viernes, 16 de enero de 2015

¿DÓNDE ESTARÍAMOS SIN LA MUERTE?* (SEGÚN LA POESÍA DE VALENTÍ PUIG)

Bienaventuradas las naciones que tienen misiles y hormonas, 
archivos bien catalogados, teólogos y una gastronomía
nada pesada.

V.P.

Mi relación con los libros –como ya he afirmado en más de una ocasión– va más allá de la que se establece entre un lector de carne y hueso y el material compuesto por simple papel encuadernado; trasciende ese vínculo meramente físico.

Hace años me costó una eternidad dar con la antología poética de Valentí Puig, que pedí a una librería. Harto de la espera opté por leerla en una biblioteca y rechazar el ejemplar cuando éste llegó (muchos meses después), como si lo hiciera un barco extraviado a un puerto ignoto. El pasado otoño recordé la anécdota y mi pesar aumentó –como ya me sucediese con el de Spinoza– por no haberme quedado con el demorado libro (por enfado, o por despecho hacia la tienda de libros, que no satisfizo mi ansia bibliófila de manera inmediata ni mucho menos diligente). Y comencé a buscarlo, a mitificarlo cuanto más se resistía mi persecución; resultaba imposible de encontrar, ni en mis librerías físicas ni en la maldita red de todos, hasta que finalmente di con el ejemplar el último día antes de dar comienzo el invierno: Capital del Otoño. Premonitorio.

http://www.valentipuig.com/
Y en esta pasada Navidad, con el frío invernal recorriendo huesos y pellejos, releí la poesía de Valentí Puig. Las relecturas suelen captar nuevos matices que en la primera (temerosa ante lo nuevo y nada meticulosa) no se aprecian, también mayúsculas decepciones, e incluso exclamaciones y manos a la cabeza. Mas la sensación fue agradable y acogedora, la de un reencuentro, la del sabor del buen vino que pasados los años embriaga más y mejor (y sólo ocurre con lo exquisito que da la vida). Allí hallé nuevamente ese choque de poemas entre modernidad y añoranza del pasado, recuerdos de la infancia y evocación de la vida rural; una suerte de devocionario en el que es sencillo encontrar aspectos prosaicos e insulsos propios del mundanal ruido, y acto seguido profundas disertaciones teológicas; versos "serios" de gran calado intelectual y otros cargados de sorna filosófica e ironía; frases que hablan del sinsentido y del más puro sentido de la existencia; paradigmas, Bernanos, el recuerdo de los padres fallecidos, Freud y Jacob, sueños sobre bibliotecas, urbes lejanas, Churchill, retratos de mujeres, Job e incluso diálogos encubiertos con el mismísimo Dios... y una colección de poemas sobre "el amigo de Queequeg" (sic) y el intramundo (a lo Gran Hermano, el de Orwell, claro) de Moby Dick y Melville –un rara avis de poemario que bien podría editarse en edición limitadísima (y numerado) con un mapa de las rutas del Pequod amalgamadas con los viajes y periplos del poeta mallorquín.


Valentí Puig. Capital del Otoño. Huerga & Fierro 2010

Y pasó la Navidad, como todo termina por pasar, y la antología, entre versos y excesos, vinos, achampanados y hasta  espumosos, comidas e indigestiones, y reparé de nuevo en Puig ante una doble realidad completamente irrefutable en aquellos días:

(...) Agosto, 
agosto ya tan lejos de la infancia y tan cerca del colesterol. 

¡Cuánta razón, señor Puig, en esto y en todo cuanto afirma en verso! ¿La muerte? La muerte bien podría ser finalizar y comenzar el año sin poder leer sus poemas. Moltes gràcies por regalarme esta Navidad.


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*«¿Dónde estaríamos sin la muerte?» es un verso del propio V. Puig.

 

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