martes, 13 de enero de 2026

ANA CURRA: LA SACERDOTISA DE UNA MISA GÓTICA

Garaje Beat Club, Murcia. Noche fría: 10 p.m. Un templo de la música, ergo: un santuario de religiosidad en grado sumo. Fieles y creyentes, practicantes de antiguos dogmas aún vigentes, discípulos, apóstoles de tiempos pretéritos e iniciáticos, chupas victorianas de cuero, chapas desgastadas y botas de afilada punta con tachuelas. Como presenciar el momento preciso del suicidio de Ian Curtis, hundido en las tinieblas de Mánchester y acorralado por sus demonios mientras giraba en su tocadiscos The Idiot, de Iggy Pop. Como vagar junto a David Bowie por alguna de las calles de Berlín Occidental en su múltiple exilio interior, hasta el epitafio premonitorio de «Lazarus». Los ojos de Eduardo Benavente contra un crepúsculo infinito soñando «La abadía en el robledal», de Caspar David Friedrich, los monjes encapuchados portando un ataúd y adentrándose en las ruinas. Siouxsie and the Banshees en el altar mayor de una catedral perdida en el funeral de Annabel Lee, y un baile de vampiros con Bauhaus; Andy Warhol serigrafiando desde el más allá una obra en su estudio neoyorquino de The Factory, la hipnótica y perturbadora viola eléctrica de John Cale. Penetrar en una cripta, danzar en una morgue de muertos vivientes. Réquiem de réquiems y Credo quia absurdum: creo porque todo es imposible, y a la vez existe. Ana Curra, la reina del punk, la musa del gótico invocando en todo momento a los muertos, «a los muertitos», repetía, los suyos, los de todos, y también a los vivos y ausentes, los ecos, en el vacío sónico, de Rafa Balmaseda y Nacho Canut. 


Introitus con la voz en off de Ana Curra, y el cuarteto aparece en escena abriendo un telón invisible como por entre el humo de un incensario, murmullos y obscuridad, y el silencio previo a una explosión: se ilumina una linternita, últimos ajustes del teclado y estalla «En esta tarde gris», de Volviendo a las andadas (1987), disco con el que la artista madrileña resurgió definitivamente tras la cruel desintegración de Parálisis Permanente, uno de los grupos más importantes e influyentes de la historia de la música en España. Y durante las casi dos horas de concierto la banda trazó una perfecta retrospectiva de todos aquellos grupos que han pasado por la vida de Ana Curra, bien de manera implícita, o bien evidenciando el pasado en el presente (y hasta en un futuro) mediante la interpretación de canciones icónicas, convertidas en himnos transgeneracionales que teletransportaban al público a los años de la Movida: Alaska y los Pegamoides, Los Seres Vacíos, Ana Curra y por supuesto Parálisis Permanente. Me vino a la mente un poema de T. S. Eliot:

Tiempo presente y tiempo pasado 
se hallan quizá presentes en el tiempo futuro 
y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado.


Algunos de los temas que sonaron, además del ya citado con el que se abrió el concierto, fueron «Santo y diablo», «Unidos», «Autosuficiencia», «Pájaros de mal agüero», «Sangre», «Quiero ser tu perro», magnifica versión de «I Wanna Be Your Dog» de The Stooges y otra versión más, en este caso de David Bowie, «Héroes» (en la que se produce algo insólito: que la versión supere a su original), «Envuelta en ron» y Ana Curra domesticando su Kurzweil en «Ghost Rider», «Quiero ser santa» o las Variaciones Goldberg en «Visitando a Bach».


No podemos dejar pasar por alto al batería Iván Santana y el guitarra Luis, dos jovencísimos muchachos con un enorme futuro que tenían completamente programada los fundamentos de la escena punk y todos y cada uno de sus caminos y autopistas. Y por supuesto merece una mención especial la bajista Pilar Román, contrapeso de Ana Curra, acaso némesis de ésta (o no tanto), y magistral con las cuatro cuerdas soportando el ritmo de la banda, y con la que tuvimos la suerte de charlar al final del concierto sobre músicos y música en general. Su larga trayectoria la sitúa en Vivoras (sic), banda de garage punk rock; Klub, formada en los años 90 junto al guitarra y bajista de Radio Futura Enrique Sierra y Luis Auserón, en donde Pilar era la vocalista principal y grupo que al final de la década evolucionó hacia un rock experimental con un sonido más electrónico; 127, también con Enrique Sierra (música experimental y electrónica mezclada con rock) o Los Ventiladores.    


Letra y música en una alquimia imposible, temáticas sombrías y transgresoras que exploran la muerte, la decadencia, el aislamiento y la lujuria, el amor-desamor en su más alta destrucción. Súcubos y flores del mal, espectros de la literatura gótica. Ana Curra y Pilar Román como las muertas enamoradas de Théophile Gautier. Tono obscuro y existencial que mezclan la desesperación, el nihilismo y la melancolía. Frases secas y cortantes, imágenes eróticas y violentas inyectadas de poesía underground. Por ello nadie mejor que Ana Curra podía prologar Temporada de brujas. El libro del rock gótico, de la escritora inglesa Cathi Unsworth, un prólogo que lo abre con una cita de Carl Gustav Jung, psiquiatra y figura esencial del psicoanálisis: «No me ilumino fantaseando con la luz, sino haciendo consciente mi obscuridad», un preámbulo en el que Ana Curra escribe que «El sitio de donde una viene es como el lugar del crimen, siempre se vuelve a él». Ha quedado todo por escrito. 


Para que alguien se sienta atraído o identificado con un artista, no sólo es necesaria la conexión en el apartado esencial y dominante de éste, también en otras disciplinas culturales. Ana Curra siempre ha citado entre sus referentes a los compositores clásicos J. S. Bach y Erik Satie, o al cineasta Jim Jarmusch, amor compartido también por quien firma esta pieza escrita. Se evidencia en las letras la pasión de Ana Curra por los poetas místicos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, y tras el concierto, cuando la sala ya se había vaciado de quienes conformábamos una legión de almas en pena y descendieron al Hades los integrantes de la banda, pudimos charlar durante unos enriquecedores minutos (como ya hicimos con Pilar Román), con Ana, a quien pregunté que cuánto había influido la obra de Rimbaud, Baudelaire o E. A. Poe en su música, a lo que ella contestó que recurría de manera constante a la obra del escritor norteamericano, tanto a sus poemas como a sus relatos, y recordé más tarde, a bordo de un taxi en dirección al centro de la ciudad (como ese que hace acto de presencia en la película de Jarmusch Noche en la Tierra), esos versos de Poe que decían: 

Todo aquello que vemos o nos parece ver 
no es más que un sueño dentro de otro sueño.

Y aquella noche, ya plena y cortantemente fría como una cuchilla oxidada, había sido eso: no más que un sueño, que acaso en algún momento llegó a ser completamente real, o al menos así lo percibimos nosotros, pero que con el amanecer, lejos de las hermosas tinieblas, desapareció como por arte de magia, o por un fascinante hechizo invernal. 



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