lunes, 12 de mayo de 2014

ELIOT, THOMAS STEARNS ELIOT: EL POETA INFINITO



He terminado de leer La aventura sin fin (Lumen, 2011), una recopilación de los ensayos menos conocidos de T.S. Eliot: Eliot en estado puro. Cuando por vez primera abrí un poemario de éste, y relajado comencé a leer sus versos, cambié por completo mi modo de entender la poesía, concluyendo que todo lo que había hecho hasta esos años no había sido en balde, ni siquiera erróneo, sino que me había estado preparando para llegar hasta su estilo poético: descarnado, experimental, crudo, simbolista y extrañamente evocador; fue como si algo rasgase mi interior, un escalofrío... y evidentemente, desde entonces cambié mi forma de leer poesía, quedando tocado por su intento rupturista –que por suerte consiguió– de cambiar la poesía anglosajona e influyendo de manera sobresaliente en el resto de poesías del mundo.

Para acercarse a los ensayos de Eliot se debe conocer previamente todo el universo del poeta –ensayista, dramaturgo, crítico, editor...–, sus parentescos, sus familias poéticas y literarias, sus filias, sus fobias, su infinito trasfondo, su lado interior –u oculto–, su origen, su principio y su fin... tomando prestado uno de sus versos (In my beginning is my end). Afirmaba que si no hubiese llegado a Inglaterra su poesía jamás se hubiese desarrollado así; pero si no hubiese nacido en EE.UU. tampoco; jugando con doble baraja, o con las cartas marcadas... este era Eliot.

T.S. Eliot (1888-1965)
La edición, a cargo de Andreu Jaume (los ensayos traducidos por Juan Antonio Montiel) es de un  resultado inmejorable, en primer lugar por la elección de los ensayos, y en segundo por la cantidad de notas que aporta a cada uno de los textos, pues una edición de Eliot (o de Pound y otros de la misma estirpe) sin anotaciones que aporten luz a sus escritos, es una edición incompleta, desmembrada, inútil; hasta el mismo poeta anotaba sus obras, dada la complejidad y referencias a las que aluden sus versos (vid. La tierra baldía). Las notas de Jaume, exquisitas y esenciales, podrían leerse hasta de manera independiente sin necesidad (exagero) de leer los ensayos, como un libro dentro de otro.

De lo leído extraigo mis propias conclusiones sobre el escritor: los románticos ingleses (Wordsworth, Coleridge, Byron –al que también critica–, Shelley, Keats) influyeron en su primera época, como Blake, y también Milton, si bien con este último tuvo sus más y sus menos, pleiteando en un ensayo en el que prácticamente llega a crucificarlo. A Yeats lo comenzó a admirar después de muerto, y de los simbolistas Laforgue fue su predilecto y evidentemente Baudelaire; de entre los poetas metafísicos Donne, pero fue por el poeta menor George Herbert por quien sintió más debilidad... y por encima de todos amaba a Dante y a Shakespeare, admiración que quedó reflejada en sendos ensayos, dos dedicados al florentino y otro al dramaturgo inglés.

Cada año releo sus poemas, de manera religiosa (un concepto muy eliotiano) La tierra baldía y Cuatro cuartetos. Y el poeta sigue vivo, su semilla, las voces o los ecos de su poesía latente en la de otros, en los versos de Cernuda, Gil de Biedma, Valente... y Eliot aún sigue produciéndome escalofríos.

...in my end is my beginning.

jueves, 24 de abril de 2014

¿QUÉ PUEDE DECIRSE DEL DÍA DEL LIBRO QUE NO SE HAYA DICHO YA? Y OTRAS PREGUNTAS DE SIMILAR DIFICULTAD

Puede que sea la pregunta más complicada y absurda que me haya autoformulado en los últimos años. La primera respuesta que me viene a la mente (según los psicólogos es la que vale): que me recuerda al "Día de los Enamorados". Y con la pregunta que da título a esta entrada me surge otra más: ¿por qué en ese día las librerías se llenan más que el resto del año?  Me sorprende que en este famoso día D –el más famoso tras el auténtico día D–  acuda más gente a comprar libros que el día anterior o posterior, y no creo que el descuento del 10% tengo mucho que ver. Ayer por ejemplo compré un libro, y me acordé que hoy habría descuento, y me dije, «más motivo para comprarlo ahora».

El ser humano me produce sorpresa, cada vez más, y hasta miedo. Eso sí, queda muy bien que se acuerden de los libros, los libreros y sus librerías, de las obras (aunque sean anónimas) y de sus autores, pero me viene otra pregunta: ¿En realidad se lee tanto como parece que se da a entender el "Día del Libro"? Hoy me han dado ganas de NO leer, todo sea dicho. Me recuerda al "Día de los Enamorados", ese día en el que si no entras a una tienda y compras algo, no estás enamorado, y no importa si el día anterior, el siguiente y el resto de días lo haces; el día que importa es el día D, olvídate del resto. Y aparecen las estadísticas –a mí que los números y las matemáticas me producen tirria–, si en aquella comunidad se compran más libros que en la de al lado, o si en un país más al norte se lee más que el que está enfrente y no sabes si quieren establecer el silogismo de que los que no leen son más tontos; puede ser, puede ser todo. Y me pregunto, ¿pasará rápido el "Día del Libro"? Y me autointerrogo: ¿qué diría Don Miguel de Cervantes, Sir William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega en este día (que tuvieron la desgracia de morir? Quizá un exabrupto al estilo del actor y escritor Fernando Fernán Gómez.

Used Books and Guns (EE.UU.)
Y siguen apareciendo datos: las ventas bajan. Y los agoreros: el libro en papel tiene los días contados (pajarracos de mal agüero). Y me pregunto, ¿cómo pueden morir o nacer escritores como Wordsworth o Nabokov en un día como este? Y mientras me pregunto todo esto, voy de camino a una librería, pues me han invitado a un encuentro con otros autores y una posterior firma de ejemplares, y dicen que habrá un vino, y me arrepiento de haber aceptado y yo mismo me pregunto: «¿por qué aceptaste?»; pero no me da tiempo a responderme. Y me pregunto nuevamente, ¿y si me preguntaran qué significa para mí el "Día del Libro"? Pero no puede responderles que me recuerda al "Día de los Enamorados". Y mientras concluyo y medito si alguien tuviese la osadía de formularme una cuestión de este calibre, vuelvo a preguntarme: ¿qué debería contestar si alguien me preguntase qué significa para mí el "Día del Libro"? Y entro en la librería: anegada de gentes histéricas como si estuviesen en el primer día de rebajas. Y me da miedo. Y me arrepiento. Miedo de no saber responder todas estas preguntas.

23 de abril de 2014

jueves, 10 de abril de 2014

UNA MALETA REBOSANTE DE LIBROS

No alcanzo a imaginar una ancianidad más placentera que 
aquella que transcurre en un país no demasiado remoto 
donde yo podría releer y anotar mis libros favoritos.

André Maurois 

Ya lo tengo todo preparado, me voy, estoy de camino. He dudado con la maleta, con esa que uso cuando viajo en avión, de la que siempre me quejo porque es excesivamente grande, rígida y pesada; la que en verano transita ligera por pasillos de aeropuertos y en invierno atiborro de cosas, siempre imponiendo un cierto desorden dentro del orden más básico; ésa es la que he elegido, aunque el viaje sea por mar, a una tierra ignota y lejana. Me envuelve la brisa poderosa del mar, golpeándome la cara, y el olor a sal que se transforma en líquido y recorre los dedos de las manos.

Hago uso de la lista que durante más de una década he ido confeccionando para esta ocasión, con aquellos ejemplares que han marcado mi vida, una lista que ha ido actualizándose –nunca eliminándose ningún autor u obra sino ampliándose– distinguiéndose fácilmente por las diversas tonalidades de tintas que han ido marcando el papel: azul más o menos claro, la tinta de la pluma, en negro o azulado muy suave.

Después de llenarla no la he pesado, teniendo que subirme sobre ella para poder cerrarla, y no al segundo sino al tercer intento y con gran esfuerzo lo he conseguido. Pesa mucho más de los veinte kilos de rigor, ese número mágico aeroportuario, y con alegría sé que los he rebasado con creces, quizá el doble, seguro que más, pero ya no volveré salvo con la relectura de todos esas historias; no necesito más. La maleta pesa tanto que da la sensación de contener uno o dos cadáveres, pero no son muertos, sino miles de vivos y son sus vidas –reales o ficticias– las que llevo en su interior, que al fin y al cabo también las he vivido yo.

Bouquinistas de París
Lo más duro y doloroso ha sido dejar a ciertos autores que ya tenía preparados, pero no había más espacio y debía escoger unos en lugar de otros, escritores y obras que darían para otra maleta, aunque no pueda calificarlos como secundarios, ni mucho menos... y ya de camino, así ha quedado.

MALETA DE LIBROS QUE ME LLEVO A UNA ISLA DESIERTA 

Poesía y Lírica: La Odisea (Homero), Divina comedia (Dante), De Reis van Sint Brandaan [El viaje de San Brandán] (Anónimo), Rimas (Bécquer), Campos de Castilla y Soledades (A. Machado), Hojas de hierba (Walt Whitman), Poesías completas: Pessoa, Trakl, Kavafis, Slauerhoff, José María Álvarez, Cernuda, D. Thomas, Eliot, Valente, Pound, Auden, J. Gil de Biedma, Charles Simic, Hilario Barrero, Juan Vicente Piqueras, H. Claus y C. Nooteboom.

Teatro: De klucht van de koe [La farsa de la vaca], De klucht van de molenaar [La farsa del molinero] y Spaansche Brabander [El brabanzón español] (G.A. Bredero), Los emplazados (E. Canetti), Romeo y Julieta, Hamlet y Macbeth (Shakespeare), Una novia en la mañana (Hugo Claus).

Novela, Relatos y Prosa: Auto de fe y La lengua absuelta (Canetti), Madera de boj (Cela), Quijote (Cervantes), La pena de Bélgica (H. Claus), Los tres mosqueteros (Dumas), Moby Dick (Melville), El atentado y El descubrimiento del cielo (H. Mulisch), Rituales y La historia siguiente (Nooteboom), Narraciones extraordinarias (Poe), El reino prohibido, Espuma y ceniza y De opstand van Guadalajara [La revuelta de Guadalajara] (Slauerhoff), La isla del tesoro (Stevenson), Drácula (Stoker), El hobbit (anotado) y El señor de los anillos (Tolkien), El cuarto oscuro de Damocles (W.F. Hermans), El hereje (Delibes), Infancia, Juventud y En medio de ninguna parte (Coetzee), El extranjero y La peste (Camus), Obras completas (y otros cuentos), La oveja negra y demás fábulas y Movimiento perpetuo (Monterroso), Ulises (Joyce), Cristo nuevamente crucificado (Kazantzakis), Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn (Twain), El proceso y La metamorfosis (Kafka), Historia universal de la infamia y Ficciones (Borges), Leyendas (Bécquer), Cien años de soledad y Crónica de una muerte anunciada (García Márquez), Almas muertas (Gogol), Crimen y castigo (Dostoievski), La muerte de Ivan Ilich (Tolstoi), Journaal [Cuaderno de bitácora] (Bontekoe) Las noches (G. Reve), Sostiene Pereira (Tabucchi), El camino de la capillita (Louis Paul Boon).   

Ensayo, biografías y otros: Torá; Germania (Tácito); Confesiones de un comedor de opio (Quincey); Apuntes (Canetti); Tumbas (Nooteboom/Simone Sassen); Slauerhoff. Een biografie (Wim Hazeu); La puta y el ciudadano (Lotte van de Pol); Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo (Sala Rose); Spinoza: A Life (Steven Nadler); Diarios (Hilario Barrero); El lugar de la palabra. Ensayo sobre Cábala y poesía contemporánea (Elisa Martín Ortega); Het gesticht. Drie maanden Den Dolder (Menno Wigman); Groot woordenboek der Nederlandsche taal [El gran diccionario de la lengua neerlandesa]; El Luthier de Delft: música, pintura y ciencia en tiempos de Vermeer y Spinoza (Ramón Andrés).

Un marinero en la cubierta rumbo a su destino
Es un listado tan personal –y sobre todo sentimental– que puede que algunos echen en falta alguna obra o autor, e incluso que se escandalicen por alguna elección, pero la decisión ha sido tan meditada que no se aceptan sugerencias. Me dejo a muchos autores (Mahfuz, Doyle, Mann, Ribeyro) y poetas (Jiménez, Jeffers, Neruda) y libros, algunos que por su peso no puedo llevarme aunque me hayan acompañado desde siempre (Dioscórides renovado de P.F. Quer), así como cómics (Asterix, Tintín, Corto Maltés), y mis ejemplares de bibliofilia, pues me llevo ediciones normales, y para aligerar peso bien podría hacer como Cortázar en su viaje en tren por Italia, arrancando hojas y arrojándolas por la ventanilla, aunque sé que no lo haré, pues va contra mis principios. Ha sido doloroso dejarlos, así que que nadie me pida hacer una lista de 20 obras, y mucho menos de 10; sería una tortura. Ya veo tierra firme, o quizá deambule por siempre por un mar sin puertos ni costas, como un maldito de los que Slauerhoff hablaba –como él era–, y tendré todo el tiempo del mundo para leer.

 

jueves, 3 de abril de 2014

NO VOLVERÉ A COMPRAR MÁS LIBROS DE POE

Sí, tal y como lo he escrito me reafirmo: no volveré a comprar más libros de Edgar Allan Poe –salvo que encuentre alguna primera edición o alguna revista en la que publicó sus relatos: Graham's Magazine, Burton's Gentleman's Magazine o cualquier otra, y entonces me haga dudar de lo dicho.


García Forés
Pero no, ya no volveré a comprar más libros de Poe, ni siquiera aquellos que van delicadamente ornamentados con bellos dibujos. Tengo una edición barata con todos sus relatos –adquirido éste en mis primeros años universitarios con el dinero que mi padre me obsequió para otros menesteres; poseo además el Tales of Mystery and Imagination, primera edición americana de 1933, con esos insuperables grabados del inimitable y exquisito Harry Clarke, siete a color y veinticuatro más en blanco y negro; otra edición con treinta y tres grabados expresionistas de Fritz Eichenberg, ejemplar, si cabe, aún mas hermoso que el anterior; una edición más en inglés con todo tipo de dibujos, grabados y fotogramas, entre los que cabe citar los del propio Clarke, Rackham, Siméon, Beardsley, Simpson Coburn, Doré, Tenniel, Manet, Kubin, Férat..., y hasta imágenes de las películas de Corman. No contento con todo esto adquirí una edición ilustrada por el argentino Luis Scafati, además de poseer un librito con todos sus poemas (no me pude resistir, me confieso) editado en 1859 y una de las primeras ediciones publicadas tras la muerte de Poe. Hasta que por fin supe que ya sí que no compraría ninguno más: entre mis manos sostenía ése delicadamente ilustrado por el francés Benjamin Lacombe... era el summum en ediciones modernas.

García Forés
Todo esto lo tenía escrito, casi a modo de testamento y con el fin de no colmar aún más las baldas de mis sufridas estanterías con ejemplares que sé no me aportarían nada nuevo a mi terrible enfermedad de poseer libros (ilustrados o no) de la obra de Poe... hasta que tuve la mala suerte –me digo para autoengañarme– de descubrir la obra de David García Forés, y entendí que jamás nadie podría resistirse a comprar esta joya ni atreverse a afirmar eso que yo dije: no volveré a comprar más libros de Poe; y me volví loco.

El libro en sí es una obra maestra, con más de 120 ilustraciones realizadas por el dibujante García Forés que incluye dos poemas: El cuervo y Annabel Lee; y seis relatos: El Gato Negro, El retrato oval, El corazón delator, Hop-Frog, La Máscara de la muerte roja y La verdad sobre el caso del señor Valdemar (opcional inglés o español), un libro que no sólo está ilustrado de manera poco convencional y enormemente atractiva, sino que iguala –y puede que supere– la obra del citado Lacombe. 

García Forés
Todo ello viene acompañado de un precioso libreto de bocetos de 48 páginas con anotaciones del dibujante y un vinilo con la banda sonora que incluye catorce temas inspirados en la obra de Poe compuestos por Teo Grimalt. Y el que disfrute con el coleccionismo y la exclusividad, aquí podrá satisfacerlo con creces. No puedo olvidarme que incluye las láminas “Master of Macabre” y otra de nuestra musa: “Annabel Lee”.

Como el sistema de financiación es a modo de micromecenazgo, el que así lo desee hasta podrá ser el protagonista de uno de los relatos, siendo dibujado por su ilustrador, e incluso ser enterrado vivo –aunque para ello no haga falta ni participar en este proyecto– y hasta tomar parte de una sesión de ouija.

Con todo esto casi debería rehacer todo este post... o comenzar a leerlo desde el final para terminarlo en el principio y así tenga sentido: 

después de este libro ya sí que no volveré a comprar más libros de Edgar Allan Poe.

García Forés

Master of Macabre - García Forés
García Forés
  



viernes, 28 de marzo de 2014

METALITERATURA (Y OTRAS INFLUENCIAS) DE ANDAR POR CASA

 “Borrar el nombre de tu precursor mientras te ganas el tuyo propio es la meta de los poetas poderosos o severos”   

Harold Bloom


Biblioteca del profesor Richard A. Macksey
En estos dos últimos meses he leído con delectación las obras completas de Augusto Monterroso,  editado en tres volúmenes por RBA y que ni tan siquiera lo denominan como tal. Tres libros, tan sólo tres, en donde se encuentra una inmensa obra tal y como en otros haría falta multiplicarla por diez; mas a él le bastan tres para decir todo cuanto un escritor puede decir y el resto necesitan treinta, así de simple (un motivo más para apuntarlo en la lista de escritores que me llevaré en breve a una isla desierta –o a una casa, aislado, en la montaña). Veredicto: uno de los escritores más geniales y exquisitos de cuantos he leído y casi desconocido para la inmensa mayoría, aunque sobre él ya he hablado en más de una ocasión, y en otras tantas le he declarado mi enamoramiento, desde nuestro primer encuentro en aquel mi primer año universitario.

Monterroso va a servir como nexo de este post, pasando de su lectura a la literatura que semioculta  subyace de la suya propia, en especial los clásicos grecolatinos: Juvenal, Horacio, Catulo, Esopo... Aunque las fuentes de las que bebe Monterroso no se limitan sólo a los clásicos (de los que incluso aprendió pasajes enteros en latín), ahí están otros como Cervantes, Garcilaso, Góngora, Kafka o Joyce. A este último grupo lo he leído con constancia (que como con humor afirma Monterroso, un escritor como él siempre debe decir de éstos no que los ha leído, sino releído, para no quedar mal), si bien con los clásicos no había pasado de los Homero, Virgilio, Catulo y la Germania de Tácito, que me apasiona. Cuando con cierta pena he terminado de leer a Monterroso –e incluso mientras lo hacía– he acudido a los manantiales de los que él mismo ha bebido, necesariamente para (re)interpretar mejor qué ha querido decir el escritor en algunos de sus cuentos. Así, al leer sus deliciosas fábulas, imperiosamente he tenido que hacer una parada en las de Esopo para llegar más tarde a las Sátiras de Juvenal o releer los relatos breves de Kafka. 

Es esto parte de lo que se denomina metaliteratura, una lectura que obliga a indagar en las fuentes e influencias del escritor porque en muchos casos remite a ellas, o bien de manera clara y evidente o por contra oculta, un bello proceso dentro de la literatura enormemente fascinante. Si por ejemplo escogiésemos –y yo mismo sé que no lo hago por azar– a Poe como núcleo, podríamos establecer un curioso parentesco de directa influencia literaria en el que Dante ejerce su influencia sobre William Blake, y estos dos sobre Poe que a su vez influencia a Lovecraft, y éste a Stephen King, todo ello a lo largo de más de setecientos años, que se inicia con Dante que aparentemente nada tiene que ver con King: 

Dante-Blake-Poe-Lovecraft-King   

En el mundo del séptimo arte, el metacine tiene su máxima expresión en ciertos directores, siendo Quentin Tarantino el ejemplo claro de cineasta posmoderno. Al director norteamericano, público y críticos lo han calificado desde posturas contrapuestas: homenajeador o plagiador; y es que en ocasiones ha llegado a copiar plano por plano la escena de alguno de sus directores fetiches. Visionando su filme Reservoir Dogs (1992), éste nos remite automáticamente a otros de los que se ha servido: Atraco perfecto (Kubrick, 1956) o la oriental City on fire (Lam, 1987). Con Kill Bill (2003, 2004) además de copiar explícitamente infinidad de escenas del género de artes marciales, contiene elementos evidentes de la desconocida –e hiperviolentaDesenlace mortal (Vibenius, 1974), algo que también ocurre con su última obra, Django desencadenado (2012), en la que inevitablemente ya simplemente con el título nos remite al spaghetti western Django (Corbucci, 1966) y a otras de Sergio Leone, algo que sirve para Malditos bastardos (2009).

Harold Bloom (GIOVANNI GIOVANNETTI/COVER)
Y para finalizar, la periodista Marta Rodríguez en su blog A pie de página, afirma lo siguiente tras la lectura del libro de relatos que he escrito (Cuentos macabros y de terror): he de decir que (con este libro) ha despertado en mí el interés por revisitar a Poe y a Bécquer. Otro ejemplo de todo lo expuesto en este post, de cómo al leer ciertos libros se nos incita a buscar de manera automática las fuentes primarias de las que hace uso el texto, tratando de hallar similitudes, diferencias o bien iluminar ciertos pasajes, hecho que resulta todo un honor que esta lectura haya servido para ello, ya que el libro suponía un claro homenaje totalmente inconsciente a los grandes escritores del género de terror.

La cita que encabeza y finaliza este texto no eso sino una sentencia del crítico y teórico literario más influyente del mundo, Harold Bloom, que se encuentra en su libro Anatomía de la influencia (The Anatomy of Influence: Literature as a Way of Life, Yale University Press, 2011), una exhortación que no necesita ni merece explicación; ni por supuesto réplica. Y con otra termino.

Un poeta poderoso no busca simplemente derrotar al rival, sino afirmar la integridad de su propio yo como escritor

P.D. En breve expondré la lista de obras y autores que voy a llevarme a la isla desierta.

sábado, 15 de marzo de 2014

BIBLIOFILIA Y CANIBALISMO

Mientras algunos se empeñan en acabar con el libro impreso, profetizando el fin del papel y el dominio –o totalitarismo– de lo que osan llamar "libro" digital, en las últimas semanas he recibido algunos ejemplares para saciar mi enfermedad bibliófila y de paso hacer la puñeta a los primeros.

Algunos creen que el coleccionismo de libros tiene que ser por fuerza una exclusividad de los que poseen grandes cantidades de dinero, y aunque resulta evidente y directamente proporcional que cuanto más dinero mayor exquisitez en los ejemplares, con mucho menos poder adquisitivo se puede cultivar el amor por el libro antiguo en un fascinante microcosmos en el que conviven multimillonarios y modestos bibliófilos, en cuyo último grupo me encuentro.



La oveja negra y demás fábulas (1969) de A. Monterroso, primera edición firmada por su autor.
Yo aprendí –algo, y casi todo lo que sé– de bilbiofilia leyendo los artículos que el escritor Juan Bonilla ha diseminado sobre el tema en diversas revistas, y reconozco que ha sido uno de los que más me ha influido –causante también de que gaste el dinero en ello. En esto del coleccionismo se dice que cada bibliófilo tiene su temática en cuanto a preferencias (literatura infantil, incunables, americana, manuscritos medievales, rarezas...), adquisiciones o filias en general; yo, en cambio –puede que por hacer la contra– no sigo criterio alguno en mi búsqueda, aunque quizá tenga inclinación por el libro raro, y mi modus operandi pueda definirse como la de un bilbliófilo ácrata con inclinación al canibalismo y poseedor de una colección en la que conviven ejemplares tan dispares como la primera edición del poemario de Bolaño (Los perros románticos) con El cementerio marino de Paul Valéry en traducción de Jorge Guillén (edición numerada y nominativa de 300 ejemplares), en regocijo con la primera edición del Larousse Gastronomique o un resumen de los escritos de gourmet del escritor de Los tres mosqueteros: Dumas on food; y todo ello con el Quijote impreso por la viuda de Ibarra en 1787 y el original de La máscara de la muerte roja de Poe aparecido en la famosa revista Graham´s Magazine en 1842, de tan sólo tres páginas amarillentas y desgastadas. Eso sí, debo reconocer que tengo predilección por los elzevieres y plantinos-moretus, lo que en la época eran ejemplares asequibles, ediciones populares cuyas características resultaban claras: precio bajo, pequeño tamaño –el bolsillo de hoy en día– y ausencia de los amplios márgenes tan codiciados por todo bibliófilo; toda una paradoja.


British Ballads (1881) recopiladas por George Barnett Smith
Aparte de la citada predilección por los citados elzevieres y plantinos-moretus, sin una línea clara de coleccionismo porque me fascina (casi) todo, y sin agradarme los facsímiles, me inclino también por las ediciones autografiadas y dedicatorias (Delibes, Cela, Monterroso, L.M. Panero...), así como por aquellas que llevan preciosos grabados o por las primeras ediciones en lengua neerlandesa (Nooteboom, Claus, Slauerhoff, Mulisch, W.F. Hermans, Bordewijk...) y muy especialmente por las rarezas: Diccionario infernal de M. Collin de Plancy; Description De la Ville D'Amsterdam En vers Burlesque de Pierre Le Jolle; un moretus de 1657 sobre el Concilio de Trento; La grande danse macabre des hommes et des femmes edición de 1862 y autor desconocido; una Historia biográfica de los Presidentes de los EE.UU. de Enrique Leopoldo de Verneuill; o el último de ellos, una traducción al neerlandés vertida desde el latín del famoso tratado médico del eminente cirujano holandés (y alcalde de Ámsterdam retratado por Rembrandt en su Lección de anatomía) Geneeskundige Waarnemingen [Observaciones médicas] de Nicolaes Tulp. 


Geneeskundige Waarnemingen (1740) de Nicolaes Tulp
Existen novelas que hablan sobre coleccionismo de libros, como El club Dumas (con más de un fake suelto) de Pérez Reverte o Todas las almas de Javier Marías, y otros como el relato de Sólo para fumadores de Ribeyro en donde su autor –hecho verídico– se ve obligado a vender parte de su deliciosa biblioteca para costearse su adicción al tabaco. En esto de la compra de libros hay muchos aspectos curiosos, como que los americanos son especialistas –a veces con motivo; otras no– en inflar la burbuja bibliófila; o que existen libros recientes en esto del coleccionismo que extrañamente cuestan –que no valen–  más que los de hace cien años, algo incomprensible; que no todo libro antiguo tiene valor bibliófilo; o que a pesar de la crisis mundial, el mercado de la bibliofilia no ha retrocedido ni un ápice, ni entre los grandes depredadores multimillonarios ni entre los pequeños bibliófilos.

Me reconozco como lector bibliófilo, mas en otras ocasiones me sucede justo lo contrario: sólo me interesa el libro como algo material, el papel sobre el que está impreso, su olor, si está en octavo mayor o menor (o en dieciseisavo o quizá en folio), acariciar los nervios del lomo o degustar si está encuadernado en holandesa con puntas o en pasta española... y entonces me siento como un caníbal, deseoso de devorar sus páginas para sentir aún más placer, tal y como sucede en la película de El dragón rojo, en donde el asesino engulle un grabado de William Blake, un impulso descontrolado y enfermizo de poseer un libro, aunque no lo lea jamás, y sueño entonces con el Birds of America de Audubon, con The Bay Psalm Book, con la Biblia de Gutenberg o con el Hypnerotomachia Poliphili de Colonna... y aún me siento más enfermo, un caníbal sangriento y desbocado, asesino en serie que sabe no podrá tenerlos jamás... pero ese estado pasa, por suerte; aunque no siempre resulta sencillo.
  

sábado, 8 de marzo de 2014

QUERIDO DIARIO

De esta manera encabezaba Anne Frank cada una de las entradas de su diario, un documento de calado no en lo literario sino en lo histórico, revelando la terrible situación que padecieron su familia –judía– en los Países Bajos y muchas otras de similar condición durante la II Guerra Mundial. En el texto expresaba a su vez los sentimientos propios de una adolescente, o bien apreciado aquellos que posee todo ser humano.

Con ese carácter sentimental e intimista podría encabezar este post por lo acontecido en lo personal estos últimos días. La frase atribuida al poeta cubano José Martí (aunque todas estas citas a veces tienen más de un progenitor), «hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro», da pie a una réplica, que en este caso no sé a quién se le atribuye: «lo difícil es que el árbol no se seque, que el libro sea leído y saber educar al hijo». Más real esta última afirmación que la primera; no hay duda.

Página del diario de Anne Frank (www.annefrank.org/)
Sin caer en el sentimentalismo y muchos menos en la hipersensibilidad –imperdonable en el espacio virtual–, sé por experiencia que los momentos importantes de la vida de una persona siempre vienen remarcados por una película, por una canción, por un olor o como no por un libro, y en ocasiones de manera inconsciente. Cuando hace escasos días nació mi hija, aguardando yo inquieto en una situación y escenario de lo menos propicio para tan placentera acción (la de leer), tenía entre manos a Monterroso y sus Obras completas (y otros cuentos), leyendo con escasa atención el relato Leopoldo (sus trabajos) mientras escuchaba gritar a un bebé –que ignoraba pudiera ser el mío– desesperado por haber llegado a este mundo cruel; segundos antes había leído en el citado relato: 

Si el perro salía victorioso podía interpretarse como la demostración de que la vida en las ciudades no menoscaba el valor, la fuerza, el deseo de lucha, ni la acometividad de los seres vivientes ante el peligro. Si, por el contrario, era el puercoespín el que llevaba la mejor parte, era fácil pensar (festina da, equivocadamente) que su cuento encerraba en el fondo una amarga crítica a la Civilización y el Progreso. Y entonces, ¿en qué quedaba la Ciencia? ¿En qué los ferrocarriles, el teatro, los museos, los libros y el estudio? En el primer caso, podía dar lugar a que se pensara que él estaba abogando por una vida supercivilizada, alejada de todo contacto con la Madre Tierra, sin el cual, el triunfo del perro lo decía a gritos, era factible pasarse. 

Ahora sé, tras releerlo, que este párrafo entraña un mensaje por descifrar, más aún en el momento en el que lo leí y que a buen seguro me llevará años interpretarlo y traducirlo de un modo que rebase el sentido más amplio y desemboque en lo más íntimo y personal en clara relación con este nuevo ser del que soy responsable de haber traído a este mundo atroz y deshumanizado. Querido diario... y perdón por la hipersensibilidad.

lunes, 24 de febrero de 2014

BREVÍSIMO BESTIARIO MEJICANO

(Brevísimo) Bestiario mejicano (o enciclopedia) 
de ESCRITORES NO (100%) MEXICANOS


y algunas de sus filias y/o fobias reconocibles 

ROBERTO BOLAÑO – D.F. (Café La Habana, calle Morelos con Bucarelli) - Ciudad Juárez - Desierto de Sonora

JUAN GELMAN – Dolor. ("Quiero ser enterrado en México", J.G., sep. 2012.)

Lowry
MALCOLM LOWRY – Mezcal/Traición

"Podemos considerar a México como el mundo, o el Jardín del Edén o ambas cosas a la vez. También como una especie de símbolo intemporal del mundo... México es paradisíaco e indudablemente infernal."  Bajo el volcán.

Pero, ¿para qué quería alguien estar en sus cabales en México? Si uno no estaba ebrio de tequila o de mezcal lo estaría de sol o cielo azul cobalto luz de luna o volcanes, a menos que quisiese dormir todo el tiempo. O enloquecer." Oscuro como la tumba donde yace mi amigo.

AUGUSTO MONTERROSO – Dinosaurios políticos (y él, primer Rey Posthispánico)



ÁLVARO MUTIS – Desesperanza

"No sabemos nada de la muerte, es inútil hablar de ella, pero es bueno invocarla para mantenerla controlada."

ELENA PONIATOWSKA – México de ida y vuelta

"Envidio mucho a los que pueden llorar en los entierros. Yo siempre lloro cuando no debo y cuando debo no lloro."

" (...) México, mi país, se caería en mil pedazos sin las mujeres."


Ilustración de José Guadalupe Posada (Aguascalientes, 2 de febrero de 1852 - Ciudad de México, 20 de enero de 1913)