lunes, 22 de diciembre de 2014

EL SPAGHETTI WESTERN DE GEORGE R. R. MARTIN

Casi 5000 malditas páginas; cinco gruesos tomos y tres meses; 12 semanas leyendo en los lugares más insospechados, en solitarias salas de espera y fríos tanatorios; en autobuses y frente al fuego de una chimenea; mientras caminaba y trasnochando para descansar en fines de semanas y fiestas de guardar y no volverme loco, o para no cortarle el cuello a nadie. Yo mismo estoy asombrado de haber sido capaz de leer nuevamente una novela fantástica (desde que con 14 años leyese a Tolkien y me prometiese entonces no leer a nadie más en su género, pues éste era insuperable). Sorprendido al mismo tiempo por leer una novela tan enrevesada y folletinesca (que en ocasiones me recordaba a Dumas), y porque a mí que siempre me ha gustado ir a contracorriente, al final he leído lo que parece que todo el mundo dice y aparenta haber leído, dejándome llevar por esa corriente, que todo lo arrastra, pero que en esta ocasión y sin que sirva de precedente ha merecido la pena. 

Me estoy refiriendo a la saga literaria de Canción de hielo y fuego, conocida en su versión cinematográfica como Juego de Tronos y escrita por George R. R. Martin, un escritor que posee ciertas similitudes con Tolkien y no sólo en el nombre (las R. R. del apellido), también en ciertos aspectos literarios. Puede que Tolkien haya encontrado por fin un digno sucesor... pero entre ambos existen muy notables diferencias.

George R. R. Martin
La valoración final tras la lectura de los libros escritos hasta ahora por Martin y el visionado de la versión para la pequeña pantalla, me ha llevado a imaginar la historia como un western, más en concreto como un spaghetti western. Y es que temprano su línea argumental rompe con el molde clásico de literatura fantástica (y no fantástica) cuando Martin decide que a Ned Stark, el hombre más decente de la historia hasta ese momento, hay que cortarle la cabeza. Como si Tolkien hubiese prescindido en sus primeros capítulos de Aragorn, Frodo o Gandalf, algo que por cierto sí hizo con Boromir. Y esa característica es propia de los spaghetti.

A partir de ahí se da a entender que cualquier acontecimiento puede suceder y que todo ser viviente es susceptible de ser asesinado de manera salvaje, cambiando el sino de la épica en la que los buenos siempre ganan y derrotan a los malvados, y con ahínco traza la lógica perfecta de un spaghetti western: sucio, bizarro, repleto de violencia y saña desmesurada (el que no conozca el subgénero que se siente a ver la incalificable Oro maldito), ausencia de ética ni moral alguna en donde los malos acaban venciendo y sólo al final se atisba que acaso algún «bueno» o «medianamente bueno» pueda ser el vencedor en esta enmarañada historia.

Tolkien es como John Ford: pulcro, decente, siempre señalando al valiente y ensalzando al héroe, pero al mismo tiempo encumbrando al antihéroe bondadoso y puro de espíritu (como Stoddard en El hombre que mató a Liberty Valance, o como Frodo, Bilbo, Sam... o por poner otro ejemplo, pureza necesaria que en la saga de Dragon Ball sólo se hallaba en Goku y era el único que podía navegar sobre la nube Kinto), empequeñeciendo al ruin, como también hacía Raoul Walsh (tuerto como Ford) o Howard Hawks. Mientras, Martin, sería al cambio un Corbucci, un Leone o bien un Castellari en donde la falta de escrúpulos es una seña de identidad del personaje principal. La obra del norteamericano, con su estilo folletinesco y enumerando linajes y casas, sus alianzas, traiciones, engaños y ambiciones, se asemeja a una suerte de House of Cards medieval.

El Muro
El final de este sin fin de crónicas (y secretos), vertebrado por un apasionante elenco de personajes e intrahistorias perfectamente trenzadas, parece incierto, aunque adivino que en ese empeño de abolir el género clásico de evidentes y bien diferenciados dualismos antagónicos de buenos-malos y héroes-antihéroes, el bastardo, el tullido y un enano (menos ducho en el manejo de las armas pero más perspicaz, agudo e inteligente que el Gimli de Tolkien, brillante y también ejemplo maquiavélico) tendrán la última palabra, sin olvidar la figura femenina que en esta novela río se adivina fundamental y pisoteará el género en el que a Tolkien se le ha criticado por su casi ausencia de personajes importantes femeninos, pues el papel de una mujer se aparenta determinante en el devenir y final de la saga de Martin.

Y volviendo al western, a buen seguro que la realidad del viejo oeste se asemejaría más a los sucios y violentos spaghetti de Corbucci o Leone que a aquellos idealizados filmes dirigidos por los Ford, Walsh o Mann... así como la Edad Media sería más parecida a la de Martin que a la del bueno de Tolkien.

Recuerden: un tullido, un bastardo o una mujer gobernarán los Siete Reinos, y me inclino por estos dos últimos... Bienaventurados los puros de espíritu, porque serán ellos quienes se sienten en el Trono de hierro, digo yo.  Una mujer... Una niña.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

LA ÚLTIMA PUERTA

El periodista y escritor Jeroen Brouwers, nacido en 1940 en Batavia (la India neerlandesa y actual Yakarta) publicó en 1983 un ensayo titulado De laatste deur. Over zelfmoord van schrijvers in het Nederlandstalige gebied (La última puerta. Sobre el suicidio de los escritores en lengua neerlandesa). En la exquisita obra –excelsa rareza sin parangón– Brouwers detalla los suicidios de escritores en lengua neerlandesa, desde Willem van Haren (1710–1768) que lo hizo envenenándose, hasta el flamenco Jan Emiel Daele (1942–1978) que le descerrajó cinco tiros a su mujer y la sexta bala la utilizó para quitarse él mismo la vida.

The Death of Chatterton (1856). Henry Wallis
En las más de quinientas páginas del ensayo, Brouwers traza, expone y desgrana todo cuanto puede decirse acerca del suicidio en la literatura en lengua neerlandesa, con diversos apartados en los que analiza el concepto, los términos (y eufemismos), la psiquiatría con respecto al escritor que se quita la vida, o la relación entre el suicidio y la Biblia, todo un tratado de enorme erudición salpicado de pequeñas biografías y detalles de literatos suicidas: Menno ter Braak (1902–1940), que se inyectó un sedante tras la invasión nazi de los Países Bajos; Frans Babylon (1924–1968), que se quitó la vida ahogándose diecisiete años después de que su hijo Leon también se ahogase fortuitamente; Jan Arends (1925–1974), que se arrojó desde una ventana de su casa, la quinta planta de un edificio; o el poeta y yonqui Jotie T'Hooft (1956–1977) que con veintiún años se quitó la vida con una sobredosis de cocaína (la temática de la poesía de éste último versa sin tapujos sobre la adicción a las drogas, la muerte y el suicidio) y escribió en uno de sus poemas:

El ser humano es una aguja,
buscando una vena. 

Qué duda cabe que el suicidio es la muerte más amarga y desagradable tanto para los familiares y allegados como para el propio suicida. Los factores que llevan a una persona a quitarse la vida son variados y según los especialistas evidentes: abuso de drogas o alcohol, deterioro del estatus social, trastornos de la personalidad, antecedentes familiares... En cierta ocasión leí un artículo en el que un grupo de psiquiatras exponían un estudio acerca de una población española en la que existía un altísimo número de suicidios que afectaba a familias enteras. El detalle que recuerdo bien es que aun siendo un lugar de cazadores y cada familia poseía una escopeta, todos se habían suicidado ahorcándose. Los psiquiatras establecen que todo suicida posee una serie de características como el ya citado abuso de drogas o alcohol, una conducta antisocial, un medio familiar conflictivo, alteración del sueño o una serie de enfermedades como la esquizofrenia, la depresión o el trastorno bipolar que pueden llevar a una persona a quitarse la vida... pero esto, aun siendo cierto y datos fiables, cada caso (en lo que respecta a los escritores) es todo un oscuro mundo. 

En el mundo de la música también ha habido casos de especial transcendencia, como el suicidio del líder de Nirvana Kurt Cobain (por disparo de escopeta) o Ian Curtis (Joy Division), epiléptico, adicto a diversos fármacos y con tendencias suicidas que terminó ahorcándose. Ambos músicos presentaban algunos de los factores suicidas. En Holanda, el músico, pintor y poeta Herman Brood (1946–2001) se arrojó desde la azotea del famoso Hilton Hotel de Ámsterdam (el de John Lennon y Yoko Ono). Brood reunía todos los requisitos habidos y por haber: consumidor de anfetaminas, abuso de alcohol, de speed (dos gramos por día), delirium tremens, depresión, epilepsia... pero fue un genio en todas las facetas que tocó.

Autorretrato. Herman Brood
La lista de escritores suicidas es inmensa, extensísima, y daría para varios tomos repletos de suculentos y a su vez tétricos detalles. Si el primer gran suicida de la historia de la literatura fue Séneca, el honor de ser el "primer moderno" racae en el joven poeta inglés Thomas Chatterton, que con diecisiete años se quitó la vida muy probablemente con una dosis de arsénico, si bien otras teorías apuntan a una sobredosis de opio. Al suicidio de Chatterton inmortalizado en la romántica pintura de Wallis, le siguieron eminentes y legendarios suicidas en una larga lista repleta de detalles escabrosos: Malcolm Lowry, el autor de la enigmática novela Bajo el volcán puso fin a su existencia mezclado alcohol (que siempre lo acompañó) y barbitúricos; Primo Levi nunca superó su estancia en Auschwitz, terminando con su vida al arrojarse por el hueco de las escaleras; Sylvia Plath, esposa del poeta inglés Ted Hughes, se quitó la vida asfixiándose con el gas de la estufa de su casa, si bien antes tuvo la precaución de aislar el dormitorio de sus hijos; el caso de Horacio Quiroga es uno de los más espeluznantes, ya que no sólo se suicidó él (bebiendo cianuro), también su padre se quitó la vida, su padrastro, su mujer y dos de sus hijos; Alejandra Pizarnik lo hizo tras ingerir cincuenta pastillas de seconal sódico (un barbitúrico); Georg Trakl, delicado poeta (y farmacéutico) se suicidó con una sobredosis de cocaína. Von Ficker, un amigo, afirmó de él sin reparo que era bebedor y drogadicto, si bien el hecho que pudo desencadenar su fatal fin pudo deberse al haber participado como médico en la I Guerra Mundial asistiendo sin medicinas a noventa heridos en estado grave; Virginia Woolf, diagnosticada con trastorno bipolar se arrojó al río Ouse tras ponerse el abrigo y llenar los bolsillos de piedras; David Foster Wallace, depresivo, abandonó la fenelzina (su antidepresivo) siguiendo los consejos de su médico, y en un nuevo brote de la depresión terminó ahorcándose... y la lista es interminable, y no cesará de engordarse. El que desee leer a poetas suicidas, todos bien recogiditos en un libro, puede deleitarse con uno antologado por José Luis Gallero que a mí me entusiasmo en su día: Antología de poetas suicidas (1770–1985).

Antología de poetas suicidas (1770–1985). Ed. José Luis Gallero
Existe una extraña atracción entre el escritor suicida y el lector –al menos en mi caso. Pensar en cómo alguien que es capaz de escribir páginas tan sublimes, un creador sin límites, llegado un momento ponen fin a su existencia; es una atracción similar a la que se desarrolla entre el escritor demente (pero lúcido en su arte compositivo), el maldito y aquel que recorre las páginas de una de sus obras. El ser humano es así de imprevisible y extraño... tanto, que es capaz de quitarse él mismo la vida. 

Agonizar es un arte, como todas las cosas importantes.
Sylvia Plath (1932–1963)   

No quiero ir nada más que hasta el fondo.
Alejandra Pizarnik (1936–1972)


domingo, 2 de noviembre de 2014

LA LEYENDA DEL INDOMABLE

En la figura de Dylan Thomas (Swansea, 27 de octubre de 1914 - NY, 6 de noviembre de 1953) confluyen todos los elementos necesarios para hablar de un poeta mítico: lírica sublime, dueño de una voz envolvente, y esta última no menos incisiva, ser acusado de arrastrar excesos (alcohólicos y borracheras legendarias) que bien pudo ser el motivo de su prematura muerte; todo ello sin ni tan siquiera haber alcanzado los cuarenta años de vida.

Para la nieta del poeta, Hannah Ellis, todo cuanto se ha hablado de su abuelo acerca de sus jaranas y la explotación del lado bohemio (puede que quisiera decir juerguista, tabernero, canalla nocturno) y sus fabulosas melopeas eran en muchos casos falsas o al menos exageradas; para ella, esto ha hecho que la enorme calidad literaria del poeta galés quede ensombrecida y ciertamente apocada, (yo disiento).


Nada de él ha quedado sepultado por el paso de los años, y ni mucho menos por la muerte: su herencia simbolista, el carácter elegíaco que encierra toda su obra, la oscuridad de sus versos, la perfección estilística y la innegable conexión con Eliot. Sus poemas tienen la particularidad de alcanzar mayor dimensión cuando son leídos en voz alta; acaso mejor escuchados. Se le acusa, los que no pueden imputarle nada, de ser excesivamente barroco y rimbombante. Para ellos, envidiosos, este ostentoso poema: 

Y la muerte no tendrá señorío.  
Desnudos los muertos, ellos serán uno 
con el hombre del viento y la luna del oeste;
cuando sus huesos descarnados limpios se dispersen,
astros tendrán por codo y pie;
aunque enloquezcan serán cuerdos, 
resucitarán aunque se hundan en el mar;  
aunque los amantes se pierdan quedará el amor;  
y la muerte no tendrá señorío.
(...)
 
Dylan Thomas llegó el 20 de octubre de 1953 a Nueva York, y lo hizo para morir, aunque la excusa fuese para tomar parte de un interminable tour de lecturas poéticas. Y de costa a costa, aún retumba su frase lapidaria —imposible más precisa— brotando de aquellos labios agonizantes, sus últimas palabras: "He bebido dieciocho vasos de whisky, creo que es todo un record".

Lo afirmado al comienzo en cuanto a los elementos necesarios para encasillar a un poeta en el marco de lo mítico, no significa que aquellos que carecen de alguna de ellas (en especial de las dos últimas), no puedan llegar al olimpo de los poetas excelsos. En España, la semilla Thomas germinó en los Valente y Gil de Biedma, curiosamente en los mismos que quedó plantada la raíz de T. S. Eliot.

Hace justamente una semana comenzó a celebrarse el centenario del nacimiento de Thomas, pero a los poetas, como a los santos (mucho tienen de sobrehumanos y celestiales) hay que celebrarlos en su muerte —salvo que estén vivos o como Nicanor Parra se llegue a los cien años—; es ese momento cuando cierran, como el galés, el círculo perfecto de la poesía encarcelada en toda una vida.

(...)
y leo, en una concha,
la muerte clara como campana de boya.
(...)

*Muertes y entradas. Dylan Thomas. Traducción Niall Binns y Vanesa Pérez-Sauquillo. Huerga y Fierro. Madrid, 2003.

martes, 7 de octubre de 2014

MACABROS Y MALDITOS

Cuando hace unos meses apareció en los medios escritos aquella sugerente noticia en la que se aseguraba que la Universidad de Harvard había descubierto en su biblioteca tres libros encuadernados con piel procedente de un hombre desollado vivo, pensé que sería la guinda perfecta —encuadernarlos de tal guisa— para una nueva edición de estos cuentos. La práctica de utilizar piel humana para encuadernar libros fue un hecho relativamente popular durante el siglo XVII… pero no en el actual, y como no hallé voluntarios ni a nadie le entusiasmó la idea, me conformé con que esta nueva edición simplemente volviese a renacer. 


No imaginé tener que volver a hablar de este libro, como no imaginé nunca que pudiese existir no una cuarta, sino ni tan siquiera una segunda edición. Las satisfacciones que estos relatos en forma de libro que a cada momento continúan abordándome no sólo tienen que ver con que sigan teniendo lectores —placer impagable y hermoso y summum del proceso creativo de todo escritor—, ni con las críticas positivas que han aparecido en periódicos o blogs y tanto me han sonrojado, y ni tan siquiera por aquellos que han contactado conmigo —como ese parapsicólogo que me inquiría sobre algún aspecto para saber cuánto había de realidad (poco o casi nada) en alguno de los relatos—. No, el mayor de los deleites se ha producido cuando algún entusiasta lector me ha comentado que tras leer estos, mis cuentos, ha descubierto a Poe, Lovecraft o Bécquer, o por contra ha vuelto a releerlos y disfrutar con ellos. 

En esta nueva edición (ilustrada) aparecen nuevos relatos, entre ellos tres fábulas (dos con moraleja), fingiendo —sólo eso— pertenecer más a la progenie de las compuestas por Monterroso que a aquéllas de Esopo, y puede que el lector encuentre que muchos de estos cuentos —entre ellos las citadas fábulas— nada aportan de miedo ni terror, mas estoy seguro que cuando sean analizados —la mayoría requieren de más tiempo para ello del que se sirven en ser leídos— comprenderán que son en esencia completamente terroríficos.  Muchos de estos nuevos relatos siguen teniendo lugar en ese hermoso pueblo no tan ficticio llamado Terra Nivis, como sucede con la mayoría de los antiguos, y las influencias literarias continúan siendo las mismas: Poe (referencia suprema), Lovecraft, Kafka, Bécquer, Slauerhoff, Chéjov, Monterroso (a él también le debo mucho)… así como las cinematográficas: Hitchcock, Lynch, Ibáñez Serrador, Polanski… con una buena dosis de humor macabro, miedo, confusión y terror,  buscando en muchos de ellos mayor experimentalismo, dando una vuelta de tuerca y estrujando a mi estilo el género del cuento, con composiciones aún más breves, como las citadas fábulas que acompañan al microrrelato, todo un conjunto de lo que los anglosajones denominan short-short stories y nosotros hemos (mal) traducido como relato corto, un rotundo pleonasmo, pues el relato siempre es corto.  

Todas las características y lo afirmado en el proemio primitivo de estos cuentos resulta válido para esta edición, sin borrar ni una coma, con la misma esencia, y aunque dé la sensación de ser el mismo libro, haciendo uso del principio del posmodernismo con esa dualidad ficción-realidad y jugando con la confusión, este libro es el mismo pero a la vez (con esos nuevos relatos e ilustraciones) ya no lo es.

Los infinitos Poes que habitan en los relatos

Y justo cuando tal día como hoy se cumple el 165º aniversario de la muerte del maestro de lo macabro. La Muerte y nuevas muertes, humor negro, fantasmas, necrofilia y sadismo, enterramientos en vida, suicidios, enajenaciones mentales y asesinatos, vampiros y no muertos, canibalismo, venganzas... y hasta fábulas... narraciones influidas por Bécquer, Slauerhoff, Lovecraft, Chéjov o Monterroso, pero especialemente por Edgar Allan Poe.

Un día después de la muerte del escritor, a las 4 de la tarde del lunes 8 de octubre de 1849, tuvo lugar su funeral en Baltimore, celebrado con una ceremonia sencilla a la que asistieron un reducido número de personas. El tío de Edgar, Henry Herring, se hizo con un simple féretro de caoba, y un primo, Neilson Poe, consiguió el coche fúnebre. El poeta, crítico, periodista y novelista, fue enterrado en un ataúd barato al que le faltaban las manijas con el que poder portearlo; éste tenía una placa e iba forrado de trapo, con un almohadón para su cabeza. La esposa de Moran aportó el sudario. El funeral fue oficiado por el reverendo W. T. D. Clemm, primo de Virginia, la esposa de Poe muerta de tuberculosis en 1847, que decidió que no valía la pena pronunciar un sermón debido a la poca afluencia de personas, por lo que la ceremonia al completo apenas duró tres minutos. Los pocos que acudieron a ella la recuerdan como una tarde fría y húmeda. En palabras del sacristán George W. Spence, fue descrito como «un día oscuro y gris, sin lluvia, pero medio áspero y amenazador.»

El 9 de octubre de 1849, al día siguiente de su entierro y dos tras su fallecimiento, Rufus Wilmot Griswold, su albacea literario (y rival personal), publicó el poema Annabel Lee como parte de su obituario en el Daily Tribune de Nueva York.

Toca de nuevo, brindar o bien emborracharse, con vino amontillado, recordando en este día el 165º aniversario de la muerte de Edgar Allan Poe, aunque éste nunca llegó a morir y su alma pervive hasta estos días oscuros.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

DEUS SIVE NATURA (O EL ARTE DE PULIR IDEAS)

No todos los libros suelen tener varios propósitos, en la mayoría de casos uno solo (suficiente si son capaces de entretener), o a lo sumo dos; en otros se dan varios, múltiples e infinitos objetivos. Termino de leer una biografía acerca del filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), figura que para mí ha tenido desde siempre un encanto especial, puede que por esa fijación personal hacia los intelectuales desterrados, incomprendidos, repudiados... como lo fue él.

Baruch Spinoza (ca. 1665)
Baruch Spinoza (ca. 1665)

Con los libros suelo establecer relaciones que van más allá de aquellas que se fundamentan con lo simplemente material, como ese que leí triste en un avión y sólo ver su portada me produce malestar de estómago, o aquellos otros que trato de no abrir demasiado sus hojas y mucho menos tocarlos con las manos sucias, y me producen todo lo contrario. Este que acabo de leer no llegué a comprarlo cuando hace diez años se publicó en nuestro país y el libro se me escapó mes a mes. Hace años intenté buscarlo con ahínco, pero fue en vano. Obsesionado con la infructuosa búsqueda, este verano me dispuse a saldar mi deuda con el libro, pero el ejemplar ya no estaba disponible en castellano (ni nuevo ni de segunda mano; ¡extraño! o puede que nadie quiera desprenderse de una joya así), por lo que lo compré en inglés.

Steven Nadler, su autor, es un experimentado profesor de filosofía y una auténtica eminencia en la vida y obra de Spinoza, probablemente su mayor especialista que con esta inconmensurable biografía ha conseguido no sólo escribir la mejor semblanza del filósofo neerlandés, sino a su vez trazar y exponer de forma magistral, con un lenguaje conciso y sencillo al tiempo que clarificador, una radiografía precisa del siglo XVII de los Países Bajos.  

En Una habitación en Holanda, un librito del francés Pierre Bergounioux de apenas noventa páginas, a camino entre el ensayo y la historia, su autor fantasea con un joven Spinoza que bien pudo cruzarse con el filósofo Descartes (recomiendo la biografía firmada por Richard Watson titulada Descartes: el filósofo de la luz), situando con un argumento sólido la cuna de la razón occidental y de la política europea en ese diminuto país que algunos (mal)llaman Holanda, los Países Bajos:

Quedaba una estrecha franja costera, a orillas del Mar del Norte, donde experimentar la aptitud del hombre para formar pensamientos ciertos, para llegar a ser, con el mismo gesto, "como dueño y poseedor" de la naturaleza. (Bergounioux, p 91).

Spinoza, judío sefardí, nació en Ámsterdam en 1632. Su familia procedía de España, en concreto de Espinosa de los Monteros (Burgos). En el siglo XV tuvieron que emigrar huyendo primeramente a Portugal y más tarde a otros países europeos, hasta que su padre, comerciante, recaló en la ciudad de los canales. El joven Spinoza se crió en el barrio judío, en las mismas calles en las que Rembrandt tuvo su casa entre 1639 y 1658. Evidentemente hablaba neerlandés, pero su idioma materno y con el que pensaba y sentía era el ladino y el portugués. Como estudioso de la Torah conocía el hebreo y hasta elaboró una gramática, y por supuesto, como erudito, dominaba el latín. Vivió modestamente, pero a pesar de ciertas penurias económicas no se dejó seducir ni tan siquiera ante el confortable ofrecimiento de ocupar un puesto como profesor universitario con una cátedra de filosofía en la Universidad de Heidelberg y con ello tener una vida más fácil.

Para sobrevivir pulió lentes (y aunque falleció de tuberculosis, el polvo que brotaba de dicha tarea también minó su salud), siendo reconocido por eminentes científicos de la época, como Christiaan Huygens, astrónomo, físico y matemático, que lo llamaba el "Judío de Voorburg". Algunos han querido ver en él el precursor del ateísmo y el gran intelectual pionero de la negación absoluta de Dios; en definitiva: el hereje que encumbrar a los altares del ateísmo. Pero si bien es cierto que Spinoza fue excomulgado por afirmar (entre otras aseveraciones) que la Torah no estaba ni dictada por Dios ni tan siquiera únicamente redactada por Moisés, rehusaba y hasta se sentía molesto de ser calificado como ateo pues él no se consideraba así.

Steven Nadler nos regala una deliciosa semblanza sobre Spinoza y la comunidad judeo-portuguesa (sefardí, o mejor dicho judeo-española, pero el litigio de los Países Bajos con la Corona Española hizo que no se denominase así) de Ámsterdam (y otras ciudades europeas) y el ambiente político, social y cultural de las ciudades neerlandesas del siglo XVII (grandes y también las menos pobladas), y por ende de la Europa moderna de la época, aportando suculentos detalles sobre el filósofo y datos muy esclarecedores de enorme transcendencia, que tras su lectura dejan un denso poso final que aun pasadas las semanas y los meses se sigue saboreando con delectación; es en definitiva una obra maestra. Para el estudioso de la vida en los Países Bajos durante el Siglo de Oro quiero citar la obra de Lotte van de Pol acerca de la prostitución en la Ámsterdam en los siglos XVII y XVIII: La puta y el ciudadano, y Los ojos de Rembrandt, de Simon Schama.

Los libros no suelen tener excesivas aspiraciones, aunque es suficiente si son capaces de entretener o distraer al lector; otros, en cambio, son insustanciales y banales. Éste, del tándem Spinoza-Nadler, posee diversos e ilimitados objetivos: es exquisito y delicado, casi como las lentes que pulía el filósofo.

P.D.: En muchas ocasiones me pregunto cómo sería España (social, económica y culturalmente) si no se hubiesen visto obligados a marcharse aquellos prósperos serfadíes de la Península Ibérica. 


viernes, 5 de septiembre de 2014

NICANOR PARRA Y SUS CIEN AÑOS DE MATEMÁTICAS

 
Considerad, muchachos, 
esta lengua roída por el cáncer: 
soy profesor en un liceo obscuro, 
he perdido la voz haciendo clases. 
(Después de todo o nada 
hago cuarenta horas semanales). 
¿Qué les dice mi cara abofeteada? 
¡Verdad que inspira lástima mirarme! 
Y qué decís de esta nariz podrida 
por la cal de la tiza degradante. [...]

AUTORRETRATO

En el instituto yo odiaba intensamente las matemáticas; me gustaba la literatura, y la poesía... poco más. Observaba al profesor de la abominable materia e imaginaba que sólo le gustaría leer libros sobre quebrados y figuras geométricas. Así que jamás hubiese pensado que esa ciencia deductiva que estudia los números, logaritmos, senos y cosenos, pudiera tener mucho vínculo con las letras.

Y un día encontré en casa de mis padres algunos números (que hoy aún conservo) de la revista cultural El Ciervo, en concreto el de marzo de 1992. La revista me interesaba en principio sólo porque hablaba de Tolkien. Y cuando terminé con el artículo sobre el escritor inglés me encontré casualmente con algo que decía más o menos así: «Nicanor Parra, el antipoeta». Aquello me extrañó y asustó a partes iguales. Acto seguido leí que era profesor de física y matemáticas, y ya me quedé más tranquilo: «Por eso no le gusta la poesía; es un antipoeta», me dije. Luego sí me sobrevino una especie de duda poético-existencial, pues leí a conciencia sus poemas y me fascinaron, con esa frescura en cada verso, su sarcasmo, la ironía y su hartazgo de todo, sin concesiones ni florituras para la galería.

Nicanor Parra (1914)
Durante unos años lo olvidé (no así las matemáticas, que todavía hoy me persiguen) para después volver a pensar en él, pero creí que ya estaba muerto. Y con alegría supe que aún vivía, pero entonces deduje con pena que no le quedaba mucho de vida, y también me equivocaba: hoy cumple 100 años, pero no me creo que tenga tantos... o tan pocos. El Premio Cervantes decidieron concedérselo casi un siglo después de su nacimiento; estaban muy seguros de su longevidad, pero es que los premios son así de inteligentes, aunque algunos escritores prefieren morir antes de que le otorguen ninguno.  

Puede que alguno crea que porque el chileno sea matemático y físico estas disciplinas tienen algo que ver con la poesía, y debe decirse que NO; y por si alguno se pregunta si al leer a Nicanor Parra, como sucede en esas películas hollywoodenses (sí, parece que se escribe así) me hice matemático o quise entrar en la NASA, la respuesta es NO, TAMPOCO. Aún me producen escalofrío los números, pero nunca un antipoeta fue tan poeta, y gracias a Parra sé que nada tienen que ver los números con las letras. Felicidades, y que vivas un siglo más.

[...] Pero qué es poesía 
Todo lo que nos une es poesía 
Sólo la prosa puede separarnos [...]

QUÉ ES POESÍA


sábado, 28 de junio de 2014

Y DIOS LE DIO LA PALABRA A WALT WHITMAN


Lo leí por vez primera con quince años y espoleado tras visionar aquella película que llevaba por título El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), filme en donde el clímax y momento más emocionante tiene lugar al final, cuando los alumnos se encaraman sobre sus pupitres y uno a uno comienzan a recitar los famosos versos de «¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!» (dedicados a Abraham Lincoln tras su asesinato) como muestra de apoyo al profesor despedido. Lo leí en una especie de antología, de poemas seleccionados de su magna Hojas de hierba, escrita en 1855 y reelaborada y ampliada una y otra vez hasta su muerte, pero tengo que reconocer que me disgustó enormemente, antojándoseme los poemas excesivamente artificiales y forzados, así que decepcionado no reparé más en él.

Walt Whitman ©George Collins Cox
Hasta que hace unas semanas terminé de leerlo completo y sin mutilación alguna, íntegro, en la excelente edición de Francisco Alexander para Visor, y nada ha tenido que ver aquella prístina y decepcionante lectura de hace ya muchos años con esta última. Como bien afirman los especialistas en su obra, Walt Whitman (1819–1892) es el primer poeta genuinamente americano, ya que los Poe o Longfellow no son sino poesía en esencia británica compuesta en suelo americano. Whitman era descendiente de labradores ingleses por parte paterna y de duros marineros holandeses por la materna, y a pesar de ese poderoso e idílico poso europeo, ya es un escritor eminentemente americano.

Pero el último guiño a Whitman aparece en la serie Breaking Bad, en un capítulo de la quinta y última temporada titulado «Deslizándose por todo», que no es sino el título de un poema del poeta: «Gliding Over All». El personaje principal de la serie, Walter White (que curiosamente comparten iniciales: W.W.), está a punto de ser descubierto por su cuñado, el agente de la DEA Hank Schrader, cuando estando en el aseo abre Hojas de hierba y casualmente observa que tiene una dedicatoria: «Para mi otro favorito W.W.», momento en el que descubre a su cuñado.

Breaking Bad
Hojas de hierba es una obra épica que ensalza la imparable construcción de una nación en ciernes, la exaltación de una nueva tierra mediante unos versos que rezuman un misticismo de tanta simpleza como profunda e inabarcable belleza. Poseen sus poemas un marcado carácter elegíaco y religiosidad natural, como si el poeta tratase de explicar esta creación imperfecta y cruel pero indudablemente hermosa. Para el que ha vivido su infancia y adolescencia (y los mejores años de la vida) en un ambiente rural, leer a Whitman es rememorar ese pasado y sus momentos, recordar las inolvidables imágenes, los sonidos y los indescriptibles colores, los olores característicos de cada una de las estaciones y todo lo que la naturaleza encarna. Leer al poeta es un retorno al pasado, volver a la infancia y sus fragancias, el regreso a la «patria" en el sentido al que Rilke se refería: «La verdadera patria del hombre es la infancia». Y puede que en Hojas de hierba Whitman retornase a la infancia de sus antepasados, la de esos labradores ingleses y marineros holandeses que surcaban el áspero Mar del Norte en un viaje poético tamizado por el imponente y bucólico paisaje de esa nueva tierra que acogió a todos y en donde él se erigió en el prócer de los poetas norteamericanos. 


miércoles, 11 de junio de 2014

LA VIGENCIA LITERARIA Y SOCIAL DE QUEVEDO



Los clásicos jamás pasan de moda, una expresión manida, excesívamente usada, prácticamente gastada, pero una realidad. Al final siempre se acaba recurriendo a los clásicos, porque están ahí, no se han ido y no se olvidan. Cuando la actualidad se vuelve previsible y aburrida, ahí están esos autores, desde hace mucho –o desde siempre– intemporales. Algunos modernos ya alcanzan el estatus de clásico, o casi, o pronto lo harán; en cambio, otros de estos modernos son producto de las modas, y se desvanecen, o en breve así sucederá, como vaho o efímero humo.

Habrá pocos escolares o bachilleres que no conozcan si no de memoria sí que reconozcan el primer cuarteto de un archifamoso soneto que el insigne Quevedo le dedicaba a su enemigo íntimo, Góngora:

Érase un hombre a una nariz pegado, 
érase una nariz superlativa, 
érase una alquitara medio viva, 
érase un peje espada mal barbado; 

Sello emitido en el que se pone de manifiesto la relación entre Quevedo y Góngora.
Que a su vez tenía otra versión puede que más conocida y popular, que comenzaba así:

Érase un hombre a una nariz pegado, 
érase una nariz superlativa; 
érase una nariz sayón y escriba; 
érase un pez espada muy barbado;

Retrato de Quevedo, atribuido a Velázquez (o a Van der Hamen) 
Fue Quevedo ese escritor de existencia turbulenta, de vida intrigante, polémico y pendenciero, un tahúr en el sentido más amplio de la palabra y en otras ocasiones un caballero de modales refinados. Un poeta al que la libertad le fue arrebatada en varias ocasiones, que conoció la gloria y la miseria, que usó la lengua –el idioma y el órgano situado en la boca– con una precisión de cirujano, haciendo uso del lenguaje más florido... pera también el de los bajos fondos, la lengua de los maleantes, la jerigonza, que es de lo que tratan estas líneas.

En un libro inconfundible con su colorido verde-limón fosforescente, la editorial Visor acaba de publicar una serie de exquisitos y nada delicados poemas de Don Francisco de Quevedo: Poesías Picarescas: Poesías satíricas inéditas; toda una suerte de versos cargados de insultos e irreverencias, de cinismo y de sátiras que brotan de la lengua de un Quevedo mordaz y educadamente grosero. 

El libro, como catálogo de grotescos insultos, una suerte de versos escatológicos, azotador de putas –de las que ejercen la profesión y de las que no, según él– y de bujarrones, de culos y pedos, de cornamentas humanas y de suegras, en ocasiones misógino irreverente. Se abre cualquier página al azar y acude la sorpresa de versos hilarantes y escatológicos:

Pues en el tribunal de sus greguescos,
con aflojar y comprimir las arcas,
cualquier culo lo hace con dos cuescos.

O este otro:

Mostraba aquel personaje
por melena de alemán,
de zurriagazos de pijas,
desportillado el mear.   

Y este otro tampoco tiene desperdicio:

Que tiene ojo de culo es evidente,
y manojo de llaves, tu sol rojo,
y que tiene por niña en aquel ojo
atezado mojón duro y caliente.

Groseros, aunque perdonado debe ser por las ordinarieces, que merece la pena exponerlo:

Ningún coño le vio jamás arrecho.   

Misóginos sin remedio:

Sabed, vecinas,
que mujeres y gallinas
todas ponemos:
unas cuernos y otras huevos.

Sobre la ruptura matrimonial y su curiosa visión del mismo:

Dichoso es cualquier casado
que una vez queda soltero;
mas de una mujer dos veces,
es ya de la dicha extremo.

Y la figura de las suegras, a la que le suelta algunas puyas: 

Las culebras mucho saben;
mas una suegra infernal
más sabe que las culebras:
ansí lo dice el refrán.

De estos poemas mordaces resulta complejo sacar a la luz una pincelada debido a la abundancia y a la altísima calidad de los mismos. Son de esos versos que uno no puede sacar a relucir salvo frente a  amistades de la mayor cercanía e intimidad, cuartetos y tercetos a tener bajo control, y sonetos que pueden recitarse sólo cuando el dios Baco está presente y la situación se presta a ello. Queda claro que escuchando a los personajes públicos que nos toca sufrir, a políticos, a extraños seres televisivos o a los pseudopolíticos y agitadores que son aún peor que los propios políticos, con sus improperios y burdos insultos, comparándolos, nunca se ha insultado tan bien y con tanta solemnidad como en el Siglo de Oro, y Quevedo fue uno de los de lengua más afilada.