miércoles, 17 de junio de 2026

TRATADO SENTIMENTAL SOBRE LA CALVICIE

Para mi amigo Adolfo Soares 
y su sacra calva,
a quien no conocí a tiempo 
para evitar su alopecia.

«Calvo era y millonario, maestro di color che sanno
Límite del diáfano en. ¿Por qué en? Diáfano, adiáfano. 
Si puedes meter tus cinco dedos a través suyo, 
es una verja; si no, una puerta. Cierra los ojos y ve.»

ULISES, James Joyce (Capítulo 3)

Tenía tan sólo diez años cuando empecé a ver a mi alrededor demasiados alopécicos. La imagen de aquel ingente ejército de calvos comenzó a perturbarme gravemente, como la pesadilla recurrente de una abrasadora noche de verano. Pedí a mis padres que concertaran, por vía de urgencia, una cita con una famosa dermatóloga de la capital que dictaminase mis posibilidades de futura pelonía. Y et voilà, allí me presenté.

La doctora —me pareció mastodóntica— me invitó a sentarme en un sillón giratorio al que tuve serios problemas para encaramarme. Acercó una enorme lupa —dermatoscopio, supe muchos años después que se llamaba aquel artilugio— que iluminó mi frente y, muy especialmente, la coronilla. Tras medir a ojo de buen cubero el grosor de mi cabello, determinó que aquel pelo no parecía guardar relación alguna con países de larga tradición de calvorotas.

—Un pelo visigodo, quizá cartaginés; con toda probabilidad fenicio oriundo de Biblos—detalló en su informe—. Tu pelo seguirá intacto en los próximos diez años —auguró como una moderna Tiresias con ojos. 

«Aquel hombre, cuya ropa quedaba oculta por la gente que le rodeaba, no tendría más allá de los treinta y cinco años; era calvo y apenas si algún mechón de pelo ralo y gris aparecía en sus sienes. Su frente se veía surcada de incipientes arrugas, pero los ojos hundidos denotaban una juventud extraordinaria, una vida ardorosa y una profunda pasión.»
NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, Victor Hugo («III. Besos para golpes»)

No ayudaba que buena parte de mis directores de cine y escritores favoritos careciesen de pelo: Alfred Hitchcock, Baudelaire, Stanley Kubrick, Tolstói, Otto Preminger, Fiódor Dostoyevski, Roberto Rossellini, Camilo José Cela, Ingmar Bergman, Max Ophüls... Empecé a sentir envidia de trovadores, trapecistas y saltimbanquis de larga cabellera, aunque me interesasen mucho menos que los anteriores. Mientras tanto, la televisión parecía empeñada en emitir exclusivamente películas de Yul Brynner y Telly Savalas; Rafael Alberti, deshilachada melena contra el jorobante viento gaditano, y también Neruda abriendo la puerta al cartero en su casa de Isla Negra.


Poco después de mi visita a la dermatóloga leí un enjundioso artículo que determinaba, con una base científica tan sólida como el acta de defunción rubricada en una servilleta de bar y sin el menor respaldo bibliográfico, que la caída del cabello comenzaba a ser preocupante si al despertar encontrábamos más de cien pelos sobre la almohada. La redondez gráfica de aquel número me hacía pensar en dos diabólicos calvos de testa apepinada observándome desde el más allá. Cada mañana cogía unas pinzas, contabilizaba pacientemente los pelos caídos en el combate nocturno como tocado por alguna filosofía oriental y anotaba el resultado en una libreta que, con el paso de los años, acabaría convirtiéndose en uno de los estudios longitudinales más exhaustivos jamás realizados sobre la caída del cabello. 

Lunes: 67. 
Martes: 73. 
Miércoles: 78. 
Jueves: 72. 
Viernes: 80. 
Sábado: 81. 
Domingo: 76... 
Y así, religiosamente, durante varios años. Juro que jamás alcancé el fatídico número, pero aun así no dormía tranquilo, intentando no moverme demasiado. (Supongo que ahí radica el origen de mi problema actual para conciliar el sueño.)

El tiempo invertido en aquella titánica labor, más propia del insigne científico Silvestre Tornasol que de un escolar, me impedía peinarme como era debido si no quería llegar tarde a la escuela. Por ello, durante esa época, aparezco en las fotografías con el pelo como las patas retorcidas de un calamar pasado por la freidora. Merecía la pena, y de paso me daba un aire a lo Ezra Pound, que era el summum del pelazo. 

«El calvo estaba ya en la barra cuando entraron. Sobre la madera encerada había dos sombreros y un doble puñado de monedas.» 
MERIDIANO DE SANGRE, Cormac McCarthy

Pero debía dar un paso más.

Acababa de cumplir trece años y di comienzo un auténtico trabajo de campo. Analizaba, en primer lugar, a todos los conocidos habidos y por haber. Sentado en una plaza o recorriendo las calles más recónditas, observaba a cualquier zutano y pensaba inmediatamente en su padre, en el padre de su padre y en el progenitor de éste. Añadía una P si conservaba buena parte del cabello y una C si había sido alcanzado por la calamidad de la calvicie. Cada C se subdividía de manera natural en diversas categorías: entradas laterales, frente despejada, coronilla clareada, devastación total o modelo mixto. Elaboré incluso gráficos, porcentajes y teorías que hoy harían sonrojarse a cualquier genetista y rozar el Premio Nobel de Protociencias con las yemas de los dedos. 


Tras varios años de observación concluí que los nietos heredaban la carencia de pelo de abuelos paternos, bisabuelos y tatarabuelos, salvo raras excepciones. La línea materna, según mis investigaciones, apenas tenía competencias en materia capilar. Alopécicos casi de cuna y rancio abolengo. Una barba cerrada y poderosa implicaba un riesgo elevado de calvicie; las canas prematuras parecían ofrecer cierta protección frente a la alopecia; tener dos abuelos calvos por ambas líneas resultaba ruinoso y la inversión en peines inútil, y los individuos de pelo rizado gozaban de una especie de inmunidad parcial otorgada por los dioses de la Sagrada Pelambrera... hasta que di con varios especímenes que dieron al traste con esta última teoría.

«Hacia el final del tercer año, papá Goriot redujo aún sus gastos, subiendo al tercer piso y poniéndose a cuarenta y cinco francos de pensión al mes. Prescindió del tabaco, despidió a su peluquero y dejó de ponerse polvos en el pelo. [...] Ante todo, el hermoso pelo rubio y bien rizado de Máximo le hicieron darse cuenta de cuán horrible era el suyo
PAPÁ GORIOT, Honoré de Balzac («I.Una pensión burguesa».)

Recuerdo que algunos conocidos de larga melena, lucida con garbo y chulería veraniega, mostraban, una vez superada la pubertad —aetas gallus pavoninus, la edad del pavo—, los más alarmantes síntomas de lopigia. Sus padres y abuelos eran calvos con certificado AENOR, por mucho que se dejase crecer el pelo. Aquello volvía a reforzar mis convicciones científicas. (Axl Rose también comenzó a perder su matojo de pelo, si bien siempre se apreció una evidente debilidad capilar. )


Posteriormente me dediqué a estudiar lo que denominé «Casos Extraños»: individuos que contradecían todas mis teorías y se negaban obstinadamente en encajar en mis estudiados esquemas. Aquellos expedientes ocupaban páginas enteras de anotaciones y daban lugar a las deducciones más extravagantes y surrealistas, sin que ello significase que fueran necesariamente falsas; más bien al contrario. Esa libreta debe de seguir en algún rincón de la casa de mis padres. 

A veces hablaba con algún conocido y profetizaba su futuro capilar, aunque reservaba mis conclusiones para situaciones de extrema necesidad:

—Dentro de ocho años serás tan calvo como tu padre y tu tío, ¡y ni qué decir de tu abuelo! —sentenciaba. Era una amenaza de precisión quirúrgica y por otro lado devastadora en lo que atañe a la autoestima.

Los árbitros de balompié que pitaban un penalti injusto en el minuto noventa, tendían a la calvicie. Los profesores de matemáticas, calvos (por eso odiaba la asignatura). Aquellos músicos que soplaban instrumentos de viento-metal eran más propicios al cruel desarrollo de la alopecia: helicón, tuba (incluyendo aquí la variante wagneriana), trombón (ya fuese de varas o de pistones), fliscorno y trompa. Sólo dos cercanos clarinetistas invirtieron mi teoría. Huelga decir que yo tocaba el saxofón. 


Con quince años me había convertido, sin discusión posible, en el mayor experto mundial en la materia. Al menos, en mi propia opinión, que era la única que consideraba verdaderamente autorizada. El asunto de la calvicie me permitió realizar incursiones en otros campos del saber con resultados igualmente sorprendentes, aunque esa ya es otra historia.

«HARPAGÓN.- Muy mal hecho. Si sois afortunado en el juego, deberíais aprovecharlo y colocar el dinero que ganáis a un interés conveniente, para que un día lo tengáis... Me gustaría saber, por no hablar de los demás, de qué sirve tanto cintajo embutiéndoos de arriba abajo y si no bastan media docena de agujetas para ataros las calzas. ¡Pues ya se necesita emplear el dinero en pelucas, cuando uno puede llevar pelo de su propia cosecha, que no cuesta nada! Apuesto a que lleváis, entre pelucas y cintajos, por lo menos veinte doblones; colocados sólo a un interés de a doce, rentan al año dieciocho libras, seis sueldos y ocho dineros.»
EL AVARO, Molière. (Escena cuarta)

Ya en la universidad, en mi colosal lucha por un mundo sin calvos, y tras años de rigurosa investigación autodidacta, conocía prácticamente todos los complejos vitamínicos destinados al fortalecimiento del cabello: vitamina B, germen de trigo, levadura de cerveza y otros preparados cuyo nombre sonaba a laboratorio farmacéutico o a cervecería bávara. La levadura de cerveza me parecía especialmente prometedora; después de todo, pocos alemanes o checos padecen de lopigia, circunstancia que yo atribuía a la ingesta de levadura de cerveza en estado líquido. 

Por aquella época llegué también a una conclusión revolucionaria: el verdadero enemigo del cabello era el cloro y la cal. Determiné, en base a mis hallazgos con autoridad científica, que el agua corriente constituía una amenaza de primer orden para la supervivencia capilar. Si la cal era capaz de destruir grifos, lavadoras, calentadores y cualquier aparato doméstico que se cruzase en su camino, ¿qué no haría con unos humildes folículos pilosos? A partir de entonces me lavé el pelo exclusivamente con agua embotellada. Había que evitar a toda costa que las raíces quedasen obturadas por residuos calcáreos. Todavía recuerdo la satisfacción con la que vertía aquellas botellas sobre mi cabeza, convencido de estar salvando miles de cabellos de una muerte prematura. Aquel método funcionaba, y también puedo asegurar que mi pelo era el único de toda la facultad hidratado con agua mineral. Aquí otro dato a tener en cuenta que apuntaló, más aún, mi teoría: mi compañero de piso también se vio arrastrado, mientras yo permanecí a su lado, por mis consejos de matasanos del Viejo Oeste, pero pasado el tiempo me encontré casualmente con él y bajo su gorra intuí que una vez separados nuestros caminos había abandonado mi método: su cabeza se había transformado en un desierto lunar. Ni santa parola del asunto. 

CONCLUSIÓN.

Nadie debería quedarse calvo. Turquía, que llegó después con sus clínicas, injertos y paquetes turísticos de tres noches con desayuno completo incluido (y no pertenece a la Unión Europea) no es la solución. La verdadera solución habría consistido en que mis investigaciones hubiesen recibido la financiación adecuada I+D, amén de escribir un sesudo artículo en Science y una entrevista en la BBC que nunca me hicieron. Estoy convencido de que, con un presupuesto razonable y dos o tres becarios, habría resuelto definitivamente el problema a nivel mundial. Aún están a tiempo de evitar la pelonía. No se rindan. Desconfíen del cloro y de la cal. Estudien a sus abuelos. Vigilen la almohada. Y, sobre todo, no se dejen engañar por ciertos escritores que carecen de vello craneal pero no de talento. Hay quienes no tienen un pelo de tontos; yo pasé media vida intentando no tener tampoco un pelo de menos.

Post scriptum.

Reenviar esta pieza escrita a potenciales calvos puede salvar infinitas cabelleras. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario