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martes, 6 de octubre de 2026

EL ARTE ALEMÁN DE LA MUERTE. «MORGUE»: DE GOTTFRIED BENN A DAS ICH

El pasado 26 de septiembre fallecía en Granada Bruno Kramm, miembro fundamental del dúo que, junto al cantante Stefan Ackermann, formaba Das Ich, una banda de punk electroindustrial, gótica y vinculada a lo que se denominó Neue Deutsche Todeskunst (Nuevo Arte Alemán de la Muerte) que nació en 1989 en la ciudad bávara de Bayreuth. Conocía la fecha de la que a la postre sería su última actuación, pensé en asistir, pero decidí no hacerlo, y ahora me arrepiento, como buen judeocristiano. Das Ich daba por concluido su concierto en la ya mítica sala granadina Planta Baja cuando Bruno Kramm sufrió un paro cardíaco que acabó con su vida. 


Kramm se encargaba de componer, de la programación musical y de hacer sonar el teclado y los sintetizadores. Stefan Ackermann, el vocalista, solía aparecer en el escenario con una cresta mohicana y los laterales de la cabeza rapados, el torso desnudo y cubierto de pintura roja simulando sangre, mientras Bruno Kramm lo hacía con la cara maquillada, unos cuernos de diablo y una larga túnica o gabardina de cuero.


En la música de Das Ich encontramos experimentalismo y vanguardia, serialismo integral y krautrock; hay algo de Popol Vuh, del mismo modo que Rammstein tiene algo de Das Ich. Su música nos hace pensar en filmes como Nosferatu, El gabinete del doctor Caligari, Metrópolis o Vampyr.  

En 1998, Das Ich publicó Morgue, un álbum conceptual en el que musicalizaban poemas del poeta expresionista Gottfried Benn (1886-1956), de su poemario homónimo. No era la primera vez que Das Ich recurría a la poesía: en los álbumes Staub y Egodram puso música a los poemas «Verfall», de Georg Trakl, y «Blutquell», de Charles Baudelaire. Las influencias literarias de Das Ich nos llevan a la literatura gótica, a los poetas malditos y al expresionismo desde cualquiera de sus apartados. Neue Deutsche Todeskunst (Nuevo Arte Alemán de la Muerte) trataba temas como la muerte y la transitoriedad, la religión y la transcendencia, la filosofía existencialista, el nihilismo, el aislamiento social, la necrofilia o la locura.


En 1912, Gottfried Benn irrumpió en el panorama literario alemán con Morgue und andere Gedichte (Morgue y otros poemas), su primer libro, publicado cuando apenas tenía veintiséis años y todavía era estudiante de Medicina. La edición, limitada a quinientos ejemplares, apareció en marzo de aquel año dentro de la colección Lyrisches Flugblatt, de la editorial berlinesa Meyer Verlag. Aunque se trataba de un volumen de circulación reducida, su impacto fue inmediato: la crítica se hizo eco de él y Benn adquirió desde entonces una reputación de escritor escandaloso y provocador que lo acompañaría durante buena parte de su carrera literaria.

Segunda edición. 1923.

El título ya anunciaba una poesía deliberadamente alejada de cualquier idealización romántica: moribundos, cadáveres abiertos, cuerpos mutilados, órganos, prostitutas, un enterrador y escenas extraídas de la práctica médica irrumpen en sus versos con una crudeza hasta entonces insólita en la poesía alemana. Benn convierte la morgue y el espacio clínico en materia poética sustituyendo la belleza convencional por la enfermedad, la descomposición y la muerte. El resultado es una escritura seca, impasible y violenta, tanto en sus imágenes como en su lenguaje, que recuperaba una intensidad expresionista que algunos críticos emparentaron con la tradición más sombría del Barroco alemán: Andreas Gryphius, Daniel Caspar von Lohenstein o Von Grimmelshausen. 

La atmósfera de Morgue, fría, inquietante y desprovista de sentimentalismo, provocó numerosas interpretaciones desde el momento de su aparición. Su tratamiento de la enfermedad, la carne y la decadencia, así como la potencia de sus imágenes, llevaron a establecer paralelismos con Las flores del mal, de Charles Baudelaire, y con las visiones infernales que Pieter Bruegel plasmaba en sus cuadros, unos poemas en los que se puede oler el hedor de los cadáveres. Más que un simple libro de juventud, Morgue supuso una ruptura con buena parte de la lírica alemana de su tiempo y convirtió a Benn, desde su primer libro, en uno de los nombres fundamentales de la poesía expresionista.

De entre el buen puñado de libros que me han acompañado a lo largo de mi vida, y que he releído en infinidad de veces y en muy diversas situaciones, Morgue es uno de ellos, puesto que encaja a la perfección con mi estética poética y filias por lo fúnebre y siniestro. Lo leí por primera vez en una antología publicada por Cátedra en 2003, en traducción de Arturo Parada. Años después me hice con su poesía completa, que José Luis Reina Palazón preparó para la editorial Calima. Reina Palazón, fallecido no hace mucho, fue también traductor ocasional del neerlandés y tuve contacto con él hace ya muchos años, obsequiándome incluso alguna de sus traducciones.

Pero necesitaba tener Morgue en un volumen independiente, para poder llevarlo fácilmente de viaje en una mochila, hasta que di con la traducción de Jesús Munárriz para la editorial malagueña —desgraciadamente desaparecida— ZUT, en tamaño de cuarto menor de 13 x 23 cm con una sugerente e inolvidable fotografía de cubierta. Recuerdo, por ejemplo, haberlo releído y anotado durante un vuelo a Ámsterdam.

Amanecer obscuro y lluvioso de hoy, tras acompañar ayer por la tarde en el tanatorio a un buen amigo que acababa de perder a su padre. Pasaba con mi automóvil junto al cementerio, en mi ruta habitual. Sobrevolaban por el cielo de nubarrones las gaviotas eléctricas, me crucé con un coche fúnebre, exactamente como ayer, mientras sonaba uno de los temas de Morgue, de Das Ich, como también ayer; delante de mí un camión transportando cerveza. Y pensé en aquel poema de Gottfried Benn que aparece asimismo en el disco, y que dice:

PEQUEÑO ASTER

Subieron a la mesa el cadáver 
de un repartidor de cerveza ahogado.  
Alguien le había encajado entre los dientes 
un aster de color lila obscuro y claro.  
Cuando, desde el pecho  
y por debajo de la piel,  
extraje con un cuchillo largo  
la lengua y el paladar,  
debí de rozarla, pues se deslizó  
hacia el cerebro que yacía al lado.  
La coloqué en su cavidad torácica,  
entre la viruta de madera,  
mientras lo cosían.  
¡Bebe hasta saciarte en tu jarrón!  
¡Descansa en paz,  
pequeño aster!

(Versión: Antonio Cruz Romero)