martes, 12 de marzo de 2019

ÁMSTERDAM Y EL VIAJE DE NUNCA ACABAR

Hay viajes que intuyes cuándo comienzan pero no cuándo terminarán, o si algún día o en algún momento lo harán.

El sol, es este sol que siempre me acompaña al inicio de este viaje, el mismo y no otro: el sol y el viaje, no hay otros. El sol, con su indescriptible luminosidad chocando con delicadeza contra el mar pero a la vez con esa pura violencia que exuda lo que nunca morirá, lo que se sabe eterno en contraposición a mi vulgar finitud, rebañantes sus rayos contra las rocas de la costa... siempre a esta misma hora: at the dark hour... el sol. 

Desde dos meses antes había reservado para este nuevo viaje la lectura de la última novela de Michel Houellebecq, pero en el último instante he preferido llevarme Soldados de Salamina, la novela de Javier Cercas que compré el domingo junto con el periódico. Vi la película hace muchos años, y me pareció tan interesante que la sigo recordando: fue entonces cuando leí por vez primera la poesía de Sánchez Mazas; ahora tengo la sensación que también lo he traído a él hasta esta ciudad: ¡Oh las noches de invierno en que llovía! 

Y así, sin darme cuenta, casi he terminado de leer la novela en este trayecto de ida, tan sugerente como su versión cinematográfica, en este viaje sin mucha esperanza de una vuelta real. (En el regreso es tradición que compre y lea el periódico liberal NRC Handelsblad, y en esta ocasión lo que más me ha hecho disfrutar ha sido un delicioso artículo sobre el antiguo emplazamiento de la ciudad en donde se ejecutaban a los criminales).


De nuevo Ámsterdam; en realidad hace tiempo que no me he marchado de aquí; quizá nunca lo hice. Salgo de la casa sin luz, subido en un metro vacío y entristecido, y regreso igual: a obscuras, a tientas, aún más vacío e irremediablemente roto. La ciudad y sus habitantes aparentan estar constipados. Todo parece triste. Y las calles de Ámsterdam y Amstelveen huelen a algo que me recuerda al estiércol, que se mezcla con el olor a tierra húmeda y comida caliente en este momento crepuscular. Hay luz, pero a mí me parece que estoy rodeado de obscuridad. No me despojo de las gafas de sol hasta llegar a mi lugar de reposo, como una máscara protectora, y harto de bregar sin armas. ¡Y cuántas veces en los últimos tiempos me he repetido que no soy feliz, que así es imposible serlo, y lo que aún me resulta más grave!: quizá ya nunca lo vuelva a ser, porque hubo una época que realmente lo fui. ¿Tengo que conformarme con la felicidad de aquellos tiempos? 


Otro nuevo día, repetido. Intensa niebla matinal que se adhiere contra la negruzca nebulosa que forman los árboles, desnudos y esqueléticos. Antes de que abran los comercios hago tiempo paseando por las callejuelas del Barrio Rosa. Los locales de las prostitutas permanecen cerrados mientras otros se alquilan, pero todos con las cortinas rojas echadas de par en par. Las calles vacías y los vulgares fumaderos de opio de la actualidad a rebosar de gente, y de carne, con su música monótona. El olor a hachís sale al exterior e inunda cada rincón; me detengo: yo también me embriago. Observo a un hombre devorando una hamburguesa, borracho de ansia enfermiza, y drogado, con los ojos desencajados y enrojecidos. Paso junto a él pero parece no notar mi presencia. A mí también me gustaría padecer esa ausencia, y parte de su inconsciencia.


Madrugo antes incluso de que el sol lo haga, pero él puede conmigo, aunque no así el cansancio. Sin un ápice de luminosidad he visto un chochín, y tal y como me ocurrió la ultima vez que observé uno (en el cementerio de Zorgvlied), salió volando apenas me moví para acercarme a éste. ¿Sería el mismo? Aquí he aprendido el nombre de los pájaros que me acompañan fieles en mis solitarios paseos: zwaluw, boomkruiper, ekster, spreew, winterkoning, roodborstje, staartmees..., y a continuación los traduzco a mi lengua, sorprendiéndome en ocasiones con su renovado nombre.

(Últimos instantes de la actual línea 51 de metro.)


Y fin del trayecto, que se resume en un puñado de sensaciones, la mayoría amargas, la visita a los lugares de siempre, las librerías que me reciben calurosamente, los ojos claros y la mirada pura de Ellas, la biblioteca y sus libros infantiles, los pájaros que reconozco y los rostros ausentes, ya tan lejanos, y algunas fotografías que acompañan esta nueva entrega de mi «Diario Ámsterdam», pero sobre todo estos días han sido las imágenes que aquí no aparecerán nunca, ni las sonrisas ni el quebranto, en este éxodo de nunca acabar, en donde el dolor se reproduce con esperada virulencia en el vacío que habita entre viaje y viaje, sin esperanza de un regreso, como aquél, ansiado y justiciero que consumó Ulises, pero yo no soy un héroe: ese regreso no será nunca... por ahora. Alea iacta est.

bajo mis pobres párpados cerrados,
voy a vivir de sueños ya soñados,
mientras bajan del bosque las neblinas.

R. Sánchez Mazas

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