martes, 13 de enero de 2026

«PORQUE HOY LLEGARÁN LOS BÁRBAROS»

Porque hoy llegarán los bárbaros toma su título de un verso del poema «Esperando a los bárbaros», del poeta griego K. Kaváfis, y con esta declaración de intenciones el poemario aborda de manera general la confrontación con lo desconocido, la inquietud, la duda y la tensa espera de algo, que no se sabe bien qué es, o que será. 

El poemario fluctúa entre el clasicismo, el culturalismo y la cultura pop, presentando un estilo marcado por la influencia de poetas románticos ingleses como S. T. Coleridge, William Wordsworth, Lord Byron o John Keats, cuya pasión por la belleza y lo trascendente resuena en sus versos, así como por lo metafórico e irracional de los simbolistas y malditos franceses Charles Baudelaire, Gérard de Nerval y Arthur Rimbaud, que impregnan los poemas de una atmósfera de misterio y ambigüedad; en muchos pasajes se refleja, al mismo tiempo, la visión dual y conflictiva del mundo formulada por William Blake.

Se aprecia asimismo una evidente fijación por la muerte y el vampirismo, elementos recurrentes en la poesía de Antonio Cruz —acaso como expresión del deseo de trascender los límites de la existencia—, y de una revisión constante de escritores góticos y decadentistas, con un claro énfasis en lo macabro. En este contexto aparecen referencias líricas a Joy Division, Nick Cave, The Doors o Ilegales, y al cine, junto a evocaciones de poetas como Martínez Mesanza, Luis Alberto de Cuenca o Roger Wolfe, sin olvidar a los autores de lengua neerlandesa, cuya literatura Antonio Cruz conoce en profundidad gracias a su labor como traductor.

A través de sus poemas el autor expresa un profundo temor ante la decadencia de la cultura occidental, percibida como un colapso de valores espirituales y éticos, con un tono nostálgico y a la vez profético en el que no falta el recuerdo de las ausencias y la exaltación del amor, incluso desde un punto de vista teológico. 

El poemario, por tanto, aboga por un regreso moral a las raíces fundacionales de Roma, Atenas y la tradición judeocristiana, invocando sus legados de orden, sabiduría y trascendencia como faros de una humanidad al borde del abismo. 

Entre lamentos por un mundo que se desvanece y destellos de esperanza por su redención, Porque hoy llegarán los bárbaros es un canto crudo a la resistencia del espíritu humano frente a la fragilidad social y la caída inminente —o así se desprende de sus poemas— de la civilización occidental en la que cada uno de nosotros es testigo y nada puede hacer por salvarla, ¿o puede que sí?

EDITORIAL CELESTA


Editorial: Editorial Celesta
Páginas: 82 
Fecha de edición: Enero 2026


viernes, 26 de diciembre de 2025

EL SÍNDROME SCROOGE

Lo confieso: sufro del síndrome de Scrooge (que creo que no existe, o al menos no desde el punto de vista médico), y no siento ni un atisbo de remordimiento. Probablemente en la literatura no haya una obra que represente mejor esta época que Cuento de Navidad, la preciosa novela escrita por Charles Dickens en 1843 y, que a buen seguro, todos han leído y no es necesario que hable aquí mucho más de ella.


El protagonista principal de la citada novela es Ebenezer Scrooge, un viejo cascarrabias de corazón duro que detesta a los niños y también la Navidad, y es en este último apartado en el que me veo reflejado, y no porque yo odie la Navidad, pero sí por aquello en lo que se ha convertido y todo cuanto se ha quedado en el camino. 


El único sentido de la Navidad es el de celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, y el resto no son sino meros gestos vacíos y superficiales, y es que todo da comienzo con las comidas de trabajo, las de compromiso, la imbecilidad de eso que llaman «el amigo invisible», enfundarse el jersey hortera con motivos navideños, las compras compulsivas y un consumismo irrefrenable, la casi obligación de unos alimentos o comidas preestablecidas y su obsceno desperdicio, la patética sobrecarga de los adornos de las casas, recibir el copia y pega del mismo mensaje de felicitación, el intercambio de besos con el cambio de año («¡pero si llevamos juntos toda la cena!»), familias manifiestamente ateas que celebran por todo lo alto el día de Reyes, los regalos de Papá Noel que ya reciben los niños incluso dentro del vientre de sus madres, cuando ese patético gordinflón barbudo es pura mercadotecnia y no es otro que un vulgar trasunto de Sinterklaas (San Nicolás de Bari), tradición que los holandeses importaron a Norteamérica y realmente se celebra el 6 de diciembre. Para colmo, leo con estupor que en aquello que alguna vez fue Europa se debate eliminar el día de Reyes del calendario escolar y el presidente de nuestro gobierno no está haciendo nada por impedirlo, e incluso parece promoverlo; suerte que países como Irlanda, Portugal o Italia a buen seguro darán la batalla para que no se consume otro nuevo ataque contra los países católicos. La Unión Europea se creó originalmente para cerrar las heridas de dos devastadoras guerras y posteriormente para la fluidez del comercio y el libre tránsito de sus ciudadanos. Ahora la UE no es sino un enorme burdel de cínicos burócratas que desde sus poltronas pretenden controlarnos con sadismo al estilo de la pesadilla que Orwell describió en su novela 1984.

La Navidad se resume en regidores que compiten por convertir a su ciudad en aquella con el encendido navideño más prematuro y con un mayor derroche de bombillitas (y otros lo contrario, para «no herir sensibilidades»); un presidente del gobierno que omite la palabra Navidad (y sí felicita con cariño las festividades musulmanas); quienes hablan de fiestas de invierno, las saturnales o el Sol Invictus, o jerarcas eclesiásticos que comenten la torpeza —cargada de enormes dosis de complejo— de comparar la grave crisis migratoria con el nacimiento de Cristo. «Et tu, Brute?». Ni Jesús ni su familia fueron refugiados ni inmigrantes ni nada que se le pareciese: Jesús nació en Belén porque José y María viajaron de Nazaret a Belén con el fin de inscribirse en dicha ciudad, ya que el emperador Augusto decretó que cada ciudadano lo hiciese en su ciudad ancestral, y José era descendiente directo de la Casa de David, radicada en Belén. Jesús pertenecía a una familia de clase media en la que José era carpintero, un artesano cualificado que conocía bien la Torah, algo no tan común en aquellos tiempos. Y Jesús nació en un pesebre porque no había lugar para ellos en ninguna posada.

Aprovechando el periodo navideño y tras la resolución judicial en la que se instaba al desalojo de un edificio ocupado por 400 inmigrantes en situación irregular, muchos de ellos con graves antecedentes penales —gracias a una diabólica política migratoria lesiva contra los propios inmigrantes—, representantes de la izquierda han tirado de los Evangelios haciendo uso de su típica manipulación torticera para justificar y alentar una inmigración sin control, ideologizando y banalizando a su antojo los pasajes y pervirtiendo su verdadera esencia teológica, una izquierda que en nuestro país ha perseguido históricamente al creyente cristiano y se encarga, literalmente, de derribar cruces a diestro y muy siniestro. 


Robert Sarah, el teólogo y cardenal guineano, y una de las voces más desacomplejadas y firmes contra el socialismo y el progresismo en general, afirma en su libro Se hace tarde y anochece que «en la raíz de la quiebra de Occidente hay una crisis cultural e identitaria. Occidente ya no sabe quién es, porque ya no sabe ni quiere saber qué lo ha configurado, qué lo ha constituido tal y como ha sido y tal y como es. Hoy muchos países ignoran su historia. Esta autoasfixia conduce de forma natural a una decadencia que abre el camino a nuevas civilizaciones bárbaras».

Sería sencillo, para defender el sentido real de la Navidad, recurrir a intelectuales como los filósofos Julián Marías o Roger Scruton, a los poetas Julio Martínez Mesanza, Luis Alberto de Cuenca o Valentí Puig, o a escritores como C. S. Lewis, Enrique García-Máiquez o Tolkien. Para el gran escritor y periodista británico G. K. Chesterton «cuando se deja de creer en Dios, pronto se cree en cualquier cosa», y eso es lo que exactamente le ha ocurrido a la Navidad, mientras sentimos el aliento amenazante del islam radicalizado y campando a sus anchas en la vieja Europa.


Pero se puede ser ateo y defender la importancia del cristianismo. Valga como ejemplo la periodista italiana Oriana Fallaci, que se definía como una «atea cristiana» y valoraba las raíces culturales y los fundamentos judeocristianos de Occidente, en contraste con la agresividad del islam. Fallaci contemplaba en la cultura cristiana el alma esencial de Europa, puesta en peligro por una guerra silenciosa promovida por el islam que intenta socavar y atacar nuestra identidad. Extraigo de su libro La fuerza de la razón esta reflexión: 

«La izquierda y la derecha son los culpables de la situación, ya que permiten la inmigración ilegal y las regulaciones masivas, facilitando la llegada de personas que no sólo no quieren integrarse, sino que tienen como objetivo la instauración de su cultura en nuestro continente. Una cultura que suponen superior a la nuestra y que debe acabar prevaleciendo. Intimidados como están por el miedo de ir a contracorriente o parecer racistas (palabra inapropiada porque como resultará claro el discurso no es sobre una raza, es sobre una religión), no entienden o no quieren entender que aquí está ocurriendo una Cruzada al revés. Acostumbrados como están al doble juego, cegados como están por la miopía, no entienden o no quieren entender que nos han declarado una guerra de religión.»

Y de aquellos barros, estos lodos. Que cada cuál crea en lo que le apetezca, incluso considerarse agnóstico o ateo, pero el simple —en apariencia— nacimiento de un niño supuso la transformación de un mundo que va más allá del hecho religioso y que revolucionó todo desde cualquier punto de vista: filosófico, social, histórico, cultural y evidentemente teológico, le duela a quien le duela, porque el cristianismo sirvió para domesticar el mundo y nuestro continente es cristiano. Ahora toca luchar por una refundación plena de Europa, por entrar de lleno en la batalla cultural para revertir la grave situación, volver a los clásicos, a Atenas, Roma y Jerusalén, y regresar a los valores que fundaron Occidente, y ello nos remite al cristianismo. Europa, y lo que significó, me preocupa; Europa arde y me duele; Europa se muere. 


En resumidas cuentas: no llego a ser como Bill Murray en Los fantasmas atacan al jefe, pero mientras tanto, en estos días, me protejo convirtiéndome en Scrooge, y toda la Navidad la paso diciendo, a modo de mantra: «¡Paparruchas, paparruchas!». Y también, faltaría más: ¡Feliz Navidad!

viernes, 7 de noviembre de 2025

LOS PLANETAS (A PROPÓSITO DEL HIPER H; A PROPÓSITO DE LOS PLANETAS)

Y que quiero que sepas
Que ha sido un infierno
Estando contigo,
El infierno es lo más parecido,
Te pareces un poco a Satán

«Pesadilla en el parque de atracciones»

Había ganas, muchas ganas de escuchar de nuevo a Los Planetas en directo, y lo digo tanto como opinión personal como por la multitud de público llegado de otro puntos de España que confirmaban estas mismas sensaciones: León, Bilbao, Madrid, La Coruña y, muy especialmente, Barcelona; quedó corroborado desde el primer acorde de la tarde que también la gran mayoría acudimos con el fin de escuchar a Los Planetas. Pude disfrutarlos en 2024 en la gira que conmemoraban los 30 años de Super 8, la ópera prima (¡y qué ópera!) con la que se dieron a conocer y abrió una nueva época en la música de nuestro país. También tengo un recuerdo de todas esas ocasiones, algunas incluso acaecidas en el siglo pasado, en las que por una u otra razón no pude verlos actuar; y esas también cuentan.


Una apuesta arriesgada la de reunir en pleno fin de semana de la festividad de Todos los Santos, en Granada, y con el riesgo climático que ello entrañaba, a siete grupos con el objetivo de homenajear a Los Planetas con motivo de su ya citado primer disco. Como decía anteriormente mi principal motivación se centraba en Los Planetas, y en segundo lugar Alcalá Norte (que necesitan urgentemente sacar un nuevo trabajo para seguir ilusionando, pues sus actuaciones ya se empiezan a quedar cortas) así como testar el directo que forman el dúo de Cala Vento. Ahí estuvieron también Los Punsetes y Triángulo de Amor Bizarro; Edu Requejo, Las Dianas y Santiago Motorizado. 


Y llegó el turno del grupo granadino a eso de las 10 de una noche ya fría y húmeda con un ambiente cargado de todo tipo de efluvios, bajando el telón del festival que tuvo lugar en Armilla, y que resolvieron en casi hora y media en la que bien es cierto que se echaron de menos clásicos como «De viaje», «Pesadilla en el parque de atracciones» y especialmente «La caja del diablo» (que sí interpretaron Triángulo de Amor Bizarro con una versión reprise), tema obscuro e hipnótico que se sigue revelando como una verdadera obra maestra en la que se narra un viaje interior o descenso a los infiernos envuelto en tramas de ruido crudo y fatalismo. Por lo demás una grandísima actuación que no bajó el ritmo y tampoco decepcionó en ningún momento, haciendo gala de un sonido lleno y envolvente creando una magia especial conforme iba avanzando la noche. 

Rompieron el hielo con «Segundo premio», un verdadero himno transgeneracional, alegato de perdedores orgullosos, que dio paso a otro de los clásicos del grupo: «Qué puedo hacer». Tras una breve primera parte se sucedieron temas más densos y shoegazes, en una secuencia atmosférica con capas bien trenzadas de ruido y guitarras: «Señora de las alturas», «Hierro y níquel» (encadenado con «Romance de Juan de Osuna»), alcanzando el clímax con «Islamabad», el segundo sencillo del disco Zona temporalmente autónoma: guitarras distorsionadas, toques flamencos y atmósferas crecientes que remiten a Thom Yorke, y a Enrique Morente, y a Pink Floyd, en esta ocasión con la colaboración del cantante Álvaro Rivas, de Alcalá Norte, y su pose de loco mesías.

Siguieron temas como «Seguiriya de los 107 Faunos» y otros palos flamencos hasta llegar a «Santos que yo te pinte», esa canción-oración de amor desesperado donde el amante se ofrece como mártir, un rezo para santas que no escuchan, noise como redención y el amor como herida abierta. Otro de los momentos álgidos del concierto, que ya anunciaba su final, fue el tema «Dos cruces», el famoso bolero compuesto por Carmelo Larrea, lleno de frescura, con cierto aire aflamencado y pasado por el inconfundible sonido de la banda granadina. Como punto final a la noche todos los artistas del festival se subieron al escenario para interpretar «Cumpleaños Total» en un hermoso cierre caótico. 

 
ALCALÁ NORTE

LOS PLANETAS Y ÁLVARO RIVAS EN «ISLAMABAD»

Qué duda cabe que si Los Planetas fueron decisivos en la música de este país, lo seguirán siendo hasta que ellos quieran serlo, escritores de una crónica generacional que amenaza con taladrar las venideras, un BOE cultural cuyos conciertos se transforman en un ritual colectivo y sus actuaciones en catarsis: ruido, emoción e himnos coreados por varias generaciones. Y si antes hablábamos del cantante de Alcalá Norte y su actitud mesiánica, Jota es una epifanía de carne y hueso (y barba de sabio) que nace sinuosa por entre el denso humo de sus cigarros, un chamán, un profeta que declama cuando los bares y garitos ya han cerrado sus puertas y las calles huelen a cerveza y a orina: amor, drogas, fracaso y noches eternas. Si por un lado se sitúa Jota, en esas dos fuerzas, quizá no opuestas sino más bien complementarias que acaban formando un todo, aparece la sempiterna y obscura figura hierática del guitarrista Florent Muñoz, un seguro de vida para el grupo, motor de muros eléctricos y creador de paisajes lisérgicos, pero Los Planetas, en esa danza de constelaciones celestes, no serían los mismos sin Eric Jiménez, el chico que nació con unas baquetas entre las manos, con su versatilidad pasmosa para adaptarse a los diferentes géneros del rock: visceral, creativo y agresivo. El bajista Miguel López sigue demostrando que ha dado estabilidad a la parte rítmica de la banda y su compenetración con Eric en este apartado es total, aportando un ritmo hipnótico con singulares toques sureños. La más reciente incorporación es el teclista Alonso Díaz Carmona, aportando texturas que apuntan al dramatismo cinematográfico y una vertiente radicalmente ecléctica. 

El Hiper H, homenaje a Los Planetas como evangelistas y a su primer trabajo, dio comienzo el Día de todos los Santos y terminó cuando comenzaba el de los Muertos. Los Planetas en plena madurez, con un sonido lleno y rabiosamente equilibrados rítmica y melódicamente. Los Radiohead del Sacromonte, los Joy Division del Darro, Sonic Youth en la calle Tablas: la banda sonora de una España que creció entre crisis y sueños rotos, entre los cascotes reventados de botellones interminables y cuando nadie esperaba la llegada de la pandemia del reggaeton. Los Planetas aún pueden salvar la escena musical, y por qué no: también algún alma, porque Los Planetas no son una banda. 

lunes, 20 de octubre de 2025

ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POLÉMICA NOVELA «LA CONJURA DE LAS TABERNAS» (DIARIO DE ALMERÍA)

Diario de Almería

https://www.diariodealmeria.es/ocio/antonio-cruz-presenta-polemica-novela_0_2005034734.html

ANTONIO CRUZ PRESENTA SU POLÉMICA NOVELA LA CONJURA DE LAS TABERNAS

La obra publicada por el IEA se dio a conocer en el Centro de Cultura de la Fundación Unicaja

Diego Martínez 
19 de octubre 2025

Tras el nuevo gobierno que nace en España al término de la Guerra Civil, un nuevo golpe de estado, una década después, da lugar a la III República, que se convierte en un régimen feroz, dictatorial y represivo, y con este argumento se abre La conjura de las tabernas esta obra de historia-ficción que posee tintes de novela negra y experimental, un relato repleto de sarcasmo, ironía y humor negro impulsado al ritmo de apuntes de literatura, política y jazz. Hace unos días tuvo lugar en el Centro Cultural de Unicaja, en Almería, la presentación de La conjura de las tabernas, novela del poeta y traductor Antonio Cruz Romero, acto al que asistió Mario Pulido, director del Instituto de Estudios Almerienses y editorial que ha publicado la obra. 

Fue presentada por el escritor linarense Miguel Vega, destacando que La conjura de las tabernas supone «un extraordinario ejercicio de creatividad lingüística que pone en pie un universo ficticio tan original como fascinante, empleando para ello detalles rigurosos, al margen de tópicos, y desmarcándose del mero tratado histórico».



Miguel Vega llegó a comparar la novela de Cruz Romero, «por su vertiente fantástica y experimental», con La saga/fuga de J. B., de Torrente Ballester, y con Sur, de Antonio Soler, por «la indudable maestría que precisa para manejar a los numerosísimos personajes que comparecen en las páginas de este texto narrativo», indicando que «la experimentación se aprecia en el uso del lenguaje, principalmente en la creación de neologismos y el gusto por un rico manejo del idioma, acudiendo a los registros cultos y populares (a veces incluyendo también el registro manifiestamente vulgar), siendo uno de los alicientes de esta obra, ya que el autor ha huido en todo momento del estilo plano o neutro en el lenguaje empleado».

Vega concluyó su intervención afirmando que «Antonio Cruz es, como todos sabemos, un cultivador constante del género poético, por lo tanto, en un ejercicio de coherencia literaria nos deja buenas muestras de ello en esta novela, con un final que queda construido en base a una carga sentimental que cierra la historia de manera ejemplar y que no tengo reparos en considerarlo como uno de los más valiosos aciertos de este texto tan complejo, tal vez porque en la actualidad no se prodigan en las obras narrativas esos finales que resulten satisfactorios para el lector».

Por su parte, Antonio Cruz quiso destacar lo complejo que había resultado que su novela viese la luz en otras editoriales, motivos que según razona se deben a que «realizo una enmienda a la totalidad de la II República, con declaraciones de los principales actores políticos, pero también de intelectuales que en un principio la apoyaron y poco después la rechazaron, como fueron los casos de Unamuno, Ortega y Gasset o Clara Campoamor, y por otro describo la llegada de una III República basándome en todo aquello que rodeó a la anterior», una novela que, según su autor, está perfectamente documentada, haciendo alusión a Stanley G. Payne, Antonio Escohotado, Manuel Álvarez Tardío, Roberto Villa García o la propia Clara Campoamor.


LA GRAN INFLUENCIA DE JAMES JOYCE

Antonio Cruz mostró un enorme conocimiento y fascinación por la obra de James Joyce, reconociéndolo como una influencia fundamental, al igual que Camilo José Cela (en especial sus novelas más experimentales) a la hora de construir la suya propia, una novela que según explicó fue concebida como si se tratase de tres ruedas dentadas de un reloj: «una de esas ruedas del engranaje describe unos hechos históricos enmarcados en la primera parte del siglo XX en nuestro país, mientras que la otra supone un absoluto ejercicio de historia-ficción, y a su vez esas dos ruedas, de menor dimensión, se encuentran engarzadas a otra de mayor tamaño, la trama principal de la novela, un relato movido por todo lo anterior que sirve de verdadero motor para engrasar su desarrollo».

El autor detalló que su novela, en la que aparecen un centenar de personajes e incluso una pequeña obra de teatro, está escrita mediante «la técnica clásica narrativa, si bien en muchos momentos acudo al experimentalismo usando el monólogo interior o flujo de conciencia, y es en esos pasajes cuando infrinjo todas las normas, entre ellas las gramaticales y de puntuación», en esta interesantísima y singular novela, no exenta —a buen seguro— de polémica, que detalla el advenimiento de una nueva república en nuestro país.

viernes, 19 de septiembre de 2025

SI EL INTENTO DE LOCURA (POEMA)

SI


Si el intento de locura fuese una ciudad, una sola ciudad;
si sus canales desbordados de agua y algas,
si estos nubarrones, si la lluvia de minutos después,
si su cielo entonase un kadish por mi alma,
una teofanía de calles en una procesión de sochantres,
si el perfume de la hierba, si la locura fuese cuerda;
esta ciudad, una locura, una tumba fermentada
en cada esquina, esta ciudad, de stad es la locura,
si este ataúd de hierro sobre raíles en viacrucis,
si el cherem de spinoza, una ciudad, si un versículo
del apocalipsis en cada semáforo de madrugada,
si sus ojos sellados, si sus sonrisas cosidas,
si la llaga en el dedo de ninfas sin escamas
y vómito de ígneas tinieblas y días sin luminiscencia,
si el delirium fuese escrito en el tremens espacial 
de un paso de peatones, y una taberna en un tanatorio.
Si la locura fuese una ciudad, serían mis cenizas, en esta ciudad.

                                                                        ÁMSTERDAM, julio de 2025



lunes, 25 de agosto de 2025

ALCALÁ NORTE: ¿LA MEJOR BANDA DE EUROPA?

Asylums with doors open wide 
Where people had paid to see inside 
For entertainment they watch his body twist 
Behind his eyes he says, "I still exist"

«Atrocity Exhibition», IAN CURTIS/JOY DIVISION

ALCALÁ NORTE será (o quizá ya lo sea) el mejor grupo de post-punk/hard rock/underground... (añadan aquí lo que les plazca) de Europa (¿o creen que exagero?), y todo esto sacudiéndose esa etiqueta empalagosa y para algunos grupos lastrante que responde al auto-ungido sacronombre de indie que parece que todo lo abarca (o tendría que hacerlo por algún dogma cuasi religioso —Los Planetas, por citar la génesis, juegan en una liga diferente y ya sin duda han alcanzado el estatus de leyendas), pero al mismo tiempo habría que afirmar que probablemente ALCALÁ NORTE sea la banda mas alejada del indie que participa en festivales de dicha índole. 

Escribo esta crónica inesperada a merced de la falta de sueño, de la espuma de cerveza y la calima de este lunes radical, porque tuvimos que esperar hasta el último momento: tres largas noches (en jornadas con alguna luz y otras tantas sombras, como en todo evento musical de este tipo), para poder disfrutar en directo de ALCALÁ NORTE, y lo hicimos bajo una ráfaga de lluvia sin apenas agua y con tintes apocalípticos, entre el rojo polvo desértico que arrastraba el viento y con el telón a punto de caer. ALCALÁ NORTE ha sido, con una diferencia tan insultante que roza el uppercut y posterior KO, el mejor grupo que ha pasado por esta edición del Cooltural Fest de Almería; pero también es el mejor grupo que pasará por cualquier festival de música, piensen en el que piensen, por ello resulta incomprensible que la organización los relegase al último día y al tramo final de conciertos.  


No es fácil, no; no es nada sencillo anclarse en este universo polisaturado de todo (y a la vez henchido de pura mediocridad y de nada) como banda de rock, y más hacerlo en letras versales y en negrita. Los ingredientes nos los sabemos de memoria, desde el melómano y el más sublime crítico hasta el aficionado con un mínimo de discoteca en su sala de estar o en el teléfono móvil (pero no por saber sus ingredientes y la receta a cualquiera le sale perfecta, ¿no es así?). 

Cómo será la dimensión de ALCALÁ NORTE, que su tema más conocido hasta hace unos meses, el pegadizo «La vida cañón», se traduce en algo ligeramente comercial si se compara con el universo creador del grupo, una composición que sirvió como buen reclamo para apuntalar su imparable proyección y que personalmente ya es el que menos me sublima de todos los cortes del disco que vio la luz el año pasado, hasta el punto de que alguno podría pensar que es prescindible, pero aquí nace la verdadera paradoja: sólo con una canción como «La vida cañón» podrían sobrevivir la inmensa mayoría de grupos durante toda su existencia musical. 

Efectivamente: la clave radica en la letra y en la música («me gusta la música, pero no la letra», escuchamos en las barras de los bares, en la sala de espera del médico, en la puerta del tanatorio), y ambos elementos deben articularse como el mecanismo de un preciso reloj, pues de ese equilibrio depende no caer al vacío de la intrascendencia y de la Nada, el horror vacui, la insoportable levedad de no ser, subordinados a ese contrapeso y armonía, pero también a algo más, a mucho más, acaso de eso que los flamencos llaman «duende» o mejor de la urgente necesidad de las musas del sifilítico Baudelaire, y ALCALÁ NORTE ha destapado la lámpara del Genio y nos topamos con letras que no caen jamás en el vórtice de la rima facilona ni en los vomitivos ripios, perpetradas (a voz armada) con una sorprendente profundidad cultural, histórica y filosófica (aunque no esté completamente de acuerdo con la semántica discursiva), y por supuesto con una música que se construye con un sonido salvaje y visceral que se amplifica en sus directos, ritmos marcadísimos que rozan lo marcial y obscuras atmósferas que se empapan de todo lo antiguo que ha dado la buena música en este último medio siglo, en trincheras sin fondo de técnica y estética musical en las que se palpan ecos de Parálisis Permanente, Joy Division (escuchen con deleite su disco póstumo Closer para saber de lo que hablo), el humor, la acidez y crítica social de Siniestro Total o Ilegales, se nos aparece por momentos el prístino tono de Robert Smith en The Cure, el industrial metal de Rammstein y su puesta en escena, la parte dura de Barón Rojo, The Smiths (pero a través de la voz y presencia de Germán Coppini), Los Planetas (y su disco Super 8) y hasta unas dosis (pequeñas) de britpop.


Hay momentos en la vida, muy escasos, en los que toca creérselo, o como dijo Sam Spade en El halcón maltés: «Somos de la materia de la que están hechos los sueños, y nuestra pequeña vida está rodeada de un sueño». No es por el exceso de cerveza de estos días ni por mi insomnio crónico acentuado; tampoco por esta insufrible humedad, ni por estas partículas de tierra en suspensión que dificultan la visión; no: ALCALÁ NORTE, con mayúsculas (y en negrita), es la mejor banda de (lo que ellos quieran ser) de Europa... (sobre todo cuando manufacturen su siguiente y esperado trabajo que supere el actual).

domingo, 10 de agosto de 2025

EL DÍA QUE CONOCIMOS A STEVE AOKI Y PROBÓ UNOS CALLOS PICANTES

Hace unos días estábamos en la terraza de un bar desayunando media tostada de tortilla patria frente a una playa paradisíaca, completamente vacía, cuando observo que no nos quita el ojo de encima un tipo larguirucho, rasgos orientales y de larguísimo pelo lacio. Al poco de estar sentados se dirige a nosotros:

—Pero ¿es que no me conocéis? No me lo puedo creer. ¿De verdad que no? —preguntó sonriendo.  

Y yo, que tengo fama de buen fisonomista, pensé en todas las tiendas de chinos a las que acudo a comprar incienso, en el japonés donde el sushi y en el disidente norcoreano enemigo de Kim Jong-un que vende piezas de segunda mano de KIA (marca de automóviles de Corea del Sur), pero nada. 

—¡Sí, claro! —disimulé, pero el otro, curtido en mil noches y resacas ibicencas, se dio cuenta al instante de mi engañifa y que no tenía ni la más mínima idea de quién era y se puso a hacer eléctricos gestos con ambas manos sobre los platos que había sobre su mesa. 
—Steve Aoki, coño, ¡soy el mismísimo DJ Steve Aoki! —dijo con entusiasmo abriendo los brazos y sin mostrar ningún atisbo de decepción por nuestro grave desconocimiento. Raudo busqué su nombre en internet, por si en realidad fuese algún personaje del programa Humor Amarillo, pero efectivamente era quien nos aseguraba ser. 

Y a pesar de ser asimismo un acreditado melómano, no conocía nada de su música, pero tampoco quise confesarle abiertamente que no me gustaban los pinchadiscos, por lo que seguí haciendo mi papel al tiempo que silbaba lo primero que se me vino a la cabeza cargando la melodía de ritmo discotequero chunga-chunga y ayudándome de los cubiertos y el plato para generar aún más ruido y confusión. El diyey se puso entonces a hablar con el camarero, señaló nuestra mesa, y a los diez minutos éste le trajo una enorme tortilla de patatas hecha con al menos una docena de huevos de gallinas camperas. 


—Pues para desayunar son aún mejor los callos muy muy picantes; no te marches sin probarlos, Steve —ya lleno de confianza me hice el interesante pensando de paso en el poema de Fernando Pessoa—, «tripes», «corns» —le aconsejé recordando las palabras correctas en inglés mientras Aoki abría los ojos como platos occidentales.
Oh, thank you very much, thanks, my friend; it will be the next thing I order to eat —contestó agradecido por la recomendación—. Me habéis caído bien incluso sin que me conozcáis, que os he pillado, 'joputas —dijo guiñando un ojo al tiempo que esbozaba una sonrisa y aparecían unos perfectos dientes de virginal blancor—. Esta noche pincho en el Dreambeach Festival; aquí os lo apunto—, y nos escribe su número de teléfono en una servilleta de típico bar español, de esas que absorber y limpiar poco, pero que tampoco esperes encontrártelas fuera de la península—. ¡Llamadme y entráis conmigo al recinto y así me escucháis darle estopa a los artilugios! —exclamó con un buen trozo de tortilla en la boca y repitiendo los mismos gestos que hizo con las manos cuando se nos presentó. 

Esa misma tarde, antes de la cena, comencé a padecer una fiebre muy alta que durante la noche me sumergió en esa surrealista colección de delirios y pesadillas que suelo sufrir en estos casos, presenciando una legión de guerreros chinos de terracota a mi alrededor saltando enloquecidos sobre la cama, arrancando mi almohada y llevándome en volandas por toda la casa como si estuviese muerto y corpore insepulto mientras escuchaba nítidamente el retumbar diabólico de la música de Steve Aoki a 20 km de distancia. 

Al día siguiente de la actuación de Aoki las crónicas periodísticas explicaban que durante el concierto el disyóquey no paraba de repetir los callos: «los callos, los callos», decía entre canción y canción. 


(8/VIII/2025. Sueño delirante de una noche de verano bajo de los efectos de la fiebre.)

jueves, 7 de agosto de 2025

EL VERANO Y TENNESSEE WILLIAMS


«LAWRENCE.—La cama es un sarcófago. Cuando me acuesto no sé si me voy a levantar.»
Me alcé en llamas, gritó el Ave Fénix, T. WILLIAMS


Detesto los veranos del Sur, salvo por el largo tiempo de asueto que me permite leer un libro tras otro, varios libros a la vez, abandonarlos, coger otro y a mi antojo volver a los anteriores. Una película de cine negro de madrugada, la música de Chet Baker, Billie Holiday o Samuel Barber, Satie y Charlie Parker, Bach, Ben Webster, Antonio Carlos Jobim. Lo repito: me sienta mal el verano en el Sur (el Sur como territorio indefinible, sin adscripción a ningún país pero que pertenece a éste en el que habito: El sur es un sitio grande, escribió Roger Wolfe), la enfermiza supuración de personas por doquier que ansían el contacto social que aborrezco, conversaciones banales y  tediosas, las tribus invasoras, acentuación de mis aversiones y misantropía en grado sumo, las rarezas y manías en carne viva, el deseo de soledad mínimamente compartida y la compañía controlada que me aporte algo interesante, aunque sea una palabra, una sola palabra.

Un bloody mary con un libro entre las manos sintiendo clarividente el anochecer, leer la sección de necrológicas en el ABC, un concierto inspirador y sanador al mismo tiempo, el sonido constante del repiqueteo de la máquina de escribir de Faulkner; prefiero la melancolía de los breves días del otoño y la lluvia del invierno, escasa también en el Sur, y aun así necesito la luz del Sur (en contraposición a la obscuridad del Norte que tanto he sufrido, ¡pero en cambio allí existen los veranos que me gustan): radical paradoja. El médico ya me advirtió: evitar las playas, infestadas de sombrillas como hongos alucinógenos, los niños con sus balones y raquetas, los padres consentidores y negligentes, la pegajosa arena entre los dedos: el mar sigue existiendo todo el año, la vida entera, porque es eterno, y resulta más hermoso en los meses sin calor: ¡¿qué necesidad tiene uno de visitarlo ahora?! (y aun así nunca estarás a salvo de todo ello, me avisó también la doctora). Mi resistencia a echarme en brazos de Morfeo gracias a mi natural hiperactividad, y el insomnio, son un verdadero regalo: el sueño y la cama se erigen como un problema de debilidad humana que estrangula la creatividad, un trauma que se repite día a día como un tajo a todas luces inoportuno. Nunca podré entender a quienes se van a dormir pronto y se levantan tarde, ni a quienes se acuestan tarde y tarde ponen los pies en el suelo simplemente por holgazanería, aburrimiento; en resumen: por insensata ociosidad.

Queda claro entonces con la presente diatriba que odio el verano de este Sur, pero no es lo que quería decir y al final me he visto obligado a escribir: el verano también me hace pensar en otro sur, en Nueva Orleans, Jackson, San Luis o Memphis, en Luisiana y en Misisipi, y me sobreviene una irrefrenable inclinación a releer alguna de las obras de teatro de Tennessee Williams, soberbio y exultante como el mismísimo sol de todo Sur.


Decir algo novedoso sobre Tennessee Williams (1911-1983), uno de los dramaturgos más importantes e influyentes del siglo XX, sería como ponerme a hablar ahora del movimiento de traslación​​ de la Tierra; todo está dicho y bien explicado. Sí que podría apuntar que bajo mi punto de vista existen dos momentos cruciales (o al menos como célula generatriz) en la vida de Williams que se reflejarían posteriormente en su obra: por un lado que a los cinco años de edad contrajese la difteria y su madre le leyese a Shakespeare y a Dickens, y por otro que Williams fuese hijo de un padre violento y alcohólico que se ausentaba  constantemente del hogar por motivos laborales. Sobre el primer aspecto hallaremos puntos comunes con los escritores anteriormente citados en los libros del dramaturgo norteamericano: la profundidad psicológica de los personajes y ese realismo crudo que tan bien plasmó en sus páginas, sin olvidar cierto desarraigo y hasta orfandad por la continua ausencia paterna y el infeliz matrimonio de sus padres.  


En la obra de Tennessee Williams nos encontramos con un amplio abanico de conflictos en lo que respecta a las relaciones humanas, en especial las sentimentales, pero superando la manida dualidad hombre-mujer y enmarcados en el rico entorno sureño que tan bien conocía el escritor, y todo ello sin olvidar las luchas raciales de una época que le tocó vivir en primera persona. El sentimiento de fracaso y culpa por el daño causado al prójimo es un leitmotiv primario en sus obras, impregnado a su vez por cada uno de los siete pecados capitales y la inigualable descripción que hace de sus personajes, la decadencia, el deseo y los más bajos instintos, el perdedor, abocado de manera irremediable al abismo, sin poder escapar de un destino que ya está escrito y resulta inamovible; el descenso a los infiernos del ser humano, la femme fatale o simplemente una pobre mujer poco amada que de manera directa o indirecta conduce al hombre a la tragedia sin que en ello exista ningún atisbo de misoginia, no, no como una concepción actual, sino más bien como un mito de Orfeo y su desgracia que se repite una y otra vez.


¿Quién no recuerda las legendarias versiones que de sus libros nos ofreció el cine? La rosa tatuadaUn tranvía llamado DeseoBaby DollPiel de serpiente (La caída de Orfeo como obra dramática y Batalla de ángeles en su primera versión en prosa), Dulce pájaro de juventud, y hasta una adaptación en España de El caso de las petunias pisoteadas, y así hasta superar la treintena. Nada se presta mejor al Séptimo arte como una obra de Tennessee Williams, y sin que a pesar del paso de los años pierda vigencia o frescura. Creo que es importante destacar que muchas de las obras dramáticas de Williams fueron en su origen relatos cortos, como por ejemplo El zoo de cristal, La gata sobre el tejado de zinc caliente o La noche de la iguana (todo ellas igualmente adaptadas a la gran pantalla), como una especie de fogueo estilístico, y el verano, ¡ay, el verano!, tanto por aparecer en los títulos como por el contexto lo encontramos en reiteradas ocasiones: Verano y humo, Verano en el lagoEl desfile o acercándose al final del veranoDe repente, el último verano, o Clothes for a Summer Hotel.  


Muchos de ustedes, fanáticos cofrades del soporífero verano, desconocen que los escritos de Tennessee Williams huelen al mismísimo calor de estos meses, una obra pergeñada de un lenguaje exuberante y sensual y cargado de una fascinación y magia primitiva que traspasa las (en apariencia) acotaciones propias de la dramaturgia. Pero Tennessee Williams, que acarreaba problemas con el alcohol, no murió en verano, para regocijo mío, sino cuando el invierno casi tocaba a su fin, sin que haya quedado totalmente dilucidado si fue por asfixia, aunque sí parece claro que en su deceso influyó de forma determinante el secobarbital, un barbitúrico al que era asiduo consumidor y que asimismo hace acto de presencia en muchos de sus libros. Aparte de sus insuperables escritos, me sigue encandilando ese estilo sureño suyo de una elegancia tan antigua que ya no existe, su perfecto bigote, una forma de hablar propia del sur estadounidense, sus camisas y las largas boquillas que usaba para fumar tabaco frente a su inseparable máquina de escribir.


Dicho esto no esperen que componga una sinfonía con violines y tubas en honor al verano (acaso una saeta con carracas al ritmo de botafumeiro en Fu menor), y mucho menos que escriba un panegírico con la Underwood Typewriter, pero llegado a este punto tampoco un libelo, y no lo haré por amor y respeto a la obra de Tennessee Williams, porque el verano que aparece en sus libros es lo único que sirve para redimirnos en esta época. Pueden, si les place, arrojarme a una jauría de perros famélicos; puede cancelarme quien lo desee por lo que afirmo: piscineros, domingueros, playeros y bañistas de toda índole, amantes de las barbacoas caniculares ataviados con pantalón corto y en chancletas, adoradores incorregibles de las terrazas y de sus moscas pertinaces, del bronceado y del cloro en garrafón, de aquellos que dejan fenecer el tiempo bajo una sombrilla, los del sestear indolente y el aire acondicionado y el ventilador de pie o su variante cenital, ¡que sepan ya de una maldita vez que no, que las bicicletas tampoco son para el verano! Por ello que nadie me hable de veranos; quedan advertidos, salvo que sea para ensalzar al escritor nacido en el mítico y viejo sur de la otra orilla.