como me suele ocurrir, el domingo comencé la lectura de otro libro que es el que había decidido traerme a Ámsterdam: Misericordia, de Benito Pérez Galdós... de la misma forma que esta misma mañana me decanté por otro. En las páginas de Misericordia hallé en los márgenes algunas anotaciones hechas a lápiz.

Finalmente traigo conmigo a este viaje La edad de oro del boxeo (15 asaltos de leyenda), del poeta y columnista Manuel Alcántara. Al igual que me ocurre con otras disciplinas (como por ejemplo el rugby y alguna otra más), el boxeo me atrae de forma especial aun sin poseer no más que un conocimiento básico del mismo, y es que a finales del siglo pasado y comienzo del presente, el boxeo me interesó de manera particular. Pero no soy un buen aficionado, pues siempre me inclinaba más por los combates de los pesos pesados, supongo que porque se adaptan mejor a mi envergadura (quien me conozca o me haya visto alguna vez sabe que lo digo en sentido irónico, pues yo sólo podría competir en los pesos pluma), y me he quedado anclado en la época de los Mike Tyson, Evander Holyfield (el que más me gustaba), Lennox Lewis y Óscar de la Hoya (este último de superpluma a wélter). En la actualidad los boxeadores de los pesos pesados me parecen zafios, sencillamente vulgares (no hace falta nada más que ver el comportamiento de Tyson Fury en su último combate, por no hablar de su estética pugilística, o mejor dicho la falta de ésta), por lo que prefiero a Floyd Mayweather (ya retirado) y a Manny Pacquiao (que son ágiles como liebres y certeros como la picadura de una avispa), y siento una especial fascinación por el mexicano Saúl «Canelo» Álvarez, un boxeador finísimo y elegante, al que ver boxear resulta todo un acontecimiento, con esa plasticidad que imprime en cada golpe. Como recuerdo: la frustración de aquella pelea emitida en España a altas horas de la madrugada, cuando en 1997 Tyson le arrancó de un mordisco un trozo de oreja a Holyfield y ahí se acabó el enésimo «combate del siglo». Al fin y al cabo, como muchos acontecimientos (en este caso deportivo), éstos se sustentan más del pasado que del presente, más de las leyendas y su inmortalidad que de la actualidad, tan revestida de inmediatez y a su vez de la parte más intrascendente que acarrea lo efímero. Acaso también le ocurra lo mismo a las relaciones humanas que por su impureza (el eje recíproco padres-hijos representan precisamente lo contrario: lo Inmaculado), transitan por las cunetas derruidas de la fugacidad y acaban marcadas por la perniciosa caducidad y esculpidas en la leyenda que cada cual construimos en nuestro particular pasado. En cuanto al libro de Manuel Alcántara: una petite delicatessen construida mediante el estilo directo y a la vez elegante de escribir de un escritor que desciende del linaje casi extinto de los columnistas del siglo pasado (y me viene a la mente el tristemente fallecido David Gistau). En Alcántara se percibe además su oficio de poeta a la hora de elegir palabras, expresiones y giros que otros no tomarían. Una joya, que de paso viene acompañada de un epílogo de mi admirado José Luis Garci. 

Durante mi viaje en autobús escogí la película Amundsen (dirigida por Espen Sandberg) para pasar el tiempo, un biopic simplemente entretenido pero con poca pólvora para la cinefilia. El avión despegó con una hora de retraso, por lo que la llegada no se produjo hasta pasadas las 0:00 h. Durante el vuelo el cielo permaneció despejado hasta penetrar en Bélgica, ya descendiendo y en plena maniobra de aterrizaje. En Ámsterdam llovía ligeramente, y reconocí el olor de Schiphol y la húmeda fragancia emanadora de muerte que desprende la ciudad como si fuese un perfume familiar que me acompaña a diario. A las 1:30 h me eché sobre la cama para intentar dormir, deseoso de que pronto sonase el despertador... 

Miércoles, 26 de febrero [Miércoles de ceniza] 

...que lo hizo sin darme cuenta de que ya habían transcurrido varias horas, a pesar de reinar la noche plena, sin ni tan siquiera adivinarse luz alguna en el exterior.

El cielo estaba despejado. Caminé, cogí un autobús y más tarde el metro. Al llegar a Centraal Station me subí al tranvía, y antes de las 8:00 h ya me encontraba en Ijburg. Diez minutos más tarde vi aparecer a mis hijas como si aquello fuese una revelación: mi personal epifanía. Por fin pude encontrarme con Ellas, y la sensación de volver a verlas, tocarlas, olerlas, besarlas... inundó todo mi ser, por fuera y por dentro. 

Tras dejarlas en la escuela y despedirnos en reiteradas veces (en un adiós que parecía interminable pues una y otra vez N*** requería de mi presencia y yo aprovechaba para abrazar a su vez a S***) seguí con mi rutina de siempre en Ámsterdam, entre libros y DVD: Biblioteca central, De Slegte, Concerto y Scheltema. Regresé a Ijburg antes de las 14 h; llovía. Las recogí del colegio y fuimos a Dok 48, en donde abrieron los regalos, tomamos un aperitivo y estuvimos jugando, hablando y haciéndonos fotos. Al salir comenzó a granizar, pero se detuvo minutos más tarde y pasamos la última media hora en el parque, observando en un charco el reflejo de nuestras sombras. Me despedí de Ellas a las 17 h. 


Miércoles hoy; mañana serán 
ceniza. 
Las oleadas del mar suplican 
una y otra vez lo inconfesable: 
un barco naufragado en el horizonte 
es sólo un punto derretido en la noche, nada más. 
¿Y yo? ¿A cuántos versos de distancia 
estoy hoy del vacío?
[...] 

«Versos de distancia». 
Una habitación de hospital con vistas al mar. Editorial Letras Cascabeleras, 2018

N*** ha cumplido hoy seis años, pero siento un auténtico desgarro al pensar lo rápido que ha pasado el tiempo y el que he perdido y me han hurtado de estar con Ellas. No queda en mí ni un ápice de felicidad.  

Jueves, 27 de febrero 

Volví a levantarme a las 6 h. Seguí la ruta de costumbre, el paso de siempre, el dolor de cada día, el que me persigue aquí y allí. Me hubiese quedado en la escuela con Ellas, si tuviese el don de la invisibilidad. 

Acudí al consulado para solicitar información sobre un asunto y a continuación acudí a Concerto, en donde adquirí varias películas dirigidas por Clint Eastwood (ninguna de ellas de wéstern, pues ya las tengo todas, tanto en las que él hace de director como en aquellas en las que lo dirigen). Eastwood no sólo ha demostrado ser un excelente director (entre los mejores de la actualidad y por supuesto de todos los tiempos), también es un gran actor. Me apasiona tanto el cine europeo de antes (Dreyer, Bergman, Tarkovski, Kieślowski) como el clásico de Hollywood (Lang, Ford, Hitchcock, Curtiz, Walsh, Hawks, Huston), pero en muchas ocasiones necesito a Eastwood o Scorsese para que me cuenten una historia de manera diferente, aunque ambos ya pertenecen al Olimpo de los clásicos. 

Llovía ligeramente pero de manera constante; así ha permanecido durante todo el día, con 3°C de máxima pero con una sensación térmica de −3°C. Entré en Scheltema, y desde allí hasta De Bijenkorf (un gran almacén idéntico a El Corte Inglés) para terminar en la librería Antiquariaat Kok. Observé en un cartel que el prestigioso economista francés Thomas Piketty daba una conferencia en el Stadsschouwburg. Tuve la tentación de acudir, pero sólo fue eso: un simple impulso.

Recogí a N*** del colegio y fuimos caminando hasta la biblioteca de Ijburg, al tiempo que entre los dos nos comimos un racimo de plátanos de pequeño tamaño (que de hecho en el supermercado los venden como kinderbananen: plátanos para niños). En la biblioteca estuvimos haciendo de todo, incluso leyendo (que es lo que se presupone por el lugar), también pintando, pero en especial jugando al escondite: yo hacía como que no la veía y ella disfrutaba creyendo que no podía encontrarla. Como en la escuela N*** se había mojado su chaqueta, le puse mi jersey y me quedé en mangas de camisa; cuando me lo devolvió intenté embriagarme del olor de su cuerpo. 

Triste y malherido apunté en mi libreta invisible otra despedida más. Los días se alargan, directos a la primavera, pero yo sigo en plena era glacial. Con frecuencia tengo ganas y hasta la necesidad de rebelarme contra todo, desde la abyecta y vulgar temporalidad que me rodea, hasta lo más divino. Mas luego me pregunto: pero ¿quién soy yo para sublevarme? ¿No quiso hacer lo mismo Job y fue aplastado como un insignificante mosquito? 

aquí sólo somos 
el insignificante zumbido de un insecto 
que ilusos creemos imprescindible para volar 

«[el insignificante zumbido de un insecto...]». 
Una habitación de hospital con vistas al mar. Editorial Letras Cascabeleras, 2018

Viernes, 28 de febrero 

Volví a levantarme temprano para acompañarlas a la escuela, para diez minutos escasos en los que estoy con Ellas, pero un tiempo necesario para los tres. Amaneció despejado, sin la incómoda presencia de la lluvia, que hizo su habitual escena a las 16 h, con una temperatura a esa hora de 4°C  mas con una sensación térmica de −9°C. 


Cuando salía del colegio, una madre se detuvo para comentarme que el miércoles me vio y se había emocionado hasta tal punto de saltársele las lágrimas, cuando en los pasillos de la escuela N*** repetía una y otra vez «¡ha venido mi papá!», mientras me abrazaba y besaba. Yo también me estremecí al sentir mi herida en un ser ajeno, y me dejé doler. 

Me encaminé nuevamente hasta el consulado, en donde permanecí media hora llevando a cabo unos trámites, y de allí hasta Antiquariaat Kok y Scheltema, librería esta última que he convertido en mi cuartel general. Llego cada día puntual y me acomodo en una gran mesa de madera que hay en la tercera planta. El personal me saluda como quien lo hace con alguien conocido, como el que saluda al jefe de la empresa; exagero: como quien dice «hola» al espectro del escribiente. Saco libreta y bolígrafo, y un libro, y alterno la escritura y la lectura a partes desiguales según el momento. Desde ahí me desplazo a otras tiendas y librerías de la ciudad, a las bibliotecas, Kok, Concerto, De Slegte... y hago tiempo, ansioso, el tiempo y yo, hasta a que se avecina la hora de recogerlas del colegio. 

Tras salir de la escuela acudimos a Action a comprar algunas cosas, y una hora más tarde a la biblioteca de Ijburg, hasta que nos indicaron que era la hora de cerrar. Se puso a llover de manera tempestuosa y violenta, mientras el viento enfurecido no dejaba discernir de dónde procedía la lluvia. S*** agitó la mano dulcemente a modo de despedida, y N*** se puso a llorar y a gritar; aún la escuchaba minutos después de nuestro último beso; y todo se obscureció, en la calle, y dentro de mí. 

Sábado, 29 de febrero 

Me levanté una hora más tarde que los días anteriores; lucía el sol. C*** se empeñó en llevarme hasta mi parada de autobús, y justo al entrar recibí un mensaje de X***, explicándome que las niñas tenían fiebre, todo después de que la escuela confirmase anoche que una madre que estuvo en Milán hace diez días había dado positivo en el test de coronavirus, y que uno de sus hijos (unos años mayor que N***) había arrojado similar resultado en la primera prueba. Si yo no contagiase a nadie y Ellas, tras tantos besos, abrazos y estornudos, y compartir la comida, tuviesen el virus, yo también querría ser contagiado por mis hijas para sentir lo mismo, como un acto del amor más animal. 


La idea planeada era acudir los tres a la biblioteca central y más tarde a comer a algún restaurante, pero todo se desbarató, de nuevo en este último día con Ellas. Llegué a Scheltema, el personal me saludó amablemente: «Goedemorgen, meneer». Luego decidí visitar la sombría Amsterdam-Noord, que seguía estando obscura aunque brillase el sol. En el metro un muchacho leía en una vieja edición de Penguin Classics las Meditaciones de Marco Aurelio; me entusiasmó la anacronía de la escena. En Noord visité un triste mercado, en otro episodio más de este viaje, que como en los anteriores, me hace pasar frío y me llena de cansancio, malcomo en la calle, transito sumido en la falta de sueño que jamás se manifiesta, y un apuñalamiento traicionero y mortal que no cesa. 

A las 13 h llegó una obscuridad como sólo aquí podría amasarse, y comenzó a llover, y el viento agitó todo cuanto hallaba en su camino. Una hora más tarde por fin pude verlas en el vestíbulo del edificio, y el tiempo pasó como ya sabía que habría de extinguirse. Cuando N*** observa mi barba negra salpicada de canas, me dice apenada que eso significa que me voy a morir, pero que cuando tenga que llevar bastón ella me ayudará. 

Tras despedirme (sin escarbar en el dolor, alejándose el sonido del ascensor subiendo y las voces piando como hermosos petirrojos, se cerró la puerta acristalada detrás de mí), hice algunas compras para el viaje de mañana y regresé a Amsterdam-Noord para devolver un artículo que había comprado a primera hora en Action. 

Ya en Amstelveen Westwijk, antes de llegar a la casa, observé a través de los ventanales la calidez de los hogares a esa hora de la comida: las familias (padres e hijos), reunidas en torno a una mesa, disfrutando y felices de estar juntos. Y eso, que parece tan simple, es lo que más envidio en mi vida, porque es de lo que yo carezco. 

Cena cerca del RAI, en concreto a un restaurante que se llama The Roast Room, y cuya especialidad es la carne y el buen vino. 

Domingo, 1 de marzo 

La vuelta, como siempre: madrugón, sueño y desgarro. El protagonista absoluto de los periódicos era el coronavirus.

Me sorprendí al entrar en el avión: un Boeing 737-700, con cuarenta plazas menos que el Boeing 737-800, que es con el que la compañía acostumbra a volar y bastante más pequeño y antiguo que el 800. Espero que finalmente la aerolínea a la que soy fiel no adquiera los problemáticos (y letales) Boeing 737 MAX para renovar su flota y se decante por el Airbus A321neo, pues si no es así no creo que siga volando con ellos. 

Terminé de leer el libro de Alcántara mientras esperaba a que llegase el autobús, allí, en la ciudad natal del periodista, frente al mar. Una última frase brotó como un certero uppercut uniendo el boxeo y la propia existencia: «La vida es un ring». 

Y llegué a mi casa, convertida en cuatro paredes vacía de voces, y llena de ecos de aquel pasado; ni rastro del canto de mis dos petirrojos, y el almanaque varado en la hoja del martes, como si todo hubiese ocurrido el siglo pasado.  

Het Einde.