Lo confieso: sufro del síndrome de Scrooge (que creo que no existe, o al menos no desde el punto de vista médico), y no siento ni un atisbo de remordimiento. Probablemente en la literatura no haya una obra que represente mejor esta época que Cuento de Navidad, la preciosa novela escrita por Charles Dickens en 1843 y, que a buen seguro, todos han leído y no es necesario que hable aquí mucho más de ella.
El protagonista principal de la citada novela es Ebenezer Scrooge, un viejo cascarrabias de corazón duro que detesta a los niños y también la Navidad, y es en este último apartado en el que me veo reflejado, y no porque yo odie la Navidad, pero sí por aquello en lo que se ha convertido y todo cuanto se ha quedado en el camino.
El único sentido de la Navidad es el de celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, y el resto no son sino meros gestos vacíos y superficiales, y es que todo da comienzo con las comidas de trabajo, las de compromiso, la imbecilidad de eso que llaman «el amigo invisible», enfundarse el jersey hortera con motivos navideños, las compras compulsivas y un consumismo irrefrenable, la casi obligación de unos alimentos o comidas preestablecidas y su obsceno desperdicio, la patética sobrecarga de los adornos de las casas, recibir el copia y pega del mismo mensaje de felicitación, el intercambio de besos con el cambio de año («¡pero si llevamos juntos toda la cena!»), familias manifiestamente ateas que celebran por todo lo alto el día de Reyes, los regalos de Papá Noel que ya reciben los niños incluso dentro del vientre de sus madres, cuando ese patético gordinflón barbudo es pura mercadotecnia y no es otro que un vulgar trasunto de Sinterklaas (San Nicolás de Bari), tradición que los holandeses importaron a Norteamérica y realmente se celebra el 6 de diciembre. Para colmo, leo con estupor que en aquello que alguna vez fue Europa se debate eliminar el día de Reyes del calendario escolar y el presidente de nuestro gobierno no está haciendo nada por impedirlo, e incluso parece promoverlo; suerte que países como Irlanda, Portugal o Italia a buen seguro darán la batalla para que no se consume otro nuevo ataque contra los países católicos. La Unión Europea se creó originalmente para cerrar las heridas de dos devastadoras guerras y posteriormente para la fluidez del comercio y el libre tránsito de sus ciudadanos. Ahora la UE no es sino un enorme burdel de cínicos burócratas que desde sus poltronas pretenden controlarnos con sadismo al estilo de la pesadilla que Orwell describió en su novela 1984.
La Navidad se resume en regidores que compiten por convertir a su ciudad en aquella con el encendido navideño más prematuro y con un mayor derroche de bombillitas (y otros lo contrario, para «no herir sensibilidades»); un presidente del gobierno que omite la palabra Navidad (y sí felicita con cariño las festividades musulmanas); quienes hablan de fiestas de invierno, las saturnales o el Sol Invictus, o jerarcas eclesiásticos que comenten la torpeza —cargada de enormes dosis de complejo— de comparar la grave crisis migratoria con el nacimiento de Cristo. «Et tu, Brute?». Ni Jesús ni su familia fueron refugiados ni inmigrantes ni nada que se le pareciese: Jesús nació en Belén porque José y María viajaron de Nazaret a Belén con el fin de inscribirse en dicha ciudad, ya que el emperador Augusto decretó que cada ciudadano lo hiciese en su ciudad ancestral, y José era descendiente directo de la Casa de David, radicada en Belén. Jesús pertenecía a una familia de clase media en la que José era carpintero, un artesano cualificado que conocía bien la Torah, algo no tan común en aquellos tiempos. Y Jesús nació en un pesebre porque no había lugar para ellos en ninguna posada.
Aprovechando el periodo navideño y tras la resolución judicial en la que se instaba al desalojo de un edificio ocupado por 400 inmigrantes en situación irregular, muchos de ellos con graves antecedentes penales —gracias a una diabólica política migratoria lesiva contra los propios inmigrantes—, representantes de la izquierda han tirado de los Evangelios haciendo uso de su típica manipulación torticera para justificar y alentar una inmigración sin control, ideologizando y banalizando a su antojo los pasajes y pervirtiendo su verdadera esencia teológica, una izquierda que en nuestro país ha perseguido históricamente al creyente cristiano y se encarga, literalmente, de derribar cruces a diestro y muy siniestro.
Robert Sarah, el teólogo y cardenal guineano, y una de las voces más desacomplejadas y firmes contra el socialismo y el progresismo en general, afirma en su libro Se hace tarde y anochece que «en la raíz de la quiebra de Occidente hay una crisis cultural e identitaria. Occidente ya no sabe quién es, porque ya no sabe ni quiere saber qué lo ha configurado, qué lo ha constituido tal y como ha sido y tal y como es. Hoy muchos países ignoran su historia. Esta autoasfixia conduce de forma natural a una decadencia que abre el camino a nuevas civilizaciones bárbaras».
Sería sencillo, para defender el sentido real de la Navidad, recurrir a intelectuales como los filósofos Julián Marías o Roger Scruton, a los poetas Julio Martínez Mesanza, Luis Alberto de Cuenca o Valentí Puig, o a escritores como C. S. Lewis, Enrique García-Máiquez o Tolkien. Para el gran escritor y periodista británico G. K. Chesterton «cuando se deja de creer en Dios, pronto se cree en cualquier cosa», y eso es lo que exactamente le ha ocurrido a la Navidad, mientras sentimos el aliento amenazante del islam radicalizado y campando a sus anchas en la vieja Europa.
Pero se puede ser ateo y defender la importancia del cristianismo. Valga como ejemplo la periodista italiana Oriana Fallaci, que se definía como una «atea cristiana» y valoraba las raíces culturales y los fundamentos judeocristianos de Occidente, en contraste con la agresividad del islam. Fallaci contemplaba en la cultura cristiana el alma esencial de Europa, puesta en peligro por una guerra silenciosa promovida por el islam que intenta socavar y atacar nuestra identidad. Extraigo de su libro La fuerza de la razón esta reflexión:
«La izquierda y la derecha son los culpables de la situación, ya que permiten la inmigración ilegal y las regulaciones masivas, facilitando la llegada de personas que no sólo no quieren integrarse, sino que tienen como objetivo la instauración de su cultura en nuestro continente. Una cultura que suponen superior a la nuestra y que debe acabar prevaleciendo. Intimidados como están por el miedo de ir a contracorriente o parecer racistas (palabra inapropiada porque como resultará claro el discurso no es sobre una raza, es sobre una religión), no entienden o no quieren entender que aquí está ocurriendo una Cruzada al revés. Acostumbrados como están al doble juego, cegados como están por la miopía, no entienden o no quieren entender que nos han declarado una guerra de religión.»
Y de aquellos barros, estos lodos. Que cada cuál crea en lo que le apetezca, incluso considerarse agnóstico o ateo, pero el simple —en apariencia— nacimiento de un niño supuso la transformación de un mundo que va más allá del hecho religioso y que revolucionó todo desde cualquier punto de vista: filosófico, social, histórico, cultural y evidentemente teológico, le duela a quien le duela, porque el cristianismo sirvió para domesticar el mundo y nuestro continente es cristiano. Ahora toca luchar por una refundación plena de Europa, por entrar de lleno en la batalla cultural para revertir la grave situación, volver a los clásicos, a Atenas, Roma y Jerusalén, y regresar a los valores que fundaron Occidente, y ello nos remite al cristianismo. Europa, y lo que significó, me preocupa; Europa arde y me duele; Europa se muere.
En resumidas cuentas: no llego a ser como Bill Murray en Los fantasmas atacan al jefe, pero mientras tanto, en estos días, me protejo convirtiéndome en Scrooge, y toda la Navidad la paso diciendo, a modo de mantra: «¡Paparruchas, paparruchas!». Y también, faltaría más: ¡Feliz Navidad!





































