martes, 9 de abril de 2019

«LA MUCHACHA TRAS EL CRISTAL», ANTOLOGÍA DE ILSE STARKENBURG

Ilse Starkenburg, poeta y narradora, nació en 1963 en Dieren (Países Bajos). Ha cursado estudios de Filología neerlandesa así como Filosofía en la Universidad de Groninga.

Starkenburg debutó en 1987 en la revista Maatstaf, y posteriormente sus cinco poemarios han aparecido en la importante editorial neerlandesa De Arbeiderspers, en donde también fue publicado el libro de relatos De blinde vlek op de kaart [El punto ciego sobre el mapa]. Ha participado en los festivales de poesía más relevantes tanto de su país como internacionales, apareciendo en diversas antologías y revistas literarias. 

Por momentos hermética y enigmática, en ocasiones de un misticismo minimalista, pero sobre todo profundamente surrealista, su poesía se adentra en las antiguas sendas del experimentalismo de los Países Bajos y Flandes arrastrando reminiscencias de poetas como Lucebert, Kouwenaar o Snoek, si bien un toque de oscuro y lejano romanticismo inunda parte de sus composiciones. 

La muchacha tras el cristal. Antología minimalista, de Ilse Starkenburg, una de las poetas más sugerentes y singulares de las letras neerlandesas.



martes, 12 de marzo de 2019

ÁMSTERDAM Y EL VIAJE DE NUNCA ACABAR

Hay viajes que intuyes cuándo comienzan pero no cuándo terminarán, o si algún día o en algún momento lo harán.

El sol, es este sol que siempre me acompaña al inicio de este viaje, el mismo y no otro: el sol y el viaje, no hay otros. El sol, con su indescriptible luminosidad chocando con delicadeza contra el mar pero a la vez con esa pura violencia que exuda lo que nunca morirá, lo que se sabe eterno en contraposición a mi vulgar finitud, rebañantes sus rayos contra las rocas de la costa... siempre a esta misma hora: at the dark hour... el sol. 

Desde dos meses antes había reservado para este nuevo viaje la lectura de la última novela de Michel Houellebecq, pero en el último instante he preferido llevarme Soldados de Salamina, la novela de Javier Cercas que compré el domingo junto con el periódico. Vi la película hace muchos años, y me pareció tan interesante que la sigo recordando: fue entonces cuando leí por vez primera la poesía de Sánchez Mazas; ahora tengo la sensación que también lo he traído a él hasta esta ciudad: ¡Oh las noches de invierno en que llovía! 

Y así, sin darme cuenta, casi he terminado de leer la novela en este trayecto de ida, tan sugerente como su versión cinematográfica, en este viaje sin mucha esperanza de una vuelta real. (En el regreso es tradición que compre y lea el periódico liberal NRC Handelsblad, y en esta ocasión lo que más me ha hecho disfrutar ha sido un delicioso artículo sobre el antiguo emplazamiento de la ciudad en donde se ejecutaban a los criminales).


De nuevo Ámsterdam; en realidad hace tiempo que no me he marchado de aquí; quizá nunca lo hice. Salgo de la casa sin luz, subido en un metro vacío y entristecido, y regreso igual: a obscuras, a tientas, aún más vacío e irremediablemente roto. La ciudad y sus habitantes aparentan estar constipados. Todo parece triste. Y las calles de Ámsterdam y Amstelveen huelen a algo que me recuerda al estiércol, que se mezcla con el olor a tierra húmeda y comida caliente en este momento crepuscular. Hay luz, pero a mí me parece que estoy rodeado de obscuridad. No me despojo de las gafas de sol hasta llegar a mi lugar de reposo, como una máscara protectora, y harto de bregar sin armas. ¡Y cuántas veces en los últimos tiempos me he repetido que no soy feliz, que así es imposible serlo, y lo que aún me resulta más grave!: quizá ya nunca lo vuelva a ser, porque hubo una época que realmente lo fui. ¿Tengo que conformarme con la felicidad de aquellos tiempos? 


Otro nuevo día, repetido. Intensa niebla matinal que se adhiere contra la negruzca nebulosa que forman los árboles, desnudos y esqueléticos. Antes de que abran los comercios hago tiempo paseando por las callejuelas del Barrio Rosa. Los locales de las prostitutas permanecen cerrados mientras otros se alquilan, pero todos con las cortinas rojas echadas de par en par. Las calles vacías y los vulgares fumaderos de opio de la actualidad a rebosar de gente, y de carne, con su música monótona. El olor a hachís sale al exterior e inunda cada rincón; me detengo: yo también me embriago. Observo a un hombre devorando una hamburguesa, borracho de ansia enfermiza, y drogado, con los ojos desencajados y enrojecidos. Paso junto a él pero parece no notar mi presencia. A mí también me gustaría padecer esa ausencia, y parte de su inconsciencia.


Madrugo antes incluso de que el sol lo haga, pero él puede conmigo, aunque no así el cansancio. Sin un ápice de luminosidad he visto un chochín, y tal y como me ocurrió la ultima vez que observé uno (en el cementerio de Zorgvlied), salió volando apenas me moví para acercarme a éste. ¿Sería el mismo? Aquí he aprendido el nombre de los pájaros que me acompañan fieles en mis solitarios paseos: zwaluw, boomkruiper, ekster, spreew, winterkoning, roodborstje, staartmees..., y a continuación los traduzco a mi lengua, sorprendiéndome en ocasiones con su renovado nombre.

(Últimos instantes de la actual línea 51 de metro.)


Y fin del trayecto, que se resume en un puñado de sensaciones, la mayoría amargas, la visita a los lugares de siempre, las librerías que me reciben calurosamente, los ojos claros y la mirada pura de Ellas, la biblioteca y sus libros infantiles, los pájaros que reconozco y los rostros ausentes, ya tan lejanos, y algunas fotografías que acompañan esta nueva entrega de mi «Diario Ámsterdam», pero sobre todo estos días han sido las imágenes que aquí no aparecerán nunca, ni las sonrisas ni el quebranto, en este éxodo de nunca acabar, en donde el dolor se reproduce con esperada virulencia en el vacío que habita entre viaje y viaje, sin esperanza de un regreso, como aquél, ansiado y justiciero que consumó Ulises, pero yo no soy un héroe: ese regreso no será nunca... por ahora. Alea iacta est.

bajo mis pobres párpados cerrados,
voy a vivir de sueños ya soñados,
mientras bajan del bosque las neblinas.

R. Sánchez Mazas

(Leer otras entradas de DIARIO ÁMSTERDAM. Pinchar aquí.)

martes, 19 de febrero de 2019

LA LUZ Y EL DIOS JUDEOCRISTIANO EN LA POESÍA

Hace unos meses O_Lumen publicó La Luz se hizo Palabra: Antología de poesía contemporánea judeocristiana en España, en edición del poeta y teólogo Antonio Praena, y en la que he tenido la suerte de participar. 


El libro no necesita mayor explicación de la que ya aporta su título, pues hay aspectos difícilmente explicables, pero esta antología tiene como finalidad la de establecer la relación entre la poesía y el complejo concepto de Dios, perpetrados por poetas y poemas que van desde la radical ortodoxia poética hasta la mayor de las heterodoxias, porque a Dios difícilmente puede hallársele en un solo lugar, y parafraseando a Valentí Puig, que también participa en la antología: «Dios y lo sublime están también en un chip». 




Los poetas participantes en la antología somos:

Pablo García Baena, José Jiménez Lozano, María Victoria Atencia, Antonio Colinas, Valentí Puig, Luis Alberto de Cuenca, Julio Martínez Mesanza, José Julio Cabanillas, Inmaculada Moreno, José Mateos, Javier de Navascués, Enrique García-Máiquez, Javier Asiáin, Antonio Praena, José María Jurado, Jesús Beades, Juan Meseguer, Jesús Montiel, Gonzalo Gragera y un servidor.

miércoles, 10 de octubre de 2018

MENNO WIGMAN: «DESCUIDADO CON LA FORTUNA»

Hoy Menno Wigman cumpliría 52 años si hubiese podido escapar de ese «negror» del que hablaba en uno de sus últimos poemas, que no era otro sino la Muerte, siempre enamorada, que lo perseguía desde varios años antes y de cuyo infatigable asedio da detallada cuenta en su último trabajo, el poemario Descuidado con la fortuna.

Hoy me hubiese gustado regalarle un poema de ese poemario traducido al español, una tarea que terminé este verano en la Casa del traductor de Ámsterdam, y en cuya ciudad recorrí algunos de los lugares que aparecen en esos últimos poemas. Un libro que es en sí su legado, un testamento poético, una oda a la Muerte y a la enfermedad, pero también a la vida y sus paradojas, y a aquello que la hace más llevadera... no sé si mejor o peor. 

Una nota escueta, Menno, para decirte que hoy también te recordaré; hoy con un propósito diferente al de estos últimos meses. Hoy te leeré para revivir tu palabra y darte vida. Rust in vrede, lieve dichter.



RESEÑAS:

-¿POR QUÉ AMAMOS CADA VEZ MENOS?, de Carlos Alcorta. El Diario Montañés (23/11/2018)

-DESCUIDADO CON LA FORTUNA: EL TESTAMENTO POÉTICO DE MENNO WIGMAN,
de Beatriz Pérez. La Náusea (21/11/2018)

lunes, 4 de junio de 2018

«UNA HABITACIÓN DE HOSPITAL CON VISTAS AL MAR»

Hace escasas semanas que la editorial cacereña Letras Cascabeleras ha publicado mi último poemario: Una habitación de hospital con vistas al mar. 


La secuencia de poemas que forma el libro fueron escritos entre enero de 2016 y los primeros meses de 2017. Como me ocurre con cada poemario, siempre hay algún momento que activa el inicio del mismo, y aunque nunca sé con exactitud cuándo va a terminar, también hay algo que me anuncia que éste debe cerrarse, que siempre resulta lo más complicado, al menos en mi caso. 

Sigo siendo fiel a mi modus operandi de ser incapaz de crear poesía si no es ante situaciones amargas y desesperantes... quizá porque es la única forma que tengo de canalizar el dolor, así que este poemario se abre en el momento exacto del anuncio de una enfermedad diagnosticada a un familiar muy cercano y de vital importancia en mi vida, y el libro se va desarrollando a la par de esa enfermedad, y hasta evoluciona con ella. Como la enfermedad parece que va quedando neutralizada, otros elementos se adueñan de sus páginas: la muerte sempiterna, la luz y las sombras, la búsqueda obsesiva de Dios, la decepción, los diferentes mecanismos del lenguaje, y por supuesto mi primera hija, que también está muy presente en varios poemas, de forma manifiesta y también velada; mi segunda hija vino justo al terminar el poemario.

La importancia que este libro tiene para mí, aparte del acontecimiento que siempre supone publicar, es que constato (y asimismo me lo han expresado quienes lo han leído) que he sido capaz de conseguir una voz poética propia en la que me reconozco y con la que me siento cómodo, algo que ya intuía en el poemario Grecia: guía de viaje para antipoetas y soñadores y que ahora parece quedar certificado y es para mí motivo de satisfacción pues me otorga una mayor seguridad a la hora de seguir escribiendo. Como el instrumentista de jazz que busca su propio sonido, y aunque influido por otros instrumentistas y al final (con mayor o menor comprensión por parte del público) acaba por encontrarlo, esta voz poética que buscaba desde hace tiempo y en la que me reconozco ha sido construida por un lado con la ayuda de los poetas a los que leo, y por otro lado por mis propias experiencias vitales.  

En cuanto al libro, éste se estructura en dos grandes partes: «Lapsos» y «Suturas», y además existe una pequeña sección titulada «6 Poemas religiosos», cerrando el libro otra sección que contiene poemas muy breves, aforismos, pensamientos... como una suerte de apuntes que me han ayudado a componer el grueso de los poemas. 

Las bellas ilustraciones del interior así como la cubierta son obra del poeta y traductor Hilario Barrero, que junto al también poeta Antonio Praena leyeron el manuscrito original de este poemario y me regalaron más de un consejo.  


LO QUE VALE LA VIDA  

21 gramos  
precisan que pesa el alma humana:  
unas generosas cucharadas de té,  
una bolsa de coca adulterada.  

Hoy he pagado 2 con 20  
por participar en una corona de flores  
(que ya olían a cadáver)  
para la madre muerta de una compañera, 
pues morir puede ser tan barato  
como el café de esta máquina del tanatorio:  
insípido, aguachado y sin sustancia.   

«Esta vida son dos días», oigo decir,  
y se dan las manos, se besan  
y comentan lo buena que era.   

A esto se reduce lo que vale la vida.

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Reseñas en:
- El Diario Montañés, por Carlos Alcorta (15/02/2019)
- Estación Poesía, por José Luis López Bretones (Invierno 2019)
- Puentes de papel, por José Luis Morante (16/01/2019)
- Letralia, por Beatriz Pérez (25/08/2018) 
- El atril, por Antonio Praena (31/07/2018)
- Profundamente superficial, por Javier Gallego (4/07/2018) 
- La Náusea, por Beatriz Pérez (28/06/2018)
- Por hache o por be, por Hilario Barrero (5/06/2018)

sábado, 19 de mayo de 2018

MAR DE EGEO

 


MAR DE EGEO III

la playa de erizos
ha dibujado tu cadavérica
silueta… un golpe de estado
del mar... te ha borrado
la arena

 






[De Grecia: Guía de viaje para antipoetas y soñadores, Letras Cascabeleras Editorial, 2016. Acuerelas de cubierta e interior: Antonio Martínez Mengual]

Para ver otras pinturas, pinchar aquí
 

martes, 8 de mayo de 2018

PAISAJE E INTROSPECCIÓN EN LA POESÍA DE ALEJANDRA SZIR

La poesía no para de sorprenderme, y donde menos la espero, ahí nace, se hincha, y al final acaba explotando, como decía Hugo Claus; en este caso los heridos y los muertos no cuentan, e incluso son necesarios.

Termino de leer dos poemarios de Alejandra Szir, a la que conocí hace unos años gracias a nuestro común (y quizá enfermizo) amor por el médico y poeta maldito neerlandés J. J. Slauerhoff.

La poesía de Szir (Buenos Aires, 1971) trasciende la propia tarea de escritura: parecen pensamientos, en ocasiones una sucesión de aforismos. Su poesía es delicada y exquisita; comestible y a la vez plástica, y es netamente poesía holandesa porque a mi entender (como explico en el ensayo sobre los experimentalistas) en los territorios neerlandófonos el paisaje y el entorno marcan el resultado poético de manera determinante, y por ello en su poesía arrastra un proceso de (cuasi) abnegada asimilación que sin embargo resulta insuficiente (y hasta contraproducente) para dejar atrás su origen: salta el resorte del no autóctono, por lo que los poemas, algunos proclives al psicoanálisis, dibujan estados de introspección y nostalgia; otros son como diminutos cortometrajes, oníricos, en blanco y negro; y otros poemas simulan ser algún lienzo de naturaleza muerta del Siglo de Oro neerlandés, que cuelga en alguna húmeda casa junto a un canal en un pueblo perdido.

Szir escribe; enigmática. A continuación llega el momento de descifrar los versos... y lo escrito se convierte en conmoción, e ipso facto en poesía. Emoción. Ha sido Poesía.


Alejandra Szir ha realizado Estudios Latinoamericanos (Universidad de Leiden) y un bachelor de Estudios Neerlandeses (Universidad de Leiden). Ha publicado los poemarios Extrañas palabras (1998), Suecia (2006) y Cuaderno (2009), y el ensayo Las fronteras del yo. Entre señoras, prostitutas, indios y gauchos (2017), sobre el poeta neerlandés J. J. Slauerhoff. Su poesía ha aparecido en las antologías Poetas Argentinas, 1961-1980 (2007) y Si Hamlet duda le daremos muerte. Antología de poesía salvaje (2010). Ha traducido Los binóculos, del neerlandés Louis Couperus, publicado en la antología de cuentos Voces de las tierras bajas (Bogotá, 2016).

martes, 20 de febrero de 2018

TIERRA, NO SEAS DURA. (RECORDANDO A MENNO WIGMAN)

El poeta neerlandés Menno Wigman falleció el 1 de febrero de forma repentina. Padecía una extraña enfermedad de corazón que le había sido detectada hace años, y una neumonía ha acabado con él a los 51 años de edad en un hospital de Ámsterdam (en donde yo también estuve en una ocasión, por intentar patinar sobre el hielo y partirme la ceja). Ciertamente esta concatenación de enfermedades y la posterior muerte me ha recordado a la de Slauerhoff.

Poco después de conocer su muerte me vino a la memoria una anécdota que detallaba él mismo en su raro diario en donde hablaba de varios escritores que habían pedido ser enterrados con su libro favorito. Wigman fue enterrado una semana más tarde en aquel cementerio junto al Amstel que tantas veces he recorrido buscando tumbas de músicos y escritores. Ha sido un inesperado golpe, una pérdida prematura e injusta (como todas las muertes) que será muy difícil de olvidar. Si imagino mi tristeza, que sólo lo conocía por el intercambio de e-mails y mensajes, no quiero pensar en cómo se deben sentir sus seres más queridos

© Maarten Bezem
Contacté con él por vez primera hace un año. Desde el primer instante me pareció una persona agradable en el trato, atenta, educada y hasta cariñosa. Como siempre me ocurre con aquellos poetas a los que traduzco, establezco con ellos una relación en la que incluso llego a sentir (y creer) que nos conocemos desde hace tiempo, los hago parte de mí, leo sobre su vida, compro sus libros y hasta cuelgo sus retratos en mi biblioteca, y si algunos lectores son capaces de llegar a experimentar esa sensación, traducir a un escritor es como si se estuviese conviviendo con él y te introdujeses en su propio pensamiento, y en mi caso hablo de la traducción de escritores muertos, que era a quienes hasta entonces había traducido, pero Wigman fue el primer poeta vivo que vertía al castellano, así que le preguntaba dudas, él me respondía con largas explicaciones, me señalaba versos, me detalla la intrahistoria del poema, me preguntaba cómo iba la traducción, me ayudaba... y hasta me felicitó por mi cumpleaños y yo le envié en octubre la plaquette que me editó en Brooklyn Cuadernos de Humo, aunque sé que no entendía la lengua española. 


La primera sensación que tuve al leer a Wigman es que no sólo estábamos ante el mejor poeta de su generación de las letras neerlandesas, como afirman todos, sino al mejor de los vivos. Su particular visión de la vida, su escritura refinada, trabajada, precisa, en donde pulía la métrica como ya no se acostumbra a hacer, un estilo singular, oscuro, romántico, que remitía a los Baudelaire, Nerval, Rilke o Slauerhoff; clásico y posmoderno a la vez, y con una calidad poética que queda corroborada en sus dos últimos poemarios. Si Slauerhoff está considerado el mejor poeta de las letras neerlandesas, Wigman está junto a él, y no porque haya muerto ahora, sino por las sensaciones que ya en vida transmitía, digno de estar junto a Hugo Claus, Achterberg, Paul Snoek, Nooteboom, Gerrit Kouwenaar y Lucebert; entre los más grandes poetas en lengua neerlandesa de todos los tiempos.

 
Estos días he estado releyendo sus poemas, sus escritos, mis versiones al español y los innumerables mensajes que intercambiamos, y un poco obsesionado con su muerte.

Sigo pensando que los Países Bajos y las tierras que milagrosamente existen a lo largo de la costa del Mar del Norte y los territorios que desde ahí surgen, resultan inspiradoras para escribir la poesía más llena de tristeza de las posibles, puede que por las nubes, la brisa o la incesante lluvia; quizá por las gaviotas, los canales o por los colores grisáceos de sus paisajes, la luz mortecina y el cielo plomizo. Me siento tan triste como afortunado de haber traducido su poesía y haber tratado con él, aunque aún hoy la pena pesa demasiado. ¡Tierra, no seas dura con él!

Aarde, wees niet streng. Dag, lieve dichter; dag lieve Menno!