martes, 5 de abril de 2016

ROGER WOLFE: ENTRE LA ESTEPA Y LO POLÍTICAMENTE INCORRECTO

He leído todos los géneros que ha cultivado Roger Wolfe a lo largo de sus treinta años de carrera literaria; he leído casi toda su obra, pero no es este hecho nada extraordinario, pues otros ya lo han hecho antes que yo. Ahora he terminado de leer el primer volumen de su autobiografía, titulado Luz en la arena y publicado en 2013 por la editorial ZUT. Para el que sólo conozca su afán poético, sus libros de ensayos, los innumerables relatos y demás escritos, o la brutal novela El sur es un sitio grande, le sorprenderá el tono y el intimismo del que hace uso en este primer tomo autobiográfico, hasta tal punto de creer que es un escritor diferente al de sus anteriores obras; o acaso esa dualidad que el angloespañol tan bien representa: en ocasiones es Dr. Jekyll, y en otras Mr. Hyde.

Luz en la arena es un libro delicioso en todos sus aspectos, rebosante de  anécdotas y nostalgias, de momentos evocadores hasta tal punto de llegar a ser dolorosos por el hecho de haber pasado ya sin la esperanza de que regresen, y las páginas se construyen con detalles y hermosas descripciones estructurándose de manera amena en breves capítulos independientes... es, en definitiva, un hermosísimo y delicioso testimonio.

Luz en la arena sigue la estela de otras obras del género que recuerda al primer tomo autobiográfico de Coetzee o a La lengua absuelta de Canetti, cuya finalidad es hurgar en el recuerdo y en los sentimientos de una época que ya no volverán para su autor, para describir una infancia que en la de Wolfe transcurrió entre dos culturas y lenguas (curiosamente como Canetti), desarrollándose de forma bella y entrañable con un tono nostálgico e intimista; y a su vez encuentro en Wolfe gran paralelismo en aquello que afirmaba Eliot con respecto a cuánto le debía al hecho de haber nacido americano pero haberse desarrollado en la Inglaterra que lo adoptó, puesto que nada –ni su vida ni su obra– serían igual sin esta determinante circunstancia, algo que también parece suceder con Roger Wolfe


Existen pocos escritores que cultiven un abanico tan amplio de géneros y lo hagan tan delicadamente bien (aunque la sutileza no sea en ocasiones la palabra precisa), con un sello propio, personal e inconfundible como el que esgrime Roger Wolfe en sus escritos. Es muy difícil, por no decir casi imposible, encontrar un autor no sólo en lengua española sino en ninguna otra, que ahonde con tanta maestría en las múltiples facetas de la literatura como el angloespañol: poesía, relato, traducción, ensayo (que él denomina «ensayo-ficción»), diario, novela... y hasta letrista para el músico Diego Vasallo o su colaboración con Rafa Berrio; es muy difícil; apostaría a que es casi imposible. Es por ello que ha sido calificado como «escritor total».


Roger Wolfe, considerado el impulsor del nuevo realismo poético español, es el más vigoroso y original creador de su generación y una de las voces más singulares y radicales del panorama nacional, heredero directo de T. S. Eliot, Raymond Chandler, Bukowski, Baudelaire, Céline, Rubén Darío o César Vallejo. Con un estilo rotundo y sin fisuras, Wolfe es un autor único e incomparable que se reinventa con cada una de sus obras, y allí en donde aparenta ser un lenguaje coloquial y sencillo, subaycen ríos de literatura, clásica y moderna, de nuestro idioma y de otros, catalizador y exponente de la tradición anglosajona como nadie lo ha hecho en nuestra lengua. Un lobo estepario que transita entre lo políticamente correcto y lo incorrecto; un lobo; un lobo solitario; un lobo, feroz.




viernes, 19 de febrero de 2016

MANDORLA; VALENTE

Sigo volviendo a Valente, tal y como me ocurre con otros poetas, y pienso en su trayectoria, en el misterio de su poética. Resulta extraño, pero ¿por qué Valente  tiene tan poco en común con su generación? El escritor gallego huyó literalmente de la Generación del 50 para buscar su propio nido, y el vuelo –el ave, que en su poesía es un elemento redundante– le llevó a nuevos derroteros: Lezama Lima, María Zambrano o Edmond Jabès. Valente fue un ave inquieta que se nutrió del arte, de la filosofía, del misticismo... buscando algo nuevo de manera totalmente consciente hasta poseer un estilo propio (que al fin y al cabo es lo que todo poeta ansía); puede que por eso huyese de esa primera etapa, pasando por otras y cargando siempre con esas esencias nuevas que encontraba en su nuevo destino y se llevaba al siguiente.
J.A. Valente. Fotografía: Manuel Falces
Bajo mi punto de vista en Valente se observan tres etapas poéticas: una iniciática junto a la Generación del 50, por simple contemporaneidad con aquellos poetas con los que convivió; una segunda época a mediados de los 60 en la que su poesía es eminentemente mística bajo la influencia de San Juan de la Cruz, Miguel de Molinos e Isaac Luria; y la última etapa –poética y vital– que coincide con su llegada a Almería en 1985 y se prolonga hasta su muerte.

La palabra desnudez es un concepto preciso para definir su poesía; es un verbo descarnado. Su palabra carece de revestimientos, y mucho menos de algún resquicio de falsedad; su palabra (en el sentido más amplio) es sólo hueso, roca... o desierto. Es en la última etapa de su vida cuando Valente se mimetiza con la naturaleza hostil que encontró en el sur, ausente de florituras ni rimbombancias: en Almería halló esa luz que buscaba desde el inicio, la luz prístina que recogía uno de sus primeros versos y casi al final de su existencia se hizo palpable. Aún hoy en día hay lectores e incluso poetas que lo catalogan de “radical” u “oscuro”, curiosamente él, que ansiosamente buscó la luz. 
http://www.rigamarolepress.com/sacred.html
En 1982 José Ángel Valente publicó un poemario cuyo título era Mandorla. La mandorla (palabra italiana) hace referencia al marco en forma de almendra que circunda algunos personajes sagrados, siendo utilizada en el arte románico y bizantino. Cuando el año pasado se abrió al público la que fuese su casa convertida ahora en museo, me hizo pensar en la mandorla, no sólo como lo que es, sino como una idea (cuasi filosófica) que entiendo que resume y enmarca toda su poesía, pero no como algo impenetrable sino permeable a otras disciplinas, autoexiliándose (haciendo uso del concepto luriano) para recoger otras esencias y regresar, como lo haría el ermitaño a su caracola. Mandorla en una doble dirección: pensamiento y materia; su poética y su casa.

Y resistió, solo, dentro de su poesía, con esa comunión entre el yo interior y lo exterior, la alianza entre la naturaleza (por muy despiadada que fuese) y el ser humano; en definitiva: el equilibrio entre lo espiritual y lo material. En Almería y su desierto contempló la verdadera imagen de su poesía, erigida como un axioma; como una verdad, casi como la verdad: mandorla.

Estás oscura en tu concavidad      
y en tu secreta sombra contenida,      
inscrita en ti.             
Acaricié tu sangre.      
Me entraste al fondo de tu noche ebrio      
de claridad.             
Mandorla.

viernes, 20 de noviembre de 2015

T. S. ELIOT EN ESTADO CRÍTICO

Es tan inconmensurable el rol que Thomas Stearns Eliot ha jugado en la poesía universal e incluso en la dramaturgia, que su excelsa pericia como crítico literario queda en muchos momentos sepultada y aniquilada hasta caer casi en el  olvido. Y esta amnesia a la que hago referencia queda refrendada en la dificultad de encontrar sus libros de crítica y ensayos en castellano, o bien porque jamás se han editado o por estar descatalogados desde hace años.

Si hace un tiempo me introduje con enorme regocijo en los ensayos de Eliot con La aventura sin fin, de la mano de Andreu Jaume con una edición soberbia (traducción de Juan Antonio Montiel), cayó en mis manos hace poco Sobre la poesía y los poetas (Editorial Sur, Buenos Aires, 1959), un libro fatigado, desgastado y amarillento, con olor a polvo y humedad, pero de una clarividencia más moderna y certera que aquella sobre la que nuestra consciencia como lectores y creadores se erige. T. S. Eliot fue uno de los autores adscritos al New Criticism, una corriente de la teoría literaria fundamental para entender la literatura del pasado siglo XX.

Para entender el New Criticism
Sobre la poesía y los poetas está estructurado en dos partes bien diferenciadas:  en la primera de ellas aparenta ser una especie de teoría de la poesía, mientras en la segunda detalla la vida y obra de creadores como Yeats, Virgilio, Shakespeare, Milton, Goethe... tocando otros aspectos como el verso libre. Debe explicarse que en La aventura sin fin aparecen muchos de estos ensayos, pues éste es algo así como una suerte de antología crítica y ensayística de Eliot que buena falta hacía en lengua española.

Si existiera –o quizá ya existe– una carrera universitaria que en exclusividad versase sobre la poesía, a buen seguro que los ensayos y críticas de Eliot con piezas como «¿Qué es un clásico?», «La función social de la poesía» o «Las fronteras de la crítica», supondrían la base sobre la que se asentaría el estudio de la poesía occidental, de tal forma que las palabras que lo componen son una verdad axiomática o un dogma inquebrantable. Eliot fue y aún lo sigue siendo una autoridad en la literatura anglosajona que de paso le llevó a revisar toda la literatura occidental mediante una labor pedagógica y  didáctica en la que trató de determinar los límites y problemas de la poesía, cambiar los hábitos de lectura poética, definir conceptos y en definitiva limpiar la broza del grano allanando la labor de los futuros lectores y críticos literarios.

Eliot en el año 1926 a las puertas de la editorial Faber a la que entró a trabajar un año antes
No es esta la primera ni será la última ocasión en la que irremediablemente mi camino me lleve hasta Eliot, el mejor y más influyente poeta del siglo XX y uno de los más grandes de todos los tiempos, heredero de los Dante, Blake, Milton, que a su vez llevó a cabo una labor crítica brillante y exhaustiva cuyas ideas aún siguen y seguirán siendo vigentes para las futuras generaciones.

Mientras tanto, en estos días y lejos aún del mes de abril –el más cruel de todos–, volveré a mi encuentro anual (que empieza a ser semestral) con La tierra baldía, en esta ocasión con la versión de José María Álvarez*, dos autores nacidos desde la misma poética y naturalmente emparentados, si bien en mi opinión Álvarez es ligeramente más poundiano que eliotiano.

*Traducción que apareció en primer lugar en 1987 en la Revista Barcarola, y posteriormente en Renacimiento. Revista de Literatura (en 2008).

jueves, 29 de octubre de 2015

PANÓPTICA PRIMERA (CU4TRO PANÓPITICOS). LA GALLA CIENCIA

Acaba de ver la luz otoñal el número cuatro de la revista de poesía La Galla Ciencia. Cuando ciertos gurús y falsos profetas presagiaban un oscuro futuro para el papel encuadernado, cinco intrépidos visionarios (Joaquín Baños, Vanessa Castaño, Noelia Illán, Samuel Jara y Daniel J. Rodríguez) se pusieron manos a la obra para contradecir a los repugnantes agoreros. Y no era sencillo resucitar el amor por la revista literaria y menos aún de poesía en un mundo engullido por lo digital: tan vulgar, rastrero; tan predecible.

A mí siempre me han fascinado las revistas literarias (y de esa fascinación surgió un humilde fanzine: Ravenswood Magazine), y en especial las de poesía, con sus textos vírgenes, nunca antes leídos por nadie, páginas rebosantes de poemas extraños, surgidos de lugares recónditos, en situaciones inverosímiles, hasta versos con formas imposibles, caligramas, construcciones vanguardistas como los de Joan Brossa en la revista Dau al Set. Hace décadas los poetas difundían en las revistas literarias parte de su obra, como un anticipo a un libro futuro, si bien incluso la publicación de la monografía resultaba secundaria o no se producía hasta mucho más tarde; para el bibliófilo, la edición en una revista de un poeta famoso puede ser hasta más valiosa que el propio libro.

Recuerdo en este momento al poeta Hugo Claus publicando en esa famosa revista de poesía vanguardista Tijd en Mens; o a Slauerhoff, que publicó en revistas no sólo poemas, también hizo lo propio con su opera prima: El reino prohibido, que vio la luz en diez entregas en la revista Forum antes de aparecer en forma de libro en noviembre de 1932; o como no, The Criterion, la legendaria revista fundada y editada por T.S. Eliot y en donde por vez primera La tierra baldía sorprendió al mundo. En España, La Revista de Occidente, fundada por Ortega y Gasset es toda una institución que aún sigue apareciendo mensualmente, al igual que El ciervo, aunque ninguna de éstas esté especializada en poesía.

The Criterion, nº 1(1922), en donde aparece por vez primera La tierra baldía.
La Galla Ciencia inició su andadura en febrero de 2014 con una periodicidad semestral. Ya desde su primer número contó con el importante apoyo de poetas y escritores (que no institucional, ¡faltaría más!), como por ejemplo el tristemente fallecido Paco Miranda Terrer (al que se le dedica este número cuatro), o nada menos que su eminencia José María Álvarez, Prince des Poètes. Y en esos primeros números ya admiré y disfruté con delectación las páginas de esta revista de nombre equívoco, sin llegar a pensar que yo mismo formaría parte de ésta en un futuro no tan lejano.

Si en su número DOS (octubre 2014) incluían el poemario El amor y media vuelta de Roger Wolfe, en el TRES (marzo 2015) recogían más de un centenar de poetas sudamericanos bajo el título La Nación generosa: 111 rutas al otro lado de mar, una tarea titánica que contó con las ilustraciones de Daniel Bilac, pues es marca de la casa el cuidado tanto del contenido como de la estética. Era harto difícil, pero la revista ha sido capaz –nuevamente– de renovarse aun inmersa en una originalidad, innovación y modernismo imposible de superar para transformar el CUATRO en un número doble: por un lado Limpios de carcaúba, ingeniosa idea en la que poetas vivos traducen a poetas vivos (salvo un par de salvedades); y por otro lado Panóptica primera, una antología de cuatro nuevos poetas.

Llama la atención de manera poderosa los singulares y sugerentes títulos que vertebran este último número. Aclarando el término, panóptico (dicho de un edificio) es la edificación construida de modo que toda su parte interior se pueda ver desde un solo punto, y que según Joaquín Baños –uno de los alquimistas de la revista– «hace referencia a esa visión multicardinal que tenemos de la poesía y de los cuatro autores jóvenes que conforman esa parte».

Panóptica Primera. Octubre 2015
Al leer los textos de los cuatro panópticos (si se me permite acuñar esta acepción) que formamos esta parte, uno percibe que no existe un estilo claramente común ni vínculo estético entre los cuatro, algo que también puede extenderse a las fuentes en las que nos basamos y poetas que nos influyen a la hora de componer: completamente dispares entre sí; en definitiva, cuatro voces muy distintas pero que poseen la particularidad de eclosionar en un momento y tiempo concreto y bajo mi punto de vista diferencias que enriquecen esta antología.

Para los amantes de la numerología, el cuatro (el 4, o el CU4TRO), es mucho más que un simple número; para los pitagóricos el cuatro era un símbolo esotérico que representaba los cuatro elementos (tierra, aire, fuego, agua); en la tradición cristiana su significado es múltiple (como ejemplo los cuatro evangelios); o el nombre de Dios, que en todas las grandes religiones está compuesto por cuatro letras. 

Según la línea editorial, los cuatro poetas panópticos (Valeria Canelas, María M. Bautista, Pablo Velasco Baleriola, y el que suscribe estas palabras) presentan una poesía renovada y/o novedosa (aunque es difícil extirpar la «novedad» en poesía) ejemplificada en una serie de textos (inéditos). El cuatro aparenta ser un simple número al azar, pero al final resulta ser mucho más que eso, encerrando un intento de equilibrio de estilos dispares y diversos, procedentes de diferentes partes de España e incluso de Sudamérica (Valeria Canelas) y confluyendo en una armonía de géneros (en todos los aspectos): dos hombres-dos mujeres. El mayor de los cuatro soy yo, Pablo Velasco el menor, y entre ambos Valeria Canelas y María M. Bautista, con un aspecto común entre todos como es el de dar a conocer nuestra poesía y obra desde una época reciente: dos o tres años a lo sumo; en mi caso concreto desde octubre de 2013. Cada uno cumple un rol sin saberlo, y al leer los textos como un todo indivisible, es cuando se descubre el aspecto diferenciador pero paradójicamante también aquello que desde esa diferencia nos une.


Mi sección, titulada El hierro de la lengua marchita está compuesta de tres partes. La primera responde a un poemario que será editado en los primeros meses de 2016 y fue escrito en 2013 durante un viaje a Grecia, principalmente a la grandiosa e inconmensurable Atenas, y a Halkida (la antigua Chalkís), en la isla de Eubea y alrededores, lo que a la postre no fue sólo un viaje físico, sino un viaje interior, espiritual y sobre todo poético que dio como resultado la gestación y alumbramiento de un cuaderno de bitácora en forma de poemario. La segunda parte presenta versos de un nuevo poemario (aún inconcluso pero muy avanzado), que comencé a escribir en 2014 y sigue la estela de los poemas que forman la primera parte, pero alejándose de éstos de forma paulatina conforme el tiempo de composición avanza. La tercera y última parte, titulada Más vale cien pájaros en mano, que buitre volando (Filosofía personal de un mundo ordinario) pertenece a mi cuaderno personal de apuntes de donde brotan muchos escritos y poemas futuros, una suerte de anotaciones, aforismos, pensamientos, poemas huérfanos de poemario, reflexiones, apuntes literarios, versos sueltos... que para mí son esenciales para escribir.
Convocatoria (osada) para su presentación en Madrid.
Y esta es La Galla Ciencia: una publicación tan hermosa como atrevida y rompedora, con un punto de necesario clasicismo pero hipermodernista y singular, sin analogía posible no en España, me atrevo a decir que fuera de nuestras fronteras. Nació para aglutinar todas las tendencias y voces poéticas sin exclusión; una publicación que si no lo es ya, se convertirá en breve en una revista mítica. Que siga, por muchos años, que siga cacareando. 

viernes, 25 de septiembre de 2015

RIMBAUD, EL POETA QUE CAMBIÓ LA POESÍA

A Arthur Rimbaud, a sus cuatro hermanos y a su madre los abandonó su padre, capitán de infantería, cuando el ya poeta contaba con seis años, y afirmo “ya poeta” pues con esa edad  compuso sus primeros versos. Su vida fue una huida constante, una frenética fuga repleta de romántico salvajismo.

 Arthur Rimbaud (1854-1891)

Su trayectoria poética fue casi tan corta como su vida, si bien sus escritos y su leyenda se agigantan hasta tal punto de ser una referencia sublime y un mito entre los poetas. Rimbaud encarna a la perfección el poète maudit más rotundo: pendenciero, consumidor de todo tipo de drogas y sustancias entre las que destaca el opio y el hachís, adorador y borracho de absenta, rebelde, crápula, faltón y macarra, precursor del absentismo escolar, y como no, recordar su escandalosa relación homosexual con otro maldito: Paul Verlaine, que abandonó a su mujer e hijo pequeño para en septiembre de 1872 huir a Londres con el imberbe poeta, que no contaba entonces ni con dieciocho años. El envío de El barco ebrio tuvo la culpa (o no) de que se conociesen. 
 
(...) Iba, sin preocuparme de carga y de equipaje, 
con mi trigo de Flandes y mi algodón inglés.
Cuando al morir mis guías, se acabó el alboroto: 
los Ríos me han llevado, libre, adonde quería.  

En el vaivén ruidoso de la marea airada, 
el invierno pasado, sordo, como los niños, 
corrí. Y las Penínsulas, al largar sus amarras, 
no conocieron nunca zafarrancho mayor. (...)

EL BARCO EBRIO


Entre las muchas anécdotas que sufrieron, se dice que la pareja malvivió en la capital inglesa sobreviviendo gracias al dinero de la madre de Verlaine, puesto que las clases particulares de francés que impartían no daba para mucho, y en esa vida miserable, Rimbaud se las ingenió para pasar los días en las cálidas y acogedoras salas del Museo Británico alejado del frío y humedad del Támesis. La relación acabó, y Verlaine regresó a Bruselas con la esperanza de que su mujer lo perdonase. Rimbaud apareció y aquello acabó como el Rosario de la Aurora: Verlaine borracho disparó en la mano de su antiguo amante. Debemos agradecer a aquella relación que Rimbaud compusiese Una temporada en el infierno, una obra maestra del Simbolismo. El amor ente ambos parece que no se terminó ahí, y años después volvieron a verse en Alemania recordando los buenos tiempos de Londres.

De mis antepasados galos, tengo los ojos azul pálido, el cerebro pobre y la torpeza en la lucha. Me parece que mi vestimenta es tan bárbara como la de ellos. Pero yo no me unto de grasa la cabellera. 
Los galos fueron los desolladores de animales, los quemadores de hierbas más ineptos de su época. Les debo: la idolatría y la afición al sacrilegio; ¡oh! todos los vicios, cólera, lujuria, la lujuria, magnífica; sobre todo, mentira y pereza.

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO


Abandonada la poesía, su huida le llevó a nuevos países: Java, Chipre, Yemen... y diversas profesiones: profesor, soldado, agente de una compañía, contrabandista... De una supuesta artritis en su rodilla derecha pasó a una sinovitis y más tarde a un carcinoma que terminó con la pierna amputada. El 10 de noviembre de 1891, murió en Marsella (Francia) a los 37 años.

(...) ¡Hueste extraña de gritos justicieros 
el cierzo se ha metido en vuestros nidos! 
A orilla de los ríos amarillos, 
por la senda de los viejos calvarios, 
y en el fondo del hoyo y de la fosa, 
dispersaos, uníos. (...)

LOS CUERVOS


Vidas al límite (1995), dirigida por Agnieszka Holland

No es un milagro lo que marca la trayectoria literaria de Arthur Rimbaud, que ya a los seis o siete años escribía prosa y a los diez auténticos poemas, abandonand antes de los diecinueve años su vida literaria. No, no es un milagro que hoy se le recuerde, porque en literatura no existen lo antinatural: Rimbaud poseía un talento fuera de lo común, que no necesitó de más tiempo para demostrar su valía. Era maldito: así nació, así vivó, y murió así. Merci maudit! 

viernes, 31 de julio de 2015

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ: EL ÚLTIMO EXÉGETA DE LA ILÍADA

Con todo lo que llevo escrito 
se verá que yo soy partidario 
del caviar con un gran vino.

NÉSTOR LUJÁN


Sus ojos reflejan el mar azul puro y endurecido de las olas que surcó Ulises; su pluma interpreta con precisión los regueros de sangre y muerte de la Grecia antigua, pero también el mundo moderno y decadente, y como no, el placentero. A José María Álvarez (Cartagena, 1942) resulta casi imposible compararlo con otros poetas, ni con los vivos ni con aquellos que ya alimentan las malvas de los camposantos, titánica tarea la de disociar al Poeta y su Poesía, un todo granítico, denso, inseparable e incorrupto.

José María Álvarez (1942)
De un dilatadísimo recorrido como constructor de versos y traductor (siempre digo, parafraseando a Blondie "el bueno", que el mundo se divide en dos: los que escriben Constantino Cavafis, y los que lo escriben Konstantino Kavafis; y yo soy de los últimos, por Álvarez), viajero, maudit y residente en múltiples ciudades, sus trabajos aguijonean con saña al lector, que acaba por hipnotizarlo y seducirlo.

Pensad en Troya. 
                                      La historia es 
conocida: El viento 
de la destrucción arrasando 
sus murallas, el hierro griego que traspasa 
la carne de sus hijos, la peste de la muerte, 
los alaridos bestiales de Casandra. 
(...)

LA BELLEZA DE HELENA


En el poeta de Cartagena (y también de Venecia, Roma, París, Estambul...), los poetas de otrora enarbolan su voz, como brotando de las entrañas de un experimentado ventrílocuo: Eliot, Pound (un poco más de éste que del anterior), Kavafis, Homero, Stevenson, Baudelaire... mas con tesituras diferentes, únicas, rasgando la hoja sobre la que se asienta el poema, ardiendo y crepitando, pero a la vez con una poética singular y sin el más leve atisbo de comparación. Otros trovadores conviven en él, y el cine, el humo del tabaco, y Mozart, Lester Young, y el jazz que se paladea a altas horas de la madrugada, cuando el whisky queda aguado en un vaso ya sin fondo.

Inusual en la poesía en lengua española, Álvarez es fiel heredero del modernismo anglosajón, adalid de la vanguardia patria y rupturista con la tradicional estética de la forma (con él perdí mi complejo a creer que yo mismo incluía demasiadas citas en la introducción de mis poemas; fue un alivio) y el lenguaje.

(...)
Y la ciudad olvidó. 
Así pasarán éstos que ahora asolan 
sus piedras, y pasarán sus hijos, 
y nosotros que contra ellos 
nos levantamos. Los mismos pájaros limpiarán todos los huesos. 
Y la ciudad olvidará.

INVASIÓN DE LOS BÁRBAROS


Hay libros que se compran y se olvidan sin ni tan siquiera ser leídos, porque es necesario poseerlos; otros, se leen pero también se les abandona en una orilla, y mueren en la languidez de la vida de su propietario; y existe otra especie –poemarios en este caso– que se leen y releen con pasión y sus versos muestran en cada ocasión nuevos mundos y matices, algo que ocurre con Museo de cera (1970, 1974, 1978, 1984, 1990, 1993 y 2002), un poemario tan bíblico como homérico (así lo definiría –seguro– Michaeleen Oge Flynn), gigantesco y salvaje, crepuscular (en el concepto de Sam Peckinpah), camaleónico, épico e inmortal, que crece y crece hasta dar la sensación de que sus versos y páginas terminarán por engullir al lector, un híbrido entre el Ulises de Joyce y el Moby Dick de Melville: ¡monstruoso! (y no sólo por su vastedad): de leyenda.
 
(...) Baluartes 
con carne herida que el sol pudre. 
Olor de sangre. Polvo 
amasado con sangre. Huesos sin tumba. (...)

JORGE MANRIQUE (O DOCTRINAL DE LOS CABALLEROS)


Es altamente recomendable que en cada ocasión que uno zarpe lejos, a más de doscientos kilómetros fuera del hogar, eche Museo de cera en la maleta; un poemario como guía de viaje en donde se podrá hallar todas las soluciones a los problemas que nuestra odisea particular nos pondrá en el camino, sobre todo si se cruza el mar, o es nuestro destino final.


Acostumbro en la tarde a pasear 
cerca de las naves llegadas al puerto. 
Contemplo el mar, los pájaros. 
Estoy envejeciendo. 
Olvidadme.
(...)

ELEGÍA

jueves, 16 de julio de 2015

HAY UNA LUZ REMOTA. POEMAS PARA VALENTE, QUINCE AÑOS DESPUÉS

El próximo dieciocho de julio se cumplen quince años de la muerte del poeta José Ángel Valente, sin que en todo este largo tiempo –puede que un ciclo corto en términos literarios–, su hueco haya podido ser cubierto por nadie, sino todo lo contrario: el abismo crece, y crece sin fin ni remedio.

Valente en su casa de Almería © El País
En la vida de Valente, varias fueron las ciudades que marcaron su devenir personal y literario, alumbrando de manera radical su obra, pero sin duda alguna que fue la última de ellas la que se erige como fuente y esencia de la parte final y clave de sus escritos: Almería.

Aunque se le encasilla –más por un aspecto cronológico que estético-literario– en la "Generación del 50" (Barral, los hermanos Goytisolo, Gamoneda, Gil de Biedma o Caballero Bonald), pronto se aleja de ésta para trazar su propio y personal camino, haciendo un viaje interior ya sin retorno, en una búsqueda de la esencia mística de varias culturas: la cábala, el sincretismo místico y por supuesto el misticismo cristiano con el rescate de autores como San Juan de la Cruz y Miguel de Molinos.  

Fue en 1985, aconsejado por Juan Goytisolo y en la necesidad de un clima más benévolo para su salud, cuando se instala hasta su muerte en Almería, si bien su deceso se produciría en Ginebra. Es en esa tierra desértica en donde conceptos tan valentinianos como luz, pájaro, mar, fuego, desierto, vacío... toman apariencia física y a la vez espiritual. Fue ésa, su última etapa, la que asienta la poética del escritor gallego, dando a luz los transcendentales poemarios Al dios del lugar (1989), Treinta y siete fragmentos (1989), No amanece el cantor (1992) –en cuyas páginas, de un profundo carácter elegíaco, su hijo muerto es evocado de forma amarga y sin consuelo–; y finalmente, el póstumo Fragmentos de un libro futuro (2000).

Cuando hace unos meses preparábamos nuestro magazine literario, tomó forma la idea de editar un especial sobre Valente coincidiendo con el 15º aniversario de su muerte, en el que se evidenciaría su relación con Almería, con sus ásperos paisajes, cabos y desiertos... mediante poemas, fotografías, artículos y dibujos... pero transcurridas unas semanas y dada la cantidad de poemas personales que yo poseía en los que citaba de manera directa o indirecta al poeta, se decidió editar la plaquette Hay una luz remota. Poemas en torno a José Ángel Valente.


  

Beber tu sed,                    
                       ansioso,     
engullir famélico     
tu lengua y despojos,     
como mar que erosiona     
el aliento de la    
roca:     
y el naufragio estrepitoso                   
                                         del sueño. 

***

Como colofón, hace unos meses tuvo lugar la ansiada apertura de su mítica casa, convertida en museo, un lugar en donde da la sensación de sentir aún la presencia del poeta gallego, que ha decidido quedarse para siempre allí. La luz no basta... o puede que sí.

sábado, 2 de mayo de 2015

CHARLES SIMIC O EL TRIUNFO DE LA COTIDIANEIDAD POÉTICA

Entre las infinitas características y bondades que nos regala la poesía, una de ellas es la de conseguir que algo cotidiano, ordinario y hasta vulgar, se transforme gracias a la concatenación de unos versos bien trenzados en algo completamente sugerente y evocador.

Simic picando poemas (www.nyu.edu)
Sólo así se entiende la poesía del norteamericano Charles Simic (1938) —de origen serbio y testigo de la Yugoslavia atroz de la II Guerra Mundial—, como una herramienta capaz de hablar de un vaso de leche, de una carnicería, de una simple casa u hostal, de una mosca o de un paisaje intrascendente y mantener la atención del lector y de paso crear una insólita expectación. He leído en algún lugar que éste es "el poeta del pueblo", un título desacertado y vulgar para la realidad de este creador y aguzado crítico literario, pues que su temática no ahonde en los temas clásicos (pedantes, tediosos, manidos) de la poesía y sus versos aparenten poder ser escritos por cualquiera, su poética destila más intelectualidad que aquélla que muchos tratan de exteriorizar con forzado ahínco. 


Cínico e irónico pero no cómico, pues no hay atisbo de humor en sus composiciones, Simic deja en el cajón los adornos y se centra en construir una poesía en apariencia siniestra y ominosa, y sus temas se centran en situaciones u objetos insignificantes, en la figura de la mujer (pues las mujeres, tanto familiares como en el plano afectivo han sido sus sempiternas acompañantes), el jazz, la nieve, un padre peculiar... y Simic se introduce furtivamente en los hogares de una familia media norteamericana para retratar una escena aburrida y ordinaria, o sus poemas se transforman en un lienzo de Grant Wood o Edward Hopper; parece que estoy observando al poeta flirteando y diciéndole a la chica de al lado lo caliente que está la cerveza esa noche... La poesía es un artefacto que puede cambiar el mundo; la de Simic el concepto (erróneo) de lo cotidiano.

Edward Hopper. Aves nocturnas (1942)
Esto es lo que vi: nieve vieja en el suelo, 
tres mirlos acicalándose, 
y mi vecina que salió en camisa de dormir 
a tender en la cuerda las camisas de su marido.  

El viento matutino hacía difícil engancharlas, 
levantó el vestido tan por encima de sus rodillas 
que tuvo que dejar de hacer lo que estaba haciendo 
y dio una buena carcajada mientras se cubría. 

PRIMAVERA - Charles Simic (Hotel Insomnia, 1992)