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domingo, 1 de febrero de 2026

«POEMAS BLASFEMOS», DE ALEISTER CROWLEY

Aleister Crowley: mago, ocultista, místico, alquimista, poeta, pintor y hasta alpinista en el más amplio sentido de la palabra. Ozzy Osbourne le dedicó un tema que es una obra maestra; su casa, la mansión Boleskine House, a orillas del Lago Ness (Escocia), fue adquirida por Jimmy Page, líder de Led Zeppelin.


Y ahora, gracias a Jesús Isaías Gómez, profesor y traductor (de Jack London, Scott Fitzgerald, Ray Bradbury, Aldous Huxley o George Orwell, entre otros, y especialista en James Joyce y literatura distópica) nos llega Poemas blasfemos (Visor Libros, 2026), una antología poética de acertadísimo título por cuanto Crowley quiso —y consiguió— romper con todo atisbo de tradición, como bien afirma en los versos del breve poema «El poeta» como una suerte de autoepitafio: 

Me mataron por denigrar
la Religión, la Ley y el Matrimonio.
Que mi tumba quede sin nombre 
para que la tierra se trague mis vergüenzas. 

Aleister Crowley (1875-1947) fue un prolífico poeta cuya obra combinaba formas tradicionales con elementos esotéricos poco convencionales, incorporando a su poesía temas místicos y ocultos, recurriendo al simbolismo de diversas tradiciones mitológicas y deudor de la poesía romántica y simbolista de poetas visionarios como P. B. Shelley, W. Blake, Baudelaire o Rimbaud que, asimismo, se siente influido por el decadentismo y por poetas como Algernon Charles Swinburne, en cuyos poemas incluyó temas execrables para su época: necrofilia, sadomasoquismo, homosexualidad, suicidio... 

Nacido como Edward Alexander Crowley el 12 de octubre de 1875 en Royal Leamington Spa, Inglaterra, y fallecido el 1 de diciembre de 1947, Crowley vivió una vida marcada por la excentricidad, la controversia y la búsqueda incesante del conocimiento esotérico. Criado en una familia cristiana fundamentalista, se rebeló ferozmente contra sus enseñanzas tras la prematura muerte de su padre cuando el pequeño Edward Alexander contaba sólo 11 años de edad, canalizando este trágico suceso en un antagonismo de por vida hacia la religión organizada. 

Adoptó el nombre de Aleister en su adolescencia y se autodenominó la «Gran Bestia 666», un apodo que alimentó su notoria reputación, siendo tachado como «el hombre más malvado del mundo». Experto montañero, Crowley participó en expediciones pioneras, incluyendo un intento de ascensión al K2 en 1902, enfrentándose con los miembros de la expedición por sus métodos poco ortodoxos, y años después lideró la conquista al Kanchenjunga que resultó desastrosa. Su viaje ocultista comenzó con la Orden Hermética de la Aurora Dorada en 1898, polemizando con el poeta W. B. Yeats, miembro también de la citada sociedad secreta. Expulsado de la orden, fundó en 1904 su propia religión, Thelema, tras afirmar haber recibido El Libro de la Ley de una entidad sobrenatural llamada Aiwass durante un viaje a Egipto junto a su esposa Rose Kelly. La nueva religión, circunscrita en un libro sagrado en imitación a las grandes religiones, tenía como mandamiento «Hacer tu voluntad será el todo de la Ley», enfatizando en ello la voluntad personal y la liberación. 

La vida de Crowley fue escandalosa, viajó a países lejanos como México, India, China y Estados Unidos, experimentando con drogas como la heroína, la cocaína y la mescalina con fines recreativos y rituales, dejando testimonio de ello en Diario de un drogadicto (1922) o en poemas como «Morfia»: «La morfina es sólo una / chispa de su fuego secular. / Ella es el único sol, / ¡el arquetipo de todo deseo!». En 1918 pasó 40 días en la isla Esopus, en el río Hudson de Nueva York, meditando, pintando y traduciendo el Tao Te Ching de Lao-Tse. De su viaje a Granada, en el verano de 1907, en donde queda fascinado por el flamenco y el cante jondo, recorriendo el Sacromonte y el Albayzín, queda constancia en dos hermosísimos poemas incluidos en la presente antología: «La gitana» y «Una vista de la catedral de Granada desde La Alhambra».

Estableció la Abadía de Thelema en Cefalú (Sicilia), una comuna para el estudio de la magia, pero se disolvió entre rumores de orgías, sacrificios de animales y la muerte de un seguidor, lo que llevó a su expulsión por Mussolini en 1923. Abiertamente bisexual en una época en la que la homosexualidad era ilegal, Crowley mantuvo numerosas relaciones e incorporó la magia sexual a sus rituales, a menudo tanto con hombres como mujeres. 

Hombre erudito, aficionado al ajedrez y crítico social, sus ideas influyeron en figuras como Jimmy Page, David Bowie, The Beatles y movimientos ocultistas modernos. A pesar de sus excesos hedonistas que lo llevaron a la adicción y la pobreza en años posteriores, el legado de Crowley perdura como símbolo de individualismo radical e innovación esotérica.

Aleister Crowley en su intento de coronar el K2 (1902)

Jesús Isaías Gómez nos trae en este año recién nacido la poesía más rebelde y transgresora de Aleister Crowley, poemas blasfemos porque éste «no escribía para adornar la realidad», como afirma su traductor, «sino para deshacerla y rehacerla», una antología de los poemas más representativos de su poesía que tienen algo del lenguaje obscuro de Góngora y también del misticismo de San Juan de la Cruz, «pero vuelto del revés, hacia adentro, hacia el abismo», en palabras de Gómez López. Hagamos la primera parada en «En Kiel», un poema sobrio e introspectivo que muestra a Aleister Crowley en su faceta más desencantada y moderna. Ambientado en un frío puerto del norte, el poema sustituye el éxtasis místico por el vacío. El puerto, los barcos y el mar se observan sin simbolismo, abriendo paso a la revelación pues nada responde al interlocutor. Esta deliberada monotonía señala un momento en el que la voluntad y la fe se suspenden, sin que puedan triunfar. La ausencia de clímax a lo largo de la composición, en la que parece dar fe de un agotamiento espiritual tras la intensidad, es como el silencio que sigue a un ritual, y que concluye de esta guisa:

¿Qué es la Eternidad, si consideramos esta hora 
como todas las lujurias y placeres de la vergüenza? 
Bien dado por perdido está el Cielo a cambio de esta ganancia sin par.

«Misa Negra», largo poema estructurado en 14 pasajes, imita el rito cristiano en comunión con los principios del Thelema pero mancillando sus símbolos en una suerte de profanación henchida de sexo y sadismo que trata de despojar su naturaleza sagrada y la autoridad divina, incuestionable para sus fieles, de la religión organizada. 

Si nos reafirmamos en la importancia de esta edición de Poemas blasfemos, es porque su traductor ha incluido en la antología todos los elementos escandalosos que vertebran la poesía de Crowley, como en «Necrofilia», en donde aparece uno de los temas prohibitivos más inquietantes, revestido de inimaginables dosis de sadismo (que nos hace recordar la literatura del Marqués de Sade y Guillaume Apollinaire), y como en toda su obra con un claro intento de provocación, puesto que confrontar lo prohibido disuelve su poder, y el verdadero objetivo no es el cadáver en sí y su profanación, sino denunciar la rigidez moral victoriana, si bien es cierto que en este caso llevada al extremo más subversivo: «Mis fosas nasales aspiran la lujuria / de la carne putrefacta, de las entrañas desgarradas / de gusanos festivos, como Venus, nacida / de entrañas espumosas como el mar». Nos encontramos, por tanto, con uno de los poemas más brutales y perturbadores de esta antología con un punto de conexión evidente, además de con los escritores ya citados, con la poesía de Charles Baudelaire, remitiéndonos vagamente al poema «La muerte de los amantes», y en especial «Danza macabra», «Una mártir» y «Una carroña», un Baudelaire con el que también comparte el gusto por el vampirismo no sólo en su vertiente mítica, sino también en la terrenal, con poemas como el extenso «La vampira» o «Le vampire», ambos incluidos en estos Poemas blasfemos

«La Rosa y la Cruz» condensa el misticismo del escritor inglés con dos símbolos antagónicos: la rosa, encarnando la belleza espiritual y el amor, y la cruz, como símbolo fundamental cristiano simbolizando el sufrimiento. En la fusión de ambos símbolos subyace la interpretación de que la verdadera realización espiritual requiere abrazar el placer y el dolor en un solo camino que recuerda a los «Proverbios del infierno» de William Blake: «La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría».

La exploración del erotismo extremo se aprecia en muchos versos y poemas de Crowley, incluyendo la magia espiritual enfocada a la parte carnal y la glorificación del amor homosexual, como leemos en «Himno a Pan», deleitándose en los placeres de la carne con imágenes vívidas y sensuales:

¡Ven, oh, ven!
Estoy aturdido 
por la solitaria lujuria del demonio. 
Clava la espada en el yugo irritante, 
devorador de todo, engendrador de todo;
dame la señal del Ojo Abierto, 
y la prenda erecta del espinoso muslo,
y la loca y misteriosa palabra,
¡Oh, Pan! ¡Io Pan!

Hace acto de presencia, nuevamente, la rosa en «Rosa Inferni», otra larga composición en la que la rosa no se nos presenta como pureza celestial, sino como deseo infernal, reivindicando los elementos de la poesía de Crowley: la pasión, la lujuria y la transgresión como fuerzas sagradas, rechazando la idea de que la espiritualidad debe representar la pureza y lo místico, sino la más absoluta obscuridad, y otra vez nos hace pensar en Blake: «Estás enferma, ¡oh rosa! / El gusano invisible, / que vuela, por la noche, / en el aullar del viento».

En los escritos de Crowley se refleja claramente una rebelión contra su estricta educación cristiana. Gustave Flaubert ya publicó en 1874 la obra (en prosa poética) La tentación de San Antonio, y siglos antes, hacia 1501, El Bosco pintó el Tríptico de las Tentaciones de San Antonio, sin olvidar la interpretación que hizo de ésta el pintor alemán Matthias Grünewald, o, sin ir más lejos, el óleo del pintor belga Félicien Rops (conocido por sus pinturas satánicas y eróticas) que ilustra la cubierta de estos Poemas blasfemos, un tema, por tanto, recurrente como inspiración cultural, pero en su poema «La Tentación de San Antonio» Crowley replantea la famosa tentación de manera totalmente diferente, como revelación en lugar de pecado, invirtiendo la narrativa cristiana al tratar las visiones del santo no como corrupción ni fracaso moral sino como forma de autoconocimiento, algo así como sucede en la película de Martin Scorsese La última tentación de Cristo, basada en la novela del escritor griego Nikos Kazantzakis. Crowley cierra así su poema:

[...] ¡Ay, necio, que, jadeando,
te pudres postrado ante el altar de la muerte!
¡Oh, místico éxtasis del crucifijo!
 

Sin embargo, a pesar de renunciar al cristianismo como religión, no rechaza por completo a Dios ni la figura de Cristo (o al menos no tan claramente en un principio), como leemos en «El arcoíris», un poema que apareció en 1898 en el poemario White Stains. La composición en cuestión rebosa de rico simbolismo, en cuyos versos el poeta describe el arcoíris no sólo como un hecho mágico y perfecto de la naturaleza, también como un puente espiritual y existencial entre el sufrimiento y la redención, un espectáculo de belleza y un símbolo de una aspiración mística más profunda en la que reflexiona sobre la limitación y el sufrimiento humano, poniendo el dedo en la llaga al criticar la labor de todo sacerdote al tiempo que invoca lo divino a través de la crucifixión y la resurrección de Cristo, como podemos leer en los versos finales: 

[...] ¡Oh, éxtasis! ¡Oh, gloria! ¡Oh, gozo!
Cuando Satanás huya de la tierra,
cuando Cristo limpie el pecado, y de la locura
borre su marca indeleble;
pues la vida brotará donde ellos han golpeado,
y el Amor se alzará sobre el yugo,
hasta que todos los hombres contemplen lo que está escrito:
¡el reino de Dios! 

El canibalismo, en «Los caníbales»: otro tema tabú. Las ofrendas a Baal, Saturno devorando a sus hijos, pero acaso el poema no pueda interpretarse de manera literal sino como metáfora, como símbolo de poder y dominación, la universalidad de la violencia maquillados por la cultura y, por supuesto, la Eucaristía cristiana, y, ¿por qué no?: una sociedad, ya entonces, canibalizada.

[…] Estoy crucificado, 
apartado en un solitario ardiente peñasco de acero. 
Torturado, desterrado; y, aun así, aguantaré. 

Así finaliza el poema «Perdurabo» (del latín «Yo perduraré»), y que Crowley, como buen conocer de la Biblia lo toma del Evangelio de San Marcos: «Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo». (Mc 13, 13). «Perdurabo» es un poema breve escrito en 1898 (o 1899) cuando contaba con 23 años y poco después de unirse a la Orden Hermética de la Aurora Dorada y adoptar «Frater Perdurabo» como su lema mágico. El poema supone un autorretrato de tormento interior en el que transforma la agonía personal en una postura espiritual voluntaria: el sufrimiento no es accidental, sino la forja donde se pone a prueba la voluntad, escrito con un lenguaje influido por la poesía decadentista en el que resuenan a su vez ecos de Baudelaire y Swinburne (valga como ejemplo «El jardín de Proserpina»). Aunque es un poema breve, se desenvuelve como una de sus más intensas composiciones y clave en su obra y filosofía personal, una actitud que reaparece a lo largo de su vida: expediciones frustradas al Himalaya, la experimentación extrema con drogas, la humillación pública, la pobreza, la enfermedad... deduciendo ese sufrimiento como prueba de autenticidad espiritual en lugar de dejarse languidecer y caer en la esperable derrota.

Lucifer es uno de los nombres con los que la Biblia nombra al Diablo. En «Himno a Lucifer», en cambio, Crowley presenta al Maligno como «alma del sol», rebelde pero portador de luz y no como la evidente encarnación del Mal. Lucifer es para el poeta símbolo del intelecto, y su caída supone un despertar, puesto que el conocimiento y la libertad surgen de la rebelión, y no de la sumisión.

Son, efectivamente, poemas blasfemos, de la misma forma como fue calificado Las flores del mal, de Charles Baudelaire, siendo condenados sus editores y el propio poeta francés en la sentencia de agosto de 1857 en un tribunal parisino por «un delito de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres», y por contener y difundir «pasajes o expresiones obscenas e inmorales». El aspecto blasfemo de los poemas de Aleister Crowley con el que su traductor ha titulado esta antología se centra, como en el caso de los poemas de Baudelaire, en su satanismo literario y negación religiosa. 

Si en todo autor la filosofía vital y la manera de afrontar la existencia impregnan de forma determinante su obra, en el caso de Crowley esta influencia no sólo alcanza sus cotas más elevadas, sino que adquiere una dimensión nueva y singular como así lo confirman estos Poemas blasfemos, que vienen a subsanar una prolongada carencia editorial y a reivindicar a un creador que fue mucho más que un simple poeta: fue todo cuanto uno ni siquiera pueda imaginar, una figura inabarcable, excesiva y polifacética, difícil de reducir a cualquier definición, y, sin embargo, entre todas sus máscaras y desmesuras, fue también —y de manera esencial— poeta.

martes, 13 de enero de 2026

ANA CURRA: SACERDOTISA DE UNA MISA GÓTICA

Noche fría post-Natividad: 10 p.m. Garaje Beat Club, Murcia. Un templo de la música, ergo: un santuario de religiosidad en grado sumo. Fieles y creyentes, practicantes de antiguos dogmas aún vigentes, discípulos, apóstoles de tiempos pretéritos e iniciáticos, chupas victorianas de cuero, chapas desgastadas y botas de afilada punta con tachuelas. Como darle brillo a una bola de cristal; como presenciar el momento preciso del suicidio de Ian Curtis, hundido en las tinieblas de Mánchester y acorralado por sus demonios mientras giraba en su tocadiscos The Idiot, de Iggy Pop. Como vagar junto a David Bowie por alguna de las calles de Berlín Occidental en su múltiple exilio interior, hasta el epitafio premonitorio de «Lazarus». Los ojos de Eduardo Benavente contra un crepúsculo interminable soñando «La abadía en el robledal», de Caspar David Friedrich, los monjes encapuchados portando un ataúd y adentrándose en las ruinas. Como acariciar las fúnebres plumas del cuervo de Lou Reed, Siouxsie and the Banshees en el altar mayor de una catedral en el funeral de Annabel Lee, y un baile de vampiros con Bauhaus; Andy Warhol serigrafiando desde el más allá una obra en su estudio neoyorquino de The Factory, la hipnótica y perturbadora viola eléctrica de John Cale. Penetrar en una cripta, danzar en una morgue de muertos vivientes. Réquiem de réquiems y Credo quia absurdum: creo porque todo es imposible, y a la vez existe. Ana Curra, la reina del punk, numen de un Tristan Corbière con cámara de fotos, musa de lo gótico invocando en todo momento a los muertos, «a los muertitos», repetía, los suyos, los de todos, y también a los vivos y ausentes, los ecos, en el vacío sónico (Rafa Balmaseda, Nacho Canut...).


Introitus con la voz en off de Ana Curra, y el cuarteto aparece en escena abriendo un telón invisible como por entre el humo de un incensario, murmullos y obscuridad, y el silencio previo a una explosión: se ilumina una linternita, últimos ajustes del teclado y estalla «En esta tarde gris», de Volviendo a las andadas (1987), disco con el que la artista madrileña resurgió definitivamente tras la trágica y cruel desintegración de Parálisis Permanente, uno de los grupos más importantes e influyentes de la historia de la música en España. Y durante las casi dos horas de concierto la banda trazó una perfecta retrospectiva de todos aquellos grupos que han pasado por la vida de Ana Curra, bien de manera implícita, o bien evidenciando el pasado en el presente (y hasta de un futuro) mediante la interpretación de canciones icónicas, convertidas en himnos transgeneracionales que teletransportaban al público a los años de la Movida: Alaska y los Pegamoides, Los Seres Vacíos, Ana Curra y por supuesto Parálisis Permanente. Recordé las líneas de un poema de T. S. Eliot:

Tiempo presente y tiempo pasado 
se hallan quizá presentes en el tiempo futuro 
y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado.


Algunos de los temas que sonaron, además del ya citado con el que se abrió la actuación, fueron «Unidos», «Autosuficiencia», «Pájaros de mal agüero», «Sangre», «Quiero ser tu perro», magnífica versión de «I Wanna Be Your Dog» de The Stooges y otra versión más, en este caso de David Bowie, «Héroes» (en la que se produce algo insólito: que la versión supere a su original), «Envuelta en ron» y Ana Curra domesticando su mastodóntico Kurzweil en «Ghost Rider», «Quiero ser santa» o las Variaciones Goldberg en «Visitando a Bach».


No podemos dejar pasar por alto al batería Iván Santana y el guitarrista, dos jóvenes con un enorme futuro que tenían completamente programados los fundamentos de la escena punk y todos y cada uno de sus caminos y resortes. Y por supuesto merece una mención especial la bajista Pilar Román, contrapeso de Ana Curra, acaso némesis de ésta (o no tanto), y magistral con las cuatro cuerdas soportando el ritmo de la banda, y con la que tuvimos la suerte de charlar al final del concierto sobre músicos y música en general. Su larga trayectoria la sitúa en Vivoras (sic), banda de garage punk rock; Klub, formada en los años 90 junto al guitarra y bajista de Radio Futura Enrique Sierra y Luis Auserón, en donde Pilar era la vocalista principal y grupo que al final de la década evolucionó hacia un rock experimental y a un sonido más electrónico; 127, también con Enrique Sierra (alarde de música experimental y electrónica mezclada con rock) o Los Ventiladores.    


Llevo treinta días sin luz / Encerrado en este ataúd / Tumbado soñando en mi celda / Que es mentira, que es una pesadilla. Letra y música en una imposible alquimia, temáticas sombrías y transgresoras que exploran la muerte, la decadencia, el aislamiento y la lujuria, el amor-desamor en su más alto grado de destrucción. Súcubos y flores del mal, espectros de la literatura gótica. Ana Curra y Pilar Román como las muertas enamoradas de Théophile Gautier. Tono obscuro y existencial que mezclan la desesperación, el nihilismo y la melancolía. Frases secas y cortantes, imágenes eróticas y violentas inyectadas de poesía underground. Nadie mejor que Ana Curra podía prologar Temporada de brujas. El libro del rock gótico, de la escritora inglesa Cathi Unsworth, un prólogo que se abre con una cita de Carl Gustav Jung, psiquiatra y figura esencial del psicoanálisis: «No me ilumino fantaseando con la luz, sino haciendo consciente mi obscuridad», un preámbulo en el que Ana Curra escribe que «El sitio de donde una viene es como el lugar del crimen, siempre se vuelve a él». Todo ha quedado por escrito. 


Para que alguien se sienta atraído o identificado plenamente con un artista, no sólo es necesaria la conexión en el apartado esencial y dominante de éste, también en otras disciplinas culturales. Ana Curra siempre ha citado entre sus referentes a los compositores clásicos J. S. Bach y Erik Satie, o al cineasta Jim Jarmusch, amor compartido también por quien firma esta pieza escrita. Se evidencia en las letras la pasión de Ana Curra por los poetas místicos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, y tras el concierto, cuando la sala ya se había vaciado de quienes conformábamos una legión de almas en pena y los integrantes de la banda descendieron al Hades, pudimos charlar durante unos enriquecedores minutos (como ya hicimos previamente con Pilar Román), con Ana, a quien pregunté que cuánto habían influido Rimbaud, Baudelaire o E. A. Poe en su música, a lo que ella contestó que recurría de manera constante a la obra del escritor norteamericano, tanto a sus poemas como a sus relatos, y recordé más tarde, a bordo de un taxi en dirección al centro de la ciudad (como ese que hace acto de presencia en la película de Jarmusch Noche en la Tierra), esos versos de Poe que decían: 

Todo aquello que vemos o nos parece ver 
no es más que un sueño dentro de otro sueño.

Y aquella noche, ya plena y cortantemente fría como una cuchilla, había sido eso: no más que un sueño, que acaso en algún momento llegó a ser completamente real, o al menos así lo percibimos nosotros, pero que con el amanecer, lejos de las hermosas tinieblas, desapareció como por arte de magia, o por un fascinante hechizo invernal imborrable.