martes, 7 de octubre de 2014

MACABROS Y MALDITOS

Cuando hace unos meses apareció en los medios escritos aquella sugerente noticia en la que se aseguraba que la Universidad de Harvard había descubierto en su biblioteca tres libros encuadernados con piel procedente de un hombre desollado vivo, pensé que sería la guinda perfecta —encuadernarlos de tal guisa— para una nueva edición de estos cuentos. La práctica de utilizar piel humana para encuadernar libros fue un hecho relativamente popular durante el siglo XVII… pero no en el actual, y como no hallé voluntarios ni a nadie le entusiasmó la idea, me conformé con que esta nueva edición simplemente volviese a renacer. 


No imaginé tener que volver a hablar de este libro, como no imaginé nunca que pudiese existir no una cuarta, sino ni tan siquiera una segunda edición. Las satisfacciones que estos relatos en forma de libro que a cada momento continúan abordándome no sólo tienen que ver con que sigan teniendo lectores —placer impagable y hermoso y summum del proceso creativo de todo escritor—, ni con las críticas positivas que han aparecido en periódicos o blogs y tanto me han sonrojado, y ni tan siquiera por aquellos que han contactado conmigo —como ese parapsicólogo que me inquiría sobre algún aspecto para saber cuánto había de realidad (poco o casi nada) en alguno de los relatos—. No, el mayor de los deleites se ha producido cuando algún entusiasta lector me ha comentado que tras leer estos, mis cuentos, ha descubierto a Poe, Lovecraft o Bécquer, o por contra ha vuelto a releerlos y disfrutar con ellos. 

En esta nueva edición (ilustrada) aparecen nuevos relatos, entre ellos tres fábulas (dos con moraleja), fingiendo —sólo eso— pertenecer más a la progenie de las compuestas por Monterroso que a aquéllas de Esopo, y puede que el lector encuentre que muchos de estos cuentos —entre ellos las citadas fábulas— nada aportan de miedo ni terror, mas estoy seguro que cuando sean analizados —la mayoría requieren de más tiempo para ello del que se sirven en ser leídos— comprenderán que son en esencia completamente terroríficos.  Muchos de estos nuevos relatos siguen teniendo lugar en ese hermoso pueblo no tan ficticio llamado Terra Nivis, como sucede con la mayoría de los antiguos, y las influencias literarias continúan siendo las mismas: Poe (referencia suprema), Lovecraft, Kafka, Bécquer, Slauerhoff, Chéjov, Monterroso (a él también le debo mucho)… así como las cinematográficas: Hitchcock, Lynch, Ibáñez Serrador, Polanski… con una buena dosis de humor macabro, miedo, confusión y terror,  buscando en muchos de ellos mayor experimentalismo, dando una vuelta de tuerca y estrujando a mi estilo el género del cuento, con composiciones aún más breves, como las citadas fábulas que acompañan al microrrelato, todo un conjunto de lo que los anglosajones denominan short-short stories y nosotros hemos (mal) traducido como relato corto, un rotundo pleonasmo, pues el relato siempre es corto.  

Todas las características y lo afirmado en el proemio primitivo de estos cuentos resulta válido para esta edición, sin borrar ni una coma, con la misma esencia, y aunque dé la sensación de ser el mismo libro, haciendo uso del principio del posmodernismo con esa dualidad ficción-realidad y jugando con la confusión, este libro es el mismo pero a la vez (con esos nuevos relatos e ilustraciones) ya no lo es.

Los infinitos Poes que habitan en los relatos

Y justo cuando tal día como hoy se cumple el 165º aniversario de la muerte del maestro de lo macabro. La Muerte y nuevas muertes, humor negro, fantasmas, necrofilia y sadismo, enterramientos en vida, suicidios, enajenaciones mentales y asesinatos, vampiros y no muertos, canibalismo, venganzas... y hasta fábulas... narraciones influidas por Bécquer, Slauerhoff, Lovecraft, Chéjov o Monterroso, pero especialemente por Edgar Allan Poe.

Un día después de la muerte del escritor, a las 4 de la tarde del lunes 8 de octubre de 1849, tuvo lugar su funeral en Baltimore, celebrado con una ceremonia sencilla a la que asistieron un reducido número de personas. El tío de Edgar, Henry Herring, se hizo con un simple féretro de caoba, y un primo, Neilson Poe, consiguió el coche fúnebre. El poeta, crítico, periodista y novelista, fue enterrado en un ataúd barato al que le faltaban las manijas con el que poder portearlo; éste tenía una placa e iba forrado de trapo, con un almohadón para su cabeza. La esposa de Moran aportó el sudario. El funeral fue oficiado por el reverendo W. T. D. Clemm, primo de Virginia, la esposa de Poe muerta de tuberculosis en 1847, que decidió que no valía la pena pronunciar un sermón debido a la poca afluencia de personas, por lo que la ceremonia al completo apenas duró tres minutos. Los pocos que acudieron a ella la recuerdan como una tarde fría y húmeda. En palabras del sacristán George W. Spence, fue descrito como «un día oscuro y gris, sin lluvia, pero medio áspero y amenazador.»

El 9 de octubre de 1849, al día siguiente de su entierro y dos tras su fallecimiento, Rufus Wilmot Griswold, su albacea literario (y rival personal), publicó el poema Annabel Lee como parte de su obituario en el Daily Tribune de Nueva York.

Toca de nuevo, brindar o bien emborracharse, con vino amontillado, recordando en este día el 165º aniversario de la muerte de Edgar Allan Poe, aunque éste nunca llegó a morir y su alma pervive hasta estos días oscuros.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

DEUS SIVE NATURA (O EL ARTE DE PULIR IDEAS)

No todos los libros suelen tener varios propósitos, en la mayoría de casos uno solo (suficiente si son capaces de entretener), o a lo sumo dos; en otros se dan varios, múltiples e infinitos objetivos. Termino de leer una biografía acerca del filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), figura que para mí ha tenido desde siempre un encanto especial, puede que por esa fijación personal hacia los intelectuales desterrados, incomprendidos, repudiados... como lo fue él.

Baruch Spinoza (ca. 1665)
Baruch Spinoza (ca. 1665)

Con los libros suelo establecer relaciones que van más allá de aquellas que se fundamentan con lo simplemente material, como ese que leí triste en un avión y sólo ver su portada me produce malestar de estómago, o aquellos otros que trato de no abrir demasiado sus hojas y mucho menos tocarlos con las manos sucias, y me producen todo lo contrario. Este que acabo de leer no llegué a comprarlo cuando hace diez años se publicó en nuestro país y el libro se me escapó mes a mes. Hace años intenté buscarlo con ahínco, pero fue en vano. Obsesionado con la infructuosa búsqueda, este verano me dispuse a saldar mi deuda con el libro, pero el ejemplar ya no estaba disponible en castellano (ni nuevo ni de segunda mano; ¡extraño! o puede que nadie quiera desprenderse de una joya así), por lo que lo compré en inglés.

Steven Nadler, su autor, es un experimentado profesor de filosofía y una auténtica eminencia en la vida y obra de Spinoza, probablemente su mayor especialista que con esta inconmensurable biografía ha conseguido no sólo escribir la mejor semblanza del filósofo neerlandés, sino a su vez trazar y exponer de forma magistral, con un lenguaje conciso y sencillo al tiempo que clarificador, una radiografía precisa del siglo XVII de los Países Bajos.  

En Una habitación en Holanda, un librito del francés Pierre Bergounioux de apenas noventa páginas, a camino entre el ensayo y la historia, su autor fantasea con un joven Spinoza que bien pudo cruzarse con el filósofo Descartes (recomiendo la biografía firmada por Richard Watson titulada Descartes: el filósofo de la luz), situando con un argumento sólido la cuna de la razón occidental y de la política europea en ese diminuto país que algunos (mal)llaman Holanda, los Países Bajos:

Quedaba una estrecha franja costera, a orillas del Mar del Norte, donde experimentar la aptitud del hombre para formar pensamientos ciertos, para llegar a ser, con el mismo gesto, "como dueño y poseedor" de la naturaleza. (Bergounioux, p 91).

Spinoza, judío sefardí, nació en Ámsterdam en 1632. Su familia procedía de España, en concreto de Espinosa de los Monteros (Burgos). En el siglo XV tuvieron que emigrar huyendo primeramente a Portugal y más tarde a otros países europeos, hasta que su padre, comerciante, recaló en la ciudad de los canales. El joven Spinoza se crió en el barrio judío, en las mismas calles en las que Rembrandt tuvo su casa entre 1639 y 1658. Evidentemente hablaba neerlandés, pero su idioma materno y con el que pensaba y sentía era el ladino y el portugués. Como estudioso de la Torah conocía el hebreo y hasta elaboró una gramática, y por supuesto, como erudito, dominaba el latín. Vivió modestamente, pero a pesar de ciertas penurias económicas no se dejó seducir ni tan siquiera ante el confortable ofrecimiento de ocupar un puesto como profesor universitario con una cátedra de filosofía en la Universidad de Heidelberg y con ello tener una vida más fácil.

Para sobrevivir pulió lentes (y aunque falleció de tuberculosis, el polvo que brotaba de dicha tarea también minó su salud), siendo reconocido por eminentes científicos de la época, como Christiaan Huygens, astrónomo, físico y matemático, que lo llamaba el "Judío de Voorburg". Algunos han querido ver en él el precursor del ateísmo y el gran intelectual pionero de la negación absoluta de Dios; en definitiva: el hereje que encumbrar a los altares del ateísmo. Pero si bien es cierto que Spinoza fue excomulgado por afirmar (entre otras aseveraciones) que la Torah no estaba ni dictada por Dios ni tan siquiera únicamente redactada por Moisés, rehusaba y hasta se sentía molesto de ser calificado como ateo pues él no se consideraba así.

Steven Nadler nos regala una deliciosa semblanza sobre Spinoza y la comunidad judeo-portuguesa (sefardí, o mejor dicho judeo-española, pero el litigio de los Países Bajos con la Corona Española hizo que no se denominase así) de Ámsterdam (y otras ciudades europeas) y el ambiente político, social y cultural de las ciudades neerlandesas del siglo XVII (grandes y también las menos pobladas), y por ende de la Europa moderna de la época, aportando suculentos detalles sobre el filósofo y datos muy esclarecedores de enorme transcendencia, que tras su lectura dejan un denso poso final que aun pasadas las semanas y los meses se sigue saboreando con delectación; es en definitiva una obra maestra. Para el estudioso de la vida en los Países Bajos durante el Siglo de Oro quiero citar la obra de Lotte van de Pol acerca de la prostitución en la Ámsterdam en los siglos XVII y XVIII: La puta y el ciudadano, y Los ojos de Rembrandt, de Simon Schama.

Los libros no suelen tener excesivas aspiraciones, aunque es suficiente si son capaces de entretener o distraer al lector; otros, en cambio, son insustanciales y banales. Éste, del tándem Spinoza-Nadler, posee diversos e ilimitados objetivos: es exquisito y delicado, casi como las lentes que pulía el filósofo.

P.D.: En muchas ocasiones me pregunto cómo sería España (social, económica y culturalmente) si no se hubiesen visto obligados a marcharse aquellos prósperos serfadíes de la Península Ibérica. 


viernes, 5 de septiembre de 2014

NICANOR PARRA Y SUS CIEN AÑOS DE MATEMÁTICAS

 
Considerad, muchachos, 
esta lengua roída por el cáncer: 
soy profesor en un liceo obscuro, 
he perdido la voz haciendo clases. 
(Después de todo o nada 
hago cuarenta horas semanales). 
¿Qué les dice mi cara abofeteada? 
¡Verdad que inspira lástima mirarme! 
Y qué decís de esta nariz podrida 
por la cal de la tiza degradante. [...]

AUTORRETRATO

En el instituto yo odiaba intensamente las matemáticas; me gustaba la literatura, y la poesía... poco más. Observaba al profesor de la abominable materia e imaginaba que sólo le gustaría leer libros sobre quebrados y figuras geométricas. Así que jamás hubiese pensado que esa ciencia deductiva que estudia los números, logaritmos, senos y cosenos, pudiera tener mucho vínculo con las letras.

Y un día encontré en casa de mis padres algunos números (que hoy aún conservo) de la revista cultural El Ciervo, en concreto el de marzo de 1992. La revista me interesaba en principio sólo porque hablaba de Tolkien. Y cuando terminé con el artículo sobre el escritor inglés me encontré casualmente con algo que decía más o menos así: «Nicanor Parra, el antipoeta». Aquello me extrañó y asustó a partes iguales. Acto seguido leí que era profesor de física y matemáticas, y ya me quedé más tranquilo: «Por eso no le gusta la poesía; es un antipoeta», me dije. Luego sí me sobrevino una especie de duda poético-existencial, pues leí a conciencia sus poemas y me fascinaron, con esa frescura en cada verso, su sarcasmo, la ironía y su hartazgo de todo, sin concesiones ni florituras para la galería.

Nicanor Parra (1914)
Durante unos años lo olvidé (no así las matemáticas, que todavía hoy me persiguen) para después volver a pensar en él, pero creí que ya estaba muerto. Y con alegría supe que aún vivía, pero entonces deduje con pena que no le quedaba mucho de vida, y también me equivocaba: hoy cumple 100 años, pero no me creo que tenga tantos... o tan pocos. El Premio Cervantes decidieron concedérselo casi un siglo después de su nacimiento; estaban muy seguros de su longevidad, pero es que los premios son así de inteligentes, aunque algunos escritores prefieren morir antes de que le otorguen ninguno.  

Puede que alguno crea que porque el chileno sea matemático y físico estas disciplinas tienen algo que ver con la poesía, y debe decirse que NO; y por si alguno se pregunta si al leer a Nicanor Parra, como sucede en esas películas hollywoodenses (sí, parece que se escribe así) me hice matemático o quise entrar en la NASA, la respuesta es NO, TAMPOCO. Aún me producen escalofrío los números, pero nunca un antipoeta fue tan poeta, y gracias a Parra sé que nada tienen que ver los números con las letras. Felicidades, y que vivas un siglo más.

[...] Pero qué es poesía 
Todo lo que nos une es poesía 
Sólo la prosa puede separarnos [...]

QUÉ ES POESÍA


sábado, 28 de junio de 2014

Y DIOS LE DIO LA PALABRA A WALT WHITMAN


Lo leí por vez primera con quince años y espoleado tras visionar aquella película que llevaba por título El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), filme en donde el clímax y momento más emocionante tiene lugar al final, cuando los alumnos se encaraman sobre sus pupitres y uno a uno comienzan a recitar los famosos versos de «¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!» (dedicados a Abraham Lincoln tras su asesinato) como muestra de apoyo al profesor despedido. Lo leí en una especie de antología, de poemas seleccionados de su magna Hojas de hierba, escrita en 1855 y reelaborada y ampliada una y otra vez hasta su muerte, pero tengo que reconocer que me disgustó enormemente, antojándoseme los poemas excesivamente artificiales y forzados, así que decepcionado no reparé más en él.

Walt Whitman ©George Collins Cox
Hasta que hace unas semanas terminé de leerlo completo y sin mutilación alguna, íntegro, en la excelente edición de Francisco Alexander para Visor, y nada ha tenido que ver aquella prístina y decepcionante lectura de hace ya muchos años con esta última. Como bien afirman los especialistas en su obra, Walt Whitman (1819–1892) es el primer poeta genuinamente americano, ya que los Poe o Longfellow no son sino poesía en esencia británica compuesta en suelo americano. Whitman era descendiente de labradores ingleses por parte paterna y de duros marineros holandeses por la materna, y a pesar de ese poderoso e idílico poso europeo, ya es un escritor eminentemente americano.

Pero el último guiño a Whitman aparece en la serie Breaking Bad, en un capítulo de la quinta y última temporada titulado «Deslizándose por todo», que no es sino el título de un poema del poeta: «Gliding Over All». El personaje principal de la serie, Walter White (que curiosamente comparten iniciales: W.W.), está a punto de ser descubierto por su cuñado, el agente de la DEA Hank Schrader, cuando estando en el aseo abre Hojas de hierba y casualmente observa que tiene una dedicatoria: «Para mi otro favorito W.W.», momento en el que descubre a su cuñado.

Breaking Bad
Hojas de hierba es una obra épica que ensalza la imparable construcción de una nación en ciernes, la exaltación de una nueva tierra mediante unos versos que rezuman un misticismo de tanta simpleza como profunda e inabarcable belleza. Poseen sus poemas un marcado carácter elegíaco y religiosidad natural, como si el poeta tratase de explicar esta creación imperfecta y cruel pero indudablemente hermosa. Para el que ha vivido su infancia y adolescencia (y los mejores años de la vida) en un ambiente rural, leer a Whitman es rememorar ese pasado y sus momentos, recordar las inolvidables imágenes, los sonidos y los indescriptibles colores, los olores característicos de cada una de las estaciones y todo lo que la naturaleza encarna. Leer al poeta es un retorno al pasado, volver a la infancia y sus fragancias, el regreso a la «patria" en el sentido al que Rilke se refería: «La verdadera patria del hombre es la infancia». Y puede que en Hojas de hierba Whitman retornase a la infancia de sus antepasados, la de esos labradores ingleses y marineros holandeses que surcaban el áspero Mar del Norte en un viaje poético tamizado por el imponente y bucólico paisaje de esa nueva tierra que acogió a todos y en donde él se erigió en el prócer de los poetas norteamericanos. 


miércoles, 11 de junio de 2014

LA VIGENCIA LITERARIA Y SOCIAL DE QUEVEDO



Los clásicos jamás pasan de moda, una expresión manida, excesívamente usada, prácticamente gastada, pero una realidad. Al final siempre se acaba recurriendo a los clásicos, porque están ahí, no se han ido y no se olvidan. Cuando la actualidad se vuelve previsible y aburrida, ahí están esos autores, desde hace mucho –o desde siempre– intemporales. Algunos modernos ya alcanzan el estatus de clásico, o casi, o pronto lo harán; en cambio, otros de estos modernos son producto de las modas, y se desvanecen, o en breve así sucederá, como vaho o efímero humo.

Habrá pocos escolares o bachilleres que no conozcan si no de memoria sí que reconozcan el primer cuarteto de un archifamoso soneto que el insigne Quevedo le dedicaba a su enemigo íntimo, Góngora:

Érase un hombre a una nariz pegado, 
érase una nariz superlativa, 
érase una alquitara medio viva, 
érase un peje espada mal barbado; 

Sello emitido en el que se pone de manifiesto la relación entre Quevedo y Góngora.
Que a su vez tenía otra versión puede que más conocida y popular, que comenzaba así:

Érase un hombre a una nariz pegado, 
érase una nariz superlativa; 
érase una nariz sayón y escriba; 
érase un pez espada muy barbado;

Retrato de Quevedo, atribuido a Velázquez (o a Van der Hamen) 
Fue Quevedo ese escritor de existencia turbulenta, de vida intrigante, polémico y pendenciero, un tahúr en el sentido más amplio de la palabra y en otras ocasiones un caballero de modales refinados. Un poeta al que la libertad le fue arrebatada en varias ocasiones, que conoció la gloria y la miseria, que usó la lengua –el idioma y el órgano situado en la boca– con una precisión de cirujano, haciendo uso del lenguaje más florido... pera también el de los bajos fondos, la lengua de los maleantes, la jerigonza, que es de lo que tratan estas líneas.

En un libro inconfundible con su colorido verde-limón fosforescente, la editorial Visor acaba de publicar una serie de exquisitos y nada delicados poemas de Don Francisco de Quevedo: Poesías Picarescas: Poesías satíricas inéditas; toda una suerte de versos cargados de insultos e irreverencias, de cinismo y de sátiras que brotan de la lengua de un Quevedo mordaz y educadamente grosero. 

El libro, como catálogo de grotescos insultos, una suerte de versos escatológicos, azotador de putas –de las que ejercen la profesión y de las que no, según él– y de bujarrones, de culos y pedos, de cornamentas humanas y de suegras, en ocasiones misógino irreverente. Se abre cualquier página al azar y acude la sorpresa de versos hilarantes y escatológicos:

Pues en el tribunal de sus greguescos,
con aflojar y comprimir las arcas,
cualquier culo lo hace con dos cuescos.

O este otro:

Mostraba aquel personaje
por melena de alemán,
de zurriagazos de pijas,
desportillado el mear.   

Y este otro tampoco tiene desperdicio:

Que tiene ojo de culo es evidente,
y manojo de llaves, tu sol rojo,
y que tiene por niña en aquel ojo
atezado mojón duro y caliente.

Groseros, aunque perdonado debe ser por las ordinarieces, que merece la pena exponerlo:

Ningún coño le vio jamás arrecho.   

Misóginos sin remedio:

Sabed, vecinas,
que mujeres y gallinas
todas ponemos:
unas cuernos y otras huevos.

Sobre la ruptura matrimonial y su curiosa visión del mismo:

Dichoso es cualquier casado
que una vez queda soltero;
mas de una mujer dos veces,
es ya de la dicha extremo.

Y la figura de las suegras, a la que le suelta algunas puyas: 

Las culebras mucho saben;
mas una suegra infernal
más sabe que las culebras:
ansí lo dice el refrán.

De estos poemas mordaces resulta complejo sacar a la luz una pincelada debido a la abundancia y a la altísima calidad de los mismos. Son de esos versos que uno no puede sacar a relucir salvo frente a  amistades de la mayor cercanía e intimidad, cuartetos y tercetos a tener bajo control, y sonetos que pueden recitarse sólo cuando el dios Baco está presente y la situación se presta a ello. Queda claro que escuchando a los personajes públicos que nos toca sufrir, a políticos, a extraños seres televisivos o a los pseudopolíticos y agitadores que son aún peor que los propios políticos, con sus improperios y burdos insultos, comparándolos, nunca se ha insultado tan bien y con tanta solemnidad como en el Siglo de Oro, y Quevedo fue uno de los de lengua más afilada.

lunes, 12 de mayo de 2014

ELIOT, THOMAS STEARNS ELIOT: EL POETA INFINITO



He terminado de leer La aventura sin fin (Lumen, 2011), una recopilación de los ensayos menos conocidos de T.S. Eliot: Eliot en estado puro. Cuando por vez primera abrí un poemario de éste, y relajado comencé a leer sus versos, cambié por completo mi modo de entender la poesía, concluyendo que todo lo que había hecho hasta esos años no había sido en balde, ni siquiera erróneo, sino que me había estado preparando para llegar hasta su estilo poético: descarnado, experimental, crudo, simbolista y extrañamente evocador; fue como si algo rasgase mi interior, un escalofrío... y evidentemente, desde entonces cambié mi forma de leer poesía, quedando tocado por su intento rupturista –que por suerte consiguió– de cambiar la poesía anglosajona e influyendo de manera sobresaliente en el resto de poesías del mundo.

Para acercarse a los ensayos de Eliot se debe conocer previamente todo el universo del poeta –ensayista, dramaturgo, crítico, editor...–, sus parentescos, sus familias poéticas y literarias, sus filias, sus fobias, su infinito trasfondo, su lado interior –u oculto–, su origen, su principio y su fin... tomando prestado uno de sus versos (In my beginning is my end). Afirmaba que si no hubiese llegado a Inglaterra su poesía jamás se hubiese desarrollado así; pero si no hubiese nacido en EE.UU. tampoco; jugando con doble baraja, o con las cartas marcadas... este era Eliot.

T.S. Eliot (1888-1965)
La edición, a cargo de Andreu Jaume (los ensayos traducidos por Juan Antonio Montiel) es de un  resultado inmejorable, en primer lugar por la elección de los ensayos, y en segundo por la cantidad de notas que aporta a cada uno de los textos, pues una edición de Eliot (o de Pound y otros de la misma estirpe) sin anotaciones que aporten luz a sus escritos, es una edición incompleta, desmembrada, inútil; hasta el mismo poeta anotaba sus obras, dada la complejidad y referencias a las que aluden sus versos (vid. La tierra baldía). Las notas de Jaume, exquisitas y esenciales, podrían leerse hasta de manera independiente sin necesidad (exagero) de leer los ensayos, como un libro dentro de otro.

De lo leído extraigo mis propias conclusiones sobre el escritor: los románticos ingleses (Wordsworth, Coleridge, Byron –al que también critica–, Shelley, Keats) influyeron en su primera época, como Blake, y también Milton, si bien con este último tuvo sus más y sus menos, pleiteando en un ensayo en el que prácticamente llega a crucificarlo. A Yeats lo comenzó a admirar después de muerto, y de los simbolistas Laforgue fue su predilecto y evidentemente Baudelaire; de entre los poetas metafísicos Donne, pero fue por el poeta menor George Herbert por quien sintió más debilidad... y por encima de todos amaba a Dante y a Shakespeare, admiración que quedó reflejada en sendos ensayos, dos dedicados al florentino y otro al dramaturgo inglés.

Cada año releo sus poemas, de manera religiosa (un concepto muy eliotiano) La tierra baldía y Cuatro cuartetos. Y el poeta sigue vivo, su semilla, las voces o los ecos de su poesía latente en la de otros, en los versos de Cernuda, Gil de Biedma, Valente... y Eliot aún sigue produciéndome escalofríos.

...in my end is my beginning.

jueves, 24 de abril de 2014

¿QUÉ PUEDE DECIRSE DEL DÍA DEL LIBRO QUE NO SE HAYA DICHO YA? Y OTRAS PREGUNTAS DE SIMILAR DIFICULTAD

Puede que sea la pregunta más complicada y absurda que me haya autoformulado en los últimos años. La primera respuesta que me viene a la mente (según los psicólogos es la que vale): que me recuerda al "Día de los Enamorados". Y con la pregunta que da título a esta entrada me surge otra más: ¿por qué en ese día las librerías se llenan más que el resto del año?  Me sorprende que en este famoso día D –el más famoso tras el auténtico día D–  acuda más gente a comprar libros que el día anterior o posterior, y no creo que el descuento del 10% tengo mucho que ver. Ayer por ejemplo compré un libro, y me acordé que hoy habría descuento, y me dije, «más motivo para comprarlo ahora».

El ser humano me produce sorpresa, cada vez más, y hasta miedo. Eso sí, queda muy bien que se acuerden de los libros, los libreros y sus librerías, de las obras (aunque sean anónimas) y de sus autores, pero me viene otra pregunta: ¿En realidad se lee tanto como parece que se da a entender el "Día del Libro"? Hoy me han dado ganas de NO leer, todo sea dicho. Me recuerda al "Día de los Enamorados", ese día en el que si no entras a una tienda y compras algo, no estás enamorado, y no importa si el día anterior, el siguiente y el resto de días lo haces; el día que importa es el día D, olvídate del resto. Y aparecen las estadísticas –a mí que los números y las matemáticas me producen tirria–, si en aquella comunidad se compran más libros que en la de al lado, o si en un país más al norte se lee más que el que está enfrente y no sabes si quieren establecer el silogismo de que los que no leen son más tontos; puede ser, puede ser todo. Y me pregunto, ¿pasará rápido el "Día del Libro"? Y me autointerrogo: ¿qué diría Don Miguel de Cervantes, Sir William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega en este día (que tuvieron la desgracia de morir? Quizá un exabrupto al estilo del actor y escritor Fernando Fernán Gómez.

Used Books and Guns (EE.UU.)
Y siguen apareciendo datos: las ventas bajan. Y los agoreros: el libro en papel tiene los días contados (pajarracos de mal agüero). Y me pregunto, ¿cómo pueden morir o nacer escritores como Wordsworth o Nabokov en un día como este? Y mientras me pregunto todo esto, voy de camino a una librería, pues me han invitado a un encuentro con otros autores y una posterior firma de ejemplares, y dicen que habrá un vino, y me arrepiento de haber aceptado y yo mismo me pregunto: «¿por qué aceptaste?»; pero no me da tiempo a responderme. Y me pregunto nuevamente, ¿y si me preguntaran qué significa para mí el "Día del Libro"? Pero no puede responderles que me recuerda al "Día de los Enamorados". Y mientras concluyo y medito si alguien tuviese la osadía de formularme una cuestión de este calibre, vuelvo a preguntarme: ¿qué debería contestar si alguien me preguntase qué significa para mí el "Día del Libro"? Y entro en la librería: anegada de gentes histéricas como si estuviesen en el primer día de rebajas. Y me da miedo. Y me arrepiento. Miedo de no saber responder todas estas preguntas.

23 de abril de 2014

jueves, 10 de abril de 2014

UNA MALETA REBOSANTE DE LIBROS

No alcanzo a imaginar una ancianidad más placentera que 
aquella que transcurre en un país no demasiado remoto 
donde yo podría releer y anotar mis libros favoritos.

André Maurois 

Ya lo tengo todo preparado, me voy, estoy de camino. He dudado con la maleta, con esa que uso cuando viajo en avión, de la que siempre me quejo porque es excesivamente grande, rígida y pesada; la que en verano transita ligera por pasillos de aeropuertos y en invierno atiborro de cosas, siempre imponiendo un cierto desorden dentro del orden más básico; ésa es la que he elegido, aunque el viaje sea por mar, a una tierra ignota y lejana. Me envuelve la brisa poderosa del mar, golpeándome la cara, y el olor a sal que se transforma en líquido y recorre los dedos de las manos.

Hago uso de la lista que durante más de una década he ido confeccionando para esta ocasión, con aquellos ejemplares que han marcado mi vida, una lista que ha ido actualizándose –nunca eliminándose ningún autor u obra sino ampliándose– distinguiéndose fácilmente por las diversas tonalidades de tintas que han ido marcando el papel: azul más o menos claro, la tinta de la pluma, en negro o azulado muy suave.

Después de llenarla no la he pesado, teniendo que subirme sobre ella para poder cerrarla, y no al segundo sino al tercer intento y con gran esfuerzo lo he conseguido. Pesa mucho más de los veinte kilos de rigor, ese número mágico aeroportuario, y con alegría sé que los he rebasado con creces, quizá el doble, seguro que más, pero ya no volveré salvo con la relectura de todos esas historias; no necesito más. La maleta pesa tanto que da la sensación de contener uno o dos cadáveres, pero no son muertos, sino miles de vivos y son sus vidas –reales o ficticias– las que llevo en su interior, que al fin y al cabo también las he vivido yo.

Bouquinistas de París
Lo más duro y doloroso ha sido dejar a ciertos autores que ya tenía preparados, pero no había más espacio y debía escoger unos en lugar de otros, escritores y obras que darían para otra maleta, aunque no pueda calificarlos como secundarios, ni mucho menos... y ya de camino, así ha quedado.

MALETA DE LIBROS QUE ME LLEVO A UNA ISLA DESIERTA 

Poesía y Lírica: La Odisea (Homero), Divina comedia (Dante), De Reis van Sint Brandaan [El viaje de San Brandán] (Anónimo), Rimas (Bécquer), Campos de Castilla y Soledades (A. Machado), Hojas de hierba (Walt Whitman), Poesías completas: Pessoa, Trakl, Kavafis, Slauerhoff, José María Álvarez, Cernuda, D. Thomas, Eliot, Valente, Pound, Auden, J. Gil de Biedma, Charles Simic, Hilario Barrero, Juan Vicente Piqueras, H. Claus y C. Nooteboom.

Teatro: De klucht van de koe [La farsa de la vaca], De klucht van de molenaar [La farsa del molinero] y Spaansche Brabander [El brabanzón español] (G.A. Bredero), Los emplazados (E. Canetti), Romeo y Julieta, Hamlet y Macbeth (Shakespeare), Una novia en la mañana (Hugo Claus).

Novela, Relatos y Prosa: Auto de fe y La lengua absuelta (Canetti), Madera de boj (Cela), Quijote (Cervantes), La pena de Bélgica (H. Claus), Los tres mosqueteros (Dumas), Moby Dick (Melville), El atentado y El descubrimiento del cielo (H. Mulisch), Rituales y La historia siguiente (Nooteboom), Narraciones extraordinarias (Poe), El reino prohibido, Espuma y ceniza y De opstand van Guadalajara [La revuelta de Guadalajara] (Slauerhoff), La isla del tesoro (Stevenson), Drácula (Stoker), El hobbit (anotado) y El señor de los anillos (Tolkien), El cuarto oscuro de Damocles (W.F. Hermans), El hereje (Delibes), Infancia, Juventud y En medio de ninguna parte (Coetzee), El extranjero y La peste (Camus), Obras completas (y otros cuentos), La oveja negra y demás fábulas y Movimiento perpetuo (Monterroso), Ulises (Joyce), Cristo nuevamente crucificado (Kazantzakis), Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn (Twain), El proceso y La metamorfosis (Kafka), Historia universal de la infamia y Ficciones (Borges), Leyendas (Bécquer), Cien años de soledad y Crónica de una muerte anunciada (García Márquez), Almas muertas (Gogol), Crimen y castigo (Dostoievski), La muerte de Ivan Ilich (Tolstoi), Journaal [Cuaderno de bitácora] (Bontekoe) Las noches (G. Reve), Sostiene Pereira (Tabucchi), El camino de la capillita (Louis Paul Boon).   

Ensayo, biografías y otros: Torá; Germania (Tácito); Confesiones de un comedor de opio (Quincey); Apuntes (Canetti); Tumbas (Nooteboom/Simone Sassen); Slauerhoff. Een biografie (Wim Hazeu); La puta y el ciudadano (Lotte van de Pol); Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo (Sala Rose); Spinoza: A Life (Steven Nadler); Diarios (Hilario Barrero); El lugar de la palabra. Ensayo sobre Cábala y poesía contemporánea (Elisa Martín Ortega); Het gesticht. Drie maanden Den Dolder (Menno Wigman); Groot woordenboek der Nederlandsche taal [El gran diccionario de la lengua neerlandesa]; El Luthier de Delft: música, pintura y ciencia en tiempos de Vermeer y Spinoza (Ramón Andrés).

Un marinero en la cubierta rumbo a su destino
Es un listado tan personal –y sobre todo sentimental– que puede que algunos echen en falta alguna obra o autor, e incluso que se escandalicen por alguna elección, pero la decisión ha sido tan meditada que no se aceptan sugerencias. Me dejo a muchos autores (Mahfuz, Doyle, Mann, Ribeyro) y poetas (Jiménez, Jeffers, Neruda) y libros, algunos que por su peso no puedo llevarme aunque me hayan acompañado desde siempre (Dioscórides renovado de P.F. Quer), así como cómics (Asterix, Tintín, Corto Maltés), y mis ejemplares de bibliofilia, pues me llevo ediciones normales, y para aligerar peso bien podría hacer como Cortázar en su viaje en tren por Italia, arrancando hojas y arrojándolas por la ventanilla, aunque sé que no lo haré, pues va contra mis principios. Ha sido doloroso dejarlos, así que que nadie me pida hacer una lista de 20 obras, y mucho menos de 10; sería una tortura. Ya veo tierra firme, o quizá deambule por siempre por un mar sin puertos ni costas, como un maldito de los que Slauerhoff hablaba –como él era–, y tendré todo el tiempo del mundo para leer.