lunes, 5 de noviembre de 2018

APUNTES Y SÓLO APUNTES DE UN VIAJE INCONCLUSO

31/10/2018

Llueve a mares, y aún no estoy en alta mar. Diluvia, y me ahogo en mis obscuros pensamientos. No quiero salir a flote: es mejor sentir cómo me falta el oxígeno... y cómo termino ahogándome sin oponer resistencia. 

Desde el cielo he visto París perfectamente, iluminada, con la torre Eiffel como una brújula y la obscuridad del Sena. Más tarde he pensado en los cementerios de París. Solitarios a esas horas.

He llegado, y aún no he sacado lo que llevo en la maleta y ya estoy preparando la vuelta.


1/11/2018


6 a.m. Obscuridad. Sonidos de aves desgarrando el helor de la noche sangrante de incipientes destellos. Pronto llegará la luz, aunque todo siga obscuro; árboles como esqueletos. Aquí; allí. Siento el alejamiento, autoexiliado, ese concepto del que hablaba el cabalista místico Isaac Luria (para otro tipo de entendimientos superiores). Allí; aquí. Pero siento que esto también me pertenece, que camino por el pasillo de una casa familiar... habitada por fantasmas.

Visita a la Casa del traductor. Percibo al pasar por las calles adyacentes los buenos recuerdos de hace unos meses. No está M***. Le escribo una nota para decirle que he dejado caer media docena de libros (mis últimas traducciones), uno a uno, pues el paquete no cabía por el buzón. Me responde al instante. Lástima no habernos visto, se lamenta ella y me lamento yo, pero era muy temprano, me digo a mí mismo.

Sint-Nicolaaskerk
Tour de librerías, de libros nuevos y de segunda mano: Stedelijk Museum, Athenaeum Boekhandel, Scheltema, Kok Antiquariaat, Egidius (cerrado) y Bruna. Recojo libros encargados hace semanas y otros que no me resisto a dejar: Wigman y Starik, Lucebert y Kouwenaar, un par de libros sobre el grupo CoBrA y otro de Antonio Saura.

C*** me lleva a un proeflokaal (destilería de ginebras) que sigue en pie desde 1679. Me recomienda tomar un boswandeling (paseo por el bosque) que el barman nos prepara con todo lujo de detalles y en un escenario único en el que parece no haber pasado el tiempo. Llueve fuera; y dentro. También siento un doble desgarro interior.


2/11/2018

7 a.m. Luz y delgadas nubes grises. Se confunden las bicicletas en movimiento y las hojas muertas de los árboles.

Día de los muertos, de los muertos en horizontal y de los que parecen caminar.

¿Puede una ciudad ser un castigo? ¿Ser sus calles una penitencia? Dulce destrucción, el título de aquella novela de Hugo Claus, o continuando con otro de los oxímoron de éste, estar aquí es una cruel felicidad. Pero Ámsterdam no puede ser nunca una condena, aunque todo pueda ser susceptible para sentir una permanente flagelación.

La vida subterránea del metro, una ciudad insómnica y sonámbula, olor a croissants y a salchichas ahumadas. Y al salir al exterior la vida es calcada a la otra, aunque ligeramente más luminosa y con diferentes aromas: olor a gofres y a arenques crudos. El cielo gotea un gris pictórico, amortajado de gaviotas: aves graznando sudarios sobre cielo plomizo. Limbo.

A las 13h. Ian McEwan, el autor de la novela Ámsterdam, da una charla en el Athenaeum Boekhandel, pero me es imposible acudir. Quizá escucharlo me hubiese animado a leer por fin su novela. No sé por qué no la he leído todavía.


Plena y hermosa obscuridad. El viento que penetra entre las ramas desnudas de los árboles. Quejidos nocturnos de las aves de la noche. Piso las lombrices y babosas de la acera, que huyen hacia la hierba. El humo de las chimeneas encendidas se mezcla con una ligerísima niebla que hace que todo se vea borroso. Las calabazas que dan la bienvenida a una casa y brillan en la obscuridad. Y llueve. Y no llevo paraguas.


3/11/2018

7:30 a.m. Escarcha y niebla, como entre brumas he pasado la noche, sueños que eran pesadillas, ausencias, un pozo de lágrimas, rostros desvanecidos: Sus caras.

El cielo es un sencillo cruce de caminos; no así los que se presentan sobre la tierra que pisamos.


Paseo temprano por la Harlemmerstraat. A esas horas, con las tiendas cerradas, y salvo algún cliente de los varios coffeeshops abiertos que hay en la calle, he tenido el privilegio de caminar solo, como el simple elemento de una obra conceptual, y con un frío purificador. Es una de las varias zonas de la ciudad en donde viviría, aunque no sé si lo que querría es vivir ahí o habitar en sus tiendas y lugares como un ser invisible: la vinoteca o la bocatería de jamón ibérico; la estrecha calle con su único grafiti; la panadería de pasteles imposibles o la imprenta artesanal; el diminuto cine o el inhabitado parque infantil; la librería del delfín o Egidius, esa librería a medio camino entre anticuario y galería de arte. 

Me pregunto cómo estarán esta mañana las tumbas, envueltas en frío y niebla. Cubiertas de rocío helado, flores recientes ya congeladas, musgo, lombrices... La lápida de Wigman, con el asedio rumoroso y pertinente del Amstel; la de Starik y su colección de zapatos puntiagudos; las cenizas de Slauerhoff y las de Claus esparcidas por la costa de Oostende; la urna de Brood una semana después de arrojarse del Hilton; el frondoso bigote de Kouwenaar; la tierra de Lucebert y su mujer Tony, enterrados bajo su propia escultura en forma de deforme mariposa, y el cuerpo suicidado de Zwagerman, enterrados en el mismo cementerio; el cuerpo destrozado de Snoek al chocar con su vehículo... Un cuadro de Bacon, carnes resecas... La del resto de poetas muertos, y de los muertos que han de llegar. Me pregunto cómo estarán esta mañana las tumbas. Me pregunto; las tumbas.

La hora y veinte minutos de trayecto de metro y tranvía la dedico a contar los pájaros y las hojas que le faltan a los árboles; a distinguir el color de los ojos de la gente; a interpretar el negror de las nubes; a veces leo. Y pienso, cuando no hago lo anterior. Los diez minutos que tengo que caminar hasta el metro no hago nada, ni siquiera ando.

Incluso durante el día es tan frío el aire que parece que la intensa luz que lo acompaña corta como una afilada sierra de carnicería.

Museumnacht (Noche de los museos). Visita al Stedelijk y el Van Gogh Museum. Los girasoles me han dilatado las pupilas, y dudo que su colorido y pinceladas me dejen dormir esta noche, si es que dormir sirve de algo (si es que no es ya suficiente con las Ausencias).

La compañía en la que vuelo me avisa: facture online; y ya sé que me queda poco que estar aquí. Percibo la crueldad y devastación al sentir con absoluta consciencia cómo el tiempo que ha de ser feliz se apaga (como una vela del día de los muertos), para acabar viviendo sobre la estela de viento que abandona tras de sí el tiempo que ya ha pasado.

2 Noviembre, Vondelpark. Allerzielen (Día de los muertos) http://allerzieleninhetvondelpark.nl/

4/11/2018

Llego. Exhausto, y la maleta llena, sembrada de libros, pero tan vacío.

Yo soy yo, y cada paseo, y cada avión que tomo y el tranvía que pierdo. Yo soy yo y el verso que olvido, y el poema que rompo. Yo soy yo, el día que dejo caer una lágrima y un millón contra el agua, y el día que me dejo el paraguas. Estos días, yo he sido este, y también todo lo que no he sido, o no he podido ser.

(Sonido de un avión que escucho desde la cama. Pero ese vuelo lo he perdido, o simplemente, como tantos otros, no era el mío) 

miércoles, 10 de octubre de 2018

MENNO WIGMAN: DESCUIDADO CON LA FORTUNA

Hoy Menno Wigman cumpliría 52 años si hubiese podido escapar de ese «negror» del que hablaba en uno de sus últimos poemas, que no era otro sino la Muerte, siempre enamorada, que lo perseguía desde varios años antes y de cuyo infatigable asedio da detallada cuenta en su último trabajo, el poemario Descuidado con la fortuna.


Hoy me hubiese gustado regalarle un poema de ese poemario traducido al español, una tarea que terminé este verano en la Casa del traductor de Ámsterdam, y en cuya ciudad recorrí algunos de los lugares que aparecen en esos últimos poemas. Un libro que es en sí su legado, un testamento poético, una oda a la Muerte y a la enfermedad, pero también a la vida y sus paradojas, y a aquello que la hace más llevadera... no sé si mejor o peor. 


Una nota escueta, Menno, para decirte que hoy también te recordaré; hoy con un propósito diferente al de estos últimos meses. Hoy te leeré para revivir tu palabra y darte vida. Rust in vrede, lieve dichter.

P.D. Si el poeta no hubiese penetrado en ese «negror», la portada del poemario tampoco hubiese sido esta.

viernes, 3 de agosto de 2018

DIARIO ÁMSTERDAM 2018. PARTE III: ÁMSTERDAM ES UNA CIUDAD MALDITA

Odio Ámsterdam...
Ámsterdam es una ciudad maldita.

GERARD REVE


Viernes, 27 de julio de 2018

Hoy he decidido darle un descanso a la bicicleta y especialmente a mí, pues ella no se queja pero yo sí me siento agotado y abrasado de tanto sol, por lo que he usado el tranvía para moverme por la ciudad. La ola de calor sigue implacable, y según los periódicos se ha superado el récord de máxima temperatura que databa del año 1944, lo que pensándolo bien resulta una paradoja, pues en ese mismo año se produjo en los Países Bajos el llamado "Hongerwinter": el «Invierno del hambre».

El calor ha sido insoportable desde antes del amanecer, mucho más en la habitación que en la calle, en donde se han alcanzado los 38°C. Para mañana se anuncia una bajada de diez grados, además de la ansiada lluvia, si bien ayer en Rotterdam el granizo y el viento causaron la muerte del conductor de un vehículo al caerle un árbol encima. A Ada Brons, personaje de la monumental novela de Mulisch El descubrimiento del cielo, le ocurre algo similar con un árbol: se encontraba embarazada y quedó en coma, pero consiguieron salvar al bebé. También el último poemario de la poeta Ilse Starkenburg (de la que estoy traduciendo unos poemas) hace referencia a un percance personal con la caída de un árbol.

N***, mi hija mayor, se ha venido a pasar la tarde en esta Casa y también a dormir conmigo. He preparado la cena y hemos intentado comer en la terraza, pero pronto han empezado a acudir las avispas, y entre éstas y la sofocante temperatura hemos terminado comiendo en la cocina, en donde el ambiente aún resultaba más bochornoso. Ambos nos sentíamos emocionados de estar juntos en un lugar nuevo; ella excitada de contemplar tantas cosas desconocidas, descubriendo los extraños rincones que le ofrece esta vieja Casa y subiendo y bajando la empinada y peligrosa escalera hasta llegar a la última planta. Tras la cena hemos ido a dar un paseo por Museumplein y sus alrededores, más tarde hasta De Pijp y hemos regresado a la Casa a las 22:30, nos hemos vuelto a duchar y ella ha caído rendida, momento en el que la contemplo, tan perfectamente bella, durmiendo sobre la cama, y siento ganas de abrazarla durante toda la noche sin perder ni un segundo más; y eso es lo que hago.

Pocos minutos más tarde de la una de la madrugada se ha levantado un fuerte viento que ha tirado algo en la terraza. Al asomarme, una brisa fresca ha penetrado en la habitación, pero no le ha dado tiempo a refrescarla. A las cinco de la mañana ha comenzado a llover.


Sábado, 28 de julio de 2018

Resulta sorprendente que después del día de ayer, en donde se rozaron los 40°C, hoy la temperatura haya descendido a la mitad, teniendo que sacar el paraguas y prendas de manga larga. Pasado el mediodía ha vuelto a caer un intenso aguacero acompañado de fuerte viento que por vez primera me ha quitado el panamá, y tras pasar bajo varios coches y rozando un tranvía he conseguido recuperarlo milagrosamente. Lo que ha pasado ese mismo sombrero en mis últimos viajes daría para algún poema o incluso relato.

Mi hija N*** ha querido seguir aquí, en esta Casa que para ella supone toda una aventura y un lugar repleto de raros escondrijos, en donde todo comienza y termina con la pronunciada y chirriante escalera que da acceso a las habitaciones. Su felicidad, resumida en esa cautivadora y hermosa sonrisa es altamente contagiosa, balsámica y por último curativa de los males del alma, en especial de la mía.

Por la noche hemos ido los dos a cenar con A*** y C*** al famoso Café Restaurant De Jaren, en una terraza interior frente al Amstel. Me esperaba una cocina común y de bastante simpleza, pero me ha sorprendido tanto la calidad como la presentación, además de ofrecer un amplio bufé de ensaladas.

La noche ha sido húmeda y fría, pero la habitación aún mantiene el calor de los días pasados. Regresamos en tranvía, que a causa de la nueva línea de metro abierta gran parte de los itinerarios han variado sus rutas e incluso el destino final, en lo que según recoge la prensa local es el cambio más radical en el transporte público de la ciudad desde la implantación en 1875 del tranvía tirado por caballos.


Domingo, 29 de julio de 2018

S***, mi hija pequeña y E*** han venido hasta el centro y posteriormente a la Casa. Así que mis dos hijas han estado en esta misma habitación, en la que pasada la medianoche he llegado y he sido capaz de sentir que horas antes habían estado aquí, recordando el zapato que S*** se quitó.

Todo el día ha permanecido nublado. Tras pasear por el Museumplein llegamos hasta la galería del Rijksmuseum, en donde hemos estado durante más de una hora escuchando a los dos grupos de música clásica que interpretaban un repertorio totalmente diferente: unos una selección compuesta principalmente de bandas sonoras, y los otros de música barroca. Mi hija pequeña ha conseguido dormirse; la mayor no quería marcharse. Me ha emocionado cuando N***, que con celo guardaba unas monedas para comprarse un helado, de manera voluntaria las ha echado en la funda del violín de uno de los músicos. Sobre las cuatro de la tarde se ha puesto a llover.

A mi regreso de Ijburg he decidido comprobar la línea de metro 52, la que une el norte y el sur de la ciudad. Tras completarla, en unos escenarios soberbios y dentro de una obra faraónica, he sentido que en 15 minutos he fundido, como si fuese humo, los 15 años que han durado las obras y los 3100 millones de euros que han costado. Me he percatado que esta nueva línea está a un nivel más profundo que las otras cuatro.

Caballa al vapor
Tras una salida frustrada que tenía planeada para esta noche y no resistirme a quedarme en la habitación, he decidido ir yo solo al mítico Haesje Claes, restaurante de comida holandesa que sirve unos platos exquisitos y se halla en una casa del siglo XVI que dispone de un auténtico laberinto de pequeños comedores. He llegado sin reserva, pero como iba solo me han acomodado fácilmente; he permanecido cuatro horas, simplemente paladeando cada bocado como si fuese el último de mi vida. He pedido como entrante una caballa al vapor con chucrut y morcilla. Del plato me interesaba especialmente la morcilla, pues creo que es uno de esos productos maravillosos que se encuentran en la cocina de cada país y no sé cómo no existe como mínimo un par de tratados sobre esta delicatessen. La morcilla que a mí me han servido con la caballa parecía más una butifarra, sobre todo en cuanto a textura, y con un sabor ligeramente dulzón que daba la sensación de estar elaborada con manzana y canela. En Holanda ya había probado otro tipo de morcillas algo diferente a esta. Como plato principal he pedido un muslo de pato macerado en manteca de ganso que también venía acompañado de chucrut, regado todo con vino tinto argentino de uva Malbec. De postre me he dejado aconsejar y me han recomendado un helado de canela con uvas pasas maceradas en brandy y licor de huevo, que he degustado con una vasito de ginebra holandesa, junto al hachís uno de los dos productos típicos de la ciudad que aún no había probado in situ.

Pato macerado en manteca de ganso
Como tras la copiosa comida no podía regresar a la Casa, he decidido caminar por los lugares más castizos y a la vez obscuros de la ciudad, turbios callejones donde se mercadea con carne y tabernas clandestinas de viejos marineros, para terminar ebrio de noche y ahogándome en otra pinta de cerveza, esta vez en el Jazz Café Alto mientras escuchaba a un grupo llamado Cajans Kicking Quartet, formado por un pianista, percusión, contrabajo y trompeta, este último notablemente influido por Chet Baker. Me ha llamado la atención el pianista, un hombre que intuyo sobrepasaría los setenta años, delgadísimo, rubio (que igualmente me recordaba al aspecto de Baker en sus últimos años) y un auténtico virtuoso con su instrumento que en el descanso se ha comido un par de piezas de fruta y bebido un té.

Helado de canela
He conseguido coger el último tranvía para llegar a la Casa, y al entrar, sin ni siquiera pensar en ello, he vuelto a sentir la presencia de mis hijas, como ya he dicho anteriormente; la cama también olía a ellas.






Lunes, 30 de julio de 2018

Mi compañero Stefan me había pedido semanas atrás que lo acompañase para visitar la tumba de Menno Wigman cuando le hablé de mi doble visita al cementerio en el que está enterrado; coincidió en varias ocasiones con el poeta y había tenido bastante contacto con él así como con otros miembros del Eenzame Uitvaart [Funeral solitario] —de los que preparó una hermosa antología—, esa suerte de pequeño movimiento poético al que también pertenecía F. Starik, amigo de Wigman y el cual falleció repentinamente con apenas un mes de diferencia.

S*** y yo hemos ido en tranvía y a continuación en metro, haciendo a pie la última parte hasta llegar al cementerio; J*** también ha querido sumarse a la excursión, aunque éste lo ha hecho en bicicleta. Hemos permanecido en el camposanto más de dos horas;  J*** realizando un amplio reportaje fotográfico, y S*** y yo paseando y hablando sobre poesía y nuevos proyectos, una persona agradable y profundamente educada, a cuyo fuerte acento alemán (al que aludía en la primera parte de este diario) he terminado acostumbrándome.

Tumba de Harry Mulisch
Ayudados por un mapa que nos han prestado en administración hemos encontrado la sobria tumba de Harry Mulisch, pero en éste no se indicaba la del poeta Gerrit Kouwenaar, así que ha sido imposible dar con ella. Kouwenaar es, junto a Lucebert, uno de mis poetas favoritos, ambos miembros del grupo del 55, los experimentalistas, y otro de los eternos candidatos al Premio Nobel de las letras neerlandesas (como lo fue Mulisch, Reve, Wolkers, Vestdijk, L. P. Boon, Hugo Claus, W. F. Hermans, Nooteboom...), lengua que no posee a ningún escritor entre los galardonados.

J*** (centro) y S*** (derecha)
Estos últimos días percibo la tristeza añadida ante la inminente despedida de esta Casa (que es todo un Templo) y de los que han sido mis compañeros, y reconozco que ha sido una suerte compartir con ellos estas semanas, he practicado mi holandés e intercambiado impresiones literarias, tal y como me ha ocurrido con los traductores antes citados así como con A***, el compañero eslovaco. Con M***, la traductora bosnia (aunque radicada en Alemania) apenas hemos trabado un par de conversaciones, pero simplemente porque llevábamos horarios muy diferentes y yo además ajetreados.

Por esta vez ya no cogeré más la bicicleta, la número cuatro, que ha sido fielmente mía durante estas semanas. Mi hija N*** ha querido venirse de nuevo a la Casa, y hemos estado subiendo y bajando escaleras y posteriormente dibujando en la biblioteca, un lugar que le fascina, como a mí también me ocurre. Hemos cenado sushi, que es lo que a ella le apetecía comer, y mis compañeros han ido a tomarse unas cervezas al bruine café que tenemos al lado, pero nosotros nos hemos quedado en la Casa, por unas horas habitada sólo por nuestra presencia.


Me asomo a la ventana, y el cielo está nublado, tal y como lo ha estado a lo largo de todo el día. Decido irme a la cama, cerrando otra jornada mientras escucho respirar a N***, y la abrazo, para intentar dormirme con el ritmo de su respiración, y sentir que eso solo ya es un motivo de felicidad y fortuna, y esa efímera percepción encierra el significado del amor más puro y eterno.   


Martes, 31 de julio de 2018

El día ha amanecido tal y como se quedó anoche: cubierto, con un cielo negro amenazante de lluvia, y mientras N*** y yo desayunábamos ha comenzado a llover con fuerza durante media hora. Más tarde ha salido el sol, pero hemos permanecido durante varias horas bajo la intimidación de otra tormenta.

En apenas una hora la Casa se ha quedado completamente vacía, y he despedido primero a Maja y poco después a Stefan; Jerzy Koch se marchó a primera hora a Polonia. Leí su currículum hace días y es una auténtica eminencia: catedrático de Filología neerlandesa y afrikáans, profesor en diversas universidades de su país, Bélgica, los Países Bajos y Sudáfrica, además de experimentado traductor ganador de los premios más prestigiosos de la lengua neerlandesa.

Tras el desayuno y acudir otra vez a la biblioteca de la Casa, N*** y yo hemos caminado por Museumplein, cruzando posteriormente la galería del Rijksmuseum para hacer una breve parada y escuchar el grupo de música clásica que interpretaba en ese momento la «Tocata y fuga en Re menor» de Bach. El paseo ha continuado por la larga calle de anticuarios y galerías de arte de la Nieuwe Spiegelstraat, en donde a uno se le ponen los dientes largos, así que he adquirido una copita típica de ginebra holandesa que tiene más de un siglo de antigüedad. El barrio de los anticuarios es un lugar llamativo y lleno de contrastes, y allí hemos descubierto una barbería en donde se exponían unos interesantes lienzos de arte moderno. Para finalizar hemos entrado en una tienda de golosinas.

Ha sido mi última cena en esta Casa; mañana ocupará mi habitación otra persona, y todos los que hasta entonces permanecíamos aquí creyendo que podría haber algo que nos perteneciese, no seremos sino hálitos anónimos que alguna vez ocupamos una ínfima parte de tiempo caduco en este lugar, y todo lo acontecido será pasto del cruel olvido: el despojo de la Nada. Probablemente entre nosotros tampoco volvamos a encontrarnos jamás.


Miércoles, 1 de agosto de 2018

Hoy he recibido un grueso libro de tres kilos de peso y más de 2300 páginas que pondrá en peligro el peso máximo de mi maleta: Groot woordenboek der Nederlandsche taal [El gran diccionario de la lengua neerlandesa], en su séptima edición, la de 1950, y que hará compañía a la quinta de 1914 que ya tenía. En realidad el diccionario no lo quiero para mucho salvo por la irrefrenable codicia de poseerlo. Este diccionario tal y como se conoce hoy en día fue creado por el maestro y archivero J. H. van Dale (1828–1872), y un Van Dale equivaldría a los diccionarios de la RAE. Para todo neerlandista/neerlandófilo un Van Dale es como una llave infinita capaz de abrir cualquier puerta de esta lengua, y por eso esta Casa los tiene no sólo en su biblioteca, también es lo que recibe a cada traductor en su habitación (aunque las actuales ediciones se editan en tres tomos), más que como un libro como un auténtico tótem. En la mochila que uso en España llevo uno diminuto, y en 533 días, el diario de Cees Nooteboom editado este mismo año y que leí en primavera, el escritor afirma tener la edición de 1950 en su casa de Mallorca, y que lo consulta con frecuencia y hasta se sorprende de la existencia de algunas palabras que hoy en día están muertas o moribundas, perdidas en estos antiguos diccionarios que ya nadie utiliza, como objetos del pasado. 

Groot woordenboek der Nederlandsche taal, 1950
Entre el año 2000 y el 2005 fui construyendo (esa es la palabra), para simple uso personal, una Historia de la literatura en lengua neerlandesa que dio como resultado 150 páginas en formato Word, y que se encuentra en algún archivo de mi ordenador. Digo esto mientras me despido de esta Casa del traductor, en una biblioteca rodeado de cientos de libros a mi alcance, con el recuerdo de las librerías que he visitado en esta ocasión y en las anteriores adquiriendo obras de literatura neerlandesa. Hoy en día el acceso a toda la información necesaria es sencilla y natural a través de internet, pero en aquellos años no tan lejanos todo era mucho más complejo: sacaba prestados libros de la biblioteca para extraer una simple frase que me servía para algún tema concreto o época de la literatura de estas tierras. Y ahora me doy cuenta que ahí se fraguó mi amor por esta lengua y su literatura, y sé que por ese trabajo que está por ahí perdido, llegué a esta Casa a la que hoy le digo adiós.

Ya entrada la noche fui organizando mi regreso, pero sólo mentalmente, tras casi un mes fuera de mi casa. Pero me pregunto, de nuevo: ¿no es esta ciudad, después de tantos años, también mi casa?


Jueves, 2 de agosto de 2018

Realizo algunas compras y vuelvo a visitar por última vez en este verano el centro de la ciudad. Hace calor, y siguen subiendo las temperaturas, aunque sólo es el indicio de lo que me espera en España.

Es el momento de hacer balance del mes que he pasado aquí. Por un lado, y a falta de las innumerables revisiones, he concluido la traducción del último poemario de Wigman, que era uno de mis propósitos literarios en la Casa; el otro era el de terminar mi nuevo poemario. Puede que alguien piense que tras la reciente publicación de Una habitación de hospital con vistas al mar este nuevo ha sido creado en un par de semanas, pero ni mucho menos: hay una pequeña parte compuesta en 2015, mientras el resto está escrito entre enero de 2017 y hasta casi ayer mismo. Ámsterdam ocupa por completo una de las dos secciones, y mis hijas, la noche, los poetas y la Muerte son los elementos fundamentales que iluminan y obscurecen el libro. Ahora le queda un mes de reposo y otra vez un profundo repaso. 


Viernes, 3 de agosto de 2018

Escribo estas líneas ya en España. El viaje ha sido como todos mis viajes: largos e interminables, y haciendo uso de diferentes medios de transporte, que a pesar de lo agotadores que resultan, sobre todo las esperas y el autobús, me permiten percatarme mediante el cambio radical de paisajes que el viaje por fin ha terminado. Mi maleta pesaba 27 kilos.

El escritor amsterdamés Gerard Reve afirmaba que odiaba Ámsterdam pues consideraba que la ciudad estaba maldita. Vivió en otros lugares de Holanda y de Francia, también en Londres... y falleció en Flandes, lugar en el que está enterrado. Puede que Ámsterdam sea una ciudad maldita; quizá yo también la odie, puede que sí, pero...

Mientras iba sentado en el autobús he visto un secarral con un pequeño y casi derruido cortijo rodeado de chumberas y una solitaria higuera, los campos secos y todo abrasado por el sol, y he pensado que lo que veía estaba bien hecho, que era bueno en gran manera. Estoy triste.

Ha llegado la noche y se presentará la mañana, pero el día será otro muy diferente y en un lugar diametralmente opuesto al de Ahora; pero ya no sé cuál de mis yoes seré yo, ni dentro del que amaneceré.

FIN  



jueves, 19 de julio de 2018

DIARIO ÁMSTERDAM 2018. PARTE II: ENGULLIDOS POR LA HIERBA

oh, los veranos muertos en tu boca.

MENNO WIGMAN

Jueves, 19 de julio de 2018  

Sigo acostándome muy tarde y nunca me levanto antes de las 8:30.

Anoche cogí un enorme mapa de la ciudad, que supongo tendrá cada traductor en su habitación, y lo extendí sobre la cama. Es una edición bastante antigua, por lo que no aparece la parte nueva de Ijburg, un barrio que se encuentra en la zona de Zeeburg y no tiene más de 15 años de vida, aunque da la sensación de estar situado entre tierra y agua desde la misma noche de los tiempos, pero no es así, tal y como sucede con Ámsterdam, gran parte de los Países Bajos y sus tierras ganadas al mar. El plano señalaba De Gooyer, el molino que estos días he estado viendo a lo lejos al tomar mi ruta hasta Ijburg desde Centraal Station y posteriormente por el Piet Heinkade, por lo que he trazado un nuevo itinerario que efectivamente ha resultado ser menos estresante (al evitar la zona centro, el tráfico, así como los insufribles turistas), bastante más corto y por ende con menos kilómetros, pasando por el barrio de De Pijp y el Plantage.

El mapa señalaba a su vez un cementerio, detrás del Flevopark, en concreto un antiguo cementerio judío que he recordado que estaba reseñado en una preciosa guía sobre cementerios de Ámsterdam que compré hace ya muchísimos años y la utilizo para visitarlos; la ciudad posee una treintena, muchos desconocidos incluso para el propio amsterdamés. 

Como el cementerio judío de Flevopark me pillaba de paso en mi ruta hasta Ijburg, no he podido resistirme a investigar el lugar, pero la decepción ha sido mayúscula al no poder acceder a éste, ya que el terreno y las tumbas se encuentran muy deterioradas y está siento restaurado, algo que sucedió por ejemplo con el Beth Haim, el cementerio judeo-portugués de Ouderkerk aan de Amstel, que por suerte puede admirarse desde hace ya muchos años tras el apoyo económico de diversas instituciones.

Antiguo cementerio judío de Flevopark
Casi la totalidad de las tumbas del camposanto judío de Flevopark han sido literalmente engullidas por la hierba, crecida a más de un metro de altura y circundada toda su superficie por el agua, con lo cual la esencia de los que allí yacen enterrados desde 1714 se habrá depositado también en el verdoso caldo, invadido por las plantas acuáticas. Por lo que he podido leer, el cementerio se usó desde 1714 hasta 1914 para enterrar a los judíos pobres de la ciudad, estimándose que ahí se encuentran un total de 150.000 personas, principalmente niños, que era con quienes la pobreza más se ensañaba, como siempre.   

Tras mi regreso de Ijburg he decidido investigar cuál es la iglesia cuyas campanas me acompañan cada media hora en esta Casa, envolviéndome en un manto sonoro que la vez me aporta cierta cercanía y hasta calma. Es un edificio que está a apenas unos metros del lugar en el que estoy y lleva por nombre Nuestra Señora del Rosario, aunque se le conoce por la calle en la que se encuentra: Obrechtkerk, una iglesia católica de estilo neorrománico que terminó de construirse en 1911.

Antes de recogerme, y con la luz a punto de morir, paseo junto a Museumplein (Plaza de los museos), luminosa, brillante, radiante de esplendor y con la imponente elegancia del Concertgebouw y el Rijksmuseum enfrentados y reinando sobre el resto de edificaciones. El edificio del Stedelijk Museum (el Museo de arte moderno) es una gigantesca bañera unida a otro edificio del siglo XIX, y el contraste que se produce es impactante; ¡me fascina! La verde hierba del Museumplein disemina su húmeda fragancia vaticinando la inminente puesta de sol.

Stedelijk Museum (al mediodía)

Viernes, 20 de julio de 2018

Cuando me despierto no sé muy bien en dónde me encuentro, ni en qué cama ni en qué casa, tampoco en qué lugar, como Herman Mussert, el personaje de La historia siguiente, la novela corta de Cees Nooteboom (que precisamente tradujo al español Julio Grande, el traductor que ocupaba esta misma habitación hasta el día que yo llegué).

Me dejo llevar por la bicicleta, la número 4, que ya es como si fuese mía, y decido serle fiel aunque observo que otras bicicletas de la Casa parecen mucho mejores y más cómodas; eso es típico en mí. Transito por De Pijp y el Plantage, mi zona favorita de la ciudad, hasta llegar al Amstel Hotel, al que sólo conozco desde fuera, pero me deslumbra, posado sobre la orilla del Amstel como un animal prehistórico. Tomo el curso del río y al final voy a parar al cementerio Zorgvlied; no me reprimo a volver a entrar. Paso en su interior casi tres horas, paseando bajo la sombra de sus altísimos olmos y álamos.

Encuentro la tumba de los escritores Heere Heeresma, Israël Querido, Hans Faverey, Annie M.G. Schmidt y Doeschka Meijsing, pero no la del poeta Gerrit Kouwenaar (del que traduje varios poemas para la antología de poesía experimental que se publicó hace dos años) ni la del novelista Harry Mulisch, uno de mis escritores favoritos. Posteriormente he encontrado la sobria tumba de Bobby Farrell, cantante de Boney M, así como la de Herman Brood, polifacético artista y músico (y también poeta). La tumba de éste último es tan excesiva y exuberante como él lo fue en vida. Sus pinturas son fantásticas, llenas de colorido y personajes del mundo de la noche.  He hallado por dos veces la tumba de Wigman; ahí seguía mi traducción, así como una postal que he encontrado y alguien le debió haber dejado antes que yo, pues estaba rota, hinchada por el agua y bastante deteriorada; también la he colocado sobre la lápida, como si yo fuese el conservador de la tumba del poeta; ese será mi título nobiliario: Cuidador de tumbas de poetas.

Tumba de Herman Brood
El calor resulta agobiante fuera del amparo de los árboles. El sol es agresivo e hiriente; lo detesto, aquí y allí, aunque no podría vivir sin su Luz. Hoy no me he encontrado con las gigantescas gallinas ni con el faisán de la vez anterior, pero sí con un conejo que saltaba ardiloso sobre las tumbas. La quietud y el silencio del lugar resultan armoniosos y hasta en cierto sentido curativos. Al salir he visto un pájaro diminuto, precioso, tan grácil y delicado que me ha recordado a mi hija S***. Lo hubiese cogido para acariciarlo, besarlo y después soltarlo; lástima no saber su nombre, ¡era tan bonito y tan real, que me he dicho, parafraseando a John Keats!: Beauty is truth, truth beauty.

Mi garganta sigue muy mal, y la noche anterior me desperté a las cinco de la mañana con un dolor insoportable. A la vuelta, tras tanta carne, siento ganas de tomarme un arenque crudo, por lo que voy hasta el puesto que se encuentra cerca del Spui a comprarlo.

Broodje haring
Al anochecer quedo con A*** y C*** para cenar en Het Bier Fabriek, un lugar al que he acudido con frecuencia en los últimos años y cuya actual ubicación se encuentra en el Nes, la calle en donde nació Gerbrand Bredero, el poeta y dramaturgo del Siglo de Oro neerlandés que murió, como no podía ser de otra forma (pues para eso estamos aquí), de manera inesperada muchísimos meses después de superar una pulmonía que había contraído cuando cayó con su trineo al hielo en el viaje de regreso de un entierro acontecido en Haarlem. Pienso en Bredero, que tenía sólo 33 años, pero es la cerveza la que me alivia el dolor de garganta, como una especie de calmante local, ya que me resisto a tomar ningún otro analgésico. Cuando me siento así siempre pienso en las excelentes propiedades de los opiáceos... una buena dosis de codeína me quitaría el dolor, pero es imposible comprarla sin receta. La ciudad de noche es tan diferente a la que vive de día que uno cree estar en dos lugares totalmente distintos. Museumplein parece de oro bajo la total obscuridad, arropada por el destello de las luces, y como escribió Albert Camus en La caída, su novela situada aquí:: «Ámsterdam es un sueño de oro y de humo, más humeante durante el día, y más dorado durante la noche».

Me acuesto sin muchas ganas y porque no me queda otro remedio. Observo el escritorio, ordenado, pero como un resumen de mí mismo, pues incluso aquí me he rodeado de forma inconsciente de aquello que soy: bolsas de infusiones, gafas de sol y un viejo sombrero panamá; diccionarios, pastillas, conchas, libros de Slauerhoff y de Wigman; un dibujo y un corazón hecho por mis hijas... y sin embargo no me encuentro a mí mismo. Mañana será otro día, pero no muy distinto al de hoy. Probablemente esta sea la vida y esto sea el vivir.



Sábado, 21 de julio de 2018

Cada vez que paso por el barrio de De Pijp me viene a la mente la novela Pijpelijntjes (1904), del poeta y novelista judío Jacob Israël de Haan, ya que tiene lugar en ese céntrico barrio. La leí en 2006, comprada relativamente cerca de De Pijp, en un librería del Plantage. Recuerdo que el libro estaba escrito haciendo uso de un lenguaje dialectal, principalmente en el aspecto fonológico, lo que aquí se llama platte taal y con la intención de imitar el habla de barrios como el propio De Pijp o el Jordaan, que intuyo se estará perdiendo en la actualidad. La novela causó en su día bastante controversia por su carácter abiertamente homoerótico.

Ceno cuando el resto ya se retira a sus habitaciones. Luego he permanecido hasta pasadas las doce de la noche en la biblioteca de la Casa: un auténtico Paraíso, largos estantes sosteniendo libros de poetas y novelistas en lengua neerlandesa, todas las revistas de literatura de las zonas neerlandófonas, diccionarios, enciclopedias... No hay nada más que un amante de la literatura neerlandesa le pueda pedir a esta Casa: un Sancta Sanctorum, desde el sótano hasta la tercera planta; la felicidad corre a cargo de cada uno, y eso es lo complicado; ahí radica toda la complejidad humana.

La ciudad está infestada de bichos, especialmente de arañas, supongo que por la inusual falta de lluvia en el pasado invierno y primavera; el año más seco de los últimos 40 años. Mis pies y tobillos están marcados por las picaduras. Por la noche, desesperado por el dolor de garganta, decido tomar ibuprofeno, aliviándome en poco más de media hora y, como inmerso en un sueño, por fin he podido descansar sin un solo dolor (físico) desde que llegué a Ámsterdam.


Domingo, 22 de julio de 2018

Acudo a la misa de 11h. espoleado por el insistente toque de campanas de la iglesia cuyos repiques acompañan mis horas aquí. En su interior se encontraba principalmente gente de mediana edad y bastantes ancianos, aunque también varios matrimonios con hijos pequeños, todos holandeses, altos y muy rubios. Se conocían entre ellos; yo era un extraño, o simplemente invisible. Como la iglesia se llama Nuestra Señora del Rosario me he acordado del escritor amsterdamés Gerard Reve (criado en el seno de una familia comunista, si bien tanto él como su hermano repudiaron dicha ideología para combatirla con ahínco, cada uno a su modo), que fue devoto de la Virgen y un católico peculiar que se vio envuelto en varias polémicas. Me gustaron mucho sus novelas De vierde man [El cuarto hombre] y sobre todo Las noches, ambas llevadas al cine.

Hoy se ha abierto oficialmente la nueva línea de metro que une el sur y el norte de Ámsterdam en tan sólo 15 minutos. El proyecto, que se gestó hace más de 50 años, no dio comienzo hasta hace 15, no exento de diversas trabas, y también, como Reve, envuelto en diversos problemas e interminables controversias. La nueva línea de metro acarrea la modificación de varias rutas de autobús y tranvía, y su trayecto tiene una duración de 15 minutos (tras 15 años): un minuto por año, 9,7 kilómetros de distancia y según los periódicos con un coste final de 3100 millones de euros: 185 euros por contribuyente holandés.

Las noches aquí me entristecen, sobre todo al sentir cómo cae la luz y no tener más remedio que volver a mi habitación, momento que demoro al máximo. Me siento demasiado solo en un lugar que no es el mío, y sobre todo echo de menos a mis hijas, aunque las vea a diario. El escritor Joseph Roth estuvo vagando de una ciudad a otra, viviendo en hoteles y consumido por el alcohol, y me pregunto cómo fue capaz de aguantar una situación así, pero claro, Roth huía del nazismo, y cualquier cosa era mejor que eso. En Ámsterdam también estuvo una temporada, hospedándose en el Hotel Eden y frecuentando el Café Scheltema. Me he acordado de su novela Hotel Savoy.


Lunes, 23 de julio de 2018

Calor inusual en estas latitudes. Los medios de comunicación hablan de una ola de calor que empezará a notarse a partir del miércoles. Tras tantas horas de bicicleta, mis piernas, pies y brazos están marcados por este sol tan particular.

Al terminar mi frugal desayuno visito las librerías Antiquariaat Kok (mi favorita) y Scheltema. En la primera compro dos novelas de Jacob Israël de Haan, una de las cuales ya he comenzado a leer: Ondergangen [Decadencias]. Cuando entro a Antiquariaat Kok voy todo el trayecto previo autoconvenciéndome: «Hoy no voy a comprar nada; ya he gastado mucho, y además la maleta va a sobrepasar los 20 kilos, como me ocurre con cada viaje». Entro y siempre voy directo a los mismas secciones: literatura neerlandesa (planta baja) e historia de Ámsterdam (primera planta). Al principio llevaba media docena de libros para comprar, pero he descartando cuatro, con enorme pena, pues resulta fantástico degustar la temática tan variada y curiosa que existe, desde dónde ver champiñones en el barrio del Jordaan, a un inventario de objetos encontrados tras las obras de hace más de 100 años llevadas a cabo en el Dam, o la historia del cementerio judío de Flevopark que intenté visitar hace escasos días. Lo que más me sorprendió la primera vez que descubrí las librerías de esta ciudad es la curiosa variedad de temas que se editan, y eso tratándose de una lengua que sólo se habla en este pequeño país así como en Flandes, también en una zona diminuta de Francia y Alemania, Indonesia, Surinam y las Antillas Neerlandesas, y en algunos lugares de Sudáfrica, es decir, que entre aquellos que la tienen como lengua materna y los que la han aprendido hacen un total de unos 40 millones de hablantes. Lo siguiente que me sorprendió es lo rápido que se descatalogan los libros, y por eso aquí existen tantas librerías de lance.

Antiquariaat Kok (Primera Planta)
Ceno casi a las 11h. de la noche, sin apenas apetito. Luego charlo un poco con J***, mi compañero polaco, y casi sin darme cuenta transcurre la medianoche; es agradable conversar con él. A las 3 de la madrugada cierro otro día para esperar el siguiente: pero ¡no habrá nada nuevo bajo el sol!


Miércoles, 25 de julio de 2018

Ha amanecido nublado, y así ha seguido hasta la tarde. Ha sido una noche calurosa, y en la presente jornada se espera una subida de cuatro grados más hasta alcanzar los 35°C.

Hoy no he bajado a desayunar hasta las 13h. El desarreglo en cuanto a mi horario de comidas es más que evidente. Anoche fuimos a cenar C*** y yo al barrio de De Pijp, en una brasserie que hacía esquina con el Albert Cuypmarkt, el mercado más grande de Europa Occidental que tiene lugar seis días por semana, desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. Es una zona alegre, llena de bares y restaurantes de todo tipo.

A primera hora de la tarde por fin he conocido al poeta portugués Adolfo Soares, que estará en la ciudad hasta finales de agosto. Iba con un traje de lino blanco y sin corbata, un sombrero de fieltro a pesar del calor, meditativo y taciturno. Ha pedido un vinho verde con su acento portugués y hemos hablado de poesía neerlandesa, de la vida y sus inesperadas complicaciones, y por supuesto de la muerte... Al irnos alejando en direcciones opuestas he pensado si volveríamos a encontrarnos otra vez, con esa vida errante que lleva de pensión en pensión, como una especie de Joseph Roth: Atenas, Lisboa, Madrid, Oporto, Ámsterdam... Se ha despedido agitando la mano mientras apuraba el cigarro que se había encendido al final de nuestra velada.   

Cuando antes de la cena salgo a dar un paseo por el barrio siempre he de coger una chaqueta, pues aunque de día aprieta el calor, éste concede una breve tregua con la caída del sol, si bien no ocurre lo mismo en mi habitación, situada en la última planta de la casa, y me siento como si estuviese en un verdadero horno, pero en la calle, como cada noche, corre un aire fresco y húmedo que arrastra fragancias de hierba mojada.

Al filo de la madrugada, mientras tomo mi enésima infusión de hierbas del día (sin importarme el calor) veo la película Het bittere kruid [La hierba amarga], basada en el libro homónimo de Marga Minco. La novela es ya un clásico de la letras neerlandesas, y describe el día a día de una familia judía en la Holanda de la II Guerra Mundial, un tema recurrente en la literatura de este país, como ocurre por ejemplo en las obras de Harry Mulisch.


Jueves, 26 de julio de 2018

Son las 11h. de la noche, y la temperatura en el exterior es de 29°C, pero juraría que aquí en la habitación todavía es más elevada. La máxima de hoy ha sido de 35°C, y para mañana se esperan tres grados más. Hasta a un sureño como a mí le afecta esta ola de calor.

Mi jornada ha seguido la rutina de las anteriores, pero sin caer jamás en el aburrimiento, una palabra que para mí no existe, esté donde esté, y menos aún en esta ciudad. Pasar cada mañana por la galería del Rijksmuseum, por su famoso túnel en donde diversas agrupaciones interpretan música clásica es como ponerle banda sonora a la ciudad y a la vida misma. A la ida me he detenido para embriagarme del «Canon en Re mayor» de Pachelbel que interpretaba un grupo compuesto por dos violines, una tuba y un acordeón, y a la vuelta, otro grupo diferente al de la mañana hacía lo propio con el «Invierno» de Vivaldi, que sonaba extraño en un día de tan intenso calor, y sus notas trémulas sobre el hielo parecían derretirse nada más emitirse desde los instrumentos, si bien en la galería del museo la temperatura y la sonoridad son excelentes para ambos propósitos.

Al regresar he dejado la bicicleta y he caminado hasta De Pijp para recorrer el mercado Albert Cuypmarkt, cerrado una hora antes y cuyos restos de comida aún sin recoger picoteaban con furia las gaviotas. Me he sentado en un café para tomarme una cerveza y he regresado para hacerme la cena  poco antes de las 10h. de la noche. Y así pasan las horas y otro día más; y así pasa la vida... la mía.





martes, 17 de julio de 2018

DIARIO ÁMSTERDAM 2018. PARTE I: LA CIUDAD ES UNA HERIDA ABIERTA

La ciudad es una herida abierta.

ARIE VISSER


Viernes, 6 de julio de 2018  

De nuevo aquí, en este lugar al que he bautizado como «la ciudad hendida por cientos de puñales en forma de agua»; en definitiva: una herida sin fondo compuesta de tierra líquida. El poeta Arie Visser escribió un verso que como un epitafio me persigue, afirmando que la ciudad es una herida abierta, y se refería a esta metrópoli que tanto me duele.

Mi viaje empieza a serlo tímidamente en los días previos, pero alcanza su clímax en el preciso momento de pisar el aeropuerto: me fascinan esos lugares, aunque sean todos iguales; son una puerta: mi Puerta. Este ha sido un año de incansable peregrinación a Ámsterdam, un lugar al que llevo acudiendo desde hace más de 20 años; más de la mitad de mi vida. Una ciudad que sé cómo huele y a qué sabe, y que es para mí como la calle principal de mi pueblo, larga e interminable, y que conozco casi a la perfección. Una ciudad que últimamente me ha producido dolor y hasta he llegado a odiar, a odiar con mucho amor, así que no sé si es realmente odio lo que siento por ella.

En el aeropuerto vi parte del partido de fútbol entre Brasil y Bélgica, y he sentido relativa satisfacción de que se hayan clasificado estos últimos. Mientras permanecía allí, en lo que resultaba la vulgar imitación de un pub inglés, de esos feos y artificiales que los aeropuertos crean como oasis de falsas ilusiones, rodeado de ingleses y alemanes calcinados por el sol mediterráneo y tatuados hasta el tuétano, he sentido cómo mi alma salía del cuerpo, y me he observado, diría que un poco ridículo: gafas de sol, el panamá puesto (para no tener que llevarlo en la mano), una pinta de cerveza bien agarrada y bajo el brazo, brillante, Ordesa, la novela de Manuel Vilas.  

El libro estaba en mi lista de espera desde que lo editaron, pero siempre había alguna obscura razón por la que no lo compraba, o no tan obscura: el vil metal. Al final ese ejemplar me estaba esperando, desde hace varios meses, ese ejemplar en concreto y para este viaje en particular, de manera inesperada, una edición «antigua», teniendo en cuenta que ya van ocho o nueve: una edición de febrero, justo cuando empezó mi vagar por diferentes aeropuertos para llegar siempre al mismo destino. Lo he visto pero lo he dejado, he facturado la maleta uno de los primeros y he pensado que si volvía y ese único ejemplar seguía estando allí (y ninguno de los belgas, que poco antes había visto felices, sin augurar la victoria y caminando por los pasillos del aeropuerto como salidos del álbum Astérix en Bélgica se lo había llevado), es que el libro estaba destinado a que yo lo comprase y me acompañase en este viaje.  

Ha sido uno de los viajes en avión que más cortos me han resultado. He leído 85 páginas de la novela: un inicio demoledor, demostrando que la crítica y los lectores tenían razón. Me ha sacudido la cabeza; me ha removido las tripas. Ha habido instantes que he tenido que detener la lectura, y hasta me he amenazado a mí mismo con abandonarla. Soy capaz de estar 24 horas pensando y luego escribiendo sobre la muerte y el dolor, con mi único Dios y los millones de demonios que me habitan, las ausencias lacerantes de los últimos meses, en este mundo miserable cuajado de dolor... pero no estoy acostumbrado a que sea otro el que lo haga, el que hable de la muerte tan descarnadamente.

Me sentía aturdido. Los oídos me zumbaban como nunca, y hasta me dolían. Por desgracia no llevaba lápiz para subrayar... o por suerte, porque no hubiese dado abasto a rayajear cada página. Así he aterrizado en Ámsterdam, de madrugada, con el chirrido de las ruedas del avión sobre el asfalto, rodeado de agua, y de dolor: aún más dolor. He decidido que la novela de Vilas (cuya poesía completa ya traje a esta misma ciudad en abril) me acompañe en mis procesiones de metros y tranvías, de tiempos exánimes y muertos sin remedio.  Aquí me muevo como pez en el agua, bajo aguas pantanosas... Podría ser guía turístico y dar detalles e información sobre muchos lugares de esta ciudad y especialmente acerca de mis rincones, aunque quizá sean Lugares que no a todos les agradarían, así que sería un mal guía. Termino el día recordando unos versos que mi admirado Menno Wigman le dedica a Holanda, y que también sirven para esta ciudad:

Sólo una tierra delgada de niebla y arcilla,  
sólo millones de muertos sin lápida.


Sábado, 7 de julio de 2018  

Pero no sólo estoy aquí por Wigman, que murió en febrero y su muerte también me dejó trastocado tras haber tenido un intenso contacto e intercambio de e-mails mientras trabajaba en la antología de su poesía que traduje y fue publicada en 2017 bajo el título En verano todas las ciudades apestan. Wigman: eres la excusa perfecta por la que vengo aquí, becado por la Casa del traductor, pero sabes que hay otros motivos, aunque en definitiva eres una buena excusa para estar aquí este verano. Te visitaré, en tu ahora eterna y húmeda morada, y terminaré de traducir tu último poemario. Pasaré por los lugares que te inspiraron para componerlo y te presentaré a Vilas; seguro que os hubieseis llevado bien, pues tanto su padre como el tuyo eran meticulosos con su automóvil, y para ellos significaba mucho. Así dice un poema de Wigman:

[...] Murió  

de igual forma que conducía su Opel: sereno, 
correcto, sobre la carretera sus ojos valientes.  

No hay ganas de una lucha estúpida con la muerte. 
Y todo lo que aún no he dicho:  

desaparecido bajo las ruedas del tiempo. 
 
La casa del traductor (Ámsterdam)
He visto el partido de fútbol de Inglaterra. Quería que perdiesen los ingleses, pero no sé por qué, no hay ningún motivo ni nada contra ese país. Me gusta su lengua y sus poetas; adoro a Keats, Wordsworth, Coleridge, los sermones de Donne, la vida que llevó Byron... Stoker, Tolkien, Mary Shelley, el naturalizado Eliot... pero siempre quiero que Inglaterra pierda cuando juega al fútbol. No hay explicación a esto; ni siquiera científica.


Domingo, 8 de julio de 2018  

A media mañana hemos acudido al hospital para que a N*** le explorasen el oído, ya que ha padecido fuertes dolores durante toda la noche. Ahí mismo estuve yo hace 20 años porque no se me ocurrió otra cosa que patinar sobre hielo en el estadio del Ajax durante un parón invernal de la liga local de fútbol, me caí y me partí las gafas y luego la ceja: seis puntos de sutura, pero yo era el que daba ánimos a los que me acompañaban. De cada país hay que visitar sin excusa los hospitales, los bares y los cementerios, y así constatar cómo funciona el trascendental asunto de los vivos y de los muertos, y aquellos que no sabes hacia qué lado acabarán inclinándose: purgatorio, cielo o infierno, que es lo que representa cada uno de esos lugares.


Lunes, 9 de julio de 2018  

He pasado una noche infernal. He sufrido fiebre muy alta, sumido en un estado de absoluta alucinación y pesadillas, las mismas que desde que era pequeño me martirizan cuando padezco fiebre: una masa ingente de algo que parece ser arena o carne, y me hundo en ésta y trato de salir y doy vueltas en ese espeso líquido amniótico. Recuerdo haber dicho varias veces: «Qué mal me siento», y acto seguido «me estoy muriendo», y me veía como Ártax, el caballo de Atreyu, hundiéndose hasta desaparecer en las arenas movedizas. He amanecido empapado en sudor. Hace un tiempo extraño, típico de esta ciudad y de este país en estos veranos que no lo son (o al menos como los que tienen lugar en el sur): calor por momentos, frío en otros y viento helado cuando menos te lo esperas, y así he cogido este terrible enfriamiento.  

Por la tarde me ataca de nuevo la fiebre. A duras penas puedo regresar a mi destino caminando. Siento como si fuese a caerme mareado al suelo; llegar ha sido una odisea... tranvía, metro... un milagro.

Biblioteca. La casa del traductor (Ámsterdam)
  
Martes, 10 de julio de 2018  

No puedo hacer nada tal y como estoy. Me siento paralizado. Llueve. Me preocupo al pensar que puedo estar padeciendo alguna enfermedad, y acto seguido me abate el pensamiento constante de la muerte. No soy hipocondríaco, aunque pueda parecer lo contrario, pero me da miedo enfermar aquí. A Menno Wigman se lo llevó la muerte en una semana, víctima de una neumonía y con sólo 51 años de vida. Los paralelismos y casualidades me aterran.  


Jueves, 12 de julio de 2018  

Tres días sin mí mismo. Lo he pasado francamente mal, yo que no me quejo nunca de nada. La fiebre remite, pero no desaparece del todo. Siento sudores y escalofríos al andar, y el dolor de garganta persiste, como un cuchillo hincándose en la carne y desgarrándola de un brusco tirón. Orino muy obscuro, deduzco que por la fiebre y el sudor.

Viernes, 13 de julio de 2018  

Voy retomando mi día a día, y vuelvo a mi ritual de metro y tranvía acompañado de la lectura de Ordesa. Siento ganas de decirles a esas caras extrañas e inexistentes que pueblan el transporte público de esta ciudad, con sus huesos y carnes apelmazadas y sudorosas: tenéis que leer esta novela. Vosotros que leéis libros de autoayuda: este también es de esos, pues esta novela ya ha ayudado a muchos españoles en Ámsterdam en los escasos días que llevo en ella, porque al ver la portada se dan cuenta que hablo español, así que con cara de felicidad me preguntan sobre lugares, horarios, metros y tranvías, restaurantes, bicicletas y barrios obscuros, perdidos... Imaginemos a los españoles que ayudaré gracias a este libro cuando transcurra un mes, quizá incluso salve a decenas... aunque lo terminaré de leer mucho antes y ya no podré salvar a más.


He comprado la pulcra y exquisita edición de las cartas de J. J. Slauerhoff que hace pocos meses editó el neerlandista Hein Aalders. He comenzado leyendo las cartas finales, las que estaban próximas a su muerte. Una que escribe justo un mes antes le dice al remitente sin ningún titubeo: «En un mes estaré fuera de Holanda». Espeluznante. Él que era un experimentado médico de abordo a pesar de tener sólo 38 años cuando le sorprendió la Obscuridad, fue incapaz de intuir que iba a morir, aunque pocos días antes ya sí se percatase del inminente final. Sufría de tuberculosis y malaria desde hacía muchos años, y su estado era enfermizo desde su mismo nacimiento, pero al borde de la muerte seguía pensando que se curaría y volvería a salir de aquella situación; supongo que eso mismo pensarán todos los moribundos... puede que todos seamos moribundos, muertos en vida para finalmente morir y dejar de sentirnos muertos para siempre.

Me imagino a menudo cómo sería para Slauerhoff padecer tuberculosis, esa enfermedad que le resultaba innombrable pues jamás hablaba de ella, pero estaba ahí, dentro de él, enroscada como una culebra durante tantos años. Al menos el nombre de la enfermedad es más romántico que el de las actuales, aunque acabase siendo de similar devastación. Me gusta pensar en los sanatorios y las casas de reposo, y luego me viene a la mente la lectura de La montaña mágica, que muchos han calificado de lenta y aburrida, pero para mí es todo lo contrario, y me ocurre como con Las noches, la novela del neerlandés Gerard Reve.  

Por la tarde di un paseo por la zona sur del Amsterdamse Bos (Bosque de Ámsterdam), cerca de Bovenkerk. He visto algunas setas y los preciosos pájaros que habitan los parajes del lugar. En las zonas obscuras en las que la alta arboleda no deja penetrar la luz sería fácil encontrar el cadáver de alguien que ha sido brutalmente asesinado y posteriormente mutilado. Imagino con frecuencia la escena: ¿y me gusta?


Domingo, 15 de julio de 2018    

En esta temporada Ámsterdam me retrotrae con su olor a los entierros de pueblo, y huelen a muerte las casas, las tabernas y restaurantes, los supermercados y las calles... pero mis hijas me regalan conchas de moluscos-cadáveres y arrancan flores salvajes con más vida y hermosura que las que se ven en cualquier lugar de la ciudad, por muy bellas que sean, en donde el olor parece el de 15 o 20 coronas de un entierro: un extraño perfume que se me quedó clavado desde niño cuando acudía a funerales y cementerios de manera natural, y ahora recuerdo a cada muerto. Al igual que en aquellos entierros aquí también todo está macerado por las flores: las Flores del Mal. No son claveles, pero huelen igual. Una ciudad llena de muertos y de muerte. Hace muchos años, quizá una de las primeras ocasiones en las que estuve aquí, escribí una nota que comenzaba diciendo: «Ámsterdam huele a muerte»; y yo amo esta ciudad: pero ¿cómo se puede estar enamorado de la Muerte?

La temperatura ha subido en los dos últimos días, pero aunque aparenta ser un verano normal, o al menos como los que sufro en España, este clima me sigue causando respeto.

Hoy he terminado la lectura de la novela de Vilas, a pesar de haber estado tres días sin poder hacer nada y sin ganas de leer. He llegado a la última página justo cuando mañana empiezo a usar la bicicleta en lugar del metro y el tranvía, pues soy un voraz lector en el transporte público y salas de espera, y un lector normal de silla y sofá; pésimo lector en cama. Ordesa es intensa y amarga, una continua y dolorosa introspección; una forma que tiene su autor de psicoanalizar el pasado y sus miedos. Es sin duda la novela del año, y puede que de los muchos años que han de venir.

Casa del traductor, Ámsterdam

Lunes, 16 de julio de 2018  

Mi malestar general y los diversos frentes abiertos no me permiten disfrutar al máximo de mi estancia en esta Casa del traductor, una experiencia única que ya ansiaba hace mucho tiempo. Cuando por las noches entro en mi habitación ésta emite una extraña luz opacada, una triste sensación, como la de un hotel barato, y me viene a la mente Bukowski y Chet Baker. En la habitación que me han asignado acaba de estar el profesor y traductor Julio Grande, del que he leído muchas de sus traducciones y contacté con él hace varios años para hablar de Slauerhoff.

Al llegar la noche los compañeros me invitaron a unirme a ellos y tomar unas cervezas en una taberna cercana, de esas en las que por suerte no aparece ni un solo turista. Ellos, como yo, conocen bien la ciudad. Dos son profesores universitarios, neerlandistas en Polonia y Eslovaquia respectivamente, y comenzaron a discutir sobre el futuro de la materia a nivel universitario. Estudiaron primero alemán, que según constato ha ejercido una gran influencia en esos países europeos. Yo soy con mucha diferencia el más joven de ellos. Además del polaco y el eslovaco, hay un compañero alemán que roza los 50 años (su holandés es perfecto, aunque el acento me confunde y en ocasiones me cuesta trabajo seguirlo, algo que no me ocurre con los otros, cuyo acento es bastante neutro) y una mujer bosnia mayor que el resto. Me mantuve escuchando la intensa conversación entre ambos, mientras la taberna, un típico bruine café, iba vaciándose lentamente cuando un hombre que superaría los 80 años de edad salió de su casa caminando con dificultad, entró en el local y se tomó algo. Mi compañero eslovaco, A***, me explicó que es un músico de jazz que toca el piano y precisamente lo hará en la misma taberna a final de mes.  

Subo por las empinadísimas escaleras de esta vieja Casa hasta la tercera y última planta, en donde se encuentra mi habitación. Es de noche, y escucho las campanas de alguna iglesia no muy lejana que repican cada media hora; su sonido me hace sentirme menos solo. Por momentos me embarga la tristeza, y siento cómo sobre mí se ciñe la soledad, pegándose a la piel como una camisa, pero una camisa de fuerza... pero nada de esto me es nuevo: son sentimientos a los que estoy acostumbrado, y transitan entre la realidad y la apariencia.

  
Martes, 17 de julio de 2018  

He cogido la bicicleta para ir al cementerio Zorgvlied, junto al Amstel. Hace años acudía a éste con bastante frecuencia, ya que me resulta  agradable pasear y perderme por sus estrechas calles, caminando sobre los guijarros, bajo altísimos y frondosos árboles, entre el tétrico silencio, observando las tumbas y reconociendo el nombre de los muchos poetas, novelistas o músicos neerlandeses que ahí están enterrados.  

El cementerio es bonito, lleno del romanticismo del que carecen los cementerios españoles, o al menos un romanticismo anglo-germánico, pero siempre salgo de allí ligeramente aturdido. He visto a unos padres que se encontraban sentados frente a la tumba de la que probablemente sería un hijo o una hija; otros quitaban las malas hierbas que crecían alrededor de la lápida que cubría el suelo. Resulta paradójico a lo que se reduce la existencia, que con mucha suerte alguien arranque las hierbas que se agarran llenas de vida junto a una tumba, hasta que un par de generaciones más tarde los huesos y quienes fueron sus dueños caen en el olvido más eterno e insondable.

Hoy acudía con la misión de encontrar la tumba del poeta Menno Wigman. Mientras continuaba, ensimismado en mi búsqueda, un grupo de gallinas y un faisán me han dado un susto de muerte, rompiendo el silencio e irrumpiendo tras la obscuridad de unos árboles. Las gallinas eran enormes, tan altas como un perro de mediana estatura y cubiertas de largas plumas a lo largo de las patas. Cuando tiempo más tarde creía que ya las había despistado, me he girado y un grupo de cuatro volvían a perseguirme, por lo que he tenido que asustarlas (al estilo del padre de Indiana Jones con las gaviotas, pero sin paraguas) para que me dejasen tranquilo.


Me imaginaba cómo podría ser la tumba de Wigman, y sabía con seguridad cómo no iba a ser; eso lo tenía claro. Siempre me han impresionado algunas lápidas de este cementerio: grandes, de una sola pieza y de un palmo de grosor, denotando el poder adquisitivo del finado. Las hay de todo tipo: modernas, barrocas, pop, ilustradas, simples, funcionales, sobrias, horribles, horteras y netamente funerarias...

Cuando harto de buscar me disponía a acudir a las oficinas del cementerio para que me informasen de la situación exacta de la tumba, casi me he tropezado con ella, junto a otros importantes escritores neerlandeses, en uno de los muchos jardincitos circulares y bajo altos olmos y álamos; ha sido como encontrar una aguja en un pajar. La lápida es como presentía: simple y sin florituras, aunque he echado en falta algún verso de alguno de sus poetas, pero me la imaginaba así. Había una rosa blanca, que bien pudiera no tener más de una semana o a lo sumo diez días. Junto a ésta he dejado un papel con mi traducción de su poema «Cuidados intensivos», versos que narran su estancia hospitalaria cuando hace unos años le descubrieron una extraña dolencia cardíaca causada por un virus. Pertenece a su último poemario (y es por el que estoy aquí en esta Casa del traductor de Ámsterdam), y comienza así:  

Dos semanas mirando en mi propia tumba, 
tan en las profundidades que casi me sentí vencido.   
Mi corazón estaba acabado, mi tórax a punto de romperse,  
peleé confuso, huérfano y extenuado,  
una nula pieza de ajedrez del Rubaiyat... [...]   

De pronto he observado en la parte de atrás de la lápida una botella cubierta de barro, que al alcanzarla he descubierto que era de ginebra Bombay Sapphire, y he decidido situarla a sus pies. Me imagino cómo habrá llegado allí; quizá unos amigos; quizá el mismo día de su entierro se bebieron un trago, sin ni tan siquiera necesidad de vaso y para celebrar la Muerte.

Poco después he visto junto a la grisácea piedra que lo sepulta la hoja de un olmo, de un rojo intenso, sangrante, y la he cogido. Y allí se ha quedado el blanco papel con mi traducción en tinta azul. Puede que esta noche el viento, la lluvia de los próximos días, o algún animal —probablemente las gigantescas gallinas que me perseguían— lo hagan desaparecer tarde o temprano... como todo ha de ser parte de la Nada terrenal y del Todo espiritual.

  
He proseguido mi ruta en bicicleta hasta Ijburg, una zona de nueva construcción que me ha llevado hora y media de ida y otro tanto de vuelta. Tengo agujetas en todo el cuerpo y principalmente en los glúteos; hace mucho que no montaba en bici, y he calculado que entre la tarde y la mañana hoy he hecho casi 60 kilómetros, algo que no es difícil de hacer en una tierra tan plana como esta, aunque al fin y al cabo siguen siendo kilómetros.

Me acuesto muy tarde; en la cama me esperan sólo las sábanas.

Poema dedicado a M. Wigman. Estación Poesía. Número 13. Primavera 2018.

Miércoles, 18 de julio de 2018

De nuevo ha sido un día largo y agotador, completado con mi viaje en bicicleta hasta Ijburg. Al parecer sigo una ruta más larga que me lleva media hora más que si realizase otra que parece que es bastante más corta, pero no doy con ella.

Nada se escucha ya en la casa, salvo el silencio. Cada media hora repican las campanas de una iglesia que debe estar cerca y mañana espero descubrir. Me produce tristeza entrar en mi habitación. Ceno el último de todos, siguiendo horario español, algo que jamás hago cuando estoy en Holanda, pero ahora es diferente. He cenado mientras J***, mi compañero polaco, y A***, el eslovaco, dialogaban con una copa de vino en la mano. Me he sentado con ellos en la terraza y hemos hablado sobre política, periódicos y tendencias ideológicas, cine y vino. Es sorprendente cómo una lengua tan minoritaria como el neerlandés, que no es el inglés, el alemán o el mismo español, hace que entre nosotros, venidos de lugares tan dispares, la usemos para comunicarnos. Mientras conversábamos me parecía algo milagroso. Sí: el lenguaje es un milagro.




lunes, 4 de junio de 2018

UNA HABITACIÓN DE HOSPITAL CON VISTAS AL MAR

Hace pocas semanas que la editorial cacereña Letras Cascabeleras ha publicado mi último poemario: Una habitación de hospital con vistas al mar. 


La secuencia de poemas que forma el libro fueron escritos entre enero de 2016 y los primeros meses de 2017. Como me ocurre con cada poemario, siempre hay algún momento que activa el inicio del mismo, y aunque nunca sé con exactitud cuándo va a terminar, también hay algo que me anuncia que éste debe cerrarse, que siempre resulta lo más complicado, al menos en mi caso. 

Sigo siendo fiel a mi modus operandi de ser incapaz de crear poesía si no es ante situaciones amargas y desesperantes... quizá porque es la única forma que tengo de canalizar el dolor, así que este poemario se abre en el momento exacto del anuncio de una enfermedad diagnosticada a un familiar muy cercano y de vital importancia en mi vida, y el libro se va desarrollando a la par de esa enfermedad, y hasta evoluciona con ella. Como la enfermedad parece que va quedando neutralizada, otros elementos se adueñan de sus páginas: la muerte sempiterna, la luz y las sombras, la búsqueda obsesiva de Dios, la decepción, los diferentes mecanismos del lenguaje, y por supuesto mi primera hija, que también está muy presente en varios poemas, de forma manifiesta y también velada; mi segunda hija vino justo al terminar el poemario.

La importancia que este libro tiene para mí, aparte del acontecimiento que siempre supone publicar, es que constato (y asimismo me lo han expresado quienes lo han leído) que he sido capaz de conseguir una voz poética propia en la que me reconozco y con la que me siento cómodo, algo que ya intuía en el poemario Grecia: guía de viaje para antipoetas y soñadores y que ahora parece quedar certificado y es para mí motivo de satisfacción pues me otorga una mayor seguridad a la hora de seguir escribiendo. Como el instrumentista de jazz que busca su propio sonido, y aunque influido por otros instrumentistas y al final (con mayor o menor comprensión por parte del público) acaba por encontrarlo, esta voz poética que buscaba desde hace tiempo y en la que me reconozco ha sido construida por un lado con la ayuda de los poetas a los que leo, y por otro lado por mis propias experiencias vitales.  

En cuanto al libro, éste se estructura en dos grandes partes: «Lapsos» y «Suturas», y además existe una pequeña sección titulada «6 Poemas religiosos», cerrando el libro otra sección que contiene poemas muy breves, aforismos, pensamientos... como una suerte de apuntes que me han ayudado a componer el grueso de los poemas. 

Las bellas ilustraciones del interior así como la cubierta son obra del poeta y traductor Hilario Barrero, que junto al también poeta Antonio Praena leyeron el manuscrito original de este poemario y me regalaron más de un consejo.  


LO QUE VALE LA VIDA  

21 gramos  
precisan que pesa el alma humana:  
unas generosas cucharadas de té,  
una bolsa de coca adulterada.  

Hoy he pagado 2 con 20  
por participar en una corona de flores  
(que ya olían a cadáver)  
para la madre muerta de una compañera, 
pues morir puede ser tan barato  
como el café de esta máquina del tanatorio:  
insípido, aguachado y sin sustancia.   

«Esta vida son dos días», oigo decir,  
y se dan las manos, se besan  
y comentan lo buena que era.   

A esto se reduce lo que vale la vida.


Reseñas en:
- Letralia, por Beatriz Pérez (25/08/2018) 
- El atril, por Antonio Praena (31/07/2018)
- Profundamente superficial, por Javier Gallego (4/07/2018) 
- La Náusea, por Beatriz Pérez (28/06/2018)
- Por hache o por be, por Hilario Barrero (5/06/2018)