lunes, 13 de abril de 2015

«BREVE ANTOLOGÍA DEL EPITAFIO MALDITO» Y OTRAS HIERBAS INFUMABLES




Cuando el río es lento y se cuenta con una buena bicicleta o caballo sí es posible bañarse dos (y hasta tres, de acuerdo con las necesidades higiénicas de cada quién) veces en el mismo río.
AUGUSTO MONTERROSO

En ocasiones, resulta tan complejo hablar y explicar una obra, que lo más sencillo es recurrir a su título para poder intuir cierta información... si bien en este caso puede que hasta esto confunda todavía más. En (Breve) Antología del Epitafio Maldito pongo al servicio del leedor (la palabra es correcta aunque en desuso, no necesitan buscarla) toda una suerte de epitafios enormemente enigmáticos, sugerentes y evocadores que harán las delicias no sólo del experto en la materia, también del profano.
Ilustración de cubierta: Krri On
Como en toda antología, aunque sea tan breve como esta, debe disponer de un estudio preliminar que ponga en antecedentes a aquellos que se atrevan a leer, repasar o estudiar los epitafios que muestro en esta obra mínima; ésta, presenta además una completa y deliciosa bibliografía —primaria y secundaria—, adornada por un prólogo que firma el crítico y poeta Duco Perkenss, que supera los cien años de edad si bien conserva una lucidez envidiable.

ARTHUR HARKER  
Londres, 1701-Gravesend, Kent, 1749

El Támesis lo escupió 
una noche de verano,
de igual forma 
que en invierno lo engulló.

(St. George's Churchyard, Gravesend)


Imaginen introducir en una coctelera una pizca —generosa— de Monterroso (el escritor era mucho más que ese famoso y enorme dinosaurio que dicen tenía disecado en el salón de su casa), agreguemos las visitas que todos solemos hacer a los cementerios en nuestros viajes turísticos en lugar de hacerlo a los tediosos museos o grasientas hamburgueserías; a continuación, la estruendosa solemnidad de humor negro de la serie A dos metros bajo tierra, y para finalizar, por qué no (la música queda para el gusto del consumidor), también introducimos a los muertos de Edgar Lee Masters: et voilà, ahí aparece esta (Breve) Antología del Epitafio Maldito.

ADRIAAN CORNELISZ. HOOFT
Haarlem, 1724-Ouderkerk aan de Amstel, 1763
 
En estas bajas tierras 
pudridoras de toda esencia, 
exclamarán cuando falte a las 
sucesivas citas: ¡aquí reposa, 
un asiduo del Barrio Rosa! 

(Schellingwoude, Ámsterdam)
 
 
Lo más que puedo afirmar es que este es un poemario híbrido (extraño e indefinible) a medio camino entre el microrrelato (con su desarrollo, nudo y —fatal— desenlace) y la poesía más desgarradora y elegíaca; un ejercicio con el que he pretendido un claro objetivo: aunar la realidad confundiéndola con la irrealidad o viceversa; apariencias, sueños o vigilias que se presentan aquí como forma de mi extraño y peculiar universo, que para eso es mío y es a mí al que fastidia.

TRUUS JANSEN
Noordwijk, 1699-Westeinde, 1770
 
Sé que me amortajarán y velarán 
con superficial desconsuelo 
quienes nunca cuidaron  
de este cuerpo ahora yerto.

(Oude begraafplaats, Noordwijk)


Tras esta breve explicación (puesto que breve es esta antología), sé que algunos se estarán preguntando: pero, ¿qué demonios es (Breve) Antología del Epitafio Maldito? Al leedor y hasta al lector le corresponde responder a esta pregunta... si puede. Por cierto, ¿y usted ha elegido ya el suyo? ¿su epitafio? No pierda el tiempo; el tiempo es oro.

«Cien años después aparece el nuevo Edgar Lee Masters». (Marginalia Review)

«Leyendo al autor de este libro, hasta dan ganas de ser protagonista de alguno de sus epitafios». S. JOHNSON (Revista Crítica)

«Una obra simplemente inclasificable; desconcertante». J.J. KRRI (Bavaria)

«Disfruten tanto como yo lo he hecho de la lectura de estos epitafios malditos... no se sabe si alguno de nosotros apareceremos en una futura edición, corregida y aumentada». D. PERKENSS

«Los epitafios malditos te enganchan, desde el principio hasta el final. Cuidado, son adictivos».  J. F. PYNCHON

sábado, 28 de marzo de 2015

MOMENTOS PARA RECITAR POESÍAS Y OTROS PARA BOXEAR

La idílica estampa del escritor en estado de trance escribiendo tras un escritorio rodeado de libros y con una perfecta rutina creativa, es una imagen recurrente, pero no siempre real. 

Arthur Cravan
Una gran parte de literatos han tenido que ganarse el pan con todo tipo de trabajos hasta lograr dedicarse de lleno a la literatura; otros, sin embargo, han muerto sin poder consagrar todo su tiempo al oficio de escribir. William Faulkner, antes de alcanzar la fama, llegó a ser cartero y hasta pintor, al igual que el escritor flamenco Louis Paul Boon: pintor de brocha gorda antes de trabajar a tiempo completo en su apasionante literatura. El irreverente Charles Bukowski tuvo como oficio el de cartero durante una etapa de su vida, algo que se refleja en su novela autobiográfica: Cartero. Kafka fue pasante y agente de seguros; el egipcio Naguib Mahfuz funcionario y hasta se dice que bibliotecario (un sueño para todo amante de los libros), al igual que Borges, al que le debemos ese delicioso relato que lleva por título La biblioteca de Babel. Curiosa también la "doble vida" del japonés Haruki Murakami, que trabajó en una tienda de discos y más tarde regentó un club de jazz; o el flamenco Hugo Claus, que antes de convertirse en el artista total que fue se ganó la vida con los empleos más variopintos, hasta trabajando de peón en una fábrica de azúcar.

Un caso curioso lo hallamos en la peculiar vida de Arthur Cravan (1887-1918), cuya existencia puede resumirse en la frase extraída de Los detectives salvajes de Bolaño: hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear.

Arthur Cravan en su faceta de boxeador

Dos metros y cien kilos eran las medidas físicas del excéntrico Arthur Cravan, sobrino de Oscar Wilde y amante de la poeta Mina Loy. Se dedicó no sólo a la literatura y la poesía en particular, también al boxeo. Puede que sus escritos no aparenten (las apariencias engañan) medir tanto como su físico ni como la de otros escritores, pero su tarea literaria se forjó entre artistas, alcohol y bares y a través de todo tipo de poéticos oficios: leñador, mulero, marinero, chofer... Editó una revista cultural que tuvo cinco números entre los años 1912 y 1915: Maintenant; y como afirmaba odiar las librerías, él mismo vendió los ejemplares llevándolos en un carrito. 

¿Cuál es esta noche mi error? 
¿Qué entre tanta tristeza? 
Todo me parece bello,
el dinero que es real,
la paz, las vastas empresas, 
los autobuses y las tumbas; 
los campos, el deporte, las queridas, 
hasta la vida inimitable de los hoteles. 
Quisiera estar en Viena y en Calcuta. 
Tomar todos los trenes y todos los navíos, 
fornicar con todas las mujeres 
y engullir todos los platos. 
Mundano, químico, puta, borracho, músico, 
obrero, pintor, acróbata, actor; 
Viejo, niño, estafador, granuja, 
ángel y juerguista; millonario, burgués, 
cactus, jirafa o cuervo; cobarde,
héroe, negro, mono, Don Juan, rufián, lord, campesino,
cazador, industrial, fauna y flora: 
Soy todas las cosas, todos lo hombres y todos los animales.
¿Qué hacer?

LA PROVOCACIÓN. ARTHUR CRAVAN

 
Hasta llegar a la leyenda de su muerte: en 1918, tras haber recorrido medio mundo, desaparecieron tanto él como su cuerpo. Sobre este hecho se dijo que algún marido celoso se lo quitó de en medio, o que se esfumó tras una homérica borrachera; lo más probable es que su barca fuese engullida por el mar durante su último viaje por el Atlántico, en el Golfo de México. Puede que Bolaño estuviese pensando en Cravan para incluir la cita en su novela: hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear. Y Cravan la convirtió en su ley de vida.

jueves, 12 de marzo de 2015

DE ENTRE LOS MUERTOS. PREMIOS Y OLVIDOS EN LA POESÍA DE JUAN VICENTE PIQUERAS

"... saben que el amor le debe su existencia 
a la gramática." 

En De entre los muertos, la película dirigida por Alfred Hitchcock (conocida también como Vértigo) y a pesar de lo que aparenta indicar su título, la protagonista (Kim Novak) nunca muere para volver del inframundo porque siempre estuvo viva, muy viva y alguien (en este caso Hitchcock) nos engañó haciéndonos creer que tras estar muerta había regresado al mundo de los mortales.

De entre los muertos (Vértigo) - 1958
 Pero esto a Hitchcock no sólo se le perdona, también se le agradece; no así que algunos hayan "matado" u olvidado (que puede –o no– ser lo mismo) al poeta Juan Vicente Piqueras (1960), ya que éste jamás ha estado en el hades (ni poético ni espiritual) pero como él mismo ha afirmado en varias ocasiones y reafirmándose tras concedérsele el Premio Loewe en el año 2012, nunca ha aparecido en las más de doscientas antologías de poesía en castellano de los últimos tiempos, algo que no sólo resulta extraño, también es hiriente e insultante, y me gustaría pensar que ha sido una "simple" sucesión (unas doscientas) de confusiones de editores y antologadores... puede ser, pero el estropicio es inmenso, la injusticia imperdonable, y la ceguera de éstos un dislate de auténtico premio para con uno de los grandes poetas de la actualidad y de largo el mejor de su generación.

Uno se pregunta si quizá este injustificable lance tenga relación con la independencia de Piqueras o al hecho de no arrimarse a ciertos poderes fácticos –no sé si será su caso–; o puede que a causa de las modas poéticas pasajeras, con esos extraños poetas mediáticos que escriban lo que escriban resultan  omnipresentes, que aparecen en los medios por abrir la boca y los antologan por decreto por muy poco y mal que escriban. Que Piqueras no haya aparecido en ninguna antología de nuestro país no significa que éste no "viva" y sobreviva en plena forma fuera de esas colecciones (por ende incompletas) y que además sea perfectamente reconocido y valorado por crítica y lectores de poesía como uno de los mejores poetas vivos de nuestro idioma.

En la poética de Piqueras va circunscrita una meridional línea geográfica, una brújula vital con un carcaj de versos que siempre apunta al sur: Roma, Atenas, Argel; mas siempre acude a su raíz primigenia, de la que todo surge y termina por inundar sus poemas: Los Duques (Requena). Y redunda en Aldea (dualidad como poemario y como fuente), un lugar en apariencia pequeño pero inmenso, tanto como una urbe infinita que latente rezuma su esencia en cada uno de sus poemarios; sus versos se elaboran desde lo minucioso, en la búsqueda de vocablos precisos, mediante versos de orfebrería y pasiones personales. 

Sólo sé lo que quiero si me pierdo.
Amo mi perdición. Cultivo ortigas.  
(...) 

CULTIVO ORTIGAS - J. V. Piqueras


Yo que tú (Manual de gramática y poesía), 2012
Sus poemarios han sido jalonados con diversos e importantes premios: José Hierro, Antonio Machado, Valencia de poesía, Crítica valenciana, Premio del Festival Internacional de Medellín, y el más reciente el Premio Loewe; pero a pesar de todo, de tanto galardón y de las más de doscientas tropelías cometidas hacia su poesía, Piqueras da la sensación de desear pasar de puntillas por todo, sin hacer más ruido que el tintineo de sus versos tras ser leídos. 

Y aún me pregunto: ¿dondé quedaron los ojos, las manos y las páginas que han obviado editores y antologadores? ¡Alfred, te echamos tanto de menos! 

Yo nací ayer y moriré mañana.
Lo mismo que tus ojos que hoy me leen.
Lo mismo que tus manos que acarician 
las páginas que somos,
el aire que seremos y que ahora la mueve.
(...)

FELIZ CUMPLEAÑOS - J. V. P.

lunes, 16 de febrero de 2015

CONTRA GIL DE BIEDMA

Hace unos días volví a visionar El cónsul de Sodoma (Sigfrid Monleón, 2010), película basada en la vida del poeta Jaime Gil de Biedma; y volví a sentir lo mismo que la primera vez: una sensación agridulce. Bien es cierto que el filme relata con bastante fidelidad la vida social del poeta (atendiendo claro a la biografía de Miguel Dalmau Jaime Gil de Biedma. Retrato de un poeta), pero a pesar de ello la impresión que deja la imagen trazada por Monleón es la de estar resaltando el plano sexual para minimizar su parte literaria hasta dejar ésta en algo anecdótico cuando debiera ser todo lo contrario. El cónsul de Sodoma bien podría haberse titulado Contra Jaime Gil de Biedma (aunque nada tuviese que ver con estos versos): 
 
De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso, 
dejar atrás un sótano más negro 
que mi reputación —y ya es decir—, 
poner visillos blancos 
y tomar criada, 
renunciar a la vida de bohemio, 
si vienes luego tú, pelmazo, 
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes, 
zángano de colmena, inútil, cacaseno, 
con tus manos lavadas, 
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?  

Te acompañan las barras de los bares 
últimos de la noche, los chulos, las floristas, 
las calles muertas de la madrugada 
y los ascensores de luz amarilla 
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo 
la cara destruida, con ojos todavía violentos 
que no quieres cerrar. Y si te increpo, 
te ríes, me recuerdas el pasado 
y dices que envejezco.
(...)

CONTRA JAIME GIL DE BIEDMA - J. Gil de Biedma

Jaime Gil de Biedma (1929-1990)

El estilo poético de Gil de Biedma sorprende por poseer un lenguaje coloquial, directo, ausente de la búsqueda de palabras grandilocuentes, lleno de pesimismo y con una constante alusión a hechos autobiográficos amén de estar cargada de cierta crítica social. Esa forma autodestructiva, pesimista y nihilista se refleja en un poemario cuyo título lo dice todo: Poemas póstumos; y en composiciones como Contra Jaime Gil de Biedma, No volveré a ser joven o Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma. Queda claro que en el creador barcelonés resulta complicado disociar la vida de poeta y su vida social; su parte literaria y su vertiente humana, pero en la película se echa en falta un retrato más profundo de su poética (una de las más importantes y exquisitas del siglo pasado y referencia hasta hoy en día), lírico de raíz eliotiana que mantuvo correspondencia entre otros con Luis Cernuda o con el propio Eliot (se agradece la imagen de la película en la que Gil de Biedma aparece leyendo los Cuatro cuartetos del inglés).

Pero el biopic dirigido por Sigfrid Monleón (con una sobresaliente actuación de Jordi Mollá) se posa en exceso en los detalles escabrosos, en el plano sexual, en las personas con quienes el poeta se iba a la cama; y se echa de menos una exposición de cómo creaba, cómo componía (escaso o nulo en el filme) en lugar de tanto culo en penumbra y primeros planos de falos erectos, pero evidentemente, en ese caso pudiera resultar irrelevante e insatisfactorio para el gran público en general. Una oportunidad perdida.

(...)
En paz al fin conmigo, 
puedo ya recordarte 
no en las horas horribles, sino aquí 
en el verano del año pasado, 
cuando agolpadamente 
tantos meses borradas
regresan las imágenes felices 
traídas por tu imagen de la muerte… 
Agosto en el jardín, a pleno día.
(...)

DESPUÉS DE LA MUERTE DE JAIME GIL DE BIEDMA - J. Gil de Biedma

viernes, 16 de enero de 2015

¿DÓNDE ESTARÍAMOS SIN LA MUERTE?* (SEGÚN LA POESÍA DE VALENTÍ PUIG)

Bienaventuradas las naciones que tienen misiles y hormonas, 
archivos bien catalogados, teólogos y una gastronomía
nada pesada.

V.P.

Mi relación con los libros –como ya he afirmado en más de una ocasión– va más allá de la que se establece entre un lector de carne y hueso y el material compuesto por simple papel encuadernado; trasciende ese vínculo meramente físico.

Hace años me costó una eternidad dar con la antología poética de Valentí Puig; harto de la espera opté por leerla en una biblioteca y rechazar el ejemplar cuando éste llegó (muchos meses después), a la librería, como lo hace un barco extraviado a un puerto ignoto. El pasado otoño recordé la anécdota y mi pesar aumentó –como me sucedió con el de Spinoza– por no haberme quedado con el demorado libro (por enfado, o por despecho hacia la tienda de libros, que no satisfizo mi ansia bibliófila de manera inmediata ni mucho menos diligente). Y comencé a buscarlo, de nuevo a mitificarlo cuanto más se resistía mi persecución; no lo encontraba en mis librerías físicas, ni en la maldita red, hasta que finalmente di con el ejemplar el último día antes de dar comienzo el invierno: Capital del Otoño. Premonitorio.

http://www.valentipuig.com/
Y en esta pasada Navidad, con el frío invernal recorriendo carnes y huesos, releí la poesía de Valentí Puig. Las relecturas suelen captar nuevos matices que en la primera (temerosa ante lo nuevo y nada meticulosa) no se aprecian, también mayúsculas decepciones, e incluso exclamaciones y manos a la cabeza. Mas la sensación fue agradable, la de un reencuentro, la del sabor del buen vino que pasados los años embriaga más y mejor (y sólo ocurre con lo exquisito que da la vida). Allí hallé nuevamente ese choque de poemas entre modernidad y añoranza del pasado, recuerdos de la infancia y la vida rural, una suerte de devocionario en el que es sencillo encontrar aspectos prosaicos e insulsos del mundanal ruido y acto seguido profundas elucubraciones teológicas, versos serios de gran calado intelectual y otros cargados de sorna filosófica, frases que hablan del sinsentido y del más puro sentido de la vida; Bernanos, el recuerdo de los padres fallecidos, Freud y Jacob, urbes lejanas, Churchill e incluso diálogos encubiertos con el mismísimo Dios... y una colección de poemas sobre "el amigo de Queequeg" (sic) y el intramundo (a lo Gran Hermano, el de Orwell, claro) de Moby Dick y Melville –un rara avis de poemario que bien podría editarse en edición limitadísima (y numerado) con un mapa de las rutas del Pequod amalgamadas con los viajes y periplos del poeta mallorquín.


Valentí Puig. Capital del Otoño. Huerga & Fierro 2010

Y acabó la Navidad, como todo, y la antología, entre versos y excesos, vinos, achampanados y hasta  espumosos, comidas e indigestiones, y reparé de nuevo en Puig ante una doble realidad completamente irrefutable en aquellos días:

(...) Agosto, 
agosto ya tan lejos de la infancia y tan cerca del colesterol. 

¡Cuánta razón, señor Puig, en esto y en todo cuanto afirma en verso! ¿La muerte? La muerte sería no poder leer sus poemas. Moltes gràcies por esta Navidad.


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*«¿Dónde estaríamos sin la muerte?» es un verso del propio V. Puig.

 

lunes, 22 de diciembre de 2014

EL SPAGHETTI WESTERN DE GEORGE R. R. MARTIN

Casi 5000 malditas páginas; cinco gruesos tomos y tres meses; 12 semanas leyendo en los lugares más insospechados, en solitarias salas de espera y fríos tanatorios; en autobuses y frente al fuego de una chimenea; mientras caminaba y trasnochando para descansar en fines de semanas y fiestas de guardar y no volverme loco, o para no cortarle el cuello a nadie. Yo mismo estoy asombrado de haber sido capaz de leer nuevamente una novela fantástica (desde que con 14 años leyese a Tolkien y me prometiese entonces no leer a nadie más en su género, pues éste era insuperable). Sorprendido al mismo tiempo por leer una novela tan enrevesada y folletinesca (que en ocasiones me recordaba a Dumas), y porque a mí que siempre me ha gustado ir a contracorriente, al final he leído lo que parece que todo el mundo dice y aparenta haber leído, dejándome llevar por esa corriente, que todo lo arrastra, pero que en esta ocasión y sin que sirva de precedente ha merecido la pena. 

Me estoy refiriendo a la saga literaria de Canción de hielo y fuego, conocida en su versión cinematográfica como Juego de Tronos y escrita por George R. R. Martin, un escritor que posee ciertas similitudes con Tolkien y no sólo en el nombre (las R. R. del apellido), también en ciertos aspectos literarios. Puede que Tolkien haya encontrado por fin un digno sucesor... pero entre ambos existen muy notables diferencias.

George R. R. Martin
La valoración final tras la lectura de los libros escritos hasta ahora por Martin y el visionado de la versión para la pequeña pantalla, me ha llevado a imaginar la historia como un western, más en concreto como un spaghetti western. Y es que temprano su línea argumental rompe con el molde clásico de literatura fantástica (y no fantástica) cuando Martin decide que a Ned Stark, el hombre más decente de la historia hasta ese momento, hay que cortarle la cabeza. Como si Tolkien hubiese prescindido en sus primeros capítulos de Aragorn, Frodo o Gandalf, algo que por cierto sí hizo con Boromir. Y esa característica es propia de los spaghetti.

A partir de ahí se da a entender que cualquier acontecimiento puede suceder y que todo ser viviente es susceptible de ser asesinado de manera salvaje, cambiando el sino de la épica en la que los buenos siempre ganan y derrotan a los malvados, y con ahínco traza la lógica perfecta de un spaghetti western: sucio, bizarro, repleto de violencia y saña desmesurada (el que no conozca el subgénero que se siente a ver la incalificable Oro maldito), ausencia de ética ni moral alguna en donde los malos acaban venciendo y sólo al final se atisba que acaso algún «bueno» o «medianamente bueno» pueda ser el vencedor en esta enmarañada historia.

Tolkien es como John Ford: pulcro, decente, siempre señalando al valiente y ensalzando al héroe, pero al mismo tiempo encumbrando al antihéroe bondadoso y puro de espíritu (como Stoddard en El hombre que mató a Liberty Valance, o como Frodo, Bilbo, Sam... o por poner otro ejemplo, pureza necesaria que en la saga de Dragon Ball sólo se hallaba en Goku y era el único que podía navegar sobre la nube Kinto), empequeñeciendo al ruin, como también hacía Raoul Walsh (tuerto como Ford) o Howard Hawks. Mientras, Martin, sería al cambio un Corbucci, un Leone o bien un Castellari en donde la falta de escrúpulos es una seña de identidad del personaje principal. La obra del norteamericano, con su estilo folletinesco y enumerando linajes y casas, sus alianzas, traiciones, engaños y ambiciones, se asemeja a una suerte de House of Cards medieval.

El Muro
El final de este sin fin de crónicas (y secretos), vertebrado por un apasionante elenco de personajes e intrahistorias perfectamente trenzadas, parece incierto, aunque adivino que en ese empeño de abolir el género clásico de evidentes y bien diferenciados dualismos antagónicos de buenos-malos y héroes-antihéroes, el bastardo, el tullido y un enano (menos ducho en el manejo de las armas pero más perspicaz, agudo e inteligente que el Gimli de Tolkien, brillante y también ejemplo maquiavélico) tendrán la última palabra, sin olvidar la figura femenina que en esta novela río se adivina fundamental y pisoteará el género en el que a Tolkien se le ha criticado por su casi ausencia de personajes importantes femeninos, pues el papel de una mujer se aparenta determinante en el devenir y final de la saga de Martin.

Y volviendo al western, a buen seguro que la realidad del viejo oeste se asemejaría más a los sucios y violentos spaghetti de Corbucci o Leone que a aquellos idealizados filmes dirigidos por los Ford, Walsh o Mann... así como la Edad Media sería más parecida a la de Martin que a la del bueno de Tolkien.

Recuerden: un tullido, un bastardo o una mujer gobernarán los Siete Reinos, y me inclino por estos dos últimos... Bienaventurados los puros de espíritu, porque serán ellos quienes se sienten en el Trono de hierro, digo yo.  Una mujer... Una niña.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

LA ÚLTIMA PUERTA

El periodista y escritor Jeroen Brouwers, nacido en 1940 en Batavia (la India neerlandesa y actual Yakarta) publicó en 1983 un ensayo titulado De laatste deur. Over zelfmoord van schrijvers in het Nederlandstalige gebied (La última puerta. Sobre el suicidio de los escritores en lengua neerlandesa). En la exquisita obra –excelsa rareza sin parangón– Brouwers detalla los suicidios de escritores en lengua neerlandesa, desde Willem van Haren (1710–1768) que lo hizo envenenándose, hasta el flamenco Jan Emiel Daele (1942–1978) que le descerrajó cinco tiros a su mujer y la sexta bala la utilizó para quitarse él mismo la vida.

The Death of Chatterton (1856). Henry Wallis
En las más de quinientas páginas del ensayo, Brouwers traza, expone y desgrana todo cuanto puede decirse acerca del suicidio en la literatura en lengua neerlandesa, con diversos apartados en los que analiza el concepto, los términos (y eufemismos), la psiquiatría con respecto al escritor que se quita la vida, o la relación entre el suicidio y la Biblia, todo un tratado de enorme erudición salpicado de pequeñas biografías y detalles de literatos suicidas: Menno ter Braak (1902–1940), que se inyectó un sedante tras la invasión nazi de los Países Bajos; Frans Babylon (1924–1968), que se quitó la vida ahogándose diecisiete años después de que su hijo Leon también se ahogase fortuitamente; Jan Arends (1925–1974), que se arrojó desde una ventana de su casa, la quinta planta de un edificio; o el poeta y yonqui Jotie T'Hooft (1956–1977) que con veintiún años se quitó la vida con una sobredosis de cocaína (la temática de la poesía de éste último versa sin tapujos sobre la adicción a las drogas, la muerte y el suicidio) y escribió en uno de sus poemas:

El ser humano es una aguja,
buscando una vena. 

Qué duda cabe que el suicidio es la muerte más amarga y desagradable tanto para los familiares y allegados como para el propio suicida. Los factores que llevan a una persona a quitarse la vida son variados y según los especialistas evidentes: abuso de drogas o alcohol, deterioro del estatus social, trastornos de la personalidad, antecedentes familiares... En cierta ocasión leí un artículo en el que un grupo de psiquiatras exponían un estudio acerca de una población española en la que existía un altísimo número de suicidios que afectaba a familias enteras. El detalle que recuerdo bien es que aun siendo un lugar de cazadores y cada familia poseía una escopeta, todos se habían suicidado ahorcándose. Los psiquiatras establecen que todo suicida posee una serie de características como el ya citado abuso de drogas o alcohol, una conducta antisocial, un medio familiar conflictivo, alteración del sueño o una serie de enfermedades como la esquizofrenia, la depresión o el trastorno bipolar que pueden llevar a una persona a quitarse la vida... pero esto, aun siendo cierto y datos fiables, cada caso (en lo que respecta a los escritores) es todo un oscuro mundo. 

En el mundo de la música también ha habido casos de especial transcendencia, como el suicidio del líder de Nirvana Kurt Cobain (por disparo de escopeta) o Ian Curtis (Joy Division), epiléptico, adicto a diversos fármacos y con tendencias suicidas que terminó ahorcándose. Ambos músicos presentaban algunos de los factores suicidas. En Holanda, el músico, pintor y poeta Herman Brood (1946–2001) se arrojó desde la azotea del famoso Hilton Hotel de Ámsterdam (el de John Lennon y Yoko Ono). Brood reunía todos los requisitos habidos y por haber: consumidor de anfetaminas, abuso de alcohol, de speed (dos gramos por día), delirium tremens, depresión, epilepsia... pero fue un genio en todas las facetas que tocó.

Autorretrato. Herman Brood
La lista de escritores suicidas es inmensa, extensísima, y daría para varios tomos repletos de suculentos y a su vez tétricos detalles. Si el primer gran suicida de la historia de la literatura fue Séneca, el honor de ser el "primer moderno" racae en el joven poeta inglés Thomas Chatterton, que con diecisiete años se quitó la vida muy probablemente con una dosis de arsénico, si bien otras teorías apuntan a una sobredosis de opio. Al suicidio de Chatterton inmortalizado en la romántica pintura de Wallis, le siguieron eminentes y legendarios suicidas en una larga lista repleta de detalles escabrosos: Malcolm Lowry, el autor de la enigmática novela Bajo el volcán puso fin a su existencia mezclado alcohol (que siempre lo acompañó) y barbitúricos; Primo Levi nunca superó su estancia en Auschwitz, terminando con su vida al arrojarse por el hueco de las escaleras; Sylvia Plath, esposa del poeta inglés Ted Hughes, se quitó la vida asfixiándose con el gas de la estufa de su casa, si bien antes tuvo la precaución de aislar el dormitorio de sus hijos; el caso de Horacio Quiroga es uno de los más espeluznantes, ya que no sólo se suicidó él (bebiendo cianuro), también su padre se quitó la vida, su padrastro, su mujer y dos de sus hijos; Alejandra Pizarnik lo hizo tras ingerir cincuenta pastillas de seconal sódico (un barbitúrico); Georg Trakl, delicado poeta (y farmacéutico) se suicidó con una sobredosis de cocaína. Von Ficker, un amigo, afirmó de él sin reparo que era bebedor y drogadicto, si bien el hecho que pudo desencadenar su fatal fin pudo deberse al haber participado como médico en la I Guerra Mundial asistiendo sin medicinas a noventa heridos en estado grave; Virginia Woolf, diagnosticada con trastorno bipolar se arrojó al río Ouse tras ponerse el abrigo y llenar los bolsillos de piedras; David Foster Wallace, depresivo, abandonó la fenelzina (su antidepresivo) siguiendo los consejos de su médico, y en un nuevo brote de la depresión terminó ahorcándose... y la lista es interminable, y no cesará de engordarse. El que desee leer a poetas suicidas, todos bien recogiditos en un libro, puede deleitarse con uno antologado por José Luis Gallero que a mí me entusiasmo en su día: Antología de poetas suicidas (1770–1985).

Antología de poetas suicidas (1770–1985). Ed. José Luis Gallero
Existe una extraña atracción entre el escritor suicida y el lector –al menos en mi caso. Pensar en cómo alguien que es capaz de escribir páginas tan sublimes, un creador sin límites, llegado un momento ponen fin a su existencia; es una atracción similar a la que se desarrolla entre el escritor demente (pero lúcido en su arte compositivo), el maldito y aquel que recorre las páginas de una de sus obras. El ser humano es así de imprevisible y extraño... tanto, que es capaz de quitarse él mismo la vida. 

Agonizar es un arte, como todas las cosas importantes.
Sylvia Plath (1932–1963)   

No quiero ir nada más que hasta el fondo.
Alejandra Pizarnik (1936–1972)


domingo, 2 de noviembre de 2014

LA LEYENDA DEL INDOMABLE

En la figura de Dylan Thomas (Swansea, 27 de octubre de 1914 - NY, 6 de noviembre de 1953) confluyen todos los elementos necesarios para hablar de un poeta mítico: lírica sublime, dueño de una voz envolvente, y esta última no menos incisiva, ser acusado de arrastrar excesos (alcohólicos y borracheras legendarias) que bien pudo ser el motivo de su prematura muerte; todo ello sin ni tan siquiera haber alcanzado los cuarenta años de vida.

Para la nieta del poeta, Hannah Ellis, todo cuanto se ha hablado de su abuelo acerca de sus jaranas y la explotación del lado bohemio (puede que quisiera decir juerguista, tabernero, canalla nocturno) y sus fabulosas melopeas eran en muchos casos falsas o al menos exageradas; para ella, esto ha hecho que la enorme calidad literaria del poeta galés quede ensombrecida y ciertamente apocada, (yo disiento).


Nada de él ha quedado sepultado por el paso de los años, y ni mucho menos por la muerte: su herencia simbolista, el carácter elegíaco que encierra toda su obra, la oscuridad de sus versos, la perfección estilística y la innegable conexión con Eliot. Sus poemas tienen la particularidad de alcanzar mayor dimensión cuando son leídos en voz alta; acaso mejor escuchados. Se le acusa, los que no pueden imputarle nada, de ser excesivamente barroco y rimbombante. Para ellos, envidiosos, este ostentoso poema: 

Y la muerte no tendrá señorío.  
Desnudos los muertos, ellos serán uno 
con el hombre del viento y la luna del oeste;
cuando sus huesos descarnados limpios se dispersen,
astros tendrán por codo y pie;
aunque enloquezcan serán cuerdos, 
resucitarán aunque se hundan en el mar;  
aunque los amantes se pierdan quedará el amor;  
y la muerte no tendrá señorío.
(...)
 
Dylan Thomas llegó el 20 de octubre de 1953 a Nueva York, y lo hizo para morir, aunque la excusa fuese para tomar parte de un interminable tour de lecturas poéticas. Y de costa a costa, aún retumba su frase lapidaria —imposible más precisa— brotando de aquellos labios agonizantes, sus últimas palabras: "He bebido dieciocho vasos de whisky, creo que es todo un record".

Lo afirmado al comienzo en cuanto a los elementos necesarios para encasillar a un poeta en el marco de lo mítico, no significa que aquellos que carecen de alguna de ellas (en especial de las dos últimas), no puedan llegar al olimpo de los poetas excelsos. En España, la semilla Thomas germinó en los Valente y Gil de Biedma, curiosamente en los mismos que quedó plantada la raíz de T. S. Eliot.

Hace justamente una semana comenzó a celebrarse el centenario del nacimiento de Thomas, pero a los poetas, como a los santos (mucho tienen de sobrehumanos y celestiales) hay que celebrarlos en su muerte —salvo que estén vivos o como Nicanor Parra se llegue a los cien años—; es ese momento cuando cierran, como el galés, el círculo perfecto de la poesía encarcelada en toda una vida.

(...)
y leo, en una concha,
la muerte clara como campana de boya.
(...)

*Muertes y entradas. Dylan Thomas. Traducción Niall Binns y Vanesa Pérez-Sauquillo. Huerga y Fierro. Madrid, 2003.