No le pidamos a los labios más tarea que el silencio, o los besos.
«Fidelidad», J. L. LÓPEZ BRETONES
Parece un libro antiguo y lejano por haber sido escrito en otra época, incluso en un siglo ya pasado, pero para el lector sólo es una apariencia, una ilusión salvable; probablemente para el poeta, que hizo uso de un tiempo y ocupó las coordenadas de un lugar para su escritura, esa sensación de distorsión temporal y disociación de la persona sí resulte totalmente real. En mi caso puede que ese sortilegio haya sido anulado por haber leído estos poemas en las dos ciudades en las que fueron escritos: Almería y Granada, y por conocer bien a su autor y su obra.
El lugar de un extraño, del poeta José Luis López Bretones (Almería, 1966), accésit del Premio Adonais, apareció en el año 1999, un año que se nos antoja remoto, y aun así, las composiciones que integran el poemario resultan radicalmente intemporales, una colección de poemas que tomaban forma con el claro propósito de afianzar la poética de un escritor que ya había dado muestras de su singularidad en Una eterna olvidanza (1992) y Ensayo ante un paisaje; era, por tanto, el tercer poemario de López Bretones. El lugar de un extraño, como sucederá en los posteriores poemarios, y como característica personal de su autor, queda estructurado en cuatro secciones en donde de manera tácita, o acaso involuntaria, el poeta desgrana el significado del título: SITUACIONES, HOMENAJES, LUGAR COMÚN y EXTRAÑEZA.
Abre la primera sección y el poemario «En un principio», escrito en un tono genesíaco (como la primera palabra de la Biblia, Bereshit, que en hebreo significa literalmente «En el principio»), para que el poeta nos advierta que el odio supone establecer cierto pacto u obligación: «Cualquier odio comporta un compromiso: sé cuidadoso con el objeto digno de la infamia, y ofrécele el homenaje justo de tu animadversión [...]».
El libro se reviste claramente de todos los elementos clásicos de la poesía, que en la práctica, como la vida misma, se podrían reducir en la muerte, el paso del tiempo y el amor, como se puede observar en el poema «El regreso es costumbre o terquedad»: «El tiempo está pasando / sobre las oscuras losas del cuarto aquí contiguo», y con estos cimientos comunes con otros poetas, López Bretones construye su propia historia poética y personal: «Vivimos en lo inevitable. Fundar un cuerpo, otorgarle una vida. [...] Sólo nuestros ojos han viajado: / ellos nos dirán, tal vez, de la experiencia. / Pero, ¿quién nos conmina a caminar?» («Sólo nuestros ojos han viajado»): un camino, el viaje en compañía y darle sentido a ello.
La noche supone igualmente otro elemento esencial en El lugar de un extraño: «[...] He preferido siempre las noches, el persistente tropel de las sombras, que nos aíslan tanto como para desear y conseguir incluso la compañía de quien ya no existe. [...] Este es el tiempo de las horas azules: su sustancia es la resignación y el fingimiento. [...]». («El tiempo de las horas azules»), o «Levantamos la frente junto al mar aquella noche. [...] De noche todo vuelve a recogerse en la mirada. / De noche cobra el tiempo recodos infinitos. [...]» («Vemos el mar entre las noches cálidas»). Las horas nocturnas y también el mar, puesto que la costa mediterránea juega un papel de vital importancia en este libro: «[...] Las olas nos hacían resignarnos con dulzura. Y su rumor era como el silencio demorado con el que, sin saberlo, íbamos abandonando inútilmente nuestros años». («El último sol de las orillas»).
Apreciarán quienes lean esta pieza, que gran parte de estas composiciones están escritas en prosa (alternándose con un puñado de poemas en verso), predominantes en esta primera parte e influidos por la poesía de Juan Ramón Jiménez, Álvaro Mutis o José Carlos Cataño, y como me confesó López Bretones: «fue como una especie de liberación de ciertas estrecheces del verso».
El poeta transmite en muchos momentos la debilidad, no sólo espiritual, también física: «[...] Pariente de otras lacras interiores / —el odio, la tibieza, el menoscabo—, / la debilidad tiene en el propio cuerpo / su más concreta referencia: / el arco solapado de la boca, / el delicado ardid de la cintura, / la ausencia de señales en la cara». («La debilidad»), pero que por el contrario conoce el poder y la fuerza de las palabras: «[...] Vivimos de otra cosa que de palabras solas: debieron ellas, al menos, habernos hecho cumplir una verdad cualquiera, algo que nos hubiese permitido luego hablar con pesadumbre, pero también con la firmeza que la lengua pobremente nos otorga. [...]». («Vivir de las palabras»).
En LUGAR COMÚN, la tercera parte de este poemario que nos ocupa, aparecen elementos que encontraremos muchos años más tarde en Otra vez la poesía (2024): la luz, la lluvia, el paso del tiempo que marca un reloj, los recuerdos y, por supuesto, el lugar, como en «Una muchacha me acompaña»: «[...] Recuerdo su nombre sólo porque recuerdo su aroma: en él se mezclaban cierta cualidad ebria o marítima con una dulce y delgada calidez que permitían encarar a su lado el camino con más confianza, con una serena sensación de certeza que yo nunca había advertido hasta entonces. [...]», la evocación de un momento, de alguien, de un olor en la hora del crepúsculo, y también un deseo de aislarse, de evitar lo banal, lo innecesario, lo que no sirve, aquello que nada aporta, como en «Frecuentábamos fiestas indiferentes»: «[...] Entre el gentío ansioso de las salas buscábamos la repentina mirada del otro. [...] Frecuentábamos fiestas indiferentes. Y al mirarnos entre los resquicios fugaces de aquellos cuerpos asolados, de aquella multitud sombría y deseante, comprendimos al fin de qué árbol podrido se desgajaban las razones». Apartarse de lo trivial y superfluo, de aquello que resulta estéril, y aun así, en el poema subyace una afirmación vital que concede prioridad a las impresiones directas y primarias de la experiencia, antes de que la razón las someta a su engranaje ordenancista.
Como ya se ha indicado anteriormente, el tiempo articula de manera asombrosa y fehaciente estos poemas, pero no como algo negativo (o al menos no siempre), sino como parte fundamental de una enseñanza y un descubrimiento necesarios para la vida, como leemos en «Como antes»: «[...] y todos aprendemos, con el tiempo, a estar solos. / Salvo en el recuerdo o en la imaginación: / esos lugares sin tiempo y sin medida / donde es hermoso compartir lo que tenemos». Algo que volvemos a encontrar en «La esperanza de verte me abandona», en cuyas líneas hace alusión al instrumento para medir el tiempo, y que aun así no responde sino a una hermosa metáfora: «[...] mírame acodado en la ventana, oyendo la llegada silenciosa del tiempo a los relojes, [...] Es una noche de verano. Todos tenemos un único verano. [...] Cuántas noches abiertas, cuántas calmadas playas, cuánto olor a sal reciente y rumor apartado de eucaliptos hay en esas palabras de sentido oscuro, pero tan reconocibles como el sabor del agua entre los labios. Ahora estás aquí, y me hablas, sigues hablando, aunque ya nada importa. // ¿Recuerdas la indecisa tarde en que tumbamos nuestros cuerpos en la arena?». Y es que este es para mí un poema redondo en su totalidad que recoge toda la esencia de este poemario con la aparición de esas piezas que mueven su mecánica lírica: melancólico y evocador, de ritmo suave y un anunciado final que, haciendo un símil musical, se asemeja a una cadencia plagal hasta que queda resuelto como una sinfonía, resultando cadencialmente perfecto.
Tanto con este, como con cada poemario del poeta almeriense, nos sirve para reconocer todas aquellas influencias de un López Bretones que es un ávido lector y gran conocedor de poesía, y no sólo en lengua española, sino de otros idiomas, siendo coordinador del Aula de Poesía del Ayuntamiento de Almería (así como durante diez años Director del Centro de Arte Museo de Almería). En las páginas de El lugar de un extraño aparecen poetas tan dispares como Wallace Stevens, Eugenio Montale, San Juan de la Cruz, Edmond Jabès, Horacio, Pavese o el crítico y filósofo Jean Baudrillard.
En «La lluvia y la madera» tenemos la sensación de encontrarnos frente a una fotografía repleta de sonidos e imágenes móviles, pero también de sensaciones e incluso de olores, y hasta del silencio: «La lluvia y la madera: he aquí un sonido coincidente, una respiración confusa y silenciosa, una imagen momentánea, apenas sin perfiles, que un raro movimiento ordena. // Pero todo vuelve con la lluvia. // Cae la lluvia con nosotros. // No, ningún sonido es necesario. Ese era tu nombre. El del agua resbalando diminuta, detenidamente sobre aquellas vigas inclinadas.» La, en aparente, dureza y aspereza de la madera, y el agua, indomable, sutil pero asimismo perniciosa, penetrando por cualquier resquicio, por muy pequeño que éste sea.
La sección que cierra el poemario, EXTRAÑEZA, está dedicada al poeta granadino Antonio Carvajal, de quien López Bretones editó en 2018 su poesía completa con el título Extravagante Jerarquía (1968-2017), manifestándose de nuevo todos los principios que vertebran su poesía, como en «Todos te hemos conocido»: «Los días y las noches van dejando un lento poso de nieve / sobre todo aquello que una vez llegamos a tocar, / sobre todo aquello que alguna vez / construyó para nosotros un motivo de contento. // [...] volvamos a extraer la invernal almendra / oculta entre la cáscara ruin de estos instantes, [...].», y las estaciones del año y sus elementos, los elementos que también son quienes marcan la vida del poeta: «Ayer era el verano lento, cargado de calor y de tempranas playas; era también el otoño hospitalario, las fugaces alegrías de diciembre, el viento que anudaba la verde primavera a las ramas sacudidas de los sauces del paseo. // [...] Hemos hecho de nosotros alguien a quien no conocemos. Alguien que pudo haber hallado un destino quizá no tan meticuloso». Y en «Después que algo ha sucedido», dedicado a José Hierro, leemos en su cierre: «[...] Así caen las horas sobre una esfera confiada. / Así damos un paso indiferente / y vemos que el camino, de pronto, ha terminado».
Deambulamos por un inicio de verano: «Cielo de julio con tormenta ya inminente» («Oyes gritos»), y el mar sempiterno, el agua y su espuma, el rompeolas, en lo que parece un intento de cerrar heridas, de salvarse del fracaso: «¿De qué ha servido recorrer juntos todo este camino?» («El paseo de madrugada»). El aislamiento y la decisión de abandonarse, y la denuncia del egoísmo, una noche, entre el humo del tabaco y las copas de vino ya vacías: «[...] Quizá en una noche como esa nos dejemos arrastrar por el desbordamiento de una soledad enquistada largamente, por el ansia de apoyarse sobre el cálido sustento de otros labios, por la dulce y confundida floración del egoísmo mutuo. // Pero no hay engaño. Mañana volveréis a ser los mismos». («No hay engaño»).
Y si El lugar de un extraño (poemas, como nos indica el propio poeta, escritos en Almería y Granada, entre los años 1993 y 1996), se abría con «En un principio», como la primera parada de un viaje iniciático en el que no se conoce el puerto en donde atracará el velero, éste concluye con otro de esos poemas que dan sentido y llenan de grandeza este poemario: «Te he visto llorar», hallando, nuevamente, una prosopopeya entre esa persona de la que habla el poeta, y el mar, que aparece en tantos versos, como una meta, como un lugar, a modo de salvación, o quizá no: «[...] Tan sólo sé esto: / el mar seguirá ocupando su espacio / y tú, confusa o satisfecha, el tuyo. [...] Ríe, ahora que la marea se retira. / Todos estamos perdidos: / muchos seres en pie, muchos atados a tierra».
Aquí concluye la lectura de este poemario y mi interpretación, que encontrará otra diferente en cada lector, y por supuesto podría discrepar con quien es dueño de estas composiciones, de este libro antiguo desde el punto de vista temporal que en ocasiones deja un poso de melancolía y en otros de tristeza, una aventura de hermosas sensaciones que rezuma poesía en cada una de las páginas que quedan dibujadas de versos.


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